La Reina
19 Diana
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19 Diana
Una mañana del verano de 1979, Isabel salió a dar su habitual paseo por los alrededores del castillo de Balmoral. Normalmente no se encontraba a nadie en el bosque, pero aquel día divisó a una joven rubia, aún adolescente, vestida como suelen hacerlo todas las damas de clase alta que salen a caminar por el campo: llevaba pantalones de pana hasta la rodilla, botas altas, una camisa de cuadros escoceses, un jersey de lana y un chaquetón algo gastado.
Después de darle vueltas unos instantes, Isabel consiguió identificarla:
—Oh, Diana, ¿verdad? —dijo la monarca, sonriente—. Qué agradable verte. ¿Qué haces por aquí?
Diana enrojeció y rápidamente improvisó una reverencia. Luego le explicó que estaba pasando unos días en Escocia con su hermana, Jane Spencer, la mujer de Robert Fellowes, quien trabajaba en la oficina del secretario privado de la soberana.
—Me encanta Escocia —reconoció la joven—. Me parece un lugar mágico.1
Isabel sonrió complacida con la respuesta. Diana era el tipo de jovencita que más le agradaba.

La reina no necesitaba hacer más preguntas sobre quién era aquella joven porque conocía a lady Diana Spencer desde su nacimiento. También conocía bien a su padre, el conde Johnny Spencer, el cual había sido uno de sus equerries al principio de su reinado, y antes lo había sido de su padre, Jorge VI. La amistad aún perduraba y Johnny era invitado con frecuencia a cacerías en Sandringham y Balmoral. La madre de este, Cynthia Spencer, también frecuentaba los círculos reales: era amiga personal y había sido dama de compañía de la reina madre. Por parte materna, Diana igualmente tenía unas conexiones impecables: su abuela, lady Ruth Fermoy, servía como dama de compañía en Clarence House.
Isabel sabía perfectamente que los Spencer eran una de las familias aristocráticas con más pedigrí de Inglaterra y una de las más ricas: poseían una espectacular mansión campestre, Althorp House, de 121 habitaciones y 14.000 acres de terreno en Northamptonshire, donde albergaban una de las colecciones de arte más destacables del país, con cuadros, entre otros, de Rubens, Van Dyck, Reynolds y Gainsborough. Sin embargo, la reina también era consciente de que la familia tenía fama de excéntrica y colérica. El propio abuelo de Diana, Jack Spencer, tenía un carácter espantoso y en vida no se había llevado bien con su hijo mayor y heredero, Johnny, a quien no había dudado en humillar en público y al que echaba en cara constantemente su falta de intelecto.
Además, Isabel sabía que el matrimonio de los padres de Diana había sido un desastre. A simple vista, Johnny Spencer era el perfecto aristócrata: atractivo, simpático, educado en Eton y en Sandhurst, y con experiencia como militar en el prestigioso regimiento de los Royal Scots Grey. Su esposa, Frances Roche, una mujer muy bella e increíblemente ambiciosa, era la hija del barón Fermoy, un hombre de origen estadounidense, criado en Nueva York y educado en Harvard, que heredó el título de un familiar lejano. Los Spencer se habían casado en 1954 en una gran boda en la iglesia de Saint Margaret, en Westminster, a la que asistieron la mismísima reina, el duque de Edimburgo, la reina madre y la princesa Margarita. El matrimonio vivió, hasta que se murió el padre de él, en Park House, una preciosa mansión victoriana de piedra y estuco situada dentro de la finca de la reina en Sandringham y que la soberana les alquilaba por un módico precio.

Para cuando nació Diana, la soleada tarde del 17 de julio de 1961, en Park House, la pareja ya presentaba diferencias insalvables. Tenían dos hijas —Sarah, nacida en 1955, y Jane, en 1957—, y habían perdido un bebé varón que murió a los pocos días de nacer en 1960. Esta tragedia fue demasiado dura para el matrimonio y nunca llegaron a superarla. Diana, nacida un año después, tendría que haber sido el niño que tan ansiosamente esperaban y que habría venido a ocupar el lugar del pequeño neonato muerto, por lo que su llegada fue considerada una tremenda desilusión: que fuera otra niña sumió a sus padres en la tristeza.
El ansiado varón, Charles, nacería dos años más tarde, en mayo de 1964. Sin embargo, ni siquiera ese hijo pudo salvar el matrimonio. En 1966, Frances conoció en una fiesta en Londres a Peter Shand Kydd, un hombre atractivo y con gran sentido del humor del que ella se enamoró prácticamente al instante. Frances y Johnny decidieron darse un tiempo prudencial y, siguiendo la costumbre de la clase alta, en vez de plantear abiertamente un divorcio desde el principio, optaron por la distancia. Para guardar las apariencias, celebraron juntos las Navidades y otras fiestas señaladas, aunque la convivencia fue tan tóxica que ella se hartó y exigió el divorcio en 1967. El futuro conde, consciente de que aquello sería un escándalo mayúsculo, montó en cólera, pero ella se mantuvo firme. Él la amenazó con quedarse a sus hijos y destrozar su reputación. No sirvió de nada: estaba empeñada en irse y le daban igual las habladurías.
Como era de esperar, la prensa se lo pasó de lo lindo dando los detalles de, en aquel momento, tan escabroso suceso y Frances fue retratada como una mala madre y una adúltera a la que no le había importado abandonar a sus retoños. Incluso su propia madre, Ruth Fermoy, testificó en su contra en el juicio de divorcio, lo que sin duda hizo que el juez diera la custodia de los niños al padre.
Diana, entonces de seis años, sufrió lo indecible viendo cómo el matrimonio de sus padres se resquebrajaba. Y aún lo pasó peor cuando, años más tarde, en 1976, su padre se volvió a casar con Raine McCorquodale, hija de la autora de novelas románticas Barbara Cartland.
