La Reina

La Reina


11 Margarita

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11 Margarita

Los festejos por la Coronación se prolongaron varios días: hubo banquetes, fiestas populares, bailes y continuos desfiles de joyas y trajes de ensueño. Allá donde iba, Isabel era recibida con una adulación que llegó a cotas insospechadas. El sábado 6 de junio, cuando se celebró el Coronation Derby Day, una carrera de caballos en honor a la soberana, Isabel llegó al recinto de carreras de Epsom, donde se realizaría el evento, ovacionada por medio millón de personas, todo un récord de asistencia. Iba en un Daimler descubierto acompañada de Felipe y no pudo dejar de sentirse maravillada por el abrumador recibimiento. Fue un día muy especial para ella, a pesar de que su caballo Aureole, uno de los grandes favoritos de la jornada, no logró vencer. Dos días más tarde recibió un nuevo baño de masas: el 8 de junio el Covent Garden se llenó para el estreno de Gloriana, una ópera de Benjamin Britten compuesta especialmente para ella.

Sin embargo, a pesar de los buenos auspicios de los primeros días, enseguida llegaron malas noticias: la noche del 23 de junio, tras haber asistido a una cena de gala en honor al primer ministro italiano, Winston Churchill sufrió un ataque de corazón. En las últimas semanas había asumido una carga de trabajo extenuante y en la coronación se le había visto especialmente fatigado. Además de supervisar numerosos eventos en pocos días, y de preparar la próxima conferencia de las Bermudas con el presidente estadounidense Eisenhower, Churchill se había hecho cargo de todas las funciones de Anthony Eden, su número dos en el Gobierno, quien había tenido que viajar casi de improvisto a Boston para operarse de una vesícula biliar.1

Tras el ataque, Churchill no podía andar y tenía el habla pastosa. Su yerno y un ayudante consiguieron sacarlo del salón donde estaba sin que los demás se dieran demasiada cuenta de lo que estaba ocurriendo. A los presentes que se preocuparon se les informó de que el primer ministro estaba, simplemente, borracho, una situación que todos aceptaron como perfectamente válida porque era relativamente habitual.

A la mañana siguiente, Churchill se sintió con las fuerzas necesarias para asistir a una reunión del Consejo de Ministros. Pero apenas habló —cosa rara en él— y a nadie se le escapó que estaba muy pálido. Uno de sus asesores más próximos dio órdenes estrictas de que no se comunicara a nadie, ni siquiera a los miembros del gabinete, que el primer ministro estaba temporalmente incapacitado. El simple rumor hubiese provocado una crisis constitucional que hubiese forzado un relevo inmediato en Downing Street, algo para lo que el Gobierno no estaba preparado: el único sustituto viable, Anthony Eden, estaba en aquellos momentos en una mesa de operaciones de Boston.

Sin embargo, todo se complicó cuando, tan solo un par de días más tarde, Churchill era incapaz de moverse y los médicos comenzaron a sospechar que quizás no sobreviviría más de una semana. Jock Colville, el que había sido secretario privado de Isabel y ahora trabajaba de nuevo en Downing Street, entendió la crisis que había en ciernes y, desobedeciendo las órdenes de sus superiores, tomó un teléfono especial que comunicaba con Buckingham y le contó a Tommy Lascelles lo que estaba sucediendo.2

Sorprendentemente, la situación de Churchill se pudo mantener prácticamente en secreto y al público se le informó de que el primer ministro se sentía indispuesto por «fatiga». Isabel fue de las pocas que supo la verdad: en cuanto le comentaron lo sucedido, le escribió una carta mandándole ánimos y, semanas más tarde, cuando casi milagrosamente se recuperó lo suficiente, lo invitó a asistir con ella a unas carreras de caballos y a un fin de semana en Balmoral.3

Isabel comenzó a recibir muchas presiones para que convenciera a Churchill de que era hora de dimitir, un movimiento al cual el primer ministro, a pesar de su reciente ataque, aún se resistía. La reina era consciente de sus obligaciones constitucionales y, sabía que, si le hubiera dicho que dejara Downing Street, este la habría obedecido, si bien a regañadientes. Pero la monarca aún era demasiado novata e ingenua como para dar un paso semejante y creyó, erróneamente, que no estaba capacitada para dar lecciones al mayor héroe del país. Churchill permaneció en el puesto y, después de unas semanas de vacaciones en Francia, donde se recuperó a gran velocidad, regresó a Inglaterra decidido a seguir adelante como si nada hubiera sucedido.

