La Reina

La Reina


20 Guerras y alianzas

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20 Guerras y alianzas

En la boda de su hijo Carlos, Isabel tuvo la oportunidad de conocer a la nueva primera dama de Estados Unidos, Nancy Reagan. Dado que los días previos al enlace la reina tenía una agenda muy apretada, se decidió que algunos miembros de la familia real se encargarían de entretenerla. Sin embargo, en el último momento, la soberana consiguió escabullirse unas horas y fue a visitarla mientras la señora Reagan disfrutaba de un partido de polo.1 También la invitó a cenar junto con la princesa Gracia de Mónaco la misma noche de la boda, después de que Carlos y Diana hubieran partido de luna de miel.

Aquello comenzó a cimentar una relación con los Reagan que, más tarde, se convertiría en una bonita amistad con la pareja. Cuando se despidieron, Isabel le dijo a Nancy que esperaba volver a verla pronto en Inglaterra, esta vez junto a su marido. La Casa Blanca y Buckingham comenzaron aquel mismo día los preparativos para uno de los viajes más icónicos de la década.

Pasados los festejos, la reina tuvo que volver a preocuparse por temas de gran calado. A principios de 1982, todo Reino Unido contenía la respiración por ver cómo acababa la crisis con Argentina a causa de la titularidad de las islas Malvinas, llamadas Falkland por los británicos. El 2 de abril, la dictadura argentina envió a fuerzas militares a ocupar las islas, que pertenecían a los británicos desde el siglo xviii. En Downing Street, Margaret Thatcher no se amilanó y ordenó que una flota partiera de inmediato y recuperara el territorio. Por lo que se sabe, Isabel estuvo de acuerdo con la decisión de la primera ministra.

No obstante, también se sentía muy preocupada. Su hijo Andrés estaba en ese momento en la Marina —era piloto de helicópteros— y una guerra significaba que sería movilizado. A pesar de que algunas personas en el Gobierno consideraron que era demasiado peligroso que el príncipe Andrés entrara en combate, este insistió en ir con sus compañeros. Su madre lo apoyó; el país la aplaudió por ello.

Fue una guerra relativamente rápida, aunque terrible en términos de vidas humanas perdidas: centenares de soldados murieron en ambos bandos, sobre todo en el argentino, donde se calcula que las víctimas pudieron superar las seiscientas. Políticamente, no obstante, fue un triunfo indiscutible para Thatcher, quien vio reforzada su imagen tanto dentro como fuera del país. Además, el conflicto le sirvió para acercarse a Estados Unidos, que pasó a Londres información crucial durante la contienda. Margaret Thatcher y Ronald Reagan reforzaron su alianza por teléfono y, una vez cara a cara, cuando el presidente finalmente aterrizó en Inglaterra para pasar unos días con la familia real, se hicieron muy amigos.

La reina había invitado a los Reagan a Windsor en junio y, durante los meses previos, las reuniones sobre los preparativos fueron incesantes. Todo tenía que salir perfecto y cada movimiento fue estudiado. Solo el paseo a caballo que la soberana y el presidente darían fue objeto de decenas de reuniones. Incluso se construyó a toda prisa en Windsor una ducha en el baño que usaría el presidente; fue la primera en instalarse en el castillo, cuyos ocupantes estaban acostumbrados a las tradicionales bañeras2.

Finalmente, la visita resultó todo un éxito. El paseo a caballo —los dos jefes de Estado fueron seguidos por varios policías también a caballo y un coche repleto de agentes del servicio secreto— hizo las delicias de los fotógrafos. También hubo cenas y visitas a los alrededores. El ambiente, aunque se mantuvo cierto protocolo, fue increíblemente informal y el propio Reagan llegó a reconocer que le sorprendió la espontaneidad de la soberana en privado. Sobre todo cuando esta, contra todo pronóstico, invitó al matrimonio a desayunar en su terraza privada y el presidente se encontró con una mesa repleta de cajas de cereales, como si fueran una familia normal y corriente3.

A pesar de que todos parecían habérselo pasado en grande, a Isabel no se le escapó que Diana estaba muy triste. La reina pensó que se debía a su avanzado estado de gestación —la princesa se había quedado embarazada a los pocos meses de la boda y estaba ya de ocho meses— y no le dio más importancia. Pero a otros en palacio les extrañó el comportamiento de la joven: estaba siempre cabizbaja y en las comidas y las cenas apenas hablaba con nadie.