Todo aquello le generó una sensación de pérdida, abandono y falta de cariño que nunca superaría y que explicaría, hasta cierto punto, muchas de las cosas que ella misma viviría más adelante. Varias de sus niñeras reconocieron que se volvió una niña solitaria, tímida y muy introvertida que se pasaba las noches llorando. Quizá para sobrellevar su dolor, Diana se refugió en su mundo, una técnica escapista que la acompañaría toda su vida. Llenó su habitación de Park House de peluches a los que consideraba su verdadera familia y también comenzó a rodearse de animales: perros, un gato, muchos hámsteres, conejos y cobayas. Al principio sintió interés por los ponis —sabía montar a los tres años—, pero un accidente que le costó un brazo roto hizo que les cogiera miedo y se olvidara de ellos.
Diana destacó muy pronto en los deportes. Era una nadadora fabulosa y, con el tiempo, se convirtió en una experta buceadora y una gran saltadora de trampolín. Además era buena en el tenis y se lo pasaba en grande en la playa de Holkham cuando su padre la llevaba a ella y a sus hermanos a veranear a Brancaster.
A diferencia de otros niños de su edad, disfrutó muy pronto de contactos con la familia real. Siempre que Isabel y sus hijos estaban en Sandringham, Diana era invitada a fiestas infantiles con los pequeños príncipes Andrés y Eduardo. Una vez, una de las niñeras de los Spencer se sorprendió al entrar en la nursery del castillo y ver a la mismísima reina jugar al escondite con sus hijos. Carlos también asomaba la cabeza de vez en cuando, aunque Diana reconocería más tarde que no guardaba ningún recuerdo de él.
La educación de la pequeña siguió los parámetros al uso de las damas de alta alcurnia. Primero recibió lecciones bastante elementales de manos de una institutriz, Gertrude Allen, y en 1968 fue matriculada en un colegio privado, Silfield, a donde acudían hijos y nietos de aristócratas. Cuando cumplió los nueve años la llevaron a su primer internado, Riddlesworth Hall, cerca de Sandringham, una escuela que, siguiendo los gustos de las clases altas, incidía más en las buenas maneras, los arreglos florales y las manualidades que en el contenido académico. A los doce años, Diana fue enviada a West Heath, en el condado de Kent, uno de los internados más reputados para señoritas, otro centro más propicio para adquirir modales elegantes que conocimientos.
A pesar de que, tiempo después, Diana recordaría aquellos años con algo de hastío, la verdad es que se lo pasó mejor de lo que quería reconocer. Demostró ser una magnífica deportista —ganaba regularmente todos los concursos de saltos de trampolín—, disfrutó con las clases de piano y se enamoró del ballet, del claqué y de los bailes de salón. Intelectualmente, sin embargo, demostró muy pronto que lo suyo no eran los libros; sus notas eran un desastre. Lo cual no quiere decir que no fuera inteligente: tenía una mente muy despierta, pero no disciplinada, y la rutina la aburría soberanamente. Aparte, no toleraba bien la frustración —otra mala característica que nunca superaría— y solo continuaba adelante en una disciplina si lograba destacar desde el principio y sin demasiado esfuerzo. De ahí que triunfara en música clásica y en danza, pero no en aquellas áreas que requerían un esfuerzo constante, como la literatura o la historia.
Diana era muy popular entre el resto de alumnas, que la veían como una chica divertida, simpática y muy generosa, aunque también fantasiosa. Físicamente era ya muy alta y, aunque todavía no era todo lo atractiva que llegaría a ser, ya se intuía una belleza clásica y muy elegante. Sobre todo, ya despuntaba su magnífico don de gentes, esa inteligencia emocional que la haría conectar con las masas de todo el mundo. En West Heath se organizaban visitas periódicas a los hospitales cercanos y Diana siempre destacaba por lo bien que se relacionaba con los pacientes.
Mientras estaba en el internado, vivió la primera de las grandes transformaciones que marcarían su vida. El 9 de junio de 1975 su abuelo murió, su padre heredó el título de conde Spencer y ella se convirtió en lady. Se cuenta que cuando se enteró de la noticia corrió eufórica por los pasillos de West Heath gritando: «¡Soy una lady! ¡Ahora soy lady Diana!».2 Además de un nuevo título, aquel cambio de estatus implicó que su familia dejara Park House y se mudara a la grandiosa mansión de Althorp, un lugar que al principio intimidó a la joven. Sin embargo, aquella lujosa casa, con su amplia colección de cuadros, la ayudó a entender la importancia de sus distinguidos antepasados. Cuando años más tarde se convirtió en princesa de Gales, no le pesó en absoluto el nuevo título: Diana era demasiado consciente de la importancia de su propio linaje como para dejarse deslumbrar por la familia real, la cual no deja de tener más sangre germana que puramente inglesa.

Althorp House fue el escenario de otro gran momento de su vida: fue allí donde habló por primera vez con el príncipe Carlos.
Diana comenzó a relacionarse con él porque su hermana Sarah y el príncipe salían juntos. Estos se habían conocido en el verano de 1977, cuando Sarah fue invitada a pasar unos días en el castillo de Windsor durante las carreras de Ascot. Henriette Abel Smith, madrina de Sarah y dama de compañía de Isabel, había movido los hilos necesarios para conseguirlo. Carlos, que acababa de dejar la Marina, quedó rápidamente prendado de aquella mujer pelirroja y de gran belleza, muy simpática, divertida e irreverente y, sobre todo, capaz de hacerlo reír a carcajadas.
Tanto congeniaron que Sarah fue invitada poco después a Balmoral, la prueba irrefutable de que la reina la aprobaba como novia —o, al menos, candidata a novia— de su hijo y quería conocerla un poco más de cerca. Semanas más tarde, era Carlos el invitado a Althorp para una cacería. Corría el mes de noviembre de 1977 cuando Diana, entonces una adolescente, y el futuro rey charlaron por primera vez en medio de un campo repleto de animales muertos, quizá un desgraciado presagio de lo que el futuro les deparaba. El príncipe no pensó nada especial de ella más allá de que parecía una chiquilla divertida, pero Diana, siempre emocionalmente muy intuitiva, se dijo a sí misma: «Dios, ¡qué hombre más triste!». No le faltaba razón.
