La Reina
10 Larga vida a la reina
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10 Larga vida a la reina
La mañana del 31 de enero, el rey acompañó a su hija y su yerno al aeropuerto de Londres para despedirse. Era un día gélido de invierno y la cara del Jorge VI temblaba levemente por el frío mientras miraba cómo Isabel, enfundada en un grueso abrigo de pieles, subía la escalinata de la aeronave Atalanta.
En las cámaras de televisión, el monarca apareció triste y muy estropeado, con las mejillas hundidas y la piel blanquecina, lo que delataba la gravedad de su enfermedad. Sin embargo, Buckingham seguía sin reconocer que tenía cáncer y continuaba insistiendo en que se trataba de problemas de bronquios. Pero a nadie le convencía ya semejante explicación.
Dado su delicado estado, los médicos habían desaconsejado que el soberano fuese de viaje oficial a Australia y Nueva Zelanda por lo que, en el último momento, se decidió que Isabel y Felipe irían en su lugar. La pareja primero volaría a Nairobi, en Kenia, donde estaría unos días, y desde allí partirían hacia la ciudad de Mombasa, donde se embarcarían en el SS Gothic rumbo a lo que entonces se conocía como Ceilán y, más tarde, a Australia y Nueva Zelanda.
Ya que se trataba de un viaje oficial, el matrimonio iba acompañado de un nutrido séquito: el comandante Martin Charteris, secretario privado de la princesa; lady Pamela Mountbatten como dama de compañía; y el teniente Michael Parker como secretario del duque. La fiel doncella Bobo MacDonald también estaba con ellos. Aunque les esperaban días duros, repletos de actos oficiales, dentro del avión se oían risas a carcajada limpia.

En cuanto el avión despegó, el rey regresó al coche oficial y puso rumbo a Sandringham, su palacio favorito, el lugar donde había nacido y había pasado los mejores momentos de su niñez. Seguramente porque el sitio le gustaba tanto, al cabo de pocos días se sintió con fuerzas para salir de cacería.
El 5 de febrero se levantó muy temprano, tomó sus rifles y, acompañado de lord Fermoy, uno de sus mejores amigos, pasó el día entero en el campo a pesar de que hacía un frío polar. De regreso al palacio, el monarca estaba de un estupendo humor.
Luego cenó con su mujer y su hija pequeña, dio un pequeño paseo por los alrededores y, a las diez de la noche más o menos, escuchó el parte de radio dedicado al viaje de Lilibet. Al día siguiente, como de costumbre, James MacDonald, su ayuda de cámara, llamó a la puerta de la habitación real a las siete y media y entró portando una bandeja con una tetera. Dejó la bandeja en la mesita de noche, descorrió las cortinas y dio los buenos días. Pero no hubo respuesta. El rey había muerto.

En el mismo momento en que su padre expiraba su último aliento, Lilibet estaba subida en un árbol viendo elefantes.
Después de aterrizar en Kenia, la pareja real había cumplido con unos cuantos actos oficiales en Nairobi, pero también se habían reservado unos días libres para disfrutar de excursiones por su cuenta. El Gobierno del país les había entregado como regalo de bodas el Royal Lodge, un precioso pabellón hecho con piedras y troncos de cedro en la región de Sagana, en la ladera de la montaña conocida como Kilinyaga por la tribu kikuyu y como Mount Kenya por los británicos. Allí, Lilibet y Felipe disfrutaron dando largos paseos y pescando en un río cercano.
La pareja, sin embargo, había abandonado unas horas el Royal Lodge para ir al parque natural de Aberdare, donde era fácil avistar elefantes, monos y rinocerontes en libertad. Isabel sabía que se habían construido allí casas de madera sobre las copas de los árboles para poder disfrutar de unas vistas privilegiadas e insistió en pasar una noche allí para grabar con su cámara imágenes del amanecer.
Aquel fatídico día, mientras fijaba sus ojos azules en un gran elefante que bebía agua tranquilamente en un manantial cercano, Lilibet sin saberlo estaba disfrutando de sus últimas horas de libertad. A partir de entonces, ya nada sería como antes.

El 6 de febrero de 1952, a las dos menos cuarto de la tarde, hora local, Martin Charteris se disponía a almorzar en el comedor del hotel Outspan, en la pequeña ciudad de Nyeri, cuando un periodista inglés que estaba cubriendo el viaje de la princesa y su marido le alertó de la terrible noticia.
Charteris corrió a telefonear al Royal Lodge. Por entonces, la nueva monarca ya había regresado con su marido de Sagana. Aunque el pabellón se había construido con todas las facilidades, solo había un teléfono. El comandante Michael Parker fue quien recibió la comunicación. Al conocer la triste noticia, solo pudo exclamar: «Dios santo».
Todavía con el aparato en la mano, Parker miró rápidamente a su alrededor para saber dónde se encontraba la nueva reina. Lilibet estaba descansando en un acogedor salón con paredes pintadas en color crema, suelos de madera y una gran chimenea de piedra. Su marido estaba en el dormitorio de al lado, tumbado en la cama. En otra habitación contigua estaban Margaret MacDonald, la doncella, y John Dean, el ayuda de cámara de Felipe, los dos limpiando zapatos. Al día siguiente estaba previsto que la comitiva fuese en avión hasta Mombasa y que allí tomasen el SS Gothic, por lo que estaban preparando el equipaje.