Isabel no lo sabía por entonces, pero Diana y Carlos ya mostraban claros signos de que su matrimonio era un desastre. Ella era una mujer consumida por los celos y devorada por la bulimia. Las peleas en la pareja eran frecuentes y a gritos: ya durante su luna de miel a bordo del yate Britannia discutieron con fuerza, aunque Carlos se esforzó por explicar en sus cartas desde el barco que todo iba viento en popa. Pero no era verdad: parecían dos extraños más que una pareja de recién casados. Él se pasaba el día leyendo libros de su querido Laurens van der Post; la princesa estaba tan aburrida que se dedicaba a pasear por cubierta y hacer compañía a la tripulación. Sus relaciones sexuales no eran excesivamente satisfactorias: según ella misma reconocería años más tarde, era demasiado inexperta y se reía como una colegiala todo el tiempo, lo que no hacía nada por apuntalar la virilidad de él. La frustración y el agobio provocaron que la bulimia de ella llegara a cotas más que peligrosas.

De vuelta del crucero, la pareja fue a Balmoral, donde ya estaba toda la familia real, y durante los primeros días pareció que se divertían. Pero al cabo de poco tiempo Diana se mostró depresiva. Isabel, que pensaba que Diana era una chica de campo a la que le gustaban los perros, los caballos y las cacerías, se encontró de golpe y porrazo con una persona completamente distinta. Estaba nerviosa, triste, siempre llorando o gritando. La nueva princesa de Gales se pasó la mayoría de los días encerrada en su habitación y se negó a participar en los pícnics que su suegra organizaba casi a diario en las riberas del río Dee. Isabel tuvo entonces la amarga sensación de que todo lo que Diana les había hecho creer era falso: ni le gustaba el campo ni era tan entrañable como le había parecido en sus visitas anteriores. No lo verbalizó, pero muchos pensaron que se irritó por el comportamiento de su nuera. Según la biógrafa Tina Brown, uno de los presentes en Balmoral recordaba haber escuchado a la reina decir sobre Diana: «¡Mírala, sentada en la mesa mirándonos con la cara ceñuda! Las únicas veces en que se digna a hablar es cuando Carlos le habla a ella». Su interlocutor, algo más comprensivo, replicó: «Quizá, señora, si mirase alrededor de la mesa... Todo el mundo es mucho mayor que ella». Pero Isabel no se amedrentó: «Me da igual. Va a tener que aprender mucho».4 Hay personas que dudan sobre semejantes frases y consideran que Isabel no se habría expresado con tanta dureza. Pero no hay duda de que estaba empezando a desconfiar de su nuera. Otros en la familia también comenzaron a pensar que Diana era una chiquilla inmadura y que quizá Carlos se había equivocado.

A partir de ese momento todo fue a peor. Carlos intentó sacarla a pasear y a pescar, pero lo que antes le agradaba ahora era objeto de nuevas broncas. Por las tardes y por las noches, ella se entretenía haciendo punto de cruz mientras él le leía en voz alta obras de Jung o Laurens van der Post. Para Carlos, aquello era una velada perfecta; para ella, un aburrimiento supino. Diana llegó a estar tan ansiosa que empezó a tener ataques de celos constantes: soñaba con frecuencia que Carlos y Camila estaban juntos y aseguraba que él se encerraba en el baño para hablar con su amada. Tan recelosa estaba, que llegó a espiarlo mientras se bañaba. También vomitaba a todas horas, lo que provocó que se quedara esquelética en cuestión de días. Carlos, desesperado, llamó rápidamente a un médico de Londres para que la tratara.5

El psicoanalista en cuestión llegó a una conclusión obvia: que Diana estaba agobiada, necesitaba un periodo prudencial para adaptarse a su nueva vida y que sería conveniente sacarla de Balmoral y rodearla de personas de su edad. Carlos no tardó ni un segundo en montar a su mujer en un coche y llevarla a Craigowan, una casa más pequeña que servía para alojar invitados donde Diana pudo hacer lo que quiso sin seguir los estrictos horarios de Balmoral. Una de sus mejores amigas, Carolyn Pride, fue invitada a pasar unos días con ella. Poco después, Diana estaba más relajada.6

