La Reina

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3 La educación de una princesa

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3 La educación de una princesa

Cuando Lilibet tenía cuatro años nació su hermana. Fue en Escocia, en el castillo de Glamis, el 21 de agosto de 1930. Los laboristas habían ganado por primera vez las elecciones generales en 1929 y el nuevo Gobierno envió a Escocia a certificar el parto real a J. R. Clynes, un antiguo trabajador de una fábrica de algodón que destacó como sindicalista y ahora ejercía de ministro de Interior. El parto estaba previsto para mediados de agosto, pero como se retrasó una semana, al señor Clynes no le quedó más remedio que quedarse en Escocia a la espera del alumbramiento.

En esta ocasión, el nacimiento de otra niña fue una decepción para sus padres, que deseaban tan claramente un niño que ni siquiera habían pensado en un nombre. Al principio quisieron ponerle Ann, pero a Jorge V no le gustó, y en el mes de septiembre se decidieron por Margaret Rose, Margarita Rosa en castellano.

El rey también hubiese preferido otro nieto varón para asegurar la línea de sucesión. A estas alturas, estaba claro que el príncipe de Gales no quería sentar la cabeza ni tenía previsto casarse en breve a pesar de que ya tenía treinta y seis años, por lo que ya no era descartable que no tuviera hijos, al menos no legítimos.

El rey sabía perfectamente que David era la estrella indiscutible de la familia y que su popularidad era enorme, una de las más altas de las que ha disfrutado un miembro de la realeza británica en toda su historia. Atributos, desde luego, no le faltaban: con sus ojos claros, piel rosada, mata rubia de pelo y sonrisa perpetua resultaba físicamente guapo, el arquetipo de un príncipe de cuento de hadas. También vestía con suma elegancia, aunque, para decepción de su padre, se permitía ciertas innovaciones en el protocolo: en vez de chaqué, él prefería el esmoquin y no le gustaban los cuellos altos, rígidos y almidonados que llevaban los altos jerarcas de la corte. Para diario optaba por trajes de tweed con estampados un tanto excéntricos y zapatos de dos tonos, muy al estilo Gran Gatsby.1 Todo aquello sacaba de quicio al rey, que no dudaba en hacérselo saber: «Te vistes como un sinvergüenza!», le chilló en una ocasión.2

No es que padre e hijo no se entendieran, es que parecía que venían de mundos opuestos. Jorge V era el resultado de la era victoriana; David era un producto de la era del jazz: quería romper todas las reglas y vivir la vida al máximo. Adoraba la velocidad, el riesgo, volar en avión, montar a caballo y bailar prácticamente cada noche en el Embassy Club, una especie de sótano en Bond Street decorado lujosamente.3 El maître del lugar, un tal Luigi, se encargaba de que en la mesa del príncipe nunca faltara alcohol. David apenas bebía durante el día, pero por la noche su consumo era abundante y, con demasiada frecuencia, excesivo. En más de una ocasión se le vio completamente borracho.

No era ni de lejos un intelectual: apenas leía libros, no sabía casi nada de arte y si iba al teatro era para disfrutar de musicales.4 Según una de sus amantes, no le gustaban los pensamientos abstractos ni elevados.5 Sin embargo, sí que era un buen orador, poseía una memoria prodigiosa y, después de tantos viajes oficiales y conversaciones con expertos, se había convertido en una auténtica enciclopedia viviente sobre exportaciones, importaciones y estadísticas de los principales sectores industriales del país.

Además, era valiente: David luchó en la Primera Guerra Mundial, aunque no le dejaron estar en las trincheras y tuvo más valor como propaganda que como soldado. Acabada la contienda, su padre lo envió de viaje por todo el Imperio británico y tuvo tanto éxito que acabó siendo una celebridad mundial, una auténtica estrella, sin duda la persona más famosa y prestigiosa del mundo por aquel entonces.

Pero el príncipe de Gales se sentía vacío. «Estoy harto», le reconoció a un colaborador.6 David creía firmemente que la corte debía modernizarse, abandonar hábitos anticuados y estar más cerca de la gente. Él mismo, a pesar de haberse criado en palacios, sabía conectar con las clases populares, estaba sinceramente preocupado por las tasas de paro y fue tal defensor de la mejora de las condiciones de vida de los obreros que el establishment llegó a sospechar, exageradamente, que era un peligroso socialista.

