La Reina
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En la década de los sesenta, Isabel intentó centrarse más en su familia. Los príncipes Carlos y Ana eran ya adolescentes, pero Andrés y Eduardo seguían en palacio con ella. A diferencia de con sus hijos mayores, a los que apenas pudo cuidar porque su infancia coincidió con su subida al trono, con los pequeños sí que pudo disfrutar de su maternidad. Con ellos se mostró mucho más relajada y próxima. Que Andrés fuera un niño revoltoso y simpático, siempre haciendo bromas, ayudó sin duda a que la reina se sintiera más cómoda. Con el tiempo, él se convertiría en su hijo favorito.
Isabel dedicó también más tiempo a sus otros parientes, primos, tíos e incluso a su suegra, la princesa Alice de Battenberg, que se mudó a vivir a Buckingham al final de su vida. De más de ochenta años, había dedicado sus últimos años a una hermandad benéfica en Grecia que cuidaba a los más desfavorecidos en un pequeño hospital. Iba cada día ataviada con su hábito de monja —a pesar de que no había sido ordenada— y se esforzaba por conseguir fondos para sufragar el lugar. Pero cuando se acabó el dinero, no le quedó más remedio que cerrarlo. Al disgusto se le unieron sus problemas de salud: Alice llevaba bastante tiempo sufriendo ciertos achaques y, en varias ocasiones, tuvo que ser hospitalizada. En una visita a su hija Sophie en Múnich se sintió indispuesta y hubo que llamar rápidamente a una ambulancia.1 Los médicos le diagnosticaron problemas de corazón y de reuma. Meses más tarde, le descubrieron también una afección de riñón. En todas estas ocasiones, su hijo Felipe tomó un avión y fue a verla rápidamente. También se encargó de pagar las facturas médicas y, en más de una ocasión, él mismo pilotó el avión que llevaba a su madre de las clínicas de Múnich a Atenas.2
Cuando la situación se deterioró al punto de que era muy arriesgado dejarla sola en Grecia, fue Felipe quien propuso traerse a su madre a Londres, un traslado al que ella, en principio, se negó. Pero cuando Isabel insistió en que fuera, Alice empaquetó sus exiguas pertenencias en una pequeña bolsa y viajó hasta la capital británica en un avión de la Real Fuerza Aérea.
La instalaron en unas cómodas estancias en Buckingham. El servicio la consideraba un tanto excéntrica, por su manía de llevar hábito y fumar a todas horas. Como estaba completamente sorda, había que dirigirse a ella a gritos, y a muchos les molestaban sus maneras bruscas, muy expeditivas. A sus nietos, sin embargo, les encantaba estar con ella: la llamaban yaya y los más pequeños, Andrés y Eduardo, pasaban muchas tardes jugando con ella a juegos de mesa. La reina también iba a verla siempre que podía y ambas charlaban de sus antepasados: Alice aún se acordaba de la reina Victoria y a Isabel le resultaba fascinante conocer detalles de cómo era la vida en la corte del siglo xix. Con Felipe —a quien llamaba Bubbykins, un apodo cariñoso intraducible— la relación fue algo más tensa, aunque solo fuera porque ambos tenían mucho carácter y no les gustaba que les llevasen la contraria. Él aún no había superado algunas heridas de su pasado y, seguramente por ello, las conversaciones entre ambos eran breves y algo secas.
Finalmente, después de una larga enfermedad, la princesa Alice sufrió un caso agudo de bronquitis. Murió el 5 de diciembre de 1969 y fue enterrada en Windsor.

Isabel no solo se congració con su suegra aquellos años. También fue entonces cuando intentó acercarse a su tío, el apestado uncle David, duque de Windsor, que seguía viviendo en el exilio.
Para desgracia de la vieja guardia de Buckingham, el público ya no veía al antiguo rey como un desertor que tiró la corona por la borda, sino como un hombre profundamente enamorado que renunció al trono por la mujer que amaba. Los propios duques de Windsor se habían encargado de darle la vuelta a la historia y, astutamente, habían concedido numerosas entrevistas, posado para fotógrafos y el duque había publicado sus memorias, A King Story, La historia de un rey, donde daba su particular versión de lo sucedido. Wallis también publicó un libro de recuerdos, The Heart Has its Reasons, El corazón tiene sus motivos. Ambos volúmenes se convirtieron inmediatamente en éxitos de ventas y dieron pie a películas y series de televisión muy dulzonas. Pero la calidad —y la exactitud histórica— era lo de menos: como resultado de semejante campaña de relaciones públicas, la abdicación, tan dolorosa en su momento, se tornó en un bonito cuento de hadas. Isabel era plenamente consciente de este cambio drástico en la opinión pública y decidió tomar cartas en el asunto.
