La Reina

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9 Señora Mountbatten

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9 Señora Mountbatten

Los recién casados pasaron los primeros días de su luna de miel en Broadlands, cerca de Winchester, una casa de campo propiedad de Dickie Mountbatten y su esposa, Edwina. Aparte de por Susan, el corgi de Lilibet, estaban acompañados por Bobo MacDonald, la doncella de la princesa desde sus tiempos en la nursery, y de John Dean, el antiguo criado de los Mountbatten que había pasado al servicio del nuevo duque de Edimburgo. También había un lacayo, Cyril, y un detective privado que las pasó canutas para contener a las decenas de curiosos que se acercaban hasta las verjas de la finca para ver a la pareja real.

En cuanto llegaron el primer día, Lilibet y Felipe se retiraron a su habitación inmediatamente después de cenar. Edwina Mountbatten había decidido que durmiesen en la suite principal, decorada en blanco y gris perla, con dibujos de Dalí en las paredes y preciosas vistas al río Test.1 Por lo que se sabe, la pareja resultó sexualmente muy compatible. Muchas biografías han asegurado que Lilibet, en privado, es una mujer muy pasional. Amigos de David Milford Haven, primo de Felipe, desvelaron que el duque de Edimburgo comentó una vez que su mujer estaba «muy interesada en el sexo», que era «muy aficionada» a él.2

Los Edimburgo, como la pareja empezó a ser conocida, pasaron una semana en Broadlands, luego regresaron un día a Londres, almorzaron con los reyes y, esa misma noche, tomaron el tren nocturno rumbo a Escocia, donde pasaron dos semanas en Birkhall. Hacía un frío tremendo y había mucha nieve, pero al nuevo matrimonio no pareció importarle. De vuelta a Buckingham, muchos encontraron a Lilibet cambiada. Lilibet y Felipe estaban deseando comenzar su vida juntos, pero el problema era que no sabían exactamente dónde vivir. Sunnighill Park, la gran casa cerca de Ascot que el rey había escogido para ellos como retiro campestre, había quedado completamente destrozada en agosto tras un incendio. Clarence House, la mansión londinense cerca del palacio de St. James que les habría de servir de hogar, estaba en un estado decrépito e iba a necesitar meses de intensas obras antes de poder ser habitable. La pareja intentó buscar un lugar que pudieran alquilar o que alguien les pudiera prestar, y dieron con Clock House, dentro del recinto del palacio de Kensington, la residencia de los condes de Athlone, los cuales estaban casualmente viviendo en Canadá. Pero no pudieron permanecer allí mucho tiempo: pasados tres meses, los Athlone regresaron antes de lo previsto y tuvieron que buscar otro sitio.

Finalmente, no les quedó más remedio que irse a vivir con los padres de ella en Buckingham, una opción que no les hacía ninguna gracia. Pero no había alternativa, por lo que le dieron a Felipe una habitación y una salita al lado de las estancias que había ocupado su mujer de soltera. La vida en palacio pronto se le hizo insufrible al duque: la vieja guardia lo menospreciaba abiertamente y se dirigían a él con un tono insultantemente condescendiente; las normas protocolarias le resultaban incomprensiblemente rígidas y, por si fuera poco, Bobo, la doncella de Lilibet, no le dejaba ni entrar al baño de su esposa alegando que él solo debía usar el suyo. Su escueto ropero y sus pésimos hábitos a la hora de vestir fueron pasto de miradas despreciativas. La mayoría del tiempo vestía un ancho blazer con pantalones de franela e insistía en llevar zapatos de ante con esmoquin, algo que sacaba de quicio a su ayudante de cámara, John Dean. Ya no digamos que no llevase pijama para dormir, lo que provocó que más de un lacayo lo pillase completamente desnudo al llevarle la bandeja con el desayuno.

Felipe puso buena cara, hasta hacía bromas con todo aquello, pero no había duda de que le dolió que lo trataran como un outsider. Su frustración la sobrellevaba haciendo mucho ejercicio: en Buckingham jugaba al squash y nadaba en la piscina, y los fines de semana, en Windsor, corría tanto que al regresar tenía que tumbarse para recuperar el aliento.3

Al cabo de unos meses, intentó amoldarse o, al menos, empezó a vestirse como un verdadero royal. Pero ni aun así consiguió encajar y muchas veces se enfurecía tanto que gritaba e insultaba injustamente a su mujer. En más de una ocasión se oyó chillarle: «You damn fool», algo así como «maldita imbécil», o «why the bloody hell?», «pero ¿qué coño pasa?».4

El único alivio para Felipe era poder marcharse a trabajar cada día. Tras su boda lo habían destinado a la Dirección de Operaciones en el Almirantazgo, un puesto burocrático que a él le resultaba tedioso, pero que le permitía seguir con su carrera naval. Cada mañana, el duque de Edimburgo salía en su propio coche de palacio, incluso a veces andando, y regresaba por las tardes, normalmente conduciendo a toda velocidad. «Si había estado fuera durante el día lo primero que hacía al llegar era ir directamente a la habitación de su mujer a saludarla», recordaría John Dean.5

La situación del matrimonio mejoró poco a poco. Al cabo de unos meses alquilaron Windlesham Moor, en Surrey, una casa de dos pisos con cinco dormitorios y cuatro grandes salones, propiedad de una tal señora Warwick Bryant, para poder pasar los fines de semana. Además, los Edimburgo se apresuraron en adecentar Clarence House para poder instalarse cuanto antes. Este edificio, construido originariamente por el arquitecto John Nash a principios del siglo xix para un tío de la reina Victoria, el duque de Clarence, había sido ocupado por la Cruz Roja durante la guerra. No se habían hecho reformas sustanciales en más de un siglo, por lo que no había baños modernos ni calefacción ni electricidad.

