La Reina

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14 Nuevos comienzos

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14 Nuevos comienzos

A finales de 1958, el duque de Edimburgo se embarcó de nuevo en un largo viaje de cuatro meses por la Commonwealth. Comenzó en la India y Pakistán y acabó en las Bahamas y las Bermudas. Regresó a Londres en abril de 1959. Pocos meses después, se anunciaba solemnemente que la reina estaba otra vez embarazada.

La larga ausencia de Felipe hizo que, durante un tiempo, circularan rumores perniciosos de que el padre de la criatura era otro. Incluso se apuntó a Henry Porchester, uno de los mejores amigos de Isabel y, como ella, un auténtico entusiasta de los caballos. Sin embargo, la fecha del parto hizo que los chismorreos se evaporasen: el bebé nació en febrero, por lo que la concepción tuvo que ser en mayo, cuando el matrimonio ya estaba junto.

La reina hizo viajes oficiales durante los primeros meses. Estuvo con Felipe seis semanas en Canadá, donde cumplió con una agenda muy ajetreada, e hizo una parada en Chicago para verse con el presidente estadounidense. Años más tarde se supo que Isabel sufrió nauseas matutinas, pero aun así no alteró ningún evento programado.

A su regreso a Inglaterra, la soberana partió de vacaciones a Balmoral, donde recibió a los Eisenhower, que habían sido invitados a visitar el castillo, y, semanas más tarde, siguió atentamente las elecciones generales —Macmillan ganó cómodamente—. Sin embargo, en los últimos meses de gestación redujo sus apariciones públicas al máximo y no participó en la Sesión de Apertura del Parlamento.

En Balmoral, la reina y el duque de Edimburgo se mostraron encantados por su nueva paternidad. Se hacían bromas continuamente e Isabel exclamó en varias ocasiones que le resultaba increíble haberse vuelto a quedar embarazada después de tanto tiempo. Tan solo los más íntimos sabían que la pareja llevaba un par de años intentándolo. Además, no había duda de que, con aquel embarazo, Isabel daba por concluida la crisis matrimonial que arrastraban desde el largo viaje de Felipe a bordo del Britannia.

El 19 de febrero de 1960, cuando le quedaban dos meses para cumplir treinta y cuatro años, la reina dio a luz a su tercer hijo, Andrew Albert Christian Edward, Andrés Alberto Christian Eduardo. Para no repetir errores del pasado, esta vez Isabel quiso tener varios gestos hacia su marido y decidió llamar al bebé Andrés en honor al padre de Felipe, el príncipe Andrés de Grecia. Unos días antes de su nacimiento se hizo público que, a partir de aquel momento, todos los hijos de la pareja llevarían el apellido compuesto Windsor-Mountbatten, si bien la dinastía seguiría siendo Casa de Windsor. Felipe, que siempre había sido muy sensible al hecho de que sus hijos no llevaran su apellido, sonrió complacido al conocer la noticia.

La reina también estaba resplandeciente. Pocas horas después del parto, pidió volver a despachar papeles oficiales. Y no había pasado ni una semana cuando tuvo que centrarse en otro asunto de gran trascendencia: su hermana, la princesa Margarita, anunció su compromiso matrimonial con el fotógrafo Antony Armstrong-Jones.

La soberana estaba desesperada por ver a su hermana feliz. Desde que había tenido que romper su relación con Peter Townsend, Margarita se había vuelto una figura triste, depresiva y fácilmente irritable. Como estaba aburrida, se pasaba las noches asistiendo a fiestas hasta altas horas de la madrugada. Cada velada salía escoltada por algún amigo y aparecía en teatros, restaurantes y salas de baile ataviada con vestidos risqué para la época, muy entallados y demasiado cortos.1

Con semejante presencia, Margarita ligaba descaradamente y la prensa no paraba de buscarle parejas. De nuevo volvieron a sonar los nombres de Sunny Blandford, heredero del ducado de Marlborough; Dominic Elliot, hijo del conde de Minto; y, sobre todo, Billy Wallace, hijo de un ministro y heredero de una importante fortuna. Con este último tuvo un breve romance, incluso llegó a comprometerse tan solo un mes después de dejar a Townsend, no porque estuviera enamorada de él, que no lo estaba en absoluto, sino porque pensó que era su última oportunidad y no quería ser una solterona. La relación, sin embargo, no acabó en el altar porque él tuvo una aventura con otra mujer durante un viaje a las Bahamas. Margarita no tardó en recuperarse del disgusto y siguió flirteando a destajo, incluso con hombres casados sin importarle que sus mujeres estuvieran delante, con lo que enfadó a un buen número de personas que se suponía que eran amigas suyas.

