La Reina
6 Aprendiz
Página 10 de 39
6 Aprendiz
Aunque Lilibet desempeñó algunas funciones públicas después de la coronación de su padre, 1938 marcó el inicio de su verdadera consagración como heredera al trono. Ese año dejó de llevar calcetines y comenzó a ponerse medias de seda, todo un símbolo del paso a una vida pensada para prepararla para asumir, algún día, la corona.
Actos de pequeño formato, como dar premios en concursos ecuestres, fueron especialmente diseñados para que la princesa los presidiera. También comenzó a hacer actos de caridad —decoraba tartas para enviar a las zonas más pobres de Londres, por ejemplo— y a acudir con sus padres a audiencias con dignatarios extranjeros. Se sabe que estuvo presente en el recibimiento al rey Carolo de Rumanía y en el almuerzo ofrecido al ministro polaco de Asuntos Exteriores, el coronel Beck, con quien habló en francés.
También coincidió con el nuevo embajador de Estados Unidos y su familia: su nombre era Joseph Kennedy y entre sus hijos había un tal John Fitzgerald Kennedy, que décadas más tarde, en 1960, sería elegido presidente. Los Kennedy descendían de irlandeses del condado de Wexford que habían partido hacia Boston a mediados del siglo xix. A pesar de haber comenzado por lo más bajo —el bisabuelo de JFK hacía barriles de madera—, fueron escalando económica y socialmente y Joseph Kennedy acabó amasando una fortuna inmensa. Su éxito hizo que el presidente Franklin Delano Roosevelt lo escogiera como embajador: era el primer católico y el primer estadounidense de origen irlandés que lo conseguía.
Al poco tiempo de llegar a Inglaterra, a principios de abril de 1938, Joseph Kennedy y su esposa, Rose, fueron invitados a pasar un fin de semana en el castillo de Windsor. También estaban presentes el primer ministro de Inglaterra, Neville Chamberlain, y su esposa, Anne de Vere —Stanley Baldwin había dimitido dos semanas después de la coronación—; el ministro de Asuntos Exteriores, el vizconde Halifax y su esposa, lady Dorothy; y lady y lord Elphinstone —ella era la hermana de Elizabeth—. Los Kennedy llegaron el sábado por la tarde y no vieron a las princesas hasta el domingo por la mañana. El matrimonio estaba dando un paseo por los jardines cuando «nos topamos con la princesa Isabel escondida detrás de los arbustos —explicó Rose en sus memorias—. Llevaba un abrigo rosa, no portaba ningún sombrero y nos sonrió».1
Ya en el almuerzo tendrían ocasión de conocerla mejor. Las dos princesas estaban presentes y Lilibet se sentó al lado del embajador Kennedy. Aquel día, «la reina llevaba un vestido verde azulado, sin sombrero y con un brazalete de aguamarinas —recordaría Rose—. Las princesas llevaban vestidos rosas con el canesú a cuadros, zapatos rojos con hebillas doradas y collares de coral y perlas».2 Después del almuerzo, todos se cambiaron de ropa, se pusieron cómodos trajes de tweed y zapatos de suela gruesa, y dieron un largo paseo hasta Frogmore, una de las casas señoriales propiedad de la Corona que hay dentro del recinto de Windsor.

Visitas como estas hicieron que Lilibet desarrollara un interés muy precoz por los asuntos internacionales. Aparte de leer a diario The Times y de seguir las noticias en la emisora de radio de la BBC, comenzó a analizar la situación política y se percató de que un hombre en particular acaparaba cada vez más artículos: su nombre era Adolf Hitler.
El 4 de febrero de 1938, el dictador alemán se autoproclamó comandante supremo de la Wehrmacht, las fuerzas armadas alemanas y, poco después, obligó a Austria a anexionarse con Alemania. El 14 de marzo, el Führer hacía su entrada triunfal en Viena aclamado por una enorme multitud mientras, en Londres, el gobierno de Chamberlain no parecía darle excesiva importancia a lo sucedido. «Un evento de enorme significación acaba de ocurrir en Europa sin que a nadie en Inglaterra le importe un bledo», escribió Duff Cooper, entonces primer lord del Almirantazgo, en su diario.3
Desde luego, el primer ministro británico Neville Chamberlain no era consciente de lo que se le venía encima. Tenía sesenta y ocho años y una excesiva confianza en sí mismo y en su buena suerte en la vida provocada, sin duda, por su inmenso éxito: había sido un empresario próspero y, aunque entró en política a los cuarenta y nueve años, enseguida subió escalafones, adquirió puestos ministeriales destacados y llegó a Downing Street en un tiempo récord. Enjuto, con una nariz marcada, un bigote imponente y el pelo blanco, nunca creyó que los astros le darían la espalda.
Además, Chamberlain contaba con el apoyo incondicional de Jorge VI, que veía en él a un maestro en el complicado arte de la geopolítica internacional. El nuevo monarca no sabía prácticamente nada de diplomacia y creyó erróneamente que Chamberlain era un verdadero experto. Pero este no conocía bien Europa, ignoraba sus complicadas dinámicas internas e ingenuamente pensaba que, a pesar de sus discursos incendiarios y sus claras ansias expansionistas, Hitler debía de ser, en el fondo, un tipo razonable y cabal que no iba a llevar sus propuestas peligrosamente lejos.