Los arquitectos consultados estimaron que iban a ser necesarias cincuenta mil libras esterlinas para adecuar el lugar, una cifra tan elevada que el Parlamento de Westminster tenía que aprobarla. Pero conseguir el voto afirmativo de los diputados en plena posguerra, cuando la nación sufría de graves carestías, no iba a ser fácil y se requirió que los cortesanos de Buckingham desplegaran toda su influencia sobre el Gobierno. Al final se consiguió el visto bueno, pero la controversia estaba servida y la opinión pública se quejó amargamente en los periódicos. Muchos británicos consideraban que era un dispendio innecesario de dinero y que era mejor destinar la cantidad a vivienda social.

Los Edimburgo prefirieron no darse por enterados y se centraron en la decoración de su futuro hogar. Los grandes salones se llenaron con muebles del siglo xviii y cuadros que escogió Felipe. Como era costumbre entre las clases altas, sus dormitorios estaban separados pero conectados, y las dressing tables, grandes mesas de tocador, se encontraban a tan solo un metro escaso de distancia, por lo que el matrimonio podía charlar distendidamente mientras se arreglaba. La habitación de ella era en tonos rosas y azules y tenía una gran cama de dosel con cortinas que caían de una corona. La de él estaba forrada de madera, con muebles tapizados en rojo y, a través de unas puertas con grandes espejos en su cara interior, se accedía a un amplio vestidor. Otra puerta conectaba con un baño de color azul «con imágenes de los barcos donde había servido».6

Mientras se ultimaban las obras, la corte decidió que era el momento perfecto para que Lilibet ampliase su formación como heredera y se seleccionó un equipo de ayudantes. Como secretario privado, Tommy Lascelles sugirió a Jock Colville, un tipo serio, con el pedigrí adecuado —era el hijo de lady Cynthia Colville, una de las damas de la reina María—, la formación perfecta —Harrow, Universidad de Cambridge, varios años en el Foreign Office—, una hoja de servicios destacada durante la guerra —fue piloto— y conexiones importantes con Downing Street —había trabajado con Chamberlain y Churchill.

Además de Colville, se eligió a Frederick Browning como comptroller, algo así como coordinador general o gerente. Conocido como Boy, era un hombre increíblemente atractivo, riguroso pero justo, el perfecto caballero. Estaba casado con la escritora Daphne du Maurier, había destacado como héroe de guerra y había colaborado en el pasado con Dickie Mountbatten.7 Como dama de compañía de Lilibet se contactó con lady Margaret Egerton, conocida como Meg, con la cual Colville se acabaría casando. Y para secretario privado del duque se contrató al comandante Mike Parker, el viejo amigo de Felipe y compañero de aventuras.

La reina María sugirió a Colville que su nieta empezara a conocer a gente destacada de varios ámbitos e incluso que se reuniese con políticos laboristas.8 Siguiendo estas indicaciones, Colville diseñó un programa de formación exhaustivo para la princesa, sobre todo en política internacional. Consiguió que el Foreign Office le pasara a diario informes y la llevó al Parlamento de Westminster para que siguiera debates en la Cámara de los Comunes. Sin embargo, el noble empeño no consiguió entusiasmar a Lilibet, la cual, pasada ya la guerra, tenía un interés bastante superficial en las relaciones internacionales y le aburrían las complejidades de la diplomacia. Tampoco las entrañas de los partidos políticos parecían llamarle la atención y cuando, como había indicado su abuela, se reunió con líderes laboristas, fue educada y cortés, pero algo insulsa.

Los viajes al extranjero fueron otro gran capítulo. Colville tuvo la brillante idea de que los Edimburgo viajaran a París en mayo de 1948 para inaugurar, junto con el presidente francés Vincent Auriol, la «Exposición de ocho siglos de vida británica» en el museo Galliera. Oficialmente, se dijo que la visita serviría para estrechar lazos, pues a nadie se le escapaba que las relaciones con los franceses, aunque estables, eran frágiles y llenas de suspicacias por ambas partes.

Era el primer viaje oficial de la pareja fuera del país y Lilibet no defraudó: se mostró radiante, muy elegante y habló en un francés impecable, con un acento de clase alta que Toni de Bellaigue se había encargado de pulir. Los cuatro días en la capital gala estuvieron repletos de actos: almuerzo en el Grand Trianon de Versalles, banquetes, desfiles, visitas a Fontainebleau, Barbizon y Vaux-le-Vicomte, una gran recepción en el Hôtel de Lauzun y otra en la embajada británica. La pareja se reservó para ellos solos una tarde y noche en París: fueron a las carreras de caballos de Longchamp, a cenar en Le Tour d’Argent, un restaurante de tres estrellas, y luego a bailar a la boîte Chez Carrère, en la rue Pierre Charron, donde escucharon a Édith Piaf. En todos los lugares, Lilibet destacó por su atuendo. Norman Hartnell le había diseñado un vestuario fastuoso con el que la princesa conquistó hasta a los expertos parisinos más exigentes. Lo complementó con joyas deslumbrantes, incluido el espectacular parure de collar de diamantes y tiara a juego que el nizam de Hyderabad le había enviado como regalo de bodas.9

La prensa se mostró entusiasta y, allá donde fue, la pareja fue recibida con aplausos y grandes masas que los aclamaban. Sin embargo, en privado los Edimburgo no estaban tan pletóricos como parecían: él sufría unos dolores horrorosos de estómago y tenía muy mala cara, lo que le provocaba ataques de furia constantes. En más de una ocasión, sobre todo cuando la prensa lo incordió demasiado, perdió los nervios completamente. Ella tampoco se encontraba bien: aunque aún no se había hecho público, la princesa estaba embarazada de cuatro meses y sufría náuseas.10

Lilibet se quedó embarazada a los tres meses de casarse. Pasadas las semanas iniciales con bastantes vómitos, Lilibet se sintió con fuerzas para reanudar una intensa vida social. Felipe y ella se habían hecho muy amigos de Rupert Nevill y su mujer, Camilla Wallop, y de Patricia Brabourne, hija de Dickie Mountbatten, y del marido de esta, lord John Brabourne.11 Comenzaron a salir con ellos con frecuencia a cenar, a carreras de caballos en Epsom y Ascot e incluso se animaron a asistir a una fiesta de disfraces organizada por la duquesa de Kent. Ella apareció vestida de infanta española, incluso con peineta y mantilla, y él fue disfrazado de policía.12 Estaban tan a gusto que bailaron sin parar hasta las cinco de la mañana.13

