La Reina
5 La heredera
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5 La heredera
Siempre se ha asegurado que Lilibet aceptó con resignación su nuevo estatus como heir presumptive, la presunta heredera, y que simplemente expresó alguna que otra vez confusión ante los cambios de títulos. Por ejemplo, cuando vio una carta dirigida a la reina preguntó si era para su madre.
Sin embargo, saber que heredaría algún día el trono de Inglaterra fue una losa demasiado pesada para una chiquilla de tan solo diez años. Según varios biógrafos, Lilibet ansiaba tener un hermano varón para que la apartara de la Corona, lo cual aún era posible porque su madre tenía tan solo treinta y seis años.1 Además, tanto a Lilibet como a Margarita les horrorizaba la idea de vivir en Buckingham.2
Lilibet no podía dejar de percatarse del ajetreo a su alrededor y, sobre todo, era imposible no ver que sus padres estaban claramente desbordados por la nueva realidad. Bertie estaba tan exhausto y agobiado que perdía los nervios a la mínima y rompía a llorar con frecuencia. «No estoy preparado», se quejaba. «David fue entrenado toda su vida para ser rey. Yo no he visto en mi vida un papel oficial».3 Elizabeth, la nueva reina, lo intentaba animar: «Debemos aceptar lo que nos ha caído encima y hacerlo lo mejor posible», insistía.
Tanto Bertie como Elizabeth eran conscientes de que el público no los quería tanto como a David: ellos eran prácticamente unos desconocidos, no tenían ni el carisma ni la prestancia ni la capacidad de oratoria de Eduardo VIII, ni tampoco la autoridad que transmitía Jorge V. Mientras que David había sido claramente una estrella mundial, moderno y cosmopolita, Bertie era un tipo taciturno de cuarenta y un años, muy chapado a la antigua, sin especiales habilidades para nada y con un defecto en el habla. La prensa no pudo dejar de comparar el estilo de los dos hermanos y a él se le dedicaron artículos no siempre halagadores. Se insinuó que su salud era demasiado frágil —incluso que sufría epilepsia— y que no tenía el intelecto necesario para ser rey. De Elizabeth directamente se afirmó que era poco más que una cateta, una mujer provinciana incapaz de moverse con donaire entre los dignatarios mundiales.
Sin embargo, como el público y los cortesanos pronto descubrirían, tanto Bertie como Elizabeth tenían cualidades destacables que iban a compensar su falta de glamur: los dos eran disciplinados y tenían un agudo sentido del deber. El rey, a pesar de su aspecto endeble, poseía una voluntad hercúlea y, tal como había advertido su padre años antes, «más agallas que todos sus hermanos juntos». Ella iba a demostrar que era una genio de las relaciones públicas, con unas habilidades para conquistar a las masas incluso superiores a las de David. La determinación de ambos, su integridad y apego a la tradición iban a dar respetabilidad y estabilidad a la institución.
Además, no era cierto que Bertie no supiera nada del oficio de reinar y de los mecanismos de la corte. Seguramente los conocía mejor que David, porque él, a diferencia de su hermano mayor, había estado cerca de su padre en sus últimos años y había aprendido más de lo que creía. Sin embargo, y para alivio de los cortesanos, no había heredado las maneras iracundas de Jorge V y sabía mandar con tacto y mucha diplomacia. A pesar de sus golpes súbitos de mal genio, sus famosos gnases, Bertie era un tipo muy humano, trataba a sus colaboradores con muchísima más educación que cualquiera de sus antecesores y era muy considerado con el servicio. También estaba muy solidarizado con la clase obrera: tras años de discreta, pero intensa labor en la Industrial Welfare Society, era consciente de la difícil situación en la que vivían muchos trabajadores y conocía personalmente a los principales líderes sindicales.
Quizás lo más importante es que el rey tenía a su familia. Su mujer, Elizabeth, era una fuente de apoyo y ánimos continuos, y las dos pequeñas princesas, Lilibet y Margarita, se iban a convertir en las nuevas estrellas de la monarquía, el centro de todas las miradas y la atención popular.

Los reyes se trasladaron inmediatamente a Buckingham tras la abdicación. Las niñas no lo hicieron hasta mediados de febrero de 1937. A primera vista, les pareció gigantesco: «La gente aquí debe necesitar bicicletas», comentó Lilibet claramente impresionada. A Crawfie el lugar le resultó inhóspito: «Vivir en un palacio es como acampar en un museo», escribió en sus memorias.4 Algunas zonas de Buckingham no se habían rehabilitado desde los tiempos de la reina Victoria y la instalación eléctrica era obsoleta. Las luces del dormitorio de la institutriz, sin ir más lejos, solo se podían encender y apagar a través de un interruptor que estaba a casi dos metros de distancia de su puerta. El baño que usaba Lilibet estaba al fondo de un largo pasillo y no era difícil encontrarse ratas y ratones en esquinas o incluso dentro de las habitaciones.
Los aposentos de los reyes estaban en la segunda planta, en el ala de palacio que daba a Green Park. La nursery estaba justo en el piso superior: Lilibet compartía dormitorio con Bobo MacDonald mientras que Margarita dormía con Alla. Las pequeñas tenían su propio comedor, con una mesa siempre cubierta con un mantel blanco; cada niña tenía su servilletero de plata con su nombre grabado.5 Desde las ventanas las princesas podían ver perfectamente el Mall y a Lilibet le encantaba observar a la gente pasar.
