La Reina
8 Felipe de Edimburgo
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8 Felipe de Edimburgo
Inmediatamente después de que la Segunda Guerra Mundial acabara, la familia real se esforzó por regresar lo antes posible a la normalidad, pero era difícil lograrlo en una ciudad bombardeada y con una sociedad que, a pesar de no tener que sufrir más ataques, estaba siendo sometida a un programa de austeridad espartano. El país estaba destrozado, no había apenas comida, en los hospitales no había prácticamente ni sábanas y la carestía de carbón y electricidad se padecería durante años.
El rey, absolutamente agotado tras seis años de guerra, no tuvo ni siquiera el consuelo de seguir con Winston Churchill a su lado. A pesar de que el primer ministro había emergido como un héroe, en las elecciones generales de 1945 perdió el cargo. Los británicos estaban tan eufóricos con el fin de la contienda que aspiraban a un brillante porvenir, un nuevo futuro repleto de gratificaciones. El sufrimiento había quedado atrás, pensaron; ahora había que divertirse y ser feliz. Pero el horizonte inmediato era lúgubre y penoso, repleto de dificultades, y Churchill tuvo la decencia de exponerlo abiertamente durante la campaña electoral. Le costó el puesto: el laborista Clement Attlee se hizo con Downing Street.
Cuando supo la noticia, Jorge VI se quedó sin palabras. No hay duda de que tanto el rey como su esposa eran personas muy conservadoras y que a ambos les disgustó profundamente tener que asumir un gobierno laborista, con un programa de redistribución de renta y reformas sociales que a Bertie le parecía peligrosamente comunista. Saltándose la neutralidad política que se le exige a la Corona, Jorge VI le reconoció a Churchill que el pueblo se había comportado de manera injusta.
Lilibet también sintió profundamente la pérdida de Churchill, aunque no lo exteriorizó de manera tan efusiva como su padre. Además, estaba muy atareada con sus eventos como heredera. Los meses después del fin de la guerra supusieron un incremento sustancial del número de actos en los que participó: casi todos estaban relacionados con mujeres de su generación —visitó el Colegio de Enfermeras, por ejemplo—, lo que ponía de manifiesto que las nuevas generaciones de jovencitas iban a tener en el futuro un peso en el mercado laboral mucho más importante.
Su nueva vida además trajo noticias sentimentales. En concreto, pronto el país iba a conocer al hombre que ocupaba el corazón de la princesa. Su nombre era Felipe de Grecia.1

Siempre se ha dicho que Lilibet y Felipe se conocieron en la academia naval de Dartmouth, en julio de 1939, aunque la verdad es que se vieron por primera vez cinco años antes, en 1934, en la boda de los duques de Kent. Pero aquello no pasó de una simple mirada fugaz sin importancia y ninguno reparó en el otro. En Dartmouth fue distinto: Lilibet, de trece años por entonces, acompañaba a sus padres en una visita a la prestigiosa academia en donde el príncipe Felipe de Grecia, de dieciocho años, era estudiante-cadete. Aquel día, Felipe fue el encargado de entretener a la princesa y su hermana: jugaron juntos y comieron con los reyes a bordo del yate Victoria and Albert. Los modales de él dejaban mucho que desear y Crawfie pensó que aquel príncipe rubísimo y de profundos ojos azules era un arrogante al que le gustaba demasiado llamar la atención. Pero la pequeña princesa quedó entusiasmada.
La cara de puro interés de Isabel no pasó desapercibida para la persona más relevante de la historia de amor que, sin saberlo todavía sus protagonistas, acababa de nacer. Se trataba de Louis Mountbatten, Dickie para su familia, y era el tío de Felipe, el hermano de su madre, la princesa Alice de Grecia.
Alto, con una nariz muy marcada y un carisma arrollador, Dickie Mountbatten era un hombre de una ambición desmedida ocasionada, irónicamente, por su falta de pedigrí. Su madre, Victoria de Hesse-Darmstadt, era nieta de la reina Victoria y su padre, Ludwig de Battenberg, era príncipe de nacimiento, un tipo con buena planta, inteligente y algo mujeriego que disfrutaba con la buena ropa —le encantaban los uniformes— y la buena vida. Los Battenberg parecían destinados a triunfar —Ludwig disfrutó de una carrera meteórica en la Royal Navy—, pero el odio contra todo lo alemán que dominó a Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial hizo que estuvieran a punto de perderlo todo. Para sobrevivir, tuvieron que cambiar el apellido Battenberg por el de Mountbatten —berg es monte en alemán, al igual que mount en inglés—. Ludwig se hizo llamar Louis, renunció a su condición de príncipe, a su tratamiento de alteza real y comenzó a usar el mucho menos prestigioso, pero mucho más inglés, título de marqués de Milford Haven.
El poco lustre de su nuevo apellido y la pérdida de estatus hizo que Dickie se pasara toda la vida intentando cosechar más prestigio social: ansiaba tener poder y no tuvo reparo alguno, al contrario, en mover todos los hilos a su disposición para conseguirlo. Disfrutaba maniobrando en la sombra, era un gran manipulador y siempre conseguía lo que se proponía. Quiso casarse con una de las mujeres más ricas del mundo y lo consiguió —Edwina Ashley, hija de Wilfred Ashley, barón Mount Temple, y nieta del magnate Ernest Cassel, de quien heredó una inmensa fortuna—. Se propuso tener una brillante carrera en la Royal Navy y llegó a ser primer lord del Mar y jefe de Estado para la Defensa. Quiso destacar en la diplomacia y se convirtió en el último virrey de la India. Fue él quien facilitó la independencia de ese país, hecho por el cual Churchill le odió hasta la muerte.
Pero de todos sus trofeos, el más espectacular, sin duda, fue conseguir que todos los hijos de Isabel II se apellidasen Windsor-Mountbatten.