Y lo que era más importante, Chamberlain estaba convencido de que, en el fondo, nadie quería una nueva guerra. Los estragos de la Primera Guerra Mundial aún eran muy recientes y todos recordaban con horror el sufrimiento vivido por los soldados muertos o fatalmente heridos. Por eso, el primer ministro estaba dispuesto a hacer la vista gorda a los crímenes nazis durante el tiempo que hiciera falta. Muchos en su gobierno le advirtieron del enorme error que estaba cometiendo, pero él hizo caso omiso. Es más, forzó la dimisión de todos aquellos contrarios a lo que entonces se llamó el appeasement, el apaciguamiento de los dictadores, o lo que era lo mismo, dejar que Hitler y Mussolini hicieran lo que quisieran.
Hitler, por supuesto, era consciente de que tenía carta blanca y, en el verano de 1938, siguió con sus planes de invasión europea. En la antigua Checoslovaquia había un territorio conocido como los Sudetes, cuya población era en su mayoría de habla alemana, y el Führer comenzó a presionar para anexionarla.
Semejante desafío hizo que saltaran las alarmas y el propio rey empezó a darse cuenta de que el futuro se presentaba más aciago de lo que a todos les hubiese gustado. Muchos ya daban por hecho que el desastre era inevitable y que otra gran guerra acabaría estallando tarde o temprano, por lo que, discretamente, se empezaron a fortalecer alianzas con países cercanos y se decidió que los reyes harían un par de viajes de Estado de alto voltaje diplomático.

El primero fue a Francia en julio de 1938. Las relaciones entre ambos países no pasaban por su mejor momento: Chamberlain había dejado claro que no iba a ayudarlos si los nazis los invadían y el entonces primer ministro francés, el socialista Édouard Daladier, tenía una pésima impresión de la familia real. En una visita que había hecho en abril a Windsor anotó en su diario que el rey le había parecido estúpido y la reina, una trepa dispuesta a lo que fuese por mantenerse en el trono.4
A pesar de la mutua desconfianza, ambos gobiernos comprendieron que debían dejar sus rencillas a un lado y enviar a Berlín una señal inequívoca de que su amistad seguía intacta. Los franceses pusieron todo de su parte para que la visita fuera un éxito. Los apartamentos del Quai d’Orsay donde se hospedarían los reyes fueron redecorados con tanto lujo y boato que costó a las arcas públicas la friolera de ocho millones de francos de la época.5 Mobiliario de Versalles y el Louvre fue instalado: Elizabeth dormiría en una cama que había pertenecido a María Antonieta y Bertie, en una de Napoleón.6 Como se sabía que a ella le gustaban el verde claro y los colores crema, se encargaron decenas de metros de seda en estos tonos para cubrir las paredes; el prestigioso chef del Hotel Crillon fue contratado para cocinar para la pareja; René Lalique creó un servicio de mesa de cristal como regalo; y se prepararon acuarelas de algunos de los mejores pintores del momento, como Édouard Vuillard y Raoul Dufy.
Sin embargo, cinco días antes de que los reyes partieran hacia París, una fatalidad estuvo a punto de dar al traste con todos los preparativos. La madrugada del 23 de junio, tras largos meses de enfermedad, lady Cecilia Strathmore, madre de Elizabeth, moría en su casa de Bruton Street, en Londres. La reina estaba desolada: «He temido este momento desde que era pequeña —reconoció—. Mi madre era el eje de la familia, tan vital y cariñosa y tan maravillosamente leal a aquellos que amaba».7 El funeral fue en el castillo de Glamis, en Escocia. Lilibet y Margarita se quedaron en Londres, pero enviaron un ramo de flores —claveles blancos e iris azules— en forma de cruz.8
Mientras la corte de Buckingham se ponía de luto y todo se teñía de un negro riguroso, en Downing Street cundía el pánico: ¿se seguiría adelante con el viaje de Estado? ¿Cómo tendrían que ir vestidos? ¿Y si iba el rey solo y la reina se quedaba en Londres? Nadie quería fotos de Elizabeth ataviada de arriba abajo de negro, porque daría la imagen de que la guerra sería inminente y se perdería. Pero el protocolo decía que la corte tenía que ir de ese color y, tras un largo período, se podía optar por el púrpura y luego por el malva.
Después de muchas negociaciones, se llegó a un acuerdo salomónico. El presidente francés, monsieur Albert Lebrun, propuso retrasar el viaje tres semanas y el diseñador Norman Hartnell dio con la solución perfecta para los trajes: en la realeza, apuntó, el blanco también es color de luto. Muchas reinas medievales europeas llevaron ropas blancas en velatorios, las reinas francesas también lo habían hecho hasta el siglo xvii e incluso la reina Victoria había requerido un «funeral blanco», lo que significaba que el cadáver llevaba un vestido de ese color. La idea de Hartnell fue aprobada con entusiasmo.