Mientras la pareja se divertía, en Buckingham se iniciaban los preparativos para el nacimiento. En principio, y siguiendo la tradición, se esperaba que James Chuter Ede, el Home Secretary o ministro de Interior, estuviera presente en el parto. Sin embargo, como los representantes de las colonias británicas también querían asistir, se decidió eliminar la costumbre. Otro problema era el título que recibiría el recién nacido. Según las disposiciones establecidas en 1917, en tiempos de Jorge V, tan solo los «hijos del soberano, los hijos de hijos varones del soberano y el hijo mayor del hijo varón mayor del príncipe de Gales» podían recibir el tratamiento de alteza real. Rápidamente, nuevas Letters Pattent, disposiciones reales sobre títulos y precedentes, fueron aprobadas.

El mayor escollo de todos, sin embargo, fue el apellido que llevaría el bebé. Técnicamente tendría que haber sido Mountbatten por su padre, pero Buckingham se opuso tajantemente y esgrimió que, como la criatura iba a convertirse en el tercero en la línea de sucesión, tenía que llevar el apellido de la dinastía. A pesar del enfado monumental de Felipe, se decretó que el recién nacido se apellidaría Windsor.

Como Clarence House aún no estaba listo, se decidió que la princesa diese a luz en Buckingham, aunque Lilibet insistió en que fuera en su propia habitación, frente al Mall, y no en una suite especial al lado de los jardines, como había sugerido su madre. Se preparó un paritorio ex profeso justo en el piso inferior por si el parto se complicaba y era necesaria una cesárea, pero finalmente no fue utilizado.

La princesa rompió aguas a primera hora de la tarde del 14 de noviembre de 1948. Fue atendida por cuatro médicos, entre ellos el ginecólogo de la familia real, sir William Gilliatt, y una comadrona llamada Helen Rowe.14 Mientras ella sufría contracciones, su marido decidió matar el tiempo en la pista de squash de palacio junto con Mike Parker y varios cortesanos.15 Los reyes esperaron ansiosamente en una sala cercana junto con la reina María.16

Charles Philip Arthur George, Carlos Felipe Arturo Jorge, nació a las 21.14 horas. Pesó 3,345 kilos. En cuanto se anunció que había nacido sano y salvo y que era niño, la corte estalló en aplausos y botellas de champán fueron rápidamente descorchadas. El rey estaba pletórico y la reina, exultante. Tommy Lascelles fue a la pista de squash a avisar a Felipe y este, aún en zapatillas de deporte, corrió a ver a su mujer acompañado de un gran ramo de rosas y claveles que tenía preparado. Luego fue a conocer a su hijo, el cual ya había sido llevado a la nursery.

Las formalidades se mantuvieron: se enviaron enseguida telegramas al primer ministro y a Winston Churchill para informarles de la feliz noticia y, tan solo un par de horas después del alumbramiento, el pequeño príncipe Carlos fue llevado por la comadrona al gran salón de baile de Buckingham para que lo viera la corte.

A varios cortesanos les horrorizó que el nombre escogido para el pequeño fuera Carlos, un nombre que parecía maldito en la monarquía británica desde que a Carlos I le cortaron la cabeza. Pero era un nombre que a sus padres les gustaba y, además, ambos querían romper la racha de Guillermos, Jorges y Eduardos que había dominado los árboles genealógicos de la familia durante siglos.

Sin prestar la menor atención a los malos augurios, Lilibet se mostraba encantada con su pequeño. Durante los dos primeros meses le dio el pecho, pero la lactancia tuvo que ser abandonada rápidamente cuando Lilibet contrajo el sarampión y los médicos recomendaron que no viera a su hijo mientras estuviera enferma. Por precaución, Carlos fue enviado a Windlesham, la casa de campo de sus padres, junto con su nanny. No regresó a Londres hasta pocos días antes de su bautizo, el 15 de diciembre, en la Sala de Música de Buckingham. Sus padrinos fueron el rey Jorge VI, la reina María, el rey Haakon de Noruega, el príncipe Jorge de Grecia, la marquesa viuda de Milford Haven —abuela de Felipe—, Patricia Brabourne y David Bowes-Lyon, hermano de la reina Elizabeth.17

A pesar de la alegría por el nacimiento de Carlos, 1949 comenzó muy mal para Lilibet y su familia. Los médicos les comunicaron que el rey iba a necesitar una operación complicada. La salud de Jorge VI se había deteriorado visiblemente en los últimos años y, a pesar de que solo tenía cincuenta y cuatro años, parecía mucho mayor. Aunque su situación era desconocida para el público, la combinación de estrés y cansancio sufridos durante la guerra, junto con el hábito de fumar a todas horas, le habían generado importantes problemas pulmonares y de riego sanguíneo, y desde hacía casi un año notaba constantes calambres en las piernas. Los doctores le habían diagnosticado hacía unos meses la enfermedad de Buerger, una afección muy poco frecuente, provocada por el tabaco, que desencadenó un principio de arterioesclerosis al restringir la circulación en piernas y pies. La situación llegó a ser tan grave que los médicos reconocieron la posibilidad de una gangrena, lo que haría necesaria una amputación en una pierna.18

Para evitar llegar a semejante extremo, se había recomendado al rey guardar cama y usar un aparato en las piernas durante ocho horas al día para mejorar el riego. Como no iba a poder caminar en semanas, se canceló inmediatamente un viaje oficial previsto a Australia y Nueva Zelanda, y se decidió que la familia real no pasaría las Navidades de 1948 en Sandringham, sino en Londres. Semejante tratamiento y la imposibilidad de cumplir sus funciones pusieron a Bertie de pésimo humor y estallaba a la mínima. La rabia llegaba a tales extremos que una vez se le vio dar una patada a uno de sus corgies.19

La terapia funcionó relativamente bien y, en cuestión de pocas semanas, la amputación fue descartada. Sin embargo, como la principal arteria de la pierna seguía obstruida, era necesaria una operación quirúrgica para mejorar la circulación en la extremidad. La mañana del 12 de marzo de 1949 los médicos se dirigieron a un quirófano especialmente habilitado dentro de Buckingham. El rey estaba muy tranquilo. Su mujer e hijas, por el contrario, estaban muy nerviosas, sobre todo su esposa, normalmente muy calmada.20

La operación fue un verdadero éxito y no mucho después el rey pudo reasumir algunas funciones públicas. Se le vio en las carreras de Ascot y presidió el desfile militar del Trooping the Colour, aunque en vez de ir a caballo, como era la costumbre, fue en carruaje. Lilibet le daba escolta. Iba a caballo vestida con el uniforme de la Guardia de Granaderos.

