La Reina

La Reina


12 La caída del pedestal

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12 La caída del pedestal

Isabel aprendió muy rápido a ser una monarca extraordinariamente disciplinada y eficiente. No solo leía los papeles que el Gobierno le enviaba en la red box diaria, sino que estudiaba las actas de las reuniones de los gobiernos y el boletín oficial del Parlamento. Aunque al principio le costó, al cabo de un par de años en el trono era capaz de comprender hasta el más nimio matiz de un informe del Foreign Office. Además, estaba desarrollando buenas habilidades como diplomática. A finales de abril de 1956, por ejemplo, recibió al presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov, y al primer ministro, Nikolái Bulganin, ambos recién instalados en el Kremlin. Dada su ideología comunista, no habían permitido que se les cursara una invitación en nombre de una soberana, por lo que no hubo banquetes oficiales en Buckingham, pero sí aceptaron tomar el té con la reina en el castillo de Windsor. Incluso se pusieron elegantes trajes oscuros con corbata para la ocasión.1

El encuentro fue muy agradable y dejó a todos con un buen sabor de boca. Isabel empleó una técnica que le daría buenos resultados en el futuro: en vez de inmiscuirse en temas complicados, se limitó a hacer comentarios ligeros mientras enseñaba el castillo a sus huéspedes y les servía el té. Por ejemplo, más que interesarse por la economía planificada o el funcionamiento interno del politburó, quiso saber cosas del avión que los había traído a Londres. Jrushchov pareció complacido: en sus memorias escribió que la reina «tenía una voz muy agradable y calmada. No era nada pretenciosa, estaba totalmente alejada de la altivez que uno esperaría de la monarquía»2.

Además de agasajar a dignatarios extranjeros, Isabel siguió un consejo de su marido y empezó a abrir el palacio a personas que tradicionalmente habían sido excluidas. Felipe consideraba que su mujer estaba demasiado aislada del mundo exterior y por ello, a partir de mayo de 1956, se organizaron almuerzos en Buckingham con científicos, escritores, artistas y deportistas destacados. No era un público excesivamente radical —a los primeros encuentros acudieron el obispo de Londres, el director de The Times y el gerente del estadio de Wembley—, pero aun así suponía un cambio respecto a los duques y barones que solían pulular por palacio.3 A Isabel no le acabó de gustar la idea —al fin y al cabo, no eran el tipo de personas con las que se sintiera más a gusto—, pero puso buena cara.

Viendo a la reina desempeñar sus funciones con tanto aplomo se podría pensar que estaba ya firmemente anclada en el trono. Pero, aunque a principios de 1956 la soberana aún disfrutaba de una adulación sin límites y la prensa le dirigía elogios entusiastas, todo cambió de repente cuando el gobierno de Eden cometió un sonado y catastrófico error en Suez.

El canal de Suez era uno de los grandes símbolos del Imperio británico. Conectaba el Mediterráneo con el mar Rojo y permitía ahorrar mucho tiempo a los barcos británicos que comerciaban con la India y el resto de Asia. En los últimos tiempos incluso había adquirido más relevancia. A partir de la Segunda Guerra Mundial, el petróleo se convirtió en el combustible de referencia en el planeta y los grandes buques petrolíferos eran ahora los principales beneficiarios de ese canal pegado a Arabia y Oriente Medio, las principales zonas de extracción del crudo.

La irrupción del petróleo coincidió con el auge del nacionalismo en Egipto y el ascenso al poder del general Gamal Abdel Nasser, un militar que se oponía a la presencia de británicos en la zona alegando que no eran una colonia del Imperio. El general era temido en Downing Street: no solo había hecho caer la monarquía en Egipto en 1952, sino que, de facto, ostentaba el poder del país, y estaba introduciendo políticas revolucionarias, como una redistribución de la tierra que iba en contra de los intereses de compañías británicas. La situación se volvió especialmente tensa cuando Nasser fue proclamado presidente de Egipto en junio de 1956: una de sus primeras medidas fue nacionalizar el Canal de Suez, hasta entonces en manos de una compañía anglo-francesa.