Aquella noche, hubo un gran baile y Diana y Carlos bailaron juntos. Él se lo pasó tan bien con ella que incluso le pidió que le enseñase la galería donde estaban los cuadros más destacados de la colección de los Spencer. Pero Sarah impidió que su hermana se entrometiera en su relación y fue ella quien hizo de cicerone. A Diana le dio igual: tan solo haber conocido, haber hablado y, sobre todo, haber bailado con el príncipe de Gales fue toda una experiencia fascinante para ella. De vuelta a su internado, le comentó extasiada a su profesora de piano: «¡Lo he conocido! ¡Lo he conocido!». Por lo que explicaron varias compañeras, a partir de entonces tan solo parecía querer hablar de Carlos y llegó a forrar su taquilla con fotos suyas.
No volverían a verse hasta mucho más tarde. En 1978, Diana fue enviada a un colegio de Suiza, el Institut Alpin Videmanette, en la localidad de Gstaad, uno de esos centros que se conocían como finishing off schools, algo así como escuelas de finalización, y cuyo cometido era preparar a las jovenzuelas de la aristocracia que no querían ir a la universidad para convertirlas en futuras esposas y perfectas anfitrionas. O, lo que es lo mismo, les refinaban los modales, les enseñaban a cocinar y les inculcaban algo de francés, literatura e historia para que pudieran mantener algún tema de conversación interesante en las veladas a las que iban a asistir. Se suponía que Diana tendría que haber salido de ahí con un buen nivel de francés y un diploma culinario Cordon Bleu, pero no consiguió ninguna de las dos cosas. Lo único que logró en Suiza fue volverse una magnífica esquiadora.
Tres meses después de haber llegado a Gstaad, su familia entendió que no tenía ningún sentido mantenerla allí y le permitieron regresar a Inglaterra. Diana insistió en que, más que instalarse en Althorp, quería comenzar una vida independiente en Londres y se fue a vivir con un par de amigas a un apartamento que su madre tenía en el refinado barrio de Knightsbridge. Se apuntó a cursos de cocina francesa y empezó a buscar un empleo. Nadie esperaba que acabase con una gran ocupación: la hija de un conde, como cualquier dama aristocrática, no estaba entonces destinada a una carrera brillante, sino a algo sin demasiada importancia que le dejase el suficiente tiempo libre para disfrutar de una gran vida social y buscar marido. Sus propias hermanas, a pesar de haber despuntado intelectualmente en el colegio, se habían conformado con trabajos de poca monta en la revista Vogue y como secretarias en una agencia inmobiliaria.
En aquel momento, Diana era el epítome de lo que en Inglaterra se conocía como una «sloane», por Sloane Square, uno de los lugares más pijos de Londres y en donde vivían muchas jovencitas de clase alta.3 Las sloanes vestían de manera descuidada y algo cateta, no demostraban ningún interés intelectual, tenían trabajos de poca monta y disfrutaban con cosas sencillas, a poder ser relacionadas con el campo. Diana cumplía todos los requisitos: a pesar de que su familia disfrutaba de una de las mayores fortunas del país, la suya era una vida discreta y humilde, nada ostentosa. Sus principales placeres eran comer en un restaurante italiano, escuchar música, preparar comidas sin complicaciones —pollo asado la mayoría de las veces— y leer libros populares, en especial las novelas románticas de su abuelastra Barbara Cartland, repletas de enamoramientos fantásticos y totalmente irreales. Tampoco se vestía con especial gusto y seguía los cánones de la clase alta británica: ropas poco sofisticadas y más propicias para estar en la montaña que en la metrópoli, con chaquetas de tweed y trajes de Laura Ashley con estampados de florecitas.
Esa Diana es la que se pudo ver el día en que su hermana Jane se casó con Robert Fellowes, un vecino del condado de Norfolk a quien conocía desde niña y que era hijo del gerente de la reina en la finca de Sandringham. Fellowes, un tipo alto, muy delgado, educado en Eton, había servido en los Scots Guards y últimamente ejercía como vicesecretario de la reina Isabel, un puesto que iba a ayudar mucho a su nueva cuñada en el futuro.
La boda, celebrada en abril de 1978 en la Guards Chapel de Wellington Barracks, uno de los lugares más prestigiosos de Londres, tuvo la recepción en el palacio de St. James. Diana ejerció de dama de honor y se mostró encantada con la presencia de los periodistas y los fotógrafos congregados para tomar imágenes de la pareja y de los miembros de la familia real que asistieron. Incluso se acercó a uno de los reporteros, el indomable James Whitaker, del Daily Mirror, entonces el periodista de sociedad más famoso, y se presentó: «Oh, es usted el encantador señor Whitaker, ¿verdad? Soy Diana».4 Fue el inicio de su particular idilio con la prensa que, décadas más tarde, acabaría en tragedia.