No lo era, por supuesto, pero la fama le sirvió para ganarse la enemistad de la corte de Buckingham y los continuos reproches de su padre, el cual desaprobaba la pasión por los cambios de su hijo y, sobre todo, su carácter. Jorge V no veía en su heredero al ídolo de masas que había conquistado la imaginación del público, sino a un individuo al cual la adulación sin límites estaba tornando en un ser egoísta, bastante petulante y excesivamente pagado de sí mismo.

Algo de razón llevaba. Además de todos sus méritos y virtudes, David era también volátil e irresponsable y sus colaboradores se quejaban continuamente de su incapacidad para concentrarse o seguir los horarios marcados. Tampoco se esforzaba tanto como sus súbditos pensaban: se levantaba casi al mediodía, pasaba el día haciendo deporte y por las noches se iba a bailar.7 Cuando no estaba de viaje oficial, como mucho asistía a un evento al día —y, muy excepcionalmente, a dos— y nunca trabajaba los fines de semana.

Esta falta de disciplina también se trasladaba a su vida personal. El príncipe parecía incapaz de mantener una relación seria con otros adultos; se comportaba como un niño malcriado incapaz de madurar. Seguramente por ello, entre otras muchas cosas, más que buscar a una mujer con la que compartir su vida, se divertía con un sinfín de amantes, cada cual menos apropiada para su posición real.

De joven, David parecía haber encontrado a la candidata perfecta para ser su esposa: se enamoró de lady Rosemary Leveson-Gower, la hija del duque de Sutherland. A primera vista, era totalmente adecuada, agradable, bonita y con un pedigrí impecable, pero la familia de ella arruinó la relación. Después de la muerte de su padre, su madre se había vuelto a casar dos veces y ambas bodas habían acabado en divorcio. Además, uno de sus tíos, el conde de Rosslyn, era un vividor considerable, también divorciado y excesivamente propenso a emborracharse en público. Semejante nivel de escándalo horrorizó al rey Jorge V, que ordenó que la relación acabase de inmediato. No solo rompieron, sino que ella pronto se casó con otro: en 1919 contrajo matrimonio con el vizconde Ednam, un amigo de David.8

A partir de ahí, David comenzó a encadenar relaciones con mujeres siempre casadas y generalmente con hijos propios. En Buckingham conocían perfectamente sus nombres, sobre todo el de Freda Ward, esposa del diputado del Partido Liberal Dudley Ward, una mujer increíblemente atractiva, algo menuda, muy divertida y altamente sofisticada, aunque con una voz un tanto irritante.

No era ningún secreto en Londres que los Ward vivían separados. Oficialmente, se decía que él pasaba tanto tiempo en el parlamento que su mujer salía sin él por las noches, aunque a nadie se le escapaba que normalmente lo hacía escoltada por otros hombres. En una de estas salidas, en Belgrave Square, hacia finales de la Primera Guerra Mundial, conoció al príncipe de Gales. Aquella noche las sirenas sonaron para alertar de un posible bombardeo aéreo y Freda se refugió en una habitación de la casa donde se daba la fiesta. La casualidad quiso que otro invitado hiciera lo mismo: como estaba a oscuras no lo reconoció. Él le preguntó dónde vivía y ella respondió que en Londres; ella le preguntó lo mismo y él contestó que también en Londres. Cuando el peligro pasó, el misterioso acompañante desapareció y, minutos más tarde, la anfitriona de la fiesta informó a Freda de que había estado hablando con el heredero del trono. Aquella noche bailaron juntos hasta la madrugada. Fue el principio de una relación que duraría años.9

Él se enamoró perdidamente. Freda Ward significaba la estabilidad y la vida familiar que nunca había tenido. Freda también le ayudó a decorar su nueva residencia: a principios de 1919, David había convencido a su padre para que le dejara independizarse e instalarse en York House, dentro del recinto del palacio de Saint James. Era un lugar espartano, húmedo y algo inhóspito, pero gracias a sus consejos, David consiguió transformarlo en algo semejante a un hogar.10

A pesar de que la colmó de atenciones, Freda nunca sintió lo mismo por él. Le tomó un gran cariño y lo ayudó a dominar sus excesos. Gracias a su influencia, él se volvió menos egoísta y frívolo, y también aprendió a controlar su melancolía. David caía de vez en cuando en episodios depresivos que él llamaba the black mist, la neblina oscura: sentía que no podía hacer nada y se recluía en alguna estancia, completamente solo.11 En esos momentos, Freda sabía reconfortarlo y animarlo lo suficiente como para salir del pozo.

