La Reina
7 Años de guerra
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7 Años de guerra
Sir Nevile Henderson, el embajador británico en Berlín, envió una nota a la Cancillería con una amenaza: o el Tercer Reich retiraba las tropas de Polonia antes de las once de la mañana del domingo 3 de septiembre o el Reino Unido le declararía la guerra. Como era de prever, los nazis no movieron a un solo soldado, por lo que a las once y cuarto Neville Chamberlain se dirigió por radio a la nación para anunciar que el país estaba oficialmente en guerra.
La reina Elizabeth se había levantado aquel día muy temprano, sobre las cinco y media. A las diez y media fue a ver a su marido y juntos escucharon a Chamberlain por la radio.
Como anticipo de lo que les venía encima, las sirenas antiaéreas sonaron al mediodía en Londres después de que se detectara un avión sospechoso. Era una falsa alarma, pero ese sonido se volvería trágicamente habitual durante los siguientes seis años. Mientras muchos en la capital corrían a los refugios, Chamberlain empezaba a diseñar un Gobierno de guerra e hizo llamar a hombres que habían advertido en el pasado de los peligros del appeasement. De entre todos destacaba un nombre, el de Winston Churchill, el cual se convirtió en el nuevo First Lord of the Admiralty, primer lord del Almirantazgo, un puesto que ya había ocupado durante la Primera Gran Guerra.
A las seis de la tarde, el rey se dirigió por radio a todo el Imperio. Logue había llegado a palacio apenas una hora antes, el tiempo suficiente para cambiar unas cuantas palabras del discurso que a Bertie le hubiese costado pronunciar.1 Acompañó al monarca al cuarto donde lo leería y permaneció a su lado durante toda la retransmisión. El monarca habló con una voz muy triste y, aunque hubo largas pausas incómodas, logró transmitir ánimos a la población: hizo un llamamiento a todos sus súbditos «en el país y allende los mares» para mantenerse firmes y unidos en los «oscuros días que tenemos por delante». Cuando el discurso acabó y la luz de grabación se apagó, Logue le estrechó la mano: «Felicidades por su primer discurso de guerra», le dijo. «Mucho me temo que tendré que hacer muchos más», respondió Jorge VI.2
Pocos días más tarde, Bertie empezó un diario donde recogería sus impresiones sobre el conflicto. «El país está en calma, se mantiene firme y unido alrededor de sus líderes», anotó en las primeras páginas.3 La reina reconoció años más tarde que aquellos trágicos días «estábamos atónitos. Apenados, por supuesto, pero sobre todo atónitos».4

Los meses posteriores a la declaración de guerra fueron sorprendentemente tranquilos y el único inconveniente real que sufrieron los británicos fue el estricto racionamiento de combustible y comida que se estableció desde el primer momento. No hubo bombardeos hasta pasado un año y, al principio, la población solo supo que había un conflicto a través de los periódicos.
En el continente, por supuesto, la situación era muy distinta, y también en los mares. A mediados de octubre un submarino alemán sorteó las defensas de la base Scapa Flow, en Escocia, y destruyó el buque Royal Oak. Ochocientos treinta soldados perdieron la vida.5 En Polonia la realidad era dramática: los nazis invadieron todo el país con relativa facilidad y el 27 de septiembre cayó Varsovia.
Lilibet seguía con interés las noticias del frente, pero Margarita no se enteraba de prácticamente nada. «¿Quién es este Hitler que lo está estropeando todo?», inquirió sin que nadie supiera exactamente cómo responderle.6 Las dos niñas estaban en Balmoral cuando estalló la guerra y enseguida se decidió que fueran trasladadas a Birkhall. Crawfie, que estaba de vacaciones, fue requerida para volver lo más rápido posible.
Las princesas estaban muy tristes por no tener a sus padres cerca. Crawfie, en vez de evitar la incómoda realidad, empezó a leerles por la tarde, después del té, The Times y les explicaba lo que estaba ocurriendo en Europa. Lilibet se mostraba siempre calmada, pero no hay duda de que estaba tan preocupada como su hermana. Sus padres también estaban consternados y se sabe que la reina Elizabeth llegó a escribir una carta a una de sus hermanas, Rose, para pedirle que, si al rey y a ella les pasaba algo, se hiciera cargo de sus hijas.
Para distraerse, las princesas se centraron en sus clases. Crawfie les hizo leer poemas de Milton, Henry Marten envió lecciones por correo y Lilibet tuvo que escribir largos ensayos sobre temas históricos que el profesor de Eton corregía. Los ejercicios de alemán también llegaban por carta. Cuando acababan sus deberes, las niñas salían a dar largos paseos por las montañas y montaban en un poni llamado George. Por las tardes escuchaban mucho la radio y se engancharon a programas entonces de moda. Algunas noches les organizaban sesiones de cine con películas de Laurel y Hardy y de Charles Chaplin. En Birkhall había un gramófono muy antiguo que producía un sonido muy estridente, por lo que las princesas le ponían bufandas en el tubo para amortiguarlo.7
Las princesas no vieron a sus padres en varios meses al principio de la guerra y tan solo una vez su madre fue a visitarlas durante una semana. Para compensar la distancia, se llamaban por teléfono cada tarde, justo a las seis. Crawfie era la primera en hablar y luego se ponían las pequeñas. Lilibet y Margarita tampoco disfrutaron de la compañía de su abuela: la reina María fue enviada a Badminton House, en Gloucestershire, propiedad de una de sus sobrinas, la duquesa de Beaufort. Las niñas apenas salían del recinto de Balmoral y tan solo muy de vez en cuando Lilibet acudía a un dentista de Aberdeen para que supervisara el aparato de dientes que le habían colocado por entonces. En diciembre también la dejaron salir para ir a los almacenes Woolworths a hacer las compras de Navidad.