El modisto dispuso de muy pocos días para volver a hacer los más de treinta vestidos, más los correspondientes abrigos y sombreros, totalmente en blanco, que formaban el equipaje de la reina. «Me estoy volviendo loca con tanto darme prisa para probarme y arreglar toda mi ropa blanca para París», escribió Elizabeth a su suegra, la reina María.9 Pero el resultado fue espectacular: una sucesión de trajes en organza, satén, encaje, tules, crepés y chifón que iba a consolidar a la reina, esa «gorda escocesa» como la llamaba Wallis, en un icono mundial de elegancia.
El 19 de julio, en medio de una espesa niebla, el rey y la reina zarparon de Dover en el buque Enchantress escoltados por ocho destructores de la Marina británica.10 Llegaron al puerto de Boulogne-sur-Mer, cerca de Calais, y de allí tomaron un tren hacia París. Elizabeth salió de Inglaterra de negro, pero pisó Francia ya de blanco y llegó a la estación de Bois de Boulogne con un sensacional vestido cubierto por un abrigo ribeteado con piel de zorro plateada.11 Es difícil de explicar ahora, pasado un siglo, el significado histórico de aquel vestuario, pero desde el primer momento fue una auténtica sensación a ambos lados del Canal de la Mancha, un fenómeno solo comparable al impacto mediático que tendrían, décadas más tarde, Jackie Kennedy o la malograda Diana de Gales.
Ciento una salvas de honor recibieron a Elizabeth y a Bertie en la capital gala y, mientras saludaban a la multitud congregada a lo largo de los Campos Elíseos, vieron a lo lejos una gigantesca bandera británica ondeando desde la Torre Eiffel. La agenda de actos fue intensa y rodeada de un protocolo suntuoso: hubo un banquete de gala en el palacio del Elíseo y un ballet en la ópera.12 Los reyes llegaron al palco escoltados por dos chandeliers, oficiales de librea portando candelabros de veinte velas encendidas.13 Elizabeth estaba resplandeciente con un gran vestido de amplia falda en satén color champán engalanado con lazos y ramilletes de camelias de terciopelo.14 En los días siguientes hubo tés y recepciones, inauguración de estatuas conmemorativas, visitas a hospitales, multitud de discursos y un desfile militar en Versalles seguido por un magnífico almuerzo en la Galería de los Espejos. Elizabeth escogió para la ocasión un bonito traje de organza rematado con encaje con bordado inglés.15
Los franceses estaban tan extasiados con aquel desfile de moda que aplaudían a rabiar a la pareja allá donde fuera y, en su último día, Bertie y Elizabeth tuvieron que salir al balcón del Quai d’Orsay para saludar al gentío que se había congregado allí a modo de despedida. Las autoridades francesas, temerosas de un atentado —a nadie se le olvidaba que el rey Alejandro I de Yugoslavia había sido asesinado en Marsella durante una visita oficial en 1934—, habían vetado cualquier exposición pública innecesaria de la pareja. Pero dada la insistencia de los parisinos, no tuvieron más remedio que ceder y dejar a los reyes británicos salir al balcón.
Aquello dio cuenta, de un modo simbólico, del gran triunfo que habían cosechado los monarcas. Un diario francés sentenció: «Hemos adoptado a la reina. Ahora gobierna sobre dos naciones».16 El británico Daily Mirror copió la idea y en un gran titular de portada proclamó: «Es la reina de dos países». Elizabeth y Bertie estaban pletóricos.

Elizabeth regresó a Inglaterra vestida de nuevo de negro. Pocos días después, el matrimonio y sus hijas fueron a ver las regatas de Cowes y luego tomaron el yate real, el Victoria and Albert, y pusieron rumbo a Escocia.
Aunque intentó descansar y olvidarse de la situación internacional, a Bertie no se le iban de la cabeza las noticias que recibía desde Checoslovaquia. La crisis de los Sudetes se estaba agravando y, en agosto de 1938, el ejército alemán estaba ya concentrado en la frontera con Checoslovaquia. Los franceses dejaron claro que, si los nazis invadían, ellos les declararían la guerra, lo que sin duda también acabaría arrastrando a Inglaterra a un conflicto armado que nadie en el país quería. Ningún británico estaba dispuesto a tolerar que se derramara una sola gota de sangre inglesa por unas gentes de las que prácticamente nadie había oído hablar y vivían en un país que muy pocos sabían situar en el mapa. La situación era tan desesperada que, a principios de septiembre y en un gesto sorprendente, Chamberlain decidió tomar un avión e ir en persona a entrevistarse con Hitler para evitar la catástrofe.
El primer ministro se vio con el Führer en Berchtesgaden y, pocos días más tarde, en Godesberg. Mientras negociaba a contrarreloj, el rey, increíblemente nervioso, regresó a Londres y, el 21 de septiembre, se le unió Elizabeth. Las dos princesas se quedaron en Balmoral. En la capital había tal miedo a que se declarase una guerra en cualquier momento que se comenzaron a organizar refugios antiaéreos y en Hyde Park se llegaron a cavar trincheras para amortiguar el impacto de las bombas. Máscaras antigás fueron distribuidas entre la población de la capital.