Desde hacía muchos años, los duques de Windsor vivían en Francia. Primero disfrutaron de una mansión encantadora en La Croë, en la Costa Azul, y en otoño de 1949 se trasladaron a París, a un gran piso alquilado en la calle de la Faisanderie, que David siempre consideró pequeño a pesar de que, entre otras ventajas, tenía un comedor para más de veinte personas.3 Allí disfrutarían de una gran vida social. Daban cenas multitudinarias a las que acudían diplomáticos, periodistas y políticos de renombre. En más de una ocasión, el propio primer ministro de Francia se acercó a disfrutar de los menús de diez platos, más numerosos vinos, champán rosa y litros de brandy que Wallis servía.4
A principios de 1952, Wallis y David se enamoraron de Le Moulin de la Tuilerie, en el valle de Chevreuse, a una hora en coche de París. En un gesto de gran magnanimidad, el ministro británico de Finanzas autorizó la cesión de las 30.000 libras esterlinas necesarias para su compra y adecuación. Tras tres años de obras, la casa acabó siendo un precioso hogar. A él le encantaba vivir allí; a ella, no tanto. Después de unos meses, Wallis sintió que estaba demasiado lejos de la capital y sus diversiones. El ayuntamiento de París les solucionó el problema: puso a su disposición por un alquiler muy ajustado una hermosa y lujosa mansión en la route du Champ d’Entraînement, en el Bois de Boulogne.5 Wallis no tardó en llamar a Stéphane Boudin, el mejor anticuario de Francia y uno de los mayores expertos del mundo en mobiliario del siglo xviii —casualmente, años más tarde, Boudin asesoría a Jackie Kennedy en su rehabilitación de la Casa Blanca—. El francés decoró el lugar con elegancia, si bien algo suntuosa y en ocasiones recargada. Había alfombras orientales y muebles tallados y chapados en oro, grandes espejos, candelabros y cuadros de buena factura. Dos grandes retratos de la reina María y de David con el uniforme de la Orden de la Jarretera presidían el salón principal.
La pareja disfrutó a lo grande de sus nuevas casas, donde era atendida por un batallón de sirvientes, los cuales se dirigían a Wallis como Son Altesse Royale, un tratamiento al que no tenía derecho. Su vida, sin embargo, era mejor que la de la monarquía: nunca ciñó la corona, pero sí disfrutó de joyas a la altura de una reina. Demostrando gustos de nueva rica, a la duquesa de Windsor le encantaban las joyas llamativas y de diseños vanguardistas, algunos claramente vulgares. Llevaba grandes broches en forma de animales exóticos aderezados con diamantes, zafiros, rubíes y esmeraldas.
El matrimonio viajaba cada año a los Estados Unidos y pasaba varios meses en Nueva York o en Palm Beach. También iban con frecuencia a Biarritz, en ocasiones visitaron Antibes e hicieron excursiones a Italia6. El único sitio que no podían pisar era Gran Bretaña, lo que al duque le provocaba una gran frustración. Wallis no disimulaba su odio por los ingleses y hacía comentarios en voz alta sobre lo mal que se habían portado con ellos.
La pareja seguía unida —él todavía estaba loco por ella, al menos—, pero había continuos rumores de que Wallis tenía amantes o, cuando menos, flirteaba abiertamente. El nombre de Jimmy Donahue, un millonario estadounidense heredero de la fortuna de los grandes almacenes Woolworth, sonaba con frecuencia y algunos biógrafos aseguran que ambos salían juntos a bailar sin David7. A Wallis le seguía encantando divertirse a todas horas y disfrutar de lujos desorbitados: Jimmy le facilitaba las dos cosas. El duque siempre aseguró que aquella relación no le importaba en absoluto y que incluso agradecía que alguien se preocupara tanto de su esposa, pero no había duda de que la situación debió de afectarle más de los que estuvo dispuesto a reconocer.
Quizás para olvidarse, David decidió buscarse una ocupación y, dado que nadie estaba dispuesto a ofrecerle un trabajo —él quería un puesto de embajador o agregado comercial en América, pero el Gobierno británico se negó en redondo—, se puso a escribir artículos de prensa. Sin embargo, se aburrió enseguida. Aunque vivía rodeado de lujos, la mayoría de su tiempo se consumía entre el cuidado de sus tres perros —Disraeli, Trooper y Davy Crockett—, el golf y la jardinería. Dos veces por semana tomaba clases de español.8 En conjunto, era una existencia tediosa y sin propósito, dedicada únicamente a ver la vida pasar.
Además, y lo que era mucho peor, en sus últimos años, David tuvo que ver cómo algunas de las partes más oscuras de su pasado salían a la luz. Después de la guerra, los aliados se habían hecho con multitud de documentos secretos de los nazis. En algunos se dejaba claro que, en 1940, mientras pasaba una temporada en Portugal, David había sido tanteado por emisarios del Tercer Reich y este había reconocido estar dispuesto a volver al trono y convertirse en un rey títere de los nazis si los alemanes finalmente conquistaban Gran Bretaña.
