La Reina
17 Camila
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17 Camila
En 1971, Isabel tomó juramento a un nuevo primer ministro, el conservador Edward Heath, un hombre de orígenes humildes que había conseguido becas para estudiar en Oxford. La reina tendría una relación complicada con él: Heath era seco y frío hasta el punto de resultar brusco, no tenía ningún sentido del humor y sus principales intereses culturales —música clásica, básicamente— no eran los mejores para establecer una conversación liviana con la soberana. Por no decir que, según sus propios conocidos, a Heath no le interesaban las mujeres en lo más mínimo, estaba soltero y no se le conocía ninguna relación amorosa.1 Además, no sentía ningún aprecio por la Commonwealth —levantó el embargo a Sudáfrica que había impuesto Wilson— y, por el contrario, estaba obsesionado por conseguir que el Reino Unido entrase en el Mercado Único Europeo. Aprovechando que De Gaulle ya no estaba en el Elíseo —el presidente era Georges Pompidou—, creía firmemente que la adhesión no podía esperar. De hecho, una de las primeras cosas que hizo en el cargo fue programar visitas de la reina a Francia para limar asperezas y crear un clima de entendimiento.
El año siguiente, 1972, fue un periodo muy intenso políticamente hablando. El Reino Unido e Islandia se enzarzaron en una agria disputa sobre la pesca del bacalao que acabó con barcos de pescadores disparándose. En Estados Unidos, Henry Kissinger mantenía reuniones secretas para intentar poner fin a la guerra de Vietnam. En Londres, algunos diputados abiertamente republicanos comenzaron a criticar el coste de la monarquía y, sobre todo, crearon un debate sobre por qué la soberana no pagaba impuestos.
La reina contemplaba todos aquellos acontecimientos con esa mezcla entre estupefacción, escrutinio y elegante seriedad que la caracteriza. Su vida seguía como siempre, milimétricamente planificada con meses de antelación sin que nada ni nadie pareciera perturbarla. Tan solo algunos cambios en su equipo rompían su monotonía: a principios de 1972, Michael Adeane decidió retirarse —tres años antes de la jubilación— y Martin Charteris fue promocionado a secretario privado. Hombre de talante menos estirado que sus antecesores en el cargo —y, seguramente, con mucho más sentido del humor—, Charteris enseguida empezó a introducir pequeñas modificaciones en Buckingham. Los discursos de la reina se hicieron menos adustos, más cercanos y, en algunas ocasiones, incluso introdujo alguna nota divertida. En los de Navidad, en vez de aparecer ella hablando todo el rato, se intercalaron imágenes de actos a los que había asistido y viajes de Estado que había desarrollado.

Mientras Isabel asumía lentamente esos cambios, sus hijos mayores, Carlos y Ana, comenzaban a volar del nido. Los hermanos pequeños seguían la ruta marcada por los mayores: Eduardo estaba siendo aún educado por institutrices y Andrés había sido matriculado en un internado en Ascot. Ana ya había acabado sus estudios en el internado de Benenden y, aunque había conseguido aprobar los exámenes superiores, lo que la facultaba para acceder a la universidad, decidió no cursar una carrera. Las oportunidades laborales para una mujer eran entonces muy limitadas y, como ella ya tenía muy marcada la vida que iba a seguir —la de la realeza, repleta de actos—, decidió que no valía la pena el esfuerzo de estudiar varios años más. Ana se centró en su faceta ecuestre, empezó su labor como presidenta de algunas asociaciones y también disfrutaba de una gran actividad social.
Su hermano Carlos tampoco tenía por qué pensar en su futuro: otros se encargaban de decidir por él. Mientras aún estaba en su último año en Cambridge, sus obligaciones como heredero se incrementaron notablemente. Tuvo que realizar un largo tour de cuatro semanas por Estados Unidos, Australia, Hong Kong, Nueva Zelanda y Japón. Aguantó estoicamente discursos interminables y gritos histéricos de las masas que aparecían en cualquier evento programado. También sonrió educadamente cuando, después de acompañar a sus padres a un viaje oficial a Canadá, él tuvo que visitar Washington con su hermana y el entonces presidente Richard Nixon lo intentó emparejar con una de sus hijas, Patricia.
El príncipe lo aceptó todo con resignación y buen humor, pero en su fuero interno se reveló contra lo que pensaba que era una gran pérdida de tiempo. Buckingham quería que se convirtiera en un heredero tradicional y poco polémico, pero él se negó y empezó a labrarse una carrera con más sustancia de lo que palacio le preparaba. En vez de recepciones insulsas, prefería volcarse en la defensa del medio ambiente, un tema que en aquellos años no interesaba a prácticamente nadie. Carlos, seguramente por su juventud e inexperiencia, pronunció unos cuantos discursos apocalípticos repletos de frases grandilocuentes: hoy hubiese sido considerado un héroe, pero a principios de los setenta fue tildado de excéntrico.