Bertie, absolutamente sobrepasado por los acontecimientos, pensó ingenuamente que una carta suya dirigida a Hitler podría ayudar de algún modo a reforzar la negociación de Chamberlain y convencer al dictador alemán de que no invadiese Checoslovaquia.17 Pero la misiva nunca fue enviada: el Gobierno creyó que un gesto tan directo del rey era una baza demasiado poderosa para ser quemada tan pronto y, además, temían que Hitler le contestase mal, lo que hubiese empeorado aún más las cosas.
A pesar de que el primer ministro británico se esforzó al máximo por encontrar una solución diplomática —incluso cedió en exceso frente a demandas claramente intolerables—, Hitler no paraba de incrementar sus exigencias y, en vez de intentar conciliar posiciones, subió claramente el tono y amenazó directamente con invadir de inmediato la zona de los Sudetes. El 28 de septiembre todos daban la negociación por perdida, pero en el último momento Chamberlain logró convencer a Hitler para que se volvieran a ver en Múnich. Esta vez firmaron un documento que, básicamente, permitía que Hitler se anexionase los Sudetes, pero por el cual se comprometía a no invadir nada más. El británico estaba eufórico: Hitler se había salido con la suya, pero él había conseguido evitar la guerra. O, al menos, eso pensaba él.
Al conocer la noticia, el Reino Unido también estalló de júbilo. Cuando el avión que trajo de vuelta a Chamberlain aterrizó en Heston, decenas de personas ya estaban esperando para aplaudirle. El primer ministro fue a Buckingham a reunirse con el monarca y ambos hombres, acompañados de la reina Elizabeth, salieron al balcón de palacio a saludar a las masas vociferantes que se habían congregado en el Mall.
Al día siguiente, 1 de octubre, el ejército alemán entraba en los Sudetes. El día dos, los reyes regresaron a Balmoral pensando erróneamente que lo peor ya había pasado.

Lilibet seguía de cerca todos estos acontecimientos históricos y no se le escapó que la euforia por el acuerdo de Múnich iba a ser efímera. Como muchos habían temido, Hitler no cumplió el trato y enseguida comenzó a acechar nuevas presas. A las pocas semanas de invadir los Sudetes se fijó en algunas localidades de Lituania y, sobre todo, en la Ciudad Libre de Dánzig, una ciudad autónoma bajo el protectorado de Polonia que, en el pasado, había pertenecido a Prusia. El 15 de marzo de 1939, las tropas nazis entraron en Praga.
A estas alturas, nadie se llevaba a engaño con las verdaderas intenciones del Führer y Lilibet sabía que, aunque todos los adultos a su alrededor hablaban de paz, el Gobierno había dado órdenes de incrementar el armamento y se estaban fabricando aviones Hurricane y Spitfire a toda prisa.

En medio de semejantes problemas internacionales, los reyes sacaron tiempo para pensar en el futuro de Lilibet. A principios de 1939, Bertie y Elizabeth decidieron que la posición institucional de su hija mayor había de reforzarse y que la princesa debía tener más papel en los eventos de Estado. Por ello, cuando el presidente de Francia, monsieur Lebrun, y su esposa visitaron Windsor, la princesa les dirigió unas breves palabras de bienvenida en francés.
Lilibet ya hablaba bastante el idioma, pero tenía que perfeccionarlo y se contrató a una nueva institutriz francesa para que le diese clases todo el año, la señora Montaudon-Smith, apodada Monty por las princesas, que acabaron teniendo mucho aprecio por ella. A pesar de la creciente animadversión hacia lo germánico, Lilibet también comenzó a estudiar alemán con Hanni Davey. Además, los reyes decidieron que Henry —después, sir Henry— Marten, el Vice-Provost de Eton College, el ultraprestigioso internado británico donde se educaba a la élite del país, le diese clases, primero una vez por semana —los sábados por la tarde— y, luego, dos veces, de Derecho e Historia Constitucional, materias sin duda bastante avanzadas —y probablemente aburridas— para una chiquilla de tan solo trece años.
Henry Marten era un tipo tan fascinante como excéntrico. Bastante alto, de cara regordeta, tez muy pálida, mofletes siempre sonrosados, nariz muy fina y amplias entradas, era un erudito consumado y en su despacho se acumulaban libros por doquier, en estanterías rebosantes, encima de mesas y sillas o apilados en esquinas. Marten estaba todo el rato mascando y chupando un pañuelo, miraba al techo cuando pensaba, llevaba casi siempre los bolsillos llenos de terrones de azúcar y tenía como mascota un cuervo que lo acompañaba prácticamente a todas partes. A veces, el cuervo se posaba en su hombro y, en una demostración de cariño, le daba un leve golpecito en la oreja, como si fuera un tierno beso.
Académicamente, Marten era muy exigente y trazó para Lilibet un plan de estudios altamente riguroso: tuvo que leer y analizar los tres volúmenes de The Law and Custom of the Constitution, de sir William Anson; la English Social History, de G. M. Trevelyan; Imperial Commonwealth, de lord Elton; y, sobre todo, The English Constitution, de Walter Bagehot, considerada la Biblia de la monarquía parlamentaria.18 Semejante programa duró seis años, de los trece a los diecinueve años, y no se interrumpió ni en medio de la guerra.
