La Reina

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4 El año de los tres reyes

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4 El año de los tres reyes

Cuando la vio por primera vez, no pensó nada en especial. Tan solo creyó que era una americana un tanto vulgar que le hizo un comentario impertinente cuando él intentó comenzar una conversación.

Fue a principios de 1931, en Burrough Court, la gran mansión campestre que Thelma Furness, la amante del príncipe de Gales, tenía en Leicestershire. Allí David conoció a la mujer que no solo le iba a cambiar la vida, sino que también amenazó los cimientos de todo un imperio. Su nombre era Wallis Simpson.

Bessie Wallis había nacido en Baltimore el 19 de junio de 1896. Su apellido de soltera era Warfield y provenía de una distinguida familia estadounidense. Su infancia, sin embargo, fue complicada: su padre, Teakle Warfield, poseía poco dinero y murió de tuberculosis cuando ella tenía tan solo cinco meses de vida. Su madre, Alice Montague, una mujer tan bonita como decidida, salió adelante con la ayuda de familiares, pero pasó tantas estrecheces que tuvo que alquilar habitaciones de su residencia para sobrevivir.

Gracias a la generosidad de un hermano de su padre, el tío Sol, un rico banquero, Wallis pudo ir a Oldfields, el mejor colegio de señoritas de Baltimore, y disfrutó de una elegante fiesta para su puesta de largo. Pero todo aquello no hizo más que confirmar su inferior estatus. Wallis fue consciente desde muy pequeña de que todos a su alrededor tenían más dinero que ella, lo que le generó una gran ambición personal: quería conseguir el estilo de vida que creía que le correspondía, y no paró hasta lograrlo.

Wallis sabía que la única vía para alcanzar sus sueños era casarse con un gran partido, y en este ámbito descubrió pronto que contaba con un arma poderosísima: tenía un don descomunal para conquistar a los hombres. No era excesivamente inteligente ni tampoco guapa —tenía un rostro huesudo y un cuerpo andrógino que, con el tiempo, se tornó esquelético—, pero disfrutaba de un estilo innato que acabaría de refinar con los años y resultaba exótica, con una piel de porcelana, luminosa y tersa, el pelo lacio y una mirada tan enigmática como lasciva. No le gustaban los libros, no sabía nada de arte ni de música, ni tampoco entendía gran cosa de política, pero era divertida y ocurrente, tenía una memoria prodigiosa y, sobre todo, sabía descubrir rápidamente las debilidades en un hombre y las explotaba sin piedad en beneficio propio.

Wallis se casó por primera vez muy joven, tan solo tenía veinte años, con el aviador Earl Winfield Spencer, un hombre sumamente atractivo que se suponía que iba a tener una carrera meteórica. El matrimonio resultó un desastre: él bebía en exceso y era muy violento, por lo que ella lo abandonó y se marchó a vivir a Washington. Durante seis años disfrutó de una intensa vida social en la capital, mantuvo una apasionada relación con un diplomático argentino llamado Felipe A. Espil y, cuando este la dejó, Wallis hizo de nuevo las maletas y se marchó a vivir con unos amigos a China y, luego, a Hong Kong.

Muchos años más tarde, cuando la corte de Buckingham supo de su relación con el príncipe de Gales, se rumoreó que los servicios secretos del Foreign Office habían elaborado un informe, conocido como el Dosier China, para saber qué hizo exactamente en ese país. Aunque nunca se ha podido demostrar que ese documento existiera, en Londres comenzaron a circular rumores de que Wallis habría frecuentado en Hong Kong burdeles de alto postín —lo que entonces se llamaban singsong houses—, donde podría haber adquirido ciertas habilidades y técnicas sexuales orientales para encandilar a los hombres. También se decía que había servido como espía de alguna potencia extranjera —probablemente, Rusia—, y que había tenido una aventura con el conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini, del cual se habría quedado embarazada, pero habría abortado.

Aunque seguramente no hubo nada tan sórdido, sí que se sabe —porque ella misma lo reconoció— que llevó en Hong Kong una vida promiscua y se lio al menos con un oficial del ejército británico y un marino naval italiano de alta graduación.

Sea como fuere, de vuelta a Estados Unidos, en 1925, se divorció de Winfield Spencer y, poco tiempo después, consiguió un nuevo marido: Ernest Simpson, un británico de madre americana cuya familia tenía una naviera. Era un tipo soso, aburrido y bastante estirado del cual Wallis nunca se enamoró, pero que le ofreció estabilidad, respetabilidad y dinero. En aquel momento no tenía una fortuna descomunal, pero sí fondos sustanciales a su disposición, y un día la naviera familiar sería suya, por lo que los cheques serían abultados. Por su parte él, aunque anodino, era tan ambicioso como su esposa y le encantaba que Wallis tuviera tanta facilidad para codearse con personas influyentes.

Por motivos de trabajo de él, se trasladaron a Londres, se casaron en los juzgados de Chelsea y se fueron a vivir a un piso en Bryanston Court, en el elegante barrio de Mayfair. Wallis se encargó de decorarlo con cierto gusto, e hizo pintar las paredes de un verde muy suave. Las cortinas eran de color crema y las alfombras, beis.1

Wallis también se encargó de contratar a una muy buena cocinera, la señora Ralph, que había trabajado de ayudante de un famoso chef francés. Gracias a su buen hacer, comenzó enseguida a organizar fiestas para la colonia americana: la comida era excelente, el alcohol fluía y el ambiente resultaba muy distendido, aunque un tanto vulgar. Pronto Wallis consiguió atraer a personas destacadas de Chelsea y Mayfair, los dos barrios con más pedigrí de Londres, y en sus veladas se podían ver desde diplomáticos y parlamentarios a abogados y banqueros.2

Uno de los invitados asiduos era Benjamin Thaw, conocido como Benny, el primer secretario de la embajada americana en Londres. Por una carambola del destino, resultó que Benny Thaw era el marido de Consuelo, Connie, una de las hermanas de Thelma Furness.

