La Reina

La Reina


21 La familia se rompe

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21 La familia se rompe

En febrero de 1983, Isabel cumplió un sueño largamente acariciado: conocer por fin la costa oeste de los Estados Unidos. Después de realizar un par de viajes oficiales a Jordania y a Canadá, se reservó unos días para visitar Kentucky y Wyoming y dedicarse a conocer las técnicas de crianza de caballos de los americanos. Aquel fue el primer viaje privado que hizo en décadas y, aunque Felipe no pudo desplazarse con ella —tenía eventos previstos en Oriente Medio—, Isabel estuvo muy bien acompañada por su amigo Henry Porchester, la esposa de este, Jean, y unos cuantos estadounidenses millonarios.1

Isabel conocía desde hacía años a Paul Mellon, uno de los hombres más ricos de América, propietario de unas de las colecciones de arte más destacadas y —lo que a la reina más le interesaba— uno de los mejores criadores de caballos de pura sangre del mundo. Gracias a él, la soberana conoció a William Stamps Farish y su esposa, Sarah, en cuyo rancho de 56 kilómetros cuadrados, llamado Lane’s End, se hospedó. Él era un millonario de Houston cuya familia tenía explotaciones petrolíferas; ella, una de las herederas de la fortuna de los Du Pont. A pesar de su elevado pedigrí, ambos eran naturales y discretos, y su granja —una preciosa construcción de piedra del siglo xix— estaba decorada con gran sencillez. A Isabel le gustó de inmediato y no tardó en sentirse muy a gusto.2

Después de cinco días, la reina puso rumbo a la casa de su amigo Porchie en Wyoming, un gran rancho llamado Canyon Ranch situado en las montañas Big Horn. Allí pudo disfrutar de largos paseos, pícnics al aire libre e incluso salió de cacería. Cada día almorzaban sencilla comida estadounidense —pastel de pollo y tarta de manzana con helado—, y en su última noche fue a un restaurante cercano, el Maverick Supper Club. Fue una de las pocas veces en que Isabel ha pedido comida de un menú.3 Aquel sencillo gesto la hizo inmensamente feliz.

Sus días de vacaciones fueron un pequeño y bienvenido respiro para lo que la esperaba en Inglaterra. La economía seguía siendo un desastre, las políticas de Margaret Thatcher parecían no generar ningún efecto y, lo que era peor, los terroristas del IRA no daban tregua. Mientras Isabel estaba en Estados Unidos, una bomba explotó en el Grand Hotel de Bristol, el lugar donde el Partido Conservador estaba celebrando su conferencia anual. La primera ministra salió milagrosamente ilesa, pero murieron cinco personas y treinta y cuatro más fueron heridas.

En la familia real, los problemas también arreciaban. De cara al público, los príncipes de Gales intentaban poner buena cara y, cuando el 15 de septiembre de 1984, nació su segundo hijo, el príncipe Enrique —o Harry como lo llama su familia—, la imagen que proyectaban era de perfecta armonía. Sin embargo, todo era una fachada: en 1985, comenzaron a publicarse los primeros rumores de que su matrimonio no era tan feliz como parecía y, lo que era aún peor, la prensa no paraba de cebarse con Carlos y sus excentricidades. Mientras Diana solo parecía cosechar éxitos por sus estilismos y su trabajo a favor de organizaciones de caridad, él únicamente encadenaba controversias. Que si hablaba a las plantas, que si le gustaban las religiones alternativas, que si detestaba la arquitectura moderna y los abonos químicos. El príncipe daba con frecuencia discursos incendiarios: él quería ser útil, hacer cosas relevantes y tener voz propia, pero sus palabras eran casi siempre malentendidas y sus propuestas ridiculizadas. Su equipo intentó hacerle recapacitar y le planteó una agenda de actos más tradicionales para ganar popularidad, pero Carlos la rechazó.