Whitaker sonrió cortésmente, pero no le dio mayor importancia a aquella jovencita vestida con un horrendo traje rosa de tafetán. Él estaba allí por su hermana, Sarah, la cual ya ocupaba muchas portadas como la posible futura esposa de Carlos. La verdad es que el romance estaba en sus momentos álgidos y Sarah no solo había sido invitada por la reina a pasar unos días en Sandringham, sino que había acompañado a Carlos a unas largas vacaciones en Klosters, la estación suiza de esquí favorita del príncipe. Pero, aunque muchos aún no lo supieran, Sarah había cometido un sonado error que pagaría muy caro. A la vuelta de Suiza, accedió a almorzar con dos periodistas, uno de The Sun y el otro del Daily Mail, que la habían seguido en Klosters. Las revelaciones que les hizo fueron excesivas. Sarah reconoció que había sido expulsada del colegio por emborracharse continuamente. «Me lo bebía todo —admitió—. whisky, Cointreau, ginebra, jerez y, sobre todo, vodka, porque los profesores no podían olerlo».5 También desveló que sufría anorexia y que había días en que sobrevivía con «tan solo dos hojas de lechuga». Si la obligaban a comer un plato entero, luego lo vomitaba, explicó.6 Sobre su relación con Carlos fue igualmente indiscreta. Dijo que le parecía «un romántico que se enamoraba fácilmente» y que «si se me declarase le diría que no. Pero él no quiere casarse de todos modos. No está preparado para ello».
Tal como pronunciaba aquellas palabras, Sarah fue consciente de la metida de pata descomunal que estaba cometiendo. Pero ya no había vuelta atrás. Tan solo le quedaba alertar al príncipe de lo que iba a salir publicado. «Has hecho algo extremadamente estúpido», le dijo Carlos por teléfono con la voz tensa y enfadada7. La relación quedó fulminantemente finiquitada y Carlos y Sarah no volvieron a verse en un tiempo.

Diana tuvo suerte de que, meses más tarde, las cosas se hubiesen calmado lo suficiente como para que su hermana volviese a ser requerida en los saraos de la corte. Y por primera vez ella recibió también una invitación: fue para la fiesta del treinta cumpleaños de Carlos en el palacio de Buckingham. Su abuela Ruth Fermoy llevaba semanas hablándole a la reina madre sobre las excelencias de su nieta pequeña y Elizabeth aprovechó la ocasión para acercarse unos minutos a charlar con ella. Diana iba vestida de manera aniñada y sin estilo —con otro de esos vestidos rosas que tanto le gustaban pero tan mal le sentaban—, aunque a la reina madre le dio igual su falta de sofisticación. Pensó que era una jovencita muy agradable y de maneras perfectas, dulce y lo suficientemente joven como para ser moldeada adecuadamente. Perfecta como princesa de Gales, concluyó. Algunos biógrafos aseguran que la historia entre Carlos y Diana comenzó en aquel justo momento sin que ninguno de los protagonistas fuera excesivamente consciente de lo que les deparaba su entorno.
Diana comenzó a recibir invitaciones para asistir a actos de la familia real donde Carlos estuviera presente. Se la vio en el teatro varias veces y, junto con su abuela y el príncipe, asistió a ver el Réquiem de Verdi en el Albert Hall. Su conversación fue limitada: a la joven le encantaba la música clásica, sobre todo las composiciones para piano, y era una apasionada del ballet, pero la ópera la aburría.8 El príncipe pasó de ella.
Ruth Fermoy siguió presionando para que volvieran a coincidir y así Diana comenzó a establecer una curiosa rutina. Durante el día era una chica normal y corriente: cambió de piso —se instaló en el número 60 de Coleherne Court, en el límite entre Kensington y Chelsea, con tres amigas—, comenzó a trabajar como ayudante en una pequeña guardería y también hacía de niñera de un niño norteamericano y como limpiadora para su hermana y amigos de esta, por lo que le pagaban una libra la hora. Pero de noche empezó a codearse con algunos de los personajes que rodeaban a la familia real. Entre ellos, Camila, que a estas alturas se había propuesto como meta encontrar a alguien que pudiera convertirse en princesa de Gales sin que le hiciera sombra a ella.
No se sabe cuándo se conocieron exactamente, pero sí está claro que, al principio, Camila vio en Diana a una jovencita pasiva, ingenua y obediente que sería fácil de controlar, alguien que en ningún caso le supondría una amenaza. Se equivocaba en lo de pasiva y obediente, pero empezó a indicarle a Carlos que aquella chiquilla podría resultarle interesante. Él, que a pesar de estar supuestamente muy enamorado de Camila era capaz de encapricharse de otras —de bastantes, siendo sinceros—, comenzó a mirar a la joven Spencer con nuevos ojos.

Irónicamente, lo que más ayudó a unir a Carlos y a Diana fue una terrible tragedia. El 27 de agosto de 1979, como cada verano, Dickie Mountbatten pasaba unos días en el castillo de Classiebawn, en la costa oeste de Irlanda. Esa mañana tomó su barco de pesca y, acompañado de unos cuantos familiares, partió hacia alta mar. Tan solo habían avanzado unos pocos metros cuando una célula del grupo terrorista IRA hizo detonar una bomba en la embarcación. Mountbatten y uno de sus nietos, Nicholas Knatchbull, de catorce años, murieron en el acto. La hija y el yerno de Mountbatten, lord y lady Brabourne, y el hermano gemelo de Nicholas, Timothy, quedaron gravemente heridos.
Carlos estaba en Islandia pescando con los Tryon cuando se enteró de la terrible noticia. Enseguida puso rumbo a Londres. Allí encontró a su madre en estado de shock: el atentado la había impactado profundamente y tan solo había sido capaz de musitar un «muchas gracias», con la mirada perdida, cuando la informaron de lo sucedido.9
Como madre e hijo eran incapaces de entenderse a nivel emocional, Carlos llamó enseguida a la única persona que creía que lo podía ayudar: Camila. Ambos hablaron largo y tendido por teléfono y ella le ofreció el apoyo y el ánimo que él más necesitaba. A partir de ese momento, el vínculo entre ambos se hizo más fuerte.