Después de graduarse en Cambridge, el siguiente paso era el Ejército, pero entre tanto le dejaron unos cuantos meses libres. Los aprovechó para comprarse un Aston Martin, jugar al polo, divertirse, ir de cacería en Sandringham y, sobre todo, pintar acuarelas. También fue por entonces cuando desarrolló una gran cercanía con Dickie Mountbatten, a quien llegaría a considerar como una especie de abuelo. No era difícil verlos juntos en Broadlands, la mansión campestre de Mountbatten, hablando durante horas: Dickie, con su impecable don de gentes y su carisma innato, fue capaz de darle afecto, comprensión y apoyo continuo. Para una persona como Carlos, inseguro y con una autoestima muy baja, aquella relación fue una bendición, el tipo de vínculo que le hubiese gustado tener con su propio padre.
Dickie Mountbatten ayudó también a Carlos en su difícil transición a la vida militar. Se había decidido que el príncipe primero se formaría como piloto en la Real Fuerza Aérea y que luego pasaría a la escuela naval de Dartmouth. El curso en esta última consistía en clases prácticas y teóricas, básicamente matemáticas aplicadas a la navegación. Carlos, que seguía sin entender mucho de números, lo pasó fatal con las asignaturas y se llegó a dormir en algunas clases del puro aburrimiento.

Como ya había hecho en el pasado, Isabel siguió muy de cerca los avances de su hijo, lo cual no solo significaba que estaba al corriente de sus calificaciones, sino también perfectamente bien informada de sus novias.
La relación de Carlos con Lucía Santa Cruz se había apagado, si bien siguieron siendo muy buenos amigos. El príncipe no tardó en recuperarse de la ruptura: la Marina le proporcionó muchas oportunidades para ligar con mujeres, entre ellas, con una tal Lucinda Buxton y con Silella Dorman, la hija del gobernador de Malta, a quien la prensa llegó a fotografiar untando crema solar al heredero mientras ambos tomaban el sol en la isla.2 En su tiempo libre, a Carlos también se le veía a menudo en los clubes de moda londinenses, sobre todo en Anabel’s, en Berkeley Square, y disfrutando de compañía femenina en las casas de sus amigos. Por lo que se sabe por algunas de ellas, sus técnicas para conquistar a mujeres eran, cuanto menos, pueriles y poco refinadas. Se ponía tan nervioso que su conversación resultaba estirada y, en vez de regalarles flores o piropos, se dedicaba a gastarles bromas muy infantiles. Una vez, le entregó a una chica un sobre que, al abrirlo, explotó y la roció con confeti. A él le pareció muy gracioso; a ella, no tanto3.
Todo cambió, sin embargo, cuando a principios de la década de los setenta conoció a la mujer que le cambiaría la vida. Su nombre era Camila Rosemary Shand, una rubia divertida y dieciocho meses mayor que él. Más que guapa era muy atractiva y resultaba una figura maternal, el tipo de mujer que un hombre tímido y con muchas inseguridades como Carlos busca.
Camila no pertenecía a una familia aristocrática, pero sí adinerada y con el suficiente pedigrí como para moverse con facilidad entre la nobleza. Su padre, Bruce Shand, poseía una notable fortuna, había servido con distinción en un regimiento de caballería y se dedicaba al comercio de vinos. Su madre, Rosalind Cubitt, era hija de lord Ashcombe y descendía, entre otros, de Thomas Cubitt, uno de los mayores promotores inmobiliarios de Londres, y de Alice Keppel, la amante favorita de Eduardo VII.
Camila había recibido la formación típica de una mujer de clase alta sin excesivos intereses intelectuales. Tuvo una infancia idílica entre la mansión de tres pisos que sus padres tenían en Londres y The Laines, la casa campestre familiar de siete habitaciones en East Sussex. Fue educada en el colegio privado de señoritas Dumbrells, en donde le intentaron inculcar un alto sentido de la disciplina y el orden, sin éxito: Camila es famosa por ser una desordenada nata.
Luego pasó por otros colegios de secundaria (Southover Manor, Queen’s Gate School) en los que se promovían más los buenos modales que un currículum extenso. A los dieciséis años la enviaron a Mon Fertile, una escuela en Suiza, y después al Instituto Británico en París, donde estuvo seis meses intentando aprender algo de francés. De vuelta a Londres tuvo su puesta de largo.
