La Reina

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15 Guerra Fría

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15 Guerra Fría

Arreglada la situación de su hermana, Isabel regresó a sus quehaceres. Durante el primer año de vida de Andrés, la reina intentó viajar lo menos posible, pero siguió muy de cerca la situación internacional. En sus reuniones semanales con Macmillan, este le pasaba de antemano una larga lista de temas para debatirlos conjuntamente, lo que le daba a la monarca un margen de tiempo para estudiarlos. La reina nunca ofrecía sus opiniones directamente, pero sí hacía muchas preguntas, lo que daba pistas de por dónde iban sus posturas políticas. Su respuesta favorita cuando no estaba de acuerdo en absoluto con lo que le decían era: «¿Está usted seguro de que ha pensado el tema detenidamente?». Otra muy recurrente era: «¿Cree que eso es sensato?».

En el año 1960, Isabel comenzó a hacer muchas preguntas a Macmillan sobre algo que le preocupaba especialmente: la situación en Sudáfrica. Continuamente le llegaban noticias —algunas, muy alarmantes— de la horrorosa situación y las continuas vejaciones que sufría la población negra. También sabía que el Gobierno quería dejar la Commonwealth, algo que le inquietaba. Tenía motivos para estar nerviosa: en octubre de 1960, la población blanca fue convocada a un referéndum por el cual se declaró una república. Isabel dejó de ser su reina.

Para ella fue un duro golpe, pero para Macmillan supuso un cierto alivio. A diferencia de la reina, que era una férrea defensora de la Commonwealth, él consideraba esta mancomunidad de naciones como una rémora del pasado que había que dejar atrás; una aspiración de nostálgicos más que una realidad tangible. El primer ministro pensaba que había llegado el momento de replantearse el posicionamiento del Reino Unido en el mundo y establecer nuevas alianzas. Quería, en especial, reforzar los lazos con Estados Unidos y, sobre todo, acceder al enorme mercado europeo, lo que entonces se conocía como Mercado Común Europeo y que formaban Francia, Alemania Oriental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos.

Macmillan consideraba que un movimiento de tal calibre podía aliviar muchos de los problemas económicos a los que se enfrentaba el país. Pero tenía un rival formidable que estaba empeñado en truncar sus planes: el general Charles de Gaulle, presidente de Francia, consideraba que los británicos no debían entrar en el privilegiado club por estar demasiado atados a la política estadounidense y ser más propicios a los intereses atlánticos que a los continentales. Aceptar a los británicos, pensaba, era como dar la bienvenida gustosamente a un caballo de Troya.

Isabel hizo lo que una reina puede hacer en estas circunstancias: intentar limar las diferencias que estaban surgiendo entre Londres y París. En abril de 1960 invitó a De Gaulle a un fastuoso viaje de Estado a Inglaterra y se esforzó por cautivar al augusto dignatario con su dominio del francés y su encanto personal. El presidente quedó encantado y en su discurso en el banquete de gala ofrecido en su honor en Buckingham habló más que elogiosamente de la reina y la institución de la monarquía británica, todo un halago viniendo del representante oficial de una república. Sin embargo, no sirvió de nada. Por muy satisfecho que estuviera en Londres, De Gaulle no pensaba dar su brazo a torcer.

Isabel redobló sus esfuerzos para convencer a los europeos con un exitoso viaje a Italia —incluso se vio con el papa—, pero justo después se centró en su querida Commonwealth y puso rumbo a la India, Pakistán y el Nepal.

El 20 de enero de 1961 juró el cargo un nuevo presidente de los Estados Unidos. Su nombre era John Fitzgerald Kennedy. Isabel recordaba perfectamente a su padre, Joseph Kennedy, de cuando sirvió como embajador en Londres antes de la guerra, pero no sabía nada de su hijo, Jack Kennedy, como se le conocía entonces. La prensa decía que tenía un carisma descomunal y que había hecho un uso revolucionario de la televisión en su campaña. También hablaba maravillas de su mujer, Jackie, quien se estaba convirtiendo rápidamente en un icono mundial de estilo y elegancia. Sin embargo, algunos informes que le habían pasado también advertían de que el nuevo presidente podía ser obstinado y que estaba poco versado en muchos temas. Sin olvidar que no era ningún secreto en las altas esferas —aunque el público general aún no sabía nada— su legendaria afición al sexo.

