La Reina
13 Carlos
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13 Carlos
Las continuas crisis y los problemas de gobierno provocaron que Isabel apenas tuviera tiempo para su familia, lo que al pequeño Carlos le creó un sentimiento de abandono y falta de cariño del que nunca se recuperaría. Ya desde muy pequeño fue un niño tímido, increíblemente sensible y con preocupantes brotes melancólicos y de inseguridad que, con el tiempo, se irían agudizando. Semejante personalidad hubiese requerido de mucha estabilidad, cuidados continuos y de una presencia constante de sus padres, y aunque Isabel siempre se preocupó de que estuviera bien atendido, sus deberes como soberana y sus continuos viajes le impidieron estar más presente en la infancia de su hijo. Fue una ausencia que pagaría muy cara: muchos de los escándalos que décadas posteriores sacudieron con fuerza a la monarquía comenzaron, en realidad, cuando el heredero de la corona aún estaba en la nursery del palacio de Buckingham.
La reina reconocería que, aunque no fue excesivamente maternal, en ningún momento creyó que estaba desatendiendo a sus hijos. Simplemente, hizo lo mismo que muchas mujeres inglesas de alta alcurnia: ver a sus hijos una hora al día, generalmente después del té. Era inconcebible para una persona de su rango, ya no digamos la soberana del país, ejercer de niñera o dar de comer a los niños. Además, en su caso, y teniendo en cuenta su ajetreada agenda, incluso se puede decir que se esforzó para que sus escasos momentos con sus hijos se respetaran a rajatabla. Incluso movió una hora la tradicional audiencia semanal con el primer ministro para poder acercarse a la nursery a jugar unos minutos con Carlos y Ana y bañarlos. Además, siempre que le era posible recibía a sus hijos en sus aposentos media hora por las mañanas antes del desayuno y, sobre todo, se aseguró de que estuvieran rodeados de personas que les ofrecieran seguridad y apoyo.
Carlos se quejaría amargamente de que no tuvo cariño en su infancia, pero es injusto verlo así. El año 2012, él mismo haría públicas cintas caseras de cuando era pequeño donde se le veía divertirse con su hermana en la playa, jugar con sus padres en Balmoral y reírse a carcajadas.1 Su madre le enseñó a montar a caballo y, muchas noches, su padre le leía cuentos y poemas, sobre todo «La canción de Hiawatha», de Longfellow.2
En realidad, el príncipe estaba rodeado de mujeres que lo adoraban, comenzando por su nurse Mabel Anderson y, sobre todo, por su abuela, la reina madre, seguramente la mujer más importante de su vida y quien lo colmó de abrazos y lo rodeó de personas estimulantes, como escritores y artistas.3 Otra persona clave fue Catherine Peebles, llamada Mispy, una escocesa de pequeña estatura y repleta de energía, que se convirtió en institutriz de Carlos poco antes de que su madre partiera a su largo tour por la Commonwealth. Mispy no tenía formación académica, pero sí excelentes referencias —había trabajado con los hijos pequeños de la duquesa de Kent, la princesa Alejandra y el príncipe Miguel— y defendía que a los niños se les debía tratar con una mezcla entre sentido común, amor y disciplina.
En cuanto llegó a palacio, Mispy se dio cuenta de que Carlos era un niño muy especial y no solo por su estatus de heredero. La mayoría del tiempo lo había pasado con adultos y sus amigos habían sido escogidos entre parientes y familias de altos cortesanos de palacio. En cualquiera de sus cumpleaños se podía ver a los hijos de Martin Charteris y a los nietos de los duques de Gloucester, de Dickie Mountbatten o sir Alan Lascelles. Todos ellos perfectamente atendidos por criados y amenizados por la banda de músicos de la Guardia de Granaderos, los cuales tocaban el cumpleaños feliz y algunas canciones infantiles.4 Carlos los trataba con tanta educación y tenía tan buenos modales que parecía que estuviera siempre en un acto oficial enfrente de las cámaras. Incluso a los corgies les daba las órdenes como si se trataran de dignatarios extranjeros de visita oficial.