Algunas veces, las dos hermanas visitaban a niños que habían sido evacuados. El rey había ordenado que las docenas de casas que había dentro de la finca de Balmoral, en especial Craigowan, lugares que normalmente eran ocupados por altos funcionarios de la corte cuando la familia real estaba de vacaciones en Escocia, fuesen habilitadas para acoger a niños, maestros y, a veces, a madres procedentes de barrios pobres de Glasgow. Las princesas jugaban con ellos, preparaban excursiones e incluso llegaron a organizar un grupo de boy scouts y girls guides. Era la primera vez que realmente las princesas se relacionaban con chiquillos de clase obrera que venían de un mundo totalmente alejado del suyo y que incluso hablaban con un acento con el que ellas no estaban en absoluto familiarizadas. Muchos de ellos no habían salido nunca de sus barrios y la vida en las montañas los aterraba. «Estaban atemorizados por los sonidos extraños, como el viento entre los árboles por la noche», recordaría Lilibet muchos años más tarde.8 Crawfie escribió que «se asustaban si veían un ciervo».9
Aparte de estos niños, su principal compañía eran las mujeres de los granjeros de la finca que acudían a las sewing parties que preparaba Crawfie en Birkhall los jueves por la tarde. Eran grupos de costura para tejer jerséis, bufandas y calcetines para la Cruz Roja, y las princesas se encargaban de dar conversación a las participantes y servirles té. Como su madre, la reina Elizabeth, les había enseñado a enrollar vendas, también pasaron largas horas preparando vendajes para el frente.

A mediados de diciembre la situación dentro de Inglaterra estaba aún tan calmada que el rey decidió que la familia se reuniera en Sandringham para pasar las Navidades juntos. Las princesas ya no regresarían a Escocia. A finales de enero fueron a Royal Lodge y el 12 de mayo se instalaron en el castillo de Windsor. La nursery de cinco habitaciones en la torre Lancaster sería su hogar durante el resto de años que duró la guerra. Como siempre, Lilibet durmió en la misma habitación que Bobo y Margarita estuvo con Alla. El dormitorio de Crawfie estaba en la llamada Victoria Tower, bastante alejada de las estancias de las pequeñas.
La ubicación exacta de las hijas del rey no se hizo pública y tan solo se informó a la prensa de que estaban «cerca de Londres», en un «área segura» en el campo. Windsor fue preparado para hacer frente a bombardeos. Se apostaron más guardas en los alrededores, se cavaron trincheras y se dispuso alambre de púas en los accesos. En el interior, todos los cuadros fueron descolgados y preservados en el sótano, desaparecieron las impresionantes lámparas de araña, las esculturas, cerámicas y vajillas de plata, y muchos de los muebles fueron tapados con sábanas. Las ventanas se cubrieron con papel grueso negro y las cortinas estaban echadas a todas horas para evitar que los cristales dañasen a alguien si estallaba una bomba cerca.
En cuanto las princesas se instalaron, se estableció un protocolo para, en caso de ataque, bajarlas corriendo a unas antiguas mazmorras que iban a servirles de refugio. Como Crawfie estaba en una torre alejada de la nursery, se acordó que Alla se encargaría de que las niñas se pusieran rápidamente a salvo. Dos noches después de llegar, el protocolo fue testado. Las sirenas alertaron de un avión sospechoso y todo el servicio y los altos funcionarios de la corte que estaban en Windsor corrieron hacia las mazmorras. Pero las princesas no aparecieron. Al cabo de un cuarto de hora seguían sin aparecer. Todos estaban tan nerviosos que Crawfie fue a buscarlas. Encontró a Alla y las niñas vistiéndose tranquilamente. Al verlas, la institutriz dio un chillido para que bajaran inmediatamente.10
Las hermanas se sentaron en las mazmorras. Era un lugar frío y húmedo, y había cucarachas. Margarita se quedó dormida enseguida y Lilibet se pasó varias horas leyendo un libro. A las dos de la madrugada, cuando el peligro hubo pasado, sir Hill Child, el Master of the Household, se dirigió a la heredera, inclinó la cabeza respetuosamente y le anunció que ya podía irse a dormir.11
Al día siguiente, se tomaron medidas para que las princesas y el resto de la corte estuvieran más cómodos en el refugio. Se instalaron camas, pequeñas estanterías con libros y se bajaron mantas y sábanas.

En abril de 1940 los nazis ocuparon Dinamarca y atacaron Noruega. A final de ese mismo mes, el rey Haakon de Noruega tuvo que ser evacuado en un barco británico y trasladado a Londres a toda prisa. La eficacia y rapidez del ataque alemán confirmó lo que nadie quería reconocer abiertamente: que los países aliados estaban perdiendo. La sensación de fracaso entre los políticos británicos fue tan honda que tanto conservadores como laboristas estuvieron de acuerdo en que se requerían dimisiones al más alto nivel. Que Hitler no dejara de apuntarse victorias —a principios de mayo invadió Holanda, Bélgica y Luxemburgo— fue la gota que colmó el vaso. La frustración era inmensa.
El 10 de mayo por la tarde, acorralado políticamente y aquejado de graves problemas de salud —tenía un cáncer intestinal que lo acabaría matando en noviembre de 1940—, Neville Chamberlain fue al palacio de Buckingham a ofrecerle al rey su carta de dimisión. Saltándose la neutralidad de la Corona, el monarca se mostró muy apenado. No sería el único de la familia en demostrarle su afecto. Tras oír por la radio el discurso de despedida del primer ministro, la pequeña Lilibet lloró.