Camila comenzó muy pronto a tener novios. Salió una temporada con un joven llamado Kevin Burke, a quien dejó cuando conoció a Andrew Parker Bowles, un oficial del Ejército que había salido unos meses con la princesa Ana. Parker Bowles era hijo del sheriff de Berkshire, uno de los mejores amigos de la reina madre, y había servido con distinción en los Blues and Royals, el regimiento más prestigioso de la Guardia Real. Alto y muy atractivo, también tenía fama de mujeriego y no hay duda de que coleccionaba amantes. Camila lo sabía, por supuesto, pero no fue obstáculo para que se enamorara perdidamente de él.
Cuando el príncipe y Camila se conocieron, Andrew estaba casualmente fuera del país —lo habían destinado unos meses a Chipre—, lo que Camila aprovechó para resarcirse de tantas infidelidades y divertirse con otros. Aunque siempre se dice que Carlos y Camila se conocieron en un partido de polo, el propio príncipe se encargó de aclarar que no era verdad. Fue a través de Lucía Santa Cruz, quien era vecina de Camila; ambas vivían en el mismo bloque en Cundy Street.4 Una noche el príncipe se pasó por el piso de Lucía a tomar una copa; Camila también estaba invitada. Enseguida conectaron: ambos tenían el mismo sentido del humor, adoraban la vida campestre, les gustaba la caza y montar a caballo y compartían incluso los mismos gustos en cuanto a programas de televisión. A Carlos le encantó su sencillez y su falta de presuntuosidad. Acostumbrado como estaba a personas extremadamente estiradas, le debió resultar muy refrescante conocer a alguien que ni siquiera daba importancia a la ropa o al peinado.
No tardaron demasiado en hacerse amantes, algo que Dickie Mountbatten no criticó. Al contrario, creyó que Camila era perfecta como amante de Carlos y les dejó usar su casa de Broadlands para sus escapadas románticas. Pero Mountbatten no pudo prever que el príncipe acabaría enamorándose o, al menos, sintiéndose muy atraído por ella. Camila, por su parte, nunca dejó de pensar en Andrew Parker Bowles.
Aunque esa relación parezca ahora que duró años, la verdad es que se trató de un romance de tan solo seis meses. En diciembre de 1972 Carlos fue destinado a la fragata HMS Minerva, en donde pasaría ocho largos meses de servicio en alta mar. Antes de partir, la pareja disfrutó de un último fin de semana en Broadlands. El príncipe le dijo que la quería, pero en ningún momento se le ocurrió pedirle que se casara con él o dio alguna pista al respecto. Ambos eran conscientes de que una boda era impensable: Camila tenía demasiado pasado y había disfrutado de una vida sexual excesivamente intensa como para convertirse en princesa de Gales. La prensa del momento la hubiese despellejado viva sacando a antiguos novios en portada.
Además, y quizá lo más importante, él no estaba pensando entonces en el matrimonio y ella tenía en mente casarse con Andrew. Finalmente, lo consiguió, aunque siempre se ha rumoreado que, para acabar de convencerlo, la familia de ella anunció el compromiso en The Times antes de que él hubiese dado su conformidad a la boda.5 Como un buen caballero inglés, habría decidido no humillar públicamente a Camila y pasar por el altar. El enlace tuvo lugar en la Guards Chapel de Wellington Barracks el 4 de julio de 1973, cinco meses después de que el heredero zarpara en el buque de la Marina. La novia, con un traje de organza y un voluminoso velo, estaba pletórica.
Cuando Carlos se enteró, se sumió en una profunda melancolía. Que por aquel entonces su hermana anunciase que iba a casarse no le ayudó en absoluto.

Al igual que a Carlos la prensa no paraba de buscarle novias, a Ana también le intentaron asignar un sinfín de pretendientes: de un antiguo paje de la reina Isabel al hijo de un héroe de la Segunda Guerra Mundial pasando por el mismísimo príncipe —luego rey— Carlos Gustavo de Suecia. Andrew Parker Bowles también apareció en la lista y hay que decir que, en este caso, sí que hubo un romance —y, por lo que se dice, bastante tórrido—, pero la relación estaba condenada a la ruptura: Parker Bowles era católico y en aquel momento esto era un grave impedimento para casarse con un miembro de la familia real.
Ana ya estaba entonces muy involucrada en el mundo de la competición ecuestre profesional. Su madre, consciente de que tenía habilidades de sobra para convertirse en atleta olímpica, se preocupó de rodearla de algunos de los mayores expertos del país. Después de dejar su internado, Ana acudió disciplinadamente durante meses a Brookfield Farm para someterse a un entrenamiento exhaustivo y en 1968 debutó en su primera competición oficial. En los años siguientes conseguiría muchos premios.