Isabel comenzó a preocuparse seriamente por la situación en Downing Street, pero no tuvo mucho tiempo para darle vueltas al asunto porque otra crisis llamó a su puerta. Esta vez era su hermana Margarita.

Si la reina se había convertido en verdadero objeto de fascinación desde su coronación, su hermana Margarita tampoco paró de acaparar portadas, sobre todo en la prensa extranjera. En los últimos años había proliferado un nuevo tipo de fotógrafos que más tarde serían conocidos como paparazzi. Si bien la prensa británica aún se comportaba con elegante decoro y mantenía una distancia prudencial con la realeza, en Italia y Francia los reporteros no dudaban en chillarles para atraer su atención a la hora de fotografiarles o intentaban sonsacar a cualquier para obtener información controvertida sobre ellos. Margarita ya había sido víctima de sus malas artes: en 1949, durante un viaje oficial a Italia para visitar tumbas de soldados británicos, los fotógrafos sobornaron al personal de hotel para que les revelasen detalles desconocidos de la princesa y les dejasen acercarse para tomar fotos comprometidas. Margarita fue pillada en la piscina del hotel en un traje de baño de color carne que hizo que en las imágenes pareciese que estaba desnuda.4 Para indignación de la corte, las fotografías fueron publicadas en multitud de revistas europeas. El escándalo fue mayúsculo.

Pero la gran bomba informativa referente a la princesa Margarita aún estaba por estallar. El 20 de diciembre de 1952, Peter Townsend consiguió el divorcio. Entonces, la ruptura del matrimonio solo se podía obtener por una lista muy limitada de causas, y el adulterio era una de ellas. A Peter no le costó demasiado demostrar el affaire de Rosemary con John de Laszlo. Townsend se quedó con la custodia de sus dos hijos.

Ser de nuevo libre ayudó a consolidar el romance entre la princesa y él. Ya no se preocupaban por ocultar sus miradas furtivas delante de la corte y durante las Navidades en Sandringham flirtearon abiertamente. Según él mismo desveló en sus memorias, meses más tarde, mientras estaban solos en Windsor, le confesó que estaba enamorado de ella. Margarita le contestó que ella también.5 Ambos decidieron que había llegado el momento de hacer pública su relación.

Lo primero era decírselo a la reina. La princesa quedó un día con su hermana para hacerlo. Desgraciadamente, Isabel reaccionó como amiga y no como soberana: en vez de alertarla de lo que se le venía encima —una boda entre una princesa real y un divorciado era entonces impensable—, no se opuso. Seguramente debió de pensar que aquel romance era un capricho pasajero y que a Margarita se le pasaría el enamoramiento tarde o temprano, por lo que no había motivos para broncas innecesarias. Simplemente, pidió a su hermana que dejara pasar un año antes de tomar una decisión definitiva sobre el matrimonio: para entonces, pensó Isabel, Margarita seguramente ya habría pasado página. Felipe de Edimburgo estaba de acuerdo con su mujer y también la reina madre, quien odiaba las confrontaciones y, frente a cualquier adversidad, por nimia que fuera, prefería correr un tupido velo.

Peter Towsend se encargó personalmente de hablar con Tommy Lascelles, el ultraconservador e inexpugnable secretario privado de la reina. No solo se opuso vehementemente, sino que le echó una gran bronca, pero Peter no se dio por aludido.

Años más tarde, la propia Margarita se quejaría amargamente de que nadie le advirtiera de que una boda con un hombre divorciado era impensable. Es una excusa poco convincente. Básicamente porque, como princesa, hija de reyes y hermana de la soberana, no es creíble que no supiera que su matrimonio era una cuestión de Estado sujeta a leyes muy determinadas. Para empezar, hasta que no cumpliese los veinticinco años, Margarita necesitaba que su hermana diese el consentimiento explícito a su boda y, como jefa de la Iglesia anglicana que era, a Isabel le era imposible aprobar el divorcio. Era cierto que, a partir de los veinticinco, Margarita no necesitaba formalmente el consentimiento de la soberana, pero incluso entonces seguía requiriendo la aprobación del Parlamento británico, cosa que tampoco iba a conseguir.

Sin embargo, lo que sí es creíble es que, como toda mujer enamorada, Margarita quisiera pensar que su romance era perfectamente viable y que, como sucedía en las películas, al final el amor triunfaría. Que su hermana le dijera que pasado un año podría plantearse la boda debió de servirle como excusa para imaginar que Peter y ella acabarían juntos. Eran ilusiones vanas y, en el fondo, lo sabía.