Como ya había pasado antes, Camila aprovechó en realidad su relación con Carlos para vengarse de su marido. Las infidelidades de Andrew Parker Bowles seguían siendo continuas y cuando, cuatro meses después del asesinato de Mountbatten, Andrew fue destinado temporalmente a lo que entonces se llamaba Rodesia —ahora Zimbabue— para supervisar el tránsito de ese país hacia la independencia, a su mujer no tardaron en llegarle rumores sobre sus amantes allí. Ella llamó a Carlos y, aprovechando que este tenía que ir al país africano para los actos del traspaso de poder, insistió en acompañarlo en el avión. Según la periodista Tina Brown, ambos aprovecharon el trayecto para dar rienda suelta a su pasión y, una vez en tierra, no pararon de flirtear descaradamente en público.10
A Isabel, por supuesto, le llegó información detallada de las escenas amatorias que había protagonizado su hijo y, harta de la situación, dio indicaciones a sus asesores para que tomasen cartas en el asunto.
La opinión de Buckingham era que el príncipe debía buscarse inmediatamente a otra y, esta vez, una adecuada para el futuro rol de reina. Meses más tarde, Diana volvió a recibir una invitación de Carlos.

En mayo de 1980, Sarah, la hermana de Diana, se casó con Neil McCorquodale, otra gran boda de la alta sociedad que atrajo a varios miembros de la familia real. Dos meses más tarde, Diana fue invitada un fin de semana a la casa de campo en Sussex que tenían Robert y Philippa de Pass, un matrimonio muy amigo de la reina y el duque de Edimburgo. La idea era ver jugar a Carlos al polo y disfrutar de algunos pícnics, pero para Diana fue la oportunidad perfecta para ligar con él. Y, según algunos de los presentes, lo hizo de manera descarada. Desplegó todos sus encantos: se mostró dulce y agradable, sonrió tontamente, hizo bromas y, por la noche, mientras ambos estaban sentados charlando sobre grandes fardos de heno, ella dio el gran paso.
Muy consciente de las necesidades emocionales de cualquier persona que tuviera delante —era como si pudiera leer los rostros de la gente—, le dijo a Carlos: «Parecía tan triste cuando caminaba por el pasillo central de la iglesia en el funeral de Mountbatten. Es lo más trágico que he visto en mi vida. Mi corazón sufrió por usted mientras lo veía. Pensé que estaba tan triste... Debería estar con alguien que cuidara de usted».
Aquello debió de activar algo dentro de Carlos, porque según relató la propia Diana años después, «se abalanzó para besarla».11 Incluso insistió en llevarla personalmente de vuelta a Londres en su coche, un gesto que ella, muy astutamente, rechazó. Diana sabía que había conseguido embaucarlo y no se equivocaba. Pocas semanas más tarde recibió una invitación para pasar unos días en el yate real Britannia y ver las regatas de Cowes en la isla de Wight. Y a finales de agosto la reina la invitó a Balmoral.
Entre la familia real corría el chiste —o no tan chiste— de que cualquier persona que quisiera casarse con alguno de ellos debía superar el «Balmoral test», el examen de Balmoral, la evaluación exhaustiva a la que la monarquía sometía a cualquier pretendiente. Un paso en falso te condenaba rápidamente al ostracismo: una novia de Carlos suspendió la prueba en tan solo unos minutos al querer sentarse en una silla que, sin ella saberlo, había sido la favorita de la reina Victoria. Aparecer con pantalones en una de las comidas también era motivo de suspenso inmediato. No entender el aparentemente sencillo, pero indudablemente complicado, cambio continuo de ropa era otro. Cada día había que llevar un atuendo informal para el desayuno, otro para salir al campo, otro un poco más arreglado para tomar el té y había que reservar un traje largo, elegante pero discreto, para la cena. Llevar prendas excesivamente nuevas no era aconsejable y delataba falta de familiaridad con las actividades campestres, un pecado que se pagaba con miradas condescendientes.
Pocas personas pudieron salir airosas de semejante prueba, pero Diana estaba acostumbrada desde niña a ese ambiente y no se inquietó en lo más mínimo. Disfrutó con las barbacoas, pasó horas pescando en el río Dee con Carlos, dio largos paseos, sonrió todo el rato e incluso fue de cacería, un gesto que muchos creyeron que demostraba su pasión por el campo. La reina Isabel, desde luego, así lo pensó y dijo en voz alta que aquella Diana Spencer le parecía encantadora. Muchos otros invitados estuvieron de acuerdo: la juzgaron divertida, agradable e incapaz de generar problemas.
A la prensa también le pareció magnífica. Unos fotógrafos habían seguido sigilosamente al príncipe en el río Dee mientras pescaba y, a pesar de que, al percatarse de su presencia, Diana había salido corriendo y se había escondido tras un árbol, los paparazzi lograron una imagen suya. Tras unas breves pesquisas, dieron con su nombre: lady Diana Spencer.
Cuando abandonó Balmoral, a Diana ya le esperaban unos cuantos fotógrafos en el aeropuerto de Aberdeen. El día 8 de septiembre, The Sun publicó su foto en portada: «Está enamorado de nuevo. Lady Di es la nueva novia de Carlos». Era la primera vez que alguien la llamaba por un nombre que se acabaría haciendo mundialmente famoso.
La cacería fue intensa: la prensa pronto descubrió dónde vivía y dónde trabajaba. Hordas de paparazzi se apostaron enfrente de su piso y delante de la pequeña guardería donde servía de asistente. Tan insistentes fueron que Diana aceptó posar para ellos con unos niños de la guardería con la esperanza de que la dejasen tranquila. Pero la sesión de fotos no salió como ella esperaba: justo en el momento en que Diana sonreía a las cámaras, el sol le jugó una mala pasada. Llevaba una falda muy fina de algodón que, al trasluz, dejaba al descubierto sus piernas. Al día siguiente, la foto, entre ingenua y erótica, acaparaba las portadas de todos los tabloides. Ella estaba horrorizada, pero Carlos se lo tomó con buen humor. La llamó por teléfono y le dijo que tenía unas piernas espectaculares. Ella contestó alegando que parecían las patas de un piano. Ambos rieron.