Su labor en asociaciones benéficas fue igualmente encomiable. El 15 de agosto de 1970, el día de su veinte cumpleaños, se anunció que se convertía en presidenta honorífica de Save the Children, una de las instituciones más potentes en la defensa de los derechos de la infancia. Ana se entregó en cuerpo y alma a viajar por todo el mundo visitando campos de refugiados, promoviendo campañas de vacunación y poniendo en marcha iniciativas para mejorar la educación.
Su trabajo fue muy aplaudido por los especialistas, pero la opinión pública nunca llegaría a valorárselo del todo. A diferencia de lo que sucedería con Diana años más tarde, Ana nunca consiguió ser una estrella mediática humanitaria y su relación con la prensa fue siempre bastante mala. Como su padre, ella no soportaba tener que posar ante los fotógrafos ni participar en tonterías para protagonizar portadas de periódicos. En sus apariciones públicas era eficiente pero resultaba aburrida, distante y fría. En más de una ocasión no dudó en gritar a los reporteros. Por ello sus compatriotas acabaron percibiéndola como una figura arrogante y altiva.
Sin embargo, no era ninguna de las dos cosas: de toda la familia real, Ana es seguramente la más humilde y, desde luego, la menos esnob de todos. Pero no ha cedido un ápice a lo que el público esperaba de una princesa: nunca fue glamurosa ni le interesó jamás el maquillaje ni la moda. Aunque de joven comenzó a vestirse de manera más moderna y llegó a convertirse en una mujer realmente atractiva, con una figura muy esbelta y atlética, estaba lejos del arquetipo de Cenicienta que tan bien interpretaría Diana años más tarde.
Dada su pasión por el mundo de la hípica, no es de extrañar que se sintiera especialmente atraída por hombres que destacaran encima de un caballo. Su primer novio de verdad fue un jugador de polo, Sandy Harper, amigo de Carlos. Luego vino Richard Meade, un extraordinario jinete galés que había ganado varias medallas en los Juegos Olímpicos.6
Más tarde llegó Mark Phillips, el hombre que la acabó llevando al altar. Como Meade, Phillips también era atleta olímpico y en 1968 fue seleccionado como jinete para representar al Reino Unido en los Juegos de México. De vuelta a Londres, fue invitado a la recepción que Isabel ofreció a todos los deportistas que habían participado en las Olimpiadas. Además de la soberana, al acto acudieron la reina madre y la princesa Ana. Como esta era una gran aficionada a los caballos, el protocolo la sentó al lado de Mark Phillips. No hubo flechazo, pero comenzaron a verse y, con el tiempo, decidieron casarse.
Mark tenía un perfil adecuado. Su padre era militar y su abuelo materno había sido ayuda de campo de Jorge VI. Él había estudiado en el prestigioso Marlborough College y luego en la academia militar de Sandhurst. Sin embargo, a pesar de que sobre el papel era un buen candidato, la familia real reaccionó con recelo. A Carlos le parecía al principio demasiado soso para su hermana. Isabel y Felipe eran de la misma opinión, a ninguno de los dos le convencía aquella unión, aunque a la reina le gustaba que él se dedicara al mundo de los caballos.7
Muchos en la corte pensaban que aquel matrimonio estaba condenado al fracaso y consideraban que, una vez se hubiera pasado el interés romántico y la atracción física inicial, ella lo encontraría sumamente aburrido. Al fin y al cabo, por lo que se decía en la corte, Phillips solo sabía hablar de doma de caballos y, como mucho, de maniobras militares. Sea como fuere, la boda se celebró el 14 de noviembre de 1973, el mismo día del veinticinco cumpleaños del príncipe Carlos. Ana llevó un bonito y sencillo vestido de inspiración Tudor con largas mangas de influencia medieval, cuello alto y una extensa cola. Como tiara, usó la misma que había llevado su madre el día de su enlace.

A Isabel se la vio muy contenta y sonriente en la boda de su hija, pero pronto se le borraría la sonrisa. A los pocos meses, la princesa Ana y su marido sufrirían un intento de secuestro. Un hombre llamado Ian Ball detuvo su coche junto al de la pareja cuando avanzaban por el Mall rumbo a Buckingham después de haber asistido a un evento. Abrió la puerta del vehículo oficial y, a punta de pistola, tomó a Ana por el brazo. Forcejearon y él intentó sacarla del coche. El atacante, un hombre con un largo historial de problemas psiquiátricos, comenzó a disparar. El detective que acompañaba a la pareja recibió tres tiros. El chófer también resultó herido. Un policía y un hombre que pasaba por allí también recibieron impactos de bala. Que no hubiera muertos fue un auténtico milagro. La princesa actuó con auténtica valentía y, pasado el inmenso susto, todos aplaudieron el coraje que había demostrado.