La sensación de ostracismo respecto al mundo exterior se incrementó con el nuevo protocolo que rodeaba a las niñas. Las comidas y las cenas seguían siendo muy sencillas, pero el menú era en francés, los platos los servían criados vestidos de librea y, cuando llegaba a la mesa, la comida estaba prácticamente fría porque las cocinas estaban en la otra punta de palacio. A las princesas se les indicó que, cuando hablaran con personas de fuera de la familia, no debían decir papa y mummy, sino el rey y la reina.
A pesar de semejantes alteraciones, pronto las pequeñas parecieron acostumbrarse a su nuevo hogar. En cuanto llegaron los caballitos de madera de Lilibet fueron instalados ceremoniosamente en uno de los pasillos que daba a la nursery. Margarita descubrió que aquellas larguísimas galerías eran perfectas para hacer carreras en bicicleta o en un cochecito de juguete.
En Buckingham había una antigua sala de estudios. Era un salón decrépito y húmedo, con barrotes que parecían sacados de una cárcel. El rey enseguida mandó que se buscara un lugar más adecuado. Las princesas acabaron tomando sus lecciones en una soleada estancia con vistas a los jardines que había servido de nursery a Lilibet cuando era bebé. En verano, las clases se daban al aire libre o en una especie de pequeño invernadero, la Summer House, que hay en el jardín de palacio.
A las princesas les encantaba estar en aquellos grandes jardines con sus caminos de piedra rodeados de altos árboles, sus rosaledas y sus plantas aromáticas y, sobre todo, con un lago que a Margarita le parecía tan grande que una vez preguntó si el Mediterráneo era igual de inmenso.6 Cuando no estaban lanzando piedras al lago o jugando con sus perros en el césped, les gustaba ir a un montículo que había al final del jardín y desde el que podían ver el tráfico en Buckingham Palace Road. También les fascinaba observar las costumbres de los patos que vivían en palacio. Lilibet estaba tan intrigada por saber dónde estaban los nidos que una vez se cayó al lago y acabó cubierta de barro.7

Tal como había temido, Bertie fue recibido con poco entusiasmo por sus súbditos. Cuando salía de Buckingham en coche, se quitaba el sombrero y saludaba a través de la ventanilla a derecha e izquierda, pero nadie parecía devolverle el saludo y muy pocos hombres levantaban su sombrero en señal de respeto.8
Para olvidarse de semejantes desplantes y, sobre todo, descansar tras un año horrible, Jorge VI y su familia, incluida su madre, la reina María, pasaron unas largas Navidades en Sandringham. Partieron de Londres el 22 de diciembre y no regresaron hasta finales de enero. Todos se esforzaron en poner buena cara, aunque a nadie se le escapaba que la reina María estaba prácticamente recluida en sus aposentos y no veía a casi nadie. El nuevo rey, además, se negó a dar el tradicional mensaje radiofónico de Navidad y, en su lugar, se emitió un comunicado escrito en Año Nuevo.
De vuelta a sus obligaciones, los asesores del monarca recomendaron una ambiciosa estrategia de imagen: en vez de quedarse encerrado en Buckingham, debía verse con cuanta más gente mejor, en diferentes partes del país. Bertie había heredado el equipo de su hermano —Alec Hardinge como secretario privado y Tommy Lascelles de número dos— y entre ambos diseñaron actos para acercar a su nuevo soberano a las masas. El 13 de febrero, los reyes visitaron East End, uno de los barrios más humildes de Londres. Poco más tarde presenciaron la final de fútbol de la Liga inglesa —el Sunderland ganó al Preston North End por tres goles a uno—.9 Lilibet los acompañaba en algunas ocasiones: acudió a la Feria Industrial y estuvo en la inauguración del nuevo Museo Marítimo Nacional de Greenwich.10
En paralelo, los nuevos monarcas se fueron deshaciendo poco a poco de todos los cortesanos que habían estado cerca de David, lo cual incluyó en ocasiones a personas que habían trabajado solo tangencialmente para él. Lord Perry Brownlow, por ejemplo, fue cesado solo porque David le había ordenado que acompañase a Wallis a Francia. Lady Emerald Cunard, una de las mejores anfitrionas de Londres, fue vetada en la corte dada su simpatía hacia la señora Simpson.11
A pesar de semejante purga, sin embargo, Bertie, y sobre todo Elizabeth, eran lo suficientemente astutos como para no crearse enemigos innecesarios e intentaron congraciarse con algunos políticos poderosos que habían sido proclives a Eduardo VIII. Duff Cooper, secretario de Estado de Guerra, y su mujer, Diana, recibieron pruebas de la exquisita amabilidad de los nuevos reyes e incluso fueron invitados a pasar unos días en Windsor pocos meses después de la abdicación.12 Con Winston Churchill pasó algo parecido: por aquel entonces, estaba en horas bajas —había perdido su escaño—, pero aún era una figura muy popular. El nuevo rey no perdió ni un minuto en escribirle una carta donde lo elogiaba enormemente, llamándolo magnífico estadista y excelso servidor público.13

Bertie sabía que su gran puesta escena —y su primer gran examen— sería el día de su coronación. Para que el trauma de la abdicación no fuera mayor de lo que ya lo era, se había decidido mantener la misma fecha prevista para David: el 12 de mayo de 1937. Las preparaciones fueron exhaustivas: el arzobispo de Canterbury visitó a los reyes en Windsor durante la Semana Santa y allí les detalló, paso a paso, cómo sería la ceremonia y cuál era el significado de cada elemento ritual.14
Por primera vez en la historia, se permitió que las cámaras estuvieran presentes dentro de la abadía de Westminster, pero no se dejó que emitieran en directo. Como el rey tartamudeaba, se quería poder editar —y, sobre todo, recortar— todas aquellas imágenes que pudieran ser perjudiciales para su prestigio.15
Cómo hablaría el rey en su coronación era la principal preocupación para los courtiers y también para el monarca: no solo tenía que pronunciar el juramento solemne durante la ceremonia, sino que se esperaba que diese un discurso radiofónico por la tarde. El rey practicó durante semanas con su logopeda Lionel Logue y con Robert Wood, el ingeniero de la BBC a cargo de las retransmisiones. El texto fue repasado una y otra vez para eliminar las palabras que le pudiera costar pronunciar.