Carlos pensó que la tormenta había pasado, pero se equivocaba. En cuanto abandonaron Craigowan, regresaron los nervios y las lágrimas. El príncipe estaba por aquel entonces tan imbuido por las técnicas del psicoanálisis que creyó que unas cuantas sesiones de análisis de sueños bastarían para aliviar la situación, pero de nuevo erraba. No ayudó a Diana y, sin quererlo, las visitas de un psicoanalista provocaron que comenzaran a surgir rumores sobre la inestabilidad mental de la princesa. Algunos biógrafos se refieren a un posible trastorno límite de personalidad: alegan que este diagnóstico explicaría los cambios súbitos de humor, su impulsividad, su sensación de vacío y, más tarde, sus autolesiones. Sin embargo, muchos otros autores consideran que Diana no sufría algo tan grave y que su situación era fruto de los nervios, la profunda ansiedad y la falta de apoyo y comprensión.

Seguramente, estos últimos tienen razón. Diana hubiese necesitado cariño a raudales, abrazos, mimos y consuelos, pero estaba ahora atada a una familia donde se aborrecían las muestras físicas de afecto. La propia Isabel, aunque sumamente atenta y generosa con los suyos, no era capaz de ofrecer un abrazo protector y aportar un hombro sobre el que llorar. El comportamiento de su nuera, con sus lágrimas y sus suspiros de desesperación, le era incomprensible y, meses más tarde, bastante cansino.

Diana e Isabel pronto se dieron cuenta de que no tenían casi nada en común y, a pesar de que al principio intentaron llevarse bien, pronto mantuvieron las distancias. La reina intentó ayudarla siempre que pudo —llamó a los editores de los periódicos para pedirles que dejaran de perseguir a su nuera, por ejemplo—, pero apenas se veían en privado ni tomaban el té o cenaban juntas cuando ambas estaban en Londres.

Apartada de la familia y sin saber a quién acudir, el único consuelo que parecía quedarle a la princesa era que, a pesar de que la prensa seguía acosándola, la adoración de sus compatriotas hacia ella no paraba de crecer. Puede que Diana estuviera todo el rato llorando en privado, pero en público solo sonreía y brillaba. Era obvio que estaba enfermizamente delgada, pero el pueblo solo quería ver su belleza y refinamiento. Carlos pronto se dio cuenta de que, en los actos oficiales, la gente solo quería acercarse a ella. En uno de sus primeros eventos juntos después de la boda, se decidió que el príncipe saludaría a un lado de la calle y Diana, al otro. Las personas que estaban en el lado de Carlos gritaron: «¡Oh, no!». El heredero acabó harto y visiblemente enfadado.

Diana sabía que aquello le podía alejar aún más de su esposo y preguntó si se debería hacer algo para que Carlos disfrutara de mayor visibilidad. Pero no había nada que hacer: Diana se había convertido en pocos meses en una estrella; él, en cambio, era un producto del pasado.

Lo peor, sin embargo, fue que Diana también eclipsaba al resto de la familia real, Isabel incluida. El 4 de noviembre de 1981, en la solemne apertura del Parlamento, uno de los actos anuales más importantes para la soberana, la princesa acaparó todas las miradas. La reina no daba crédito. Al principio le había gustado que Diana aportara glamur a la familia, pero pronto se preocupó por su excesiva popularidad.

Cuando a los pocos meses de la boda se anunció que la princesa estaba embarazada, Isabel pensó que las aguas volverían a su cauce y que su nuera se calmaría. Pero no fue así: tuvo un embarazo muy complicado, las náuseas matutinas fueron intensas, su bulimia fue a peor y, según ella misma reconoció años más tarde, llegó a estar tan desesperada que pensó en suicidarse. Su estado anímico era tan errático que las peleas con Carlos se tornaron violentas. En una visita que hicieron juntos a Althorp, acabaron rompiendo un espejo, una silla y una de las ventanas.7 Diana explicaría años más tarde al periodista Andrew Morton que un día en Sandringham estaba tan mal que se lanzó por las escaleras. Algunos, sin embargo, aseguran que fue un desgraciado accidente y que ella, simplemente, resbaló. Carlos, de nuevo con la mejor de las voluntades, pero sin acertar en lo más mínimo, llamó a su mentor, Laurens van der Post, para que la tratara. Las sesiones de terapia fueron un desastre.

