La Reina
22 Annus Horribilis
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22 Annus Horribilis
Seguramente con la intención de ganar algo de la popularidad perdida, Isabel ordenó que se analizase detenidamente la gestión de los palacios y se propusiesen medidas para ahorrar dinero al contribuyente. El entonces lord chambelán, David Airlie, fue el encargado de realizar un estudio pormenorizado de todos los gastos. Airlie, gran amigo de Isabel, era un hombre que había triunfado como banquero y, ayudado por Michael Peat, un joven consultor de treinta y cinco años de la firma KPMG, se pasó más de un año entrevistando a todos los trabajadores de la Corona y repasando libros de cuentas. El resultado fue un informe de más de 1.300 páginas con cientos de propuestas.1
Isabel escuchó muy atenta las conclusiones del trabajo y, de manera muy profesional, hizo preguntas, tomó decisiones rápidamente y ordenó que se pusieran en marcha las recomendaciones. Algunas personas que estuvieron en aquellas reuniones explicaron más tarde que la reina se mostró sumamente ejecutiva: a pesar de que es una persona a la que le disgustan sobremanera los cambios, entendía que tenía que modernizarse para sobrevivir y que, cuando antes pusiera en marcha las variaciones necesarias, mejor. Fue rápida, decidida y dio indicaciones precisas y diáfanas de lo que quería.
Al cabo de pocos años, ya se habían implementado la gran mayoría de medidas: fue el proceso de modernización y mejora de la eficiencia de la monarquía más importante en siglos, el más ambicioso probablemente de toda la historia de la institución. Departamentos enteros fueron eliminados, todas las tareas duplicadas se acabaron, el personal se redujo —a través de jubilaciones— y el público empezó a tener más acceso a las colecciones reales de arte. Isabel estaba satisfecha, pero la prensa no prestó demasiada atención a sus esfuerzos.

Como si de un mal presagio se tratara, las crisis políticas del Reino Unido fueron solo el preámbulo de la retahíla de escándalos que estuvieron a punto de costarle a Isabel el trono. En 1987, Margaret Thatcher ganó por tercera vez las elecciones, pero ya había síntomas de que su liderazgo se agotaba y sus compañeros de partido estaban completamente hartos de ella. Importantes figuras empezaron a abandonar el barco: Nigel Lawson dimitió como canciller del Exchequer en 1988.
En 1989 comenzaron de verdad los escándalos de la familia real. Ese año, la princesa Ana anunció que se separaba del capitán Mark Philips. Era un secreto a voces en las altas esferas que la princesa y su marido llevaban tiempo haciendo vidas por separado y que ambos tenían aventuras extramatrimoniales. A Ana se la relacionó con Peter Cross, uno de sus guardaespaldas, y se llegó a decir que mantuvo un affaire con el mismísimo Andrew Parker Bowles.2 Él también tuvo amantes. El escándalo, sin embargo, llegaría cuando en abril de 1989 los periódicos publicaron algunas cartas de amor robadas que la princesa había recibido del comandante Timothy Laurence, uno de los equerries de la reina. A palacio no le quedó más remedio que reconocer lo obvio y se anunció la separación de la princesa, aunque se dejó claro que no había planes de divorcio. Pero sí que los había: en 1992 el matrimonio se rompió definitivamente.
El año 1990 parecía que por fin iba a ser un buen año para Isabel. Al menos, comenzó con una muy buena noticia: el nuevo presidente de Sudáfrica, Frederik Willem de Klerk, anunció el 2 de febrero que iba a liberar a Nelson Mandela, líder del Congreso Nacional Africano, que llevaba veintisiete años en la cárcel. Con aquel gesto comenzaba un proceso histórico para desmantelar el apartheid y organizar elecciones libres. Mandela siempre creyó que la presión de la Commonwealth y, en particular, el rol de Isabel pilotando la institución y ofreciendo liderazgo moral, habían jugado un papel determinante para su liberación. La reina, por su parte, se mostró pletórica al conocer la noticia y no dudó en prestar todo su apoyo a Mandela siempre que pudo.
Además de los avances en Sudáfrica, la economía británica había mejorado sustancialmente y el Reino Unido parecía ostentar de nuevo un gran prestigio internacional. Pero ninguno de esos triunfos pudo ayudar a Margaret Thatcher a mantenerse en el poder. En 1990 cometió un gravísimo error político: introdujo la poll tax, una especie de impuesto para sufragar los servicios públicos locales. En vez de hacerlo progresivo —los que menos tenían pagaban menos—, Thatcher optó por una cuota única con independencia del nivel de renta o circunstancias personales o sociales. El tributo, por tanto, se cebaba con las personas de rentas más bajas, lo que provocó manifestaciones y disturbios. Muchos biógrafos consideran que aquel fallo fue lo que realmente hizo caer a la primera ministra.
Pero hubo más. El euroescepticismo de Thatcher estaba sacando de sus casillas a sus propios compañeros de partido. Que se opusiera tajantemente a la introducción del euro hizo que Geoffrey Howe, el ministro de Asuntos Exteriores, dimitiera en noviembre de 1990. Dos semanas más tarde, Michael Heseltine, un antiguo estrecho colaborador de Thatcher, se enfrentó a la primera ministra por el liderazgo del partido. No lo logró, pero precipitó su caída.
En medio de un ambiente de cuchilladas por la espalda, odios y traiciones, Thatcher reconoció que no podía seguir controlando a los suyos por más tiempo y, en vez de esperar a que la echaran, decidió irse. La reina, que nunca había sentido excesiva simpatía por ella, pero a quien tampoco le gustó la manera en que tuvo que marcharse, intentó mostrarse conciliadora y, en un gesto de buena voluntad, le ofreció dos de las mayores dignidades del Estado: la Orden de la Jarretera y la Orden del Mérito.