La primera clase coincidió con el cumpleaños de Lilibet, el 21 de abril de 1939, y tuvo lugar en Windsor, muy cercano a Eton. Al cabo de poco tiempo, las lecciones se trasladaron al despacho de Marten en el famoso college. Crawfie acompañaba siempre a la princesa y, mientras duraba la clase, ella leía novelitas ligeras, normalmente de P. G. Wodehouse.19 Marten recordaría que Lilibet era una niña increíblemente tímida que, como no estaba acostumbrada a los exámenes, cada vez que él le lanzaba una pregunta, se quedaba callada y miraba aterrada a su institutriz en busca de ayuda.
Comenzaron con la historia de la realeza desde la Edad Media y la evolución desde los antiguos consejos de notables a la monarquía parlamentaria. Marten insistió tanto en que el verdadero poder en una democracia lo ejercen las Cortes y le enseñó los procedimientos legislativos con tanto detalle que Tommy Lascelles observó que parecía que Lilibet «iba para Speaker [la presidenta del Parlamento] en vez de reina». No era una exageración: siendo tan solo una adolescente, la princesa aprendió los diferentes mecanismos para disolver el Parlamento y llegó a dominar hasta las normas más arcanas para la creación, modificación y derogación de leyes y reglamentos.
Pero no fue la legislación la principal lección que Henry Marten le inculcó: gran admirador de la reina Victoria —le contagió a Lilibet su pasión por ella—, defendía que el secreto de la supervivencia de la monarquía estaba en su habilidad para adaptarse a las circunstancias cambiantes. Por eso le hizo estudiar con detalle el Statute de Westminster de 1931, por el cual se permitió la independencia de ciertas colonias del Imperio, pero se creó la Commonwealth, una liga voluntaria de países unidos a través de su alianza a la Corona británica. También fue Marten quien le habló, ya en la década de los treinta, de los retos y las oportunidades que surgían de las nuevas comunicaciones —entonces, la radio y una incipiente televisión—, y le apremió a emplearlas al máximo para llegar a todos sus súbditos.

Mientras Lilibet se formaba, Hitler seguía a lo suyo. A mediados de marzo de 1939, Chamberlain se dirigió por radio a la nación y reconoció lo obvio: Hitler le había mentido y nada iba a parar sus ansias expansionistas. A finales de mes, comenzaron a correr rumores de que Alemania no tardaría en invadir Polonia. El Gobierno dejó claro que, si tal afrenta se producía, Inglaterra declararía la guerra al Tercer Reich.
A toda prisa se preparó un gran viaje de Estado de los reyes a Canadá y Estados Unidos para estrechar lazos. Muchos temían por la seguridad de los monarcas: una macabra, pero no remota posibilidad era que los nazis intentaran torpedear el barco donde irían. Pero ni Elizabeth ni Bertie estaban dispuestos a suspender los preparativos por una simple amenaza y la reina le dejó claro al embajador Kennedy que el viaje seguía adelante. Para ella era una nueva oportunidad para brillar en la escena internacional.
Como pistoletazo de salida al viaje, el 4 de mayo, los reyes fueron a la embajada de los Estados Unidos, en Regent’s Park, para cenar con el matrimonio Kennedy. Rose había encargado las flores en París y estas llegaron en avión el mismo día de la cena.20 También las fresas para la tarta que se serviría de postre.21 Puso un centro de orquídeas mariposa blancas en el centro de la mesa y se aseguró de que el menú estuviera listo. Todo iba a ser típicamente americano y el plato principal fue jamón asado de Virginia.22
Elizabeth deslumbró con un bonito traje con cancán en satén rosa con lentejuelas. Como la anfitriona también llevaba lentejuelas en su vestido de satén turquesa, ambas damas parecían fusionarse cuando se juntaban, por lo que Rose tuvo la delicadeza de apartarse lo suficiente en la foto oficial de la velada.23 Después de la cena, todos los invitados vieron películas: dos de Walt Disney y Goodbye Mr. Chips. Esta última era tan triste que la reina lloró.24
Tres días antes de embarcar, Elizabeth no tuvo tiempo para nada que no fuera hacer los últimos arreglos a su vestuario. Dado que iban a estar fuera un mes, y que visitarían ciudades con climas diferentes, Norman Hartnell se había apresurado a crear trajes y sus respectivos complementos para todo tipo de meteorología, desde el verano más asfixiante al invierno más gélido. Finalmente, con centenares de baúles a bordo, el trasatlántico canadiense Empress of Australia zarpó el 6 de mayo del puerto de Southampton. Lilibet y Margarita, acompañadas de su abuela, la reina María, acudieron a decirles adiós. Se había debatido sobre si las princesas debían ir a vivir temporalmente con su abuela a Marlborough House mientras sus padres estuvieran fuera, pero finalmente se decidió que se quedaran en Buckingham al cuidado de Crawfie y Alla.
La travesía fue horrorosa. Primero el mar estaba tan revuelto que todo se movía con furia. Luego hubo una niebla espesa y se divisaron grandes icebergs, por lo que tuvieron que detenerse durante cuatro días. Alguien tuvo la terrible inconsciencia de recordar que, justo en aquella zona y en fechas similares, se había hundido el Titanic, lo que hizo que cundiera el pánico. Afortunadamente, semejante tragedia no se repitió, la niebla se disipó y el trasatlántico pudo seguir su ruta. Un buen día, las princesas incluso recibieron una llamada telefónica de sus padres desde el barco.