Freda era consciente de que el príncipe la necesitaba, pero le dejó claro que nunca iba a poder corresponderlo emocionalmente como él esperaba, por lo que, con el tiempo, comenzaron a distanciarse. El príncipe de Gales nunca la olvidó del todo, pero acabó entendiendo que debía pasar página.

David se refugió en los brazos de muchas otras mujeres y, sobre todo, en los de lady Thelma Furness, una estadounidense de orígenes chilenos que poseía una indudable belleza. Era hija de un embajador y tenía dos hermanas: Laura Consuelo y Gloria. Esta última se había casado con Reginald Vanderbilt, uno de los hombres más ricos del mundo.

Thelma era muy poco convencional: había ejercido brevemente como actriz y, lo que era peor, se había fugado a los dieciséis años para contraer matrimonio con un millonario del que se acabaría divorciando al cabo de tres años. Después se había casado con el vizconde Marmaduke Furness, un riquísimo magnate propietario de una naviera, un tipo irascible que coleccionaba amantes.

La relación de Thelma y David comenzó en la feria de ganado de Leicester, donde ella había acudido de público —los Furness tenían una finca en el condado— y él, para otorgar galardones. El príncipe estaba poniendo una medalla a una imponente vaca cuando la divisó entre el público y se acercó a saludarla. Se habían visto ocasionalmente en Londres alguna vez y sabía que ella acababa de dar a luz a su hijo William.12

Se vieron a la semana siguiente. A partir de aquella primera noche comenzaron a verse a menudo. Salían a bailar al Embassy Club, coincidían en la casa de ella en Elsworthy Road, en Londres, y también pasaban tiempo juntos en la gran mansión campestre de los Furness en Leicestershire. A nadie se le escapaba que el príncipe había encontrado en Thelma un alma afín: ninguno era un intelectual por lo que hablaban de temas superficiales, normalmente de la gente que conocían. También los dos tenían un punto frívolo y, desgraciadamente, su relación lo acentuó. Así como Freda Ward había sido una influencia positiva, Thelma fue lo contrario: le contagió pésimos hábitos y lo volvió excesivamente ordinario, incluso vulgar. A los pocos meses, era tristemente obvio que David se estaba volviendo más egoísta que de costumbre.

El rey estaba perfectamente al corriente de todos los detalles de la historia de David con lady Furness y, en un gesto sumamente inusual en él, convocó a su hijo para mantener una conversación de padre a hijo. Pero el resultado no fue el que el monarca esperaba. Si la prensa comenzaba a especular sobre lady Furness, una mujer extranjera, divorciada, casada en segundas nupcias con un hombre infiel y madre de un hijo apenas recién nacido, el pueblo británico se revelaría contra el príncipe de Gales. Por lo que era necesario que David se olvidara de ella y buscase a una mujer adecuada para ser su esposa.

David se encogió de hombros y le dio la razón en parte a su padre. Le reconoció que no era feliz con su situación, pero que contraer matrimonio no entraba en sus planes.

—La única mujer con la que me hubiese gustado casarme es Freda Ward —admitió.13

Al rey no le quedó más remedio que asumir lo obvio. «Después de que yo me muera, el muchacho se arruinará a sí mismo en doce meses como mucho», le confesó al político Stanley Baldwin.14 Inmediatamente dio órdenes para que se comenzara a elevar el perfil público de los duques de York y, sobre todo, de la pequeña princesa Isabel, por si acaso. Incluso confesó a Blanche Lennox, una nuera del duque de Richmond: «Rezo a Dios para que mi hijo mayor no se case y no tenga hijos, y que nada se interponga entre Bertie y Lilibet y el trono».15

La duquesa de York, una auténtica experta en lo que hoy llamaríamos branding o marca personal, entendió rápidamente lo que estaba en juego y, hábilmente, comenzó a reforzar su imagen. Contactó con una serie de escritores para que publicasen biografías sobre ella, todas supervisadas al milímetro y, por supuesto, sumamente edulcoradas y acompañadas de numerosas fotografías. Alys Chatwyn, por ejemplo, una escritora para jovencitas muy famosa, dio forma a Su alteza real la duquesa de York. La historia de su vida, un libro con una muy llamativa portada donde se destacaba que Elizabeth era «la ídolo del Imperio».