Lo peor de todo es que, en público, la princesa no escondía su frustración y en actos oficiales se comportaba de manera desagradable, desconsiderada e incluso grosera. Insistía en que se respetara el protocolo a rajatabla; en una ocasión se enfadó cuando entró en un teatro y la audiencia no se levantó de inmediato. Sin embargo, ella llegaba con horas de retraso a cenas y almuerzos, hacía demandas absurdas, ponía caras largas todo el rato y, si cualquier persona le resultaba aburrida, giraba la cabeza y se iba de inmediato.

En la corte estaban hartos de ella y la paciencia de su madre estaba llegando a su límite. Tan solo la reina, consciente de que su hermana estaba pasando por un calvario, no tenía en cuenta sus desaires, a pesar de que ella también los sufría. Por ejemplo, cuando la invitó al baile de gala en Buckingham para celebrar su décimo aniversario de boda, Margarita llegó una hora y media tarde2 porque esa misma noche había decidido ir al teatro y después a cenar en el Savoy con unos amigos.3

Isabel también tuvo que aguantar que las aventuras sentimentales de su hermana desplazaran los temas oficiales a las últimas páginas de los periódicos. Cuando la monarca fue de viaje oficial a los Países Bajos en 1958, lo único en lo que parecía interesada la prensa era en saber si Margarita y Peter Townsend se habían vuelto a ver furtivamente en Londres. La verdad es que lo habían hecho: se reunieron varias veces en Clarence House y, semanas más tarde, ella fue a verlo a la casa que la hermana de él tenía en Somerset.4 Isabel estaba furiosa por la poca discreción de la pareja.

Aun así, se lo volvió a perdonar, siguió ayudándola todo lo que pudo y, sin duda, se alegró sinceramente cuando se enteró de que había vuelto a enamorarse, aunque el elegido no podía ser más contrario a lo que Buckingham esperaba del futuro marido de la hija de un rey.

Antony Tony Armstrong-Jones no era aristócrata, pero venía de una familia acaudalada. Nacido en Londres en 1930, aunque de ascendencia gaélica, su padre, Ronald Armstrong-Jones, era abogado y su madre, Anne Messel, procedía de una saga de banqueros judíos que habían hecho una gran fortuna en Alemania. El matrimonio se rompió cuando Tony tenía cuatro años y ambos se volvieron a casar: él con una actriz australiana y luego con una azafata de vuelo y ella con Michael Parsons, conde de Rosse, un hombre extraordinariamente atractivo que poseía dos grandes mansiones: el castillo de Birr en Irlanda y Womersley Park en South Yorkshire.

Tony recibió una educación de clase alta: escuela preparatoria de Sandroyd, Eton College y Cambridge. No fue un buen estudiante, no destacó en los deportes y su salud era muy frágil: cuando tenía dieciséis años sufrió un ataque de polio que lo confinó durante un año en una silla de ruedas y le dejó una pierna más corta que la otra, con lo que cojeó un poco toda su vida y se tenía que apoyar frecuentemente en un bastón para caminar.

En la universidad se matriculó en Ciencias Naturales y luego en Arquitectura, pero ninguna de las carreras le gustó y acabó centrándose en lo único para lo que parecía capacitado: la fotografía. Trabajó para varias revistas de sociedad cubriendo bodas y bailes de gala, colaboró con el estudio de Baron, entonces uno de los retratistas más demandados de Londres, y acabó haciendo reportajes publicitarios para Vogue y Tatler. Llegó a fotografiar a Marlene Dietrich, Christian Dior, Ingrid Bergman, Laurence Olivier y Salvador Dalí. El primer ministro de Inglaterra, Harold Macmillan, requirió sus servicios y sus retratos comenzaron a ser tan demandados entre los aristócratas que, en 1957, incluso tuvo la oportunidad de fotografiar a la reina, al duque de Edimburgo y a sus hijos, Carlos y Ana.