La hermana mayor de Dickie era Alice de Battenberg, nacida en 1885 en el castillo de Windsor. Era una mujer muy guapa, pero desde pequeña tuvo problemas de sordera que ningún especialista supo curar. La dolencia la hizo muy retraída y solitaria, y muchos que no la conocían bien pensaban, erróneamente, que era un tanto extraña.2
Alice conoció en la coronación de Eduardo VII al príncipe Andrés de Grecia, al que en la familia llamaban Andrea, el cuarto hijo del rey Jorge I de Grecia y de su esposa, la gran duquesa Olga de Rusia, nieta del zar Nicolás I. Andrea era alto, rubio y muy atractivo, aunque al ser bastante miope llevaba siempre unas gafas gruesas. Era un gran marino e intelectualmente brillante: disfrutaba pintando, escribía con cierta elegancia y hablaba inglés, francés, alemán, danés, ruso y, por supuesto, griego.
La pareja se casó en octubre de 1903 en Darmstadt (Alemania) y tuvieron cinco hijos: Margarita, Teodora, Cecilia, Sofía y Felipe. Dado su árbol genealógico, Felipe era royal por los cuatro costados, descendiente directo de la reina Victoria, nieto de un rey, bisnieto de un zar y emparentado por vía directa con las grandes familias reales de Europa. Sin embargo, a pesar de tanta sangre azul corriendo por sus venas, no acabaría nunca de convencer a nadie como pretendiente, porque para el resto de royals la familia real helena estaba considerada de segunda fila. No tenían apenas historia: a finales de 1820, los griegos se independizaron de los turcos y quisieron establecer su propia monarquía, pero como no había ningún candidato patrio disponible, buscaron a alguien en el extranjero. Primero invitaron a ocupar el trono al príncipe Otto de Baviera, quien lució la corona durante treinta años, hasta que, tras un sinfín de insurrecciones, se hartó y se largó del país. Luego, en 1863, dieron con el príncipe William, el hijo pequeño del rey Christian X de Dinamarca, un adolescente amable y muy capaz, pero con tan solo diecisiete años por entonces. William se cambió el nombre —adoptó el más regio de Jorge I de los helenos— y partió hacia Atenas.
La monarquía griega no era tampoco muy boyante económicamente para los estándares reales y, lo que era peor, la dinastía apenas se afianzaba. Los reyes duraban poco en el trono: el propio Jorge I fue asesinado en 1913, en Salónica, por un lunático mientras disfrutaba de un paseo, y otros sufrieron largos exilios.
De hecho, poco después de que Felipe naciera, el 10 de junio de 1921, en la mesa de la cocina de Mon Repos, la residencia de verano de la familia real griega en Corfú, tuvo que abandonar el país a toda prisa. Su padre había sido encarcelado acusado de traición y el mismísimo rey de Inglaterra hubo de intervenir para que lo dejaran libre. El Gobierno británico envió un buque de la armada, el HMS Calypso, para que la familia pudiera salir de Grecia. La leyenda urbana dice que Felipe dejó su país de origen escondido en una caja de naranjas.
Los primeros recuerdos de Felipe no serían de Grecia sino de St. Cloud, cerca de París, donde se refugiaron sus padres y donde fueron mantenidos económicamente por familiares que se apiadaron de ellos. El hermano mayor de su padre, el príncipe George, se había casado con Marie Bonaparte, una mujer muy glamurosa, sofisticada, algo neurótica e increíblemente rica. Era bisnieta de Lucien, el hermano del emperador Napoleón, y nieta de monsieur Blanc, el fundador del casino de Montecarlo.3 Marie estudió psicoanálisis con Sygmund Freud en Viena y se obsesionó tanto con el sexo que no solo tuvo muchos amantes —entre ellos Aristide Briand, el primer ministro de Francia—, sino que publicó un tratado sobre sexualidad femenina y se llegó a operar sus órganos genitales varias veces para «acercar su clítoris al punto de contacto con el pene».4 Dada su inmensa fortuna, nadie hizo comentarios inoportunos respecto a lo que entonces se consideraba una vida licenciosa y excéntrica.
Marie fue quien se encargó de mantener a toda la familia real griega en el exilio, aunque el hermano pequeño de Alice, Dickie, y sobre todo la riquísima esposa de este, Edwina, también enviaban dinero regularmente. Gracias a estas generosas ayudas, no se podía decir que Alice, Andrea y sus hijos fuesen pobres precisamente: empleaban a una nanny británica y unos cuantos criados, viajaban constantemente a Estados Unidos y América Latina y Felipe fue matriculado en un colegio llamado The Elms, dirigido por una pareja de estadounidenses y al que asistían los hijos de los diplomáticos. Las vacaciones las pasaban en Sinaia, en los Cárpatos, con la reina Helena de Rumanía, y se hospedaban algunas temporadas en el palacio de Kensington, donde vivía la madre de Alice y abuela de Felipe, la marquesa viuda de Milford Haven. El futuro duque de Edimburgo, además, creció rodeado de hermanas y de primos, con lo que tuvo una infancia relativamente estable y bastante feliz.
En privado, la familia no hablaba griego, sino inglés, francés e incluso algo de alemán, por lo que Felipe nunca se sintió heleno, sino más bien escandinavo y, en concreto, danés, el auténtico origen de la familia real griega. Quizá para compensar esta falta de raíces, su madre decidió enviarlo a estudiar a Inglaterra, a la escuela preparatoria Cheam, cerca de Newbury, donde destacó como un excelente atleta y un pésimo estudiante. Mientras estuvo allí, pasaba las Navidades y la Semana Santa en Lyndon Manor, la casa de campo de su tío, el marqués de Milford Haven, el hermano mayor de su madre.5 Este tenía un hijo, David, dos años mayor que Felipe, con el que congenió enseguida. Con los años llegaría a considerarlo un verdadero hermano.