Harold Macmillan, que en principio no había dado un duro por él, fue a Estados Unidos a entrevistarse con el nuevo inquilino de la Casa Blanca y, para su sorpresa, le pareció mucho mejor de lo que esperaba. Kennedy era un anglófilo convencido —había estudiado en Londres mientras su padre fue embajador y admiraba profundamente a Winston Churchill— y entre ambos hombres se forjó enseguida una gran amistad. El propio Jack reconoció multitud de veces que, de todos los dignatarios internacionales, con quien más y mejor congenió fue con Macmillan.

Dada esa amistad, Kennedy decidió que, tras su gira europea por Francia y Austria —donde se reunió con Jrushchov—, pasaría unos días en Londres. La hermana de Jackie, Lee Radziwill, vivía en la capital británica desde hacía tiempo y había tenido un bebé hacía unos meses, una niña de nombre Anna Christina, por lo que los Kennedy aprovecharon que tenían que asistir al bautizo para organizar algunos encuentros con Macmillan y la reina. La visita no era oficial, por lo que no hubo banquete de Estado con toda la fanfarria obligatoria en estos casos, pero Isabel les organizó una cena con unos cuantos familiares y amigos. Entre otros, acudieron la hermana de Felipe, la princesa Margarita de Hohenlohe-Langenburg, y también Dickie Mountbatten acompañado de su hija y su yerno, lady y lord Brabourne.

La cosa no salió del todo bien: en aquellos años, los divorciados no eran recibidos en Buckingham y, como Lee Radziwill estaba casada en segundas nupcias, en principio Isabel no pensó en incluirla entre los invitados. Cuando la primera dama americana presionó para que asistiera, Macmillan trató de persuadir a la soberana para que flexibilizara su postura, pero esta se disgustó por la intromisión y —seguramente como revancha— estableció que la lista de invitados sería escueta y no siempre de primer nivel. Años más tarde, la propia Jackie reconocería que «les habían buscado a cualquier secretario de Agricultura de la Commonwealth».1

No se puede decir que entre ambas surgiera una gran amistad. Jackie dijo que Isabel era algo difícil de trato y que incluso parecía «molesta» con ella2. La entonces primera dama no debió de percatarse de la timidez innata de la soberana británica. Por no decir que la monarca probablemente debió de sentirse algo intimidada frente aquella mujer tan cosmopolita y glamurosa que estaba deslumbrando al mundo. Las fotografías de aquella velada muestran a una Jackie formidable —con un precioso traje recto de color azul cielo hecho por su diseñador de cabecera, Oleg Cassini— al lado de una reina desdibujada —y con un vestido mucho más adusto y alejado de la moda—. Felipe tampoco parecía a gusto: la propia Jackie dijo que le pareció agradable, pero muy nervioso.

La primera dama también desveló que, tras la cena, fue con la soberana a ver los cuadros que había en la galería principal del palacio, aunque más que fijarse en los detalles artísticos, la reina se centró en los animales. Al pasar por delante de un retrato de Van Dyck, por ejemplo, no pudo dejar de exclamar: «¡Ese es un buen caballo!»3.

Al día siguiente, en una cena privada con varios amigos de su hermana en donde también estaba el fotógrafo Cecil Beaton, Jackie se fue de la lengua. El propio Beaton comentaría que «la señora Kennedy estaba muy habladora, pero no siempre discreta». Entre otras muchas perlas, criticó el vestido que había llevado la reina la noche anterior, los arreglos florales de la cena y consideró que el peinado de la soberana era horroroso «y plano».4 Es más que probable que los comentarios le llegaran por entonces a la propia Isabel.