Por lo que se sabe actualmente, Winston Churchill llegó a estar al caso en su día de semejante despropósito. Los espías británicos habían interceptado algunos documentos y el primer ministro se los enseñó al rey Jorge VI y a la reina Elizabeth. Estos pidieron que los papeles y las películas en microfilm donde se guardaban varias copias fueran destruidos. Pero no se hizo y los documentos se conservaron en los archivos secretos de Estados Unidos. Fue en 1957 cuando salieron a la luz y, aunque el Gobierno británico y la propia Isabel temieron un gran escándalo, la verdad es que David fue hábil y desmintió inmediatamente las acusaciones. Hizo público un comunicado donde indicaba que todo era mentira y que habían sido redactados por fuentes sin credibilidad alguna. «Por una parte son una completa invención y por otra una distorsión burda de la verdad», estableció. La prensa —quizás para no remover un pasado que seguía siendo aún doloroso— quiso creerlo.
El duque de Windsor salió airoso de la controversia y reasumió su vida diaria; es decir, su exasperante ociosidad. Con el tiempo solo le quedó aburrirse y aguantar con estoicismo los achaques de la edad y las enfermedades. En 1958, sufrió un doloroso brote de herpes;9 luego padeció un debilitamiento súbito: fue como si las fuerzas le abandonaran de golpe. En 1964 tuvo que ser operado del corazón y, un poco más tarde, de la vista. Su único consuelo fue que esta última intervención se realizó en Londres —le habían dejado regresar a su patria acompañado de Wallis— e incluso su sobrina Isabel se acercó a saludarlo. Era la primera vez que la reina y Wallis se veían cara a cara desde la abdicación.
Que su tío siguiera con achaques continuos —también sufría artritis y tuvo que empezar a usar bastón para andar— hizo que Isabel sintiera algo de lástima por él. A nadie se le escapaba que su muerte podría estar cerca, lo que generaba una pregunta incómoda para todas las partes: ¿qué pasaría con Wallis después de su desaparición? David sacó abiertamente el tema de la manutención económica de su esposa en una carta a Isabel. Esta, en un gesto de gran generosidad, le dijo que no se preocupara: la duquesa de Windsor recibiría una pensión oficial de las arcas públicas.
No solo eso. En otro gran gesto de magnanimidad, Isabel invitó a Wallis y a David a la inauguración de una estatua en Marlborough House, en Londres, dedicada a la reina María. Elizabeth, aún profundamente indignada por la abdicación —seguía pensando que convertirse repentinamente en rey le había costado la vida a su marido—, no se dignó a dirigirles la mirada durante el acto y pasó por delante de ellos con la vista fija al frente y la barbilla alta. Wallis, por su parte, se negó a hacerle una reverencia, algo que por protocolo tendría que haber hecho.
A pesar de los desaires, David disfrutó de lo lindo en el homenaje a su madre. Fue una de sus últimas alegrías antes de que los médicos le diesen una pésima noticia: sufría cáncer de garganta y el pronóstico no era esperanzador. En pocos meses, se volvería una figura triste y frágil. Finalmente moriría el 28 de mayo de 1972. Su cuerpo fue trasladado a Windsor en un avión privado de la Corona.

Isabel no solo tuvo que hacer frente a la muerte de familiares: también estaba preocupada por su hermana, Margarita. A pesar de que muchos no habían dado un duro por su matrimonio con Tony Armstrong-Jones, la verdad es que durante los primeros años se les vio bastante felices. No hay duda de que les seguía uniendo una química sexual excepcional y, además, ambos tenían una capacidad innata para gastar dinero. En cuanto recibieron las llaves del que sería su apartamento dentro del palacio de Kensington —21 habitaciones para ellos solos distribuidas en cuatro plantas—, se pusieron a renovarlo. Lo hicieron con un gusto exquisito —la gigantesca sala de estar, con sus refinados tonos azules, fue especialmente aplaudida—, pero la factura fue tan desorbitada que el parlamento de Westminster se quejó.10
Tony había decidido dejar de lado su carrera como fotógrafo para dedicarse a ser consorte de la hermana de la reina y, al principio, pareció divertirse asistiendo a desfiles militares y a recepciones en las embajadas. A la pareja se la veía con frecuencia en compañía de la reina en las carreras de Ascot o en las fiestas de Buckingham. También iban a veces al extranjero en representación de la Corona: fueron ellos, por ejemplo, los que asistieron a los eventos de proclamación de la independencia de Jamaica y también a la boda en Bruselas del rey Balduino y la española Fabiola de Mora y Aragón.11
A Tony Armstrong-Jones, sin embargo, todo aquello pronto le aburrió y se puso a buscar un trabajo. Lo consiguió en The Sunday Times: el periódico iba a sacar una revista dominical a color —entonces toda una novedad— y le ofreció el puesto de Artistic Adviser, algo así como director de Arte. A Tony le encantó el proyecto: estaba bien pagado, le permitía volver a la fotografía, experimentar con los diseños más arriesgados y le obligaba a viajar al extranjero de vez en cuando. Tuvo la consideración de pedir permiso a Isabel antes de aceptar, pero la reina dijo que sí sin pensárselo mucho. Sabía, por su experiencia con su marido, que no era fácil estar a la sombra de una mujer de la familia real.