La presión mediática no se aligeró. Al contrario, los diarios habían descubierto un filón y no pensaban desaprovecharlo. Hay que tener en cuenta que, a finales de los setenta y principios de los ochenta, la prensa británica estaba mutando a pasos agigantados. Durante años los periódicos habían sido muy respetuosos con la reina y, con contadas excepciones, no se habían inmiscuido demasiado en su vida. Pero el resto de la familia estaba teniendo que aguantar prácticas amarillistas que no hacían más que empeorar con el tiempo. La competencia entre los tabloides por ver quién ofrecía el titular más grandilocuente y la noticia más explosiva estaba provocando que la realeza se convirtiera en verdadera carnaza.
Diana fue una de sus primeras y más visibles víctimas. No obstante, ella demostró desde el principio que era muy hábil a la hora de gestionar a los temidos tabloides. Resultó ser un imán para las cámaras y también una mujer que entendía a la perfección, aunque fuera muy intuitivamente, cómo funcionaba la prensa. Sabía cómo ofrecer una imagen tierna y cándida, pero algo distante; se mostraba cercana y agradable con los periodistas, pero también los mantenía a raya. Era la estampa perfecta de una princesa en ciernes: elegante, etérea, exquisitamente fotogénica. Los fotógrafos no tardaron en enamorarse de ella y el público, también.
Carlos, que hasta entonces tan solo había recibido comentarios positivos sobre Diana de sus familiares y amigos, ahora empezó a sentir la presión de toda la nación. Él mismo comenzó a mirarla de otra manera, como si quisiera realmente ver lo que todos veían en ella. Físicamente le atraía, de eso no había ninguna duda, y admiraba lo bien que manejaba a los periodistas, un gremio que Carlos había aprendido a odiar. Sin embargo, aún no estaba convencido e insistía en someter a Diana a continuos escrutinios. La llevaba con frecuencia a pasar fines de semana con amigos suyos, como los Soames y, sobre todo, los Parker Bowles.
Camila, que a esas alturas debía ya intuir que Diana poseía más talento de lo que a primera vista podía parecer, intentaba disimular sus celos con incesantes órdenes. Años más tarde, Diana se quejaría de que, en aquellos días, Camila no paró de decirle lo que tenía que hacer. «No presiones al príncipe para hacer tal cosa», insistía. «No hagas eso», continuaba.12 Sin duda era exasperante, pero si Diana hubiese sido algo más mayor o hubiese tenido más experiencia, se habría dado cuenta enseguida de que aquel comportamiento tan solo enmascaraba el miedo que Camila tenía de perder al único hombre que le podía restregar por la cara a su infiel marido. En ese caso, la futura princesa se podría haber sentido tranquilamente empoderada, más reforzada en su papel, pero pasó todo lo contrario: se sintió infravalorada y humillada.
Hay que recordar que era increíblemente joven —tan solo 19 años— y que apenas había salido con un par de chicos. Con ninguno, supuestamente, había llegado al dormitorio. Carlos temía precisamente su tierna edad y su falta de experiencia, y decía a todos los que querían oírle que era «aún una niña». Algunos amigos del príncipe le aseguraron que era mejor así, pero otros, con bastante buen criterio, llegaron a creer que su potencial unión estaba condenada al fracaso: no tenían nada en común y ella, más que estar enamorada del hombre, parecía estar encaprichada por vivir su propio cuento de hadas. Era una fantasía más, un sueño romántico del que tendría que despertar tarde o temprano.
A pesar de las cautelas, el cortejo siguió adelante. Diana fue invitada a la fiesta que ofreció la princesa Margarita en el Ritz por su cincuenta cumpleaños y, pocas semanas más tarde, recibió una nueva invitación de la reina para ir a Sandringham a celebrar el aniversario de Carlos. Tan seguros estaban los reporteros de que aquello iba en serio que, mientras la familia real estaba reunida, el Sunday Mirror publicó el 16 de noviembre un titular algo arriesgado: «Amor en el tren real». Supuestamente, Diana y Carlos habían pasado una noche furtiva juntos en el tren de la reina aprovechando que el heredero tenía actos a los que asistir en Wiltshire. Los fotógrafos no tardaron en agolparse a las puertas de Sandringham e incluso persiguieron durante kilómetros al príncipe Felipe mientras estaba de cacería para intentar sonsacarle alguna información. El duque de Edimburgo acabó, más que comprensiblemente, de muy mal humor.
La presión llegó a ser tan asfixiante que Diana decidió marcharse del castillo para que la prensa dejase tranquila a la familia real. Pero ni aun así consiguió que los reporteros se largaran. El príncipe Felipe, hastiado por la situación, decidió tomar cartas en el asunto y escribió una misiva a su hijo que, aunque bienintencionada, no estuvo del todo bien calibrada: o se hacía público rápidamente el compromiso, le decía, o Carlos debía romper inmediatamente con Diana. No cabían medias tintas. Años más tarde, el príncipe enseñaría a muchos confidentes el texto como prueba de que sus padres lo habían presionado para casarse y no le habían dejado opción alguna. Pero la suya era una versión exagerada de lo ocurrido y, sin duda, distorsionada.
Felipe, en el fondo, tenía razón: aquello no podía seguir así. Carlos se sintió angustiado y, en una carta a un amigo, se desahogó: «Quiero profundamente hacer lo mejor para este país y para mi familia, pero me aterroriza a veces pensar que vaya a hacer una promesa de la que pueda llegar a arrepentirme»,13 decía. El príncipe hizo lo que siempre hace cuando está inmerso en períodos de intensa angustia: se refugió en sí mismo y tomó distancia. Que por aquel entonces tuviera programado un viaje oficial a la India ayudó sin duda. Durante su ausencia, no llamó ni un solo día a Diana, la cual se consumía en Londres pensando que la dejaría.14 Durante las Navidades en Althorp se la vio llorar desconsolada por los jardines.