Puede que la reina no siguiera la moda —la simple posibilidad le ha parecido siempre absolutamente vulgar—, pero su falta de criterio a la hora de vestir no quería decir que no estuviera a la altura del cargo. Al contrario: en aquellos años, demostró que era una diplomática consumada y realmente astuta, lo que le granjeó algunos éxitos internacionales.

Por ejemplo, en Ghana. Pocos meses después de la visita de los Kennedy a Londres, Isabel y Felipe ponían rumbo al país africano, que se había independizado hacía relativamente poco, en 1957. El viaje era de alto voltaje: la Guerra Fría estaba llegando a cuotas de peligrosidad excesivas, Ghana estaba cada vez más cerca de la Unión Soviética y Kwane Nkrumah, su líder, un tipo fácilmente irritable y con aires autoritarios, se estaba volviendo prosoviético por segundos. Al principio de su mandato, había parecido muy proclive a las ideas occidentales y se había rodeado tanto de asesores negros como blancos, incluidos varios ingleses. Sin embargo, el Gobierno británico sabía que, tras regresar de un viaje a Moscú, había despedido a muchos asesores occidentales. Y lo que era peor: también había empezado a encarcelar a oponentes políticos. El nivel de odio contra el Reino Unido en sus discursos estaba llegando a niveles vitriólicos.

Isabel quería hacer el viaje para convencer a Nkrumah de que se quedase en la Commonwealth porque entendía que así podría alejarlo de Moscú. Pero muchos no compartían su visión. En Londres, un gran número de parlamentarios se quejaron a voz en grito de que la reina viajase a un país claramente dictatorial en donde tendría que rendir homenaje a un líder claramente hostil a los valores occidentales. Que una bomba estallase en la capital, Acra, a pocos días de que la monarca partiese, no ayudó en absoluto e hizo que muchos en Westminster y también en Buckingham se plantearan seriamente cancelar el viaje. Pero finalmente el Gobierno recapacitó y Macmillan dio luz verde a la visita. Lo que estaba en juego era demasiado importante como para dar plantón a las autoridades de Ghana. Aunque el primer ministro no compartiera la visión de la reina sobre el Imperio británico, sí estaba obsesionado con alejar como fuera al país africano de las garras soviéticas y sabía que solo un viaje altamente simbólico de la mismísima soberana podía conseguirlo.

Isabel estaba de acuerdo. Así que se montó en un avión y puso rumbo hacia la república africana: fue la primera monarca de Inglaterra en pisar el país.

Fue un triunfo descomunal. Isabel y Felipe estuvieron varios días atendiendo a personalidades de todo el país —incluso visitaron a familiares de los líderes de la oposición encarcelados—, la reina bailó en una cena de Estado con Nkrumah y la población quedó tan encantada con la visita que los periódicos locales se rindieron a sus pies. Una publicación claramente marxista llegó a decir en un titular que Isabel era «la mayor monarca socialista de la historia»,5 un piropo quizás algo exagerado.

Mientras Isabel consolidaba su posición en las turbulentas aguas internacionales, su hijo Carlos comenzaba un nuevo capítulo en su vida. A pesar de que a todas luces su experiencia en Cheam no había sido satisfactoria, su padre siguió creyendo que lo mejor para él era una educación dura y espartana que lo fortaleciese y, contra el consejo de todos, matriculó a su hijo en Gordonstoun, en Escocia, el mismo colegio donde él había estudiado. Quería que Carlos se formara lejos de Londres —para que la prensa no estuviera siempre acechándolo— y, sobre todo, que se mezclara con alumnos de diversas procedencias, no solo con los hijos y los nietos de los aristócratas.