Parker se dirigió al dormitorio del duque de Edimburgo, lo despertó de la siesta y le comentó la triste noticia. Sin poder articular palabra, Felipe dio un ligero golpe de cabeza para indicar a Parker que podía irse. Abrumado y compungido, Felipe fue a sala de al lado, le dijo a su mujer que le acompañase un momento al jardín y allí, bajo la larga sombra del monte Kenia, le comunicó a su esposa que su padre había muerto.

Al conocer la horrible noticia, la nueva reina se encerró en su habitación durante más de una hora. Salió con la cara pálida y los ojos rojos del llanto. Lady Pamela, comprendiendo su sufrimiento, se acercó a darle un abrazo, pero pronto se dio cuenta del error que estaba cometiendo: «Oh, Dios mío, pensé. Ya no es una princesa, ahora es la reina. Y no se puede abrazar a la reina». Por lo que se apartó y le dedicó una gran reverencia al tiempo que le decía: «Your Majesty...».
Lilibet, manteniendo su tradicional compostura, simplemente respondió: «Lo siento mucho, esto significa que debemos regresar a Inglaterra y que vamos a tener que desmantelar los planes del viaje». A los pocos minutos se sentó en su escritorio, comenzó a preparar cartas para su familia e hizo que se enviaran rápidamente telegramas a Australia y Nueva Zelanda para posponer su visita oficial. A todos a su alrededor les sorprendió su enorme calma.
El coronel Charteris llegó lo más rápido que pudo al Royal Lodge. Después de dirigirle una reverencia y darle sus condolencias, le preguntó cómo deseaba ser llamada como reina (según la costumbre, los monarcas pueden adoptar el nombre que deseen).
—¿Cuál va a ser su nombre? —inquirió Charteris.
—El mío propio, por supuesto..., ¿cuál si no? —contestó ella.
—Long live to Queen Elizabeth —pronunció Charteris con toda la solemnidad de la que fue capaz. Larga vida a la reina Isabel.

Rápidamente se dispuso todo para que la nueva monarca regresara lo más rápido posible a Londres. En tan solo una hora, todas las maletas estaban ya listas y un avión especial de las East Africa Airlines estaba de camino hacia Nanyuki, el aeródromo más cercano al Royal Lodge. Bobo MacDonald removió toda la ropa hasta que dio con un abrigo y unos zapatos negros que la nueva reina podría usar como luto, pero no encontró ningún sombrero a juego, por lo que inmediatamente se telegrafió a Londres para que tuvieran uno listo a la llegada de la soberana al aeropuerto.
A las seis de la tarde, Lilibet salía del Royal Lodge. Como no iba vestida con ropa de luto aún —el abrigo negro no era apropiado para las altas temperaturas de Kenia—, Martin Charteris indicó a los periodistas que no tomasen ni una sola fotografía, y estos obedecieron. A aquella hora, la noticia ya era conocida por los lugareños y muchos se acercaron a ver a su nueva monarca.
El vuelo de regreso a casa fue largo y repleto de turbulencias. Lilibet no se enfundó la ropa negra hasta el último momento, como si quisiera aplazar lo más posible la triste realidad que le esperaba una vez tocase tierra. Sin embargo, al aterrizar, ya no pudo evitar hace frente a lo que le venía encima.
En cuanto el avión frenó, un ayudante de palacio subió a toda prisa las escalerillas y entró en el aeroplano con una gran caja que llevaba dentro un pequeño sombrero negro con unas discretas plumas. Una vez la reina se lo colocó, salió del avión. En tierra la esperaban el primer ministro, Winston Churchill, varios miembros del Gobierno, uno de sus tíos —el duque de Gloucester— y Dickie Mountbatten. A nadie se le escapaba que Churchill estaba especialmente compungido y apenas podía contener las lágrimas, por lo que cuando besó la mano de su nueva soberana no pudo decir nada por miedo a romper a llorar. Isabel estaba también emocionada, pero fiel a su temperamento, mantuvo la calma y simplemente murmuró: «Es una vuelta a casa muy trágica».
El coche oficial la llevó directamente a Clarence House. Su abuela, la reina María, ya estaba esperándola en uno de los salones vestida de un luto riguroso, con un tupido velo cubriéndole el rostro. Guardiana de las esencias de la monarquía y apegada como nadie a las tradiciones y al protocolo, quería ser la primera en besar la mano de su nueva soberana. Al verla, no pronunció una sola palabra, solo le tomó la mano, la besó y luego le dirigió una solemne reverencia, con la rodilla izquierda prácticamente tocando el suelo, a pesar de sus ochenta y cuatro años.

Al día siguiente, 8 de febrero de 1952, la nueva reina se trasladó al palacio de Saint James para su proclamación formal como soberana, una ceremonia breve y privada en que los principales consejeros del reino ratifican el cambio en el trono. El denominado Garter King of Arms leyó solemnemente el texto que la nombraba reina de Inglaterra y luego Isabel se dirigió al Accession Council, el Consejo de Acceso al trono, para jurar su declaración de soberanía. Allí pronunció un discurso cargado de emoción: «Trabajaré, como mi padre hizo durante todo su reinado, para avanzar en la felicidad y prosperidad de mi pueblo, disperso como está por todo el mundo... Rezo a Dios para que me ayude a desarrollar honrosamente esta ardua tarea que se me ha puesto por delante tan pronto en mi vida». Cuando acabó las últimas palabras, sus labios temblaban y los ojos se llenaron de lágrimas. De vuelta en el coche, rompió a llorar desconsolada.