Pero no todo fueron retratos. Ese mismo año organizó una exposición en Kodak House, en Kingsway, con fotos suyas hechas en barrios marginales y parques de Londres, con amas de casa que esperaban a comprar el pan y trabajadores de fábricas que se reunían en un pub. También hizo fotografías para libros, diseñó escenarios de teatro y probó suerte con bocetos para vestuario.

Margarita lo conoció en febrero de 1958 en una fiesta organizada por lady Elizabeth Cavendish, hija del duque de Devonshire, amiga de la infancia de Isabel y, por aquel entonces, una de las damas de compañía de la princesa. Lady Elizabeth era una mujer increíblemente inteligente y algo bohemia, con un gran interés por las artes y los intelectuales, y en su casa de Cheyne Walk, en el exclusivo barrio de Chelsea, organizaba veladas con artistas. En una de ellas invitó a Margarita y a Tony, a quien conocía de una obra de teatro en la que ambos habían colaborado.

Se sentaron juntos a cenar y a la princesa le resultó muy sofisticado y también atractivo: no era muy alto, pero tenía una bonita figura y, sin ser guapo, resultaba interesante gracias a su personalidad. Aunque era muy caballeroso y, al principio, siempre la llamaba «Ma’am», «señora», también tenía un punto irreverente y supo desafiarla lo suficiente como para llamar su atención. La noche, sin embargo, no pasó de una agradable conversación y, como muchos por entonces, Margarita pensó que Tony era gay. No sería hasta semanas más tarde, cuando la princesa fue a verlo para posar para unas fotografías que había encargado un amigo de ella, que comenzó a sentir algo por él.

Situado en el número 20 de Pimlico Road, en un barrio que hoy denominaríamos hípster, a Margarita el lugar no le pudo resultar más diferente a lo que ella estaba acostumbrada. El estudio, que antes había sido una ferretería, ocupaba el primer piso y, a través de una escalera de caracol, se accedía al sótano, un loft decorado con grandes muebles de estilo regencia con patas repujadas en oro y un gran espejo donde todos los invitados dejaban su nombre grabado con un diamante.5 En la puerta de al lado, había una humilde lavandería.

A partir de ahí, empezaron a verse con frecuencia en casas de amigas de ella y algunos fines de semana en Royal Lodge. También en una habitación que él tenía alquilada en el número 59 de Rotherhithe Street, en Bermondsey, un barrio de clase obrera donde abundaban los edificios de vivienda social. El suyo era un bloque de dos pisos que pertenecía al periodista William Glenton, que vivía en la planta superior. El baño era compartido.

En aquella pequeña habitación, Margarita y Tony comenzaron a hacer vida de pareja y jugaban a tener una existencia normal y sencilla. También disfrutaban de una increíble vida sexual. Como pronto descubrió la princesa, Tony no era gay, sino bisexual, y tenía tanto éxito entre las mujeres como entre los hombres.

Isabel hizo lo que pudo porque Tony se sintiera parte de la familia y permitió que se encargara de las fotografías oficiales de la princesa Margarita por su veintinueve cumpleaños. También lo invitó a Balmoral. Según contó el biógrafo de la princesa, Theo Aronson, mientras estaban en el castillo escocés esta recibió una carta de Peter Townsend diciéndole que, a pesar de que le había prometido que no volvería a casarse, había conocido a una mujer, Marie-Luce Jamagne, de la que se había enamorado y con la que quería contraer matrimonio. Marie-Luce, de 19 años por entonces, era belga, heredera de una gran fortuna —su familia tenía un negocio de tabaco— y, según todos los testimonios, su parecido con Margarita era destacable.

Esa misma tarde, Margarita salió a dar un paseo con Tony y le explicó lo sucedido. Ella le dijo que estaba indignada; él le pidió que se casaran. Para su sorpresa, ella dijo que sí.6 No estaba enamorada del todo, pero no hay duda de que las circunstancias le acabaron pesando: ya tenía casi treinta años —una edad por entonces muy avanzada para permanecer soltera—, todas sus amigas estaban casadas, se sentía sola y quería compañía.