Isabel también era consciente de que aquel matrimonio no podría tener lugar, y asesorada por Tommy Lascelles, que seguía muy preocupado por lo que estaba sucediendo, decidió tomar algunas medidas. Su secretario privado le recomendó que enviase rápidamente a Townsend lo más lejos posible y que estableciese férreas barreras entre el expiloto y la familia real. Pero Isabel, muy ingenuamente, no quiso llegar tan lejos y, en vez de marcar distancias, se mostró muy agradable con su hermana y Peter. Incluso los invitó a cenar a palacio con Felipe y ella. Sin embargo, para que la relación se fuera enfriando poco a poco, decidió que Peter dejaría el séquito de su madre en Clarence House y regresaría a Buckingham como equerry.

El traslado no tuvo ningún eco en la prensa: semejantes movimientos de personal eran frecuentes y, a pesar de que había muchos rumores, nadie fuera de la corte tenía pruebas del romance de Margarita. Sin embargo, el secreto pronto salió a la luz. El mismísimo día de la coronación, al abandonar la abadía de Westminster, Margarita divisó a Peter, se le acercó y, muy coquetamente, le retiró un pelo que había caído sobre su uniforme. A los centenares de reporteros congregados allí no se les pasó por alto el gesto y muchos inmortalizaron el momento exacto en que sus miradas de enamorados se cruzaron. A los pocos días, la fotografía era portada de numerosas revistas extranjeras —aunque en Gran Bretaña se guardó, al principio, un prudencial silencio—. El romance de la princesa era ahora la gran noticia del mundo.

La prensa británica intentó contener la información lo máximo posible, pero llegó un momento en que ya no pudieron más. Sabiendo que tenían una exclusiva que vendería miles de ejemplares, People decidió sacar el titular en portada.

Buckingham fue alertado el día de antes de su publicación y, aunque intentaron desesperadamente detenerla, no consiguieron convencer a los editores. Lo único que lograron fue un pequeño margen de tiempo para alertar a Winston Churchill, que aquel día estaba en su casa de campo de Chartwell.

Al principio, el primer ministro, un hombre cabal y muy pragmático, no se opuso a la unión: no creía que el Gobierno debiera inmiscuirse en el romance y defendió que era mejor dejar la política fuera de los asuntos del corazón. Pero sus asesores y la mayoría de ministros no fueron tan comprensivos: muchos eran hombres profundamente religiosos que consideraban el divorcio una lacra. Por no añadir que casi todos vieron en aquella historia una desgraciada repetición del desafortunado romance entre David y Wallis que acabó en la abdicación. La comparación era, sin duda, exagerada —Margarita no iba a heredar la corona y su matrimonio no tenía por qué afectar a la continuidad de la dinastía—, pero muchos insistieron en que, de todos modos, aquel escándalo podía dañar el buen nombre de la monarquía. Convencieron a Churchill de que hablase con la reina y le recomendase que enviase a Townsend al extranjero lo más rápido posible.

En la siguiente audiencia, Churchill informó a la soberana de que el Gobierno en pleno estaba en contra de la unión de su hermana y que todos los ministros exigían la partida inmediata de su amado. A Isabel no le quedó más remedio que dar su consentimiento: aunque le preocupaba el dolor que la separación podría causar en su hermana, le incomodaba más el revuelo que la prensa había creado con la noticia y, en el fondo, también le molestaba que todo aquello estuviera empañando el principio de su reinado. En lugar de hablar sobre ella y su coronación, los periódicos solo parecían interesados en Margarita y Peter.

Se armó de valor y le explicó a Margarita que Peter y ella debían pasar una temporada separados, probablemente durante dos años. De nuevo, lo hizo de manera poco clara: en vez de decirle a su hermana que debía poner punto y final a su historia de amor, dejó entrever que, tras un prudencial periodo de distancia, podrían volver a estar juntos. Al menos, así lo entendió —o quiso entender— Margarita.

Tommy Lascelles se encargó de los detalles y ofreció a Peter la posibilidad de partir a Singapur, Johannesburgo o Bruselas.6 Este último destino era el que menos gratificaciones profesionales iba a ofrecer —se trataba de un triste puesto de air attaché, agregado de la fuerza aérea, en la embajada—, pero era el que más cerca quedaba de Inglaterra. Así que se decantó por Bélgica y comenzó a empaquetar sus cosas.