Superado el mal trago, el matrimonio se centró en buscar un hogar. Al principio la pareja vivía cerca de Sandhurst, donde él era instructor de hípica. En 1976 la reina les compró una finca de más de 700 acres y una mansión del siglo xviii en Gatcombe Park, en el condado de Gloucestershire. Más tarde también les prestaría una gran suma de dinero para adquirir una granja cercana. El público puso el grito en el cielo por lo que consideraba gastos excesivos y totalmente innecesarios. Solo cuando la pareja tuvo a su primer hijo, un varón llamado Peter, amainó un poco la controversia.

Otro gran problema para Isabel fue su hermana Margarita. A nadie en la corte se le escapaba ya que su matrimonio con Tony Armstrong-Jones estaba roto y era notorio que la pareja peleaba a menudo, generalmente a gritos y lanzándose insultos. En muchas ocasiones, él no se dignaba a hablar con su mujer ni siquiera cuando sus hijos estaban presentes y no era raro que le dejase mensajes degradantes pegados al espejo del tocador para que ella los viera. «Pareces una manicura judía y te odio», fue uno de ellos.8 Además de grosero, el comentario era racista y antisemita.
Hay que puntualizar que, en los pocos momentos que estaban bien, la química entre ellos seguía siendo sensacional y, en público, continuaban enamorando a las masas con su carisma y saber estar. Pero estas treguas eran cada vez más escasas. Isabel era perfectamente consciente de la situación y estaba puntualmente informada de las relaciones extramatrimoniales de la pareja, sobre todo de las de su hermana. En ciertos círculos era vox populi que Margarita había tenido últimamente un affaire bastante sólido con Robin Douglas-Home, el sobrino de un antiguo primer ministro, además de escarceos con otros hombres.9 Tony, por su parte, aunque igualmente infiel que su esposa —incluso puede que más—, fue sin embargo mucho más discreto y tan solo se le conoció un romance con una joven aristócrata.
El matrimonio estaba tan distanciado y su relación era tan tóxica que la reina tendría que haber aceptado lo obvio y permitido el divorcio de su hermana. Pero Isabel se resistía a hacerlo: la separación matrimonial era aún tabú para los Windsor. La paciencia de la soberana no se agotó hasta que explotó un escándalo que sacudió Buckingham.
En 1973, después de cumplir los cuarenta y tres años, Margarita conoció a un hombre de veinticinco años que le devolvió momentáneamente la ilusión: Roderic Llewellyn, al que todo el mundo conocía como Rody. Era hijo de un coronel del Ejército y de una dama de alta alcurnia, y aunque no se podía decir que fuesen millonarios, su familia poseía una impresionante mansión campestre en Gales.
Se conocieron durante un almuerzo en la casa de unos amigos de la princesa en Edimburgo y, por lo que se cuenta, a ella le entusiasmó de inmediato. Incluso hay quien asegura que fue un flechazo. Si bien su corte de pelo era un desastre —parecía hecho a trasquilones—, Rody era atractivo, sensible y con los modales apropiados. También contaba con un gran sentido del humor y, como Margarita, tenía alma de artista y le encantaba la poesía y, sobre todo, la jardinería. Tan a gusto se sintieron desde el primer momento que cuando él le dijo que no se podía bañar en la piscina porque no había traído bañador, ella lo acompañó hasta una tienda cercana y juntos escogieron unos slips con la bandera británica. Por la tarde, nadaron, bailaron, tocaron el piano y se rieron todo el rato. Hasta los hijos de la princesa, que estaban presentes, se divirtieron de lo lindo.10
Cinco meses más tarde, la pareja estaba en un avión rumbo al Caribe, a la isla de Mustique, donde hacía unos años la princesa se había hecho construir una bonita mansión con vistas al mar llamada Les Beaux Eaux. Fue el principio oficial de una relación que duraría ocho años y que, una vez superada la pasión inicial, tuvo muchos altibajos. Rody demostró un comportamiento un tanto errático y partía de viaje sin previo aviso al extranjero. Ella también tuvo graves episodios de ansiedad: se sabe que en 1974 tuvo una crisis nerviosa que le podría haber provocado pensamientos suicidas. En una ocasión, llamó desesperada a un amigo diciéndole que se iba a tirar por la ventana.11
Oficialmente, Tony y ella seguían viviendo juntos. O, al menos, él visitaba Kensington de vez en cuando. Margarita llegó a sospechar que él tenía una nueva amante y que probablemente se la llevaba a palacio. Y tenía razón: la mujer en cuestión se llamaba Lucy Lindsay-Hogg. La princesa no podía soportar que le fueran infiel en su propia casa y un buen día ordenó a Tony que recogiera sus cosas y se marchara para siempre. Él se negó.