Aquella misma tarde puso rumbo a Sandringham para ver a su madre y a su hermana y dar un último adiós al cuerpo embalsamado de su padre. Encontró a Elizabeth y Margarita en estado de shock, demasiado aturdidas aún como para articular palabra. Sobre todo la viuda, ahora la reina madre, que a pesar de su estoicismo y fortaleza innata estaba devastada, aunque mantuvo las formas y le hizo a su hija una profunda reverencia.
Lilibet sintió lástima por ella, pero no pudo dedicar demasiado tiempo a consolarla. En realidad, durante los días siguientes no tuvo ni un minuto libre. Supervisó personalmente el funeral y determinó que el féretro de su padre siguiera la misma ruta que el ataúd de su abuelo en 1936. De una pequeña iglesia en Sandringham se lo trasladó a la estación de Wolferton, fue en tren hasta Londres y en la capital lo colocaron en un armón hasta Westminster Hall. En la inmensa sala se instaló la capilla ardiente, que estuvo abierta al público durante tres días.
Una vez en Londres, Isabel recibió a decenas de dignatarios: una delegación de parlamentarios de la Cámara de los Comunes, representantes de países de la Commonwealth, ministros y embajadores. Tan solo en una misma tarde concedió audiencias al presidente de la República Francesa y al de Turquía. También tuvo que atender a familiares venidos de todas partes del mundo, incluido al uncle David, duque de Windsor, el cual estaba en Nueva York cuando se enteró de la muerte de su hermano y rápidamente partió hacia Inglaterra a bordo del trasatlántico Queen Mary. Wallis no lo acompañó: la familia real aún no estaba preparada para semejante gesto. Elizabeth, Lilibet y Margarita tuvieron la elegancia de recibirlo para tomar el té. La reina María pensó que aquella deferencia serviría para enterrar las rencillas pasadas. Pero se equivocaba: la grieta seguía intacta e incluso Elizabeth comenzó a hacerlo responsable de la muerte de su esposo. Creía que la dura carga de convertirse en rey había llevado a Bertie a la tumba. Pero todos mantuvieron las formas y se trataron con exquisita, aunque fría, educación.
El 16 de febrero, una larga procesión de soldados portó el féretro del rey de nuevo hacia la estación. Isabel se emocionó al comprobar las muestras de cariño durante todo el trayecto: miles de personas se habían agolpado en las calles de Londres para acompañar al monarca en su último viaje. Un silencio sepulcral y respetuoso cubría la ciudad, tan solo interrumpido por algún sollozo amargo y los pasos rítmicos de los soldados dando escolta. El ataúd fue depositado en un tren y trasladado a Windsor. El funeral se ofició en la capilla de San Jorge: Isabel entró justo detrás del ataúd, seguida por sus tíos, los duques de Windsor y de Gloucester. Después del responso, se llevó a cabo el enterramiento frente del altar. Isabel tomó un puñado de tierra y lo esparció sobre el féretro. Aquello, simbólicamente, fue el último adiós a su padre.

Tan solo tres días después de haber regresado a Londres, Lilibet tuvo que hacer frente a la primera crisis de su reinado: ¿la dinastía seguía siendo Windsor o era ahora Mountbatten?
Al parecer, la controversia surgió cuando Dickie anunció en una fiesta privada en su finca de Broadlands que «la casa de Mountbatten ahora reinaba».1 El comentario llegó a oídos de la reina María y esta, muy alterada por semejante «aberración» —no pudo dormir siquiera—, mandó llamar a Colville, aquel antiguo secretario privado de Isabel que estaba de nuevo al servicio de Churchill en Downing Street. Colville trasladó la noticia al primer ministro y Winston informó al Gobierno en pleno. Todos los ministros se mostraron en contra de un cambio tan drástico: la Casa Real debía continuar con el apellido Windsor.
Churchill comunicó la decisión a la soberana y ella dio su conformidad a mantener las cosas como estaban. Pero su marido montó en cólera al saberlo. Aquello significaba que su mujer y, sobre todo, sus hijos, no podrían llevar su apellido. Felipe les echó una bronca descomunal a varios altos oficiales de la corte por haber defendido la permanencia del nombre y escribió una carta muy enérgica al primer ministro para que reconsiderara su decisión. Incluso propuso que, como término intermedio, se descartase Mountbatten pero le dejasen apellidar a sus hijos Edimburgo.2 Churchill no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y su voluntad se impuso.
Para complicar aún más las cosas, se informó a Felipe de que no recibiría el título de príncipe consorte ni nada por el estilo, una distinción que sí que había disfrutado el marido de la reina Victoria. Tampoco tendría acceso a papeles oficiales —las famosas red boxes— ni podría estar presente en las audiencias semanales entre la reina y su primer ministro. Churchill no quería que el duque hiciera sombra a la joven monarca, una mujer de escasísima experiencia y fácilmente impresionable aún, por lo que limitó todo lo que pudo la influencia del duque. A partir de entonces, su trabajo consistiría, únicamente, en acompañar a la soberana en actos oficiales, cuidar de sus hijos y hacerse cargo de las explotaciones agrícolas y ganaderas de las fincas de la Corona. Como mucho, podría asistir a actos de beneficencia. Felipe estuvo enfadado durante semanas.