Lo peor fue que, conforme su matrimonio se deterioraba, su comportamiento se volvió errático e incluso caprichoso. A pesar de que es un hombre generalmente amable y generoso, en ocasiones es demasiado exigente con su equipo y pierde los nervios con excesiva frecuencia. En aquella época, por ejemplo, muchas veces cancelaba eventos sin casi antelación, cambiaba de planes y de ideas sobre la marcha y, aunque palacio se esforzaba por presentarlo como un adicto al trabajo, la verdad es que la mayoría del tiempo lo pasaba ocioso, normalmente jugando al polo o viajando.4

Semejante comportamiento hizo que muchos miembros de su equipo decidieran dimitir. También en el de Diana hubo bajas. En realidad, en pocos meses, los príncipes de Gales vieron cómo la mayoría de sus ayudantes presentaban su renuncia o pedían un traslado. Oliver Everett, que había sido un eficiente secretario privado de Diana, dimitió porque la princesa nunca hacía caso a sus recomendaciones.5 El secretario de Carlos no tardó en hacer lo mismo. Diana se encargó de que Stephen Barry, el ayuda de cámara de su marido, fuera trasladado a otro puesto e incluso se rumoreaba que se deshizo del labrador del príncipe.6

La prensa comenzó a dar detalles de lo que estaba pasando, aunque todavía con cuentagotas. La periodista británica Tina Brown publicó en la edición estadounidense del Vanity Fair que los Gales se estaban quedando solos. Además, puso por escrito lo que muchos en palacio sabían: que el matrimonio no se aguantaba. Diana había forzado a Carlos a dejar las cacerías y le obligaba a vivir —más bien sobrevivir— a base de dietas drásticas de huevos hervidos y espinacas, decía el artículo.7 También se dijo que ella estaba tan sola que se pasaba horas enteras en el palacio de Kensington con la única compañía de un walkman. Él, en cambio, se refugiaba en sus gurús espirituales y había llegado a participar en sesiones de espiritismo para comunicarse con el fantasma de su difunto tío Dickie Mountbatten.8

Cada vez que coincidían, las broncas eran a grito limpio. Los fines de semana, cuando ambos iban a Highgrove, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Una antigua ama de llaves del lugar reconoció que la bulimia de la princesa llegó entonces a niveles más que peligrosos y que se la veía perpetuamente llorando. Carlos, sobrepasado y furioso, preguntaba con exasperación: «¿Por qué lloras ahora?». Angustiado por salir de aquella situación, el príncipe comenzó a pasarse los sábados y los domingos montando a caballo o jugando al polo, una actividad que sacaba aún más de quicio a su mujer.

Diana llegó a estar tan desesperada que apenas comía y, en una visita oficial a Canadá, se desmayó en público. Lo peor, sin embargo, vino cuando se hizo cortes en los brazos y en el pecho. En el verano de ese mismo año, su hermana Jane fue a visitarla y la encontró con cicatrices en varias partes del cuerpo. Diana le reconoció que se las había hecho con un cortaplumas tras una disputa con Carlos.9

A pesar del nivel de toxicidad enfermizo en el que vivían, lo irónico era que ambos, a su modo, intentaron en algún momento mejorar la situación. Él trató de aguantar con estoicismo las largas diatribas de su mujer sobre lo mal que se portaba con ella. Diana se esforzó desesperadamente por despertar el interés sexual de su marido. En diciembre de 1985, por ejemplo, en un evento al que la pareja asistió en el Covent Garden de Londres, la princesa despareció del palco real en medio del concierto para aparecer al cabo de unos pocos minutos sobre el escenario al ritmo de los acordes de «Uptown Girl» de Billy Joel. Había pasado semanas ensayando con el bailarín Wayne Sleep para darle una sorpresa a su marido, pero a pesar de que el número musical fue un éxito —la ovación fue tan intensa que tuvo que salir a saludar ocho veces—, a Carlos no pareció hacerle ninguna gracia que ella acaparara todos los aplausos y que a él lo ignoraran. En una recepción posterior al concierto, se mostró frío y distante con ella. Diana acabó aquella noche llorando a lágrima viva.

Carlos también se enfadó de lo lindo cuando, en un viaje a Estados Unidos ese mismo año, Diana acaparó todas las miradas y todos los titulares de periódico después de bailar con John Travolta en la Casa Blanca. El príncipe se había esforzado para que la visita tuviera contenido sustancial importante —quería que la prensa escuchara sus ideas sobre cómo mejorar los cascos urbanos marginales y dar oportunidades a los jóvenes—, pero a pesar de que dio discursos y ruedas de prensa, los periodistas solo quisieron saber si la princesa se lo había pasado bien bailando «You’re the One that I Want» con la estrella de cine.