La reina Elizabeth también estuvo muy ocupada los días previos a la coronación y se involucró personalmente en el diseño de su corona —así como el monarca lleva la corona imperial en la ceremonia, su consorte puede escoger la que más le guste—. Garrard, la joyería oficial de Casa Real británica, envió algunos diseños en enero e hicieron unos modelos de prueba —con baratas chapas pintadas— para que Elizabeth se los probara.16 Al final, se descantó por una corona con una base de cruces maltesas y grandes flores de lis sobre las que iban cuatro grandes arcos rematados por una gran cruz. Los diamantes se sacaron de una corona que había pertenecido a la reina Victoria y, en la parte delantera, iba incrustado el gigantesco diamante Koh-i-Nûr —la montaña de luz—, de 105 quilates, el cual arrastraba una terrible maldición: se decía que cualquier persona que lo portara disfrutaría de un poder inmenso, pero si el propietario era un hombre moriría rápidamente.
Los trajes de los reyes fueron un capítulo aparte. Jorge VI llevaría una túnica violeta rematada con tiras doradas, pantalones de satén hasta la rodilla y medias de seda. La reina Elizabeth encargó su vestido a madame Handley-Seymour, la misma que había diseñado su traje de novia. Esta ideó un modelo muy inspirado en el que había llevado la reina María en su coronación en 1911: era un traje de satén de seda de talle recto lujosamente bordado con hilo de oro formando motivos patrióticos, como las rosas inglesas y el cardo, símbolo de Escocia. Sobre los hombros portaba una larga cola púrpura rematada con armiño blanco de más de cinco metros de largo también bordada con hilos de oro.17
Las pequeñas princesas llevarían vestidos rectos de encaje en color crema, largos hasta los pies, con manga corta, una especie de cinturón y lazos dorados en la parte delantera. La firma Ede & Ravenscroft se encargó de confeccionarles unas capas de seda púrpura rematadas con piel de armiño blanco, a juego con las de sus padres, y Garrard les diseñó unas coronitas de plata bañada en oro y de inspiración medieval.
Rompiendo con la tradición, la reina María decidió estar presente en la ceremonia. Era la primera vez que la viuda de un monarca asistía a la coronación de su sucesor, pero lo hizo para dejar claro la continuidad entre padre e hijo a pesar del desgraciado interludio de David. María no solo se involucró en el diseño de la ceremonia, sino que se encargó personalmente de instruir a sus nietas sobre su significado.

Cuando su padre fue coronado, Lilibet tenía once años y Margarita, seis. A pesar de su corta edad, Lilibet estuvo muy atenta a todos los detalles y, pocos días después, escribió a mano en un cuaderno escolar seis páginas con sus impresiones. El ejemplar, que aún se conserva en los archivos reales del castillo de Windsor, tenía un título muy solemne:
La coronación12 de mayo de 1937A mamá y a papáen memoria de su coronación. De Lilibetpor ella misma.18
Lo primero que destacaba el texto es que aquel día Lilibet se despertó muy temprano por los ruidos que llegaban desde el exterior del palacio. No sería la única que lo haría. A las tres de la mañana comenzaron las pruebas de sonido de los altavoces, y Bertie y Elizabeth también se desvelaron. Dos horas después empezaron los ensayos de la banda de la Marina.
Lilibet se puso una bata, unas zapatillas y un manto por encima —«porque hacía frío»— y se acurrucó en una de las ventanas para ver lo que estaba pasando en el exterior. Antes de vestirse, desayunó muy poco porque estaba muy nerviosa.
El resto del día, sin embargo, fue mejor de lo que se esperaba. Una espesa lluvia caía sobre Londres aquella mañana, pero justo cuando la carroza dorada que portaba al nuevo rey salió de Buckingham, brilló tímidamente el sol. Bertie estaba pálido, pero parecía calmado y digno. Las princesas iban en un carruaje con la reina María. «Al principio, traqueteaba mucho, pero pronto nos acostumbramos», escribió Lilibet. La pequeña estaba maravillada con el traje de su abuela, un vestido de talle recto y manga corta «que parecía dorado y llevaba preciosos bordados de flores hechos con hilo de oro». La reina María, una gran aficionada a las joyas, portaba aquel día siete collares de grandes diamantes, además de una corona, varios broches sobre el pecho, pulseras y numerosas condecoraciones.
«Creo que [la ceremonia] fue muy muy bonita —apuntó la princesa—. Creo que todos en la abadía lo pensaron también». Y en un alarde poético inusual en una chiquilla, añadió: «Los arcos y vigas del techo parecían cubiertos con algo parecido a un halo de misterio cuando papá fue coronado, o al menos así lo pensé yo». Lo único que le extrañó profundamente fue que «grannie, la abuela, no recordara mucho de su propia coronación. Hubiese pensado que algo así se hubiese quedado en su mente para siempre».