A principios de enero de 1931, Connie llamó a Wallis para pedirle un enorme favor: su hermana Thelma iba a dar una fiesta en su finca de Burrough Court a la que asistiría el príncipe de Gales y les había pedido a ella y a Benny que hicieran de chaperones, de carabinas. Pero la madre de Benjamin se había puesto enferma en París y, como él tenía trabajo en la embajada, ella debía partir inmediatamente. ¿Podrían ella y su esposo, Ernest, sustituirlos?

Entonces, Wallis y Thelma apenas se conocían más allá de haberse visto fugazmente en un par de fiestas, pero aceptó. Al fin y al cabo, no se tiene todos los días la oportunidad de conocer al futuro rey de Inglaterra.

Wallis estaba tan ilusionada que se pasó prácticamente el día anterior al viaje en la peluquería, pero cuando llegó a la estación de St. Pancras el viernes después del mediodía, los nervios le habían hecho tanta mella que, como recordaría en sus memorias, tenía un sonado constipado y su voz era rasgada.3 Seguro que la primera impresión que causó al príncipe de Gales no debió de ser la mejor.

Su primera conversación también fue un desastre. Sabiendo que era americana, él le comentó que seguro que echaba de menos la calefacción central, algo común en Estados Unidos, pero totalmente inusual en Inglaterra.

—Lo siento, señor, pero me ha defraudado —le contestó ella desafiante—. Toda mujer americana en este país recibe el mismo comentario. Me esperaba algo más original del príncipe de Gales.

Él fingió una sonrisa de circunstancias y se alejó lo más rápido que pudo.

Semejante nivel de insolencia les pasó factura y los Simpson no volvieron a ser invitados a pasar una velada con David hasta meses más tarde. Para compensar su error, Wallis hizo todo lo posible por congraciarse con Thelma, con tanto éxito que esta la acabó considerando una de sus mejores amigas. Así que, en mayo de 1931, Thelma no dudó en invitar a los Simpson a una fiesta en su casa a la que también asistiría el príncipe. En esta ocasión, Wallis desplegó todo su encanto, que era inmenso cuando quería.

Poco más tarde, Wallis y David volvieron a encontrarse. Ella fue presentada oficialmente en la corte, lo que significaba que, junto con otras debutantes, compareció ante los reyes en una ceremonia de gala en el salón del trono de Buckingham. Siguiendo la tradición, Wallis apareció con un traje blanco largo, guantes de ópera, plumas en el pelo y un largo velo. Connie le había dejado el vestido y Thelma, todo lo demás. Al llegar su turno, un oficial vestido de librea pronunció su nombre y Wallis hizo una profunda reverencia al rey y otra a la reina. David, que estaba presente vestido de uniforme, no pudo evitar fijarse en ella. «Me impresionó la elegancia de su porte y la dignidad natural de sus movimientos», escribiría él en sus memorias.4

Después de ser presentada, fue a uno de los salones de gala para encontrarse con su marido. Mientras charlaban escucharon al príncipe de Gales decirle a su tío, el duque de Connaught, que todas las mujeres parecían horrorosas bajo aquellas luces.5

Tras la ceremonia, Wallis y Ernest fueron al piso de Thelma donde esta daba una fiesta. El príncipe también acudió. Se acercó a la norteamericana y le comentó que el vestido que había llevado a la presentación era muy bonito. Ella, con una sonrisa, aprovechó para reprocharle el comentario que le había oído decir a su tío. Él se excusó asegurando que no había querido que se escuchara. Y rio divertido.6

Wallis también soltó una carcajada. En aquel mismo momento supo que iba por el buen camino. Y no se equivocaba: a finales de enero de 1932, los Simpson fueron invitados a pasar unos días con el príncipe y unos amigos en Fort Belvedere.

Así como los York dejaron de ir de cacería para ahorrar y comenzaron a pasar los fines de semana en Royal Lodge, David también puso de su parte: recortó gastos, abandonó el polo y se refugió los fines de semana en Fort Belvedere, una especie de castillo gótico de piedra oscura y pequeñas dimensiones cerca de Windsor Great Park que contaba con sus propios cañones de hierro, como si fuera una fortaleza medieval de juguete.

La casa llevaba mucho tiempo sin habitar, así que cuando comenzó a usarla, estaba en unas condiciones lamentables y la maleza y los arbustos poblaban el jardín que la rodeaba. Pero David se enamoró de la propiedad en cuanto la vio y enseguida se dedicó a modernizar las instalaciones: hizo construir una piscina y una pista de tenis, y los fines de semana se dedicó con ahínco a la jardinería.

Con el tiempo llegó a decorarla a su gusto. Cualquiera que entrase a Fort Belvedere, lo primero que veía era un pequeño pasillo que daba a un hall octogonal con paredes de escayola blanca y suelos de mármol blanco y negro. Ocho sillas de altos respaldos tapizados en un brillante cuero amarillo, cada una en una esquina, eran los únicos muebles. De ahí se pasaba a un gran salón, también octogonal, con chimenea, amplios ventanales cubiertos por cortinas de terciopelo amarillo y paredes forradas de madera de pino. Había un piano, una bonita estantería con libros primorosamente editados en piel, muebles de buena factura, cómodos sofás, butacas con cojines, retratos de varios antepasados y cuadros de Canaletto.7

El dormitorio de David estaba en la planta baja y el resto de las habitaciones, en el segundo piso. Cada una contaba con su propio baño, algo en lo que el príncipe había insistido a pesar de las dificultades técnicas y de las limitaciones de espacio.