A Isabel no se le escapaba que la relación de los Gales era compleja. Sin embargo, contemplaba la situación con preocupación, pero no con pánico. En ningún momento pensó que el matrimonio había llegado a un punto de no retorno y creyó —o quiso creer— que los príncipes de Gales encontrarían tarde o temprano una manera de arreglar sus diferencias. Fue un error, por supuesto, pero a la reina nunca le resultó fácil enfrentarse de cara a los problemas: uno de sus peores defectos, sin duda, es que mira para otro lado y espera a que las desgracias se resuelvan solas.

Eso no quiere decir, sin embargo, que no hiciera nada por intentar aliviar la tensión. En abril de 1984, hizo público un comunicado de apoyo a la princesa: «La reina no puede estar más complacida con su nuera. Está muy orgullosa de las actividades de la princesa en todo el mundo y en el país», decía.

Además, le preocupaba mucho el impacto que la mala relación del matrimonio podía tener en sus hijos, los pequeños Guillermo y Enrique. La prensa retrataba a Diana como una madre fabulosa y moderna que se había negado a contratar a la antigua nanny de Carlos y había optado por Barbara Barnes, una mujer experimentada y muy eficiente, pero con métodos más actuales. Isabel, no obstante, sabía que esta narrativa solo era verdad en parte: Diana era una madre entregada, de eso no había duda, pero también era obsesiva. Seguramente para compensar la falta de afecto en su vida, se aferró en cuerpo y alma a sus hijos, a quienes no paraba de consentir todo lo que querían.

Diana siempre decía «abrazo a mis hijos lo más fuerte que puedo y me meto con ellos en la cama por la noche, y les pregunto: “¿Quién es la persona que más os quiere del mundo?”. Y ellos contestan: “Mami”».10 Semejante nivel de cariño se traducía en que no sabía ponerles límites ni disciplinarlos cuando se portaban mal. Guillermo en especial fue un crío muy caprichoso y bastante malcriado que hubiese necesitado algún castigo de vez en cuando. En cuanto pisó la guardería de Mrs. Mynor, en Notting Hill Gate, por ejemplo, fue bastante desagradable con el resto de niños y en más de una ocasión se metió en peleas en el patio en las que sus guardaespaldas tuvieron que intervenir.11 Pero Diana no le dio la más mínima importancia, se rio con lo sucedido y siguió abrazando y cubriendo de besos a su hijo.

Isabel observaba aquel comportamiento con consternación. Sabía que Guillermo trataba mal al servicio de los palacios e incluso vio con sus propios ojos cómo su nieto le pegó una patada a uno de los lacayos de las caballerizas reales. Diana fue inmediatamente a reprenderle, pero en cuanto Guillermo comenzó a llorar, ella lo abrazó y lo besó durante un buen rato.12 A la reina le pareció que no era la manera más adecuada de educarlo y se lo hizo saber a su nuera. También le dijo que no aprobaba el tema de los regalos: aunque se aseguró a la prensa que los pequeños príncipes no iban a recibir regalos fastuosos, la verdad es que la cantidad de presentes y el lujo de muchos de ellos eran excesivos. A Isabel le molestó, sobre todo, que Guillermo recibiera un Jaguar en miniatura.13 Pero Diana no se dio por enterada.

A ella lo único que le preocupaba es que sus hijos comenzaran a demostrar un cariño excesivo por su nanny. Diana acabaría manteniendo malas relaciones con varias niñeras a causa de sus celos y, en el caso de Barbara Barnes, incluso hizo que la cesaran. A sus allegados les comunicó que Barnes era la responsable de los malos modales y la falta de disciplina de Guillermo, pero nadie la creyó, y mucho menos la reina.14

Con el tiempo, cuando ya su matrimonio había entrado en una espiral destructiva, Diana llegó a pedir ayuda a su suegra. La princesa aparecía de vez en cuando en Buckingham y la soberana la escuchaba pacientemente mientras se deshacía en lágrimas y recriminaciones hacia su hijo. Años más tarde, Diana se quejaría de que Isabel no le dio ni un buen consejo. «Carlos no tiene solución», parece ser que fue todo lo que le dijo, pero hay quien considera que es falso.15 Muchos en palacio aseguran que Diana salía de sus encuentros con la soberana mucho más tranquila y animada de lo que entraba.