Cuando el Gobierno de Londres recibió la noticia, el pánico cundió y rápidamente se cotejaron varias opciones. Algunos querían presionar para que el canal quedase en manos de un protectorado internacional, otros inmiscuir a Naciones Unidas y unos terceros plantearon abiertamente la lucha armada. De manera muy irresponsable, la guerra acabó imponiéndose y comenzaron secretamente los preparativos para invadir Egipto: la idea era que Israel lo hiciese desde la península del Sinaí y que, una vez el conflicto estuviera en marcha, tropas inglesas y francesas intervinieran para, oficialmente, «salvar el canal de la destrucción de las bombas».

A pesar de lo ilegal e ilógico de la operación, los preparativos siguieron adelante y la actividad diplomática fue frenética durante algunos meses. La reina era informada puntualmente de todos los planes secretos.4 Durante los meses previos a la invasión, recibió en audiencia al primer ministro no una sino dos veces cada semana. En aquellas reuniones encontró al primer ministro cada vez más nervioso, tenso e incluso errático. Había días en los que ni podía quedarse quieto en la silla, se sobresaltaba a la mínima y apenas se le entendía cuando hablaba. La exaltación se debía seguramente a la presión ingente que estaba soportando y también a que empezó a tomar Benzedrina, una poderosa anfetamina que entonces se recetaba para tratar depresiones y fatiga.5 Los efectos secundarios en aquella época eran desconocidos y ningún médico le pudo alertar de que estaba ingiriendo una droga muy peligrosa que alteraba su raciocinio y su conducta.

Seguramente por ello, Eden, un diplomático habilidoso y con mucha experiencia, cometió sonados errores. Para empezar, no se dignó a confiar sus planes a los estadounidenses porque sabía de sobra que el presidente Dwight Eisenhower, en vez de apoyarlo, intentaría disuadirlo por todos los medios. El norteamericano, un general brillante y con buen olfato, consideraba con razón que todo aquello era una locura y tenía especialmente miedo de que los soviéticos acabaran entrando en el conflicto para apoyar a los egipcios y reforzasen su poder en la zona. Además, Eden no calculó bien sus fuerzas, infravaloró la capacidad de resistencia del ejército egipcio y no tuvo en cuenta la opinión pública internacional, a la cual no le iba a gustar en absoluto que se lanzaran bombas sobre población inocente.

Los eventos se precipitaron con rapidez: el 24 de octubre se firmó un acuerdo secreto entre Gran Bretaña, Francia e Israel detallando la conspiración y fijando como fecha de invasión el 29 de octubre. El plan era que Francia y el Reino Unido exigiesen un alto el fuego el día 30 y que, dado que no les harían caso, enviasen sus propias tropas el 31. Así se hizo: el 29 Israel invadió y el 31 la aviación británica bombardeó los principales aeropuertos de Egipto y destruyó su fuerza aérea. A pesar de que la operación militar se vendió como un éxito, los británicos no daban crédito y se enfadaron. Los Estados Unidos protestaron enérgicamente y los países de la Commonwealth, a los que Eden también había marginado de las deliberaciones, enviaron telegramas de profunda indignación a Londres.

Lo peor, sin embargo, estaba aún por llegar. A pesar de que, presionados por todos los lados y especialmente por Estados Unidos, egipcios e israelíes decidieron un alto el fuego, los planes británicos de invasión siguieron como si nada y, a principios de noviembre, paracaidistas ingleses y fuerzas anfibias desembarcaron en Egipto para tomar puntos estratégicos. Ahora ya no había manera de disimular los verdaderos planes del Gobierno y la opinión pública estalló de ira. El hecho de que justo en aquel momento la libra esterlina se devaluase y las reservas de oro cayesen no hizo sino complicar aún más las cosas. Londres necesitaba desesperadamente ayuda económica y, cuando pidió auxilio a Estados Unidos, Washington le contestó que no enviaría ni un dólar si no retiraban inmediatamente a sus soldados de Egipto. Eden, acorralado, no tuvo más remedio que aceptar. Aquello fue una humillación en toda regla. Toda la operación de Suez había sido un desastre, mal planificada y peor ejecutada, y a pesar del enorme coste humano, político y económico, Downing Street no había conseguido nada.