Que en sus primeros años no tuviera compañeros de pupitre no ayudó a sacarlo de esa burbuja: Isabel decidió que el heredero se educaría primero en casa y, siguiendo el mismo modelo que ella había recibido, se descartó que más niños se unieran a las lecciones. Mispy puso especial empeño en que desarrollara intereses culturales tempranos: fue ella quien lo animó a pintar acuarelas y quien le despertó una inmensa curiosidad por la historia y, sobre todo, la geografía. También demostró habilidad para el francés. La aritmética, en cambio, nunca sería su fuerte.
Muchas tardes, Mispy organizaba excursiones para que viera el mundo exterior. Como había hecho Crawfie años antes, llevó al pequeño Carlos en metro, a museos, al zoo e incluso a Harrods para que entregara su lista de regalos a Papá Noel: le pidió una bicicleta.5 La prensa, por supuesto, los seguía a todas partes y las fotografías del heredero aparecían constantemente en las revistas, algo que desquiciaba a sus padres.
En 1956, después de cumplir ocho años, Carlos rompió por primera vez con una tradición histórica entre los herederos del trono británico: su madre decidió enviarlo a una escuela infantil. Isabel quería que empezara a relacionarse con niños de su edad y que saliera del mundo de palacio, aunque el lugar escogido no fue quizás el más adecuado para saltarse las rígidas barreras sociales que rodeaban al príncipe. Hill House era uno de los colegios de primaria más elegantes de Londres y estaba convenientemente situado a poca distancia de Buckingham. Como ocurría en sus cumpleaños, allí solo estuvo rodeado de hijos y nietos de aristócratas, aunque la experiencia fue lo suficientemente radical para un chiquillo que, a pesar de los esfuerzos de Mispy, vivía aislado.
Sin embargo, la presencia de fotógrafos le recordaba a Carlos que él era distinto a los demás. Cada mañana al llegar y cada tarde al partir, se tenía que enfrentar a un gentío que le fotografiaba y le chillaba. Muchos días el número de reporteros que le esperaba era tan alto que el director del colegio llamaba alarmado a Buckingham y la reina decidía que su hijo no saliera de palacio.
A pesar del acoso mediático, al príncipe le gustó el lugar. Una de sus experiencias favoritas fue cuando sus padres, acompañados de la pequeña Ana, fueron a verlo en un evento escolar. Carlos estuvo especialmente resuelto ese día, lo que le granjeó incluso una frase de aprobación de su padre, un hombre parco en cumplidos. Años más tarde, aún recordaría cómo el duque de Edimburgo le gritó: «Bien hecho, Carlos».
Su soledad se agudizó cuando palacio anunció que iría a lo que los ingleses llaman preparatory schools, una especie de internados que sirven para preparar los Common Entrance Exams, los rigurosos exámenes de acceso a los grandes internados de Inglaterra, como Eton. El duque de Edimburgo había asistido a la escuela preparatoria Cheam, así que la reina accedió a que su hijo fuera matriculado allí. Carlos hizo las maletas y el 23 de septiembre de 1957 puso rumbo al pequeño pueblo de Headley, en el condado de Hampshire, donde estaba el internado.6
Años más tarde, Carlos recordaría los primeros días en Cheam como los más tristes de su vida. Durante todo el trayecto de ida, tembló tanto de miedo que incluso Isabel se alarmó y en su primera jornada en la escuela ningún estudiante le hizo caso.7 Solo y sin saber a quién dirigirse, el príncipe se quedó quieto en el patio mientras los demás hacían esfuerzos por apartarse de él. Los días siguientes la cosa no mejoró: por primera vez en su vida, Carlos tuvo que hacerse la cama, ocuparse de su ropa y limpiarse los zapatos. A pesar de que intentó mostrarse simpático, el resto de alumnos seguía ignorándolo: ninguno quería confraternizar con el heredero para que no lo acusaran de ser un pelota. Que por aquel entonces el príncipe fuera algo regordete y tuviera unas orejas superlativas no ayudó en absoluto. El nivel de acoso que tuvo que aguantar hoy estaría prohibido.