Se sabe, eso sí, que Isabel llegó a odiar aquellas sesiones. Ella es una persona profundamente reservada y práctica a la que le resultaba incomprensible aquel nivel de emotividad y sentimentalismo. Sobre todo, teniendo en cuenta que Diana no paraba de sollozar a lágrima viva ni un segundo.16

En sus encuentros, Diana se quejaba amargamente de que nadie la comprendía y de que era una víctima. Sobre todo, estaba harta de que la familia real no solo estaba tolerando y consintiendo la infidelidad de Carlos con Camila, sino incluso propiciándolo. Como los Parker Bowles eran invitados con frecuencia a Birkhall, la residencia que la reina madre solía usar en Escocia, Diana entendía que su familia política estaba dando cobertura al romance. Camila y su marido también solían ir a Windsor, Sandringham y Balmoral y coincidían allí con la reina. Isabel y Camila se llevaban bien —o eso parecía— y charlaban a menudo sobre caballos y perros, dos temas de interés en común. Pero eso no quería decir que la reina aprobase las infidelidades de su hijo, y mucho menos que las promocionase. Al contrario: a Isabel le disgustaba enormemente la situación.

¿Cuándo volvieron Carlos y Camila a ser realmente amantes? La versión oficial —al menos, la que ellos han repetido hasta la saciedad— es que no retomaron su relación íntima hasta después del nacimiento de Enrique, cuando el matrimonio de los príncipes estaba inexorablemente roto y Carlos creía que ya nada podía arreglarlo. Hasta ese momento, su unión con Diana había sido errática, pero mantenía algún momento de intimidad. La propia Diana reconocería que, aunque esporádicas, mantenían relaciones sexuales «cada quince días».17 Pero tras el nacimiento de Enrique, la distancia entre ellos ya fue insalvable. Ella lo achacó a que Carlos, cuando vio a su segundo hijo en la clínica, hizo comentarios poco afortunados: «Oh, no es una niña». Y «Oh, dios, incluso tiene el pelo rojo». Ella lo vio como un insulto y «algo dentro de mí se cerró para siempre».18

Según la versión oficial, a partir de ese momento el matrimonio empezó a dormir en habitaciones separadas y Carlos acabó refugiándose en brazos de Camila. No obstante, esta explicación no convence a muchos biógrafos, que consideran que hay pruebas más que suficientes para pensar que ambos fueron amantes antes o, cuando menos, que mantenían un nivel de proximidad y de intimidad muy intenso desde hacía tiempo.

En el caso de Diana, las fechas son más exactas. Que ella se acabara buscando una aventura era bastante predecible y se cree que ya en 1985 pudo haber mantenido una relación con uno de sus guardaespaldas, un tal Barry Mannakee, un tipo sencillo, casado y con dos hijos, que al principio sirvió a la princesa de paño de lágrimas y luego, puede que de algo más. En cuanto sus superiores de policía sospecharon lo que estaba pasando, él fue trasladado inmediatamente a otro puesto. En 1987 moriría en un desgraciado accidente de tráfico. Diana siempre creyó que lo habían asesinado, que había una conspiración detrás, pero todo parece indicar que no fue así.19

A finales de 1986, Diana conocería al hombre con el que más tiempo estaría. Su nombre era James Hewitt y era un atractivo y joven oficial del ejército; un tipo con exquisitos modales, pero de trato agradable, muy alejado de la personalidad estirada de Carlos. James venía de una familia acomodada de militares y había ido a uno de los internados de la élite, por lo que conocía bien el funcionamiento de las clases altas y sus complicados rituales.

Diana lo vio por primera vez en Buckingham, cuando James acudió a una reunión para preparar un desfile militar, y no pudo dejar de percatarse de su atractivo. Pocos días más tarde, la princesa le pidió a una de sus damas de compañía que organizara una pequeña fiesta para algunos oficiales de palacio y que invitara a aquel joven pelirrojo. Así lo hizo y por fin pudo charlar con él. En medio de la conversación, él le dijo que le encantaban los caballos, ella le comentó que siempre había querido volver a montar y James se ofreció para darle clases.20

Al cabo de de unos días, Diana, que en su vida había mostrado ningún interés por la equitación, apareció en el cuartel donde servía Hewitt perfectamente ataviada con pantalones y botas de montar. No había transcurrido mucho tiempo desde que comenzaron sus clases cuando se hicieron amantes. Coincidían en Kensington o en Highgrove e incluso Diana llegó a pasar algunos fines de semana en el encantador cottage de la madre de él en Devon. Para que nadie sospechara, Diana informó al servicio de que Hewitt iba a dar clases de equitación a los pequeños Guillermo y Enrique. Pero nadie se lo creyó y menos aún Carlos, que, según varias fuentes, llegó a estar enterado de lo que sucedía entre su esposa y aquel oficial y, por lo que parece, incluso dio el visto bueno.