Tony se acostumbró enseguida a su nueva vida profesional, aunque de vez en cuando siguió acompañando a Margarita en sus viajes oficiales. De hecho, la pareja se convirtió en una verdadera sensación en América. Mientras Isabel y Felipe parecían anticuados y aburridos, ellos representaban la modernidad, el nuevo glamur entre bohemio y refinado que el público reclamaba. Gracias a Tony, ella modernizó su vestuario y apostó por la bisutería llamativa y lo último en cosméticos.12 También, y para deleite de los fotógrafos, aparecieron junto a los Beatles, los grandes iconos musicales del momento, y con los actores de Hollywood más famosos, como Elizabeth Taylor.
La pareja parecía feliz y la llegada de sus dos hijos —David, vizconde Linley, y lady Sarah— los catapultó a una fama internacional inmensa. Pero era una fachada y pronto la pareja comenzó a deteriorarse. Tony empezó a sentir que los actos de la monarquía lo agobiaban: los encontraba aburridos y exasperantes. Él quería pertenecer plenamente a esa sociedad bohemia, artística, revolucionaria y creativa que estaba emergiendo; centrarse al máximo en su trabajo como fotógrafo y seguir publicando libros con su obra. Ella, por su parte, aunque le atraía el mundo bohemio, sobre todo el de los actores, seguía siendo una princesa criada en palacios y esperaba vivir con ciertas comodidades y deferencias. Irónicamente, lo que más los había unido al final acabó por separarlos.
Pronto llegaron las infidelidades. Según el biógrafo de Margarita, Theo Aronson, la princesa tuvo su primera relación extramatrimonial con Anthony Barton, un amigo de su marido.13 Tony no solo lo supo, sino que podría haberlo fomentado: él mismo estaba con otros, con lo que saber que su mujer le era infiel le debió de ayudar a aliviar su conciencia. Sin embargo, algunas de esas infidelidades saldrían a la luz y le costarían a la monarquía más de un buen disgusto.

Además de preocuparse por su hermana, Isabel continuaba teniendo problemas con su hijo Carlos. Su relación seguía siendo complicada: la reina creía que era su obligación enderezarlo y fortalecerlo para prepararlo para ejercer como rey y, aunque muchas veces no estaba del todo de acuerdo con los métodos pedagógicos de Felipe, sí que coincidía con su marido en que el heredero debía desarrollar una mayor entereza y dotes de liderazgo. Algo que, a todas luces, Carlos no estaba haciendo.
Como su abuela la reina madre había temido, Carlos era muy desgraciado en Gordonstoun y, quizás para aliviar su situación, Isabel decidió que pasaría algún tiempo en Australia, aunque prometió a Felipe que, tras unos meses, regresaría al internado escocés. A la prensa se le explicó que la soberana quería que su hijo y heredero pasara una temporada formándose en uno de los países de la Commonwealth y que la monarca en persona había hablado con el primer ministro de Australia para conocer los mejores colegios. Entre todos decidieron que la mejor opción era Geelong, conocido como el Eton australiano y situado en un municipio cercano a Melbourne.
Carlos viajó hasta Australia en enero de 1966 sin saber qué esperar exactamente —y temiendo que fuera otro Gordonstoun—, pero al llegar se dio cuenta de que aquella era una escuela perfecta para él. No solo enfatizaba el contacto continuo con la naturaleza, sino que daba libertad a los alumnos y tenía horarios mucho más flexibles. Además, y quizás más importante, el resto de estudiantes fue muy amable con él y, por primera vez en un colegio, Carlos pudo hacer amigos. Tras el tormento de vivido en Escocia, Carlos floreció en Geelong y se le vio contento.
Tanto, que a la vuelta a Gordonstoun el príncipe parecía distinto. Sorprendentemente, consiguió adaptarse, mejoró su rendimiento académico y triunfó en varias obras de teatro, sobre todo en Macbeth. Sin embargo, los cambios eran superficiales y seguía siendo enfermizamente introvertido. En ver de ayudarle a superar su timidez, Gordonstoun la había exacerbado y, a pesar de que en público ponía buena cara, el príncipe era ahora más inseguro y melancólico que antes.

