La Reina
4 El año de los tres reyes
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Con semejantes antecedentes, no es de extrañar que David le dijera a uno de sus primos, el duque Carlos Eduardo de Sajonia-Coburgo-Gotha, miembro del partido nazi, que quería verse con el Führer cuando antes.36 También le comunicó al embajador alemán en Londres que tenía intención de asistir a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Berlín, en verano de 1936, presididos por Adolf Hitler. Además, se sabe que cuando la Alemania nazi se saltó los tratados internacionales e invadió Renania en marzo de 1936, fue Eduardo VIII quien maniobró para que su Gobierno obviara lo sucedido.37 Todos los analistas están de acuerdo en que si Francia, apoyada por el Reino Unido, hubiese plantado cara entonces a la Wehrmacht, la historia hubiese sido muy diferente. Hay que decir, no obstante, que no le costó mucho: el primer ministro Stanley Baldwin también era de la opinión de que no valía la pena involucrarse en un conflicto que consideraba de escasa importancia.
Mucho se ha especulado con que Wallis estuviera detrás de las decisiones políticas del rey. Hay una leyenda urbana que asegura que era una espía nazi e incluso que llegó a ser la amante de Joachim von Ribbentrop, embajador alemán en Londres —y más tarde todopoderoso ministro de Asuntos Exteriores—. El propio Baldwin llegó a negar taxativamente que Wallis fuera una espía a sueldo, pero no había duda de que Ribbentrop y otros mandamases alemanes la utilizaron en su beneficio: la agasajaban y la usaban para convencer a Eduardo VIII de las bondades del nazismo, aunque no es que el monarca necesitara a estas alturas demasiada persuasión.
Sus simpatías pronazis llegaron a ser tan manifiestas que Stanley Baldwin decidió poner al monarca y a su amante bajo vigilancia. Se sabía que Eduardo VIII le enseñaba papeles del Gobierno a Wallis, incluidos materiales clasificados o informes confidenciales, y muchos en Whitehall38 temían que la señora Simpson pudiese estar sustrayéndolos y pasándoselos a los alemanes. No se ha podido demostrar que sirviera de informadora a los nazis, pero la mera sospecha le dio al Gobierno munición de sobra para la crisis que estaba a punto de explotar.

David no le había dicho aún a nadie que pensaba casarse con Wallis, pero muchos en la corte adivinaron enseguida sus verdaderas intenciones y presionaron al primer ministro para que hablara con el rey. Baldwin prefirió no hacerlo. Como buen gentleman inglés de pura cepa, consideraba que ciertos problemas del corazón tenían más posibilidades de solucionarse si eran obviados y, simplemente, se daba un tiempo prudencial para que las pasiones se apagaran.
La cuestión, sin embargo, es que la pasión de Eduardo VIII no tenía visos de extinguirse y, tras una velada en York House a finales de mayo de 1936, quedó claro que el rey no pensaba renunciar a la mujer que amaba. Esa noche, el primer ministro y su esposa fueron invitados por el monarca a cenar junto con otros matrimonios, entre los cuales estaban Wallis y Ernest Simpson. David dijo abiertamente que había querido juntar a las parejas para que el primer ministro conociera a su futura esposa.39 Baldwin prefirió no darse por aludido de lo que estaba pasando, pero a partir de ese momento no hubo vuelta atrás.
El 9 de julio hubo otra gran cena en la que Wallis participó, esta vez sin su marido. Además de multitud de dignatarios —entre ellos, Winston Churchill y su esposa, Clementine—, también estaban presentes los duques de York. Elizabeth se sentó en la posición de más rango para una mujer —a la derecha del rey—, pero a nadie se le escapó que Wallis estaba en la cabecera de la mesa.
En verano, David y Wallis se fueron de crucero con unos amigos por el Mediterráneo oriental abordo del Nahlin, un yate propiedad de lady Yule, amplio y muy confortable, aunque con una decoración que a un amigo del rey le recordó a la de un «puticlub de Calais».40 Todos se relajaron tanto que se permitieron comportamientos más propios de una despedida de soltero que de un viaje con el monarca del Reino Unido. Eran tan poco discretos que el rey y su amante fueron fotografiados en multitud de ocasiones, la mayoría de ellas en situaciones que no dejaban margen a la interpretación. Las imágenes de la pareja dieron la vuelta al mundo, aunque no se publicaron en Gran Bretaña.
De regreso a Inglaterra, se fueron a pasar unos días al castillo escocés de Balmoral, un gesto que la familia real consideró de pésimo gusto —no hacía ni seis meses que Jorge V había muerto—, pero que indicaba que Wallis y David hacían vida prácticamente de casados.
Los duques de York, hartos de semejantes insolencias, decidieron dejarle claro a Wallis su posición en la corte. Una noche en la que habían sido invitados a cenar a Balmoral, Elizabeth y Bertie entraron en un gran salón en el que ya estaban reunidos el resto de comensales. El protocolo dictaba que solo podía recibirlos el anfitrión o anfitriona de más rango, lo que en ese caso correspondía al monarca, pero Wallis se adelantó, les tendió la mano y les dio la bienvenida. La duquesa de York ni se inmutó y pasó por delante de ella sin devolverle el saludo.41
Seguramente como revancha, David apartó a los York de su vida. Al principio de su reinado quiso que su hermano estuviera involucrado en las gestiones de palacio y que incluso leyese documentos oficiales de las red boxes. Ahora, sin embargo, no le consultaba nada y nunca se veían a solas. Bertie se quejó amargamente a su madre, la reina María, de que sentía que estaba perdiendo a David.