Hewitt obró un pequeño milagro: ofreció a Diana la estabilidad, el cariño y el apoyo suficientes para que ella desarrollara más confianza en sí misma. Gracias a sus atenciones, ella pudo poco a poco relajarse y recobrar fuerzas. Para sorpresa de su familia política, la princesa incluso pudo entablar una relación civilizada con su marido: fue como si los príncipes se dieran una tregua armoniosa y, durante un tiempo, a pesar de que el odio persistía, las broncas entre la pareja disminuyeron.

Diana comenzó por aquel entonces su gran transformación: fue superando paulatinamente su bulimia y emergiendo como una mujer glamurosa y más segura, también mucho más afianzada en su papel oficial y en su trabajo a favor de las organizaciones que representaba. Ya era una referencia de la moda, pero fue entonces cuando empezó a convertirse en un icono. A pesar de que en sus primeras apariciones públicas había optado por modelos discretos, sumamente recatados y algo anticuados, ahora se puso en manos de especialistas. Como una de sus hermanas trabajaba en Vogue, Diana pudo acceder a diseñadores y estilistas prestigiosos. Catherine Walker empezó a encargarse de sus elegantes trajes de chaqueta; Bruce Oldfield y Victor Edelstein se centraron en los vestidos de noche. El resultado fue espectacular.

Hubo más cambios: Diana se cansó de acudir a actos protocolarios sin sustancia y empezó a desarrollar una agenda mucho más relevante. Fue entonces cuando inició una de sus campañas de concienciación pública más ambiciosas y exitosas: en aquella época, el sida era considerada una enfermedad maldita de la que se conocía muy poco cómo actuaba o su modo de transmisión. El estigma que la rodeaba era enorme y gran parte de la población se negaba incluso a tocar a los enfermos por miedo a contagiarse. Además, muchas de sus víctimas eran hombres homosexuales y eso hizo que los estereotipos fueran aún más injustos y furibundos. La princesa fue una de las personas que más trabajó por derribar esos prejuicios: en abril de 1987, el hospital de Middlesex, en Londres, la invitó a inaugurar la primera sección del país enteramente dedicada a pacientes de sida. Diana no solo acudió, sino que decidió dar la mano a los doce pacientes. Hasta el último momento la prensa especuló con el hecho de que usaría guantes, pero no lo hizo. Aquel simple gesto derrumbó de golpe muchos miedos y, según muchos especialistas, fue clave para cambiar la imagen de la enfermedad.

Dos años después, Diana protagonizaría otro momento icónico. Durante un viaje a Nueva York fue a visitar un hospital y un orfanato en Harlem centrados en niños con sida. En una de las camas vio a un niño de siete años: se acercó y lo abrazó con fuerza. De nuevo la imagen salió en todos los periódicos.

No siempre lo que hacía era para las cámaras. Diana pasaba muchas horas en The Passage, un centro para personas sin hogar situado al lado de la catedral de Westminster. Algunas veces se llevaba a sus hijos para que descubrieran otra realidad y hablaran con los vagabundos. También iba a hospitales, sobre todo infantiles, y visitaba por sorpresa algunas asociaciones sin que la prensa estuviera presente. Según algunos de los testigos de aquellas visitas, su impacto en los enfermos era increíble: era capaz de empatizar con ellos en cuestión de segundos y muchos se sentían mejor después de haber hablado con ella. Aquella, sin duda, era su mejor versión: la de una mujer de gran corazón y un carisma descomunal que sabía relacionarse como nadie con personas de cualquier circunstancia y condición.

A Isabel le costó bastante entender la acción humanitaria de su nuera. «¿Por qué no se dedica a cosas menos tristes?», se la oyó decir una vez.21 Todos en la familia real visitaban hospitales y orfanatos, y la propia monarca había contribuido en el pasado a remover estigmas sobre enfermedades —visitó un centro de leprosos en un viaje a Nigeria en 1957—, pero siempre había una barrera que no traspasaban. A ella, por ejemplo, nunca se le hubiese ocurrido abrazar a nadie moribundo, no por miedo a contagiarse, sino por decoro y respeto. Semejantes imágenes siempre le han parecido excesivamente sensacionalistas.