Para intentar suavizar las cosas con su hermana, Isabel pidió que la partida de Townsend se pospusiera hasta el 17 de julio, cuando la princesa ya habría regresado de un viaje oficial que debía hacer con su madre a Rodesia (actual Zimbabue). Además, y en un gesto inaudito, invitó a Peter Townsend a viajar con ella como equerry a Belfast. Fue un gesto de amistad y aprobación que no pasó por alto a nadie, ni siquiera al propio Townsend.7

La princesa iba a partir el 30 de junio y, el día de antes, Peter fue a Clarence House a despedirse. Margarita estaba emocionada, pero bastante calmada. Al fin y al cabo, estaba convencida de que volvería a ver a su amado a su regreso del viaje —estaría fuera un par de semanas— y, según aún creía, podría casarse con él pasados los dos años de ostracismo. Pero las cosas no iban a suceder como esperaba: sin que nadie se lo hubiera explicado debidamente a la reina, Winston Churchill había dejado claro que Peter debía presentarse en su nuevo puesto de trabajo tan solo siete días después de su nombramiento, lo que significaba que tenía que estar en Bruselas un par de días antes de que Margarita volviera.

La princesa estaba en el Leopard Rock Hotel de Rodesia cuando su madre le dio la triste noticia. La joven montó en cólera y, después de chillar durante casi una hora, colapsó. Tuvo que ser trasladada rápidamente a la ciudad de Salisbury, la capital, donde se refugió en la residencia oficial del gobernador y no salió en cuatro días. A la prensa se le dijo que la princesa sufría de gripe y que la reina madre continuaría el viaje oficial sola.8

Si la corte de Buckingham pensaba que la partida de Peter a Bruselas serviría para calmar las cosas, estaba muy equivocada. Las noticias sobre la pareja continuaron prácticamente a diario y los partidos políticos no desaprovecharon la oportunidad para sacar tajada electoral. Los laboristas acusaron al Gobierno de pertenecer al pasado y de entorpecer una preciosa historia de amor. Sin olvidar que recordaron a bombo y platillo que nada menos que tres miembros destacados del Gobierno —Anthony Eden, sir Walter Monckton y Peter Thorneycroft— también estaban divorciados, por lo que su postura era sumamente hipócrita.9 El público parecía darles la razón: varias encuestas desvelaban que la inmensa mayoría del país estaba a favor del enlace.

Isabel deseaba con todas sus fuerzas que todo volviera a la calma. A estas alturas era consciente de que su hermana estaba mucho más enamorada de lo que nadie podría haber imaginado. La pareja hablaba siempre que podía y se escribía larguísimas cartas declarándose su amor. Parecía que la distancia, más que enfriar sus sentimientos, los había avivado. Sin embargo, había otro motivo por el cual Isabel quería que la tempestad amainara: el Gobierno había decidido enviarla a un largo tour por toda la Commonwealth, de noviembre de 1953 a mayo de 1954, y no quería que la prensa siguiera centrada en su hermana en vez de en ella. Nunca antes se había organizado un viaje tan ambicioso de un monarca británico: estaba previsto que Isabel y Felipe visitaran, además de Nueva Zelanda y Australia, donde pasarían tres meses, Ceilán, Bermudas, Jamaica, Fiyi, Tonga, las Islas Cocos, Aden, Uganda, Malta y Gibraltar. Isabel llevaba semanas preparándose para semejante gesta y el Foreign Office trabajaba a contrarreloj. Incluso el diseñador Norman Hartnell había tenido que contratar a más modistas y costureras para tener a tiempo uno de los vestuarios más fastuosos que se recuerdan: cien nuevos vestidos fueron confeccionados a toda prisa. Nada podía fallar: para Isabel, su título de «Jefa de la Commonwealth» era tan importante como el de reina, y quería demostrar que las antiguas colonias británicas seguían unidas por lazos inquebrantables a pesar de la distancia.

Isabel supervisó hasta el último detalle del viaje con su equipo. Tommy Lascelles se había jubilado pocos meses después de la coronación, y fue su nuevo secretario privado quien la asesoró. Sir Michael Adeane era un hombre inteligente, muy resolutivo, con un sentido del humor seco y nervios de acero. En este sentido, era el perfecto gentleman inglés: flemático, cauto y defensor de las buenas costumbres. Su formación y genealogía no hubiesen permitido nada diferente: era nieto de lord Stamfordham, quien había servido a la reina Victoria, se había formado en Eton, estudió Historia en Cambridge, y había hecho carrera militar en Canadá. Adeane había entrado a trabajar en Buckingham en 1937 como vicesecretario privado de Jorge VI y tan solo había dejado de servir a la Corona durante la guerra, cuando regresó al ejército.