Los veranos los pasaba en St. Cloud, pero pronto tuvo que dejar de ir. El matrimonio de sus padres se rompió y su madre comenzó a tener claros síntomas de esquizofrenia. Primero se obsesionó con la religión y el ocultismo con fervor enfermizo; luego aseguró escuchar voces y recibir mensajes ocultos de espíritus. Actuaba de manera impulsiva, alternando períodos de actividad frenética, incluso con risas histéricas, con estados depresivos donde no tenía fuerzas ni para comer. Lo peor llegó cuando empezó a creer que se elevaba en éxtasis, que tenía el poder de curar con las manos y que era una santa. Incluso aseguraba que era la esposa de Cristo. En mayo de 1930, su familia decidió internarla en la clínica Bellevue de Kreuzlingen, en Suiza, un psiquiátrico dirigido por el doctor Ludwig Binswanger.6
Mucho se ha especulado sobre las condiciones de este sanatorium y se ha insinuado una supuesta terapia de electroshock, pero parece ser que el tratamiento que recibió Alice fue mucho menos agresivo: ni tomó drogas ni le pusieron nunca una camisa de fuerza. Al contrario, el equipo médico consideró que debían rodearla de amabilidad y apoyo. Sin embargo, Alice nunca se sintió a gusto ni tampoco su trastorno mejoró sustancialmente. Al cabo de unos años, su familia decidió que lo mejor para ella sería sacarla de allí. No regresó con sus hijos, sino que comenzó una vida nómada entre Alemania y Suiza: se hospedaba en pequeños hoteles, manteniéndose alejada de todos durante cinco años. Tan solo muy de vez en cuando enviaba a sus hijos postales de felicitación por sus aniversarios.
Su padre aprovechó la ausencia de su mujer para fugarse a Montecarlo con su amante, la condesa Andrée de La Bigne, nieta de una amante de Napoleón III.7 Además, en tan solo nueve meses, entre 1930 y 1931, todas sus hijas se casaron con alemanes, por lo que la casa de St. Cloud se cerró y Felipe se quedó sin saber exactamente a dónde ir.
En 1933, a pesar de que estaba muy a gusto en Cheam y de que se había transformado en un pequeño inglés —hablaba el idioma sin ningún tipo de acento y jugaba muy bien al críquet—, Felipe tuvo que hacer las maletas y poner rumbo a Alemania.8 Una de sus hermanas, Teodora, se había casado con Berthold, margrave de Baden, un auténtico filántropo cuya familia había destinado parte de su castillo de Salem, cerca del lago Constanza, a crear una escuela con una innovadora línea pedagógica basada en el desarrollo del carácter y el sentido del deber. Todo el programa obedecía al ideario del pedagogo judío Kurt Hahn, quien había sido durante años el director del colegio, aunque Felipe no lo conocería por entonces: hacía ocho meses que Hitler había ascendido al poder y Hahn se había tenido que exiliar a Inglaterra.
Al joven príncipe le costó acostumbrarse a su nueva vida: tenía doce años, hablaba muy poco alemán y apenas hizo amigos. Además, las Juventudes Hitlerianas ya estaban organizadas dentro de Salem y Felipe se reía constantemente de aquellos chavales que levantaban el brazo extasiados, aunque no se sabe si pretendía ridiculizar sus ideas o era porque el saludo nazi se parecía mucho al gesto que hacían los estudiantes de Salem para pedir ir al baño. Todo indica que era por lo segundo.
Un año más tarde, en 1934, volvió a hacer las maletas y puso rumbo a Escocia, donde Kurt Hahn había fundado una escuela, Gordonstoun, cerca de Moray Firth, que seguía a pies juntillas su ideario.9 Según él, la sociedad estaba enferma por cinco motivos: la pérdida de formación física, de iniciativa, de formación de talento, de disciplina y de compasión. Por ello, los treinta y pocos alumnos de Gordonstoun seguían un programa prácticamente militar para fortalecer el carácter, comenzando por una ducha a las siete de la mañana con agua fría, tanto en verano como en invierno. Las instalaciones eran rudimentarias, no había pistas de deporte ni piscina y Felipe y sus compañeros tuvieron que ayudar a construir algunas de las estancias. Los alumnos provenían de todas las clases sociales y se relacionaban bastante con las humildes familias de pescadores que había en un pueblo cercano.
Aquel ambiente era perfecto para una persona como Felipe, con mucha furia y energía dentro de sí, pero sin orden en la vida: la feroz disciplina a base de rígidas normas le generó estabilidad, un punto de apoyo al que aferrarse. Gordonstoun era, desde luego, lo único que tenía: ningún familiar lo visitó en la escuela y cada verano había discusiones sobre adónde debía ir. Felipe repartió sus agostos en Alemania entre sus hermanas y sobre todo se alojaba con Cecilia y su marido, el gran duque Georg Donatus de Hesse, en su castillo campestre de Wolfsgarten, cerca de Frankfurt. También iba a visitar a su padre, al que cada vez se parecía más físicamente y con quien, a pesar de los problemas conyugales, llegó a estar muy unido. Ambos eran obstinados, impacientes y tenían mucho genio, pero también sabían divertirse y reírse a carcajadas.
Su estancia en Gordonstoun también fue una época de desgracias personales. En invierno de 1937, su hermana Cecilia, a quien adoraba, murió en un accidente de avión junto a su marido y sus dos hijos pequeños. Seis meses más tarde, su tío George Milford Haven falleció por un cáncer. Felipe sufrió amargamente, pero nadie lo vio jamás apesadumbrado, mucho menos llorando. Guardó sus sentimientos, no se permitió compartirlos con nadie y, simplemente, para canalizar su rabia, se centró en su próximo paso en la vida: su carrera en la Marina británica.