Dado el retraso provocado por la niebla y los icebergs, los reyes llegaron más tarde de lo previsto a Canadá, pero a los canadienses no pareció importarles y los acogieron calurosamente. El primer día, Bertie y Elizabeth descendieron del barco en Quebec con sus mejores galas: él, con el uniforme de almirante; ella, con un elegante vestido en gris perla rematado en piel y un bonito sombrero a juego de ala vuelta.25 Después de saludar a los dignatarios y avanzar en solemne comitiva rodeados de personas que los aclamaban, fueron a un almuerzo oficial donde Bertie, muy a su pesar, tuvo que dar un discurso en inglés y francés. Estaba tan nervioso que tartamudeó varias veces y apenas se le entendió, pero los presentes le aplaudieron igualmente.26
Luego asistieron a desfiles, recepciones, una masiva tea party y una cena de gala. En Quebec los reyes montaron en el tren privado del Gobernador General que los llevaría por todo el país. Nuevos vagones habían sido lujosamente decorados para acomodar a los reyes y su séquito y, aunque espaciosos, no eran lo suficientemente grandes como para que cupiera el vestuario de la reina. Norman Hartnell le había diseñado tantos vestidos, abrigos, sombreros y trajes de gala que ocupaban más de un vagón.27
Elizabeth y Bertie visitaron Trois-Rivières, Montreal, Ottawa, Toronto, Winnipeg, Vancouver, Edmonton y Ontario. Antes de que los políticos estadounidenses inventaran los Whistle-Stop train tours, las campañas políticas a bordo de trenes en donde los candidatos se detenían en prácticamente cada pueblo y dirigían un mitin a los congregados, los reyes de Inglaterra ya lo pusieron en práctica: su tren paró centenares de veces, incluso a altas horas de la madrugada, y el matrimonio salió siempre a saludar desde un balconcito que había en uno de los vagones. Bertie era increíblemente tímido y le costaba hablar con personas a las que no conocía, pero Elizabeth demostró una vez más, como ya había hecho en París, que sabía encandilar a las masas. Era una actriz consumada, una auténtica estrella: alguien que sabía deslumbrar con un traje de gala y, al mismo tiempo, podía conquistar a un humilde lugareño con su proximidad.28
El siguiente paso era Estados Unidos. El presidente demócrata Franklin D. Roosevelt, que había insistido para que los monarcas los visitasen tras su estancia en Canadá, deseaba fortalecer los lazos con Inglaterra. A pesar de que nadie en el país quería inmiscuirse en una guerra en el viejo continente —y de que el Congreso había aprobado en 1935 la Neutrality Act, la Ley de Neutralidad, para evitar verse envueltos en disputas europeas—, Roosevelt sabía que tarde o temprano tendrían que hacerlo y veía a los británicos como la primera línea de defensa contra los nazis. Pero no iba a ser fácil conseguir que la opinión pública cambiara rápidamente: muchos estadounidenses pensaban, con razón, que los reyes estaban ahí para empujar al país a una sangrienta contienda y, además, muchos tenían aún fresco en el recuerdo al increíblemente carismático David y pensaban que Bertie y Elizabeth no estaban a su altura. Sin olvidar que Wallis era estadounidense, con lo que sus compatriotas estaban claramente de su lado.
Los reyes cruzaron la frontera cerca de las cataratas del Niágara y fueron recibidos en la estación de tren más cercana por Cordell Hull, el secretario de Estado. A nadie se le escapó el simbolismo del momento: era la primera vez que un monarca de Inglaterra pisaba Estados Unidos, la antigua colonia británica que consiguió su independencia tras una cruenta guerra. Luego retomaron la ruta en tren. A medio camino pararon en Baltimore a repostar y los reyes aprovecharon para saludar a las personas que se habían congregado para verlos. Una mujer asombrosamente parecida a Wallis Simpson se les acercó para entregarles unas flores. Al verla, Elizabeth se quedó de piedra.29
Al día siguiente, 8 de junio, a las once de la mañana, los reyes llegaron a Union Station, en Washington, en medio de un calor sofocante. El presidente, la primera dama y cien altos representantes de la capital estaban ya esperándoles. Bertie iba con el uniforme de almirante; Elizabeth llevaba un traje hasta los pies en color gris perla con una chaqueta de manga larga rematada en piel.
Franklin Delano Roosevelt y Jorge VI enseguida hicieron buenas migas. Doce años mayor que el monarca, alto, siempre sonriente, muy ingenioso y de gran presencia, aunque aquejado de una polio que le hacía ir en silla de ruedas, el presidente tenía un gran carisma y conocía bien los usos de la realeza. Al fin y al cabo, descendía de una familia casi aristocrática y había sido educado en los mejores centros —Groton, Harvard y Columbia—. Además, Roosevelt conocía bien Europa: veraneaba allí cada año cuando era pequeño y sus padres se habían codeado con duques y condes ingleses en sus grandes casas de campo. Tanto Bertie como él habían sido marinos y visto en primera persona la tragedia de la Primera Guerra Mundial.