Sin calibrar demasiado lo que estaba haciendo, en octubre de 1936 Wallis solicitó a Ernest Simpson el divorcio. Por aquel entonces, el divorcio en Inglaterra solo se concedía por muy pocas causas —básicamente, por adulterio—, y Ernest, siempre el perfecto monárquico, se comportó honorablemente y pasó una noche con una amiga estadounidense de Wallis, Mary Kirk, en una suite de un hotel de Berkshire solo para que su esposa tuviera pruebas irrefutables de su infidelidad.
El 16 de noviembre, el rey hizo llamar al primer ministro, Stanley Baldwin, para comentarle una decisión irrevocable: iba a casarse con Wallis tanto si el Gobierno lo aprobaba como si no y pensaba llegar hasta las últimas consecuencias para conseguirlo, lo que significaba que estaba dispuesto a abdicar si era necesario. Baldwin no se amilanó: aquello, le dijo con firmeza, podría devenir en una crisis constitucional sin precedentes, por lo que debían meditar con calma la situación.
El pueblo británico no sabía nada de lo que se le venía encima. El nombre de Wallis Simpson era desconocido en todo el país, excepto para una élite de Londres muy bien informada. Sin embargo, la noticia no se podía contener por mucho tiempo y, a principios de diciembre, el amor del monarca por Wallis ya ocupaba todos los titulares del Reino Unido.
La reacción del público no fue exactamente la que David esperaba. Aunque la mayoría no se oponía a la relación y había muchos dispuestos a aceptar un matrimonio, nadie quería que aquello acabase con Wallis como reina. No por sus orígenes plebeyos o estadounidenses, sino porque se había divorciado dos veces y sus exmaridos seguían vivos. La moral de la época era tan sumamente conservadora que era impensable asumir que semejante mujer ocupase el papel de consorte del trono.
David no pensaba tolerar semejante discriminación. Pero los políticos, tanto en el Gobierno como en la oposición, no estaban dispuestos a que aquello llegara tan lejos.

