La Reina
18 Margaret Thatcher
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18 Margaret Thatcher
A mediados de los setenta, el Reino Unido vivía muchas turbulencias políticas. En 1974 los laboristas ganaron las elecciones y Harold Wilson se convirtió de nuevo en primer ministro. Al año siguiente se celebró el referéndum para decidir si el Reino Unido entraba en la Comunidad Europa y ganó el sí por el 67 por ciento de los votos. En 1976, Wilson dimitió sin que nadie lo esperara y, en abril de ese año, Isabel tomó juramento a otro laborista, James Callaghan.
No lo tendría nada fácil: la inflación llegó en 1975 a un peligrosísimo 25 por ciento, la crisis del petróleo torpedeó la industria y la libra esterlina se tuvo que devaluar un 20 por ciento. El déficit público era tan alto que en 1976 el gobierno de Callaghan se vio obligado a pedir un préstamo de tres mil novecientos millones al Fondo Monetario Internacional, la mayor cantidad solicitada hasta ese momento al organismo. Como contrapartida, se exigieron al país recortes sustanciales del gasto público, la congelación de los salarios y medidas estrictas de austeridad, lo que provocó rápidamente quejas, huelgas y graves disturbios sociales.
La reina observaba el drama económico con una mezcla de preocupación por el bienestar de sus súbditos y estupefacción por la ineficacia de sus políticos, pero en las audiencias semanales con el primer ministro se guardó sus opiniones personales y se mostró lo más comprensiva posible. Callaghan y ella mantenían una relación muy cordial. Él, aunque laborista acérrimo y totalmente alejado de las clases altas —era hijo de un humilde maestro de escuela y había comenzado como recaudador de impuestos, un cargo funcionarial muy bajo—, era un monárquico convencido y adoraba aquellas conversaciones con la soberana.1 Por su parte, Isabel se sentía cómoda con aquel hombre alto, ciertamente atractivo, fácil de trato y siempre dispuesto a lanzarle algún que otro piropo discreto.
Callaghan, no obstante, no estaría mucho tiempo en el poder. En 1978 los sindicatos exigieron subidas salariales importantes y, para presionar al Gobierno, provocaron tantas huelgas en sectores clave —barrenderos, conductores de ambulancias y camioneros— que aquellos tensos meses se conocieron como «el invierno del descontento». El Gobierno estaba claramente sobrepasado por los acontecimientos y la oposición no tardó en aprovecharlo: forzaron un voto de confianza en el Parlamento y, como el Partido Laborista lo perdió, se convocaron elecciones anticipadas. El 4 de mayo de 1979 el Partido Conservador arrasó en los comicios. Un nuevo primero ministro llegó a Downing Street.
Su nombre era Margaret Thatcher.
Siempre impecablemente vestida y peinada con quilos de laca, Thatcher se convertía en la primera mujer que conseguía estar al frente del Gabinete. Pertenecía a la misma generación que la reina —seis meses mayor que ella—, pero que fueran de la misma edad no significaba que tuvieran mucho en común, más bien lo contrario. Para empezar, Thatcher tenía orígenes bastante humildes: su padre, Alfred Roberts, a quien su hija adoraba, era un tendero en la minúscula localidad de Grantham, en Lincolnshire; la familia vivía en el piso de arriba de la tienda. Conservador a ultranza y muy bien considerado por sus vecinos, Alfred llegó a ser alderman, algo así como concejal del pueblo, y le contagió a su hija la pasión por la política y la ética del servicio público. También una ideología férrea basada en el respeto por la tradición, la religión —era metodista— y el esfuerzo. Siguiendo su ejemplo, Margaret fue siempre seria, disciplinada, brillante estudiante y profundamente religiosa, y poseía una capacidad de trabajo hercúlea, prodigiosa. Sin embargo, esa misma determinación la convirtió en alguien bastante tozudo, sin duda orgullosa y excesivamente tajante en sus juicios. Ya en el colegio, cuando debatía lo hacía con tanta vehemencia como intransigencia.
Sus buenas notas le consiguieron una beca para estudiar Química en Oxford, una opción bastante poco común en aquel momento para una mujer. Sus años universitarios no fueron del todo estimulantes —Oxford era muy de izquierdas y Margaret nunca acabó de encajar—, pero le permitieron unirse a la asociación de conservadores de la facultad, su primer paso en el mundo de la política. Al graduarse consiguió un trabajo como investigadora en BX Plastics y, un año más tarde, cuando se presentó a un puesto más importante, la rechazaron por ser «testaruda, obstinada y peligrosamente terca».