La ceremonia duró casi tres horas, lo que a Lilibet se le hizo muy pesado. «Al final, el servicio fue bastante aburrido porque eran todo rezos. La abuela y yo miramos [el programa] para ver cuántas páginas quedaban para el final, y giramos una página más y yo apunté al final de la página y ponía “finis”. Ambas nos miramos sonrientes y nos volvimos a centrar en el servicio».
Después de bajar del palco —donde «había una corriente de aire horrorosa»— fueron a una sala a descansar unos momentos. «Había sándwiches, bocadillos, naranjada y limonada», recordaría Lilibet. Más tarde se volvieron a montar en la carroza que las llevaría de vuelta a Buckingham. El recorrido fue más largo que el que las había llevado hasta la abadía: para que el máximo de personas pudiera ver a la familia real, se diseñó un itinerario que pasó por Trafalgar Square, Piccadilly, Oxford Street, Hyde Park y Constitution Hill.
Ya en palacio, salieron a saludar al balcón y después «fuimos fotografiados enfrente de aquellos focos horrorosos. ¡Cuando nos sentamos a tomar el té eran casi las seis!», se horrorizó Lilibet. Por la noche fue aún peor: «Cuando me metí en la cama me dolían mucho las piernas», afirmó. Estaba tan cansada que durmió de un tirón y no se despertó hasta las ocho de la mañana.
Sus padres también estaban exhaustos, pero aliviados de que todo hubiese salido bien. Para Bertie, además, su coronación marcó realmente su inicio como rey. Para él, que era sumamente religioso y tenía un agudo interés en los rituales y su simbolismo, aquel día fue su transformación verdadera en monarca, su consagración ante Dios, la aceptación de su destino. Años más tarde recordaría la ceremonia como una experiencia mística, aunque también sonreiría con los numerosos errores que se sucedieron. Cuando llegó a la abadía de Westminster, tuvo que esperar lo que a él le parecieron horas porque uno de los capellanes que iban en el cortejo se había desmayado. Tradicionalmente, al monarca se le cubre con ropas blancas y con una túnica especial, pero el deán de Westminster estuvo a punto de ponerle la camisola al revés y al lord chambelán le temblaban tanto las manos que Bertie tuvo que ajustarse los ropajes él mismo. El arzobispo de Canterbury le acercó un misal con el juramento que había de pronunciar, pero le tapó el texto con el pulgar. Cuando el rey, ya coronado, se levantó del trono y se dispuso a bajar de la tarima, uno de los obispos oficiantes le pisó la cola de armiño que le habían puesto e hizo que Bertie casi cayese al suelo.
A pesar de los reveses, la ceremonia fue un triunfo personal para él. También lo fue el discurso posterior. Aunque en los ensayos siempre había acabado tartamudeando, en el gran día, seguramente porque el cansancio era superior a la adrenalina, el rey habló con aplomo. «Es desde el fondo de mi corazón que os hablo a todos esta noche —comenzó—. Nunca antes había sido capaz un rey recién coronado de hablar a sus súbditos en sus casas el día de la coronación. La reina y yo siempre llevaremos en nuestros corazones la inspiración de este día. Esperamos estar a la altura de la buena voluntad de la que estoy orgulloso de pensar que nos rodea al principio de mi reinado».
Todo aquello supuso un giro radical en su imagen pública: la coronación sirvió para que Gran Bretaña por fin lo viera y aceptase como soberano, y los británicos comenzaron a aclamarlo. La misma noche de la ceremonia, ya con las ropas cambiadas —aunque aún de gala para la cena—, los nuevos reyes tuvieron que salir nada menos que cinco veces al balcón de Buckingham para saludar a las personas que estaban todavía congregadas a pesar de que caía una lluvia intensa.19

David, ahora duque de Windsor, siguió la coronación por la radio, pero más que prestarle atención al ceremonial, se concentró en algo más apremiante para él: su inminente boda con Wallis.
El enlace se había fijado para el tres de junio en el Château de Candé, en el valle del Loira, un edificio del siglo xvi propiedad de Charles Bedaux, un millonario estadounidense de origen francés y con claras simpatías nazis. La fecha no pudo haber sido menos indicada: no solo era excesivamente cercana a la coronación de Bertie, sino que coincidía con el aniversario del difunto rey Jorge V, padre de David, algo que la reina María no tardó en reprocharle a su hijo por carta.
A Wallis, sin embargo, tales minucias le daban igual y se centró en ultimar el atuendo que llevaría en su boda. Mainbocher le había diseñado un traje de dos piezas en crepé de seda y de un color azul pastel cuya tonalidad exacta acabó siendo conocida como Wallis blue o el azul Wallis. La chaqueta era de manga larga, cuello alto y estaba decorada con botones en la parte inferior; la falda era recta y muy ajustada. La sombrerera Caroline Reboux había elaborado un tocado a juego con flores y un ribete de velo. Los zapatos, confeccionados en georgette, eran del mismo color que el traje.
Wallis estaba convencida de que aquel vestido la haría parecer elegante y digna frente a las cámaras. La futura novia llevaba meses quejándose de que solo había fotografías horrorosas de ella en la prensa y algo de razón llevaba. Los periódicos, en especial los británicos, se habían empeñado en sacarla en su peor versión: mucho más mayor de lo que era, ojerosa, angulosa y con unos rasgos faciales tan masculinos que había corrido el rumor malintencionado de que era, en realidad, un transexual. Semejante rostro poco halagador era la imagen que el mundo tenía de ella y Wallis quería contrarrestarla con una nueva cara, suavizada y, a poder ser, majestuosa.