Stanley Baldwin jugó sus cartas con maestría. Sabía perfectamente que no había ninguna disposición legal que impidiese al rey casarse con Wallis una vez esta obtuviese su divorcio, pero también sabía que el monarca no podía ir en contra de su primer ministro, por lo que amenazó a Eduardo VIII con que él y todo su Gobierno dimitirían de pleno si la boda tenía lugar.
Ingenuamente, David creyó que podría salir airoso de semejante ultimátum e incluso se rumoreó que pensó en formar un gobierno leal a sus posiciones con Winston Churchill a la cabeza.42 Pero Baldwin no era ningún novato y, antes de poner al soberano entre la espada y la pared, se había asegurado de no dejar ningún cabo suelto: había hablado con el líder de la oposición, con los principales ministros de su Gobierno y también con los gobernadores generales de la Commonwealth. Todos habían prometido apoyarle.
David estaba solo.

Si bien el público se había mostrado al principio entusiasmado con la historia de amor, al cabo de pocas semanas empezaron a manifestarse claramente en contra. La opción de un matrimonio, incluso en su versión morganática —es decir, sin que Wallis recibiese ningún título—, era ahora inaceptable. Los editoriales en la prensa comenzaron a subir de tono y, a principios de diciembre, incluso el honorable The Times sacaba una pieza criticando abiertamente a Wallis.43
El rey llegó a estar tan preocupado por la seguridad de su amada que decidió enviarla unos días a Cannes, a casa de unos amigos de ella. Wallis preparó las maletas asumiendo que ya no volvería a Inglaterra en mucho tiempo, quizás nunca. Muy previsora, hizo que le empaquetaran todas sus joyas, el valor de las cuales, en aquel momento, ascendía a las 100.000 libras esterlinas —más de tres millones y medio de euros actuales—, una fastuosa fortuna que le podría permitir vivir con lujos el resto de su vida.44

David lloró como un niño pequeño al ver a su amada alejarse en el coche. Los días siguientes se mostró desesperado, triste, nervioso y ansioso por recibir alguna llamada de teléfono de Wallis desde Francia. Su salud llegó a preocupar tanto al Gobierno que se convocó un consejo de ministros extraordinario y Winston Churchill recomendó a Eduardo VIII que viese a un médico.
Pero fue en vano. Durante semanas David intentó desesperadamente encontrar una solución a su situación. Incluso Wallis quiso convencerlo para que permaneciese en el trono. Le dijo que estaba dispuesta a aceptar un matrimonio morganático y que deberían posponer la decisión hasta otoño para que las tensiones se calmaran. Pero él no quería oír hablar de semejante posibilidad.
Al final, completamente agotado, tiró la toalla. El Gobierno intentó una vez más que recapacitara y renunciara a casarse con su amante, pero se negó en redondo. El domingo seis de diciembre, el rey se reunió con el primer ministro y este le puso encima de la mesa la disyuntiva: o Wallis o el trono. David se rindió.

Ese mismo domingo por la noche, Bertie telefoneó a su hermano, pero este no le devolvió la llamada. Insistió de nuevo el lunes y David le dijo que fuera a verlo por la tarde. A las siete en punto, los dos hermanos se reunían en Fort Belvedere.
El rey le dijo sin rodeos que había decidido abdicar y que se marcharía del país lo antes posible. El Gobierno ya le había avanzado que lo prudente era que estuviera en el extranjero durante dos años por lo menos. Antes, sin embargo, debían arreglar su situación y, sobre todo, la asignación monetaria que percibiría de las arcas públicas a partir de entonces. David le mintió descaradamente y le dijo que solo tenía ahorradas 90.000 libras esterlinas —en realidad, eran casi un millón— y que iba a necesitar ayuda. Bertie prometió pagarle 25.000 libras anuales. También le aseguró que recibiría el título de duque de Windsor con tratamiento de alteza real.