Cuando le presentó su dimisión, Chamberlain informó al rey de que su sucesor tenía que ser Winston Churchill, una opción que a Jorge VI le desagradaba profundamente. Aunque había hecho algún que otro esfuerzo para congraciarse con él en el pasado, Bertie aún le reprochaba el apoyo absoluto que el político había dispensado a David. Además, creía que no era la persona más adecuada para liderar el país en un momento tan delicado. Muchas de las decisiones de Churchill durante la Primera Guerra Mundial habían sido manifiestamente erróneas, incluso descerebradas; el desastre de la campaña de Gallipoli fue quizá la más evidente. Sin embargo, como Chamberlain le apuntó, él había sabido prever los movimientos de Hitler desde el primer día y fue uno de los políticos que con más insistencia alertó de la necesidad de fortalecer las defensas del Reino Unido.
La misma tarde del 10 de mayo, minutos después de la renuncia del primer ministro, Winston Churchill fue requerido en palacio para que el rey le tomara juramento.
El soberano no confiaba en él y, un mes más tarde, aún seguía sin poder mantener una conversación franca y profunda con Churchill. Para superar sus diferencias, el soberano y el primer ministro empezaron a almorzar juntos cada martes. No había lacayos y ambos hombres se servían personalmente de un bufé que les dejaban preparado. Aquellas comidas sirvieron para cimentar una de las amistades más estrechas y productivas de la historia del Reino Unido.

La situación en el frente era cada vez peor. A mediados de mayo, el ejército alemán aprovechó los flancos abiertos de la Línea Maginot, la principal barrera de defensa de los franceses, y entró en el país sin especial dificultad. El día 15, el primer ministro galo, Paul Reynard, telefoneó a Churchill y le comunicó que «la batalla se ha perdido». Los nazis iban a tomar París en cualquier momento.
Dos días antes, en la Cámara de los Comunes, Winston Churchill había pronunciado uno de sus discursos más famosos: «No tengo nada que ofrecer que no sea sangre, sudor y lágrimas. […] Nuestra política es la de librar la batalla en los mares, en la tierra y en los aires, con todo el poder y la fuerza que Dios nos ha dado. Librar la guerra contra una monstruosa tiranía, nunca superada en su lamentable y oscuro catálogo de crímenes contra la humanidad. Esa es nuestra política».
El 24 de mayo, Jorge VI se dirigió por radio a todo el Imperio. «La batalla decisiva se cierne sobre nosotros», alertó. El 4 de junio, de nuevo en el Parlamento de Westminster, Churchill llamó a las armas: «Lucharemos en las playas, lucharemos en tierra firme, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en colinas. Nunca nos rendiremos». Todos los aliados europeos habían caído y ya solo quedaban ellos como baluarte de la resistencia frente a la tiranía del Tercer Reich. Era Gran Bretaña contra Hitler.

Los británicos, desde luego, iban a necesitar toda la épica y la retórica más elevada para hacer frente a la batalla que se iba a librar. Aunque había un plan detallado para la invasión terrestre —la Unternehmen Seelöwe, la operación León Marino—, Hitler fue persuadido para comenzar por un ataque aéreo que debilitase las defensas. Muchos de sus gerifaltes estaban seguros de que la RAF, la Real Fuerza Aérea británica, era fácilmente batible y, por ello, a finales del verano de 1940 la Luftwaffe, la aviación alemana, comenzó a atacar sin piedad Inglaterra. Hubo días en que más de seiscientos aviones enemigos surcaron los cielos ingleses y algunas noches, como la del 7 al 8 de septiembre, hasta doscientos bombarderos alemanes descargaron su furia sobre Londres. En las jornadas posteriores las bombas nazis no pararon de explotar, sobre todo en el East End, una de las áreas más pobres de la capital.
El palacio de Buckingham también fue bombardeado varias veces. La primera fue el domingo 8 de septiembre. Una bomba cayó en el patio, cerca de donde estaba el despacho del rey, pero no explotó. Al día siguiente, Jorge VI siguió usando su estudio como si nada hubiera pasado, pero por la noche la bomba explotó y reventó todas las ventanas de alrededor. También provocó daños en la piscina y en muchos techos. Otro día, una bomba destrozó la capilla real; otra causó graves daños en los apartamentos de la reina. La mañana del 13 de septiembre los reyes estuvieron a punto de morir. Un avión alemán hizo un vuelo rasante, se acercó peligrosamente desde el Mall y lanzó una bomba en el patio del palacio. «Solo nos dio tiempo a mirarnos los unos a los otros tontamente, cuando de repente hubo un gran ruido y una explosión con un tremendo impacto. Vi una gran columna de humo y tierra elevándose en el aire»,12 comentó después la reina. Habían tenido suerte de que las ventanas de la sala estuvieran abiertas y los cristales rotos no les acribillaran con la onda expansiva; de haber estado cerradas, seguramente habrían muerto en el acto.
La decisión de bombardear Buckingham fue, al parecer, adoptada por el mismísimo Hermann Göring, el creador de la Gestapo y comandante en jefe de la Luftwaffe. Göring quería un gran gesto propagandístico, una imagen del palacio real destrozado como metáfora de un país roto, pero lo que consiguió fue todo lo contrario. El rey y la reina convocaron a la prensa, posaron en medio de las ruinas y demostraron que compartían el sufrimiento con su pueblo. Aquello los encumbró: emergieron como auténticos símbolos de la resistencia, iconos de un liderazgo que inspiró fuerza, valor y esperanza entre sus súbditos. Durante toda la guerra, Jorge VI siempre apareció en público vestido de uniforme y se negó a abandonar Buckingham. Elizabeth y él se pasaban los días visitando refugios, fábricas, hospitales, puestos de la Cruz Roja, servicios de ambulancias y destacamentos militares para subir la moral de la población. Cuando algún ministro recomendó evacuar a las princesas a Canadá, los reyes se opusieron firmemente. «Ellas no se irán sin mí, yo no me iré sin el rey y el rey no se irá nunca», pronunció solemnemente Elizabeth.