Para olvidarse de los desvelos por la salud de su padre, en abril de 1949 Lilibet celebró su veintitrés cumpleaños con una cena en el Café de Paris, un restaurante de moda en Londres.

En junio, los Edimburgo por fin se instalaron en Clarence House. En los últimos meses se habían dedicado a ultimar la decoración: distribuyeron muchos de los regalos de bodas que les habían hecho, Lilibet llegó a mezclar personalmente la pintura para lograr el tono exacto de verde que quería para el comedor, y ambos se preocuparon por que las habitaciones de los criados fueran especialmente confortables.21

El matrimonio contaba con dieciocho sirvientes, entre ellos un mayordomo —el señor Bennet—, un ama de llaves —la señorita McGrigor—, una cocinera —la señora McKee—, un lacayo —Joe Pearce— y un inspector de policía —Frank Usher—.22 Algunas personas a su cargo desvelaron años más tarde que sus estancias eran «el summum del confort». Cada dormitorio disponía de su propia radio, entonces todo un lujo; había una televisión en la sala de descanso —otro gran lujo— y juegos en la llamada recreation room, la sala de recreo.23 Felipe se había encargado personalmente de adquirir los últimos artilugios tecnológicos y Clarence House dispuso de lavadoras y de hilo musical por las habitaciones. La comida también era abundante: cada día los criados podían disfrutar de un suculento desayuno —excepto los domingos, en que se tenían que conformar con huevos hervidos seguidos por café y galletas a media mañana— y la cena —o high tea como se llamaba— consistía en una sopa, fish and chips y una tarta de postre.24

La nursery del pequeño Carlos también fue cuidada con esmero. Las paredes eran blancas, con una pequeña cenefa azul en las molduras del techo, y las cortinas tenían estampados de animales y florecillas.25 Además de la cuna, había una vitrina donde se guardaban muñecos y figuritas que habían pertenecido a su madre. Muchos de los utensilios del bebé, como el cepillo para el pelo, también habían salido de la antigua nursery del 145 de Piccadilly.

Para cuidar al pequeño príncipe se contrató a una enfermera escocesa, Helen Lightbody, que era asistida por una ayudante, Mabel Anderson. Esta última era hija de un policía de Liverpool que había muerto durante un bombardeo en la guerra y pronto se convirtió en una persona fundamental en la vida de Carlos: agradable y muy cariñosa, le ofrecería siempre ternura y comprensión; sería para él como una segunda madre. Para completar el staff había un lacayo específico para el príncipe, John Gibson, el cual se encargaba, entre otras cosas, de llevar cada mañana al pequeño Carlos su desayuno en una bandeja de plata.

Instalados en Clarence House, Lilibet y Felipe pudieron hacer vida a su aire durante unos meses, lo que significó salir a bailar con frecuencia, ir a fiestas de disfraces, visitar teatros y escaparse al campo cada fin de semana. Ninguno tenía gustos gastronómicos sofisticados y entre semana comían platos sencillos y tradicionales. Él desayunaba poco —café y una tostada— y ella optaba por huevos fritos con beicon y unos scones que le preparaba a diario Betty, la ayudante de cocina.26 El té se servía a las cinco en punto y consistía en una taza de Earl Grey acompañada de sándwiches de pepino, tostadas con mantequilla, potted meat —una especie de paté de carne— y un trozo de tarta de chocolate que Betty horneaba cada día. La cena era frugal: carne ahumada fría y un poco de ensalada o una salchicha con puré de patata, a veces con un dulce de postre. Ella no bebía alcohol —seguía con la tradición de la nursery de tomar zumo de naranja con las comidas— y él tan solo disfrutaba de una cerveza en el almuerzo y de un gin-tonic por las noches.27

Lilibet pronto estableció una plácida rutina: los días que no tenía actos oficiales desayunaba a las nueve menos cuarto, leía la prensa, subía a su sitting room a despachar el correo con su dama de compañía y salía de incógnito a dar un paseo con sus perros por el parque de Saint James ataviada con una gabardina y un pañuelo en la cabeza.28 Por las tardes, antes de tomar el té, se encargaba personalmente de dar de comer a los corgies: el lacayo le dejaba unos cubiertos de plata y unos cuencos con carne picada, verduras y jugo de carne, y Lilibet preparaba la mezcla y la servía. Después del té, pasaba un rato con Carlos. Los fines de semana, los Edimburgo iban a Windlesham y, cada domingo, Felipe organizaba un torneo de críquet con los criados.29

Felipe era, sin duda, quien mandaba en casa y se preocupaba de que todo funcionara con eficiencia militar. La princesa no tomaba ni una sola decisión sin consultar antes a su marido, pero le gustaba estar informada de lo que pasaba. Insistió en que todos los criados tuvieran buena asistencia médica, cuando ponían una película de cine invitaba a todo el servicio a verla y si alguien dejaba su empleo quería saber por qué. Dimisiones las hubo, sobre todo entre los miembros más jóvenes. Hay que tener en cuenta que, aunque las comodidades en cuanto al alojamiento eran destacables, los sueldos eran bastante justos y las horas, interminables. Había que atender cenas con frecuencia hasta muy tarde y los criados solo tenían una tarde libre cada dos semanas.30 Muchos optaron por buscar otros trabajos.