En cuanto se enteró de la noticia, la reina madre escribió a su hija para convencerla de que era un tremendo error. Y no se equivocaba: Carlos era un niño sensible y melancólico que necesitaba un ambiente tranquilo, propicio a las artes y, sobre todo, cercano a su familia para que se sintiera respaldado. Con muy buen criterio, Elizabeth propuso enviar a su nieto a Eton College, el antiguo y prestigioso internado donde se educaba a la élite y que estaba situado convenientemente cerca del castillo de Windsor. Por el bien de su hijo, Isabel tendría que haberle hecho caso, pero nuevamente dejó que Felipe tomara las decisiones familiares. Era la dinámica que había establecido para que su matrimonio aguantara tras la crisis del Britannia: ella era la reina, pero él mandaba en privado. Además, ella no sabía nada sobre colegios de chicos y asumió que su marido era consciente de lo que hacía.

La reina se desinteresó tanto del tema que ni siquiera acompañó a su hijo en su primer día de colegio, el 1 de mayo de 1962. Fue Felipe quien lo llevó, incluso pilotó personalmente el avión que los trasladó a Escocia. En cuanto Carlos pisó el lugar, tuvo un presentimiento horrendo: aquello era mucho peor de lo que había podido imaginar. Gordonstoun ya era muy austero en los tiempos de estudiante de Felipe, pero ahora resultaba incluso decrépito. Había un antiguo edificio de piedra gris datado en el siglo xvii y a su alrededor se amontonaban antiguos barracones de madera de la Real Fuerza Aérea con techos de uralita. Al príncipe le asignaron uno en donde vivían trece chicos; dormían en camas de hierro que parecían sacadas de una prisión. Las ventanas estaban siempre abiertas, incluso en invierno, y no se cerraban ni siquiera cuando caía una gran nevada o soplaba un fuerte viento. El baño consistía en cinco duchas y un solo lavabo para cincuenta alumnos.6

Carlos se tuvo que acostumbrar a un estilo de vida prácticamente militar. El uniforme consistía en una chaqueta y pantalones cortos todo el año, aunque hiciera mucho frío. Cada mañana, antes del desayuno, los alumnos salían al exterior y daban vueltas corriendo. Los de los cursos superiores también debían cruzar el río con la ayuda de una simple cuerda. Luego venía una ducha de agua helada —no se calentaba ni en invierno—. El régimen, aunque excesivamente riguroso, hizo tanta mella en Carlos que desde entonces siempre comienza el día con una ducha helada. También dicen que es incapaz de dormir con las ventanas cerradas.

En clase, el príncipe demostró ser un estudiante aplicado, si bien tenía demasiado miedo como para participar activamente y casi nunca levantaba la mano. Tan solo en clase de arte disfrutó; también la música le sirvió de consuelo —fue entonces cuando empezó a tocar el violonchelo—. Como en Cheam, siguió interesándose en Shakespeare y participó en varias obras de teatro. Su padre acudió a una de ellas: para vergüenza de Carlos, que se tomaba su actividad en el escenario muy en serio, Felipe no paró de reírse durante toda la actuación.

No sería el único que lo ridiculizara. En aquellos años el acoso escolar —lo que ahora llamamos bullying— estaba por desgracia plenamente aceptado. Y Carlos lo sufrió prácticamente a diario. Tampoco hizo amigos: de nuevo, otros alumnos tenían miedo de acercarse a él para que no los tildaran de pelotas. En los partidos de rugby, lo golpeaban sin piedad y con frecuencia acababa dolorido en el suelo. Por las noches no se atrevía apenas a dormir. Según explicó en una carta, cada vez que roncaba, lo golpeaban en la cabeza.7 La situación llegó a tal punto que, pasados pocos meses, la reina consideró la posibilidad de cambiarlo de centro y matricularlo en Eton o incluso en Westminster, un colegio privado de Londres.8 Pero Felipe se negó en redondo y Carlos siguió en Escocia.

El príncipe, solo y asustado, tan solo tuvo como apoyo a Donald Green, su guardaespaldas, un tipo fornido que se acabó convirtiendo en una especie de padre sustituto. También el capitán Iain Tennant y su mujer, lady Margaret, se apiadaron de él.9 Ella era amiga de la reina madre y él presidía la junta de dirección de Gordonstoun, por lo que podían ver a Carlos con frecuencia. Más de un fin de semana, el príncipe se desahogó a lágrima viva en su casa. La reina Elizabeth, tremendamente asustada por lo que sufría su nieto, viajaba con frecuencia a Balmoral para estar con él.