Sin embargo, existían planes de evacuación de emergencia. Según pudo averiguar la escritora Sarah Bradford, si el país hubiese sido realmente invadido por los nazis, la familia real habría sido enviada a un refugio seguro en Worcestershire.13 Muchos en el Gobierno estaban convencidos de que Hitler estaba obsesionado con secuestrar a Jorge VI. Al fin y al cabo, quería apresar a todos los reyes del continente. Cuando invadió Holanda, el Führer envió un equipo especial de paracaidistas para retener a la reina Guillermina. Fallaron por poco: media hora antes del ataque la soberana logró salir sin ser detectada y llegó al Hoek van Holland, un puerto desde donde partían ferris hacia las islas británicas. El destructor Hereward la llevó a Inglaterra. Muchos temieron que otro grupo de paracaidistas fuera enviado a Londres y también a Windsor, por lo que se puso en marcha la llamada coates mission, consistente en apostar guardias especiales de caballería dentro de palacio para sacar al monarca y su familia en un coche blindado si los alemanes tomaban Buckingham.
Elizabeth aprendió a disparar un revólver y cada mañana se ejercitaba en los jardines de Buckingham. Jorge VI también disparaba regularmente y no se desplazaba a ningún lugar sin un revólver encima, incluso un rifle si iba en coche. Por las noches el revólver se guardaba en la mesita que había junto a la cama. Si sonaban las sirenas y el rey tenía que ir corriendo al refugio, lo primero que hacía era enfundarse el arma.

Siempre que podían, los reyes iban a Windsor a ver a sus hijas. Durante las peores noches de bombardeos de la Luftwaffe, también se trasladaban allí cada tarde y, a primera hora, regresaban a Londres. Sin embargo, el castillo también fue atacado varias veces. Incluso en estas ocasiones, el protocolo se mantenía y un paje aparecía donde estuviera el rey, inclinaba la cabeza en señal de respeto y luego anunciaba solemnemente: «Código lila, majestad», lo que indicaba que se había divisado un avión enemigo.14
En octubre de 1940 cayeron bombas sobre Windsor durante dos noches seguidas, aunque ninguna impactó en el edificio. Era la primera vez que las princesas oían el sonido de las explosiones. Más allá de estos desagradables momentos, la familia intentaba disfrutar de su tiempo juntos. Los reyes daban largos paseos por los alrededores y por las tardes veían películas acompañados del resto del servicio y de las personas que trabajaban en la finca. Lady Hamilton, protagonizada por Laurence Olivier y Vivien Leigh, fue una de las que más gustaron.15 Las princesas disfrutaron de las películas de Walt Disney y se sabe que vieron, entre otras, Fantasía y Dumbo. Los domingos por la tarde, después de comer, las hermanas ofrecían recitales de piano para toda la corte.16
Aunque la familia real seguía estrictamente las normas de racionamiento en las comidas, también disponían de carnes de ave y de venado que se criaban en Windsor. El postre cada día era ciruelas de los jardines hervidas y envasadas como si fueran en almíbar.17 El té seguía siendo el momento álgido del día y, después de tomarlo, se jugaba a kick the tin, literalmente dar patadas a una lata, lo que describía perfectamente en qué consistía: familia e invitados, incluso algunos bastante ilustres, debían correr tras una lata que era zarandeada por todo palacio, lo que implicaba correr por galerías, lanzarse escaleras abajo y trepar por muebles si hacía falta.18
Para economizar, el rey decretó que solo se podrían llenar las bañeras hasta siete centímetros y, para que nadie pudiera alegar que no había medido bien, se pusieron cintas negras que marcaban la línea exacta que no debía sobrepasarse. Solo había una bombilla por estancia, lo que resultaba claramente insuficiente para iluminar salas tan grandes. La calefacción fue otro gran problema: como no podían encenderse las chimeneas ni muchas de las calderas, se dispusieron pequeñas estufas en las habitaciones, pero apenas eran capaces de calentar el ambiente y todos en palacio debían abrigarse y cubrirse de mantas incluso dentro de los dormitorios.19

Según Crawfie, los años de guerra en Windsor tuvieron un aspecto positivo: permitieron que las lecciones no fueran interrumpidas como había pasado en Buckingham en los primeros años del reinado de Jorge VI. Las clases empezaban todos los días a las nueve y cuarto, y se centraban en literatura. Las princesas leyeron a Shakespeare, Coleridge, Keats y Browning, bastante de Tennyson y prácticamente toda la obra de Scott, Dickens, Jane Austen, Trollope y Robert Louis Stevenson20. Monty, la otra institutriz, siguió con las lecciones de francés y el profesor Henry Marten aprovechó que Windsor quedaba cerca de Eton para ir él mismo a dar sus charlas. Además de Derecho Constitucional, comenzó a explicar historia de América a Lilibet. Lo primero fue una disertación sobre los exploradores, comenzando por Cristóbal Colón. La princesa no solo se lo tuvo que estudiar, sino que debió hacer ella misma una presentación sobre el tema de una hora ayudada por un mapa. Pero fue un éxito: Marten le dijo que «lo hacía muy bien comparada con alumnos de Eton un año mayor que ella».21
Lilibet siguió con sus quehaceres como heredera pressumptive y tuvo que dar su primer discurso radiofónico el domingo 13 de octubre en el programa The Children’s Hour. Desde hacía varios años muchos periodistas habían intentado en vano que la princesa participara en programas especiales. Sin embargo, la guerra hizo que los cortesanos cambiaran de parecer y cuando el director general de la BBC propuso en otoño de 1940 que Lilibet hablase en la radio, Buckingham contestó rápidamente que sí.22 El plan era que la pequeña inaugurase el primer programa de una serie dedicada a los niños británicos que habían sido evacuados a Canadá, Estados Unidos y Australia.