Para conseguirlo, aparte de encargar un distinguido vestido de novia, llamó a Cecil Beaton para que le tomara unos retratos semanas antes de la boda y también se encargara de fotografiar a los novios tras la ceremonia. Beaton era uno de los mejores artistas de su generación: exponía en galerías de prestigio, trabajaba en la revista Vogue y se había especializado en moda e imágenes de la jet set y de la aristocracia. Incluso había retratado en el pasado a Freda Ward y a Thelma Furness, antiguas amantes de David. Wallis y él se conocían desde hacía tiempo: habían coincidido por primera vez hacía años en el Three Arts Club Ball, aunque no se puede decir que la primera impresión fuera la mejor. Cecil la llamó «vaca o toro musculoso en un vestido de terciopelo azul sáfico».20
Sin embargo, con el tiempo fue suavizando su opinión sobre ella y, tras una sesión de fotos en 1935, reconoció que quizás se había excedido en sus juicios. Wallis lo contrató unas cuantas veces más y no dudó en recurrir a él para presentarse ante la opinión pública con una imagen renovada.
Cecil llegó a Francia un viernes por la tarde y, al día siguiente, se pusieron manos a la obra. Cecil había decidido que haría fotos etéreas, como si fuera un hada de cuento, y la convenció para fotografiarla en un prado cercano repleto de árboles y margaritas.21 Wallis había escogido para la ocasión un vaporoso traje blanco hasta los pies de Elsa Schiaparelli, hecho con organza de seda.
El estampado tenía dibujos de perejil, aunque lo más original, sin duda, era la gigantesca gamba que llevaba pintada en la falda, una obra original de Salvador Dalí que el atelier textil Sache había estampado en la tela. Más tarde, Wallis se cambió de ropa, se enfundó elegantes trajes de alta costura —también de Schiaparelli, pero menos estridentes— y Cecil la retrató en el dormitorio.
El resultado no pudo ser mejor: gracias a una inteligente composición y un astuto juego de luces y sombras, Cecil la hizo parecer más alta —cuando era diminuta—, con un cuerpo femenino —cuando era andrógina— y con cierta clase —cuando carecía totalmente de ella—. Las fotos aparecieron en la edición estadounidense de Vogue y la edición se agotó de inmediato.22 Wallis estaba eufórica.
Cecil regresó semanas después a Francia para fotografiar a los novios en su boda. Tal como recordaría en sus memorias, el día 3 de junio amaneció soleado y el château estaba precioso: Constance Spry, la famosa florista de Londres, había llegado días antes para preparar la decoración y había colocado gigantescos ramos en varios salones.
Herman Rogers, uno de los mejores amigos de Wallis, la llevó al altar. La novia no llevaba un buqué, sino un libro de oraciones, y como joyas, un espectacular broche de zafiro y diamantes en el cuello. David ya la esperaba vestido de chaqué y escoltado por el padrino, Edward Dudley Metcalfe, conocido como Fruity, uno de sus mejores amigos. Primero hubo una pequeña ceremonia civil en la biblioteca oficiada por el doctor Mercier, alcalde de Monts, en donde los novios contestaron oui, sí en francés, él con voz firme y ella con un susurro tembloroso. Exactamente a las 11.47 de la mañana se convirtieron oficialmente en marido y mujer.
Luego pasaron a la sala de música, habilitada como capilla para la ocasión con un baúl como altar, y recibieron una bendición religiosa por parte del reverendo Anderson Jardine, un vicario de la parroquia de St. Paul’s, en Darlington, que se había trasladado a Francia ex profeso. Tras intercambiar sus votos, David le puso un anillo de oro de Gales, como es tradición en la familia real británica. Él estaba tan nervioso que le temblaban muchísimo las manos.
Los novios posaron después para la prensa y más tarde se sirvió un sencillísimo almuerzo con ensaladas y mucho champán. No había más de diez invitados y ninguno era de la familia del novio. A pesar de que David deseó hasta el último minuto que su madre y sus hermanos, sobre todo el duque de Kent, acudiesen a la boda, desde Buckingham se vetó semejante posibilidad. También se dejó claro que Wallis recibiría el título de duquesa de Windsor, pero no el tratamiento de alteza real. Semejante concesión es de por vida y se puede mantener, aunque haya un divorcio, así que muchos en la corte, temerosos de que aquella unión no durase mucho, maniobraron para que el rey Jorge VI no le otorgase el rango a Wallis. Quizás por ello, David estuvo todo el enlace apesadumbrado y taciturno.

No hay duda de que los retratos de Cecil Beaton en Vogue consiguieron mejorar la imagen mundial de la nueva duquesa de Windsor, una proeza que no pasó desapercibida en el palacio de Buckingham.
Si Wallis tenía un cuerpo esquelético y sin curvas, su ahora cuñada, Elizabeth, la nueva reina de Inglaterra, era todo lo contrario. «Una gorda cocinera escocesa», la llamaba Wallis, y no era la única que había observado con malicia que la nueva soberana estaba entrada en carnes. También que no tenía ningún chic, se vestía con ropas que no siempre la favorecían y llevaba un peinado que rallaba lo vetusto. Su propia cuñada, la princesa María de Kent, la miraba con desaire y se refería a ella como «esa niña escocesa vulgar».23
Muchos testimonios de la época aseguran que Elizabeth, a pesar de su figura poco estilizada y su falta de glamur, tenía una gran presencia y el día de la coronación había aparecido mayestática. Sin embargo, ese donaire solo se proyectaba en las grandes ocasiones y, en el día a día, la reina se mostraba poco refinada y no acorde con unos tiempos donde triunfaban los trajes negros entallados de satén, con amplios escotes, del diseñador francés Jean Patou. Por el contrario, ella insistía en vestirse como una colegiala, con colores pastel —casi siempre de azul claro—, medias tupidas y faldas hasta los tobillos que le diseñaba la venerable madame Handley-Seymour, una modista que solo sabía coser un tipo de ropa: tapada, recatada y aburrida hasta el extremo.