Eden era un hombre políticamente acabado y lo sabía. Físicamente también estaba en las últimas: desde octubre sufría ataques repentinos de fiebre y el consumo continuado de anfetaminas había destrozado su estabilidad mental. A mediados de noviembre los médicos le aconsejaron que descansara inmediatamente, a poder ser en algún lugar soleado. El 23 de noviembre, ante la atónita mirada de los fotógrafos, partió hacia Jamaica. Todos entendieron que estaba huyendo. Cuando regresó al cabo de unas semanas, el país parecía en su contra y se lo dejaban claro: no podía dar un paso sin encontrarse con manifestantes que lo abucheaban sin contemplaciones.

Eden sabía que su carrera estaba acabada y, si aún tenía alguna duda, los médicos terminaron de convencerle: en diciembre le dijeron que, si seguía en el cargo, con todo el estrés y el cansancio que ello implicaba, no sobreviviría. Decidió salvar el pellejo y, a principios de enero, se trasladó a Sandringham, donde la reina estaba celebrando las Navidades, para comunicarle su dimisión.

Con ella, Eden logró calmar algo los ánimos de la opinión pública, pero no lo suficiente. Había indignación por las muertes innecesarias de inocentes y por la absoluta torpeza y mediocridad de los políticos, pero también aturdimiento por la pérdida de influencia global del Reino Unido. Si hasta hacía poco el Imperio parecía sólido y poderoso, de la noche a la mañana los ingleses descubrieron que ya no dominaban el mundo y que pintaban bastante poco en la geopolítica global. El resultado fue una ira que dirigieron contra Eden, todo su Gobierno, el establishment en general e incluso la Corona.

Fue la primera vez que Isabel se topó con críticas viscerales hacia la monarquía en la prensa y, quizás para contrarrestar los insultos, se filtró a varios editores que la reina había estado desde el principio en contra de aquella operación suicida.6 Aunque habría que matizar esta oposición: todo parece indicar que Isabel pensó que era una locura, pero no solo no se opuso en absoluto a los planes de Eden, sino que no hizo nada por detenerlos. Seguramente, a estas alturas, aunque se sentía más cómoda en sus labores como soberana, todavía no había adquirido el suficiente bagaje como para entender las implicaciones de una operación tan compleja. Sin olvidar que no debió de sentirse con fuerzas suficientes para imponerse a un primer ministro. Además, se sabe que muchos en Buckingham estaban totalmente a favor de enviar soldados a Suez.

Sea como fuera, Isabel siguió recibiendo fuertes críticas en la prensa por lo mal que se había gestionado Suez, por la dimisión de Eden y, semanas más tarde, por cómo se había aupado a su sucesor. Como soberana, Isabel debía escoger al nuevo primer ministro. Después de consultar con varios líderes del Partido Conservador en el poder, había dos candidatos posibles: Harold Macmillan, Chancellor of the Exchequer, algo así como el ministro de Hacienda, y Rab Butler, presidente de la Cámara de los Comunes y viceprimer ministro en el gobierno de Eden. Macmillan había sido uno de los principales arquitectos de la operación de Suez mientras que Butler se había opuesto desde el principio, por lo que la opinión pública asumió que este último sería el nuevo primer ministro. Pero se equivocaba: varios mandamases del partido, como lord Salisbury o el mismísimo Winston Churchill, movieron hilos en Buckingham para convencer a la reina de que se decantara por Macmillan.7

De sesenta y dos años por entonces, Maurice Harold Macmillan era un hombre complejo. A primera vista era un arquetipo del aristócrata de toda la vida: siempre impecablemente vestido, criado por nannies francesas, educado en Eton y en Oxford, soldado en la Primera Guerra Mundial dentro de la elitista Guardia de Granaderos y con una larga hoja de servicios como diputado parlamentario. Su mujer, lady Dorothy Cavendish, era hija del duque de Devonshire, uno de los hombres más ricos del país y probablemente el que más terreno y castillos poseía. Macmillan era culto e inteligente, pragmático cuando debía e idealista cuando podía. Sin embargo, como Isabel pronto iba a descubrir, escondía un lado oscuro: aunque aparecía siempre calmado, podía perder súbitamente los nervios; si bien era dialogante, también podía resultar implacable y, si la ocasión lo requería, no tenía escrúpulos; a pesar de su experiencia y bagaje más que notables, era muy inseguro, por lo que dudaba de sus habilidades y sufría episodios depresivos continuos.