A Carlos aún le quedaban varios años de formación: tenía por delante la universidad y luego su entrenamiento militar. Como Felipe no había cursado estudios superiores —mucho menos, Isabel—, y ninguno conocía bien el sistema, la decisión de a qué universidad acudiría el príncipe tuvo mucho que ver con los deseos de la reina madre. Su marido, Bertie, había asistido algunos trimestres al Trinity College en Cambridge y allí iría su nieto, impuso. Que el decano de la facultad, Rab Butler, un antiguo líder del Partido Conservador, fuera amigo suyo y que el centro estuviera relativamente cerca de Sandringham no hizo más que reforzar su postura.
Sin embargo, el príncipe no solo iba a pasar unos meses allí como su abuelo: él se matriculó para una carrera entera —fue el primer heredero del trono británico en hacerlo—. En principio, Felipe y unos cuantos asesores intentaron determinar la especialidad que debía seguir —Derecho Constitucional—, pero Carlos se rebeló y optó por Arqueología y Antropología, aunque más tarde se pasó a Historia.
En octubre de 1967 comenzó sus clases. A pesar de que en palacio se había insistido en que el príncipe sería uno más, la verdad es que a Carlos le esperaban unos cuantos privilegios. Más que de una habitación disfrutó de una suite con un salón, un dormitorio y una pequeña cocina; los muebles eran bastante espartanos, pero desde palacio se encargaron de enviar cortinas, alfombras y cuadros. También le construyeron su propio baño.14
El príncipe sobresalió como un estudiante aplicado, aunque algo inmaduro y quizás demasiado disperso. Sus trabajos de universidad demostraron algunas ideas interesantes, si bien no necesariamente brillantes. En lo que sí que destacó fue en el grupo de teatro de Cambridge.
Sus problemas para relacionarse con el resto de alumnos continuó: él era un tipo con chaqueta de tweed en medio de una generación que estaba rompiendo todas las normas. Sus atuendos y sus modales no encajaban en un campus donde se veían hippies, de vez en cuando olía a marihuana y se organizaban manifestaciones. Carlos acabaría harto de tanto «estudiante melenudo y sin bañarse»15 y no compartiría nunca las ansias de sus contemporáneos por destruir el sistema, aunque él también pasó por su propia fase mística y trascendental. Se interesó por la parapsicología y el más allá, comenzó a leer la obra del psicólogo Carl Jung y se obsesionó con las tribus primitivas, con sus dioses y su conexión constante con la naturaleza.
Como Carlos no hizo ningún amigo de verdad en la universidad, su círculo lo cultivó los fines de semana, cuando abandonaba Cambridge y se iba a Sandringham. Allí forjó una estrecha relación con Hugh van Cutsem, un descendiente del marqués de Northampton.16 También empezó a jugar con ahínco al polo y se matriculó en algunos cursos de vuelo.
Las mujeres no formaban aún parte de su día a día, pero su propia abuela, la reina madre, se encargó de solucionarlo. Además de organizarle algunas fiestas con damas apropiadas, habló con su amigo Rab Butler para que le presentara a alguna chica destacada del campus y con el pedigrí adecuado. Así fue como Carlos conoció a Lucía Santa Cruz, la guapa e inteligente hija del embajador chileno en el Reino Unido, que ejercía de ayudante de investigación de Butler. Morena, exuberante y con un currículum encomiable —tenía dos carreras y hablaba a la perfección cuatro idiomas—, Lucía era perfecta como acompañante del príncipe. Él, desde luego, quedó deslumbrado y no hay duda de que fue su primer gran amor. También se dice que fue con ella con quien perdió su virginidad: el propio Carlos se encargó de pedirle a Rab Butler un lugar discreto y privado para pasar tiempo a solas con ella, y este le facilitó las llaves de sus estancias en Cambridge.17
No se sabe hasta qué punto Isabel tenía información detallada sobre la vida sexual de su hijo, aunque no hay duda de que debió de enterarse de su romance con Lucía Santa Cruz. La reina estaba por entonces más preocupada por formar a Carlos como heredero que en tratarlo como a un hijo e hizo que el príncipe la comenzara a acompañar en algunos eventos oficiales destacados. En octubre de 1967, Carlos asistió con su madre a la apertura del Parlamento y luego se desplazó a Australia, y más tarde a Malta, en pequeños viajes oficiales. Al año siguiente, Isabel hizo que durante el verano le programaran un recorrido por los distintos departamentos gubernamentales. Muchos criticaron aquellas visitas relámpago —era imposible que aprendiera nada en tan poco tiempo y tan solo parecían servir para que el heredero del trono se hiciera fotografías—, pero Isabel entendió el valor de imagen que tenían.