Mientras Lilibet disfrutaba de su vida de casada, Margarita comenzó a asumir un papel más destacado como princesa y, sobre todo, como icono de moda. A pesar de que su hermana era la heredera al trono, ella era la que más carisma tenía y la que más disfrutaba frente a las cámaras. A partir de 1948, cuando cumplió los dieciocho años y empezó a aparecer más en público, se convirtió en una de las mujeres más famosas y admiradas del mundo, con una popularidad equivalente a la de Elizabeth Taylor, con quien se la comparaba a menudo. Como la actriz de Hollywood, la princesa era de una gran belleza, con unos preciosos ojos azules y una sonrisa muy sensual. No era muy alta —apenas superaba el metro cincuenta—, pero tenía una figura muy esbelta y, como su hermana mayor, destacaba por su escueta cintura y su amplio busto.

No era de extrañar, por tanto, que su cara protagonizara portadas prácticamente a diario y sus estilismos generaran artículos enteros. Por aquel entonces, la moda femenina estaba cambiando con la irrupción del New Look que inspiró el francés Christian Dior: las faldas largas y de amplio vuelo con chaquetas muy entalladas substituyeron los modelos estilizados, rectos y entallados en boga desde los años veinte. Margarita ayudaría enormemente a popularizar el nuevo estilo.

Aparte de las típicas funciones que debía atender como princesa, Margarita no paraba de salir de fiesta, así que no era difícil verla en los restaurantes y nightclubs de moda, como el 400 Club, el Milory Club o el Café de Paris.31 En muchos de estos sitios se la veía fumar, un hábito que causó un pequeño escándalo porque las señoritas de alta alcurnia solo podían fumar en privado. A menudo bailaba animadamente hasta altas horas de la madrugada, incluso una vez protagonizó un enérgico cancán en la embajada de Estados Unidos.32 La prensa, por supuesto, daba buena cuenta de cada una de las salidas y de las horas intempestivas en las que la princesa regresaba a Buckingham. Sin embargo, a pesar de la mala publicidad que todo aquello generaba, sus padres no pensaron en ningún momento en castigarla.33

Los periódicos también llenaban páginas enteras con los rumores sobre posibles noviazgos de la princesa. Se la relacionó con multitud de hombres, como el multimillonario Billy Wallace; con Sunny Blandford, heredero del ducado de Marlborough y del fabuloso palacio de Blenheim; y, sobre todo, con el conde escocés Johnny Dalkeith, futuro duque de Buccleuch y Queensberry y heredero de una fortuna descomunal que incluía varios palacios y una destacada colección de arte.34 Este último hubiese hecho las delicias de la reina Elizabeth y también habría contado con el beneplácito del monarca. No obstante, aunque se llevaban bien, la princesa y él no acababan de encajar: a Dalkeith le encantaba el campo y a ella le costaba cada vez más dejar Londres y sus múltiples diversiones. Él se acabó comprometiendo con la modelo Jane McNeill; Margarita se fijó en otro hombre: Peter Townsend, un ayudante del rey Jorge VI.

Mucho mayor que Margarita, pero con un atractivo indudable, Townsend estaba totalmente alejado de la realeza: no solo pertenecía a la clase media —su padre había sido un discreto funcionario en la India—, sino que no conoció el mundo de la clase alta hasta que entró a trabajar para el monarca. Lo consiguió únicamente por sus méritos militares: el rey había insistido en tener un nuevo equerry —literalmente, un caballerizo, aunque sus funciones eran más de secretario y ayuda de campo— que viniera de la Real Fuerza Aérea para poner en valor el papel crucial de los pilotos durante la guerra. Todos le recomendaron a Townsend, un hombre condecorado por su heroísmo durante la batalla de Inglaterra, en donde había formado parte del Escuadrón 43 de Hurricanes. Jorge VI y él congeniaron enseguida y Townsend se hizo rápidamente indispensable para el soberano. Incluso el biógrafo Theo Aronson llegó a afirmar que su relación se parecía a la de un padre y un hijo.35 Ambos eran muy parecidos, incluso físicamente: los dos eran tímidos pero muy valientes, muy religiosos y compartían el mismo sentido del humor. También eran muy responsables y sufrían mucho por la presión: la dureza de la guerra le había provocado a Peter una crisis nerviosa por la que tuvo que ser hospitalizado durante tres meses.

Townsend se casó en 1941 con la bonita y ambiciosa Rosemary Pawle, hija de un brigadier. El día de la boda apenas se conocían bien y pronto se dieron cuenta de que tenían poco en común. Tuvieron dos hijos y cuando Peter fue nombrado equerry, la Corona les concedió una pequeña casa cerca de Windsor, Adelaida Cottage. Rosemary estaba encantada con el nuevo trabajo de su marido, pero a los pocos meses entendió que las obligaciones de él la iban a dejar con frecuencia completamente sola. El matrimonio se fue distanciando poco a poco y llegó un momento en que se convirtieron en extraños.

Al mismo tiempo que ellos se alejaban, Townsend y la princesa se acercaban. La primera vez que se vieron, ella tenía tan solo catorce años y ninguno reparó en el otro. Pero con los años comenzaron a conocerse y a encontrarse mutuamente fascinantes. Ella era vivaz y preciosa; él era también muy atractivo y, además de su imagen heroica, mostraba una de esas venas melancólicas, sensibles y espirituales que muchas mujeres encuentran irresistibles. En un viaje oficial que la princesa hizo a Holanda en 1948 a muchos les extrañó que Townsend y ella aprovecharan cualquier oportunidad para estar solos. Incluso en los bailes oficiales se les veía bailar juntos todo el rato.

Lilibet no pudo intuir al principio el torbellino que se acercaba por la relación entre su hermana y el equerry de su padre. Estaba demasiado ocupada con su nueva vida y, además, tuvo que hacer frente por entonces a uno de los peores disgustos de su vida: Lilibet se enteró de que Crawfie iba a escribir un libro sobre Margarita y ella.