Desgraciadamente para ella, los paparazzi descubrieron su relación con Rody y un tabloide publicó fotos de ambos juntos en Mustique. La polémica estaba servida: la opinión pública puso el grito en el cielo y consideró que Margarita era una impúdica. Muy astutamente, Tony aprovechó el escándalo para abandonar Kensington con su dignidad e imagen intactas. Dos días después, palacio anunciaba que los Snowdon se separaban, aunque dejaba claro que no había planes de divorcio. Pero sí que los había: dos años después, en 1978, se firmó la ruptura.
A finales de ese año, Tony se casó con Lucy Lindsay-Hogg, la mujer con la que le había sido infiel a la princesa.
Según varios cortesanos, Isabel estaba inmensamente triste por lo sucedido y, hasta cierto punto, se sintió culpable de que su hermana no pudiera encontrar la felicidad. Ella nunca aprobó su historia con Rody y se negó a aceptarlo en palacio, pero apoyó todo lo que pudo a Margarita después de que se hiciera pública la separación. También estuvo muy atenta a sus sobrinos, a quienes siempre ha tenido un gran cariño. Se sabe, además, que, a pesar del divorcio, siguió teniendo bastante cariño por Tony, con quien había congeniado, y sobre todo valoró que, una vez roto el matrimonio, él no hablase con la prensa y adoptase un perfil bajo.

Mientras su tía Margarita se hundía, Carlos padecía también una inestable vida sentimental, pero Dickie Mountbatten creía tener la solución perfecta. Llegó a albergar la esperanza de que el príncipe se fijara en una de sus nietas, Amanda Knatchbull, una guapa pero jovencísima muchacha que aún no había cumplido los diecisiete años.12
Dickie, que había sido el principal artífice de la relación entre Isabel y Felipe, no quería perder la oportunidad de otra gran boda real entre los Windsor y los Mountbatten. Hizo que Amanda fuera aconsejada por los mejores estilistas y la envió a París con un generoso presupuesto para adquirir vestuario sofisticado. Al mismo tiempo escribía cartas a Carlos indicándole lo feliz que sería con su nieta y lo apropiado de su unión. Y en 1974 organizó unas vacaciones en la casa que su hija tenía en la isla de Eleuthera, en las Bahamas, para que los jóvenes intimaran.
Isabel, por supuesto, fue informada del viaje e hizo saber a su hijo discretamente que aprobaba un noviazgo con Amanda. Felipe también dio su consentimiento. Carlos, presionado por todos los lados e impresionado con la belleza indudable de la chica, reconoció a Dickie que se estaba empezando a sentir muy atraído por ella. De vuelta a Londres ambos empezaron a verse habitualmente y pronto corrió el rumor en la corte de que Amanda sería la elegida. Se sabe que el príncipe le llegó a pedir matrimonio, pero ella lo rechazó: ni estaba enamorada de él —lo veía más como un hermano que como otra cosa— ni estaba dispuesta a asumir los rigores de una vida en la familia real.
Carlos empezó a verse con otras. Con muchas, al parecer. Tantas que Dickie le escribió una dura carta reprochándole que «empieza a parecer que estás en la espiral destructiva que acabó con la vida de tu tío David y provocó su desgraciada abdicación y su fútil vida posterior».13 El príncipe no le hizo caso y su lista de conquistas aumentó en los años siguientes, si bien hay que puntualizar que no siempre fueron ligues pasajeros. Mantuvo relaciones muy estables con algunas mujeres, como lady Jane Wellesley —hija del duque de Wellington—, Anna Wallace y Davina Sheffield, hija de un militar destacado y gran experta en cooperación internacional. Con esta última incluso se dice que estuvo muy cerca del altar, pero la prensa descubrió a un antiguo novio suyo y, lo que era aún peor para la época, se publicó que habían vivido juntos.14 La sociedad era entonces tan conservadora que semejante detalle generó un gran escándalo y dio al traste con la relación. Otra mujer muy destacada fue lady Leonora Grosvernor, una chica dulce y muy artística que encantaba a la reina Isabel y a la reina madre. Pero no pudo aguantar la presión de los medios y se acabó casando con Patrick Anson, conde de Lichfield.