Lilibet pasó horas repasando el texto y practicando delante de Crawfie y de sus padres. Finalmente, cuando llegó el momento de hablar en directo, lo hizo sin un solo fallo, con una buena entonación y una voz clara, aunque muy aniñada, que recordaba bastante a la de su madre.
«Miles de vosotros en este país habéis tenido que dejar vuestros hogares y habéis sido separados de vuestros padres y madres —leyó—. Mi hermana Margarita Rosa y yo comprendemos lo que sentís porque sabemos, por experiencia, lo que significa estar lejos de aquellos a los que más queremos». Al final del discurso, llamó a Margarita: «Mi hermana está a mi lado y ambas os vamos a dar las buenas noches. Vamos, Margarita». Y esta dijo: «Buenas noches, niños». «Buenas noches —concluyó Lilibet— y buena suerte a todos».
Su abuela, la reina María, consideró que Lilibet había estado excelente e incluso reconoció que se había llegado a emocionar.23 El público a ambos lados del Atlántico quedó encantado y muchas emisoras estadounidenses recibieron peticiones para que se volviese a emitir. Tanta demanda hubo, que la BBC acabó vendiendo discos para gramófono con el discurso íntegro.

A pesar de que en la grabación la voz de la princesa sonaba muy aniñada, la verdad es que Lilibet era ya toda una adolescente. En abril de 1940 cumplió catorce años y, para celebrarlo, se organizó un té para treinta personas, entre ellas algunas de sus amigas más cercanas, como las hijas de Alec Hardinge y la bisnieta del duque de Norfolk, Alathea Fitzalan Howard, que había sido evacuada a Cumberland Lodge, cerca de Windsor. No hubo tarta de cumpleaños —tan solo un bizcocho sin ninguna decoración— y después del té todos vieron una película.
La adolescencia implicó un gran cambio físico en Lilibet y todos se percataron de que comenzó a desarrollar un enorme busto, muy en la línea de su madre. Siempre había sido muy responsable, pero ahora se mostraba demasiado seria y, en ocasiones, resultaba incluso fría y distante. También algo retraída, como si no necesitara la compañía de los demás. El problema, en el fondo, es que era enfermizamente tímida y, fuera de su familia y de sus amigas más íntimas, le costaba entablar una conversación. Además, Lilibet nunca se sintió cómoda haciendo confidencias a nadie y le incomodaban la efusividad y el excesivo dramatismo.
Como cualquier otra jovencita de su edad, Lilibet comenzó a cuidar más su aspecto y, aunque nunca le interesó la moda y siempre iba vestida de manera muy sencilla, incluso algo anticuada, se comenzó a empolvar la nariz y se hizo una permanente.24 Cuando cumplió los dieciséis años, comenzó a llevar zapatos de mayor, unos rojos oscuros de terciopelo tipo merceditas con tacón bajo, y también zapatos de salón.
Además, empezó a interesarse por chicos. Según Alathea Fitzalan Howard, por aquel entonces la princesa hablaba a veces de oficiales que le gustaban, a los cuales se refería como sus fling, sus ligues.25 En Windsor había estacionado un grupo de guardias granaderos que eran invitados frecuentemente a almorzar y tomar el té con las princesas. También acudían estudiantes de Eton, como un tal Johnny Spencer, el futuro padre de la princesa Diana de Gales. Después del té, todos jugaban a charadas y concursos de imitación. No hay duda de que la hermana pequeña acababa siendo el alma de todas las fiestas.
De todos los oficiales, Hugh FitzRoy, conde de Euston y futuro duque de Grafton, fue quien más atrajo la atención de Lilibet.26 Alto, delgado, de rasgos muy finos y una gran simpatía, Hugh Euston, como se le conocía, no llegó a sentir nunca lo mismo por la princesa, pero sí le llegó a tomar un gran cariño y se carteaban con frecuencia. La relación se enfrió cuando él fue enviado en 1943 a la India como ayuda de campo del virrey.

A pesar de que sus rutinas apenas se alteraron y de que las princesas no sufrieron excesivas carestías mientras duró la guerra, su padre estaba preocupado por los efectos psicológicos que podía causarles estar todo el día encerradas en un castillo, rodeadas de barreras de alambres y con vehículos blindados siempre cerca por si tenían que ser evacuadas a toda prisa. Para compensar la sensación de estar prisioneras, Jorge VI tuvo la brillante idea de que sus hijas representasen una pantomima, una pequeña obra de teatro por Navidad. Así estarían entretenidas y, además, podrían relacionarse con chicos y chicas que habían sido evacuados a Windsor y sus alrededores.
La propuesta fue todo un éxito y Lilibet y Margarita desarrollaron desde entonces una gran pasión por los escenarios y la interpretación. La primera obra se estrenó en 1940 en St. George’s Hall, uno de los grandes salones del castillo, y se tituló The Christmas Child. Lilibet hizo de rey mago; los otros dos reyes eran niños evacuados. Margarita asumió el papel de un niño que sueña con el nacimiento de Jesús y cantó un villancico con una voz preciosa.27 Su madre tuvo que buscar un pañuelo para enjugarse las lágrimas y el decano de Windsor lloró a lágrima viva. Las Navidades siguientes, el director de la Royal School en Windsor Great Park, un tal señor Tanner, adaptó para teatro el cuento de Cenicienta. Margarita se quedó con el papel principal y Lilibet hizo de príncipe. Un año más tarde, se representó La bella durmiente, la cual incluyó números musicales —Lilibet cantó «Mind Your Sisters»—. Las otras dos pantomimas fueron Aladín y Old Mother Red Riding Boots.