En conjunto, resultaba acogedor en grado sumo, de una tranquila elegancia. «Llegué a amarlo como no he amado ninguna otra posesión material», reconoció David en sus memorias.8 Allí podía relajarse: podaba árboles, tocaba gaitas y organizaba con frecuencia fiestas con amigos con menús exquisitos. Nadie hablaba de temas serios mientras comían —la política apenas se mencionaba—, el alcohol fluía y las risas eran a veces a carcajada limpia.

De vez en cuando, David se recluía en un salón y se ponía a hacer punto de cruz. Thelma le había enseñado y se había entusiasmado tanto desde el principio con la técnica que incluso llegó a hacer un pisapapeles con la corona de Inglaterra para su madre, la reina María. También había bordado todo un tablero de backgammon.9

Semejante esfuerzo demostraba que el príncipe se había encaprichado con Thelma, a quien comenzó a apodar Toodles, una palabra intraducible y algo infantil. Ella, por su parte, estaba tan segura de su relación, que no le importaba que otras mujeres fueran invitadas a pasar fines de semana en Fort Belvedere. Y mucho menos Wallis Simpson, a quien al principio no vio en absoluto como una rival. Al fin y al cabo, Thelma era de una belleza despampanante mientras que la americana era feúcha y desgarbada.

Pero Wallis tenía armas más importantes que la guapura: sabía detectar rápidamente las deficiencias emocionales de un hombre y en David descubrió un alma infantil, tan dañada y sensible como egoísta, que buscaba desesperadamente a una madre que lo cuidase. Comprendió que la adulación no era una buena estrategia —eso ya lo hacían todas—; ella debía hacer todo lo contrario: darle órdenes, ponerle límites, incluso castigarlo. Si quería convertirse en su amante, primero debía ser su nanny.

Y tenía razón. Wallis entendió que, por mucho glamur y carisma que el príncipe de Gales desplegase frente a las masas, era en realidad un crío inmaduro que en privado muchas veces se comportaba como un insolente maleducado. Que fuera impotente no mejoraba las cosas. Las paperas mal cuidadas de su paso por Dartmouth le llevaron a tener disfunciones eréctiles y, pasados los años, Thelma Furness no tuvo inconveniente alguno en desvelar que sufría un agudo caso de eyaculación precoz que le impedía mantener relaciones sexuales. Por no decir que «tenía el pene más pequeño que he visto en mi vida», según reconoció un compañero de cuando era cadete en la marina británica.10 Que las mujeres con las que compartía lecho no acabasen satisfechas, sino profundamente decepcionadas, hundía a David en la desesperación.

Wallis intuyó estas carencias y no dudó en ofrecerle comprensión. Una noche, en Fort Belvedere, encontró a David en un salón bordando. Wallis fingió un enorme interés sobre el tema y le pidió que le explicara dónde había aprendido.11 Estuvieron charlando durante horas.

A partir de ese momento, el matrimonio Simpson fue invitado habitualmente al Fort y, cuando Wallis cumplió años, el príncipe se encargó personalmente de organizarle una fiesta en Quaglino’s, un famoso restaurante en Jermyn Street. Como regalo, le dio una maceta con un bulbo de orquídea. Le prometió que al cabo de unos meses, si Wallis la cuidaba, la planta florecería —y así fue—.12 Ella correspondió invitándolo a cenar en su piso de Bryanston Court.

Se calcula que para marzo de 1933 Wallis y David ya compartían lecho. Oficialmente, él y Thelma aún seguían siendo amantes, pero la nueva pareja se veía constantemente y salía a bailar con frecuencia. Poco a poco, él se fue enamorando: Wallis no solo le aportaba estabilidad emocional, sino también —y, seguramente, lo más importante— placer sexual. En un escandaloso libro de Charles Higham, publicado en 1988, se aseguraba que un tal barón Dudley Forwood había insinuado que Wallis y David seguramente no pudieron nunca mantener un «coito en el sentido estricto del término» dados los problemas sexuales de él. Sin embargo, ella se habría encargado de satisfacerlo de otras maneras. El libro desvelaba supuestos juegos eróticos en donde él, presuntamente, «llevaba pañales y ella era la maestra». Aquello, según el autor, hizo que él «dependiera de ella para siempre».13

En enero de 1934, la relación entre ambos dio el paso definitivo. Thelma Furness se fue de viaje a Estados Unidos y, tres días antes de partir, almorzó con Wallis en el Ritz y le pidió que cuidara del príncipe para que no se metiera en líos.14

Wallis se lo tomó al pie de la letra. Pocos días después de que Thelma zarpara, Wallis y Ernest estaban en Fort Belvedere, un par de días más tarde organizaron una velada para el príncipe en su casa y, menos de una semana después, David los invitó a una cena en el Dorchester con unos amigos suyos de Estados Unidos. Tras el café y mientras los demás bailaban, David y ella se quedaron charlando en la mesa. Saltándose su natural discreción, él se sinceró con ella y comenzó a hablarle de su trabajo. Aquel día, el príncipe había visitado Yorkshire y había estado hablando con obreros. Wallis, que se había informado de los gustos del príncipe y llevaba días leyendo sobre el Consejo de Servicio Social, le hizo preguntas inteligentes al respecto. Él comenzó a explicarle lo mucho que aquellas visitas significaban para él y todo lo que quería conseguir. También le desveló que el trabajo en la Corte no le llenaba y se sentía atrapado en una jaula. Quería hacer las cosas de otra manera, pero el establishment no se lo permitía. Wallis percibió la inseguridad de él, su soledad y sus inmensas frustraciones, y le pidió que siguiera explicándole cosas de su labor hacia los más desfavorecidos.