Unos días antes de partir, Felipe de Edimburgo insistió en pasar algún tiempo con sus hijos. Isabel sacó unas horas de su apretado horario para acercarse a Harrods a comprar los regalos de Navidad de los niños: regresó con moldes para hacer bizcochos y un avión de juguete. También mandó instalar un gran globo terráqueo en la nursery para que los niños pudieran seguir el itinerario del tour real. La noche antes del viaje, Isabel se encargó personalmente de arropar a sus hijos en la cama. Carlos le prometió ser bueno mientras sus padres estuvieran fuera y cuidar de su hermana.10 La reina, normalmente tan comedida, no pudo evitar derramar una lágrima al salir de la habitación.11

La reina y el duque de Edimburgo partieron de Londres en avión y, después de quince horas de vuelo —con algunas paradas para repostar— llegaron a finales de noviembre a las Bermudas. Luego pusieron rumbo a Jamaica, donde tomaron un yate, el HMS Gothic, que los llevó a las Bahamas y Belice. Cruzaron el Canal de Panamá y viajaron hasta Fiyi y Tonga. Mientras navegaban de un lugar a otro, la reina no paraba de despachar papeles y escribir cartas que se enviaban desde los puertos donde atracaban empleando aviones especiales.

Cuando llegaron a Nueva Zelanda, Isabel vio encantada cómo miles de personas la estaban esperando totalmente extasiadas. Allí, en la residencia del gobernador general en Auckland, pasaron las Navidades y también desde allí Isabel pronunció su discurso anual para toda la Commonwealth, un triunfo tecnológico para la época. Además, la reina fue celebrada debidamente por los maoríes con una haka, una coreografía ritual con cantos, voces y movimientos enérgicos. De vuelta al barco, aquella noche Isabel sorprendió a la tripulación haciendo su particular versión de una haka, con gruñidos y golpes en el pecho. Todos los presentes acabaron llorando de la risa.12

El plato fuerte del viaje fue, sin duda, Australia. Se calcula que dos tercios de la población salieron a la calle para aplaudir y ovacionar a su soberana. Pero la pareja decidió que aquello no podía subírseles a la cabeza. Ayudó que, a estas alturas, ambos ya estuvieran muy cansados: un día cualquiera implicaba media docena de discursos, una decena de eventos, tés, recepciones, cenas, galas y viajes continuos para trasladarse de un lugar a otro. Isabel insistía en que los coches fueran a una velocidad lo suficientemente reducida como para que se la pudiera ver perfectamente. «¿Qué sentido tendría que viniese y nadie me pudiese ver?», repetía una y otra vez. En Australia, además, la pareja tomó un tren especialmente acondicionado y, como ya habían hecho en Canadá años antes, iban parando en cada pueblecito para saludar a los lugareños, a veces en medio de la noche.

El problema, además del cansancio, era que semejante exposición significaba sonreír y saludar sin parar, con lo que, al cabo de unas horas, a Isabel le dolían a rabiar la mandíbula y el brazo. Incluso llegó a sufrir algún tic nervioso. Sin embargo, no le quedaba otra: la reina continuaba con el problema de que, frente a las grandes multitudes, su cara se tensaba por los nervios y se le endurecían las facciones. A no ser que riera a mandíbula batiente, parecía que estuviera enfadada, cuando no lo estaba en absoluto. Además, en algunas recepciones seguía mostrándose tan tímida que parecía esquiva, tajante y distante. Hubo dignatarios que llegaron a reconocer la dificultad de mantener una conversación con ella. Isabel, por su parte, también desveló que muchos de aquellos alcaldes locales y personalidades le parecían mortalmente aburridos.

Por aquel entonces, la reina aún no era una buena conversadora ni estaba demasiado a gusto entre gentes extrañas. Felipe era quien tenía que rebajar la tensión continuamente y decir algo divertido para que los diálogos no se acabaran tras cuatro frases banales. También se encargaba de divertir a la reina cuando esta, después de muchas horas, estaba a punto de desfallecer. Con los años, sin embargo, ambos mejorarían sus habilidades y desarrollarían técnicas para afrontar eventos de este calado con aplomo.