Lo peor, sin duda, era su vida privada: aunque de familia acomodada y con negocios editoriales prósperos, Macmillan descendía en realidad de campesinos escoceses y muchos a su alrededor consideraban que no tenía pedigrí alguno. Su mujer, además, le ponía ostensiblemente los cuernos con un diputado conservador, Robert Boothby, y el affaire, aunque desconocido por el gran público, era vox populi entre los altos círculos.8 Isabel, por ejemplo, era plenamente consciente del tema, aunque obviamente nunca lo sacó a relucir.

Cuando la reina lo hizo llamar a Buckingham y le ofreció el cargo, pensó que su nombramiento era la opción más tranquila para el país: un hombre de sobrada experiencia y con los contactos necesarios como para hacer funcionar el Reino Unido debidamente. Pero muchos en el Partido Conservador montaron en cólera y los periódicos no tardaron en publicar piezas furibundas contra la Corona: en vez de demostrar buen juicio y escuchar a diversas voces, se quejaron de que la reina tan solo había hecho caso a aristócratas de la vieja escuela que representaban a una Gran Bretaña que ya no existía. Isabel quedó retratada como una mujer anclada en otra era, solo interesada en perpetuar el privilegio y la influencia de un determinado estrato social e incapaz de entender el mundo en que vivía y los vertiginosos cambios que estaba experimentando.

En todo este período sorprende que la reina no contara más con la voz más moderna, audaz y revolucionaria de su entorno: la de su marido. Pero la verdad es que Felipe no podía aconsejarla porque estaba a kilómetros de distancia: el 15 de octubre de 1956 zarpó hacía Melbourne para inaugurar los Juegos Olímpicos. Había aprovechado el trayecto para hacer un tour por varios países de la Commonwealth que duró cuatro meses y que incluyó hasta una parada en la Antártida.

El viaje se vendió como una oportunidad para reforzar los vínculos con países pequeños de la Commonwealth, algunos de los cuales nunca habían sido visitados antes por un miembro de la familia real. Sin embargo, la explicación era una mera fachada: el verdadero motivo era que Felipe necesitaba partir lejos cuanto antes y estar una larga temporada fuera. No era ningún secreto que seguía agobiado en palacio, donde la vieja guardia seguía menospreciándolo sin piedad. No encontraba su sitio en la estricta jerarquía y, a pesar de que cumplía disciplinadamente con una agenda que cada vez estaba más repleta de actos, estos no lo llenaban. Nada parecía satisfacerlo y se sentía frustrado.

Al principio, Felipe había intentado favorecer causas en las que creía, como la ciencia y la tecnología, y, sobre todo, el desarrollo físico y moral de los jóvenes. Había apoyado iniciativas para sacar a los jóvenes al campo con el objetivo de hacer deporte y participar en duras competiciones. En 1956 creó su proyecto más emblemático: el Duke of Edimburg Award, el premio Duque de Edimburgo, un programa que organizaba expediciones donde los jóvenes eran sometidos a pruebas para medir su resistencia y habilidad. También se había interesado por la pintura y aquel mismo año comenzó a tomar clases.

Aparte de su actividad oficial, no era ningún secreto que el duque de Edimburgo salía de palacio a menudo acompañado de su inseparable Mike Parker y disfrutaba de fiestas que horrorizaban a los adustos cortesanos. Semejantes escapadas se habían publicado con todo lujo de detalles en revistas extranjeras, lo que había provocado un pequeño escándalo en el continente que, afortunadamente para Buckingham, no había llegado aún a las costas británicas. Pero no faltaba mucho para que lo hiciera.