Lady Cynthia Asquith, hija del conde de Wemyss, dio un paso más allá y no solo consiguió entrevistar a la duquesa, sino también a su madre y a una antigua institutriz. Lady Cinthia había trabajado como secretaria de J. M. Barrie, el autor de Peter Pan, y había publicado historias de fantasmas que se habían vendido muy bien, por lo que se había labrado un gran prestigio editorial. A la duquesa le gustaba su estilo y por ello seguramente se sintió lo suficientemente cómoda como para darle acceso —controlado— a su privacidad. Décadas antes de que se pusieran de moda las celebrities y los programas de famoseo, Elizabeth comprendió que el público quería cotillear sobre su intimidad —¿cómo era su casa por dentro? ¿Qué comían y a qué horas? y cuestiones por el estilo—, por lo que dejó que lady Cinthia explicara detalles que, aunque muy inocentes, satisficieran el apetito de las masas: «En su viaje oficial a África se levantaba a las cinco y media y tomaba un té, acompañado de una galleta, en tan solo diez minutos», y ñoñerías por el estilo.

La fórmula funcionó tan bien que se llamó a la antigua institutriz de Elizabeth para que escribiera un librito sobre la princesa Lilibet, a pesar de que la pequeña no había cumplido ni cinco años. La obra, publicada en noviembre de 1930 bajo el pseudónimo de Anne Ring, era empalagosa hasta lo indecible y no ofrecía ninguna información de valor más allá de que Lilibet vistió de blanco durante el primer año de su vida y luego de amarillo y, muy de vez en cuando, de rosa —con zapatos turquesas o rojos—. Pero publicaba numerosas fotografías de la pequeña, lo que en una década en que no existía internet servía como una especie de Instagram prehistórico.

Además, rápidamente se encargó una figura suya de cera para el museo Madame Tussauds, su rostro comenzó a aparecer en sellos e incluso un trozo de la Antártida fue bautizado en su honor: Princess Elizabeth Land. Las revistas inglesas y estadounidenses llevaban prácticamente cada semana información de la pequeña: se sabía que era algo revoltosa y que descolgaba el teléfono y mantenía largas conversaciones imaginarias. También que le encantaba ver cómo su madre se arreglaba en el tocador y que, si los mayores se descuidaban, la princesa iba corriendo a algún bolso de señora y sacaba todos los enseres. Los periódicos también desvelaron que Lilibet no tenía celos de su hermanita pequeña; todo lo contrario: le encantaba estar con ella.

Semejante exposición mediática hizo que el público se mostrase muy interesado en la princesa y la prensa no tardó en explotar al nuevo fenómeno de la familia real. Lilibet protagonizó su primera portada de la revista Time cuando solo tenía tres años, el 29 de abril de 1929, y demostró ya entonces que era toda una trendsetter: al hacerse público que su nursery estaba pintada de amarillo, este color comenzó a dominar todas las habitaciones y ropitas de bebé de medio mundo.

Más tarde, los York pusieron en marcha una nueva innovación: las fotografías informales. Posaban como una familia más, sonrientes y sencillos, normalmente en el campo y rodeados de perros. Hay fotos de Lilibet sentada en el suelo, incluso tumbada, divirtiéndose con sus labradores o con sus juguetes, lo que en aquel momento era el summum de la espontaneidad. Hasta entonces, la familia real siempre había aparecido seria y estirada en las fotografías —la reina María llegó a decir que «sonreír no era propio de la realeza»— con lo que el resultado era distante y artificial. Sin embargo, los York proyectaron la imagen de la perfecta familia unida y de gustos humildes, muy apegada a lo que la clase media esperaba de ellos.