Después de Australia, Isabel y Felipe pusieron rumbo a Ceilán (actual Sri Lanka), las Islas Cocos, Uganda y Libia. Fue en este último país, en el puerto de Tobruk, donde en mayo de 1954, la pareja se reencontró con sus hijos, Carlos y Ana, a quienes no habían visto en cinco meses. Los niños habían viajado hasta allí a bordo del que iba a ser el nuevo yate de la familia real: el Britannia, una lujosa embarcación de 125 metros de eslora que la reina y su marido habían ayudado a diseñar con la dirección del ingeniero sir Hugh Casson. Hasta hacía unos años se usaba aún esporádicamente el Victoria & Albert, el yate real en funcionamiento desde 1899. Pero el buque estaba ya destartalado y en tiempos de Jorge VI se empezó la construcción de su sustituto. El nuevo barco, que fue fletado en los astilleros de Escocia en abril de 1953, había contado inicialmente con una firma para diseñar los interiores, pero a Felipe e Isabel los primeros bosquejos les parecieron demasiado suntuosos y se encargaron ellos mismos de decorar las estancias a su gusto. El resultado fueron espacios diáfanos y muy sencillos, con muchos sofás y sillones cubiertos de telas estampadas con florecillas y muebles de pino, sin ningún tipo de ornamentación. La reina seleccionó personalmente las lámparas y las cortinas y puso especial interés en la sun lounge, un solárium con paredes forradas de madera y muebles de mimbre. Con el tiempo, aquella sería su sala favorita y en donde tomaría el té cada tarde.

Carlos y Ana, de cinco y tres años respectivamente, habían crecido mucho desde la última vez que su madre los había visto, sobre todo Carlos. De hecho, a Isabel le había preocupado mucho que no la reconociesen tras tantos meses separados. Aunque les había enviado cartas y la reina Elizabeth se había encargado de tenerla al tanto de todos los progresos de los pequeños, la monarca estaba muy nerviosa por aquel primer encuentro.

Al principio, todo salió mal. No ayudó demasiado que, como soberana, tuviera que cumplir el protocolo y saludar a la tripulación antes que a sus hijos. Carlos intentó saltarse las rígidas normas y se acercó a decir hola a su madre —eso sí, con la mano extendida, como mandaba la etiqueta—, pero Isabel lo cortó en seco: «No, ahora no vas tú, querido». Décadas más tarde, Carlos aún se acordaba vívidamente de aquel día en que su madre ni lo abrazó ni lo besó y le ordenó que se pusiera en la fila.

De hecho, solo cuando estuvieron a solas en privado, lejos de las miradas de extraños, Isabel se relajó lo suficiente como para jugar con los pequeños. Carlos le enseñó el barco y le hizo un sinnúmero de preguntas sobre los países que su madre había visitado. Isabel creyó que se había roto el hielo entre su hijo y ella y que estaban pasando días divertidos, pero no entendió que Carlos, a estas alturas, ya la veía más como a una reina distante que como a una madre. Era una brecha que no conseguirían salvar y que acarrearía muchos problemas en el futuro.

El público, por supuesto, no podía ni intuir entonces aquellas desavenencias y disfrutó viendo a la reina y su familia entretenerse en las paradas que hicieron en Gibraltar y en Malta. En la primera, Carlos y Ana jugaron con los monos; Felipe también tiró cacahuetes, pero en su caso fue a los periodistas.

Winston Churchill se les unió en la isla de Wight. Juntos navegaron por el Támesis hasta el centro de Londres y, desde la cubierta, el primer ministro les dio una pequeña lección de historia patriótica sobre el río. La soberana bromearía más tarde que, mientras que ella solo veía sucias aguas, él veía la mística de Bretaña.13

De vuelta a Londres, a Isabel la esperaban los problemas que había dejado aparcados antes de su viaje: el relevo del primer ministro y la boda de su hermana. Ninguno de los dos iba a ser sencillo de resolver.

A pesar de que Churchill le había dejado entrever antes de partir que a su regreso del tour de la Commonwealth él dimitiría, cuando llegó la hora se echó atrás. Durante semanas evitó el tema e incluso a finales de marzo parecía que iba a alargar unos cuantos meses su legislatura con la excusa de organizar una conferencia de altos vuelos con los soviéticos para tratar el tema de las armas nucleares. No fue hasta abril de 1955 cuando, aunque a regañadientes, aceptó dejar Downing Street y se lo comunicó oficialmente a la soberana.

A pesar de que no fue una sorpresa, y en el fondo sabía que era lo mejor para todos, Isabel sintió una gran pena. Enseguida pensó en ofrecerle un ducado por los servicios prestados a la nación; él no aceptó. Isabel también le escribió una larguísima carta para reconocer su apoyo personal hacia ella: además de agradecerle sus «sabios consejos», le adelantó que ninguno de sus sucesores sería «capaz de ocupar el mismo lugar que mi primer primer ministro». Churchill le respondió con un tono incluso más elogioso de lo que ya era natural en él.