Los preparativos eran intensos y bastante profesionales para una obra amateur: la música la ponía el grupo de cámara de los Royal Horse Guards y los decorados estaban muy bien conseguidos. Un estudiante de Arte llamado Claude Whartham, uno de los muchos evacuados en Windsor, se encargaba de hacerlos. Con el tiempo, el tal Whartham se convirtió en un director de cine bastante famoso en el Reino Unido. Entre muchas otras películas rodó Swallows and Amazons y Cider with Rosie.
En todas las pantomimas se permitió que hubiese público, normalmente trabajadores de la finca y familias evacuadas, pero cada asistente tenía que pagar una entrada.

Esas obras navideñas fueron debidamente fotografiadas por Lisa Sheridan, una fotógrafa que ya había retratado a las princesas con anterioridad y que contaba con la confianza de la reina. Sheridan llevaba años desplazándose regularmente a Royal Lodge o a Windsor para hacer reportajes a Lilibet y Margarita, que eran posteriormente publicados en libros o en revistas. Fue ella, por ejemplo, quien las fotografió con sus perros o tomando sus lecciones a principios de 1940, justo al comenzar la guerra, cuando las pequeñas aún estaban en Royal Lodge. Las imágenes se recopilaron en Our Princesses at Home, una obrita con treinta y dos instantáneas donde las princesas salían montando a caballo, tocando el piano, escribiendo en un cuaderno, pintando, cuidando el jardín y jugando con sus perros.
Todas estas imágenes, por supuesto, eran parte de un esfuerzo de propaganda por parte de palacio para reforzar el papel de la familia real. Aunque bienintencionada y movida sin duda por un agudo sentido del deber, la familia real no desaprovechó ninguna oportunidad para dar a conocer sus contribuciones. Los reyes siguieron desplazándose continuamente a ciudades bombardeadas y Elizabeth adoptó el hábito de aparecer siempre impecablemente vestida, incluso con tacones altos, para dar cuenta de que, a pesar de las dificultades, el Reino Unido seguía adelante. Eso sí, se dejaron de lado colores excesivamente estridentes, como el rojo y el verde, y Norman Hartnell diseñó para ella trajes en tonos «agradables», como el rosa empolvado, el azul pálido y el lila. «Quería trasladar un mensaje de tranquilidad, ánimo y simpatía», anotó el modisto en sus memorias.28 A los periodistas se les informó de que, como el resto del país, la reina y las princesas tenían cupones para la ropa y que muchos trajes de la madre eran arreglados para que los usaran sus hijas. También tenían cartillas de racionamiento y solo comían un huevo a la semana, normalmente los domingos.
Lisa Sheridan fue numerosas veces a Windsor para dar cuenta de que las princesas, aunque aún muy jóvenes y recluidas en un castillo sin poder salir, estaban contribuyendo a la resistencia. Las fotografió cuidando un huerto —como muchas otras familias, también plantaron sus propias hortalizas y verduras—, portando una carretilla, cavando zanjas y arando un terreno con la ayuda de un poni. Cámaras de cine también fueron invitadas a Windsor para filmar a las hermanas dando sencillos paseos en bicicleta o incluso subidas en una segadora.
La prensa también dio buena cuenta de las desgracias personales de la familia real. El 145 de Piccadilly, el edificio donde había nacido Lilibet, fue destruido en un bombardeo, pero lo peor ocurrió el 25 de agosto de 1942, cuando el príncipe Jorge, duque de Kent, hermano del rey, murió en un accidente aéreo en Escocia. Jorge VI se quedó en estado de shock al conocer la noticia e hizo todo lo que pudo para consolar a la viuda, la princesa Marina, duquesa de Kent, la cual tenía una hija y dos hijos —el más pequeño, Michael, de apenas unos meses de vida—. El funeral se celebró en la capilla de San Jorge, en Windsor, cuatro días después del accidente.

Saberse en el centro del interés mediático no afectó en absoluto a Lilibet. Simplemente, comprendió que se trataba de una parte más de su trabajo como heredera. Pero en Margarita tuvo el efecto contrario: verse fotografiada, recibir constantes adulaciones y reverencias hizo que se le subieran peligrosamente los humos a la cabeza. Comenzó a desarrollar una arrogancia y un egoísmo que le costarían muy caros en su vida adulta.
La pequeña princesa tenía aptitudes de sobra para ser una estrella. Era increíblemente divertida, ingeniosa, con un talento innato para los escenarios, lucía una vena estética increíblemente sofisticada y había heredado las habilidades sociales de su madre. En todas las pantomimas navideñas era ella, y no su hermana, la que de verdad brillaba. Con el tiempo, además, se convertiría en una jovencita increíblemente atractiva; de las dos hermanas, no había duda de que Margarita era la más guapa y la más glamurosa.
Su padre, además, le consentía todo. Si quería quedarse despierta hasta las tantas, la dejaba; si quería estar en cenas con adultos, podía hacerlo; si llegaba tarde a la mesa porque se había quedado escuchando un programa de radio, no se lo tenía en cuenta. Su madre no consideró nunca apropiado regañarla, pero la reina María, su abuela, comenzó a estar seriamente preocupada por su comportamiento, el cual, seguramente, le recordaba bastante al de su díscolo hijo David.
Sintiéndose la verdadera estrella de la familia, Margarita no podía dejar de sentirse frustrada al comprobar que su hermana era realmente la importante de las dos, al menos en términos dinásticos, y parecía evidente que le tenía cierta envidia. Que su formación, por ejemplo, fuese inferior a la de Lilibet —ya de por sí manifiestamente insuficiente— fue algo que le generó una gran inseguridad toda su vida. Una vez, Margarita preguntó si Henry Marten le daría a ella también lecciones de Historia, pero le dijeron que a ella no le hacían falta.