Cuando Carlos regresó, fue rápidamente a ver a Camila. El reencuentro lo confundió aún más: no hay duda de que la quería, aunque a esas alturas también se sentía atraído por Diana. Decidió volver a poner tierra de por medio y se fue a esquiar con unos amigos a la estación suiza de Klosters. En Londres, la reina ya no pudo más y le hizo llegar a su hijo que era necesario que se aclarara pronto. Semejante indicación y la presión de todo su entorno obró el milagro. Carlos tomó el teléfono, llamó a Diana y le dijo: «Tengo algo que preguntarte».
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, Diana llegó al castillo de Windsor y fue conducida a la nursery. No era ni de lejos el lugar más romántico —apenas había unos cuantos muebles y todos infantiles—, pero sí el más relevante para el príncipe, el cual se refugia mentalmente en su infancia cada vez que siente dudas existenciales profundas. Con rostro serio, él le dijo: «Te he echado de menos». Y poco después añadió: «¿Te quieres casar conmigo?» A lo que ella respondió, de manera bastante pueril, con un «Yeah, OK». «¿Te das cuenta de que algún día serás reina?», continuó él. Ella se limitó a reconocerle que «te quiero mucho».15 No hubo muchas más demostraciones de cariño; Carlos fue a otra habitación a llamar a su madre. Luego disfrutaron de una sencilla cena: según la periodista Ingrid Seward, además de salmón ahumado y ensalada, degustaron un mejunje que le solían hacer al príncipe de pequeño a base de limones y sales de Epsom para ayudar a que fuera al baño regularmente.16

A pesar de la falta de romanticismo, Diana estaba eufórica. La reina también parecía complacida. «¿No es maravilloso?», exclamaba. Pero no todos a su alrededor estaban tan contentos. La propia madre de Diana tenía muchas dudas: Frances hizo que su hija la visitara en Australia, en donde residía con su segundo marido, para que pudiera tomar distancia y pensar realmente en lo que estaba haciendo.
—¿Estás segura del paso que vas a dar? ¿Lo quieres a él o al hecho de que sea príncipe? —se supone que le preguntó.
—¿Qué diferencia hay? —habría contestado ella.17
La había, y no tardaría en darse cuenta. Pero aún estaba tan ilusionada con aquel cuento de hadas que no quería despertarse. De vuelta a Londres, la reina la llamó un día para enseñarle una bandeja de anillos de compromiso que la joyería Garrard, el proveedor oficial de la familia real, había preparado para que Diana escogiese el que más le gustase. Para sorpresa de la soberana, la joven optó por el más llamativo y, por ende, el más caro: una aparatosa sortija con un gran zafiro y dieciocho diamantes engastados en oro blanco de dieciocho quilates. Se cree que el precio pudo rondar las veintiocho mil libras esterlinas de la época, una verdadera fortuna.
La futura novia fue llevada discretamente a Clarence House el día previo al anuncio de su compromiso. Nada más llegar a su habitación, se encontró con una carta de Camila: «Qué gran noticia lo del compromiso. Tenemos que quedar a comer mientras el príncipe de Gales esté de viaje por Australia y Nueva Zelanda. Va a estar fuera tres semanas. Me encantará ver el anillo. Muchos besos, Camila».18 Semejante nota demostraba dos cosas: primero, que estaba enterada minuciosamente de todo lo que sucedía —prácticamente nadie fuera de cuatro asesores de Buckingham sabía que Diana iba a refugiarse en Clarence House— y, segundo, que quería controlar a aquella jovencita que se iba a convertir en princesa.
Diana se preocupó por aquello, pero intentó centrarse en su gran día. A la mañana siguiente fue a una peluquería en South Kensington y luego, ataviada con un traje de chaqueta de falda larga azul y una camisa de gran lazada, se montó en un coche rumbo a Buckingham. A media mañana, Carlos y ella aparecieron en los jardines de palacio para anunciar su compromiso oficial. Luego dieron una pequeña entrevista por televisión. El príncipe dijo que le gustaba Diana porque «adora las actividades al aire libre»; ella apuntó que «a ambos nos gusta la música y bailar, y tenemos el mismo sentido del humor». Cuando el entrevistador les preguntó si estaban enamorados, ella se apresuró a contestar que «por supuesto». Él pronunció una frase que años después pesaría en su contra:
—Whatever in love means. Lo que sea que signifique el amor.
Diana reconoció que aquello le pesó como una lápida.

La futura princesa fue instalada en Buckingham, en una antigua habitación que había pertenecido a la institutriz de Carlos, Mabel Anderson.19 Disponía de su propio salón, un dormitorio y un pequeño baño. Según Stephen Barry, el ayuda de cámara del príncipe Carlos, el lugar resultaba pequeño, desangelado y algo angosto y, para animarlo un poco, instaló una televisión, algunos muebles y algunos ramos de flores de los muchos que había recibido la pareja tras el anuncio de su compromiso.20
Años más tarde, Diana se quejaría amargamente de que la dejaron completamente sola, que nadie la ayudó a adaptarse a su nuevo ambiente y que tuvo que pasar las horas practicando claqué —Barry se quejó de que «había destrozado el parquet de la Sala de Música»—21 y viendo culebrones por televisión. No es del todo cierto. La verdad es que mucha gente intentó ayudarla. Su hermana Jane, que conocía bien los entresijos de Buckingham al estar casada con Robert Fellowes, le explicó cómo funcionaba el palacio por dentro. Su madre, Frances, le hizo compañía muchos días y fue con ella a comprar el ajuar. La propia reina puso a su disposición a su dama favorita, lady Susan Hussey, para que le fuera enseñando cuestiones prácticas de protocolo, como dónde dejar el bolso en un acto oficial o cómo saludar al público.