Para Isabel, la década de los sesenta acabó con noticias pésimas sobre su reinado. La monarquía estaba perdiendo lustre y varias encuestas reflejaron que cada vez más británicos veían a la Casa Real como algo casposo, anacrónico y, lo que era más preocupante, irrelevante.
Que la propia monarca cometiera fallos inexplicables no ayudó a mejorar las cosas.
El 21 de octubre de 1966, Isabel se enfrentó a uno de los días más tristes de su reinado, uno en el que, como ella reconoció años más tarde, además cometió «uno de sus mayores errores». Una fuerte avalancha de la escombrera de una mina de carbón sepultó al pueblecito de Aberfan, en Gales, llevándose por delante la vida de 144 personas, la mayoría de ellos niños que estaban en la escuela cuando sucedió la tragedia. La mitad de los pequeños del pueblo había muerto.
Todo el país se movilizó y se recaudaron millones de libras esterlinas para ayudar a la reconstrucción del pueblo. Incomprensiblemente, la reina no acudió al lugar rápidamente y se limitó a enviar a su marido, el duque de Edimburgo, que no solo caminó durante horas por sus calles y charló con los habitantes que habían sobrevivido, sino que inspeccionó personalmente las tareas de rescate de los cadáveres. Desde luego, el panorama era desolador, con cuerpos de niños cubiertos con sábanas en las aceras. A millas de distancia, en Londres, los asesores de palacio seguían presionando a la reina para que acudiese rápidamente a Gales, pero ella se negaba. No era por frialdad, sino por puro pragmatismo. Según la periodista Sally Bedell Smith, la monarca dijo: «Si voy, la gente estará pendiente de mí en vez de seguir buscando a algún chiquillo que aún pueda quedar vivo».18
Pero la prensa no apreció sus argumentos y la criticaron sin piedad. A los ocho días de la tragedia, la reina ponía rumbo a Gales. Según los presentes, estaba profundamente emocionada y algunos aseguran que la vieron derramar una lágrima. Todos los lugareños apreciaron el gesto, pero para el público general Isabel había dado una imagen excesivamente fría y distante.

La deferencia que la reina y su familia habían recibido hasta entonces se había evaporado y las alarmas se dispararon en Buckingham. Se necesitaba un golpe súbito de timón para salvar el barco.
Isabel tuvo suerte de que, justo entones, se produjo un relevo generacional dentro de palacio y colaboradores más jóvenes y modernos substituyeron a antiguos y estirados cortesanos. En concreto, el comandante —luego sir— Richard Colville se había retirado tras veinte años de servicio como secretario de prensa, un puesto que había ejercido con mano de hierro. Bajo su mandato, la información había sido a cuentagotas y los comunicados solo habían sido oficiales. Por ello, cuando se supo que había un nuevo hombre en su puesto, los diarios respiraron aliviados. Su sucesor era William Heseltine, un australiano de clase media, sin pedigrí aristocrático alguno, que creía que palacio debía adoptar una línea de comunicación más abierta. Dado que la monarquía había perdido lustre, defendía Heseltine, era necesario una buena dosis de propaganda, atraer a la prensa y trabajar codo con codo con los periodistas en vez de mantenerlos lo más lejos posible.19
Las propuestas de Heseltine fueron una verdadera revolución. Por ejemplo, permitió que el príncipe de Gales concediera una entrevista radiofónica a Jack de Manio, un popular presentador del programa Today de la BBC.20 Fue una charla inocua, con preguntas fáciles, pero fue un paso que nunca se hubiese contemplado con su madre.
Heseltine también propuso que las cámaras de televisión entraran en palacio, algo muy arriesgado y que sin duda encolerizó a la vieja guardia, pero su visión se acabó imponiendo. Para ello contó con un aliado clave, el yerno de Dickie Mountbatten, lord Brabourne, que era productor de televisión y presionó para que la familia real le dejara grabar un programa especial. Dickie se entusiasmó con el proyecto desde el principio y convenció a su sobrino Felipe. La idea era hacer un documental sobre la vida privada de los Windsor, grabarlos en su día a día, dejar que los británicos vieran lo que se cocía tras las bambalinas.