Todo aquello lo disgustó más de lo que muchos se pudieron figurar y creó una brecha en su matrimonio que, con el tiempo, se fue agrandando peligrosamente. La reina no se dio cuenta de que el amor propio de Felipe había sido mancillado y, sobre todo, aún no tenía la confianza en sí misma necesaria para enfrentarse a un primer ministro. Además, no es que su marido gestionara el tema con tacto y delicadeza precisamente: en vez de intentar congraciarse con Churchill o sus ministros, se enfrentó a ellos, lo que provocó que Downing Street reaccionara con una fiereza quizá excesiva.
Felipe también perdió otra importante batalla: quería quedarse a vivir en Clarence House y usar Buckingham solo para actos oficiales. Pero la corte se opuso tajantemente y, otra vez, Churchill le dejó claro a la reina que el «hogar de la monarquía es Buckingham». Así que el matrimonio y sus hijos tuvieron que hacer las maletas e instalarse en sus nuevas dependencias en el ala norte del palacio. Lilibet y Felipe ocuparon el primer y segundo piso; la nursery de Carlos y Ana se instaló justo encima de sus habitaciones. Los chiquillos no notaron el cambio: eran todavía muy pequeños —Carlos tenía tres años y Ana, año y medio— y sus rutinas apenas se alteraron.
Quizás para compensar tanto ajetreo, la reina se trajo a todo el equipo que la había acompañado como princesa. Aunque, siguiendo la tradición, Tommy Lascelles continuó ejerciendo como secretario privado de la monarca, Martin Charteris se convirtió en vicesecretario y Mike Parker se mantuvo a las órdenes del duque de Edimburgo. Bobo MacDonald y John Dean también los acompañaron. En sus memorias, Dean explicó que sus nuevas habitaciones en Buckingham eran espaciosas y muy cómodas, con vistas a Constitution Hill y los jardines de palacio. «Tenía un gran dormitorio, una sala de estar, una pequeña oficina y dos estancias para guardar ropa y uniformes, todo decorado recientemente y alegrado con estampados florales», describió.3
A través de sus memorias también sabemos que los primeros días de Felipe en su nuevo hogar fueron un desastre: sufrió ictericia —se le puso la piel amarilla y tuvo que guardar cama tres semanas—. Al recuperarse, Mike Parker y él dedicaron días enteros a recorrer todos los rincones del palacio para familiarizarse con su funcionamiento y proponer mejoras. Como pronto descubrió, Buckingham funcionaba con normas arcaicas y un organigrama que no había sido modificado en décadas.
A pesar de que hubiese venido bien una reorganización, Tommy Lascelles no permitió que tocasen nada. Felipe, por ejemplo, quiso incorporar walkie-talkies para agilizar las comunicaciones internas —los lacayos aún portaban cartas en bandejas de plata y las órdenes tardaban horas en poder ser acatadas—, pero Tommy se negó en redondo. Cuando el augusto secretario privado se enteró de que el duque insistía en entrar por el sótano y llevar sus propias maletas en vez de seguir el formalismo de usar la puerta principal y llamar a un lacayo, le echó una pequeña bronca. Felipe no entendía por qué, en almuerzos privados, donde solo estaban la reina y él, un lacayo ponía la cristalería, otro la cubertería y un tercero la vajilla, cuando uno solo se podía encargar perfectamente de las tres cosas. Además, había otro lacayo en la sala para servirles, otro para portar la comida y un tercero por si surgía algún imprevisto. Seis lacayos en total para una simple comida, se quejó el duque.4 Le explicaron con desdén que así se hacían las cosas.
Felipe tuvo que buscarse otra ocupación. Pero ¿qué hacer? Lo único que verdaderamente le apasionaba —su carrera en la Marina— había llegado a su fin. Era impensable involucrarse en ciertas causas políticas y los cargos meramente honoríficos le aburrían. Poco a poco, sin embargo, comenzó a diseñar un programa de acción que, pasados los años, se transformaría en una de las agendas más potentes de la familia real, dando apoyo a unas mil organizaciones sociales. Empezó a rodearse de científicos, a presidir activamente iniciativas para ayudar a jóvenes en zonas pobres y a impulsar la National Playing Fields Association, una institución para crear parques infantiles en los barrios más degradados. También se apasionó por la aviación —el teniente C. R. Gordon le dio sus primeras clases de vuelo en el aeródromo de White Waltham, en Berkshire— y se interesó tanto por la industria británica que llegó a pasar un día entero en una mina de carbón en Lancashire y varios días más en fábricas de acero de Swansea.5 Además, por aquel entonces inició su compromiso con la conservación del medio ambiente: muchos años antes de que se hablase del cambio climático, el duque de Edimburgo ya estaba dando discursos sobre la importancia de proteger los ecosistemas.

No solo Felipe tuvo que amoldarse a la nueva realidad. La reina madre, aún joven —de tan solo cincuenta y un años años— y con una energía desbordante, también tuvo que hacer frente a los cambios. No había manual para viudas de monarcas ni tampoco precedentes de reinas madres que hubieran querido seguir en activo. La tradición dictaba que las consortes se retirasen discretamente de la vida pública cuando morían sus maridos. Pero Elizabeth no pensaba encerrarse en palacio.