La reina era consciente de los rumores relativos a su matrimonio y, sobre todo, sabía que su marido acudía con frecuencia al Thursday Club, unos almuerzos organizados por el fotógrafo Stirling Henry Nahum, conocido profesionalmente como Baron, en la planta superior del restaurante Wheeler’s, en Old Compton Street. En principio, eran reuniones selectas y muy discretas en donde participaban desde periodistas como Arthur Chistiansen —editor del Daily Express— y Frank Owen —del Daily Mail—, a actores como Peter Ustinov, políticos como el conservador Iain Macleod y diplomáticos como Kim Philby, que años después sería arrestado y acusado de ser un espía soviético.9 La verdad, sin embargo, era que se trataba de una reunión de amigotes dispuestos a pasárselo bien. El ambiente era ligero, repleto de conversaciones divertidas, bastantes palabrotas y chistes verdes. Para Felipe, era una vía de escape del estirado y casposo ambiente de Buckingham.

El problema, sin embargo, era que no solo se trataba de un respiro pasajero. Corrían rumores de que Felipe de Edimburgo usaba su amistad con el fotógrafo Baron como tapadera para verse con mujeres y algunos columnistas dejaron entrever que el marido de la reina se veía a escondidas con Pat Kirkwood, una artista de musicales de gran belleza. De hecho, muchos creían que su relación había comenzado en 1948, cuando la reina aún era princesa y estaba embarazada de Carlos.10

La reina sabía que su marido necesitaba de vez en cuando to steam off, ese verbo tan exquisitamente británico que significa, literalmente, sacar vapor, y que se utiliza para justificar infidelidades siempre que sean esporádicas y no pongan en riesgo el matrimonio. Sin embargo, después de la coronación, los desahogos de Felipe eran tantos que Isabel se enfadó. Seguramente le llegó el rumor de que estaba usando el apartamento de Baron para verse con otras y montó en cólera. No hay duda de que, justo antes de que el duque partiera de viaje, el matrimonio pasaba por una grave crisis.

A la opinión pública, por supuesto, se le ocultó cualquier detalle al respecto y se filtró, simplemente, que la reina reconocía que Felipe necesitaba escapar durante una temporada de Buckingham, regresar al mar y estar rodeado durante semanas por oficiales con los que poder confraternizar. Por supuesto, nadie creyó semejante excusa. Además, las fechas no podrían haber sido peores. Mientras el lujoso yate Britannia avanzaba hacia lo que entonces se conocía como Ceilán, los paracaidistas británicos descendían sobre Egipto. Las imágenes hablaban por sí solas: al tiempo que los soldados se jugaban la vida, el marido de la reina disfrutaba confortablemente en un viaje que pronto la prensa bautizó como Philip’s Folly, el disparate de Felipe.11 Aquello, aseguraron muchos periódicos, era un dispendio innecesario de dinero que no iba a favorecer a nadie más que al duque y a unos cuantos de sus amigos.

Lo peor, sin embargo, fue que muchos periodistas comenzaron a usar aquel tour como excusa para hacer preguntas sobre el estado del matrimonio real. Los rumores sobre supuestas desavenencias y separaciones llegaron a tal nivel de sensacionalismo que la prestigiosa revista estadounidense Time reconoció que «los chismorreos son más intensos que en la época de Wallis Simpson y Eduardo VIII».12 Felipe pasó fuera su noveno aniversario de bodas y también se perdió las Navidades en Inglaterra. Todo aquello, según la prensa, fueron muestras del peligroso distanciamiento.

El hecho de que justo por aquellas fechas su secretario privado y gran amigo, Mike Parker, recibiera una petición de divorcio de su mujer lanzó aún más leña al fuego. Eileen y Mike Parker se habían casado durante la guerra y, como les pasó a muchas parejas durante la contienda, habían tomado la decisión sin conocerse demasiado y sin haber sopesado las consecuencias. El matrimonio descubrió rápidamente que no tenían nada en común y, a pesar de haber tenido dos hijos, nada parecía mantenerlos unidos. Que él fuera un mujeriego impenitente acabó de destrozar la relación. Eileen Parker obtuvo pruebas fidedignas de una de estas infidelidades y presentó una demanda de divorcio. Justo cuando el Britannia se acercaba a Gibraltar, la noticia de la separación de los Parker llegó a la primera plana de todos los periódicos ingleses. Siguiendo órdenes tajantes de palacio, Mike Parker dimitió, abandonó el barco en cuanto llegó al Peñón y tomó inmediatamente un avión de vuelta a Londres. Pero ni aun así se detuvo el escándalo.