Nunca se ha podido averiguar exactamente qué pasó para que alguien de tanta confianza decidiera romper la discreción que se le presuponía para poner por escrito sus memorias con las princesas, aunque hay varias teorías.

Después de servir con auténtica devoción a la familia real durante más de una década, a finales de 1948 Crawfie quiso retirarse. Lilibet ya era una mujer casada y Margaret había acabado sus estudios, con lo que no tenía sentido seguir ejerciendo de institutriz. Jorge VI le agradeció sus servicios con una condecoración —le impuso la Orden de la Reina Victoria— y una casita para su uso y disfrute de por vida dentro del recinto del palacio de Kensington. Conocida como Nottigham Cottage, era un lugar bucólico, con una fachada de ladrillo rojo y un encantador jardincillo con rosas, lavanda y claveles blancos. La reina María se encargó personalmente de que le cedieran mobiliario victoriano y también dispuso papeles pintados para las paredes con estampados de florecillas.

El cambio de residencia también coincidió con un cambio de estatus social: en 1947, Crawfie, entonces de treinta y ocho años de edad, se había casado con George Buthlay, un contable de poca monta que trabajaba en la banca Drummonds y que estaba divorciado. Desde el primer momento, Buthlay había intentado rentabilizar los contactos de su mujer con la realeza: quiso que el director de Finanzas de Buckingham le consiguiese un puesto importante en el Banco de Escocia y maquinó para que la familia real moviese sus suculentas cuentas bancarias del Coutts a la entidad donde él trabajaba. Según Hugo Vickers, uno de los biógrafos de la reina Elizabeth, su influencia sobre Crawfie fue horrenda: la manipuló sin piedad y la presionó para que exigiera más prebendas de los reyes. De este modo, la institutriz comenzó a quejarse de que su paga era inadecuada, de que no se la trataba bien, incluso de que la condecoración que le habían otorgado era de poca monta y que se merecía una de mayor rango.36

En paralelo, Bruce y Beatrice Blackmar Gould, editores de la revista Ladies’ Home Journal de Estados Unidos, la mayor publicación femenina del país, estaban buscando a alguien que escribiese sobre la vida de la princesa Isabel y sobre cómo se estaba preparando para ser reina. A través de varios contactos dieron con Crawfie, la cual al principio se negó en rotundo. Pero los editores insistieron y pusieron sobre la mesa un suculento cheque. Algunos dicen que era de seis mil quinientos dólares; otros aseguran que rondó los ochenta y cinco mil.

Según lo que se ha podido averiguar, Crawfie preguntó a la reina Elizabeth sobre la posibilidad de aceptar el encargo. Esta, que seguía siendo un lince para las relaciones públicas, entendió el valor de publicitar a sus hijas en Estados Unidos, pero no quería que nadie a su servicio se fuera de la lengua para no sentar un precedente. Se conserva una carta de la reina Elizabeth a Crawfie en la que se lo deja claro categóricamente: «Creo firmemente que no debes escribir ni firmar artículos sobre las niñas, ya que las personas a las que prestamos nuestra confianza tienen que ser herméticas».37

Sin embargo, hay quienes sostienen —y todo parece indicar que están en lo cierto— que la reina le dio permiso para trabajar con un escritor, revelar algunos detalles sin importancia y cobrar por ello. A partir de aquí comenzó el entuerto: según Crawfie, Buckingham le dejó escribir el libro siempre y cuando no se publicase con su nombre —tendría que usar un pseudónimo— y palacio viese antes el manuscrito. Sin embargo, hay otras versiones que niegan semejante acuerdo y consideran que Crawfie, aunque bienintencionada, fue víctima de las malas artes de editores sedientos de noticias sensacionalistas. En esto hay algo de verdad, porque la institutriz no se dio cuenta de que en el voluminoso acuerdo legal que le hicieron firmar había cláusulas bastante retorcidas que se podían interpretar de varias maneras. Así, el libro podría publicarse en cualquier país fuera de Estados Unidos y con su nombre estampado en la portada.

Sea como fuere, Crawfie trabajó con un escritor para dar forma al texto, el cual leído ahora no puede resultar más servicial, anodino y beneficioso para la monarquía. Lilibet queda retratada como una perfecta princesa y su hermana, como una niña deliciosa, algo traviesa pero muy simpática. Los reyes son tratados con absoluto respeto y admiración. Sin embargo, leído desde la óptica de finales de los años cuarenta, en un momento en que no se podía decir nada de la monarquía que no fueran halagos empalagosos, aquello era pura dinamita: reconocía que Lilibet no había recibido una educación esmerada, que se había criado en una burbuja de cortesanos y muy alejada de personas normales, y daba a entender que sus padres eran algo gandules, no excesivamente cultos y que trabajaban lo mínimo. Desvelaba cómo eran las habitaciones de palacio y qué comían, incluso qué cócteles se servían en el yate real. Explicaba los romances de Lilibet de pequeña —Owen, el caballerizo que le enseñó a montar a caballo, fue supuestamente su primer amor platónico—, por no decir que es el relato más detallado y fidedigno del noviazgo entre Lilibet y Felipe.

Una copia del manuscrito llegó a Buckingham. Se sabe que la reina Elizabeth lo leyó y comentó en voz alta: «Creo que Crawfie ha perdido la cabeza». Pero semejante comentario no detuvo su edición. Cuando, en contra de los propios deseos de Crawfie, el libro fue finalmente publicado con el título de The Little Princesses (Las pequeñas princesas) y el nombre de la institutriz en portada, se convirtió en un fenómeno de ventas a ambos lados del Atlántico.

Las órdenes de Buckingham no se hicieron esperar: inmediatamente le dijeron a Crawfie que debía abandonar su casa en Kensington. En otoño de 1950, la antigua institutriz hizo las maletas y partió a su Escocia natal. La familia real nunca volvió a dirigirle la palabra ni a escribirle una simple carta. Consumida por los remordimientos y la pena, fue desarrollando una enfermedad mental que le acabó provocando una crisis nerviosa. Cuando murió en Aberdeen en 1988, nadie de la familia real envió flores ni una triste nota de condolencia.