Diana acabó buscando ayuda por sí misma y fue probando con distintos especialistas. Ninguno duró demasiado, aunque todos le recomendaron lo mismo: que tomara pastillas, básicamente antidepresivos y Valium. Pero ella se negó. Creía que solo servían para atontar a los pacientes y dejarlos medio dormidos, y sobre todo no quería poner la vida de su hijo en riesgo. De nuevo, lo único que hubiera necesitado es cariño y afecto, y algo de tiempo para amoldarse a la situación, pero nadie se lo ofreció. Carlos hacía lo que podía —que era mucho, pero poco efectivo— y la reina, aunque encantada con la llegada de un nuevo nieto, empezó a enfadarse por las insinuaciones de la prensa de que Diana iba a ser una perfecta madre, cariñosa, moderna y cercana, mientras ella siempre se había mostrado distante y fría. La distancia entre ambas se acrecentó.

La princesa siguió llorando durante meses y solo cuando le comunicaron que Carlos y ella dejarían Buckingham y se trasladarían al palacio de Kensington se la vio contenta y ocupada en algo. Sin embargo, un proyecto que tendría que haber unido a la pareja acabó por dividirlos. Como ya había sucedido en Highgrove, Diana no acertó en absoluto. Carlos intentó compensar la afluencia de colores lima chillón y los muebles de poca calidad con cuadros de la colección real, tapices y algún que otro sillón bien tapizado, pero el resultado fue una mezcla entre palacio barroco, hotel para millonarios y piso de nuevos ricos, oscuro, angosto y poco acogedor, lo opuesto a un nido de amor en donde ambos pudieran haberse sentido cómodos. Además, estaban rodeados de parientes de Carlos. En un apartamento cercano vivía la princesa Margarita; en otro, unos primos de Isabel, los príncipes Michael y Marie Christine de Kent. A esta última Diana llegó a odiarla tanto que la apodó «la «Führer».8 Siempre creyó que la espiaba y que esparcía luego chismorreos por toda la corte.

Finalizando un embarazo muy convulso, Diana no pudo más y, por lo que reconoció más tarde, exigió que le provocaran el parto. El 21 de julio de 1982, en el hospital de St. Mary en Londres, nació el príncipe Guillermo Arturo Felipe Luis. Cuarenta y una salvas de cañón fueron disparadas desde Hyde Park para anunciar que había venido al mundo un futuro rey de Inglaterra.

Carlos, que estuvo presente en el parto, se mostró pletórico y regaló a su mujer un precioso collar de diamantes y perlas. La reina Isabel apareció a las pocas horas en la clínica con una sonrisa radiante. Por lo que se cuenta, lo primero que dijo al ver a su nuevo nieto fue: «¡Gracias a Dios no tiene las orejas de su padre!». Ni las orejas ni nada: Guillermo era claramente un Spencer, un calco de su tío, el hermano de Diana. Tan solo con los años le cambiaría la fisonomía y pasados los treinta acabarían apareciendo facciones de los Windsor.

Diana también estaba eufórica. Ser madre le cambió la vida, le dio fuerzas y reforzó su autoestima. La crianza de sus hijos sería la mejor labor que desempeñaría: desde el principio se negó a seguir el manual de Buckingham, optó por métodos modernos, contrató a nannies jóvenes y rodeó a sus pequeños del cariño y los abrazos que ella tanto habría necesitado. Carlos, contrariamente a lo que muchos piensan, también fue un padre entregado: le encantaba estar en la nursery con el bebé y se encargaba de darle el biberón todos los días.

Durante los dos meses después del nacimiento, la estampa de Diana, Carlos y el pequeño Guillermo juntos solo se puede describir como idílica. Sin embargo, pronto regresaron los nubarrones: ella sufrió una aguda depresión posparto. Nuevamente, nadie en la familia real pareció comprenderla ni le ofreció la ayuda necesaria. «Quizá fui la primera persona en esta familia que ha tenido una depresión o ha llorado abiertamente en público», reconocería Diana años más tarde en su famosa entrevista al programa Panorama de la BBC. No había sido la primera —muchos miembros de la realeza han sufrido problemas de salud mental—, pero sí la única que no lo había disimulado, y nadie en la familia parecía saber cómo reaccionar.

De nuevo, su único consuelo, lo único a lo que Diana podía aferrarse era su estrellato público. Empleaba el cariño de la gente para compensar la falta de afecto en su vida privada. Cada día parecía entender mejor lo que los fotógrafos querían y aprendió a ofrecérselo: hoy una sonrisa esquiva, mañana una mirada huidiza, al día siguiente un nuevo peinado... Diana parecía hipnotizar a las cámaras y el público respondía con un nivel de histeria y entrega que no se había visto desde el éxito de los Beatles. Ella lo sabía y cada mañana repasaba todos los diarios para estudiar sus fotos y leer lo que se decía de ella. Se volvió una auténtica adicta de sí misma o, más bien, de la imagen idílica que proyectaba, como si en el fondo ella también quisiera agarrarse a aquella fantasía y creer que la Diana que salía en los periódicos, feliz y radiante, era la verdadera.