Por el contrario, la primera dama, Eleanor Roosevelt, y Elizabeth no podían ser más opuestas. Si la reina era una tradicionalista y una conservadora a ultranza, tanto en su forma de vivir como en sus ideas políticas, Eleanor era una intelectual y una activista política de izquierdas entregada, muy preocupada por el bienestar de la clase obrera y los derechos de las mujeres. Los quehaceres domésticos, como cocinar o tomar el té, la aburrían soberanamente y, de hecho, tuvo que ser su marido quien se encargara de preparar todos los detalles de la visita de los reyes, menús incluidos.
El presidente, además, tuvo que asegurarse de que todas las peticiones de Buckingham se cumpliesen. Semanas antes de llegar a Estados Unidos se hizo llegar a los servicios de protocolo de los Roosevelt una larga lista con las necesidades de la pareja y su séquito. Se informó de que los reyes eran despertados a las ocho en punto y de que tomaban enseguida una taza de té, seguida por un contundente desayuno a las nueve y cuarto.30
A pesar de semejantes requerimientos —toda visita de Estado de cualquier país, monarquía o república, implica una lista similar—, el viaje resultó un éxito. Desde el primer momento, Eleanor Roosevelt no pudo dejar de sentirse impresionada con la profesionalidad de la reina. A pesar de que la agenda era muy intensa y de que tuvieron que cambiarse varias veces de ropa, la soberana nunca parecía agobiada o con un pelo fuera de lugar.
La cena de gala aquella noche en la Casa Blanca resultó exquisita. Al día siguiente visitaron el Capitolio y un campo de formación para jóvenes sin empleo. Los Roosevelt quedaron asombrados por el conocimiento pormenorizado del rey sobre política estadounidense y el funcionamiento del Gobierno, y también por su genuina preocupación por los desempleados. Jorge VI, por su parte, tomó buena nota de los Civilian Conservation Corps, las iniciativas para dar trabajo a miles de jóvenes a través de proyectos de conservación medioambiental y obras públicas.
Más tarde, los reyes se desplazaron a Nueva York, donde les esperaba una multitud. El fin de semana lo pasaron en Springwood, la casa particular de los Roosevelt en Hyde Park.
Los criados estaban tan nerviosos que rompieron varios platos y el mayordomo se tropezó mientras llevaba una bandeja y todas las copas se rompieron.31 A pesar del desafortunado traspiés, tras la cena, el rey y el presidente hablaron sobre la situación internacional hasta altas horas de la noche con una sinceridad que Bertie jamás había encontrado en ningún otro político. Cuando se fue a la cama, lo hizo convencido de que Roosevelt y él eran buenos amigos.
El domingo 11 de junio, los reyes y los Roosevelt fueron a la iglesia juntos y después disfrutaron de un pícnic en Hilltop Cottage donde Bertie llegó a quitarse la corbata y comió hot dogs. Durante semanas había habido un debate sobre si era adecuado ofrecer una comida tan sencilla al mismísimo rey de Inglaterra, pero él se la tomó encantado. El resto del almuerzo no pudo ser más simple: algo de pavo, jamón, pollo rustido y un poco de ensalada, todo puesto en un mismo plato, algo novedoso para los monarcas. Horas más tarde, la pareja real tomó el tren para regresar a Canadá. La multitud comenzó a cantar «Auld Lang Syne». «¡Toda la suerte del mundo!», le dijo Roosevelt al rey a modo de despedida.32
Cuatro días más tarde, los reyes zarparon a bordo del Empress of Britain rumbo a Inglaterra. Habían estado fuera de su país un intenso mes y estaban claramente agotados, pero también felices: no había duda de que habían triunfado en América.

Mientras sus padres estuvieron fuera, Lilibet y Margarita no perdieron el tiempo. Los fines de semana iban a Royal Lodge y, durante la semana, su abuela, la reina María, se encargó de organizarles un sinfín de excursiones educativas. Visitaron el British Museum, el museo de Ciencias y el Victoria & Albert. Fueron al Banco de Inglaterra, a la Torre de Londres y al Royal Mint, el equivalente a la Casa de la Moneda, el lugar donde se acuñan peniques y chelines y se custodian lingotes de oro. A pesar de ser eventos privados, los fotógrafos no paraban de incordiarlas.
A las princesas, sin embargo, no pareció afectarles en absoluto. Ellas tenían su mente fijada en el viaje de sus padres: colocaron un gran mapa de América en la nursery para ir siguiendo el recorrido, les escribían cartas prácticamente a diario, enviaban fotografías y también una película casera que grabó Lilibet con Margarita y los perros como protagonistas.33
Las princesas esperaban ansiosas las noticias de sus padres. Una vez, el rey les explicó que había estado en Hyde Park y Crawfie tuvo que explicarles que, aparte del de Londres, había otro lugar en Estados Unidos que se llamaba así.34 Que su padre comiera hot dogs, perritos calientes, les hizo mucha gracia.35
Cuando los reyes regresaron, el 22 de junio, las princesas fueron a recibirlos. Les costó bastante subir las escaleras del barco que traía de vuelta a sus padres. En cuanto los vieron, fueron corriendo a abrazarlos y besarlos. La familia viajó junta en tren hasta la estación de Waterloo y de ahí fueron en carruajes hasta Buckingham. Miles de personas se agolparon en las calles para aclamarlos. Chillaban, aplaudían, ondeaban sus pañuelos o se quitaban los sombreros en señal de respeto. Londres estaba encantado de tener a su rey y a su reina de vuelta.