Los primeros meses fueron muy difíciles. No superaba la muerte de su esposo, lo echaba terriblemente de menos y no hay duda de que sintió celos al comprobar que su hija era ahora el centro de atención. Además, se resistió a abandonar Buckingham, aunque la acabaron convenciendo de que se instalara en Clarence House. A Elizabeth el lugar le resultó pequeño, poco acogedor y sin gusto, y enseguida mandó redecorar las estancias y colgar su colección privada de pintura, que a esas alturas ya era considerable. En pocas semanas, las salas se llenaron de cuadros de buena factura —la mayoría retratos familiares, paisajes y óleos de caballos—, se colocaron nuevos muebles, espejos, sofás, multitud de relojes, tapices, porcelanas y unos cuantos huevos de Fabergé.6 El resultado, según uno de sus biógrafos, Hugo Vickers, fue el de «una residencia campestre acogedora en mitad de Londres». La reina madre se instaló allí en abril de 1953.
La princesa Margarita se fue a vivir con su madre. Dispuso de su propia suite y de un salón de recibir que daba al jardín. Allí colocó un tocadiscos y sus álbumes, pero no disfrutó mucho de la música. De toda la familia real, Margarita fue la que más sufrió la pérdida de su padre. Se sentía sola, desamparada, sin saber a dónde ir o en quién confiar. Tampoco tenía un rol ni un objetivo claro en la vida.
Al principio intentó llenar su soledad con visitas frecuentes a la iglesia. Se la veía a menudo en una parroquia del barrio de Knightsbridge, y asistiendo a conferencias dadas por el obispo de Kensington. Su fervor religioso fue tan intenso que hubo rumores de que abrazaría la fe católica y se haría monja.7 Pero Margarita, por supuesto, no tenía ninguna intención de tomar los hábitos, aunque solo fuera porque seguía interesada en Peter Townsend.
La prensa británica no paraba de buscarle parejas y, cada vez que se la veía con algún hombre cerca, corrían rumores de una inminente boda. Pero ella solo tenía ojos para uno y, cuando se trasladó a Clarence House, el romance se consolidó. La reina Elizabeth había insistido en que Peter siguiera en su séquito y lo nombró comptroller, uno de los puestos de más rango. La proximidad hizo que el romance entre la princesa y el expiloto se afianzara sin que nadie sospechara nada extraño. Ni siquiera la madre de Margarita intuyó lo que se le venía encima: ambos fueron muy discretos y, de cara a la galería, el matrimonio de los Townsend parecía estable. Incluso se les veía juntos con frecuencia en público. Sin embargo, la verdad era que Rosemary y Peter ya hacían vidas por separado y, aunque casi nadie lo sabía aún, Rosemary se hizo amante de John de Laszlo, el hijo del famoso pintor Philip de Laszlo.

Isabel tampoco sospechó nada raro. Ahora que era reina, cada minuto de su vida estaba organizado al milímetro y no tenía tiempo para pensar en nada que no fueran sus obligaciones oficiales. Era consciente de que debía aprender muy rápido sobre muchos temas, aunque tuvo una ayuda formidable en la figura del primer ministro, Winston Churchill, que se aseguró de guiarla en los primeros meses de reinado.
Ambos se veían cada martes por la tarde para las audiencias semanales. Churchill aparecía vestido con chaqué oscuro y sombrero de copa, la indumentaria oficial que entonces se esperaba de un primer ministro en palacio. Siguiendo normas seculares de protocolo, él no se sentaba durante las audiencias. Al acabar el encuentro, un cortesano se encargaba de agasajarlo en una sala contigua con un vaso de whisky y uno poco de soda.8
La reina y Churchill acabaron forjando una gran amistad, aunque al principio su relación fue algo tensa. A pesar de todas sus virtudes, que eran muchas, Churchill era también un machista empedernido y no creía que las mujeres estuvieran al mismo nivel intelectual que los hombres, mucho menos el de un estadista de su talla, por lo que durante las primeras semanas trató a la nueva soberana como una jovencita sin ninguna clase de experiencia, habilidad o especial talento. Reconocía su seriedad y apreciaba su sentido del deber, pero nada más.
No obstante, Lilibet se fue ganando su confianza y también su admiración. Churchill comenzó a caer rendido ante su atractivo y belleza, y no le escatimaba piropos. Los dos, además, compartían aficiones —básicamente, las carreras de caballos— y hablaban la mayoría del tiempo de equinos. Las audiencias entre ambos eran estrictamente privadas y ni siquiera Tommy Lascelles, el secretario privado de la reina, podía asistir, aunque se solía quedar en la sala de al lado y escuchaba frecuentemente las risas de la monarca.9 Muchos años más tarde, la propia Isabel reconoció que, de todos sus primeros ministros, Winston Churchill había sido el más divertido.
Pero no todo eran bromas. Lilibet demostró desde el principio tomarse su trabajo muy en serio y leía todos los días disciplinadamente el contenido íntegro de las famosas red boxes. Incluso en una ocasión, pilló a Churchill desprevenido: el Foreign Office había enviado un telegrama sobre Irak que Lilibet había leído y el primer ministro ni siquiera había visto. Churchill regresó a Downing Street profundamente enfadado y ordenó que semejante lapsus no volviese a suceder.10

A pesar de la amistad que se forjó entre ambos, a Lilibet no se le escapó que Churchill era ya muy mayor, con las habilidades limitadas y acechado por problemas de salud. El primer ministro estaba recibiendo presiones por todas partes —y, básicamente, de su propio partido— para que se retirara lo antes posible, pero él se resistía alegando que no podía irse antes de dejar a Isabel II firmemente anclada en el trono. Lo que significaba que no pensaba renunciar hasta después de la coronación.