Pero el mundo ahora quería precisamente ese mayor grado de empatía. Isabel no era del todo consciente de que Diana representaba lo que el pueblo demandaba: sentimientos, emoción, interacción humana, lágrimas. Los abrazos de la princesa demostraban simpatía y comprensión, mientras que la respetuosa distancia de la reina era vista como desinterés y frialdad.

La soberana estaba descolocada: si ya en la década de los sesenta le había costado entender el cambio súbito de hábitos, con la desaparición repentina de la deferencia a las instituciones y la irrupción de nuevos iconos culturales —como los Beatles o la minifalda—, la década de los ochenta fue para ella una pesadilla. Toda la sociedad parecía haber mutado de repente: la aristocracia ya no parecía tener valor y una nueva clase social de arribistas multimillonarios, generalmente ligados al mundo de las finanzas —los famosos yuppies—, eran ahora los que dominaban la escena. Los actores de cine y los cantantes eran los nuevos referentes morales. En vez de discreción y humildad, había ostentación a raudales, sin ninguna clase de pudor. Incluso la forma de vestirse y de peinarse parecía determinada a llamar la atención, con los pelos cardados hasta la extenuación, las hombreras grandilocuentes y los tejidos brillantes. Era una realidad totalmente ajena a una mujer como Isabel y durante años se sintió fuera de lugar, incapaz de entender lo que pasaba a su alrededor.

El símbolo de que el mundo que ella había conocido estaba desapareciendo para siempre llegó en 1986, cuando cumplió sesenta años. Tres días después de su aniversario, el 24 de abril, murió Wallis Simpson, duquesa de Windsor, en su casa de París, a los noventa años de edad.

Siguiendo los deseos del tío David, su ataúd fue trasladado a Inglaterra y enterrado en Frogmore, al lado de los restos del hombre que había renunciado al trono por ella. Isabel se encargó personalmente de que Buckingham mostrara el respeto debido a la mujer que, con todos sus defectos, había hecho feliz a su tío. Lord Airlie, el lord chambelán, viajó a París para supervisar el traslado, que se realizó en un avión de la Real Fuerza Aérea. A su llegada se ofició un funeral en la capilla de San Jorge, en Windsor, al que acudieron doscientas personas, entre ellas toda la familia real.

Saltándose el protocolo, Isabel también se ocupó de que las personas más cercanas a Wallis en sus últimos días tuviesen asientos destacados en las primeras filas.

Ya fuera de la capilla, junto al promontorio de Frogmore donde había de enterrarse el cuerpo, a Isabel se la vio llorar. Nadie sabe exactamente por qué, ni se sabrá nunca. Algunos creen que fue por pensar en las tragedias que habían tenido que aguantar todos por aquella historia de amor, los propios protagonistas y también su padre, a quien no le quedó más remedio que hacerse con el trono, lo cual, probablemente, le costó la vida.

Isabel siguió triste algunos días y solo se alegró cuando, al cabo de un mes, volvió a los Estados Unidos en otro viaje privado a Kentucky con Henry Porchester para seguir estudiando cómo los americanos criaban a los caballos y, de paso, comprar unos cuantos sementales.

De regreso a Inglaterra, Isabel tuvo uno de los pocos motivos de alegría de aquel año: a finales de julio se casaba su hijo Andrés con una pelirroja simpática, energética y algo vulgar llamada Sarah Ferguson.

Fergie, como pronto la conocerían en todo el mundo, no venía de la aristocracia, pero sí de una familia pudiente y muy respetable que se codeaba con las altas esferas. Su padre, Ronald Ferguson, era entrenador de polo del duque de Edimburgo y del príncipe de Gales. Su madre, Susan Rosemary, descendía de vizcondes y estaba emparentada con algunos de los mayores empresarios de carbón y hierro del país. Sarah había recibido una educación típica de una sloane: internado en Ascot y curso de secretariado en el Queen’s Secretarial College. Nunca había sido buena estudiante, pero sí una excelente deportista, sobre todo una gran jinete, una magnífica esquiadora y una más que notable jugadora de tenis. Sarah adoraba el campo, los perros y los caballos, algo que le haría ganar muchos puntos con la reina. Profesionalmente, no había destacado demasiado: tuvo trabajos de poca monta en una galería de arte, en una firma de relaciones públicas y, luego, en una editorial de arte en donde se encargó de algunos volúmenes interesantes, como uno dedicado a los impresionistas.