El atuendo de la nueva reina no era una mera frivolidad estética: era una cuestión de Estado. A pesar de que la coronación había servido para consolidar a Bertie y a Elizabeth en el trono, que poco a poco se estaban ganando el cariño de sus súbditos, muchos británicos seguían prefiriendo el carisma arrollador de Eduardo VIII y veían a los nuevos reyes poco más que como catetos que ceñían la corona ilegítimamente. Tan peligroso era que semejante idea se expandiese, que Buckingham decidió tomar cartas en el asunto.
Lo primero era «solemnizar» a la reina y, dado que esta no pensaba ponerse a hacer dieta estricta para enfundarse un traje ajustado de satén, los cortesanos entendieron que tenían que cambiar la moda imperante y llamaron a la única persona en todo el Imperio británico capaz de conseguir semejante gesta: Norman Hartnell. Aunque, todo sea dicho, su elección fue más por desesperación que por méritos propios porque, en un momento en que todas las casas de moda de prestigio estaban en París, él era el único modista conocido de Inglaterra.
Hartnell venía de un mundo completamente alejado de la realeza. De orígenes muy humildes —su padre era tabernero—, había conseguido estudiar en Oxford y fue allí donde comenzó a diseñar trajes para obras de teatro y a hacer sus pinitos como modisto. Pero conseguir hacerse un nombre propio como diseñador en Londres era prácticamente imposible por aquel entonces. «Lo que toda mujer inglesa quiere es algo francés», le advirtieron. Algunos de los mejores diseñadores británicos, como Charles Worth o Edward Molyneux, auténticos popes de la alta costura, habían tenido que cruzar el Canal de la Mancha y establecerse en Francia para poder vivir de la moda.
Al principio, Hartnell hizo lo mismo y puso rumbo a París para hacerse un nombre, pero sus primeras colecciones fueron un rotundo fracaso. «Nunca he visto trajes tan increíblemente bonitos tan mal cosidos», sentenció el diseñador americano Mainbocher. Hartnell no se derrumbó, mejoró su técnica y, en 1929, volvió al ruedo, esta vez cosechando un gran éxito. Su nueva colección fue revolucionaria: en plena era de las flappers, con sus trajes entallados, él propuso una vuelta al pasado, con faldas más largas y de vuelo, y un estilo que recordaba el refinamiento cortesano de antaño.
De regreso a Londres, abrió un negocio en Bruton Street, muy cerca de la casa de los Strathmore donde había nacido Lilibet, y tanto gustaron sus modelos, que pronto recibió encargos de las aristócratas. Incluso lady Alice Montagu Douglas Scott, prometida del príncipe Enrique, duque de Gloucester, uno de los hermanos del rey, lo escogió para diseñar su traje de novia.
Elizabeth ya había tratado con él alguna vez en el pasado y había requerido sus servicios para diseñar los trajes de sus damas de honor en la coronación, pero ahora le pidió que creara para ella todo un nuevo vestuario. Norman Hartnell nunca olvidaría el primer día que la reina y sus hijas aparecieron en su atelier: Elizabeth llevaba un traje de georgette de seda gris plata y las princesas iban con abrigos azules de doble botonadura y sombreros grises con florecillas.24 El modisto quedó impresionado con la dignidad de la monarca y, en aquel momento, comprendió que debía hacer algo más que coser bonitos vestidos: la reina no necesitaba solo ropa, sino una nueva imagen que la ayudase a encauzar esa elegancia interior.
Un día, paseando por una de las galerías de palacio, el rey Jorge VI le enseñó los retratos de la reina Victoria pintados por el alemán Franz Xaver Winterhalter, un artista conocido en su momento por estilizar y embellecer sustancialmente a las personas que retrataba y que transformó a Victoria, que en realidad era diminuta, rechoncha y con unos ojos muy saltones, en una reina mítica en todo su esplendor, digna y elegante. Ahí estaba la clave, pensó Hartnell, mirando aquellos cuadros: la nueva reina debía vender una ilusión, proyectar magia. No podía parecer una más, ni seguir la moda imperante: eso era vulgar. En cambio, debía transformarla en la protagonista de un cuento de hadas. Los primeros diseños que propuso estaban repletos de crinolinas, tules, brillos y encajes para que pareciera sacada de un libro infantil.