Pero ¿cuándo sería? No hay duda de que Churchill pospuso todo lo que pudo la fecha para seguir en el puesto. Propuso celebrar la ceremonia más de un año después —a principios del verano de 1953, a poder ser— con la excusa de que para entonces la carestía de la posguerra ya no se notaría tanto, el racionamiento de alimentos se habría aliviado y se podría disfrutar de un día tan señalado con la pompa y el esplendor necesarios. Churchill estaba empeñado en que Isabel II inaugurase una nueva «era isabelina», como él decía con su facilidad para la retórica, un nuevo reinado de esplendor cultural que rivalizase con el de Isabel I en el siglo xvi.
Por supuesto, tal excusa no convencía a nadie, pero el Partido Conservador la acabó aceptando por una sencilla razón: que la coronación fuese en 1953 la acercaría a la fecha de las elecciones generales y el fervor patriótico y monárquico que desataría ayudaría sin duda a los intereses del partido en el Gobierno. Así que se pensó que lo mejor sería celebrarla entre el 28 de mayo y el 6 de junio. El día 3 quedó inmediatamente descartado por el ser el día del Derby, la carrera de caballos más importante del año. El lunes 1 tampoco convenció a muchos.11 Después de algunas discusiones, finalmente la coronación quedó fijada para el martes 2 de junio de 1953, dieciséis meses después de que Isabel II se convirtiera en reina de facto tras la muerte de su padre.
Mientras llegaba tan señalada fecha, pudo practicar en una serie de eventos también de gran calado. En noviembre abrió por primera vez la sesión del Parlamento, un ritual que implicaba un desfile en carroza desde Buckingham, vestirse con traje largo y pronunciar un discurso frente a los lores y los comunes. Isabel llevó para la ocasión un bonito vestido blanco y dorado y, a diferencia de su padre, que forzaba largos silencios por su tartamudeo, ella leyó con aplomo. Felipe se sentó a su lado: decidir dónde debía colocarse y qué debía hacer exactamente llevó horas de discusión. Inicialmente se había pensado en dejar a la nueva reina sola en el estrado y se llegó a retirar la silla que solía usar la reina Elizabeth en ese acto. Pero luego la silla regresó.
Isabel II dio su primer discurso de Navidad a las pocas semanas. A pesar de que se había sugerido que fuera televisado en vez de radiofónico para reforzar el cambio de reinado y la modernidad de una nueva era, ella se negó en redondo. No hay duda de que no le gustaban las cámaras, básicamente porque no sabía posar para ellas. Tensaba los músculos cada vez que la enfocaban y adoptaba un ademán serio, distante y algo tirante. No solo el discurso de Navidad se dio por radio, sino que discretamente se dieron indicaciones a los técnicos de la BBC para que no enfocaran su cara durante demasiado tiempo ni siquiera en los actos más solemnes.

Una de las primeras preguntas que planteó la coronación fue: ¿iba a ir la reina sola por el largo pasillo de la abadía de Westminster o su marido la acompañaría a su lado? La propia Lilibet zanjó la cuestión estableciendo que caminaría sola. Felipe tampoco sería coronado ni ungido con aceite consagrado, como sí hubiera ocurrido de ser mujer.
El duque de Edimburgo se enfadó sobremanera por el desaire y, seguramente para compensarlo, Lilibet decidió que presidiera la Comisión para la Coronación. La tradición dictaba que Bernard Fitzalan Howard, duque de Norfolk, como Earl Marshall que era y, por tanto, responsable de todo el ceremonial de la corte, se hiciera cargo de los preparativos. Él había sido, al fin y al cabo, quien había supervisado la coronación de Jorge VI y quien tenía la experiencia suficiente como para organizar otro gran evento que conjugara glamur, teatralidad y respeto por la tradición. Pero el honorable duque se tuvo que conformar —a regañadientes— con ser el segundo de abordo.12
Por supuesto, los choques entre Felipe y el duque de Norfolk fueron frecuentes desde el principio, sobre todo en lo referente a la retransmisión en directo de la ceremonia. Norfolk dio órdenes de que en la abadía de Westminster se instalasen cámaras, pero solo para grabar material que sería editado y emitido a posteriori. El Gobierno de Churchill estaba de acuerdo en que la emisión no fuera en tiempo real y, al principio, la propia reina dio su conformidad a que las cámaras se quedaran fuera de Westminster. Para ella la ceremonia era demasiado sagrada, con sus rituales ancestrales y sus connotaciones religiosas, como para tratarla como un vulgar espectáculo.13
Sin embargo, cuando se hizo público que no habría retransmisión en directo, se creó un revuelo en la opinión pública. Los británicos insistían en poder ver a su nueva reina en una ocasión única y la indignación llegó a tales proporciones que Buckingham aceptó llegar a una solución de compromiso: se permitirían las cámaras, pero habría momentos de la ceremonia —la consagración con aceite sagrado o la comunión, por ejemplo— que no se podrían emitir al considerarse «divinas».