Mientras él hablaba, ella sonreía levemente: ya lo tenía en el bote.

El príncipe y Wallis se convirtieron en inseparables y él comenzó a ir a casa de ella prácticamente a diario, a veces solo a tomar una copa y charlar unos minutos, pero en otras ocasiones cenaba y se quedaba largas horas. Ernest al principio estaba entusiasmado por la presencia real, pero pronto entendió de qué se trataba y, siempre leal, solícito y muy monárquico, comenzó a retirarse cortésmente para dejar a su esposa y al futuro rey de Inglaterra a solas.

Al cabo de poco tiempo, no solo era vox populi que David tenía nueva amante, sino que ella estaba empezando a tomar el control de su vida: decidió cambios de decoración en Fort Belvedere y supervisaba personalmente los menús que se servían. Incluso comenzó a despedir a criados que no le gustaban.

Cuando Thelma Furness regresó de su viaje, a finales de marzo, se topó con la incómoda realidad: otra había ocupado su puesto y el príncipe no pensaba regresar a sus brazos. De hecho, David se mostró distante y aprovechó que en los periódicos habían aparecido rumores —probablemente ciertos— de un affaire entre Thelma y el Aga Khan para darle carpetazo. Wallis no solo se ocupó de que el príncipe y Thelma no volvieran a verse jamás, sino que también dio órdenes de que no se le pasaran, bajo ningún concepto, llamadas telefónicas de Freda Ward, su antigua amante.

En agosto de 1934, Ernest Simpson puso rumbo a Estados Unidos por cuestiones de trabajo y su mujer se fue con el príncipe unos días a Biarritz y luego partieron de crucero por la costa española y portuguesa, cruzaron el estrecho de Gibraltar y recalaron en Cannes, donde disfrutaron un par de semanas. La propia Wallis Simpson reconoció en sus memorias que fue entonces donde pasaron «la frontera entre la amistad y el amor»,15 dejaron de ser solo amantes para convertirse en una pareja de enamorados. Por si quedaba alguna duda de los sentimientos de él hacia ella, David le regaló la primera de las fabulosas joyas con las que la agasajaría toda su vida: era un colgante de esmeraldas y diamantes.16

Ese mismo otoño, se celebró la boda de un hermano de David y Bertie, el príncipe Jorge, duque de Kent, con la princesa Marina de Grecia.

Jorge era el más atractivo de los hermanos Windsor y también el más sofisticado: hablaba varios idiomas con fluidez, leía con fruición y le gustaba visitar galerías de arte. Le encantaba el teatro y el ballet, coleccionaba antigüedades y por las noches tocaba el piano.17 Sin duda, había heredado la vena artística de su madre, pero también su temperamento melancólico: Jorge era capaz de conmoverse con un cuadro o una melodía, pero esa delicadeza extrema lo condenaba a periodos depresivos continuos. Que fuera peligrosamente ingenuo y confiado no le ayudó en exceso: era demasiado proclive a confiar en las personas equivocadas y dejarse llevar por arribistas que lo adulaban y que solo querían beneficiarse de la proximidad a la monarquía.

Semejantes malas compañías hicieron que el duque de Kent conociera a Alice Kiki Preston, una atractiva socialité neoyorquina famosa por su estilo de vida desenfadado y hedonista: no solo salía de fiesta prácticamente cada noche hasta altas horas de la madrugada, sino que era adicta a las drogas, en especial a la morfina, la cocaína y la heroína. En algunos círculos se la conocía como «la chica con la jeringa de plata», porque siempre llevaba una en el bolso y no era extraño que se la inyectara en público sin importarle que la vieran.

Jorge se enamoró perdidamente de ella y comenzó a moverse en aquel submundo de drogas y excesos. No solo acabó drogándose con excesiva frecuencia, sino que corría el rumor —probablemente cierto— de que Kiki y el príncipe participaban en orgías y ménage à trois, generalmente con otros hombres y, en especial, con un argentino de nombre Jorge Ferrara.18 También se insinuó que Jorge mantuvo una relación homosexual con el dramaturgo Noël Coward.

Muy preocupado por el consumo de drogas de su hermano —llegó a estar tan enganchado que muchos temieron que acabara suicidándose—, David intentó desesperadamente que Jorge dejara a Kiki, pero viendo que nada funcionaba, obligó a Preston a abandonar el país. Luego hizo que su hermano se fuera a vivir con él a Fort Belvedere unos cuantos meses y supervisó personalmente su recuperación. Lo cual no fue sencillo: el síndrome de abstinencia de Jorge fue tan agudo que no solo perdía los nervios, sino que tenía taquicardias, espasmos súbitos y dolores musculares, y en las pocas ocasiones en que podía dormir, se despertaba a la mínima desesperado y chillando. David aguantó tan estoicamente que incluso su padre lo felicitó: «Pienso que es maravilloso lo que has hecho por tu hermano», le escribió.19

Jorge se recuperó lo suficiente como para volver a su vida normal y en agosto de 1934 comunicó a sus padres que pensaba casarse con la princesa Marina de Grecia y Dinamarca, una mujer increíblemente elegante y con una formación muy cosmopolita. En principio, era una opción perfectamente aceptable para la corte y su pedigrí era impecable: hija del príncipe Nicolás de Grecia y de la gran duquesa Elena Vladimirovna de Rusia, era nieta del rey Jorge I de Grecia y biznieta tanto del rey Christian IX de Dinamarca como del zar Alejandro II. Sin embargo, a nadie se le escapaba que la princesa no tenía un duro. A pesar de haber nacido en un palacio en Atenas y de disfrutar de grandes lujos en su infancia, después de la Revolución rusa y de las turbulencias políticas en Grecia, su familia tuvo que emigrar a París, donde vivieron con estrecheces.