Al día siguiente, jueves 10 de diciembre, en Fort Belvedere, y en presencia de sus hermanos varones, Eduardo VIII firmaba un Acta de Abdicación, la primera de la historia, por la cual cedía la corona a su hermano y sus descendientes. El día después, minutos antes de las dos de la tarde, la noticia era comunicada al país: el Reino Unido tenía nuevo monarca. Bertie, hasta ese momento duque de York, era ahora George the Sixth, Jorge VI. Para dejar claro que él pensaba seguir los pasos de su padre, había decidido adoptar su nombre como rey. Firmaría las cartas y la documentación oficial como George R. I., por Rex Imperator, rey de Inglaterra y emperador de la India.
Las reacciones del público no se hicieron esperar: para algunos, toda aquella historia con Wallis fue un sacrificio lleno de romanticismo; para otros, una vulgaridad intolerable en un monarca, el desgraciado resultado de una cuestión que tendría que haberse dirimido discretamente en privado. Muchos políticos, incluido el primer ministro, Stanley Baldwin, y el líder del Partido Laborista, Clement Atlee, consideraban que se había hecho un daño irreparable al prestigio de la monarquía y que se había puesto al sistema contra las cuerdas por una mujer sin ningún tipo de importancia.

Según el libro de memorias de Crawfie, las princesas Lilibet y Margarita no se enteraron demasiado de lo que ocurría con uncle David hasta el mismo día de la abdicación, pero sí percibieron desde el principio los nervios a su alrededor. La institutriz también explicó que las pequeñas vieron una sola vez a Wallis Simpson. Fue en Royal Lodge: David se había acercado a enseñar a su hermano un coche nuevo americano que acababa de adquirir y Wallis lo acompañó.
—¿Quién es ella? —preguntó Lilibet a Crawfie en cuanto se fueron. La institutriz no supo muy bien cómo contestar.
Lilibet tampoco supo qué día en concreto se iba a producir la abdicación, pero intuyó lo que estaba pasando cuando comenzó a escuchar ruidos del gentío acumulándose a las puertas de su casa de Piccadilly.
Cuando le preguntó a un lacayo qué pasaba, le contestaron escuetamente que el rey había abdicado. Así fue como se enteró.

El viernes 11 de diciembre por la tarde, Bertie fue a ver a su hermano. «No vas a encontrar el trabajo difícil en absoluto —le comentó David—. Conoces los entresijos y ya casi has superado el pequeño temblor en el habla que hacía que te costara tanto dar discursos en público».45
Esa misma noche, toda la familia real excepto Elizabeth, que estaba en cama con fiebre, se reunió en Royal Lodge para cenar. «La cena fue bastante agradable dadas las circunstancias», observó David.46 Pasadas las nueve, se marchó a Windsor para leer un mensaje radiofónico a la nación. «Debéis creerme cuando os digo —afirmó— que me ha sido imposible sobrellevar la pesada carga de responsabilidades y desempeñar mis obligaciones como rey como hubiese querido sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo».
Después del discurso, regresó a Royal Lodge para dar el último adiós a su familia antes de partir al exilio. La reina María estaba callada, sin mostrar emociones, pero su hija, la princesa María, no pudo reprimir las lágrimas. Ambas damas se retiraron pronto y los cuatro hermanos varones se quedaron tomando una copa y charlando hasta pasada la medianoche, cuando David tomó un coche que lo llevaría al puerto de Portsmouth. Allí le esperaba un barco, el destructor Fury, para llevarlo esa misma noche a Francia.
Antes de montarse en el Daimler, David se acercó a Bertie e inclinó la cabeza en señal de respeto al nuevo rey. El duque de Kent rompió a llorar: «Esto no es posible. No está pasando».47

Jorge VI fue proclamado oficialmente rey de Inglaterra el sábado al mediodía en el palacio de St. James. Crawfie les dijo a las dos princesas que debían hacerle una reverencia cuando su padre regresara a casa aquella tarde.48
Así lo hicieron. Aquello, más que cualquier otra cosa, fue lo que realmente indicó a Bertie que su vida ya no sería igual. Se quedó un rato pensativo mientras sus hijas se inclinaban y luego, muy emocionado, fue a darles un beso. Una vez a solas, Margarita le preguntó a su hermana:
—¿Esto significa que algún día serás reina?
—Sí, algún día —contestó Lilibet.
—Pobrecita —se compadeció la pequeña.