Superado este escollo, Isabel se dedicó a ensayar y estudiar todos los detalles y significados de las tres horas que duraría el servicio. Ataviada con una capa de mentirijilla hecha con sábanas, practicó todos los movimientos en el salón de baile de Buckingham acompañada de las seis damas de honor que portarían el verdadero manto de armiño. También mandó que le llevaran la pesada corona de San Eduardo —de algo más de dos kilos— para acostumbrarse al peso. Varias tardes escuchó grabaciones de la coronación de su padre, estudió las fotografías y convocó al arzobispo de Canterbury para que le detallase el significado religioso del ritual. Incluso este le dio oraciones para prepararse espiritualmente.14
Mientras la reina practicaba en palacio, en la abadía de Westminster se ensayaba una y otra vez la ceremonia para que no hubiese ni un solo fallo. La duquesa de Norfolk ejerció de reina en los ensayos y las cámaras de la BBC se instalaron discretamente tras columnas y en lo alto para entorpecer lo mínimo posible.15

La reina María no llegó a ver la coronación de su nieta: murió el 24 de marzo de 1953 a las diez y cuarto de la noche. Tenía ochenta y cinco años y llevaba tiempo enferma. De hecho, después del fallecimiento de Bertie había caído en tal melancolía que no pudo acudir al funeral, y desde el mes de febrero había sufrido fuertes dolores abdominales que la habían postrado en el lecho.
Sus exequias tuvieron lugar en Windsor, en la misma capilla de San Jorge donde había sido enterrado su hijo un año antes. Obviamente, el duque de Windsor estuvo presente. Alertado por el médico de la familia real de la gravedad de su madre, había llegado rápidamente desde Nueva York días antes del fallecimiento —por supuesto, sin Wallis— y estuvo presente al lado de la reina María cuando esta expiró su último aliento. Nadie, excepto su hermana María, pareció hacerle demasiado caso y ni siquiera se le hospedó en una residencia de la Corona.
Si tras la muerte de su padre Lilibet había hecho el esfuerzo de recibir a su tío para tomar el té, ahora se mostró especialmente fría y distante con él y ni siquiera lo invitó a la cena que organizó en Windsor para los más allegados tras el funeral de su abuela. No hay duda de que, a esas alturas, seguramente influenciada por su madre y por Tommy Lascelles, también lo hacía responsable de la muerte de Jorge VI. Eso explica que se negara a seguir pagándole la sustanciosa suma de dinero que la Corona pasaba al duque de Windsor e hizo que le dejaran claro que bajo ningún concepto iba a ser invitado a su coronación.
Mucho se ha especulado sobre quién estuvo detrás de que David no asistiera a la ceremonia, pero todo parece indicar que la principal artífice fue la mismísima reina. Otra cosa fue quién se encargó de anunciárselo al duque de Windsor: Churchill tuvo que hacerlo. Le dijo, simplemente, que sería «totalmente inapropiado que un rey que ha abdicado esté presente como invitado en la coronación de uno de sus sucesores». A David no le quedó más remedio que aceptar y, siguiendo las indicaciones del primer ministro, incluso hizo público un comunicado dejando claro que no estaría en Londres durante la ceremonia.16

La reina María había indicado en su testamento que, si moría antes de la coronación, el duelo por su fallecimiento no debía entorpecer, mucho menos retrasar, los actos. Así que los planes siguieron adelante y, para que todos los británicos se sintieran partícipes de tan señalada ocasión, el Gobierno alivió las restricciones y el estricto racionamiento que aún persistía tras la guerra. Se permitieron más dulces, cantidades extras de azúcar para hacer pasteles, grasa para asar patatas y más huevos para freír. Además, días antes de la ceremonia se organizó un gran banquete y un baile de gala en Hampton Court adonde acudieron los invitados más ilustres, desde la realeza europea hasta la reina Salote de Tonga y el sultán de Kelantán.
Parecía que el Reino Unido resurgía de las cenizas, pero la situación no era tan idílica. El país aún vivía en medio de una enorme recesión económica, las carestías eran notables y la situación internacional no era tampoco halagüeña: Stalin había muerto hacía unos meses, el 5 de marzo, pero la amenaza del comunismo pervivía; el imperio estaba en ruinas y nuevas potencias estaban dibujando otro mapa mundial. Sin embargo, los británicos quisieron olvidar todas las dificultades y decidieron pasárselo bien durante un día. Cuando, pocas horas antes de la coronación, llegó la noticia de que Edmund Hillary y su sherpa, el nepalés Tensing, habían llegado a la cima del Everest, todo Londres estalló de alegría. Fue, sin duda, un magnífico augurio para el inicio de un nuevo reinado.
A pesar de que el martes 2 de junio, día de la coronación, amaneció frío y lluvioso, con un viento gélido, más de un millón de personas se agolparon en las calles para ver el desfile de dignatarios y carrozas. Desde las nueve de la mañana, se pudieron divisar carruajes y coches avanzando lentamente hacia la abadía de Westminster. Los ilustres invitados —7.500 en total—, todos debidamente ataviados con trajes de gran gala, tiaras y uniformes, fueron tomando sus asientos. Mientras tanto, 29 bandas de música y más de 13.000 soldados de todas partes del imperio, de Canadá a la India, desfilaron por las calles aclamados por la multitud.
Desde Buckingham partió una larga comitiva de familiares reales: los duques de Gloucester, la duquesa de Kent y sus hijos, la princesa Alice y varios primos reales. Una gran ovación se oyó cuando se divisó a la reina madre y a la princesa Margarita. También al pequeño Carlos: se había decidido que asistiría a pesar de su corta edad, aunque por indicación de su madre se le vistió con una camisa y un pantalón, y no con uniformes especiales.