Isabel no pudo prestarle mucha atención a su hijo: la situación política se estaba haciendo cada vez más peligrosa y requería de toda su atención. En agosto de 1961 comenzó la construcción del Muro de Berlín; en octubre de 1962, los Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron al borde de un conflicto nuclear tras la instalación de misiles soviéticos en Cuba; en enero de 1963, y a pesar de todos los esfuerzos diplomáticos británicos, el general De Gaulle anunció su veto inamovible a la entrada del Reino Unido en el Mercado Común Europeo; ese mismo año, el Gobierno de Macmillan se enfrentó a un escándalo sexual que estuvo a punto de hacerlo caer.

El «caso Profumo» tuvo un impacto muy profundo en la sociedad británica. Todo había comenzado como un lío de faldas: el secretario de Estado para la Guerra, John Profumo, tenía una aventura con una call girl llamada Christine Keeler. El tema no hubiese ido a más políticamente hablando de no ser porque la tal Keeler era también amante de un agregado militar soviético y los servicios secretos sospecharon de un posible caso de espionaje.

Por supuesto, al principio Profumo negó cualquier acusación y ni siquiera reconoció la verdad de su relación íntima al primer ministro. Pero cuando la prensa indagó en lo sucedido y encontró pruebas, el secretario de Estado tuvo que dimitir inmediatamente. Un malhumorado y abochornado Macmillan tuvo que salir a dar explicaciones al Parlamento. La imagen que dio el Gobierno fue tan frívola como decadente.

Tanto, que, solo unos meses después, Macmillan anunció a la reina que pensaba dejar el cargo antes de las elecciones generales de 1964. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron abruptamente: poco después de habérselo dicho, le detectaron un tumor en el testículo por el que tuvo que ser operado urgentemente. Aunque resultó ser benigno, temió tanto por su vida que decidió dimitir de inmediato. Isabel, entonces en Balmoral, tuvo que regresar a Londres a toda prisa para hacerse cargo de la situación.

Macmillan maniobró desde su habitación del hospital para conseguir que Alec Douglas, conde de Home, fuera su sucesor y, cuando Isabel llegó al centro sanitario, el aún primer ministro creyó que lo tenía todo atado y bien atado. La reina lo encontró en un estado ciertamente preocupante —no podía moverse de la cama— y llegó a emocionarse. Tras interesarse por su salud, pasó a tratar el asunto de quién debía ser el nuevo primer ministro. Macmillan, saltándose las normas —la soberana era quien tenía que elegir, no él—, le desveló que Home. Isabel, también muy erróneamente, aceptó y le hizo llamar para tomarle juramento. La prensa no se lo perdonó: la reina no solo dio la sensación de estar en manos conservadoras, sino que nuevamente dio a entender que solo defendía los intereses de una élite social muy cerrada. Fue un error de novata incomprensible a estas alturas.

Isabel aprovechó que estaba de nuevo embarazada para alejarse un tiempo de la vida pública y rehacerse. Su agenda se limitó a aparecer ocasionalmente en alguna cena de Estado y a asistir a un acto después de que el presidente Kennedy muriera asesinado en Dallas. El impacto de su muerte fue tremendo en ella y quiso presidir la gran ceremonia religiosa que se organizó en la catedral de San Pablo, en Londres, pero los médicos se lo desaconsejaron. Entonces insistió en que quería que le organizaran una ceremonia más pequeña en Windsor, y así se hizo. Felipe, por su parte, viajó rápidamente a Washington para estar presente en el funeral. Año y medio más tarde, la reina presidió en Inglaterra un acto de homenaje al presidente Kennedy al que asistió su viuda, Jackie, y sus dos hijos, Caroline y John.