Aparte del disgusto por la traición de Crawfie, Lilibet tuvo que hacer frente a cambios repentinos en su equipo. Su secretario privado, Jock Colville, la dejó para reincorporarse al cuerpo diplomático y con él partió Margaret Egerton, ya convertida en su esposa. Fueron sustituidos rápidamente por lady Alice, hermana de Margaret, y por el coronel Martin Charteris, un tipo de rostro serio, calvo y con un llamativo bigote, sabio y con un sentido del humor muy cáustico, que se convertiría en uno de los colaboradores más cercanos de la futura reina.

Charteris tenía el pedigrí perfecto. Nieto del duque de Rutland, educado en Eton y en la academia militar de Sandhurst, si bien era un miembro clarísimo del establishment, no era en absoluto pomposo y tenía una vena bohemia. Incluso esculpía en sus ratos libres. Aunque estaba casado con Mary Margesson, hija de un vizconde, él mismo reconoció que se enamoró de la princesa en cuanto la vio por primera vez en noviembre de 1949.38 Lilibet, por su parte, admiraba que Charteris hubiese servido como soldado y que hubiera pasado muchos años en Oriente Medio. Su experiencia geopolítica le vendría muy bien en los años venideros.

Poco después de que el nuevo equipo estuviera formado, Lilibet emprendió uno de los capítulos más apasionantes de su vida: dado que la salud de su padre había mejorado sustancialmente, se permitió que Felipe retomara su carrera naval en el extranjero y a finales de 1949 fue destinado a Malta como teniente y segundo en el mando del buque de guerra HMS Chequers. En la isla llevaba tiempo instalado su tío, Dickie Mountbatten.

El 20 de noviembre, la princesa tomó un avión y partió hacia Malta. Tras pasar un par de noches de rigor en la residencia del gobernador y participar en unos cuantos actos protocolarios —visitar un hospital y una fábrica, inaugurar una placa en honor de los soldados que habían luchado en la guerra—, se instaló en Villa Guardamangia, la residencia de los Mountbatten, un precioso edificio de piedra color miel situado a las afueras de La Valeta, la capital de la isla. El lugar parecía sacado de un cuento medieval y contaba con un agradable patio interior repleto de plantas y naranjos. A Lilibet le gustó desde el primer momento. Allí pasaría algunos de los momentos más felices de su vida y, sin duda, algunos de los únicos en los que se pudo comportar como una persona completamente normal y anónima. Su día a día no era muy distinto al del resto de mujeres de oficiales: iba de compras ella misma, llamaba a la peluquería para pedir hora y se arreglaba el pelo con el resto de naval wives, las esposas de los marinos. No era difícil verla conduciendo su propio coche o nadando en el Mediterráneo. Los fines de semana y los días en que Felipe tenía permiso iban juntos a bailar al hotel Phoenicia, o a pícnics, o a hacer excursiones en barco a calas cercanas. Él se aficionó al polo; ella no se perdía ni un solo partido. En más de una ocasión inmortalizó el momento con una pequeña cámara cinematográfica.

Lilibet y Felipe eran felices. Pero sin duda quien más eufórico estaba era Dickie Mountbatten, que entendió que aquella oportunidad de convivir con la princesa lo iba a acercar irremediablemente a la futura reina. Y la verdad es que ella le llegó a tomar cierto aprecio. El entorno de la princesa no vio con buenos ojos aquellos acercamientos de Mountbatten y la reina Elizabeth le decía a su hija que no le diera demasiadas confianzas. Dickie, le vino a advertir, solo quería aprovechar cualquier oportunidad que se le presentara para trepar socialmente.

Mientras sus padres se divertían en Malta, Carlos estaba en Londres a cargo de sus nannies y sus abuelos maternos. Se había decidido que aún era demasiado pequeño como para salir de Londres y, además, no hay duda de que Lilibet y Felipe querían aprovechar su estancia en Malta para vivir sin ataduras. Por ello, aunque la princesa volaba con cierta frecuencia a Buckingham para ver a su familia y pasaba las Navidades en Sandringham, la verdad es que apenas compartía tiempo con su hijo —Felipe no lo vio en un año entero— y solo estaba al tanto de su crecimiento a través de las cartas entusiastas que le escribían sus padres. «Carlos es demasiado delicioso como para describirlo con palabras», le contaba una vez Jorge VI. Con los años, el príncipe de Gales pondría la estancia en Malta de sus padres como un ejemplo de lo solitaria que fue su infancia, aunque la verdad es que estaba rodeado de cariño y afecto. Además, entonces comenzó su pasión por su abuela, la reina Elizabeth, una mujer a la que llegó a adorar y que ejerció de verdadera madre.

Lilibet tan solo volvió a pasar una larga temporada en Londres en los últimos meses de su nuevo embarazo. El 15 de agosto de 1950, a las 11.50 horas de la mañana, nació en Clarence House la princesa Anne Elizabeth Alice Louise, Ana Isabel Alicia Luisa. Su padre había llegado a Inglaterra unos días antes del parto, pero no se quedó demasiado tiempo: el 1 de septiembre regresó a sus obligaciones en Malta. Lilibet querría haberlo acompañado, pero prefirió quedarse unos meses amamantando a la pequeña. No partiría a Malta hasta diciembre y fue allí donde pasó las Navidades. Los pequeños Carlos y Ana se quedaron nuevamente al cuidado de sus abuelos y pasaron las fiestas en Sandringham con ellos.