Las clases de Crawfie eran bastante someras. La hermana pequeña solo tuvo como verdadero estímulo intelectual a una mujer que apareció en su vida en 1942. A Crawfie le estaba costando educar al mismo tiempo a dos muchachas de edades y temperamentos tan distintos, por lo que, cuando Lilibet cumplió los dieciséis años, se decidió contratar a una profesora más, la vizcondesa belga Marie-Antoinette de Bellaigue, una dama muy sofisticada que había sido educada en París. Descendiente de una antigua familia aristócrata, Marie-Antoinette, o Toni, como pronto la apodaron las princesas, se había casado con un noble francés, Pierre de Bellaigue, con quien había tenido dos hijos gemelos: Eric y Geoffrey. Por motivos laborales de su marido, la familia se había instalado en Londres en 1934 y Toni había comenzado a dar clases en un colegio privado. También impartió lecciones de francés a las hijas de Alec Hardinge, el secretario privado del rey, con lo que sus referencias eran las adecuadas.29
La vizcondesa enseñó a Lilibet y a Margarita literatura francesa e historia europea y, sobre todo, las ayudó a perfeccionar el idioma y a pulir su acento. Se sabe que les hizo leer a Molière, Corneille y Daudet, y que puso mucho hincapié en la poesía. También trabajó codo con codo con Henry Marten para mejorar la formación histórica de Lilibet: el viejo profesor de Eton comenzó a proponer temas para que la princesa escribiera essays, ensayos, en francés que Toni de Bellaigue supervisaba. La idea no era solo que dominara el idioma, sino que aprendiera a analizar situaciones históricas desde diferentes puntos de vista, sopesando numerosos argumentos y ponderando con ecuanimidad fenómenos muy complejos. Serían unos ejercicios que le servirían de mucho en el futuro.

En el año 1942, además de comenzar sus nuevas lecciones con la vizcondesa, Lilibet dio otro paso adelante como heredera: presidir su propio regimiento militar. El 16 de enero de ese año había muerto el duque Arturo de Connaught, el único hijo vivo de la reina Victoria, el cual había sido coronel honorario de la Guardia de Granaderos. Se decidió que, dado que eran los soldados que custodiaban Windsor, la heredera sería su nueva coronel y se fijó una ceremonia de inspección de tropas el mismo día de su cumpleaños. Aunque iba a estar acompañada de sus padres y de su hermana, Lilibet se sentía increíblemente nerviosa minutos antes de comenzar, y su padre le tuvo que dar un pequeño toque en la espalda para indicarle que debía dar un paso al frente para recibir el saludo militar. Treinta periodistas y diez fotógrafos estaban presentes y las cámaras no pararon de grabar mientras la princesa pasaba revista a las tropas. Como recuerdo, los granaderos le regalaron un precioso broche de diamantes con la forma de la insignia del regimiento. Cecil Beaton fue a Windsor a fotografiarla vestida con un traje de tweed, una gorra de granadero colocada coquetamente de lado y el broche que le habían regalado. El retrato ocupó la portada entera de la revista Tatler.
En octubre de 1942, Lilibet también estuvo presente cuando sus padres hospedaron en Londres a la primera dama de Estados Unidos, Eleanor Roosevelt. Para entonces, la guerra había dado un gran vuelco: después de unos años siniestros donde los bombardeos prácticamente destrozaron el país y el Reino Unido parecía inexorablemente condenado a la derrota final, a finales de 1941 los británicos recibieron con alivio la noticia de que contaba con dos nuevos y poderosos aliados. En junio de 1941, los nazis invadieron la URSS y seis meses más tarde, el 7 de diciembre, Japón, aliado de Hitler, bombardeó la flota norteamericana del Pacífico en la base de Pearl Harbor, en Honolulu. Roosevelt proclamó que aquel día se recordaría como «el de la infamia» y, pocas horas después del ataque, Estados Unidos le declaraba la guerra a Japón. A los tres días, Alemania e Italia hicieron lo mismo con el coloso americano.
Oficialmente, Eleanor Roosevelt se desplazó a Londres como invitada de la reina Elizabeth para comprobar en persona los esfuerzos bélicos de las mujeres británicas, pero en realidad estaba allí para acabar de pulir los detalles de la Operación Torch, una iniciativa conjunta de Estados Unidos y el Reino Unido para vencer a los nazis en el norte de África.
Determinar dónde se iba a hospedar la primera dama generó un poco de revuelo, dado que Buckingham estaba en un estado lamentable; algunas partes, directamente en ruinas. Seguramente para compensar, Elizabeth decidió dejarle a la señora Roosevelt sus propias habitaciones, aunque mandó que pusieran láminas de mica en las ventanas. Todos los cristales habían estallado por culpa de las bombas y nadie quería que la primera dama pillase un resfriado, aunque no pudieron evitarlo: Eleanor acabó con uno tremendo.30
En cuanto llegó a Londres, la señora Roosevelt tomó el té con los reyes y las dos princesas. Encontró a Lilibet muy atractiva, bastante seria y con mucho carácter.

La gran aportación de Lilibet a los esfuerzos bélicos, sin embargo, no sería entretener a primeras damas extranjeras. En febrero de 1945, cuando le quedaba poco para cumplir diecinueve años, se inscribió en el Labour Exchange, la oficina que reclutaba a jóvenes para hacer trabajos de apoyo al ejército y de auxilio a la población. Al principio, su propio padre y toda la corte se habían opuesto a que la princesa participase en ninguna actividad que la expusiera a un peligro innecesario, pero ella insistió y finalmente consiguió que la dejaran unirse como subalterna en el Servicio Auxiliar Territorial, un grupo de mujeres oficiales que se encargaban, entre otras funciones, de arreglar camiones averiados.