Le hubiese gustado más ser piloto y unirse a la Real Fuerza Aérea, pero la tradición de su familia dictaba que tenía que ser marino. Fue entonces cuando entró en su vida una de las personas que más lo acabaría marcando: su tío Louis Dickie Mountbatten. Aunque más tarde, con Felipe ya convertido en duque de Edimburgo, Mountbatten contase a los cuatro vientos que había sido como un verdadero padre para el chico, la verdad es que no tuvieron un contacto cercano hasta mayo de 1939, cuando su sobrino cumplió dieciocho años y entró en el Britannia Royal Naval College, en Dartmouth.
Poco tiempo después, el 22 de julio, los reyes y sus hijas visitaron esa academia naval. Llegaron en el yate Victoria and Albert y organizaron una pequeña fiesta para los oficiales antes del almuerzo. Como no era un evento apropiado para las pequeñas Lilibet —de trece años— y Margarita —de nueve—, se decidió que estas bajaran a tierra y jugaran un rato. Felipe se encargó de entretenerlas en la pista de tenis.
A Mountbatten no se le escapó que Lilibet se quedó embelesada con su sobrino y aquel día entendió que Felipe podía convertirse en un pasaporte para llegar a la primera fila de la monarquía. Dickie, desde luego, no pensaba desperdiciar aquella gran oportunidad que se le había presentado en forma de pariente prácticamente huérfano que no tenía donde caerse muerto.
A partir de aquel momento, Mountbatten se encargó de escribir frecuentemente al rey Jorge VI para cantarle las virtudes de su sobrino. Desde luego, material no le faltó, porque nada más graduarse en Dartmouth, Felipe fue destinado, en enero de 1940, al buque de guerra HMS Ramilies, encargado de escoltar barcos australianos en el Mediterráneo. Luego estuvo destinado en Bombay, en el puerto de Aden, en Mombasa, Durban e incluso en las islas Salomón durante un breve tiempo. Cuando Grecia entró formalmente en la Segunda Guerra Mundial, se le permitió entrar en batalla. El barco al que fue destinado, el HMS Valiant, estuvo en la batalla del Cabo Matapán, en la que quedó destrozada la marina italiana de Mussolini. Felipe luchó con honor y su nombre apareció destacado en varios informes militares. Al final de la guerra, estaba considerado como uno de los mejores jóvenes tenientes de la Royal Navy.
En las Navidades de 1943, en medio de la contienda, el teniente Felipe de Grecia, llamado simplemente Pog por sus colegas en la Marina —por las primeras letras de su nombre en inglés, Philip of Greece—, pudo disfrutar de unos días de descanso en Inglaterra. Por mediación de su tío, fue invitado al castillo de Windsor, donde, como cada año, las princesas Lilibet y Margarita organizaban una pantomima. En aquella ocasión iban a representar Aladín. Él estaba entre el público y la princesa brillaba en el escenario con cara de enamorada cada vez que sus miradas se cruzaban.
Felipe regresó al frente y ambos comenzaron a cartearse. Ella llegó a enviarle paquetes llenos de cosas que él podía necesitar —cigarrillos, botellas de alcohol y tabletas de chocolate—, pero aún no se podía considerar que tuvieran un romance: Felipe creía que la princesa era demasiado joven y la veía como una amiga más. Aparte, comenzó a disfrutar de una gran vida social en los pocos ratos libres que tenía y se hizo muy amigo de un australiano de nombre Peter Parker: los dos eran marinos por auténtica vocación, vivían la vida al límite, no perdían la ocasión de divertirse e incluso se parecían físicamente. Entre ellos se forjó una amistad que, a ratos, se tornaba en un desafío: estaban en barcos distintos y competían por saber quién era el mejor. También por ver quién triunfaba más entre las mujeres.

Durante la guerra, Felipe y Dickie Mountbatten estrecharon mucho su relación. No solo pasaban juntos las Navidades y bastantes fines de semana de permiso, sino que fue Dickie quien le tuvo que dar la mala noticia a su sobrino, en diciembre de 1944, de que su padre, el príncipe Andrés de Grecia, había fallecido. Sufrió un infarto al corazón en el hotel Metropole de Montecarlo.10
Felipe sintió mucho la muerte de su padre y, quizá por ello, intentó aprovechar algunos días de permiso para visitar a su familia o, más bien, lo poco que quedaba de ella. Después de dar muchas vueltas por Europa, su madre se había acabado comprando un pequeño piso en Atenas. A pesar de no haberse visto en años, su hijo la visitó allí una vez y pudo comprobar la incesante actividad de Alice durante la guerra: haciendo gala de un gran corazón y también de una exultante energía, se había dedicado a organizar comedores sociales, orfanatos, pequeños dispensarios e incluso había ayudado a esconder a una familia de judíos.
Con sus hermanas la relación era más distante, aunque solo fuese porque estaban casadas con alemanes; una de ellas, Sophie, con un nazi: su marido era el príncipe Christoph de Hesse, miembro de las SS y, años más tarde, de la Luftwaffe. Moriría en octubre de 1943 en un accidente de aviación en Roma.
Felipe vio algunas veces más a Lilibet mientras duró la guerra. Volvió a pasar algunos días de Navidad en Windsor y se siguieron carteando, aunque continuaban sin ser novios. De hecho, todo estuvo a punto de irse al traste por la impaciencia de Dickie. Mountbatten se puso en contacto con el rey de Grecia para que este escribiera a Jorge VI y le propusiera hacer de su sobrino un pretendiente serio de Lilibeth. La carta horrorizó al rey de Inglaterra y también a Felipe, que no quería que lo controlasen, mucho menos que decidieran su vida por él.
No hay duda de que al rey Jorge le gustaba Felipe: era marino y divertido, una compañía agradable para animar las fiestas. Pero de ahí a permitir que se convirtiera en su yerno había un paso que no estaba dispuesto a dar. No era británico, venía de una familia desestructurada, no tenía dinero y, encima, no pertenecía a la Iglesia de Inglaterra. Además, su hija era demasiado joven y debía disfrutar de la vida antes de pasar por el altar.