Académicamente, eso sí, le fue bien y destacó en historia y en geografía —pero suspendió matemáticas—. Sus profesores detectaron lo que más tarde muchos asesores confirmarían: Carlos tenía una inteligencia despierta, pero era errático en su desempeño, por lo que a golpes súbitos de interés que lo absorbían durante horas en una materia en concreto, seguían meses de desinterés absoluto. Su mente era analítica, pero incapaz de centrarse o concentrarse durante largo tiempo.
En los deportes, además, demostraba ser bastante patoso, aunque lo peor, sin duda, era que sus profesores le recordaban constantemente lo bien que le había ido a su padre en la escuela y lo mucho que había destacado en ella. Fue uno de los primeros ejemplos de una competitividad entre padre e hijo que con los años acabaría siendo enfermiza y hasta tóxica: Carlos admiraba a su padre y quería imitarlo en todo lo que hacía, pero que no lograra emularlo lo sumió en traumas muy difíciles de resolver. El príncipe supo desde muy pronto que no iba a cumplir las expectativas que Felipe de Edimburgo tenía depositadas en él: sentía que no era fuerte físicamente, ni agraciado, ni excesivamente buen estudiante, ni popular. Carlos se sintió desde muy pequeño un fracasado y todos a su alrededor —algunos conscientemente y otros no tanto— no hicieron más que reafirmárselo.8
El propio Felipe de Edimburgo se encargaba de recordarle sus triunfos y le exigía en sus cartas que se esforzara para que los demás lo aceptaran como uno más. Además de fútil, fue injusto. Felipe creía que el problema de que Carlos no destacara como un líder era su personalidad sensible y tímida, y pensaba que, como padre, debía ayudar a fortalecerlo. Pero se equivocaba, por supuesto. La causa de su «fracaso» no era su sensibilidad, sino las circunstancias imposibles de sobrellevar para un chiquillo de su edad. Felipe, en el fondo, no tenía ni idea de lo que estaba sufriendo su hijo: al fin y al cabo, él no había llegado a la escuela como el heredero del trono del Reino Unido, nunca tuvo que enfrentarse al nivel de desaprobación con el que Carlos debía lidiar a diario ni tampoco a las malas artes de la prensa. Como había pasado en Hill House, decenas de fotógrafos se instalaron a las puertas de Cheam y llegaron a sobornar a alumnos para que les contaran detalles del hijo de la reina. Cada vez que salía de la escuela, los flashes lo deslumbraban y los gritos de los curiosos lo acompañaban allá donde fuera. Era un nivel de presión insufrible para un niño de nueve años que, para acabar de rematarlo, era increíblemente sensible y tímido.
Además, el padre no parecía ver los verdaderos talentos de su hijo: él hubiese querido a un chiquillo fuerte, travieso y lleno de energía, una versión en miniatura de sí mismo. Lo único que estaba dispuesto a valorar era el resultado de pruebas deportivas, mientras que Carlos solo despuntaba en áreas que su padre no sabía apreciar. El pequeño tenía talento artístico: destacaba en música clásica —tocaba el piano y, pasados los años, el violonchelo—, no pintaba mal, se integró en el coro y disfrutaba con el teatro. En una de las obras representadas en el colegio, una recopilación de textos de Shakespeare sobre Richardo III, Carlos se hizo con el papel protagonista y dejó a todos boquiabiertos con su interpretación. Cualquier padre se hubiese sentido inmensamente orgulloso, pero Felipe no estaba hecho para apreciar el género lírico en su versión más exquisita.