Los reyes presidieron los últimos grandes bailes de la temporada y recibieron la visita del príncipe Pablo de Yugoslavia y su mujer, Olga. En principio, tendrían que haber permanecido en Inglaterra tan solo unos días, pero el príncipe sufrió una infección bucal grave, y hubo que extraerle a toda prisa una muela del juicio. Él y su esposa se quedaron en Londres varias semanas.36
Los reyes intentaron hacerles compañía todo lo que pudieron, pero también tenían que atender sus compromisos, entre los cuales estaba visitar el día 21 de julio el Naval College, en Dartmouth. Viajaron hasta allí a borde del yate real, acompañados de sus hijas. La visita no hubiese merecido el menor apunte de no ser porque Lilibet se fijó en uno de los cadetes, el príncipe Felipe de Grecia y Dinamarca, el hombre con el que, años más tarde, se casaría. Se dice que Lilibet se enamoró de él ese mismo día y que nunca quiso a ningún otro. Semejante flechazo será tratado con detalle en el capítulo dedicado a la boda.
Para entretener a la princesa Olga, una amiga suya de la capital, Lilia Ralli, le recomendó que contratara una sesión de fotografías con Cecil Beaton, aquel magnífico artista que había cambiado la imagen pública de Wallis Simpson antes de su boda. Era la primera vez que Beaton pisaba Buckingham y la princesa quedó tan deleitada con los resultados, que convenció a Elizabeth para que ella también posara.
Dos días más tarde, una dama de compañía de la reina llamó por teléfono al fotógrafo para saber si podría fotografiar a la soberana la tarde del día siguiente.37 Beaton, al principio, pensó que se trataba de una broma, pero al comprobar que era verdad, se sintió pletórico y abrumado. Al día siguiente, a las diez en punto, el fotógrafo entraba en Buckingham para seleccionar los escenarios y los trajes que debía llevar su majestad.
Elizabeth llevaba uno de los vestidos grises con mangas ribeteadas en piel que Hartnell le había diseñado para el viaje a Canadá. A las tres de la tarde comenzó la sesión: en principio solo tendría que haber durado veinte minutos, pero acabó ocupando cuatro horas. La reina apenas llevaba maquillaje —tan solo unos discretos polvos sueltos—, pero Beaton le recomendó que se pusiera un pintalabios y, más tarde, la convenció para que también llevara sombra de ojos. Como hizo tantos retratos, Beaton se quedó sin carrete en la cámara y ordenó que alguien le comprara más inmediatamente.38
La sintonía entre ellos fue prácticamente mágica. Elizabeth posó con varios vestidos de gala, adornada con tiaras fabulosas y collares de diamantes gigantescos. El resultado fue, desde luego, espléndido: una sucesión de retratos que parecían sacados de otra era, cuando no de un cuento de hadas. La reina estaba encantada, pero ordenó que no se publicasen las imágenes hasta más adelante: la situación política era muy complicada y semejante despliegue de moda y riqueza se podría haber interpretado como una frivolidad cuando el país estaba a punto de entrar en guerra.

Como todos los veranos, la familia real se trasladó en agosto a Balmoral. Bertie pudo disfrutar de unos días de descanso, se dedicó a cazar perdices, uno de sus pasatiempos favoritos, y presumió de que había superado su propio récord: «1.600 piezas en seis días».39 Pero las noticias que llegaban de Alemania eran tan preocupantes que tuvo que abandonar sus vacaciones y regresar a Londres la noche del 23 de agosto de 1939.
A las ocho de la mañana del día siguiente ya estaba en la capital y, en cuanto llegó a Buckingham, le informaron de que tenía una carta urgente del primer ministro. En ella, Chamberlain le confirmaba los peores pronósticos: los nazis habían firmado un acuerdo con los soviéticos que iba a permitir a Hitler entrar en Polonia sin miedo a que la URSS le declarase la guerra. A cambio, el Tercer Reich se comprometía a no invadir Rusia. El rey supo que aquello era el fin.
Durante unos días, Gran Bretaña contuvo la respiración. Había momentos en que parecía que Hitler iba a dar marcha atrás; y luego era todo lo contrario. El terapeuta Lionel Logue fue requerido en palacio para ayudar al monarca a preparar el discurso que tendría que pronunciar si finalmente se declaraba la guerra. En cuanto llegó, el rey le dijo que todo le parecía «jodidamente irreal».40
El Gobierno comenzó a evacuar a casi un millón de niños y miles de maestros de las principales ciudades a pueblecitos del campo. Se instalaron a toda prisa sirenas para alertar de bombardeos, se construyeron refugios y se cavaron trincheras en todos los parques públicos. Como se temía que los nazis usaran armas químicas, se distribuyeron millones de máscaras antigás y se estableció que quien no llevase su máscara encima a todas horas sería multado.
Finalmente, el 1 de septiembre, las tropas alemanas entraron en Polonia. Ese mismo día, Jorge VI firmó una orden ministerial para movilizar a todo el país.