La reina Elizabeth tenía directamente otros planes para ella. Quería que Lilibet se casara con un hijo de alguno de los grandes duques de Inglaterra, ricos y con propiedades extensas, e incluso llegó a elaborar una lista con posibles pretendientes, como Sonny Blandford, heredero del ducado de Marlborough, y Johnny Dalkeith, hijo del duque de Buccleuch.11 Se organizaron tés con ellos y, después de la guerra, muchos fueron invitados a pasar fines de semana en Sandringham y Balmoral. Los reyes cruzaron los dedos para que alguno de aquellos muchachos con el pedigrí adecuado captara la atención de su hija.
Y algunos lo consiguieron. Se sabe que Lilibet encontró muy atractivos a unos cuantos, como Henry Porchester, apodado Porchey, futuro conde de Carnarvon; Hugh Euston; y lord Patrick Plunket. Sobre todo, llegó a estar interesada en Charles Manners, hijo del duque de Rutland. Él, por su parte, estaba fascinado por ella, pero debió cometer algún desliz o metió la pata de algún modo, porque Lilibet frenó en seco sus intenciones. Muchos años más tarde, Martin Charteris, uno de los secretarios privados de la soberana, preguntó a la monarca si Charles la había ofendido de algún modo y la reina no contestó, «con lo que corroboró la historia».12

Lilibet estaba haciéndose mayor. Simbólicamente, el paso a su vida adulta vino marcado por la muerte de Alla, su nanny, en Sandringham, las Navidades de 1945. Poco después, dispuso de sus propias habitaciones fuera de la nursery que aún compartía con su hermana. En Windsor se hizo con un tocador para ella sola, decorado en tonos rosas, y en Buckingham le dieron su propia suite: un dormitorio también en rosa y beis con sillones cubiertos con fundas de florecillas y muebles lacados en blanco. Al lado del dormitorio había un baño y un salón privado para recibir visitas. Para decorarlo no se compró ni un solo mueble, todos venían de estancias que ya nadie utilizaba, con lo que el conjunto, más que acogedor, resultaba algo rancio.13
Lilibet también comenzó a comprarse prendas de adulta. Durante la guerra apenas había tenido vestidos nuevos y aún continuaba poniéndose ropa de nursery, muy aniñada, normalmente a base de faldas de tweed. Norman Hartnell se encargó de prepararle varios diseños, como un vestido de noche rojo y otro con una falda plisada que le quedaba especialmente bien.14

Pasados unos meses desde la guerra, Lilibet y Felipe comenzaron a verse más. Al principio la pareja salía con otros amigos a bailar o al teatro. Una vez fueron a ver juntos el musical Oklahoma! y, a partir de ahí, la princesa siempre se ponía en su fonógrafo o pedía en los bailes que tocaran la canción «People Will Say We’re in Love», una pieza bastante dulzona que salía en el musical. También cenaban juntos a menudo en Buckingham, siempre en la nursery y acompañados de la princesa Margarita y de Crawfie.15
Por aquel entonces, Felipe no tenía domicilio fijo. Después de la guerra, fue transferido a la base de Corsham, cerca de Bath, y allí vivía de lunes a viernes. Los fines de semana a veces estaba en el palacio de Kensington con su abuela; otras, se iba a la casa de los Mountbatten, en Londres, en el número 16 de Chester Street. Llegaba el viernes por la tarde conduciendo su coche descapotable MG y se aseguraba de molestar lo menos posible. «Era muy considerado —escribió John Dean, el mayordomo de los Mountbatten y, años más tarde, el valet o ayuda de cámara de Felipe—. Estaba ansioso por no crear ningún problema a las personas que, de todos modos, nos pagaban por trabajar para la familia. Todos teníamos muy buena opinión de él y nos hacían mucha ilusión sus visitas».16
Felipe se metía en su habitación, comía bastante poco —algún trozo de carne ahumada y algo de ensalada— y, a veces, salía los sábados por la noche con algún compañero de la Marina a los clubes Churchill’s y Ciro’s.17 A John Dean siempre le sorprendía que llegase de Corsham con muy poca ropa y creía que se la dejaba en la base, aunque la verdad era que vivía con su reducido sueldo de marino, más las cinco libras semanales que le pasaba su tío Dickie, de modo que tenía un vestuario muy reducido, «más exiguo que el empleado de una ventanilla de un banco».18 «A veces se presentaba en Londres solo con una hoja de afeitar», reconoció Dean, quien se encargaba de lavarle por la noche la camisa que llevaba puesta y remendarle los calcetines.19
A pesar de la falta de dinero y del descuido en el vestir, Lilibet se enamoró perdidamente de él. En cartas a su prima Margaret Rhodes le reconocía lo feliz que estaba: «Felipe va a venir de vacaciones, ¿no es maravilloso?».20 Pronto, una fotografía suya estaba en la repisa de la chimenea del salón privado de Lilibet en Buckingham.
Felipe, por su parte, comenzó a interesarse por aquella princesa que se había convertido con los años en una joven muy guapa y simpática, aunque enfermizamente tímida. Por no decir, claro está, que era la heredera al trono, una mujer inmensamente rica y que, sobre todo, lo idolatraba, lo cual elevaba su viril autoestima. Ahora también era él quien tenía una foto de ella en su habitación.

Su historia de amor no iba a ser en absoluto sencilla. Para empezar, Felipe tenía delante a unos formidables enemigos: los cortesanos de Buckingham, comenzando por el secretario privado del rey, el todopoderoso Alan Tommy Lascelles, quien no quería ni oír hablar de un posible enlace de la heredera al trono con un príncipe extranjero, para más inri sobrino de Mountbatten, a quien consideraba un trepa y un izquierdista peligroso. Por no decir que Felipe estaba emparentado directamente con alemanes, algunos de los cuales habían sido nazis declarados. La guerra había dejado un profundo sentimiento antialemán en Inglaterra y Buckingham no pensaba tolerar, ni por asomo, que la princesa se casase con un hombre cuyo auténtico apellido era Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg.