A Isabel, al principio, le horrorizó la propuesta y fue necesario que su marido la persuadiera. Finalmente accedió, aunque el proceso le resultó muy desagradable e intrusivo. En vez de lord Brabourne, se decidió que fuera Richard Cawston, jefe de documentales de la BBC, quien grabase a la reina y su familia durante un año entero, tanto en funciones oficiales como en sus momentos de ocio, lo que implicaba acompañarlos en Navidades, en verano, en Inglaterra y en el extranjero, incluso conduciendo una vieja furgoneta por Sandringham. En total se grabaron cuarenta y tres horas de material que fueron reducidas a una y media.21
Cuando se emitió el programa, titulado Royal Family, en junio de 1969, fue un éxito de audiencia: tan solo en el Reino Unido lo vieron cuarenta millones de telespectadores.22 Isabel, que no tiene ningún talento para las cámaras y siempre aparece en el discurso de Navidad acartonada y fría, emergió aquí natural, sonriente y muy cercana. Salía despachando con su secretario privado, abriendo el correo, atendiendo audiencias, concediendo medallas, departiendo con embajadores, saludando a Richard Nixon y charlando con Bobo sobre los vestidos que iba a llevar en futuros viajes oficiales. También dejó que la grabaran conduciendo su propio coche en Sandringham, acompañando al príncipe Eduardo a comprarse un helado, en el yate Britannia en pantalones y zapatillas y organizando un pícnic en Balmoral con su marido y sus hijos. Las cámaras inmortalizaron a toda la familia viendo la televisión, decorando el árbol de Navidad y almorzando juntos. El príncipe Felipe fue retratado como un hombre de ideas, implicado en la defensa del medioambiente y en la promoción de centenares de causas sociales. Carlos fue presentado como el futuro, un joven de su generación apasionado por los deportes. El documental insistía en que la familia real viajaba constantemente para promocionar los intereses británicos
El programa consiguió que los británicos comenzaran a ver a la monarquía como seres de carne y hueso, pero quizás insistió demasiado en la «normalidad» de la familia real, una familia que, al fin y al cabo, vivía entre lujos que la gran mayoría de la población no podían ni soñar. Puede que la reina fuese una mujer de gustos sencillos y que su marido y ella se entretuviesen con una tranquila barbacoa en Balmoral, pero la finca escocesa cubre una extensión de más de 20.000 hectáreas y por las que la soberana entonces no pagaba impuestos.
Además, si las cámaras podían entrar en palacio y la familia real no tenía ningún problema en participar en programas de pura propaganda personal, ¿eso quería decir que la prensa podía empezar a hablar de su intimidad y, sobre todo, de sus problemas personales? Algunos analistas creen que aquel documental fue el pistoletazo de salida a unas prácticas periodísticas que los Windsor acabarían por aborrecer.

Un mes más tarde de la emisión de Royal Family, el 1 de julio de 1969, la monarquía tuvo otra oportunidad única para lucirse mediáticamente: la investidura oficial de Carlos como príncipe de Gales en el castillo medieval de Caernarfon, el primer acto a gran escala de la realeza que fue específicamente pensado para ser visto en televisión.
Técnicamente, la ceremonia era innecesaria porque Carlos había sido nombrado príncipe de Gales en 1958, con tan solo nueve años de edad, pero a nadie se le escapaba que tanto Buckingham como Downing Street querían y necesitaban un gran evento de exaltación monárquica: el primero, para recuperar el prestigio perdido, y el segundo, porque el nacionalismo galés estaba quitándole votos al Partido Laborista. Gales tenía muchos problemas económicos que Londres no estaba sabiendo atajar: las industrias cerraban, el desempleo se había disparado y había miles de jóvenes sin esperanza ni futuro. El nacionalismo estaba ofreciendo una vía de escape a muchas personas desesperadas, pero el primer ministro Harold Wilson necesitaba que Gales siguiera leal al laborismo si quería ganar las siguientes elecciones. Un gran acto de adscripción a la monarquía, pensó, podía restarle peso a los independentistas.
Sin embargo, a muchos galeses la investidura no les podía importar menos y la gran mayoría la consideraba absurda, una muestra más del imperialismo inglés y un derroche innecesario de dinero.23 Además, la situación en Gales era tan tensa que habían proliferado pequeños grupos radicales, incluso terroristas, algunos de los cuales habían puesto bombas. La posibilidad de un atentado durante la investidura era muy alta y, como se supo después, hubo al menos un grupo paramilitar que había pensado seriamente en asesinar a Carlos.
Isabel era plenamente consciente de los riesgos, y le reconoció al primer ministro Wilson que temía por la seguridad de su hijo, pero de todos modos siguió adelante con sus planes. Dos años antes, había decidido que el príncipe pasaría un trimestre en una de las universidades más nacionalistas de Gales, Aberystwyth, para aprender algo del idioma, y Carlos tuvo que hacer las maletas. Para garantizar su integridad, decenas de policías lo escoltaron durante toda su estancia y soldados de las fuerzas especiales fueron infiltrados de paisano en la universidad.24 Aun así, el príncipe tuvo que hacer acopio de una gran valentía. Pocos días antes de su llegada, una bomba había explotado en una estación de radio de la RAF. En cuanto bajó del coche, decenas de estudiantes comenzaron a abuchearle. Durante toda su estancia en Gales tuvo que aguantar protestas contra él.