Como en el caso de Diana, Sarah venía de una familia rota: sus padres se habían divorciado después de que su madre se enamorara de un jugador de polo argentino, Héctor Barrantes, con el que se acabó casando. Sin embargo, a pesar del escándalo social, Sarah parecía haber salido de la experiencia con menos traumas y heridas internas que la princesa de Gales. Tenía una personalidad chispeante, divertida, siempre dispuesta a vivir aventuras y a reírse a carcajada limpia. No era elegante ni se vestía casi nunca con esmero —en realidad, era bastante extravagante—, pero tenía energía, era vivaz y muy simpática. A Isabel le encantó enseguida.

Además de su carácter, a la reina le gustó que Sarah iba a hacer sentar cabeza a su hijo. A pesar de que Andrés era su favorito, a Isabel no se le escapaba que era un bala perdida. Se decía que los sirvientes de palacio estaban hartos de sus pésimos modales y de su manera de tratarlos, y ni siquiera el ejército había conseguido enderezarlo. Además, no paraba de ligar y le gustaba demasiado una clase de mujeres que no eran, ni de lejos, las adecuadas para casarse con el segundo hijo varón de la soberana. Una de sus novias más duraderas había sido Koo Stark, una guapa fotógrafa y actriz americana que había participado en algunas películas subidas de tono.

Andrés y Sarah se conocieron en el verano de 1985. Ella conocía al príncipe de Gales a través de su padre y también había coincidido con Diana, de la que se había hecho amiga. Gracias a los príncipes, Sarah fue invitada a pasar unos días en Windsor durante la semana de las carreras de Ascot. Cuando llegó al castillo, fue conducida a su habitación y allí se encontró el típico sobre con el escudo real que contenía información detallada de todo el programa de eventos, desde la hora del desayuno a la etiqueta de la cena. En el interior había un gráfico estableciendo el orden de asientos en la mesa. Sarah supo por aquella cartulina que le había tocado almorzar al lado del príncipe Andrés. Una vez cara a cara, congeniaron enseguida y él, siempre un bromista, le hizo comerse todos los profiteroles a pesar de que ella no quería.22

A partir de ahí siguieron viéndose, aunque al principio la prensa no le dio importancia al asunto. Sarah, aunque guapa y exuberante, no parecía el prototipo de mujer que más atraía a Andrés, siempre del brazo de deslumbrantes modelos y actrices. Pero tenía armas más importantes que la hermosura: era encantadora, con un pedigrí perfecto y encima le había caído muy bien a la reina. También les gustaba a Felipe y a Carlos, el cual no perdía la oportunidad de echarle en cara a su esposa que ojalá se pareciera más a Fergie.

La boda se celebró en la abadía de Westminster el 23 de julio de 1986. Esa misma mañana, Isabel concedió a su hijo y su nueva nuera el título de duques de York. También les dio dinero para se construyesen una gran mansión en Sunninghill, un proyecto fastuoso que acabaría requiriendo cuatro años y varios millones de libras esterlinas. El escándalo en la opinión pública por semejante dispendio fue enorme.

Desgraciadamente, aquello fue solo el comienzo. Desde el principio, Sarah demostró una pasión por el lujo y el derroche que la prensa no dudó en criticar. Sus excentricidades eran sonadas; su gusto por aceptar regalos, desenfrenado; y su capacidad para gastar dinero, incontrolada. Parecía que solo supiera estar de vacaciones o comprándose el último modelo de Yves Saint Laurent —extranjero, además—. Isabel miraba todo aquello con angustia, pero nuevamente no tomó cartas en el asunto a tiempo. Su indecisión, otra vez, le saldría muy cara.

A pesar de la alegría por la boda de su hijo Andrés, 1986 acabó bastante mal para Isabel. El domingo 20 de julio, se enfrentó a una de las crisis constitucionales más graves de su reinado: el periódico The Sunday Times anunció, citando fuentes próximas a la soberana, que esta estaba harta de Margaret Thatcher. El artículo establecía que Isabel creía que su primera ministra no tenía corazón y que sus políticas estaban dividiendo al país. En concreto, se habría quejado amargamente del trato que Downing Street había infligido a los mineros durante las huelgas de 1984, de la cantidad de programas de ayuda social que estaban siendo desmantelados y de la sumisión del Reino Unido a los designios de los Estados Unidos: Thatcher dio permiso para que los aviones estadounidenses repostaran en territorio británico antes de ir a bombardear Libia.