El heredero siguió intentando conseguir novia estable o, como mínimo, divertirse, y se enfrascó en relaciones con modelos y actrices. También se interesó por mujeres casadas, como la australiana Dale Tryon, guapísima, dulce y siempre sonriente, cuyo marido era uno de los mejores amigos del príncipe, lord Tryon. Carlos la encontraba irresistible y no era difícil verlos juntos pescando en la casa que los Tryon tenían en Islandia.15

Todas las novias de Carlos se tuvieron que enfrentar al grave incordio de la prensa. Según desvelaron algunas de ellas, en aquella época la familia real no hacía nada por protegerlas, al contrario. Sabrina Guinness desveló a la escritora Tina Brown lo siguiente: «La realeza no nos protegía. Te echaban la culpa si te pillaban los periodistas. Cuando me invitaron a Balmoral, alguien lo filtró. Cuando llegué al aeropuerto de Escocia, me vi rodeada. La familia real estaba furiosa conmigo. Se comportaron como si fuera culpa mía».16
Aparte de las cámaras, había otro gran problema, seguramente incluso mayor: todas las novias de Carlos se dieron cuenta, antes o después, de que Camila seguía muy presente en su vida, aunque no del modo en que nos han hecho creer.
Como muchos habían temido, el matrimonio de los Parker Bowles estuvo plagado de infidelidades desde el principio. Aunque de cara a la galería parecían unidos y muy felices —tenían una bonita casa en el condado de Wiltshire y pronto tuvieron dos hijos, Laura y Tom—, él se fijó en otras poco después de su boda. Y no es que fuera discreto precisamente: todo Londres sabía de sus amoríos y a Camila le llegaban puntualmente informaciones sobre los líos de su marido. Seguramente para superar la humillación, ella también comenzó a ponerle los cuernos y contactó con un hombre que no podía pasar desapercibido: el mismísimo heredero del trono. No le costó demasiado volver a convertirse en su amante. Según varias mujeres con las que compartió lecho, Carlos no era entonces excesivamente bueno en la cama —incluso insistía en apagar las luces—, por lo que una mujer experimentada y sin complejos como Camila le ayudaba a relajarse y disfrutar más plenamente.17
Seguramente por ello, aunque Carlos seguía viéndose con otras, siempre acababa en brazos de Camila. Por ejemplo, en el baile de gala por el ochenta cumpleaños de la reina madre, Carlos llegó con Anna Wallace, la atractiva hija de un rico terrateniente escocés con la que había pasado unos tórridos días en Balmoral, pero enseguida que vio a Camila la invitó a bailar y ya no se separó de ella en toda la noche. Incluso se besaron apasionadamente en medio de la pista.18 Anna Wallace, por la que Carlos llegó a sentirse muy atraído, era una mujer de armas tomar y con el suficiente carácter para no dejarse pisar. Después de semejante humillación en público, se fue de la fiesta de inmediato.19 Andrew Parker Bowles también estaba entre los asistentes, pero en su caso decidió hacer la vista gorda.

Isabel siguió muy de cerca todas las relaciones amorosas de Carlos y, al ver que su hijo no sentaba cabeza ni conseguía a alguien apropiado, comenzó a preocuparse seriamente. También le daba vueltas a su falta de preparación y al futuro que le esperaba.
En abril de 1976 esas preocupaciones se intensificaron. Ese mes Isabel cumplió cincuenta años, una edad idónea para reflexionar sobre todo lo logrado y cavilar sobre lo que quedaba por delante, lo que en su caso significaba pensar en la formación de su heredero. Ese año, el príncipe estaba aún en la Marina siguiendo la hoja de ruta marcada por sus padres. Los periódicos daban continuamente buena cuenta de los avances del heredero como militar, pero Isabel sabía que su paso por las fuerzas armadas no estaba siendo un éxito. Carlos nunca se amoldó a la escuela naval de Dartmouth y cuando estuvo en alta mar al mando de su propio barco, se sintió fuera de lugar. Las conversaciones entre los marinos solían ser soeces y las broncas eran invariablemente de mal gusto. El príncipe, acostumbrado a otros ambientes, nunca se sintió cómodo con ellos. Tampoco su tripulación pareció apreciarlo en exceso: lo consideraban demasiado inseguro y emocionalmente débil.
A esas alturas y, a pesar de todos los esfuerzos por enderezarlo, Isabel comenzó a pensar seriamente que su hijo no reunía las características que ella juzgaba necesarias para asumir el trono. Además, no tenía rumbo ni objetivos en la vida más allá de esperar a que su madre muriera y él asumiese el trono. De hecho, cuando se licenció en la Marina, en 1976, Carlos no supo qué hacer. Tenía veintiocho años y, lo que era aún más preocupante para la vieja guardia de palacio, no había formado una familia. Su día a día era el de un niño rico rodeado de lujos: tenía dos ayudas de cámara —Stephen Barry e Ian Armstrong—, que no solo le preparaban el baño, sino que incluso decidían la ropa que había de ponerse. Como apenas tenía actos oficiales a los que acudir, pasaba las mañanas organizando su correo personal; las tardes las dedicaba a leer y a escuchar música.20 Las únicas veces que encendía el televisor era para ver a los Monty Python o los Goonies.