Además de mejorar su vestuario, Elizabeth se propuso desarrollar una faceta más cosmopolita. A pesar de que hasta entonces no había mostrado ningún interés intelectual elevado más allá del teatro y el ballet, ahora se hizo público que con sus amistades hablaba de literatura y de arte, y que incluso discutía sobre cuestiones de diplomacia internacional. Algunos amigos y conocidos le comenzaron a recomendar libros y se sabe que Elizabeth leyó, entre otros, la biografía de Talleyrand escrita por Duff Cooper, varias obras del filósofo Aldous Huxley y algunas novelas del eminente Graham Greene.25 A muchos les sorprendió saber que la nueva reina disfrutó con La historia de Genji, una novela japonesa del siglo x escrita por una mujer, Murasaki Shikibu.26
Sus gustos en el arte, sobre todo en pintura, también se refinaron. Con la ayuda de Kenneth Clark, intendente de las Colecciones Reales, Elizabeth empezó a aprender sobre las obras que había en los palacios. Al principio, Clark pensó que ella tenía un «gusto terrible para la ropa», pero pronto descubrió que, sin embargo, poseía «un buen gusto artístico innato».27 Que Elizabeth disfrutara con el arte contemporáneo fue otra agradable sorpresa y, bajo el ojo experto de Clark, comenzó a comprar cuadros, como un paisaje impresionista del castillo de Lulworth pintado por Wilson Steer y vistas postimpresionistas del escocés Duncan Grant.28
Elizabeth y Kenneth Clark se hicieron grandes amigos y él fue invitado con frecuencia a Windsor, donde se les vio dando largos paseos y disfrutando de alguna copa de vino en la sala de los guardas.29 Semejante proximidad, por supuesto, dio pie a todo tipo de rumores e incluso la escritora Penelope Mortimer insinuó que entre ambos pudo haberse fraguado lo que los franceses llaman una amitié amoreuse, no un romance, pero sí un flirteo poco disimulado.30 La biógrafa de Clark, Meryle Secrest, llegó a asegurar que él se pudo haber enamorado un poco de ella, lo que, por supuesto, no se le pasó por alto a Bertie, quien se enfadó bastante.31

Obviamente, el público desconocía estos detalles privados y solo recibía las edulcoradas imágenes de la nueva familia real que les proveía la maquinaria propagandística de la corte. Justo después de la coronación, los reyes se embarcaron en dos intensos meses de actos y viajes por todo el país: hubo un sinfín de desfiles militares, imposiciones de medallas, servicios religiosos, bailes de gala y almuerzos oficiales. Lilibet los acompañó en muchas ocasiones: fue con ellos a Portsmouth en el yate real, el Victoria and Albert, para pasar revista a los buques de la Marina y, junto con Margarita, también viajó a Escocia. Cuando la familia fue a pasar el verano en Balmoral, en vez de bajarse en la estación de tren de Ballater, la más cercana al castillo, fueron a Aberdeen y, de allí, recorrieron en coche unos cuantos kilómetros para que el máximo número posible de personas pudiera verlos.32
También se encargaron nuevos libros para reforzar el prestigio de la nueva familia real. Lady Cynthia Asquith escribió otra obra —«completamente nueva», aseguraba el título— de Elizabeth y la eminente poeta y escritora Dorothy Margaret Stuart publicó una biografía de Jorge VI. Lilibet y Margarita ocuparon sus propias portadas: en 1936 posaron con sus perros en simpáticas fotografías que luego se recopilaron en Our Princesses and Their Dogs, Nuestras princesas y sus perros. En 1939 saldría The Princesses Paper Doll Book, el libro de muñecas de papel de las princesas, con dibujos de Lilibet y Margarita que podían ser recortados para jugar con ellos. Un año más tarde la escritora Frances Towers publicó la biografía oficial de las pequeñas —The Two Princesses: The Story of the King’s Daughters—, de nuevo repleta de fotografías de las niñas.
El público seguía muy interesado en la vida de las pequeñas y los periódicos publicaban información detallada de su día a día. Noticias con sus resfriados y otros problemas menores de salud aparecían regularmente. Quién había ido a sus fiestas de cumpleaños y qué regalos habían recibido eran otro gran reclamo que reseñaban incluso en los diarios más serios. Buckingham aprovechaba los aniversarios para distribuir fotografías oficiales: por ejemplo, en abril de 1937, cuando Lilibet cumplió once años, se repartió un precioso retrato de la reina Elizabeth con sus dos hijas. La instantánea fue reproducida por toda la prensa del país y muchos medios extranjeros.
El interés por las princesas se extendió a su formación y en 1937 muchos especularon otra vez con la posibilidad de matricular a Lilibet en un internado para señoritas. Si hubiese sido un varón, no habría duda de que hubiese sido enviado a Eton o a la escuela naval de Dartmouth, pero no había un equivalente tan prestigioso para mujeres, con lo que se descartó la idea.
Crawfie siguió, pues, a cargo de las lecciones, pero para completar la instrucción la reina María empezó a organizarles excursiones a sitios de interés, como el observatorio de Greenwich, el Banco de Inglaterra, la Torre de Londres o Hampton Court, el palacio donde vivió Enrique VIII.
Con quién se codeaban las princesas continuaba siendo una preocupación en la corte y, para que conocieran a más niñas de su edad, Crawfie tuvo la magnífica idea de crear un grupo de Girl Guides, la versión en femenino de los Boy Scouts, en el palacio de Buckingham con un equipo adjunto de Brownies, que era como se denominaba a las niñas que todavía no podían formar parte del grupo de las mayores, para que Margarita también participara. Congregaron a veinte girls guides y catorce brownies en total, aunque el ejercicio no fue tan democrático e igualitario como se pudiera pensar: todas las niñas provenían de las mejores familias de Inglaterra y la mayoría estaban emparentadas con condes y marqueses, o eran hijas o nietas de los altos oficiales de la corte. Las primeras sesiones, además, fueron un fracaso: se había estipulado que se reunirían en Buckingham los miércoles por la tarde y al principio muchas chicas llegaban con trajes de fiesta, incluso con guantes, y rodeadas de nannies e institutrices.33 Uno de los juegos que organizaban consistía en dejar todos los zapatos en una pila, las niñas tenían que buscar cuáles eran los suyos, ponérselos y regresar a la línea de salida. El resultado siempre era algo caótico porque muchas de ellas estaban tan acostumbradas a que el servicio les hiciera todo que ni siquiera sabían cuáles eran sus propios zapatos. Lilibet acababa harta de semejantes esnobismos y comentaba a Crawfie con asco que nunca había habido tales tonterías en su casa.34

Todas las girls guides pudieron comprobar que Lilibet y Margarita tenían una relación muy especial. Lilibet no solo era la heredera presunta al trono, sino también la hermana mayor, por lo que era muy responsable, formal y siempre estaba preocupándose por que Margarita no se metiera en líos. La pequeña, por el contrario, era bulliciosa, alegre, despreocupada, algo mimada y necesitaba ser constantemente el centro de atención.