Mountbatten captó rápidamente la situación y entendió que los lazos de Felipe con Alemania iban a ser el principal escollo. Mientras duró la guerra, Dickie ya había intentado cambiar la nacionalidad a su sobrino e incluso en agosto de 1944 voló a El Cairo para visitar al rey de Grecia, que vivía en el exilio, y pedirle permiso para que Felipe abandonara a su familia y su nacionalidad. De vuelta a casa, convenció al mismísimo rey Jorge VI para que intercediera ante el primer ministro y que su sobrino adquiriera el pasaporte británico. Downing Street no movió ni un dedo.
Ahora, Dickie volvía a la carga moviendo todos los hilos a su alcance en el Gobierno. Pero fue inútil: los laboristas ya tenían bastantes quebraderos de cabeza en Grecia. Justo al acabar la Segunda Guerra Mundial, en aquel país hubo un referéndum que hizo regresar a la monarquía de su exilio, pero enseguida estalló una guerra civil que enfrentó a los comunistas con los monárquicos. Londres no quería que Grecia acabara en manos de la URSS, pero tampoco estaba dispuesta a apoyar con todas sus fuerzas a una familia real que veía errática y excesivamente germana. En medio de semejante tinglado, naturalizar a un príncipe griego podía enviar una señal clara de apoyo a un bando determinado. Y el Gobierno no pensaba hacerlo. El pasaporte británico de Felipe tendría que esperar, si es que alguna vez llegaba.

Además de los cortesanos y del Gobierno, el candidato a consorte también contaba con la oposición de los reyes. Jorge VI y Elizabeth se dieron cuenta enseguida de los sentimientos de Lilibet y, alarmados por el cariz que estaba tomando la situación, decidieron poner toda la carne en el asador dando un paso arriesgado: invitaron a Felipe a pasar unas semanas de vacaciones con ellos y toda la corte en el castillo escocés de Balmoral. La jugada era un tanto rocambolesca: creyeron que, como la pareja solo se veía muy de vez en cuando, estar juntos varios días seguidos les ayudaría a entender que no estaban hechos el uno para el otro. Y si aquello no era suficiente, ver cómo funcionaba la corte por dentro acabaría por asustar a Felipe.
Sin duda, Balmoral tiene un gran encanto, pero al joven oficial no le resultó a primera vista ni cómodo ni hospitalario. Su habitación se hallaba en la planta baja y todas las paredes estaban cubiertas con tartán escocés y papeles pintados de la época de la reina Victoria que no habían sido restaurados en más de cien años. En el suelo había alfombras antiguas y bastante roídas y la cama era dura, con barrotes de latón. Lo peor era, sin duda, que el baño más cercano estaba bastante lejos, en un piso inferior, y que no había sido renovado desde mediados del siglo xix. El váter era un sillón de madera con brazos y una especie de cesta de mimbre conectada a unas tuberías obsoletas de donde salía el agua como si fuera un pequeño volcán.21
Obviamente, Felipe fue invitado a participar en el tradicional stalking o, lo que es lo mismo, andar durante horas por las montañas a la búsqueda de un ciervo al cual matar. Como era bastante pobre para los estándares reales, Felipe no tenía ni siquiera un rifle propio —tuvo que pedirle prestado el suyo a Lilibet— y, lo que fue mucho peor, en vez de presentarse con un atuendo de caza apropiado, fue con pantalones de franela totalmente inadecuados. Por detalles así, la corte lo menospreció e insultó sin piedad. «Teutónico» fue lo más suave que le llamaron. Incluso la mismísima reina Elizabeth lo comenzó a apodar «el Huno», en referencia a las hordas bárbaras germánicas que arrasaron el Imperio romano.
Pero el Huno en cuestión no se amilanó. En 1946 le propuso matrimonio a Lilibet y ella dijo que sí inmediatamente. La corte, por supuesto, montó en cólera, pero a la princesa le dio igual. Él era un auténtico soplo de aire fresco frente a su vida encorsetada, sin libertad apenas, y representaba una espontaneidad y una rebeldía que le eran totalmente nuevas. Por su parte, para Felipe, que ni siquiera tenía casa propia, ella significaba la posibilidad de echar raíces y conocer, por primera vez en su vida, lo que era tener una familia. En el fondo, aunque eran totalmente opuestos, eran perfectamente compatibles.

El rey, resignado, tuvo que aceptar la noticia, aunque pidió que no se hiciera pública hasta más adelante, cuando la princesa hubiera cumplido los veintiún años. Desde luego, se iba a necesitar tiempo para resolver todos los escollos que tenían por delante.
Para despistar a la prensa, se filtraron pistas falsas continuamente y Lilibet salía de fiesta acompañada de otros hombres. Pero todos los periodistas tuvieron la prueba de lo que realmente estaba pasando cuando, en octubre de 1946, en la boda de Patricia Mountbatten —una de las hijas de Dickie— con lord Brabourne, se pudo ver a la pareja junta. Lilibet era una de las damas de honor y Felipe era un usher, uno de los ayudantes del padrino, por lo que tuvo que escoltar a la familia real en cuanto llegaron a la iglesia. Ella se quitó el abrigo antes de entrar al templo, él lo recogió y, en aquel instante, las cámaras pudieron captar la mirada enamorada de ambos.
El tabloide The Star no se lo pensó dos veces y sacó una fotografía en portada con la noticia de que se esperaba un anuncio de compromiso en breve. Buckingham lo negó tajantemente, pero la prensa siguió a lo suyo y la reacción popular no se hizo esperar: ni hablar. El Reino Unido respondió con absoluta indignación a la idea de una boda real con un extranjero, encima prácticamente alemán. En enero de 1947, una encuesta reveló que el 40 por ciento del país estaba en contra del enlace.