Vestida con un ancho mono de color kaki que le venía muy grande, se convirtió en la subalterna segunda Isabel Alejandra María Windsor. Se sometió al mismo entrenamiento que el resto de compañeras y durante semanas aprendió a conducir camiones y ambulancias de la Cruz Roja, desmontar motores y cambiar bujías. Obviamente, palacio no desaprovechó la oportunidad de vender mediáticamente la nueva faceta de la heredera como mecánica y organizó rápidamente una visita de sus padres, los reyes, al centro de entrenamiento, que fue debidamente filmada y distribuida por todo el país.
A Lilibet le encantaba su nueva vida en los barracones. A pesar de que no dormía allí como el resto de reclutas —cada noche regresaba a Windsor—, sí que comía en la cantina y estaba rodeada todo el tiempo de chicas de su edad. Técnicamente, en cuanto pisaba el recinto era una soldado más y, por tanto, debía saludar militarmente a sus superiores, toda una novedad para una joven a la que desde niña le habían hecho reverencias.
Cuando al cabo de seis semanas el curso finalizó y superó debidamente los exámenes, fue conduciendo ella misma un camión desde el cuartel hasta Buckingham. Al llegar, los soldados de la puerta le abrieron solemnemente la verja y la saludaron amistosamente. Para Lilibet, aquel día fue un triunfo personal, uno de los pocos en que destacó por ella misma, no por su rango.

No tendría, sin embargo, demasiado tiempo para disfrutar de su recién estrenada vida de soldado. Desde principios de año, las fuerzas aliadas estaban concatenando victorias decisivas frente a las tropas de Hitler y la victoria se veía cercana. Finalmente, y para euforia de los británicos, el día de la rendición alemana llegó el 8 de mayo.
Las celebraciones duraron tres días. El mismo día 8 por la tarde las masas comenzaron a agolparse enfrente de Buckingham, todos portando banderas y lazos en el pelo con los colores blanco, azul y rojo de la Union Jack. Al cabo de unas horas, cuando ya se había concentrado una inmensa marea humana, el gentío comenzó a gritar: «We want the King! We want the King!». «¡Queremos [ver] al rey!». La familia real al completo —los reyes, Lilibet, vestida de uniforme, y Margarita— salió al balcón de palacio a saludar. Las masas aplaudieron, chillaron, lanzaron sombreros al aire y cantaron «For he’s a jolly good fellow», «Porque es un muchacho excelente». Al cabo de unos segundos, Winston Churchill, que había ido a palacio a informar al rey de los detalles de la rendición alemana y se había quedado a almorzar, apareció también ante la multitud haciendo la señal de la victoria. Horas más tarde, los británicos seguían aún concentrados ante Buckingham y la familia real tuvo que volver a salir al balcón.
Aquella noche, las princesas organizaron una cena con algunos oficiales de palacio —entre ellos Henry Porchester y un tal Peter Townsend que más tarde tendría un gran papel en la vida de Margarita— y unas amigas: su prima Margaret Rhodes, Jean Woodroffe y lady Trumpington. Margarita estaba tan alegre por el fin de la guerra que, después de cenar, serían las ocho de la noche, propuso al grupo salir de incógnito de Buckingham y unirse a la fiesta en la calle. Cualquier otro día sus padres le hubiesen dicho que no, pero no siempre se gana una guerra mundial, por lo que los reyes dieron su consentimiento, aunque exigieron que sus hijas fueran discretamente escoltadas por un policía. Años más tarde, la propia reina se referiría a aquella noche como «una de las más memorables de mi vida». Desde luego, fue la única en que se pudo comportar como una ciudadana anónima y andar tranquilamente por las calles de Londres.
El grupo —unas dieciséis personas— salió por una de las puertas traseras y se dirigió al Mall. La propia Lilibet, en una de las poquísimas entrevistas que ha concedido en su vida, reconoció que estaba tan aterrada porque la reconociesen que «me bajé la gorra hasta casi la altura de los ojos. Pero uno de los guardias granaderos que nos acompañaban me dijo que se negaba a ir con una oficial que no fuera apropiadamente vestida, por lo que me volví a poner la gorra bien».31
Todos se dirigieron al centro de la ciudad y llegaron hasta Whitehall, donde Lilibet «vio cómo alguien le quitaba la gorra a un soldado holandés; el pobre hombre vino con nosotros un rato hasta que recuperó su gorra». El soldado nunca supo que anduvo unos metros al lado de la mismísima futura reina de Inglaterra. Hacia las once y media llegaron al hotel Ritz, luego también pasaron por el Dorchester a tomar una copa. De regreso, bailaron la conga y pasearon por Green Park y Saint James Park. «Había la típica gente besándose y abrazándose, incluso haciendo el amor —recordaría Jean Woodroffe—. Me quedé patidifusa: nunca había visto semejante cosa en público».32
Antes de regresar, el grupo se detuvo unos minutos en el Mall frente a Buckingham. La multitud seguía con el «We want the King!» y las princesas comenzaron a chillarlo también entre el público. Los reyes salieron a saludar de nuevo y sus hijas los aplaudieron desde la calle. Al entrar de nuevo en palacio, Lilibet y Margarita estaban agotadas pero encantadas con la experiencia de haber sido normales por unas horas.
Unos meses más tarde, cuando se firmó el fin de la guerra contra Japón y la euforia regresó a las calles de Londres, las princesas volvieron a salir unas horas por la noche. Pero esta vez fueron descubiertas y tuvieron que regresar a toda prisa a Buckingham.