Con todo ello, la popularidad de la pequeña Lilibet no paraba de crecer. En cualquier acto al que acudían sus padres eran siempre preguntados por la pequeña princess Betty, como la bautizó la prensa, e incluso en más de una ocasión el público se mostró decepcionado cuando supo que la princesa no había asistido.

Lilibet, por supuesto, no era consciente de que se había convertido en una de las personas más famosas del mundo y su vida transcurría plácidamente en su nursery acompañada de su hermana, Margarita.

Las dos niñas siempre estuvieron muy unidas, aunque pronto quedaron claras las diferencias de personalidad. Lilibet era como su padre, tímida, seria y poco expresiva físicamente, pero noble de carácter, muy amable y sumamente responsable. Margarita, por el contrario, era bulliciosa y alegre, una cómica nata que siempre buscaba ser el centro de atención.

Las dos princesas siempre iban vestidas iguales y seguían una estricta rutina. Gracias al libro de memorias de su institutriz, sabemos que se despertaban muy pronto y que, a pesar de que por entonces la aristocracia solo veía a sus hijos una hora al día, generalmente después del té, Lilibet y Margarita pasaban bastante tiempo con sus padres. Los veían por las mañanas y jugaban con ellos un rato por las tardes. Las niñas se iban muy temprano a dormir, sobre las siete más o menos.

Los duques de York estaban siempre presentes a la hora del baño, jugaban unos instantes más con las niñas —normalmente a guerras de almohadas— y, una vez dormidas las pequeñas, el matrimonio se retiraba a sus aposentos a charlar tranquilamente al lado de la chimenea en su salón privado. Cenaban puntualmente a las ocho y cuarto y, después, el duque aprovechaba para hacer el crucigrama de The Times. La duquesa optaba por leer libros, tocar el piano o escuchar la radio. Le encantaban las novelas ligeras de autores contemporáneos, aunque de vez en cuando también leía algún clásico, como las obras de «Francis Bacon, Fielding, Jane Austen y R. L. Stevenson».16 El matrimonio se iba a dormir a medianoche y, cada día, eran despertados a las ocho en punto.

La vida en el 145 de Piccadilly era tranquila, plácida y sumamente rutinaria, aunque Lilibet llevó el tema del orden a límites exagerados. En su dormitorio no había nada fuera de su sitio: las muñecas estaban perfectamente colocadas en una estantería con puertas de cristal y, antes de ir a dormir, la pequeña dejaba preparado en una silla lo que se pondría al día siguiente, con los zapatos lustrados y milimétricamente alineados en el suelo.

Como le gustaba tanto el orden y la limpieza, en su tercer cumpleaños, lady Airlie, una de las damas de compañía de su abuela la reina María, le regaló una escoba y un recogedor de juguete. Ambos permanecieron guardados durante años en la morning room del 145 de Picadilly para que cada mañana la princesa barriese personalmente la gran alfombra persa de la sala. Más allá de este obsequio, sin duda los regalos que más ilusión le hacían eran los caballitos de madera que iban llegando cada año —acabó con más de treinta—. Su primer caballo de verdad llegó cuando cumplió los cuatro años y su abuelo el rey le regaló una poni shetland llamada Peggy. También aparecieron pronto los perros.

Lilibet pasaba la mayoría del tiempo con su hermana y con sus animales, pero también se relacionaba con niños de su edad, aunque todos eran de su familia o tenían los apellidos más aristocráticos de Inglaterra y Escocia. En sus fiestas de cumpleaños, llamadas siempre tea parties porque se celebraban a la hora de la merienda, asistían sus primos, los niños Lascelles, y también chiquillos como Sandy, el hijo de lady Patricia Ramsay, o lady Mary Cambridge, unos años mayor que Lilibet.17 En una de las fiestas que le organizó su abuela en Buckingham, Lilibet, aún muy pequeña, apareció con una muñeca que fue ceremoniosamente sentada a la mesa entre la mismísima reina de Inglaterra y su nieta. Todas tomaron el té en pequeñas tazas de porcelana rosa con los bordes dorados.18 En verano, en el castillo de Glamis se organizaban fiestas con salas decoradas con globos y todos los niños jugaban al hide and seek, el escondite.