Margaret se casó en 1951 con Dennis Thatcher, un hombre divorciado que había amasado una pequeña fortuna como empresario al haber conseguido transformar un pequeño negocio familiar en una industria consolidada gracias a una agresiva expansión internacional. Los gemelos Carol y Mark nacieron en 1953. Mientras criaba a sus hijos, Margaret se sacó la carrera de Derecho, ejerció brevemente de abogada y, en 1959, cuando tenía tan solo treinta y dos años, se hizo con un escaño en el Parlamento. Su carrera política fue meteórica: el primer ministro Edward Heath la nombró ministra de Educación y Ciencia, y en 1975 se convirtió en la líder del Partido Conservador. Cuatro años más tarde ganó las elecciones generales.
Siempre se ha especulado sobre si la reina y Margaret Thatcher se llevaban bien o no. La verdad es que su relación fue, más que complicada, compleja. Al principio, Isabel la vio con curiosidad, incluso con respeto. Thatcher, al fin y al cabo, era una profesional consumada, una ejecutiva brillante que, como ella, había tenido que poner muchas veces a su familia en un segundo plano para poder atender sus obligaciones. Que tuviera las agallas de asumir el Gobierno de la nación en momentos tan difíciles y estuviera dispuesta a dejarse la piel para darle la vuelta a la situación era algo que la soberana aprobaba. También su patriotismo y su voluntad para devolverle el prestigio perdido a Gran Bretaña.
Sin embargo, pronto esa curiosidad se tornó en perplejidad. Thatcher no solo quería introducir cambios económicos o poner en marcha propuestas ambiciosas; lo que quería era pilotar una revolución, cambiar la faz del país, transformar el Reino Unido en algo totalmente distinto a lo que había sido en el pasado. Pretendía eliminar la influencia de la clase alta tradicional, poblada por viejos aristócratas y pijos remilgados, porque la consideraba casposa, improductiva, poco inteligente e insultantemente elitista. A los partidos de izquierda los consideraba un club de niñatos ricos más preocupados por discutir sobre problemas abstractos y doctrinas absurdas que por solucionar problemas reales de la gente corriente. A los sindicatos no los podía ni ver: pensaba que solo querían mantener los privilegios de sus afiliados y que no les interesaba el bienestar de la clase obrera. Creía que el mundo rural era un lastre, veía la industria obsoleta y los intelectuales la aburrían.
Como Isabel enseguida percibió, su nueva primera ministra no se veía a sí misma como una política, sino como una mesías que portaba un nuevo credo. A Felipe de Edimburgo le acabaría gustando y también a la reina madre, ella misma una conservadora empedernida, pero para la soberana, una mujer apegada a la tradición, excesivamente prudente y opuesta a los cambios, todo aquel nuevo evangelio thatcherista se le hizo muy cuesta arriba e intuyó que para el país iba a ser traumático. Y no se equivocaba.

No hay duda de que ambas tenían temperamentos diametralmente opuestos. Isabel era una mujer de campo; Thatcher lo odiaba y llegó a detestar sus visitas a Balmoral. A ella no le podían interesar menos los perros o los caballos, y como jamás usaba zapatos que no fueran de tacón, en aquella residencia la obligaban a ponerse botas que no siempre eran de su número —más de una vez tuvo que rellenarlas con calcetines para que no se le cayeran—. La primera ministra contaba los minutos para largarse de allí y, el día en que estaba prevista su marcha, en vez de abandonar el castillo a media mañana, sus maletas y ella estaban puntualmente en el coche a las seis en punto de la madrugada. No hay duda de que Isabel también debía respirar aliviada al ver el automóvil partir.2
Esto no quiere decir que Thatcher fuera republicana; al contrario. Era monárquica hasta el tuétano —hacía unas reverencias tan profundas que la propia reina bromeaba diciendo que podía «llegar a bajar a Australia»—, y se rumoreaba que el día de Navidad hacía que todos los comensales a la mesa acabaran lo suficientemente rápido como para no perderse ni un segundo del discurso de la soberana.3
También era muy puntillosa con el protocolo y exigía que se tratase siempre a la reina con el debido respeto, aunque se sospecha que, en el fondo, consideraba toda la pompa y ceremonia que rodeaban a la Corona como una auténtica pérdida de tiempo. Se desconoce la verdadera opinión de Thatcher sobre la monarca, pero sí se sabe que juzgaba sus audiencias semanales con ella en Buckingham como una distracción en su tarea de gobierno. Les daba tan poca importancia a aquellos encuentros que toda su preparación consistía en que su secretario le pasaba una pequeña cartulina con tres temas y la primera ministra se los miraba en el coche de camino a palacio.4 Al llegar a la sala de audiencias, se sentaba siempre muy al borde de la silla —un hábito que a Isabel le sacaba de quicio— y le recitaba de memoria los principales temas políticos y económicos. La reina apenas decía nada. A pesar de que el país parecía entrar en una espiral destructiva y por televisión se veían imágenes de tanta violencia y rabia que parecían sacadas de una guerra, la soberana se mantuvo siempre impertérrita.