El artículo aseguraba que la reina estaba especialmente enfadada por lo que ocurría en Sudáfrica. Estaba muy preocupada por la situación de la población negra y le indignaba que Thatcher hubiese anulado las sanciones económicas al país en represalia por su política del apartheid (la primera ministra consideraba que tales medidas solo iban a dañar la economía del país y que los negros serían los principales perjudicados).

En cuanto Isabel leyó el artículo de The Sunday Times llamó rápidamente a Thatcher para pedirle disculpas por lo sucedido. Buckingham enseguida publicó un comunicado desmintiendo que la soberana hubiese divulgado sus ideas políticas, y mucho menos que hubiese hecho declaraciones a un periódico. Aunque se sabía que la fuente era Michael Shea, el secretario de prensa de la reina, palacio fue tajante a la hora de desvincular a la monarca. Shea en persona llegó a pedir perdón a Thatcher y le aseguró que sus palabras habían sido malinterpretadas. Al año siguiente, dejó el cargo en palacio.23

Otra controversia esperaba a Isabel unos meses más tarde. La reina había querido contrarrestar los rumores sobre lo disfuncional de su familia con una intensa agenda oficial que tuvo como punto culminante su visita a China en octubre. Era la primera vez que una soberana británica iba a pisar el país e Isabel se preparó a fondo durante semanas, leyendo informes y estudiando la biografía del entonces líder, Deng Xiaoping. En principio, el viaje salió según lo esperado, Isabel se esforzó por tender puentes diplomáticos y consiguió congraciarse con el líder chino.

Todo parecía salir a pedir de boca, pero Felipe metió la pata hasta el fondo. A unos estudiantes británicos les comentó que si se quedaban demasiado tiempo en China se les rasgarían los ojos. La prensa, por supuesto, no tardó en recoger el comentario en portada. Aquello eclipsó todo el viaje: los esfuerzos diplomáticos de Isabel se fueron al traste.

Otro símbolo de que las cosas se desmoronaban a su alrededor llegó el 15 de junio de 1987: su cuarto hijo, el príncipe Eduardo, dirigió un programa de televisión, It’s a Royal Knockout, que fue un auténtico desastre.

Muy tímido, discreto y poco conocido entre el público —incluso en el Reino Unido—, Eduardo es sin duda el más calmado y agradable de los hijos de Isabel y Felipe. O, al menos, es el más apreciado en palacio por sus buenas maneras con el servicio. También es el más sensible: educado en Gordonstoun y Cambridge, demostró como su hermano Carlos un gran talento para la interpretación y destacó en las compañías estudiantiles de teatro. Sin embargo, a diferencia del primogénito, Eduardo se negó a seguir la carrera preestablecida para él y, después de estar unos meses en la Marina, pidió irse, harto de los rigores del mundo militar. El enfado de su padre fue monumental e Isabel también se mostró disgustada, aunque solo fuera porque se había dado una mala imagen: para ella, la monarquía debía ser sinónimo de sentido del deber y disciplina.

Eduardo fue el único hijo de la reina al que se permitió tener carrera profesional fuera de la institución. Primero se unió a la compañía teatral de sir Andrew Lloyd Webber y luego creó su propia productora de televisión. It’s a Royal Knockout iba a ser su gran creación: la idea era grabar un programa de entretenimiento en el que miembros de la familia real, ataviados con disfraces a cada cual más ridículo, se enfrentaran a celebrities en una serie de pruebas que parecían sacadas de las fiestas de un pueblo. El propio Eduardo, sus hermanos Ana y Andrés y la mujer de este, Fergie, aparecieron vestidos como si salieran de una película de los Tudor y se enfrentaron a actores como John Travolta o Jane Seymour. A pesar de que la retransmisión recaudó un millón de libras esterlinas para organizaciones de caridad, la imagen que ofreció la familia real fue lamentable. A quilómetros de distancia, la reina, viéndolo por televisión, no daba crédito: aquello daba vergüenza ajena. La prensa, por supuesto, se puso las botas criticándolo de lo lindo.

Era un aperitivo de lo que estaba por llegar.

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