En las grandes ocasiones, Lilibet lucía primorosos trajes con volantes, mangas abullonadas y faldas que llegaban al suelo. Sin embargo, en su día a día no podía ir de manera más sencilla. Ya entonces, no le interesaba lo más mínimo la moda y se ponía lo que le ordenaban. Tras los vestiditos blancos y amarillos de sus primeros años, pasó a llevar trajecitos de algodón, normalmente en azul claro y adornados con alguna florecilla. En invierno los abrigos eran a juego y, en las vacaciones en Balmoral, vestía sencillas faldas de tweed con jerséis.

A todos los sitios donde acudía, Lilibet demostraba ya una gran educación y unos modales perfectos. A los tres años ya sabía comportarse perfectamente incluso delante de sus abuelos Jorge V y la reina María. Al saludar, a él le hacía una profunda reverencia; y a ella la besaba en una mejilla, luego en la mano y después le hacía una reverencia.19 Cada vez que se despedía de ellos, andaba hacia atrás hasta la puerta —a los reyes de Inglaterra no se les puede dar la espalda— y les hacía una reverencia antes de salir. En alguna ocasión cuando aún era muy pequeña se le escuchó decir a su abuelo: «I trust Your Majesty will sleep well», «confío en que su majestad duerma bien». En Navidad hacía una lista de los regalos que le habían hecho con los nombres de quien se los habían dado y escribía cartas de agradecimiento a cada uno.

Lilibet era responsable, contenida y pocas veces se la vio teniendo una rabieta. Nunca fue una niña mimada y no se le toleraban caprichos. La suya fue una infancia feliz, pero sin lujos innecesarios. En su nursery puede que hubiera decenas de juguetes, pero solo se le permitía jugar con uno cada vez. Cuando le regalaban algo, la princesa lo desenvolvía con mucho cuidado para no rasgar el papel de envoltorio, que era luego doblado y guardado en una caja para ser utilizado en otra ocasión.

Tras el crac de 1929, cuando la Bolsa de Wall Street se desplomó, la economía inglesa se resintió tanto que la libra fue devaluada y el país cayó rápidamente en una profunda depresión.

A pesar de vivir en palacios, el rey estaba muy preocupado por el bienestar de la clase obrera e incluso, durante la huelga de mineros de hacía unos años, cuando lord Durham le dijo que eran «una maldita banda de revolucionarios», el rey le espetó tajante: «Intente vivir con sus salarios antes de juzgarlos».

Dada la preocupante situación económica, Jorge V decidió que la familia real debía solidarizarse con los más necesitados y no solo ordenó eliminar cualquier gasto superfluo, sino que mandó que la Civil List, el presupuesto que la Casa Real recibía cada año de las arcas públicas, se redujera sustancialmente.

Además, pidió a todos sus hijos que abandonaran cualquier actividad elitista y les recortó sus asignaciones. El duque de York decidió no participar más en cacerías, su pasatiempo favorito, y vendió sus seis caballos. También dejó de alquilar carísimas fincas de caza y comenzó a pasar los fines de semana en el mucho más discreto Royal Lodge, en Windsor Great Park, propiedad de la Corona.

Construido como pabellón de caza para Jorge IV en un estilo neogótico, cuando los York comenzaron a ir estaba en un estado lamentable y pronto decidieron hacer reformas: tiraron paredes para crear un bonito salón interior, mandaron construir dos alas, instalaron baños modernos, nuevas habitaciones y limpiaron el jardín.

Cada viernes por la tarde, la familia salía del 145 de Piccadilly e iba en coche hasta Windsor —se tarda una hora aproximadamente—. El duque solía pasar el fin de semana en el jardín, arrancando hierbajos, talando árboles y podando arbustos. Todo el servicio le ayudaba, incluido el chófer, por lo que los sábados por la mañana aparecían con monos de faena y gruesos guantes desgastados.

Al cabo de unos años, en esos jardines se instaló la «casita». Cuando la princesa Lilibet celebró su sexto aniversario, un grupo de artesanos de Gales le regaló lo que en gaélico se denomina Y Bwthyn Bach to Gwellt (la casita con el tejado de paja). Pero no se trataba de una casa de muñecas al uso: medía 7 metros de largo y 2,5 de ancho y en su interior había una réplica exacta de una cocina, un baño, un dormitorio y un salón. Tenía electricidad y tuberías de verdad e incluso una radio, una nevera, un teléfono y un aspirador que funcionaban. La salita estaba decorada con cortinas azules de florecitas, un sofá y una alacena con una vajilla de porcelana.20

Lilibet —y, más tarde, Margarita— pasaría horas jugando en la «casita». La limpiaba personalmente, barría, abrillantaba todos los cazos y, cada vez que dejaban Royal Lodge para regresar a Londres, se encargaba de cubrir los muebles con sábanas para que no acumulasen polvo.