No quiere decir eso que no estuviera preocupada. Lo estaba y mucho. Tan solo dos años después de que Thatcher se hiciera con el poder, hubo gravísimos disturbios en Bristol, Brixton y Toxteth. El paro llegó a niveles nunca vistos y en muchas ciudades del Reino Unido se veían cada vez a más mendigos que lo habían perdido todo y vivían en la calle. En una de las pocas ocasiones en que Isabel abrió la boca y comentó las dificultades del país, Thatcher, en vez de entender que quizá debía variar el rumbo o matizar sus posturas, le dijo tajantemente que no pensaba cambiar nada. Tampoco llegar a acuerdos con las principales fuerzas del país: para la primera ministra, la palabra consenso era sinónimo de debilidad y de renuncia a los propios principios.
Otro gran tema de desacuerdo: la Commonwealth y, sobre todo, Sudáfrica, un asunto que a la soberana le preocupaba sobremanera. Por el contrario, a la primera ministra nunca le gustó esta mancomunidad y le desagradaba profundamente tener que tratar con naciones a las que consideraba rémoras de un pasado imperial que había que dejar irremediablemente atrás. Cuando se celebraban cumbres de jefes de Estado y de gobierno de los países miembros, a Thatcher se la veía distraída y con cara seria. Tuvo que ser Isabel quien maniobrara discretamente para que la Commonwealth no desapareciera. A través de contactos con los principales líderes consiguió limar asperezas y mantener la alianza a flote.

Aparte de disputas políticas, Isabel se hartó pronto de los aires regios de su primera ministra. Aunque cuando entró en Downing Street se mostró humilde, con los años desarrolló una arrogancia enfermiza y se rodeó de un ceremonial que rivalizaba con el de Buckingham. Le encantaban los mítines, los aplausos, llegar a los sitios entre aclamaciones. Incluso empezó a usar el plural mayestático y, cuando su hijo Mark la hizo abuela por primera vez en marzo de 1989, anunció a las cámaras que «We have become a grandmother», nos hemos convertido en abuela, un esnobismo por el que fue duramente criticada.
Todo aquello generó rencillas con la verdadera soberana y no hay duda de que a la reina le molestó que Thatcher vetara algunos viajes de Estado donde Isabel tendría que haberse lucido, como una histórica visita a la URSS que nunca llegó a producirse y otra al Parlamento europeo. Por el contrario, Margaret no desaprovechó ninguna oportunidad para atraer la atención mundial: a los ojos del mundo ella acabó siendo el verdadero símbolo del Reino Unido o, al menos, la mujer que verdaderamente ejercía el poder.
Isabel la intentó poner en su sitio en alguna ocasión. Cuando la primera ministra le insinuó que debían coordinarse los colores de los vestidos que llevarían puestos en actos públicos para no coincidir en la elección, la soberana le miró con gesto algo altivo y le espetó: «Yo no me fijo en estas cosas», dando a entender que, como auténtica monarca, nadie podía hacerle sombra.
Pero sí que se la hacía. Thatcher sabía desenvolverse delante de las cámaras de manera muy astuta y no dudaba en explotar su lado femenino cuando le interesaba. A pesar de que era dura e inflexible —el apodo de «La dama de hierro» con la que los soviéticos habían intentado ridiculizarla acabó siendo el título que mejor la definía—, también tenía un lado coqueto. Su imagen era cuidada al milímetro, su pelo siempre iba perfectamente peinado bajo quilos de laca, y sus trajes eran elegantes, sobrios y sofisticados. Además, a diferencia de la reina, que siempre mantenía sus sentimientos bajo llave, ella no dudó en llorar en público en alguna ocasión. Cuando su hijo desapareció en medio del desierto del Sáhara entre Mali y Algeria a principios de 1982 —estaba participando en el París-Dakar—, Thatcher se mostró absolutamente devastada. Años más tarde, cuando hablaba por televisión sobre su padre, se le saltaron las lágrimas.
A Isabel aquellos comportamientos la confundían. Ella no podía entender cómo una persona de alto rango podía ceder así a sus emociones.