Dado que tenía dinero a espuertas —el condado de Cornualles le pasaba cada año una cantidad equivalente a varios millones de euros de la actualidad—, el príncipe aprovechó su nueva vida civil para dedicarse a algunos de sus mayores placeres: el polo, viajar y esquiar en Suiza. Los deberes oficiales quedaron aparcados para desesperación de la corte, y tanto fue lo que se divirtió que la prensa comenzó a apodarle el «príncipe playboy».
Isabel cometió un grave error al no darle algún cometido específico, una agenda a la que se pudiera dedicar como heredero. Tan solo autorizó que se le cedieran unas oficinas en el palacio de St. James y que se contratasen asesores, nada más. El Gobierno propuso algunas ideas, como nombrarle gobernador general de Australia o embajador en París, pero ninguna cuajó.
Carlos tuvo que espabilar y crearse él mismo una tarea. No fue en absoluto sencillo: el príncipe no tenía un equipo excesivamente competente ni demasiado resolutivo y los choques con los asesores de su madre eran continuos. Pero cuando nombró como su secretario privado a Edward Adeane, hijo de Michael Adeane, quien fuera secretario privado de la reina, las cosas comenzaron a cambiar. Con su ayuda, el príncipe dio con una idea magnífica: crear una fundación para desarrollar proyectos que ayudasen a las áreas más marginales del país.
Carlos pretendía conceder créditos a jóvenes para que creasen empresas y, aunque la iniciativa era ingeniosa y práctica, Buckingham no las tenía todas consigo. Creyeron que era demasiado arriesgado que el heredero del trono se involucrara en créditos que podrían no dar ningún fruto. Por no decir que la propuesta, aunque bienintencionada, podría verse como una intromisión del príncipe en política. Pero Carlos no se dio por enterado y siguió adelante. Inició programas piloto en Londres, Chester y Cornualles, y la respuesta fue entusiasta. En marzo de 1976 creó la fundación The Prince’s Trust, algo así como el Fondo del Príncipe. Incluso aportó el sueldo que había ganado en la Marina como capital inicial. Con el tiempo, esa pequeña contribución se transformaría en una de las fundaciones más potentes del Reino Unido.

Con aquella iniciativa, Carlos demostró que no pensaba hacer las cosas como siempre se habían hecho en palacio. Aunque ya no era un adolescente —y no era, ni de lejos, un radical—, Carlos incrementó su rebeldía hacia el establishment. Sentía que Buckingham no estaba en sintonía con las realidades del país y que priorizaban una manera de actuar rancia y obsoleta. Él quería romper barreras y hacer las cosas de otra manera, lo que en su caso significaba alejarse de los adustos asesores de su madre —que seguían insistiendo en que el príncipe de Gales se conformara con cortar cintas y dar discursos soporíferos— y labrarse su propio futuro.
Otra muestra de su inconformismo fue que empezase a abrazar una espiritualidad que a los jerarcas de Buckingham les pareció excesivamente excéntrica. Desde hacía tiempo, se había obsesionado con las obras del escritor sudafricano Laurens van der Post, autor de El mundo perdido del Kalahari, donde hablaba de tribus ancestrales y sabidurías que tenían siglos de antigüedad. Van der Post, de unos setenta años por entonces y gran seguidor de Carl Jung, ayudó al príncipe a explorar su lado místico, a estar más en sintonía con su subconsciente y a «conectarse» con la naturaleza. Siguiendo sus dictados, comenzó a anotar sus sueños para que su gurú los analizara, hizo sesiones de psicoterapia y empezó a estudiar las diferentes religiones.
Que por aquel entonces el príncipe se encaprichara de una actriz angloindia y ferviente budista no hizo más que reforzar esta dimensión transcendental. Zoe Sallis, como se llamaba la joven, animó al heredero a hacerse vegetariano, a creer en la reencarnación y, para consternación de la corte, lo obligó a dejar la caza, uno de los pasatiempos favoritos de la familia real.21 Cuando Zoe y el príncipe pusieron fin a su efímero romance, Carlos retomó los rifles, pero nunca dejó de sentirse atraído por el mundo espiritual. Durante años continuaría rodeándose de gurús que le hablarían de vidas pasadas, del más allá y de símbolos sagrados.
Para Isabel todo aquello fue un mal presagio y una señal más de que no se iba a entender jamás con su hijo.