Carlos, además, le pidió que decorase Highgrove, su futuro hogar en común en el condado de Gloucestershire. El príncipe había adquirido hacía poco esta casa de estilo georgiano, de tres plantas, seis dormitorios y una bonita fachada de piedra gris. El lugar estaba vacío y las paredes estaban por pintar. Diana fue muchos días conduciendo su propio coche y supervisó las obras con ayuda de un decorador, Dudley Poplak, que había trabajado para la madre de la futura princesa.22
El resultado, sin embargo, fue de escaso gusto. Diana sería con los años una de las mujeres más refinadas y sofisticadas del mundo, pero en aquel momento seguía siendo una sloane y sus gustos en la decoración eran cursis y algo catetos. Optó por excesivos colores pastel, comenzando por el coral para la entrada y un verde pálido mal conseguido en la salita de estar. Lo peor fue el dormitorio, de color rosa suave con cenefas verdes a juego con cortinas de rosa chillón y florecitas.23 Para rematarlo, trajo viejos muebles de su piso de soltera, entre ellos unas sillas de mimbre que no acababan de encajar en ningún lado.24 Carlos aborreció aquel despropósito, pero evitó pronunciarse al respecto y comentó lo mucho que le gustaba el verde para la decoración.
Diana siguió cometiendo errores. En un acto al que acompañó a Carlos, un musical en el Goldsmith’s Hall en marzo de 1981 en el que también estuvo presente la princesa Gracia de Mónaco, apareció con un vestido negro de tafetán con un pronunciado escote palabra de honor. Aunque estaba deslumbrante, el traje fue un error: en la realeza británica, el negro solo se lleva en los funerales.
Todo aquello sirvió para que Diana se hundiera en la desesperación. Que encima comenzara a desarrollar unos celos viscerales hacia Camila no ayudó a mejorar las cosas. Además de la inoportuna —e impertinente— nota de Clarence House, Diana encontró un día en la mesa de despacho del secretario del príncipe un regalo que Carlos le quería hacer a su amiga: un precioso brazalete que había diseñado él mismo. A pesar de las explicaciones del heredero —era tan solo un regalo de despedida, le vino a decir—, ella comenzó a pensar que seguía muy enamorado de aquella mujer. Cuando, antes de marcharse a Nueva Zelanda y Australia, Camila llamó a Carlos por teléfono para desearle buen viaje, Diana vio confirmada sus sospechas.
Su bulimia comenzó por entonces: fue tan intensa que en cuestión de semanas perdió mucho peso. En palacio creyeron al principio que se trataba de nervios por la boda, pero había señales de que había mucho más. Diana no solo estaba adelgazando drásticamente, sino que también no paraba de llorar. Incluso en público: dos semanas antes del enlace, mientras estaba en Ascot, no pudo contener las lágrimas.

Aquello tendría que haber encendido todas las alarmas, pero nadie en la familia real ni en Buckingham pensó en tomar medidas. Además, Isabel tenía muchas otras cosas en las que pensar.
El 13 de junio, la reina participó en el tradicional desfile anual del Trooping the Colour. Según el protocolo, iba vestida con un elaborado uniforme militar y una amplia falda, y montaba a caballo de lado, es decir, sin ir a horcajadas, una práctica hípica anacrónica y machista. A Isabel, una magnífica jinete, le molestaba enormemente tener que hacerlo así y cada año se reservaba un par de semanas previas al desfile para practicar con su caballo favorito, Burmese.
Ese día, sin embargo, parecía que había dominado a la perfección la técnica y se la vio montar elegante y majestuosa por la avenida que se abre enfrente de Buckingham. Minutos antes de las once, sin embargo, las cámaras de televisión recogieron cómo el caballo comenzaba a dar botes asustado. Se habían disparado seis balas desde el público: alguien había intentado matar a la reina.
Isabel tiró con fuerza de las riendas y calmó al caballo en cuestión de segundos mientras la policía corría a abalanzarse contra el tirador, un joven de diecinueve años llamado Marcus Sarjeant. La monarca continuó en el desfile como si nada hubiese pasado. Su coraje y aplomo fueron muy aplaudidos.
Isabel no permitió que aquel desgraciado atentado le afectase y en los siguientes días se concentró en los preparativos de la boda de su hijo. Hizo llamar un día a Diana para darle sus regalos personales. Eran dos cajas de terciopelo rojo: en una iba un collar de esmeraldas y en la otra la tiara Cambridge —también llamada la Lovers’ Knots—, con diamantes y diecinueve grandes perlas.25

A la futura princesa le entusiasmó recibir aquellas joyas, pero su alegría duró poco y enseguida regresaron los nervios y las lágrimas. Estaba claro que aquello era el preludio de una gran tragedia. Años después, tanto Carlos como Diana se encargarían de explicar que las dos semanas previas a su boda fueron una pesadilla. El príncipe desveló que pensó en cancelarlo todo, pero que su padre se lo prohibió tajantemente; ella confesó que también quiso poner freno a la boda, y sus propias hermanas le dijeron que ya era demasiado tarde. «Mala suerte. Tu cara ya está en las servilletas conmemorativas, así que ya no puedes echarte atrás»,26 le comentaron.
Finalmente, llegó el gran día de la boda, el 29 de julio de 1981. Diana había ideado un verdadero traje de princesa de cuento y había contratado a dos diseñadores increíblemente jóvenes y prácticamente desconocidos —David y Elizabeth Emmanuel— para darle forma. El resultado fue un sorprendente traje de tafetán de seda en color marfil con mangas abullonadas, gran falda de vuelo y una larguísima cola, todo aderezado con encajes antiguos y adornos de perlas y brillantes. A pesar de lo aparatoso, Diana estaba espléndida.
La boda fue en la catedral de San Pablo y, tras la ceremonia, los recién casados se dirigieron a Buckingham. Salieron a saludar al balcón y, rompiendo la tradición, se besaron. Al parecer, fue el príncipe Andrés quien le dijo a su hermano: «Vamos, bésala». Carlos le preguntó a su madre: «¿Puedo?». E Isabel dijo que sí.