Fue su madre quien enseñó a Lilibet a leer cuando tenía cinco años. Primero le leía en voz alta historias de la Biblia los domingos y luego, todas las tardes, «la clase de libros respetables: cuentos de hadas, Alicia en el país de las maravillas, Black Beauty, At the Back of the Noth Wind, Peter Pan».21

A principios de 1933, cuando estaba a punto de cumplir siete años, Lilibet comenzó su formación académica con una institutriz. A sus padres no se les pasó nunca por la cabeza que fuera a un colegio de señoritas y, siguiendo la tradición de las clases altas, optaron por una formación en casa, privada y reducida a materias que se consideraban apropiadas para una dama de su alcurnia, como la historia y el francés.

Como institutriz se seleccionó a Marion Crawford, una escocesa muy joven, de tan solo veintitrés años, que acababa de graduarse en el Moray House Training College, una escuela para maestras de Edimburgo. Muy alta y delgada, Crawfie, como la llamaban las princesas, era de orígenes humildes: su padre murió cuando ella tenía un año, su madre se volvió a casar y la familia se trasladó a Dunfermline.

Aunque se formó como maestra, su sueño era convertirse en psicóloga infantil y ayudar a los niños más desfavorecidos de Escocia. Pero el destino truncó sus planes: en cuanto se graduó, lord y lady Elgin, que tenían una gran mansión a las afueras de Dunfermline, la contrataron para que diera clases de historia a su hijo, lord Bruce. Pronto se unieron a las lecciones el resto de niños del matrimonio: lady Martha, lady Jean y el honorable Jamie. Los Elgin eran muy amigos de lady Rose Leveson-Gower, la cual también contrató a Crawfie para que diera clases a su hija, Mary. Daba la casualidad de que lady Rose era una de las hermanas de la duquesa de York y así fue como Crawfie conoció a sus futuros empleadores.

En 1950, un año después de retirarse como institutriz tras dieciséis años de servicio, Crawfie publicó un libro con sus memorias titulado The Little Princesses (Las pequeñas princesas). La obra explicaba con bastante detalle la infancia y adolescencia de Lilibet y Margarita y, aunque era aduladora en extremo y totalmente inocua, aquella publicación se consideró una traición incomprensible y muy dolorosa. Las princesas, que habían llegado a adorar a Crawfie y la consideraban una de sus amigas más íntimas, no le volvieron a dirigir la palabra. Cuando murió, en 1988, nadie de la familia real envió notas de condolencia o flores.

Pero para eso aún faltaban muchos años. Cuando comenzó su andadura como institutriz nada parecía presagiar su futura indiscreción y fue recibida en el hogar de los duques de York con los brazos abiertos.

El rey Jorge V no se opuso a su nombramiento, pero la reina María, la más culta de los Windsor, hubiese preferido a alguien más mayor, mucho más formado y con más experiencia. Sin embargo, Bertie y Elizabeth tenían otra idea: no daban importancia en absoluto al currículum y, simplemente, querían a alguien joven y dinámico con la suficiente energía para jugar con la princesa. El objetivo nunca fue que Lilibet se formase intelectualmente, sino que tuviera una infancia feliz, repleta de bonitos momentos que se transformasen en preciosos recuerdos. De ahí que se diera más importancia a los modales que a las asignaturas y Crawfie se centró en impartir una instrucción somera, a todas luces insuficiente para lo que el destino tenía reservado a la pequeña.

Las clases comenzaban a las nueve y media y acababan a la una. Cada lección duraba media hora y cubría desde literatura a álgebra. La reina María, la única verdaderamente preocupada por la formación de su nieta, exigió que hubiera mucha historia y geografía, y que se le enseñara la genealogía de los reyes de Inglaterra. Según varios testimonios, la institutriz era un desastre para las matemáticas, pero resultaba excelente en historia: tenía una manera teatral de enseñarla, como si estuviera relatando una novela o una película. El método, desde luego, fue exitoso, porque Isabel siempre ha reconocido ser una entusiasta de la materia.