De vuelta en la isla mediterránea, a Felipe le ascendieron y lo nombraron comandante de su propia fragata, el HMS Magpie. Sus subordinados reconocieron que era muy competitivo y tenía que ser el mejor en todo. Algunos lo admiraron; otros lo odiaron y aseguraron que no querían volver a servir con él bajo ninguna circunstancia.39 A muchos de estos les quedaba el consuelo de saber que, de vez en cuando, Felipe tenía que abandonar el barco para acompañar a su esposa a algún compromiso real. Aunque la princesa había insistido en que quería hacer vida normal, desde Buckingham le programaron algunos viajes oficiales. El matrimonio fue a Grecia y también en abril de 1951 a Roma. A Lilibet le entusiasmaba la idea de conocer Italia y le hubiese encantando disfrutar de algún momento a solas para pasear por las callejuelas de la capital y disfrutar de una cena en alguna típica trattoria. Pero las autoridades le habían preparado varias recepciones e incluso una fiesta de cumpleaños.

Desgraciadamente, aquel viaje fue un desastre para ella. No solo se sintió incomodada e incómoda rodeada de sofisticados y elegantísimos nobles italianos, sino que tuvo que soportar que, por primera vez en su vida, la prensa la criticara abiertamente. Algunos periódicos no tuvieron reparo alguno en llamarla cateta y en afirmar que la futura reina no tenía ningún estilo a la hora de vestir. Que alguna condesa flirteara con Felipe fue la gota que colmó el vaso. Lilibet regresó a Malta feliz porque sus días italianos hubiesen acabado.

No tuvo demasiado tiempo para descansar: desde Londres le llegaban noticias cada vez más preocupantes. La salud del rey estaba empeorando rápidamente y en mayo le anunciaron que estaba pálido y con fiebre, con una tos profunda y ronca que alarmaba a la corte. Lilibet sabía que su padre apenas había descansado en los últimos meses a causa de los problemas internacionales —en verano de 1950 había empezado la guerra de Corea y se sabía que los rusos estaban desarrollando su propia bomba nuclear—, y quiso creer que los problemas de salud de Jorge VI eran transitorios y que pronto se recuperaría.

No fue así. Desde Buckingham se dieron órdenes para que la princesa acelerase su formación como heredera y se le enviaban informes del Gobierno a diario para que se familiarizase con ellos. Además, cada día leía de arriba abajo The Times para conocer la marcha de los asuntos diplomáticos. Cuando los médicos detectaron al rey una inflamación en el pulmón izquierdo, se ordenó a Lilibet y a su marido que regresaran a Londres de inmediato. En el avión que los llevaba a Inglaterra, Felipe tuvo el mal presentimiento de que aquello era el final de su carrera en la Marina y de que pronto les obligarían a dejar Malta para siempre. Estaba en lo cierto: a principios de septiembre, unas pruebas revelaron un tumor en el pulmón del rey. Tras varios análisis, se confirmó que era maligno. Muchos años después, el propio Felipe explicaría que asumió todo aquello con calma. Sin embargo, no hay duda de que le dolió sobremanera y durante días se le vio taciturno y malhumorado.40

Nadie le dijo al soberano lo que tenía realmente: se le informó de que se trataba de una «obstrucción». Siguió trabajando en su despacho y, en octubre de 1951, tomó juramento al nuevo primer ministro. Para su alegría, los conservadores habían vuelto a ganar y Winston Churchill regresaba a Downing Street. Pero ninguno de los dos eran los mismos: Churchill había envejecido notablemente y el rey estaba tan pálido que se ponía unos polvos de maquillaje para disimular. A ninguno se le escapó que el otro estaba en un estado lamentable. Churchill se preocupó tanto por la salud del monarca que hizo que su médico personal, lord Moran, leyese el expediente que habían preparado los doctores del soberano y le explicase qué posibilidades tenía de sobrevivir. Pocas, muy pocas, le vino a decir Moran.

Ni a la reina Elizabeth ni a sus hijas se les ocultaron los detalles de la salud del rey. También fueron las primeras en saber que Jorge VI iba a necesitar una complicada operación quirúrgica para extirparle el pulmón. La intervención se realizó en palacio y duró tres horas. Si bien los médicos consideraron que había sido un éxito, sería imposible que reasumiese sus actividades durante meses, mucho menos que viajase al extranjero. Se decidió que Lilibet y Felipe se hicieran cargo de la agenda real.

En Buckingham llevaban tiempo preparando un gran viaje de Estado a Canadá y Washington para los reyes, pero fueron la princesa y su marido quienes el 7 de octubre cruzaron el Atlántico en avión. El secretario privado de Lilibet llevó en su maletín los documentos de sucesión por si el rey moría y la doncella de la princesa empaquetó ropa de luto por si acaso.

Ya en tierra canadiense les esperaba una intensa agenda de más de un mes en donde cada día iban a tener decenas de actos. La idea era que tomasen un tren y recorriesen el país de punta a punta. En tan solo una jornada en la región de Ontario tuvieron que visitar ocho ciudades distintas. Además, como ya había hecho la reina Elizabeth años antes, se esperaba que Lilibet y Felipe se parasen en cualquier pueblecito a saludar. Daba igual si eran altas horas de la madrugada.

Lilibet lo intentó hacer lo mejor que pudo: habló un perfecto francés en Quebec, saludó todo el rato y cumplió a rajatabla la agotadora agenda. Pero los canadienses no acabaron de empatizar con ella: muchos recordaban el carisma descomunal de su madre y a ella la veían como a una muchachita excesivamente seria y con cara de disgusto. Que Felipe metiera la pata con algún que otro comentario desafortunado —llegó a decir que Canadá era una buena inversión para el Reino Unido, lo que sonó excesivamente imperialista— no ayudó. La prensa acabó criticándolos sin piedad: de ella dijeron, más o menos, que era una sosa aburrida; de él aseguraron que era un bocazas altivo. Su equipo de ayudantes intentó desesperadamente que Lilibet sonriese más y se mostrase más cercana. Ella, de tantos nervios que pasaba, explotó un día. El matrimonio se enzarzó en peleas a gritos y se escuchó en alguna ocasión a Felipe llamar a su esposa «bloody fool», algo así como maldita imbécil.

Afortunadamente, cuando llegaron a Washington, las cosas se habían calmado lo suficiente como para verlos más relajados en público. El presidente Truman y su mujer, Bess, los recibieron con los brazos abiertos en la Casa Blanca.

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