En sus aposentos de Buckingham, Isabel fue informada de esta obsesión de su nuera y empezó a preocuparse seriamente por el cariz que estaban tomando los acontecimientos. Pero lo peor estaba aún por llegar.

Poco antes del nacimiento de Guillermo, la reina pasó uno de los peores momentos de su vida. Fue el 9 de julio a primera hora de la mañana. Normalmente, su doncella Bobo se encargaba de despertarla sobre las siete y media, pero ese día Isabel escuchó ruidos extraños en su habitación bastantes minutos antes. No se alarmó en exceso, pensó, simplemente, que Bobo se había adelantado y, con un gruñido, dijo: «Aún es muy pronto para tomar el té». El sonido de la puerta cerrándose de golpe le hizo entender que no se trataba de su fiel doncella.

Isabel miró a su alrededor y descubrió a un hombre desconocido a pocos metros, descalzo y con ropa sucia, que estaba abriendo las cortinas. Luego, el extraño se sentó a los pies de su cama. Sujetaba un trozo de cristal en la mano que le había provocado una profunda herida. Gotas de sangre le resbalaban por el brazo y caían sobre la real colcha. El hombre se puso a hablar y, durante unos diez minutos, ambos mantuvieron una conversación que, al parecer, se centró en los hijos de ambos. Mientras hablaban, Isabel pulsó un par de veces el botón de alarma que hay siempre en su mesita de noche. Nadie respondió.

Al cabo de unos minutos, el hombre le pidió a la reina un cigarrillo y esta le dijo que había algunos en una habitación cercana. Fue así como consiguió que saliera. Una criada, al ver a la soberana salir tras aquel hombre de su dormitorio, se quedó tan extrañada que no pudo contenerse y exclamó:

—Pero, por Dios, señora, ¿qué diablos está haciendo este hombre aquí?9

Otro criado, que había sacado a pasear a los corgies, apareció poco después. El hombre misterioso le pidió un trago y el criado, como si fuera la cosa más natural del mundo, le sirvió un gran vaso de whisky. Pasaron todavía unos minutos hasta que apareció por fin un policía. Antes de acercarse, se detuvo para ponerse bien la corbata y luego le dirigió una reverencia rápida a la soberana. Isabel no daba crédito:

—Por Dios, haga el maldito favor de moverse —dijo enfadada. La escena parecía sacada de una película de los Monty Python.10

Finalmente, el intruso fue detenido e Isabel pudo respirar tranquila. Al cabo de unas horas se supo que el hombre en cuestión se llamaba Michael Fagan, que tenía treinta y un años y que no era la primera vez que entraba a hurtadillas en Buckingham. Ya lo había hecho antes llegando hasta la bodega sin que nadie le viera, y allí se bebió una botella de vino. Esta vez, simplemente, había vuelto a saltar la valla, trepado por una tubería, entrado por una ventana abierta y deambulado por los pasillos sin ser detectado. Recorrió el palacio de punta a punta.

La reina, reconoció Fagan durante el interrogatorio, mantuvo en todo momento la calma. Tanto, de hecho, que horas después del suceso siguió con su agenda como si nada hubiera pasado. Dio órdenes de que no se informara a la prensa, pero fue inútil. En cuestión de horas un periódico ya estaba dando la noticia en portada. Fagan fue conducido a un hospital psiquiátrico y estuvo allí recluido unos meses.

Isabel había dado pruebas una vez más de gran aplomo y valentía, pero no había duda de que estaba afectada por lo sucedido. Los médicos le recomendaron tomarse unos días libres y descansar. Pero la reina no se podía permitir el lujo de desaparecer de repente y, además, no quería dar la impresión de que había entrado en pánico. Siguió adelante y, en el bautizo de su nieto Guillermo, el 4 de agosto, apareció tranquila y sonriente frente a las cámaras. Sin embargo, los más allegados sabían que estaba asustada. El episodio de Fagan, unido a los problemas familiares de sus hijos, estaban haciendo mella en ella.

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