Al contrario: el divorcio de Mike Parker pareció abrir la veda entre la prensa. Lo que un par de años antes hubiese sido inimaginable —como titulares del tipo «La reina y el duque peleados por una corista»— era ahora la comidilla de todo Londres. Buckingham entró en pánico y lo único que se les ocurrió fue ofrecer una reunión de la pareja delante de las cámaras: como la reina tenía que ir en breve a Portugal para iniciar un viaje oficial y el Britannia ya estaba allí, se decidió que Isabel se trasladaría a Lisboa dos días antes de lo previsto para poder pasar «algo de tiempo junto a su marido». Centenares de periodistas la esperaron en el Aeródromo Militar de Montijo para inmortalizar el reencuentro.

A pesar de que posaron sonrientes ante los fotógrafos, enseguida hubo broncas en la pareja. Felipe explotó y, en privado, le detalló a su mujer los insultos a los que Buckingham le sometía: nadie le hacía caso, nadie lo valoraba, todos pensaban que era un intruso irrelevante y ni siquiera le había podido poner su apellido a sus propios hijos. Isabel contraatacó: le dijo que estaba siempre quejándose y no entendía el funcionamiento interno de la monarquía.

Aquello podría haber ido a mayores: la brecha entre ambos era demasiado profunda a estas alturas. Solventar la situación —y, sobre todo, evitar un eventual divorcio— requirió de tacto y diplomacia. Isabel, que ya estaba aprendiendo a ser una estadista habilidosa, entendió que debía ofrecer un gesto de buena voluntad y hacer concesiones. El 22 de febrero de 1957 el Gobierno otorgó a Felipe el título de príncipe del Reino Unido, una idea que Winston Churchill había propuesto años antes y a la que nadie había prestado demasiada atención.13 Técnicamente hablando, aquello significó que Felipe volvía a ser príncipe de pleno derecho —había perdido todos sus títulos al cambiarse la nacionalidad— y, sobre todo, que tenía un título británico de alta graduación, superior al de duque, algo que la vieja guardia en palacio iba a respetar. Al público se le explicó que con aquel nombramiento la reina quería agradecer públicamente a su marido sus servicios a la Corona, pero a nadie se le escaparon las verdaderas intenciones de la monarca.

Para intentar contrarrestar los titulares sensacionalistas de los meses previos, Isabel decidió incrementar su agenda internacional: después del viaje de Estado a Portugal, la pareja real fue a París, donde fueron ovacionados por las masas. La reina pensó que con aquella estrategia estaba dejando atrás los escándalos, pero se equivocaba: una nueva crisis estaba a punto de estallar.

Isabel consideraba que su imagen debía ser tradicional y conservadora: siempre aparecía con el mismo peinado, sus ropas rayaban lo vetusto y sus ademanes parecían sacados de otra era. Ella creía que todo aquello contribuía a dar una sensación de continuidad y tranquilidad, pero muchos en la prensa se estaban empezando a hartar del olor a naftalina que desprendía palacio y su augusta inquilina.

Hacía tan solo un par de años, únicamente la prensa muy de izquierdas se atrevía a criticar a la monarquía. El periodista Malcolm Muggeridge, de la revista New Statesman, claramente laborista, incluso con tintes marxistas, había recomendado a la soberana que reemplazara a los viejos cortesanos por profesionales de la comunicación que entendieran el mundo moderno.

Pero la sugerencia hacía caído en saco roto e incluso se la consideró escandalosamente radical.14

El problema vino cuando, no solo la izquierda, sino también los conservadores comenzaron a criticar a Buckingham. El ataque más directo, violento y disruptivo llegó de la mano de un tal John Grigg, barón de Altrincham, propietario de una revista de circulación limitada llamada National and English Review, la cual en agosto de 1957 publicó un demoledor artículo sobre la mismísima reina.