Todas las alarmas se encendieron en palacio y también en la casa de Dickie Mountbatten. Este, sabiendo que no podía perder ni un segundo, llamó a todos los ministros, se reunió con el secretario de Interior varias veces e incluso concertó una cita con el primer ministro. Al final, y después de presiones por todos los lados, el Gobierno cedió: Felipe recibiría los papeles para su naturalización.
Pero aún quedaba lo más difícil: cambiar la imagen del novio frente a la opinión pública. Mountbatten llamó a todos sus contactos en la prensa y les explicó que su sobrino solo había vivido un par de meses en Grecia, que no hablaba una palabra de griego, que se había educado en Escocia y servido con distinción en la Marina británica. Unas fotografías de Felipe jugando al críquet, deporte inglés por excelencia, salieron publicadas en unos cuantos periódicos. Mountbatten también decidió que debía cambiarse el nombre. Nada de Felipe de Grecia o Felipe Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg: tenía que ser Mountbatten, teniente Felipe Mountbatten. Y así quedó registrado enseguida.
Al rey todos aquellos cambios no parecieron convencerle del todo. A la desesperada, pensó que todavía contaba con una oportunidad para detener aquel enlace que no gustaba a nadie. La familia real tenía por delante un viaje de Estado a Sudáfrica de cuatro meses, tiempo suficiente, pensó el rey, para que su hija se lo pensara o, quién sabía, quizá conociera a otro.

El 1 de febrero de 1947, la familia real se embarcó en el HMS Vanguard. Desde la cubierta, todos saludaban sonrientes, pero no había duda de que ninguno estaba muy contento. Lilibet hubiese querido partir teniendo ya arreglada su situación con Felipe; al rey le preocupaba tener que estar lejos tanto tiempo cuando el país estaba inmerso en tantos problemas: no solo sufría la austeridad y las carestías, además aquel invierno era el más frío que se recordaba y el Támesis llegó a helarse. A Jorge VI le inquietaba sobre todo el número de muertos que aquellas heladas provocarían: el carbón escaseaba y muy pocos entonces en Reino Unido se podían permitir el gasóleo con el que encender una estufa o una chimenea.
Aun así, el Gabinete del primer ministro, Attlee, insistió en que el rey partiera de viaje: Sudáfrica se enfrentaba a unas elecciones cruciales en las que el Partido Nacionalista podía arrasar e imponer una política de apartheid que a Londres le horrorizaba. Desde Downing Street se pensaba que solo la presencia de Jorge VI saludando a personas negras podía ayudar a rebajar el nivel de racismo atroz que se estaba viviendo en el Estado africano.
El viaje en barco duró tres semanas y, una vez alejados de las islas británicas, el clima mejoró y la familia real pudo disfrutar de un esplendoroso sol. En la cubierta se organizaban a diario actividades con la tripulación y las princesas se divertían jugando con los oficiales mientras sus padres las observaban. En grabaciones que se hicieron se puede ver a Lilibet persiguiendo a un marino o jugando a una especie de escondite, todo bastante infantil.
La familia hizo bien en descansar y coger fuerzas. Una vez llegaron a Sudáfrica, el tour fue enfermizamente intenso, con largos meses repletos cada día de actos desde primera hora de la mañana hasta altas horas de la noche. A pesar de lo cansado, Lilibet estaba fascinada: aquella era la primera vez que salía al extranjero y, quizá más importante para ella, que pisaba un país de la Commonwealth, una institución que ella llegaría a adorar. En las cartas que enviaba regularmente a Crawfie había descripciones de paisajes y, sobre todo, de las gentes que iba conociendo.
Los cortesanos se afanaron en presentar el viaje como un triunfo y continuamente animaban a los fotógrafos a captar a las princesas, ambas jóvenes, muy glamurosas y vestidas con preciosos trajes, mientras saludaban a la multitud. No obstante, esas multitudes eran reducidas. Gran parte de la población blanca los trató con cierta hostilidad y la prensa nacionalista los criticó sin piedad. Cuando el rey dijo una frase en afrikáans, se rieron de su acento; que el monarca estuviera rodeado de tantas medidas de seguridad les pareció también excesivo.22
En este último punto, Jorge VI estaba de acuerdo. Desde que pisó Sudáfrica, el rey tuvo la mala sensación de que los nacionalistas se habían encargado de blindarlo con policías para que no pudiera saludar al pueblo ni acercarse a personas negras. Entre la claustrofobia, el calor y el cansancio, el monarca acabó harto y en más de una ocasión se le vio perder los nervios. Una vez, mientras iba en coche con la reina y las princesas, comenzó a chillar como un energúmeno. Por si fuera poco, justo en ese momento una persona del público se abalanzó sobre el coche y la reina Elizabeth, temiendo que se tratase de un terrorista, comenzó a golpearlo con el parasol. Al final resultó que el hombre no tenía intención de matar a nadie, sino de entregar a Lilibet un billete por su cumpleaños. Pero el daño estaba hecho y la opinión pública se lo echó en cara a los monarcas.23
Para Lilibet todo aquello fueron experiencias que recordaría toda su vida. Pero si hay algo que se le grabó en la mente fue la celebración de su veintiún cumpleaños en Ciudad del Cabo. Se había decidido que la princesa pronunciaría un discurso que sería retransmitido por radio a toda la Commonwealth y también filmado. El objetivo era comprometerse públicamente con su rol como heredera y hacer una especie de juramento: «Declaro delante de todos vosotros —decía el texto que le habían preparado—, que toda mi vida, sea larga o corta, estará dedicada a serviros y a servir a esta gran familia imperial a la que todos pertenecemos».

De vuelta a Londres, a Lilibet le esperaban buenas noticias. En marzo, mientras la princesa estaba en Sudáfrica, había llegado la tan deseada ciudadanía británica de Felipe y las encuestas demostraron que su imagen ya era lo suficientemente british. El rey finalmente aceptó aquel compromiso y el 10 de julio se hizo público.