El 10 de marzo de 1964, nació el príncipe Edward Antony Richard Louis, Eduardo Antonio Ricardo Luís, cuarto hijo de la soberana. El parto fue en la suite belga del palacio de Buckingham y, de nuevo, Isabel se recuperó rápidamente y comenzó a trabajar enseguida en sus red boxes.

Poco tiempo después del alumbramiento, Isabel se enfrentó a uno de los mayores escándalos de su reinado, aunque el público no sabría los detalles hasta muchos años más tarde. Los servicios de inteligencia británicos habían descubierto a través de la información que les había facilitado el FBI que Anthony Blunt, el máximo responsable de los cuadros de la colección privada de la reina, uno de los puestos de máximo postín en el mundo artístico británico, era en realidad un espía soviético.

La revelación fue un auténtico shock en Buckingham y más cuando se supo que el espionaje llevaba décadas produciéndose, probablemente desde antes incluso de la Segunda Guerra Mundial. Blunt, desde luego, no tenía el perfil de espía. Él era puro establishment: familiar lejano de la reina madre, educado en Francia y luego en el Marlborough College, licenciado en Cambridge, profesor universitario y experto en la pintura de Nicolas Poussin. Muy alto y delgado, siempre impecablemente vestido e inmensamente culto, había trabajado para varias generaciones de la realeza e Isabel lo había distinguido como caballero de la Real Orden Victoriana, una de las máximas condecoraciones que la reina británica puede ofrecer.

En vez de arrestarle de inmediato y juzgarlo por alta traición, el Gobierno decidió transformarlo en un agente doble. A cambio de su inmunidad, se comprometió a facilitarles información de la Unión Soviética y de la acción de sus espías en suelo británico. Pero para que el trato pudiera funcionar, Blunt tenía que seguir como si nada hubiera pasado, lo que significaba continuar trabajando en Buckingham a pocos metros de la mismísima soberana del Reino Unido.

Isabel, por supuesto, lo supo y tuvo que aceptar durante años que Blunt, quien había traicionado su confianza, siguiera en su puesto. Nadie supo si estaba enojada y cuando, muchos años más tarde, alguien le preguntó cómo pudo coincidir con un espía sin inmutarse ni dejar entrever ningún sentimiento o mueca que hubiese podido delatarlo, simplemente respondió: «Con frecuencia, puedo quitarme de la cabeza cosas que no son agradables».10 Era una cualidad que, sin duda, ha debido ayudarla en su cargo.

En el verano de 1964, ya suficientemente recuperada del parto, la reina reanudó sus obligaciones oficiales con la organización de algunas tea parties. En otoño viajó con Felipe a Canadá; regresaron justo a tiempo para ver por televisión los resultados de las elecciones generales. Por un estrecho margen, los laboristas ganaron y Harold Wilson se convirtió en el nuevo primer ministro.

Hasta la fecha, todos los primeros ministros de Isabel habían sido, no solo del Partido Conservador, sino de la clase alta. Hablaban un mismo idioma, dominaban la jerga de las altas esferas, compartían gustos y aficiones y se comportaban de una determinada manera. Harold Wilson, en cambio, provenía de un estrato social completamente alejado de las élites: era el producto de la clase media-baja de provincias, no había pisado ninguno de los lujosos internados donde se educaba al establishment y, aunque había estudiado en Oxford —y obtenido unas calificaciones magníficas—, se había mantenido fiel a sus orígenes. En vez de la refinada pronunciación de la clase alta —lo que en inglés se llama acento RP—, él seguía utilizando la entonación de Yorkshire, lo que en ciertos círculos muy remilgados se consideraba enfermizamente paleto. Ni cazaba ni sabía nada de caballos. Tampoco fumaba puros, sino tabaco en pipa, otro signo de clase media.