Lord Altrincham, como se le conocía, tenía por aquel entonces treinta y tres años y un perfil típicamente conservador: educado en Eton y Oxford, había servido en la elitista Guardia de Granaderos antes de meterse a periodista. A pesar de su augusta formación, era crítico con el establishment y se había granjeado la enemistad de unos cuantos mandamases al cuestionar abiertamente la existencia de la Cámara de los Lores, una institución que, a su juicio, era tan arcaica como ineficiente. También había creado un pequeño escándalo al defender abiertamente que las mujeres pudieran ejercer de sacerdotes. Por supuesto, se había opuesto vehementemente a la invasión de Suez y fue precisamente esta operación suicida y fallida lo que le hizo pensar que la élite estaba corrompida y totalmente divorciada de la realidad.

Lo escandaloso fue que, para él, la mejor expresión y personificación de esa podredumbre y mediocridad de la cúpula era la propia Isabel. En su artículo en la revista, la llamó «priggish schoolgirl», algo así como «escolar mojigata y cateta», la acusó de haber estado «horrorosamente mal preparada para el cargo» y, sobre todo, criticó su forma de hablar. Dijo que era «a pain in the neck», literalmente «un dolor en el cuello», una expresión que aquí traduciríamos por «un dolor de cabeza». «Como su madre —escribió Altrincham—, la reina parece incapaz de decir dos frases seguidas si no se las han escrito. Al menos debería aprender a leerlas bien». También criticó a la corte de Buckingham —dijo que eran un enclave diminuto de aristócratas trasnochados que escribían pésimos discursos— y condenó muchos de sus rituales, como las presentaciones de debutantes, solemnes ceremonias en las que las jóvenes de la aristocracia eran «presentadas» a la reina.

Obviamente, en cuanto la revista salió a la calle, a Altrincham le llovieron las críticas por doquier. Un espontáneo, un tal B. K. Burbidge, le soltó a Altrincham un puñetazo cuando se lo encontró por la calle. Lo detuvieron y lo pusieron a disposición judicial, pero el juez solo le impuso una multa simbólica de una libra.

Irónicamente, fue en palacio donde el artículo de Altrincham se leyó con más atención. Aunque la vieja guardia prefirió no darle importancia, los oficiales más jóvenes, sobre todo Martin Charteris, por no hablar de Felipe de Edimburgo, le dieron la razón. La reina, sin embargo, estaba furiosa, aunque aceptó introducir algunos de los cambios que este había propuesto. Ordenó, por ejemplo, que se pusiera fin a la presentación de debutantes —se sustituyó por «fiestas en el jardín» a las que fueron invitadas personas de toda clase social— y ella misma se esforzó por que su voz y entonación mejoraran. Se sabe que varios profesionales de la BBC —incluso se rumorea que el mismísimo David Attenborough— le dieron clases de locución para rebajar su timbre y dejar atrás su acento de clase alta. Además, Isabel hizo algo que la horrorizaba: aceptó dar discursos por televisión con teleprónter.

La primera vez que Isabel leyó un discurso en directo frente a las cámaras fue en Canadá. Pocos meses después de que Altrincham iniciase su particular cruzada, la reina y el duque de Edimburgo pusieron rumbo a América del Norte y, el mismo día de su llegada a Ottawa, el 12 de octubre, Isabel II se dirigió por televisión a los canadienses usando tanto el inglés como un correctísimo francés. A pesar de que comenzó muy sonriente y dijo que aquel medio le permitía «hablar de manera más personal», enseguida se le tensó el rostro y su retransmisión fue robótica. El mismo problema de siempre.

A pesar de que el viaje estaba pensado para que la reina abriese la sesión del año parlamentario —fue la primera soberana británica en hacerlo—, a Isabel le entusiasmaba sobre todo la segunda parte del itinerario, que iba a llevarla a Washington, Nueva York, Jamestown y Williamsburg, en Virginia, donde iba a celebrar el 350 aniversario de la fundación de la primera colonia británica en Estados Unidos. Además, tenía muchas ganas de volver a ver al presidente Eisenhower, quien había sido un gran amigo de su padre. Ike, como lo conocían sus compatriotas, había servido en Londres como comandante de las Fuerzas Supremas Aliadas durante la guerra, y había podido conocer y confraternizar con Jorge VI.