A través del libro de memorias de Crawfie, sabemos que esta insistió mucho en la lectura y que pronto Lilibet empezó a leer libros que hoy serían considerados avanzados para una niña de seis años, como Peter Pan en los Jardines de Kensington, de J. M. Barrie, o Los cuentos de Shakespeare, de Mary Lamb. Otras opciones quizá más lógicas incluían libros de animales, como las entonces muy famosas aventuras del Dr. Dolittle, de Hugh Lofting. Teniendo en cuenta la afición de Lilibet a los caballos no es de extrañar que le encantara Black Beauty.22

Su familia se encargaba de fomentar esta afición por la lectura y se sabe que, cada año por Navidad, su abuela María y su tío David le regalaban libros. Con los años, la princesa fue llenando las estanterías con libros de Rudyard Kipling, el autor de El libro de la selva, y también de Robert Louis Stevenson, el creador de La isla del tesoro. Más tarde llegarían las novelas de Jane Austen. Por lo que explicó Crawfie, la única obra que nunca le gustó a la pequeña fue Alicia en el País de las Maravillas.23

La princesa demostró ser una alumna aplicada y responsable, y lo único que detestaba eran las labores: en un momento en que toda dama debía aprender a hacer punto, coser y bordar, Lilibet reconoció pronto que no tenía habilidad apreciable para ninguna de ellas, a pesar de que venía de una familia de expertos bordadores. Su abuela la reina María era una virtuosa de la aguja y su padre también poseía un talento nato.

Es cierto que algunos miembros de la familia, sobre todo su abuela la reina María, consideraron que sería bueno para la princesa que se codeara con otras niñas de su edad y que saliera de la burbuja de los palacios. El contacto personal de Lilibet con otras personas, más allá de los miembros de su familia y algunos hijos de destacados aristócratas, era por entonces prácticamente nulo. Fuera de su círculo social, solo se hizo amiga de Sonia Graham-Hodgson, la hija de un reputado radiólogo que vivía cerca del 145 de Piccadilly y salía a jugar a Hamilton Gardens.24 Además, tan solo en los campamentos que montaba su padre, el duque de York, la princesa se codeaba con personas de orígenes sociales humildes. Y las interacciones se limitaban a unos pocos días al año.

Lilibet y Margarita apenas salían de sus rutinas. Pasaban los veranos en Escocia, las Navidades en Sandringham, iban a ver una pantomima una vez al año y también acudían a la exhibición hípica de saltos que cada verano se organizaba en Olympia, un centro de exhibiciones en West Kensington. Allá donde iban, les hacían reverencias y las trataban con gran deferencia. Incluso en el palco real del teatro les dejaban cajas de chocolatinas solo para ellas.

Para compensar esta falta de conocimiento del mundo exterior, Crawfie se empeñó en que las pequeñas princesas tuvieran experiencias normales. Comenzó a dejarlas jugar en los jardines entre los arbustos —hasta entonces habían tenido prohibido ensuciarse— y las sacaba de vez en cuando de Hamilton Gardens para que dieran paseos por Hyde Park. También convenció a los duques para que las autorizasen a ir en metro y en autobús.

Sin embargo, todas estas excursiones pronto tuvieron que cancelarse porque la organización terrorista irlandesa IRA comenzó a poner bombas en buzones y se consideró que era demasiado peligroso que las princesas siguieran yendo por Londres a pie y sin excesiva protección.25

El único consuelo fue comenzar los cursos de natación en el Bath Club, un muy respetable espacio privado con gimnasio y piscina adonde acudían aristócratas, incluso el mismísimo príncipe de Gales, y que, a diferencia de la gran mayoría de clubs de caballeros del momento, aceptaba a mujeres. Lilibet llegó a ser una experta nadadora, pero sin duda su deporte favorito seguía siendo la equitación. Primero dio paseos en su poni Peggy por los alrededores de Royal Lodge hasta que, en enero de 1930, cuando aún no había cumplido los cuatro años, empezaron las lecciones en las caballerizas de Buckingham.

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