No hay duda de que Margarita era la más creativa y artística de las hermanas, y muchos aseguraron que, de no haber nacido en la familia real, seguramente hubiese triunfado en los escenarios como actriz y, sobre todo, como cantante. Habilidades, desde luego, tenía: era una mimo nata, tenía ocurrencias increíblemente divertidas y, ya de muy pequeña, después de acudir al teatro, Margarita se pasaba días recitando partes enteras de las obras en la nursery.35 Su gran talento, sin embargo, era para la música: antes de cumplir el primer año ya se sabía melodías de canciones enteras y desde muy pequeña demostró tener una voz prodigiosa.
Sus modales, eso sí, no siempre eran los mejores y en las grandes ocasiones, como la coronación de sus padres, Lilibet temía que Margarita no estuviera a la altura. Sus temores fueron infundados, porque la pequeña se comportó admirablemente bien y su hermana mayor solo tuvo que regañarle un par de veces porque estaba haciendo ruido con el libro de oraciones.36
En cuanto llegaron a Buckingham, Lilibet comenzó a dar órdenes continuamente a su hermana. Antes de cualquier garden party, las enormes fiestas en los jardines de Buckingham a las que se invitan a centenares de personas, le daba instrucciones precisas: «Si ves a alguien con un sombrero divertido, Margarita, no debes apuntar con el dedo y reírte» o «No debes darte prisa para llegar a la mesa del té. No es educado».37 Sin embargo, más allá de esos momentos de ordeno y mando, la relación entre hermanas era de extraordinario cariño y siempre estaban juntas.

Para que la vida familiar no se alterase más de lo necesario, los reyes y sus hijas pasaban bastantes fines de semana en Royal Lodge, en Windsor, y todos los veranos iban a Escocia, a veces a Balmoral y otras a Birkhall, una residencia mucho más austera dentro de la misma finca. Allí las princesas se divertían con sus primos y a través de las memorias de una de ellas, Margaret Elphinstone —luego Margaret Rhodes—, hija de lady Mary Bowes-Lyon, la hermana mayor de Elizabeth, sabemos cómo pasaban las vacaciones las pequeñas. Los días se organizaban alrededor de pícnics sobre la hierba, paseos en ponis, excursiones por los alrededores y juegos muy sencillos: según su prima, Lilibet se pasaba el día jugando a caballos38 y obligaba a todos los participantes a relinchar. Una vez organizaron un concurso para ver quién podía comer más pan de centeno untado con sirope —Margaret Elphinstone ganó— y había tardes en las que ponían el tocadiscos.39 La princesa Margarita improvisaba recitales y deleitaba a todos con su preciosa voz, aunque su pasión por la música llegaba a límites extremos: por las noches estaba hasta altas horas de la madrugada cantando «Old Macdonald had a farm», una canción infantil que incluía imitar los sonidos de los animales, y todos sus primos le imploraban que se callase para poder dormir.40
Aunque no había largas tardes de lectura, sí que dedicaban algo de tiempo a escribir, o al menos Lilibet y unas cuantas amigas —básicamente, hijas de los altos oficiales de la corte, como Diana Legh y Winnifred y Libby Hardinge— sí lo hacían. Juntas comenzaron una revista casera titulada The Snapdragon, donde la princesa contribuyó con artículos explicando su día a día. El primero fue sobre lo que veía desde la ventana de su habitación en Buckingham cuando había cambio de guardia. Además, a diario había una hora de francés impartida por una institutriz francesa, mademoiselle Georgina Guerin, que acudía cuando Crawfie estaba de vacaciones. Según Margaret Elphinstone, para Guerin aquellos meses en Escocia debían de ser un calvario porque se llevaba fatal con una de las damas de compañía de la reina Elizabeth, Lettice Bowlby, a la cual llamaba la sale Bowlbee, algo así como la guarra de la Bowlby.41
El momento álgido del día para las princesas era la hora del té, que en Escocia es famosa por la multitud y diversidad de sándwiches, pastas y pasteles que lo acompañan. Por las noches, los adultos disfrutaban de una suculenta cena. Lilibet y Margaret no estaban presentes —cenaban en la nursery—, pero les dejaban ver a los siete gaiteros ataviados con kilts y sporrans que, al final de la cena, tocaban las gaitas desde el hall hasta el comedor. Muchas veces, después del café, toda la familia, sus invitados, el servicio al completo e incluso algunos trabajadores de la finca veían juntos una película en una gran pantalla de cine.42
Cada año, la familia real organizaba en el castillo de Balmoral el Ghillies Ball, el baile de los ghillies o, lo que es lo mismo, los trabajadores de las Highlands ataviados con trajes típicos al servicio de la Corona. Lilibet asistió por primera vez cuando tenía doce años: vistió un sencillo vestido de fiesta y bailó algunas de las tradicionales reels escocesas, bailes en grupo, normalmente en círculos y formando coreografías bajo los acordes de música celta. Ya entonces demostró que tenía un talento singular para las reels y, más tarde, se convertiría en una estupenda bailarina.