El día en que acudió a Buckingham para que la reina le tomara juramento, en vez de presentarse vestido con chaqué, como era la costumbre, salió del coche con pantalones de raya diplomática y una sencilla chaqueta de traje de diario. Los trabajadores de palacio no sabían dónde mirar. Además, en lugar de acudir solo, como también era la tradición, él apareció con un par de vehículos repletos de familiares y colaboradores. Estaban su padre, su mujer, sus dos hijos y su secretaria política, Marcia Williams. Un lacayo acompañó a toda la troupe a una sala y les ofrecieron una copa de sherry. Para entretenerlos, les comenzaron a hablar de caballos, algo de lo que la familia Wilson no tenía ni idea. Fue un intento de congraciarse que se vio como un desafortunado esnobismo.11

La reina decidió dejar claras las cosas desde el principio y, en su primera audiencia semanal con su nuevo primer ministro, en vez de ceñirse a una conversación ligera, empezó a preguntarle sobre cómo reflotar la libra y ajustar la balanza de pagos para reducir el déficit. Luego le hizo un comentario sobre uno de los telegramas diplomáticos recibidos: para su bochorno, Wilson no tenía ni idea de qué le estaba hablando. Seguro que, para sus adentros, Isabel sonrió: había impuesto su autoridad y le había demostrado que no era un mero elemento decorativo, sino una mujer sumamente profesional y ejecutiva.12

Wilson, que era un hombre que admiraba la inteligencia femenina y, a diferencia del machismo imperante en su época, hizo bastante para promocionar a las mujeres, acabaría por apreciar enormemente a la reina por su entrega y diligencia. Aunque venían de mundos muy alejados, Isabel y Harold Wilson acabaron llevándose increíblemente bien y, a diferencia de con sus predecesores, las reuniones semanales entre la reina y el primer ministro llegarían a durar horas. Él le descubrió una realidad con la que ella no estaba en absoluto familiarizada —la Inglaterra laborista, sindical y de la clase obrera—; ella le aconsejó en bastantes temas internacionales. Él, aunque venía de la clase obrera, entendía el valor de la monarquía y, a diferencia de muchos en su partido, claramente republicanos, consideraba que la soberana era un activo para el país. Ambos entendían el valor de la publicidad de llevarse bien: para Isabel era una manera de acercarse a una clase social que no siempre veía a las élites con agrado; para Wilson, de ganar prestigio y presencia política.

Simbólicamente, la irrupción de Harold Wilson supuso el principio de una nueva era en el reinado de Isabel. Dos hechos más supusieron el fin de otra. El domingo 24 de enero de 1965, Winston Churchill murió. El gran estadista y héroe de guerra acababa de cumplir noventa años. Su salud era muy delicada y no pudo sobrevivir a un fatídico ataque al corazón.

Al conocer la noticia, Isabel se mostró muy afligida y enseguida ordenó que se le preparase un funeral de Estado, un privilegio reservado a la familia real y con pocos antecedentes para civiles —el anterior había sido para el duque de Wellington en 1852—. El féretro permaneció durante unos días en el gran hall de Westminster para que el pueblo pudiera rendirle honores: se calcula que más de 300.000 personas acudieron a darle su último adiós. En el funeral, celebrado en la catedral de San Pablo con la asistencia de 8.000 personas, la reina tuvo un nuevo gesto y, saltándose el orden de precedencia, ella cedió el puesto de honor a Churchill y entró antes que el féretro. Después, salió detrás. También envió un ramo de rosas blancas para ser depositado en su tumba. En una nota escrita a mano ponía: «De la nación y la Commonwealth, en recuerdo agradecido».

Pocos meses más tarde, en mayo de 1965, Isabel ponía rumbo en un viaje oficial a Alemania oriental. Era la primera vez que el jefe de Estado del Reino Unido pisaba suelo alemán desde que Jorge V acudiese a la boda de la princesa Victoria de Prusia, en 1913. A nadie se le escapaba el simbolismo de la visita después de dos guerras mundiales, una de ellas aún muy reciente, por eso Isabel quiso resaltar en su mensaje que las viejas rencillas estaban enterradas. Toda una era de luchas y sangre quedaba atrás.

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