Este pequeño detalle, por supuesto, fue discretamente obviado, y el rey Jorge y la reina María prefirieron centrarse en lo positivo: Marina era una mujer de cierta belleza y gran dulzura, siempre exquisitamente vestida y, aunque no era ni de lejos una intelectual, sí que disfrutaba de los círculos artísticos que tanto le gustaban a su futuro marido.

La corte londinense no tardó en difundir algunos rumores malintencionados sobre ella.

Se afirmó que Marina había acudido de viaje a Londres hacía unos años con la esperanza de engatusar a David, pero que el príncipe de Gales no le había hecho el menor caso, por lo que ella se habría centrado en camelarse a su hermano Jorge. También se aseguró que, a pesar de que vivía con pocos medios, tenía arrebatos súbitos de arrogancia.

La boda quedó fijada para el 29 de noviembre de 1934 en la abadía de Westminster. David se encargó de que el matrimonio Simpson fuese invitado al baile de gala en Buckingham previo al enlace. Se dice que cuando el rey vio sus nombres en la lista de invitados, los tachó de inmediato, pero que el príncipe se las apañó para introducirlos en palacio.

Aquella noche, David le presentó a sus padres. Se sabe que la reina María y ella charlaron unos breves instantes. La consorte fue fría y distante con ella; el rey ni se dignó a dirigirle la palabra. «¡Esa mujer en mi casa!», gruñó el soberano.

Al día siguiente, a las once en punto de la mañana, el matrimonio Simpson ocupaba un sitio bastante privilegiado en un lateral de la abadía de Westminster desde donde pudieron ver perfectamente el vestido de la novia. Marina apareció con un diseño de líneas rectas y sencillas de Edward Molyneux hecho con brocado de lamé de plata. Portaba una fabulosa tiara de diamantes que había pertenecido a su abuela, la gran duquesa Elena Vladimirovna, y también un collar de diamantes que le había regalado el rey Jorge V.

A partir de la boda de los duques de Kent, el nombre de Wallis Simpson fue habitual en el Court Circular, una suerte de diario oficial de palacio donde se daba cuenta de todos los eventos de la monarquía y de sus asistentes. Le tout Londres comenzó a chismorrear que David estaba hechizado por esa mujer y que la idolatraba como a una diosa. Cualquier deseo de la norteamericana era rápidamente cumplido; cuando no estaba cerca, él se mostraba triste y abatido. Los amigos más próximos del príncipe estaban horrorizados por el comportamiento de ambos en privado. Ella era mandona, desagradable y, con frecuencia, grosera. No solo le daba órdenes constantemente, sino que lo castigaba a la mínima, incluso a chillido limpio. En más de una ocasión lo trató con un desdén que bordeaba el asco y él acabó sollozando a lágrima viva como un niño pequeño. Pero lejos de alejarlos, todo aquello solo parecía servir para unirlos más. No había duda de que había un componente masoquista en la relación que el príncipe parecía aceptar encantado.

Ella, por supuesto, jamás se enamoró de él. Primero estuvo deslumbrada por los oropeles de la realeza y, más tarde, se sintió conmovida por su devoción. Sobre todo, disfrutaba de su nuevo estatus de maîtresse-en-titre, la favorita del heredero, y, en especial, de las innumerables prebendas que le comportaba. Sus facturas de ropa comenzaron a ser escandalosas: encargó todo un vestuario nuevo a Mainbocher, entonces la mejor casa de alta costura de París. A esto había que sumarle las joyas y las más que generosas transferencias de dinero que David le pasaba regularmente para que se lo gastase en lo que quisiera.

El rey estalló de furia al conocer todos estos detalles y comentó que su hijo era un caso perdido. Los York también estaban escandalizados. Elizabeth y Bertie se vieron por primera vez con Wallis a finales de 1934. Aunque la duquesa había jurado que «jamás se rebajaría a conocer a esa mujer», acabaron coincidiendo en Fort Belvedere en varias ocasiones. Los York habían tratado a algunas de las amantes anteriores de David e incluso trabaron cierta amistad con Thelma Furness, la cual, a pesar de todos sus defectos, respetaba las normas de la alta sociedad inglesa y sabía que una boda con el príncipe era impensable. Sin embargo, Wallis les pareció odiosa: vulgar, manipuladora y totalmente inadecuada. El único consuelo era que, probablemente, a David tarde o temprano se le pasaría el embrujo y acabaría descartando a aquella americana de poco rango. Era cuestión de tener paciencia y esperar, pensaron los York.

Pero no fue así y, para desesperación de la corte, Wallis se afianzó como «la favorita». La prensa británica, afortunadamente, no se rebajó a publicar nada sobre la relación del príncipe de Gales con la señora Simpson, por lo que el pueblo inglés no había oído hablar tan siquiera de Wallis. Sin embargo, los diarios extranjeros, en especial los estadounidenses, se estaban poniendo las botas con la historia de amor y no había día en que las publicaciones más sensacionalistas no diesen cuenta de los detalles más salaces. Buckingham, y sobre todo el rey, temían que los rumores no se pudiesen contener mucho más tiempo y que el escándalo explotase en cualquier momento.