Constitucionalmente hablando, correspondía a la soberana proponer un candidato después de consultar a varios miembros del partido. No fue necesario preguntar demasiado: todos sabían que la única persona viable era Anthony Eden, el hasta ahora número dos del gabinete. Así que fue llamado rápidamente a palacio y, tras una breve audiencia, Isabel le pidió que «formase un gobierno en mi nombre», a lo que él, naturalmente, contestó que sí.

De gran elegancia, encanto y atractivo —se decía que era el político más guapo de su época—, Eden era también un hombre increíblemente culto y ya de muy joven dominaba el francés y el alemán. Luego, en Oxford, añadió el árabe y el persa. Como Churchill, también venía de la clase alta —era hijo de un barón, se había educado en Sandroyd School y en el prestigioso internado de Eton— y atesoraba una larga carrera diplomática. La reina sabía, no obstante, que su currículum no era tan impecable como parecía. Para empezar, a pesar de su exquisita educación, también tenía una constante necesidad de adulación y, lo que era peor, sufría brotes súbitos de mal genio, incluso en ocasiones con aspavientos violentos.14

Al principio, a la reina le costó establecer una relación de confianza con él. A pesar de su encanto, en privado podía ser muy tímido, incluso distante, muy alejado de la bonhomía de Churchill. Sin embargo, la soberana consiguió romper el hielo y, después de varios encuentros, se les escuchó reírse a carcajada limpia. Semejante proximidad le iba a ir bien a Isabel para tratar con su nuevo primer ministro un tema delicado: la posible boda de su hermana.

La reina creía que el hecho de que Eden estuviera divorciado y casado en segundas nupcias —con Clarissa Spencer-Churchill, sobrina de Winston Churchill— ayudaría a suavizar la oposición del Gobierno al enlace. Como Peter Townsend, él había sufrido la infidelidad de su primera esposa, Beatriz Beckett, lo que habría provocado la ruptura de la pareja. La reina pensó que esa coincidencia haría que viera la petición de Margarita con mejores ojos. Pero se equivocaba.

Mientras Peter estuvo en Bruselas, la princesa había seguido con su estilo de vida de siempre, con continuas fiestas, algunos actos de beneficencia donde no debía hacer nada más que aparecer y sonreír, y unos pocos viajes oficiales. Margarita fue cuatro días a Bonn —fue la primera persona de la familia real británica en pisar Alemania desde los tiempos del káiser— y, más tarde, en febrero de 1955, se desplazó hasta el Caribe donde visitó varios estados de la Commonwealth, incluidos Barbados, Jamaica y las Bahamas. Sin duda, triunfó: si su hermana aparecía en muchos actos fría y distante, ella lucía radiante y su vestuario —diseñado por Norman Hartnell y Victor Stiebel— fue impactante; si Isabel pronunciaba discursos insulsos, Margarita se recreaba en una retórica grandilocuente pero efectiva. La población quedó tan encantada que algunos periodistas llegaron a reconocer que Margarita tenía más carisma que su hermana, algo que a Isabel no le hacía demasiada gracia.

La prensa comenzó a recrearse en las comparaciones, pero sobre todo insistió una y otra vez en el tema de una futura boda con Townsend. Cuando la princesa cumplió veinticinco años, el 21 de agosto de 1955, la prensa entendió que se aprovecharía el aniversario para desencallar el asunto. Al fin y al cabo, ya no necesitaba el apoyo formal de la reina, aunque sí la aprobación del Parlamento. Unos trescientos fotógrafos acamparon a las puertas de Balmoral, donde se encontraba la familia real al completo, a la espera de detalles, una situación que exasperó a la reina y a su marido.

No hubo ninguna comunicación entonces ni tampoco en las semanas siguientes. Sin embargo, a principios de octubre, cuando Eden llegó a Balmoral para pasar el tradicional fin de semana que los primeros ministros disfrutan con la reina en Escocia, los periodistas entendieron que se iba a discutir el tema. Y así fue: la soberana y él hablaron largo y tendido. Felipe a veces se les unía, aunque Margarita quedó inexplicablemente fuera de las conversaciones.

Eden no quiso comprometerse a nada, pero le dijo a Isabel que lo consultaría con su Gobierno. La respuesta que obtuvo, sin embargo, fue la misma que en tiempos de Churchill: un rotundo no. Incluso en esta ocasión lord Salisbury, uno de los miembros más destacados del gabinete y religioso ferviente, amenazó con dimitir si se aprobaba el enlace.