¿Qué clase de boda real se podía organizar cuando el país sobrevivía con cartillas de racionamiento? ¿Cómo iban a reaccionar los británicos si la monarquía se gastaba una fortuna en un simple enlace? La familia real tuvo una muestra de lo que le venía encima cuando se conocieron los detalles del vestido de novia. Un diario publicó que, como iba a ser de seda y ricamente bordado, el coste podría llegar a las 34.000 libras en valor actual. Las cartas de indignación no tardaron en llegar a las redacciones de los periódicos. ¿Por qué tenía que ser de seda cuando muchas chicas no podían permitirse ni siquiera un vestido? ¿Y de dónde era la seda? ¿Extranjera? Una encuesta puso a palacio en pánico: la mitad de la nación pensaba que aquella boda era un derroche de dinero totalmente innecesario. El enfado era monumental y los cortesanos temieron explosiones de odio contra la Corona.
Buckingham entendió que debía cambiar la opinión pública y a toda prisa: la boda se había fijado para noviembre. Comenzó entonces una agresiva campaña de comunicación con el objetivo de filtrar un sinfín de detalles de la ceremonia para hacer sentir a los británicos que eran «parte del enlace». Se dijo que los reyes habían hecho distribuir paquetes de comida entre las viudas de guerra con niños a su cargo y se informó de que el resto de naciones del Imperio iban a colaborar en la organización de la boda. Las girl scouts de Australia, por ejemplo, enviarían los ingredientes para hacer la tarta nupcial. Por supuesto, la princesa haría como cualquier novia inglesa y tendría una cartilla de racionamiento especial con cupones para hacerse su traje de novia.
Por si aquello no fuera suficiente, algunos chismorreos también fueron cuidadosamente filtrados. En concreto: ¿quién sería invitado? Y, sobre todo, ¿quién no sería invitado? Los cotilleos hicieron que los británicos se centraran en discutir frivolidades y, al poco tiempo, se olvidaron del coste del evento. La estrategia funcionó: si en julio, cuando se hizo público el compromiso, solo el 40 por ciento de los británicos estaba a favor del enlace, en octubre, a un mes de la boda, el porcentaje había subido lo suficiente para asegurar la supervivencia de la monarquía.
Pero aún quedaba la prueba de fuego: saber si realmente habría gente en las calles celebrando la boda de la heredera al trono. La mañana del 20 de noviembre de 1947, una mañana gris y fría, los cortesanos cruzaron los dedos.

El día había amanecido nublado y barruntaba lluvia, pero justo cuando en el patio de Buckingham apareció la Irish State Coach, la preciosa carroza de madera lacada negra con repujados dorados y ruedas rojas, salió el sol. Las campanas de todas las iglesias de Londres repicaron de júbilo y los oficiales de palacio respiraron aliviados no solo porque la climatología no iba a estropear el gran día, sino porque su mayor pesadilla no se había hecho realidad: las calles estaban llenas de gente y la muchedumbre gritaba enfervorecida al paso de la comitiva real.
A las diez y media, la carroza, tirada por dos caballos blancos y seguida de una larga procesión de guardias reales, se detenía enfrente de la abadía de Westminster. La novia entraba al templo del brazo de su padre, un emocionado Jorge VI, mientras sonaba una marcha especialmente compuesta para la ocasión por Arnold Bax. Lilibet llevaba un vestido diseñado por Norman Hartnell hecho con satén duquesa color marfil, elaborado en Dunfermline, Escocia, y engalanado con cristales y diez mil perlas que habían sido especialmente importadas de Estados Unidos. El traje tenía un escote en uve, mangas largas, iba ceñido a la cintura y acababa en una larga cola, de cuatro metros y medio, hecha de tul de seda. Todo el vestido lucía bordados de estrellas y flores inspirados en el cuadro La primavera, de Botticelli.
La novia portaba la tiara Fringe, con cuarenta y siete barras de diamantes, que pertenecía a su abuela, la reina María. También se adornaba con dos collares de perlas: el más corto, de cuarenta y seis piezas, se conocía como el Queen Anne y se supone que perteneció a Ana, la última reina Estuardo; el más largo, de cincuenta perlas, era el Queen Caroline y se creía había sido propiedad de la reina Caroline de Ansbach, la mujer de Jorge II. Como pendientes llevaba unos de diamantes y perlas de principios de siglo xix que habían pertenecido a la princesa María, duquesa de Gloucester, una de las hijas de Jorge III, el llamado Rey Loco.
Había dos detalles que a Lilibet le hacían especial ilusión. El primero era el ramo, compuesto por M. H. Longman con orquídeas blancas y unas ramitas de mirto provenientes de una mata que había plantado su admirada reina Victoria. El otro era su anillo de compromiso, hecho por el joyero Philip Antrobus con unos diamantes extraídos de una tiara de la princesa Alice de Battenberg, madre de su futuro esposo.
En el altar lo esperaba Felipe, quien el día de antes había sido creado duque de Edimburgo por el rey Jorge VI. Al cabo de unos pocos minutos, el arzobispo de Canterbury, Geoffrey Fisher, auxiliado por el de York, Cyril Garbett, los declaraba marido y mujer. La pareja abandonó la abadía bajo los acordes de la «Marcha Nupcial» de Mendelssohn y los más de dos mil invitados se dirigieron luego al palacio de Buckingham para degustar un almuerzo a base de filet de sole Mountbatten, perdreau en casserole y bombe glacée Princess Elizabeth. La tarta nupcial, elaborada por los famosos reposteros McVitie and Price, era de cuatro pisos y medía casi tres metros. Al acabar la recepción, todos los invitados recibieron un pequeño obsequio: un ramillete de mirto y brezo blanco del castillo de Balmoral.
A pesar de los malos augurios y de la oposición de propios y extraños, la boda fue un éxito. «Un toque de color en medio del oscuro camino que nos queda por recorrer», dijo Winston Churchill. Y no le faltaba razón.