1935 iba a ser un gran año para el rey Jorge V. El Gobierno le había convencido para celebrar su Jubileo de Plata en el trono, algo que ningún antecesor había hecho. Al principio, el monarca lo consideró un derroche innecesario de dinero, pero acabó aceptándolo, aunque no se le escapó que aquello tenía más de maniobra electoral que de exaltación monárquica. Gran parte de Europa había caído en manos de dictadores, el bolchevismo estaba en boga y el fascismo iba al alza, por lo que el primer ministro quería elevar el sentimiento de orgullo patriótico para ahuyentar el fantasma del fascismo y del comunismo antes de las elecciones generales en el Reino Unido previstas para el año siguiente.

El día 6 de mayo, justo cuando se cumplían veinticinco años de su subida al trono, Jorge V puso rumbo a la catedral de San Pablo, en Londres, para un gran servicio religioso donde estaban invitadas más de cuatro mil personas. Se organizó una gran procesión de carrozas trasladando a la familia real —Lilibet y Margarita iban con abrigos de color salmón y gorros a juego—, y el monarca no pudo dejar de emocionarse al contemplar «el mayor número de personas en la calle que he visto en mi vida».

De vuelta a Buckingham, el rey se dirigió por radio a todos sus súbditos del Imperio: «Solo os puedo decir, mi muy muy querido pueblo, que la reina y yo os agradecemos de todo corazón toda vuestra lealtad y, ¿puedo decirlo?, el amor que nos habéis demostrado en este día». Después salió al balcón de palacio a saludar a la multitud y luego asistió a un gran baile de gala para dos mil invitados.

Durante varios días se sucedieron actos y audiencias, y en las calles de ciudades y pueblos de todo el Reino Unido había guirnaldas, adornos y brindis por el monarca. Era, precisamente, lo que quería Downing Street: fomentar el sentimiento de adhesión a la monarquía entre las clases más populares para evitar que se tornaran peligrosamente rojas o fascistas. Y lo consiguieron.

El rey estaba claramente entusiasmado, aunque en el fondo sabía que su final estaba peligrosamente cerca. Su salud era ya muy frágil, y en Navidad le dolía tanto el pecho que necesitaba bombonas de oxígeno para dormir. Decidió quedarse en Sandringham y Lilibet le hizo compañía: jugaban juntos por las tardes y, de vez en cuando, salían a dar un paseo. Una vez, los caballerizos reales vieron al rey montando a su poni favorito, Jock, mientras la princesa iba andando delante, llevando las riendas. Pero en esta ocasión, a diferencia de su convalecencia en Bognor años antes, el monarca no se recuperó.

A mediados de enero, mientras David estaba de cacería en Windsor Great Park, recibió una carta en la que le pedían que acudiese a Sandringham: el rey estaba muy enfermo, le costaba respirar y, aunque su vida no parecía correr peligro, su deterioro era notable. Partió rápidamente, cuanto llegó se encontró a su padre casi inconsciente. Por la noche, escribió a Wallis anunciándole que la muerte de su padre era inminente, lo que significaba que él estaba a punto de convertirse en rey.20

El corazón de Jorge V se fue debilitando irremediablemente y el lunes 20 de enero de 1936 los médicos anunciaron a la familia real que no había nada más que hacer. A última hora de la tarde, el principal doctor del soberano, lord Dawson de Penn, agarró el primer trozo de papel que encontró —una cartulina de un menú— y escribió el parte médico en el dorso: «La vida del rey se acerca pacíficamente a su final». La radio leyó el mensaje y todo el país se paralizó de inmediato.

A las once, lord Dawson intuyó que al rey le quedaban aún unas cuantas horas, pero, consciente de que The Times cerraba las rotativas a las doce de la noche, suministró al real paciente una inyección letal con morfina y un gramo de cocaína para acelerar el proceso.21 Si la muerte se hubiese hecho esperar, el The Times, que era un diario de la mañana, no hubiese podido llevar la noticia en portada, por lo que esta hubiese aparecido en los rotativos de la tarde, considerados vulgares y poco apropiados para dar tan solemne titular.

Con puntualidad británica, a las 23.55 horas, el rey exhalaba su último aliento. En la habitación estaban la reina María, sus hijos y el arzobispo de Canterbury. En cuanto el médico certificó la muerte del monarca, la reina se dirigió a su hijo mayor, le tomó la mano derecha y se la besó. Luego pronunció: «God save the King! Long live the King!», «Dios salve al rey. Larga vida al rey».

En vez de mantener una digna entereza en un momento tan solemne, David, ya convertido automáticamente en el nuevo soberano del Reino Unido, rompió a llorar desconsolado. Se abrazó a su madre y sollozó desesperado, casi de manera histérica.22

En cuanto recobró mínimamente la compostura, salió rápidamente de la habitación. Justo en ese momento, todos los relojes de Sandringham comenzaron a sonar. Jorge V había ordenado que diesen la hora minutos antes de lo normal, una práctica que a su hijo mayor siempre le había parecido absurda. Su primera decisión como rey fue precisamente anularla.

—Quiero que cambien los relojes a su hora de verdad —sentenció.