Enfrentada a semejante oposición, la reina no supo qué hacer y, desgraciadamente, actuó de manera errónea. Inmiscuirse en la vida de otras personas, sobre todo de alguien tan próximo como su hermana, la incomodaba profundamente, así que, cuando la princesa dijo que volvía a Londres para reencontrarse con Peter, en vez de enfrentarse a ella y evitar la crisis antes de que fuera demasiado tarde, Isabel decidió sacar sus perros a pasear y evitó volver a hablar más del tema. Sería un error que le costaría muy caro y que repetiría años más tarde, cuando hizo lo mismo con los problemas de sus hijos.

Peter llegó a Inglaterra en medio de un aluvión de fotógrafos. Aterrizó en un pequeño aeródromo en Kent pensando que así podría esquivar a la prensa, pero se equivocó. Muchos habían intuido el ardid y miles de flashes explotaron mientras Townsend descendía las escalerillas de la aeronave. También lo persiguieron hasta Lowndes Square, en Londres, donde un amigo de la familia real le había facilitado un piso.15

Margarita y él se reencontraron a la mañana siguiente, el 13 de octubre de 1955, en Clarence House. A pesar de llevar dos años separados, como temía Isabel, la distancia había servido para unirlos más. De hecho, a partir de ese día fueron inseparables y pasaron el fin de semana juntos en una finca de Berkshire propiedad de una sobrina de la reina Elizabeth. Los fotógrafos no solo los persiguieron en coches, sino que alquilaron avionetas para sobrevolar el lugar e intentaron sobornar a los criados con sumas de dinero astronómicas. Todo fue en vano: nadie dijo una palabra y fue imposible fotografiarlos en una situación controvertida.

A pesar de que el público disfrutaba con una bonita historia de amor, durante aquel fin de semana, sin embargo, ambos se dieron cuenta de que quizás no estaban hechos el uno para el otro. Ella admiraba su talante pausado y su elevación mística, pero ahora le aburría su melancolía y comenzó a verlo como un hombre demasiado serio y estirado. Él apreciaba la belleza de ella, su alegría, vivacidad e inteligencia, pero le abrumaban sus ganas locas de divertirse hasta altas horas de la madrugada. Aún se querían, pero la pasión había desaparecido. No obstante, habían llegado demasiado lejos como para reconocerlo abiertamente y, en un gesto típico de parejas que saben que están rotas pero no quieren asumirlo, decidieron casarse con la esperanza de renovar la llama perdida.

Margarita intuyó todos los problemas políticos, pero sabía que podía contar con la opinión pública: la prensa estaba claramente de su parte y criticaba abiertamente la actitud «trasnochada e hipócrita» de la Iglesia y el Gobierno. Todo el Reino Unido parecía debatir el tema y la mayoría llegaba a la conclusión de que la pareja debía casarse si así lo querían. Pero la corte de Buckingham no quería hablar de semejante posibilidad y Downing Street, aún menos.

El gobierno de Eden, después de analizar detenidamente la situación, tomó la resolución de que, si Margarita quería realmente casarse, debía renunciar a su rango de princesa y a su asignación oficial; la boda tendría que celebrarse en el extranjero y la pareja no podría regresar a Inglaterra en varios años. La reina Isabel fue la encargada de desvelarle los duros términos a su hermana; lo hizo durante un fin de semana en Windsor.

Margarita entendió que aquello era el final. Llamó por teléfono a Peter y le explicó la situación. Estaba claro que no podían seguir adelante: por mucho cariño que la princesa sintiera, era inconcebible abandonar a su familia, su condición de alteza real y, sobre todo, su suculenta renta para convertirse en una ama de casa sin dinero en un país extranjero. Además, en los últimos días, sus sentimientos se habían aclarado: Margarita reconoció que, una vez estuvieron frente a frente, la adrenalina inicial se había esfumado. La fantasía, alimentada por la distancia, se había desvanecido. En cuestión de horas, Townsend hizo público un comunicado en el que anunciaba el final del romance.16

Poco después, la princesa apareció en público con su hermana, su cuñado y el presidente de Portugal, que estaba de visita oficial en Inglaterra. Fue en el Covent Garden para asistir a una ópera. Aunque apareció reluciente con un vestido rosa y blanco, a nadie se le escapó que tenía los ojos tristes y que no le dirigió la palabra a su cuñado, a pesar de estar sentado a su lado. Puede que Margarita ya no sintiera un gran ardor por Peter, pero aún le dolía lo mucho que su familia la había manipulado, forzado hasta el límite y hecho sufrir.

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