Como el propio Carlos reconoció, no sabía absolutamente nada del idioma, la historia o la literatura de Gales y en más de una ocasión metió la pata hasta el fondo, como cuando desveló que no tenía ni idea de quién era Llywelyn ap Gruffydd, el último príncipe de Gales realmente gaélico. Su tutor en la universidad, Edward Millward, un hombre profundamente nacionalista, se encargó de compensar estas carencias y, una vez por semana, lo recibía en su despacho para enseñarle el idioma. «Ponía mucho interés y charlaba bastante. Al final, su acento fue bastante bueno», explicó Millward.25 Tanto que, tan solo ocho semanas después de haber comenzado a aprenderlo, Carlos pronunció un discurso íntegramente en gaélico frente a la Liga Juvenil de Gales. Lo hizo sin ningún fallo y la audiencia lo aplaudió sinceramente.
Gestos como este hicieron que el sentimiento antimonárquico se deshinchara un poco, pero aún quedaba el reto más grande: conseguir que la investidura fuera un éxito. A pesar de que se vendió como una ceremonia histórica, con rituales centenarios repletos de simbolismo, la verdad es que no tenía excesivos precedentes. La tradición decía que, en el siglo xiii, después de la conquista de Gales por los ingleses, los barones galeses habían comunicado al rey Eduardo I de Inglaterra que solo aceptarían como príncipe a alguien que no hablase ni una palabra de inglés, por lo que el monarca apareció en el castillo de Caernarfon portando a su primogénito, un bebé de apenas unos días, el cual obviamente aún no hablaba. Ese mismo día se le proclamó príncipe de Gales y, desde entonces, muchos galeses han visto el castillo como un símbolo de la ocupación inglesa.
Durante siglos, no se celebró ninguna ceremonia de investidura del heredero a la corona, pero en 1911 se creó una para David, el hijo de Jorge V. Fue el ministro de Hacienda David Lloyd George, que era de origen galés, quien tuvo la idea de recuperar esta supuesta tradición, aunque lo hizo más motivado por intereses propios —creyó que aquello le generaría mucha fama— que por estrechar lazos con la región. La ceremonia fue un dispendio de soldados, aristócratas vestidos de gala y mujeres cubiertas de joyas. Isabel II no quería ni oír hablar de repetir semejante disparate para su hijo y ordenó que se pensara en una ceremonia mucho menos ostentosa y, sobre todo, económica.
El duque de Norfolk, responsable del alto ceremonial de las coronaciones, y Tony Armstrong-Jones, lord Snowdon, cuya familia era originaria de Gales y había sido nombrado recientemente condestable del castillo de Caernarfon, se encargaron de diseñarla. Tony era un experto en ángulos de cámara y tenía una visión muy clara de cómo se podía ofrecer un buen espectáculo en televisión. La idea era crear algo que mezclase la fantasía artúrica con elementos contemporáneos y, para ello, en vez de un discreto escenario de madera, se construyó una plataforma de pizarra gris cubierta por una gran pérgola transparente de plexiglás sujeta por grandes pilares de acero en forma de lanzas.
A pesar de que sabía que aquello iba a ser más una pantomima con toques medievales que una ceremonia, Carlos se implicó mucho en los preparativos. Se decidió que vestiría un uniforme militar en azul marino de coronel jefe del Real Regimiento de Gales, una compañía de nueva creación, y que portaría el collar de la Orden de la Jarretera. Su madre le colocaría una corona diseñada para la ocasión, increíblemente estilizada y moderna, hecha con oro galés, diamantes y esmeraldas decorada con terciopelo en damasco. También le pondría un anillo de amatista, le daría un bastón de mando y lo cubriría con una capa ribeteada de armiño.
Se decidió que Carlos pronunciaría un discurso, la mitad en gaélico y la otra en inglés, y aunque le pasaron un borrador con lo que tenía que decir, él añadió unas cuantas referencias a la importancia de la identidad nacional gaélica: «No se puede pasar por alto la larga historia de Gales y su determinación para custodiar su propio legado». Fueron frases amables y sin excesiva carga política, pero cuando lo leyó, algunos miembros del Gobierno consideraron que se había pasado de la raya y que le estaba haciendo un favor al nacionalismo. Incluso George Thomas, secretario gubernamental de Gales, envió una nota al primer ministro Harold Wilson recomendándole «que tuviera una conversación discreta con la reina sobre las opiniones de su hijo».26
A Carlos no le importó lo que el Gobierno tuviera que decirle. La ceremonia fue para él muy importante y, aunque entendía que tenía más de propaganda que de otra cosa, la sintió como un hito en su vida. Según varios testigos, antes de salir al escenario, estaba muerto de miedo, pero en cuanto pisó la hierba fue como si se transformase.
A la ceremonia siguió un largo tour por Gales. Fue un verdadero éxito.