La reina tampoco hizo mucho para aliviar la situación de su hijo, más allá de dar indicaciones a sus asesores para que se reunieran con los editores de los periódicos y les pidieran que dejaran en paz al heredero. Le visitaba siempre que podía —hacía verdaderos esfuerzos para ir, al menos, tres veces por trimestre— e intentaba acudir en ocasiones señaladas, como los festivales deportivos. Sin embargo, Isabel también cometió sin saberlo un error que ayudó a amargar aún más la existencia de Carlos. En el verano de 1958, en medio de los juegos de la Commonwealth celebrados en Cardiff, la reina quiso tener un gesto hacia los galeses e hizo público que su hijo «sería nombrado príncipe de Gales». El estadio donde se celebraba la competición rompió al unísono en miles de «Dios bendiga al príncipe de Gales», pero en el pequeño estudio donde Carlos estaba escuchando el mensaje por radio junto a otros compañeros, la reacción fue muy distinta. Estaba horrorizado y muerto de vergüenza. «Aún me acuerdo de lo horrorosamente abochornado que me sentí cuando se anunció. Creo que para un niño de nueve años fue una experiencia confusa», reconocería años más tarde.9 La propia Isabel llegaría a admitir con el tiempo que fue un error anunciarlo en aquel momento.

Sin duda, Isabel tuvo mucho más tacto en la educación de su hija. La princesa Ana también comenzó su formación en palacio de la mano de Catherine Peebles, pero, así como con Carlos esta siempre se mostró entrañable, con Ana mantuvo ciertas distancias. Cuando su hermano fue matriculado en Hill House, la reina hizo que dos nietas de un par de asesores acudiesen a Buckingham a diario para compartir las clases con su hija y hacerle algo de compañía. El sistema funcionó hasta que cumplió doce años y fue matriculada en Benenden, un internado en Kent para señoritas.
Ana fue separada abruptamente de sus dos compañeras, lo que podía haber resultado algo traumático a semejante edad. Pero la princesa, a diferencia de su hermano, lo asumió con naturalidad. En eso, como en tantas otras cosas, demostró ser un calco de su padre. Aunque físicamente era claramente Windsor, su carácter era marcadamente Mountbatten: era extrovertida, pragmática, con una personalidad desbordante, enfermizamente competitiva, emocional y físicamente muy fuerte. Como a Felipe, a Ana tampoco le gustaba perder el tiempo ni toleraba las tonterías. Ambos tenían mentes rápidas y prácticas, y compartían el mismo sentido del humor. También la cabezonería, la disciplina y la obsesión por el deporte. Desde muy temprano la princesa fue una magnífica nadadora, muy buena en vela y una jinete superlativa. Su padre siempre la miraba con ojos orgullosos. Valoraba en ella precisamente las características que Carlos, a su entender, no poseía: el liderazgo, la iniciativa, la capacidad para ejercer la autoridad.
Con su madre, la relación fue igualmente buena y afectuosa. Si con Carlos Isabel no se entendía a nivel emocional, con su hija todo eran facilidades y ni siquiera cuando la joven llegó a la adolescencia hubo las peleas típicas de la rebeldía. Al contrario: ambas adoraban los caballos, los perros y la vida en el campo, y podían pasarse horas charlando sobre crianza de equinos y competiciones hípicas.
A Isabel también le encantaba que Ana, a diferencia de su hermano, no tuviese problemas para adaptarse a la vida fuera de palacio. En vez de echar de menos a sus niñeras, a la princesa le encantó poder estar en un lugar sin sirvientes ni cortesanos. El primer día fue acompañada ceremoniosamente por su madre y, aunque sintió los nervios típicos de cualquier nueva estudiante, enseguida se acomodó a su nueva vida. Su dormitorio era una gran sala que habría de compartir con tres alumnas más.
No es que fuera una estudiante excesivamente brillante, pero sí lo suficientemente aplicada como para ir aprobando las asignaturas. Como a su hermano, a Ana le encantaba la historia, pero fue pésima en matemáticas. Lo que más le gustaba era montar cada semana en unos establos cercanos; también jugaba al tenis y llegó a destacar en el equipo de lacrosse.
Isabel y su marido intentaban ir siempre que podían a visitarla. A diferencia de con Carlos, con Ana la reina podía relajarse y sentir que estaba haciendo las cosas bien.