Pasadas las diez, la reina salió de sus aposentos y avanzó lentamente por el pasillo para que el servicio pudiera ver perfectamente el vestido. Lilibet había dado indicaciones a Norman Hartnell para que le creara un diseño en satén blanco, muy inspirado en su traje de novia. Inicialmente iba a ir bordado con los símbolos del Reino Unido —la rosa de Inglaterra, el cardo de Escocia y el trébol de Gales—, pero ella mandó que también se incluyeran símbolos de toda la Commonwealth, como el zarzo de Australia o la espiga de trigo de Paquistán. Además de la larga cola de terciopelo ribeteada en armiño, lució una diadema que había pertenecido a la reina Victoria, la cruz de San Jorge y otras condecoraciones.
Según todos los presentes, estaba muy tranquila y sonriente. Con gran dignidad subió a la Gold State Coach, la carroza ceremonial de oro decorada con esculturas y paneles pintados en el siglo xviii. Cuatro pares de caballos —los famosos Windsor Greys—, primorosamente enjaezados con bridas y tiras en púrpura y oro, tiraban de la carroza. Los yeomen —guardias de la corte— de uniforme, con sus ropajes medievales, caminaban a su lado dando escolta. Sentado al lado de la reina iba su marido, el duque de Edimburgo, vestido con el uniforme de almirante de la Flota y visiblemente nervioso.
A las once en punto, la carroza llegó a la puerta de la abadía. Las seis damas de honor, todas vestidas con trajes idénticos de satén blanco y bordados de perlas, la estaban esperando en la puerta.
La reina se dirigió a la Sala de Retiro y allí la duquesa viuda de Devonshire, encargada del ropaje real, le ajustó la larga capa de armiño. Las damas se colocaron a ambos lados y la reina les dijo: «Ready, girls?», «chicas, ¿estáis listas?».17 A las once y cuarto, la monarca entró a la abadía por la puerta oeste bajo los acordes de «I was glad when they said unto me, We will go into the House of Lord». Lentamente avanzó por el pasillo central precedida por una larga comitiva. Detrás de ella iban los obispos de Durham, Bath y Wells. Cuando llegó a la zona del altar, el coro de Westminster cantó: «Vivat Regina Elizabetha! Vivat! Vivat! Vivat!».
La ceremonia fue muy larga. Para la reina, el momento más emotivo fue cuando cuatro caballeros de la Orden de la Jarretera la cubrieron con un palio y el arzobispo de Canterbury le hizo la señal de la cruz con aceite consagrado en la palma de las manos, en el pecho y la frente mientras entonaba referencias al libro de los Reyes de la Biblia: «Así como Salomón fue ungido por el sacerdote Sadoc y el profeta Natán, así eres tú ungida, bendecida y consagrada reina sobre las gentes, a quien Dios nuestro Señor ha elegido para que reines».
Luego se retiró el palio y la duquesa viuda de Devonshire, ayudada por el marqués de Cholmondeley, el chambelán mayor, le colocó el colobium sindonis, un sencillo vestido de lino blanco, por encima del traje que llevaba. La cubrieron también con una túnica atada con una faja dorada. Así vestida le presentaron los símbolos de la realeza: el anillo, la espada, el cetro y el óbice. Luego el arzobispo tomó la corona de san Eduardo y se la colocó sobre la cabeza. Oficialmente, aquel fue el momento en que se convirtió en reina «a los ojos de Dios».
Acto seguido, los principales duques del reino le presentaron sus respetos, comenzando por su marido, el duque de Edimburgo, y seguido por los duques de Kent y Gloucester. Todos se arrodillaron delante de la soberana, pusieron sus manos entre las de ella, le prestaron juramento de lealtad y se levantaron para besarle la mejilla izquierda. Al acabar, sonaron solemnes las trompetas de la abadía y todos los presentes corearon a pleno pulmón: «¡Dios salve a la reina Isabel! ¡Larga vida a la reina! ¡Que la reina viva para siempre!».
La soberana se levantó del trono y, bajo los sonidos del tedeum, se dirigió a una capilla contigua. Allí se quitó la túnica y el sobrevestido, se volvió a colocar la larga capa de terciopelo y armiño y se cambió la corona de san Eduardo por la imperial, algo menos aparatosa pero más lujosa. Con ella en la cabeza y portando el cetro en su mano derecha y el óbice en la izquierda, avanzó por un pasillo hasta el edificio anexo. Todos a su alrededor cantaban el himno nacional.
Aunque el público quedó impresionado por la magnífica coreografía y la supuesta perfección milimétrica de cada movimiento, la verdad es que se habían cometido varios errores: la reina no hizo una reverencia cuando debía y el arzobispo de Canterbury se equivocó en varios puntos. Sin embargo, ninguno de los traspiés trastocó significativamente la ceremonia y todos los presentes acabaron más que satisfechos.
Antes de partir de la abadía, la soberana, Felipe y las damas de honor pudieron disfrutar de un pequeño tentempié a base de coronation chicken, pollo a la coronación, hecho con trozos de pollo hervidos, enfriados y cubiertos de mayonesa y de pedazos de melocotón.18 Después, la reina y su marido se volvieron a montar en la Gold State Coach e iniciaron un desfile de más de dos horas por todo Londres. Llovía a mares, pero los presentes no pararon de saludarla y de ovacionarla. De regreso a Buckingham, la reina tenía la nariz roja y las manos amoratadas por el frío y el viento. Aun así, estaba pletórica. «¡Ha sido maravilloso! —comentó extasiada—. ¡Todo ha salido a la perfección!».19
Aquel día, sin embargo, cambió oficialmente su antigua vida por una nueva. Dejaba de ser Lilibet y pasaba a ser Isabel, reina de Inglaterra.