El presidente le envió su avión oficial, el Columbine III —el Air Force One no llegaría hasta tiempos de Kennedy—. Ya en Washington, la pareja real se montó en unas limusinas descubiertas con Eisenhower y su mujer, Mamie, y recorrieron las principales calles de la capital bajo los gritos entusiastas de miles de ciudadanos. Se hospedaron en la Casa Blanca, en una suite que posteriormente, y hasta el día de hoy, se llama The Queen’s Bedroom, la habitación de la reina, en honor a Isabel II. Felipe durmió en la habitación Lincoln. El programa establecía un sinfín de banquetes, cenas de gala, recepciones y audiencias. En una de ellas, el entonces vicepresidente Richard Nixon, consciente de la polémica de Altrincham, le recomendó algunas técnicas para mejorar la entonación. Y, por lo que se cuenta, incluso al día siguiente le envió un ejemplar de The Art of Readable Writing, de Rudolf Flesch, un manual de oratoria bastante conocido en aquella época.15 La prensa también tomó buena nota de los discursos de la reina y, aunque publicó que «no era buena oradora», también reconoció que su voz estaba mejorando.

Aparte del programa oficial en Washington, Isabel insistió en poder hacer «cosas típicamente americanas», como ver un partido de football y, sobre todo, poder visitar un supermercado, unos equipamientos entonces casi desconocidos en Inglaterra, donde seguían predominando los mercados y las tiendas de ultramarinos tradicionales. La reina charló con atónitas amas de casa y se mostró especialmente sorprendida por la cantidad de comida congelada que había, la zona de las cajas registradoras y con que los carritos de la compra llevasen un asiento para los niños. Isabel también se reservó unas horas «privadas» para hacer lo que más le gusta: ver caballos.

Después de Washington, vino Nueva York, una visita que la reina estaba deseando hacer desde hacía años. Se calcula que más de un millón de personas se agolparon en las calles desde la zona del puerto hasta el hotel Waldorf Astoria, donde se hospedaría la pareja. Isabel miraba admirada a su alrededor: «Nunca me imaginé que estuvieran tan juntos», comentó sobre los rascacielos.16

La visita a Estados Unidos sirvió para que la televisión se instalara para siempre en la vida de la reina. Lo que significaba que ahora resultaba impensable que el tradicional discurso de Navidad no fuese retransmitido en directo por la BBC. Isabel lo sabía y, durante días, estuvo practicando con el teleprónter en un estudio improvisado en Buckingham y también estudió vídeos que le enviaron desde la televisión pública. Felipe la acompañó en todos los ensayos y se preocupó de que su mujer leyese adecuadamente y, sobre todo, sonriese a cámara. También fue él quien llamó a un amigo de la BBC, Antony Craxton, para que supervisase la retransmisión. Entre los dos decidieron que el discurso se daría desde la biblioteca de Sandringham, un lugar con especial buena acústica.17 Dos días antes del gran día, la reina y Craxton organizaron una suerte de ensayo general y repasaron el discurso línea por línea.

Finalmente, a las tres de la tarde del 25 de diciembre de 1957, Isabel se dirigió por primera vez a sus súbditos británicos. Se había organizado un pequeño plató con una gran mesa de roble y una estantería repleta de fotografías familiares y postales navideñas. Un gran ramo de acebo se encargaba de tapar el micrófono y dos grandes cámaras la enfocaban.

El discurso duró siete minutos y en él la reina dijo que esperaba que la televisión la ayudase a parecer «menos lejana». Aunque se la veía sonriente, luego se supo que estaba increíblemente nerviosa y que la retransmisión le había arruinado las Navidades. Pero ya no había vuelta atrás. A partir de entonces, todos los eventos de la monarquía comenzaron a ser televisados.

Empezaba una nueva era.

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