Meses más tarde, en enero de 1960, Tony fue a pedirle formalmente la mano de Margarita a Isabel. Ella dijo que sí, aunque pidió que no se anunciara nada hasta que no hubiera dado a luz —estaba embarazada del príncipe Andrés—. Finalmente, el 26 de febrero de 1960, llegó la confirmación oficial de Buckingham. Tony fue inmediatamente trasladado a palacio para empezar su vida como miembro de la familia real.

Nadie a su alrededor daba crédito a lo que estaba sucediendo. Todos los amigos y los familiares de él creyeron que aquello era un error: la pareja no tenían prácticamente nada en común y tan solo se divertían juntos. A ella le interesaba la vida bohemia, pero solo para pasar el rato, y era imposible que él se aclimatara al rígido protocolo de la corte. Tenían toda la razón, pero habría que matizarlo: aunque Tony se hacía pasar por un fotógrafo experimental y vivía en Rotherhithe Street, en realidad era un dandi y sabía desenvolverse con la misma naturalidad tanto en ambientes vanguardistas como en selectos clubes de la clase alta. Si bien se presentaba como alguien dispuesto a romper todas las reglas, en el fondo lo que de verdad le atraía era el lujo y, sobre todo, la fama. Por su parte, Margarita, una mujer de gran inteligencia y sensibilidad artística, aunque sin excesiva formación, se sentía cómoda entre pintores, músicos, actores y fotógrafos, y le gustó que Tony la rodease de personas de gran talento. Sin embargo, ella no se hizo ilusiones sobre él: sabía perfectamente que era bisexual y que tenía amantes.

La vena hedonista de ambos fue lo que hizo que ambos pensaran que estaban hechos el uno para el otro, pero el matrimonio iba a sacar lo peor de cada uno: ella era una narcisista consumada que necesitaba ser el centro de atención y buscaba a alguien que llenase sus enormes carencias emocionales; él era bastante oportunista y algo calculador, no pensaba hacer de psicólogo de nadie y solo quería disfrutar de los privilegios de pertenecer a la familia real.

Organizar su boda fue una pesadilla para Buckingham. Tony había escogido como padrino a Jeremy Fry, miembro de una riquísima familia que tenía fábricas de chocolate, pero la prensa descubrió que, en el pasado, había sido juzgado por homosexual —desgraciadamente, en aquella época ser gay era considerado un crimen— y la corte le obligó a buscarse a otro. Oficialmente se dijo que el señor Fry tenía un ataque de ictericia y que no podría acudir a la boda.7

La segunda opción, Jeremy Thorpe, fue debidamente investigado por los servicios secretos y se descubrió que también era homosexual, por lo que fue descartado. Finalmente, Tony se tuvo que conformar con Roger Gilliatt, a quien apenas conocía, pero a quien Buckingham aprobaba.8

Las invitaciones fueron otro gran reto: muchas familias reales europeas no aprobaban que la hermana de la reina e hija de un difunto soberano se casara con un simple fotógrafo, por lo que monarcas como Balduino de Bélgica y Gustavo Adolfo de Suecia, e incluso don Juan de Borbón, entonces en el exilio, rechazaron asistir. Todos, al parecer, estaban muy ocupados. A Margarita le sentó muy mal el desaire.

Finalmente, el gran día, viernes 6 de mayo de 1960, llegó. Era la primera boda de la realeza que iba a ser televisada en directo y millones de británicos se agolparon frente a las pantallas para ver a la princesa desfilar en una carroza acompañada de su cuñado, el duque de Edimburgo. Tony había sugerido a Norman Hartnell un vestido ultramoderno de líneas rectas que al diseñador le pareció «el hábito severo de una monja».9 Finalmente, se optó por un traje de organza de seda con un sencillo corpiño y una gran falda de vuelo, sin ninguna clase de adorno. Tan solo la espectacular tiara Poltimore, adquirida especialmente por Margarita para su boda en una subasta, relucía en su cabeza. Aquel día, desde luego, brillaba como una verdadera princesa.

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