—Dios sabe todo lo que va a cambiar a partir de ahora —susurró el arzobispo de Canterbury. Y no le faltaba razón.23

La mañana después de la muerte de su padre, David voló a Londres acompañado de su hermano Bertie. Era la primera vez que un monarca británico viajaba en avión, lo cual simbolizaba una nueva era, más moderna y progresista. Al menos, así lo vieron muchos políticos, los cuales alabaron entusiastas las virtudes del nuevo soberano, sobre todo su encanto, energía y capacidad de oratoria. Para Stanley Baldwin, el nuevo rey llegaba al trono en el mejor momento de su vida; para Clement Attlee, líder del Partido Laborista, el monarca destacaba por su compromiso con los obreros y, sobre todo, los parados.24

Después de aterrizar en Londres, fueron al palacio de St. James, donde ya estaba reunido el Accession Privy Council, un consejo de notables integrado por más de cien hombres seleccionados entre los dignatarios más relevantes del país, cuya función era certificar el cambio en el trono y tomar juramento al nuevo rey. Fue el primer acto de David como soberano, el primero en el que oficialmente fue reconocido como Eduardo VIII, el nombre que había escogido para ser conocido como monarca —todos los reyes de Inglaterra pueden escoger el que más le plazca—. David dirigió unas breves palabras a los presentes y se mostró calmado en todo momento.25

Al día siguiente, David —o Eduardo VIII— cumplió con otra de las grandes tradiciones: su proclamación por el Garter King of Arms, el jefe de armas de la Orden de la Jarretera, la autoridad heráldica de más jurisdicción del reino. Fue una ceremonia muy colorida donde los máximos dirigentes de la orden, ataviados con vistosos ropajes medievales, salieron al balcón del palacio de St. James que da a Friary Court para anunciar solemnemente que, «por la gracia de Dios», Eduardo VIII era ahora rey de «Gran Bretaña e Irlanda, señor de los Dominios británicos allende los mares, defensor de la fe, emperador de la India».

David se había encargado de que Wallis tuviera una vista privilegiada de la ceremonia desde uno de los grandes ventanales y, en último momento, en vez de seguir el ritual como establecía la tradición, fue a reunirse con ella. Para la corte aquella fue la señal definitiva de que lo peor estaba por llegar.

Lilibet estaba en Royal Lodge, en Windsor, cuando su abuelo murió. Como Crawfie pasaba las Navidades en Escocia con su familia, se le ordenó que regresara inmediatamente para estar con las princesas.

La institutriz llevó a las princesas al 145 de Piccadilly e intentó animarlas con juegos. Margarita, que tenía solo seis años, todavía no se enteraba de nada, pero Lilibet estaba muy afectada.26

Varios días después de la muerte de Jorge V, su cuerpo fue trasladado en tren desde Sandringham hasta Londres. La capilla ardiente se instaló en Westminster Hall y durante cinco días el féretro fue velado por soldados en uniforme. Se calcula que más de un millón de personas hicieron cola para dar el último adiós al soberano del Reino Unido.

Por indicación de sus padres, Lilibet tuvo que ir a ver el féretro expuesto en Westminster. Fue en coche con sus ellos, vestida con un abrigo negro y un gorrito a juego de terciopelo. Todo aquello le impresionó: las grandes colas para ver a su abuelo, el silencio sepulcral por las calles, la solemnidad de la sala donde estaba el ataúd custodiado por soldados.

Pero lo que más le impresionó fue que su abuelo parecía que estaba dormido.

David decidió que, rompiendo con la tradición, la última noche del velatorio, los cuatro soldados que hacían vigilia alrededor del féretro serían sustituidos durante media hora por los cuatro hijos varones del difunto rey, todos de uniforme: los duques de York, Kent y Gloucester y él mismo, Eduardo VIII.

El día del funeral, el féretro fue llevado de nuevo a la estación de Paddington custodiado por un gran desfile de soldados. De ahí partió en tren hacia el castillo de Windsor, donde se ofició el responso en la capilla de San Jorge. Tras la ceremonia, el cuerpo fue enterrado frente al altar. Mientras el ataúd descendía, el arzobispo de Canterbury lo despidió simbólicamente: «Earth to earth, ashes to ashes, dust to dust...», «la tierra a la tierra, las cenizas a las cenizas, el polvo al polvo». Luego, sir Derek Keppel, gran amigo del difunto, pasó un cesto de plata repleto de tierra a los hijos y la viuda del fallecido. Todos tomaron un puñado y lo esparcieron sobre el ataúd.27 Fue su último adiós a Jorge V.

Dado que la misa funeral iba a ser en Windsor, se decidió que Lilibet no asistiera, pero el duque de York quiso que Crawfie la llevase a la salida de Westminster para que viese la solemne procesión con el ataúd del rey cubierto por la bandera nacional. Así que ambas llegaron a la estación de Paddington y, al ver pasar el féretro, la pequeña se emocionó tanto que la institutriz temió que rompiera a llorar. Pero justo en ese momento, un soldado que iba en la procesión se desmayó y la pequeña Lilibet se entretuvo viendo cómo el resto de soldados lo sujetaba y le hacían seguir en volandas para no romper la formación.28

Eduardo VIII siguió viviendo en York House, aunque fijó su despacho en Buckingham, en una pequeña sala de la primera planta provista de dos grandes ventanales que daban al patio central de palacio. Cada mañana, un imponente Daimler, apodado «el palacio de cristal» por lo reluciente que era, aparecía a primera hora enfrente del palacio de St. James para llevarle a su lugar de trabajo.29

La tradición dictaba que el nuevo rey debía seguir con el secretario privado de su antecesor durante seis meses para asegurar una transición tranquila, por lo que David tuvo que aguantar durante un tiempo al adusto lord Clive Wigram. Sin embargo, enseguida comenzó a buscarle un sustituto y, como parecía que nadie quería aceptar el puesto, al final no le quedó más remedio que optar por Alec Hardinge, el vicesecretario privado de Jorge V durante dieciséis años, un hombre inteligente y muy trabajador, también irascible y muy chapado a la antigua, con el que David nunca se entendió.30

Alan Lascelles, conocido como Tommy, era el vicesecretario. Nieto del conde de Harewood y del barón Ravensworth, Tommy era el perfecto cortesano: educado en el Marlborough College, uno de los internados con más pedigrí de Inglaterra, se graduó en el Trinity College de Oxford y sirvió con distinción en la Primera Guerra Mundial. Alto, distinguido, con un elegante bigote y siempre impecablemente vestido también era muy culto e inteligente: era el secretario de la Literary Society, escribía poesía y leía a Shakespeare en sus ratos libres.

David y Tommy Lascelles ya habían trabajado juntos: en 1920, Tommy se había unido al equipo del entonces príncipe de Gales como vicesecretario. Aunque al principio pareció fascinado por él, pronto se cansó de sus excesos y, en 1929, presentó su carta de dimisión.31 Unos años después entró al servicio de Jorge V pensando que al rey aún le quedaban varios años de vida, pero murió enseguida, por lo que asumió que se había quedado otra vez sin trabajo. El nuevo rey, sin embargo, lo mantuvo a su lado, pero la relación entre ambos acabó siendo muy tirante y, al cabo de un tiempo, se odiaban abiertamente.

Según Lascelles, Eduardo VIII pensó en abdicar desde el principio: no le gustaban las obligaciones del trono, odiaba el protocolo y consideraba que podía ser más feliz —y casarse con Wallis— si renunciaba a la corona. Sin embargo, no lo hizo por una cuestión de dinero.32

El 22 de enero se leyó el testamento de Jorge V: dejaba unas 750.000 libras esterlinas a cada uno de sus hijos menos a su heredero.33 El albacea explicó a David que su padre daba por hecho que habría amasado una pequeña fortuna como príncipe de Gales gracias a los ingresos provenientes del ducado de Cornualles, la fuente de financiación principal del heredero del trono. No obstante, aunque era verdad y contaba con ahorros importantes, tenía tan claro que heredaría una gran fortuna de su padre que ya le había dicho a Wallis que iba a disponer de una suma extraordinaria de libras esterlinas.

Según Lascelles, en cuanto se enteró, ella lo convenció para quedarse en Buckingham lo suficiente para amasar un dineral. Los recursos a disposición del monarca son extraordinarios y David podría ahorrar una cantidad ingente en muy poco tiempo.

Nunca se sabrá si esta explicación es verídica o no, pero lo cierto es que David siguió ciñendo la corona durante once meses más. Y la verdad es que, de cara al público, ejerció sus funciones con absoluta profesionalidad y se convirtió pronto en un rey increíblemente popular. Mandó reducir drásticamente los gastos en los palacios —incluso pensó seriamente en vender Sandringham para ahorrar— y convenció al Gobierno para que mejorase las viviendas de la clase obrera. También visitaba con frecuencia las zonas más marginales del país, hablaba con mineros que lo habían perdido todo, con jóvenes que no tenían trabajo y con amas de casa totalmente desesperadas. La presencia del monarca, como por arte de magia, les infundía ánimos.

Dado semejante nivel de adulación, David pensó que el pueblo le toleraría cualquier cosa que hiciera, incluida una eventual boda con Wallis y su proclamación como reina consorte del Reino Unido y emperatriz de la India.

A estas alturas, no solo estaba enamorado de ella; estaba hechizado. No solo colmaba todos sus caprichos, sino que la cubría, literalmente, de joyas.

La obsesión por Wallis llegó a tal nivel que David comenzó a descuidar sus obligaciones. Si al principio de convertirse en rey había hecho el esfuerzo de leerse todo el material que contenían las red boxes que le enviaba el Gobierno, pronto se olvidó de él y centenares de documentos quedaron sin firmar a tiempo. El rey, además, viajaba a Fort Belvedere cada jueves y no regresaba hasta el martes.34

David llegaba casi siempre tarde a los actos y muchas ceremonias de la corte fueron eliminadas o recortadas. La presentación de las debutantes, jóvenes de la alta sociedad que desfilaban delante del rey en los jardines de Buckingham, fue cancelada inesperadamente por el monarca con la excusa de que había empezado a llover. Eduardo VIII también tuvo muchos problemas con los jerarcas de la Iglesia anglicana. Él no era un hombre de especial fe y le molestaba tener que acudir a rituales que le resultaban incomprensibles y mortalmente aburridos.35

El Gobierno comenzó a preocuparse seriamente por la dejadez del monarca, aunque sin duda lo peor para Downing Street era que no paraba de entrometerse en asuntos de política internacional, sobre todo para defender a Alemania. A diferencia de su padre, que siempre había sostenido que la Corona no debía actuar en contra del primer ministro, David consideraba que su deber como jefe de Estado era precisamente contravenir a sus políticos si consideraba que estos estaban errados. Lo que significaba que el nuevo rey del Reino Unido hizo pronto públicas sus claras simpatías hacia los alemanes.

David siempre se había sentido muy unido a los germanos —su familia, al fin y al cabo, era de origen alemán— y hablaba a la perfección el idioma. Además, desde hacía tiempo seguía con interés el devenir del partido nazi y, sobre todos, sus logros económicos. Era un gran admirador del entonces llamado «milagro alemán», la rápida recuperación que había evaporado el paro y creado una industria próspera. Por no decir que, como muchos hombres de su generación, el rey estaba seriamente preocupado por el comunismo —lo consideraba la principal amenaza internacional— y veía a los nazis como el perfecto antídoto contra el peligro rojo. El antisemitismo no era un problema para él: desgraciadamente, en aquel momento muchas personas de clase alta detestaban a los judíos, por lo que las medidas de los nazis para promover una Alemania aria nunca fueron objeto de especial preocupación.

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