Inmediatamente, Isabel tomó juramento a su nuevo primer ministro, John Mayor, un hombre de cuarenta y siete años con un pasado totalmente alejado del establishment. Su padre había sido trapecista en un circo de Estados Unidos y, de vuelta a Inglaterra, probó suerte con varios negocios sin que ninguno acabara de funcionar bien del todo. John había nacido en un barrio muy marginal y las dificultades económicas de su familia lo hicieron dejar el colegio a los dieciséis años. Fue encadenando varias ocupaciones hasta que pudo volver a las aulas. Luego comenzó una meteórica carrera en la banca, de la cual saltó a la política.
John Mayor era un tipo agradable, discreto y sumamente eficiente. En tan solo cinco meses cerró muchas de las rencillas internas del partido, cambió la detestable tax poll por un impuesto más progresivo y negoció hábilmente un acuerdo más que ventajoso con los europeos. En enero de 1991, además, cuando comenzó la primera guerra del Golfo después de que Irak invadiese Kuwait, Major gestionó con diligencia su relación con Washington. El Reino Unido enseguida envió tropas y el nuevo primer ministro forjó una gran amistad con George Bush padre, tan intensa y fructífera como la que habían establecido Thatcher y Reagan.
La comunicación entre Buckingham y Downing Street fue esta vez productiva y fluida. Major se encargó personalmente de mantener a la reina debidamente informada de todos los movimientos y le prestó todo su apoyo cuando tuvo que salir delante de las cámaras para dirigirse a la nación en su primer discurso de guerra. La contienda fue rápida y, poco después de finalizar, Isabel y Felipe estaban en un avión rumbo a Washington para sellar la amistad británica con la Casa Blanca.

De vuelta a Inglaterra, Isabel tendría que haber participado en una bonita celebración: el 29 de julio de 1991 se cumplían diez años de la boda entre Carlos y Diana. Pero no había nada que festejar.
En los últimos tiempos, la relación se había vuelto a recrudecer. James Hewitt había sido destinado a Alemania y, lo que era peor, había comenzado a hablar de manera poco discreta sobre su relación con la princesa, con lo que ella se mantuvo distante con él y lo fue apartando de su vida. Con aquella ruptura, Diana se quedó de nuevo sin apoyo y cariño. A pesar de que se la vio varias veces en lugares de moda, como el restaurante San Lorenzo, acompañada de algún amigo, se sintió perdida y sin saber qué hacer, por lo que de nuevo comenzó a desarrollar hábitos erráticos.
Regresaron las peleas a gritos con Carlos y el matrimonio llegó a tal nivel de odio mutuo que empezaron a vivir separados y solo coincidían algunos fines de semana en Highgrove, aunque tampoco es que se toparan el uno con el otro. En cuanto Diana llegaba, se encerraba en su habitación, encendía el televisor y apenas salía. Hacía lo imposible por no coincidir con Carlos en el desayuno y cada uno comía y cenaba en un salón distinto.
Unas cuantas tragedias no hicieron más que acabar de romper los pocos lazos que los unían. Para mantener las apariencias y pasar algo de tiempo con sus hijos, seguían yendo a esquiar juntos, pero en 1988, Carlos sufrió un aparatoso accidente en Klosters. A pesar del mal tiempo, insistió en salir a esquiar con varios amigos y escogió una ruta especialmente complicada. Desgraciadamente, se produjo una avalancha: el príncipe de Gales quedó atrapado bajo la nieve durante un rato que se le hizo eterno; uno de sus acompañantes, el mayor Hugh Lindsay, murió sepultado. Carlos regresó al chalet donde se hospedaba en estado de shock. Diana, en vez de mostrarse empática, le echó en cara su egoísmo y su irresponsabilidad. Aquello fue un golpe del cual la pareja ya no se recuperaría.
El nivel de incomprensión llegó a tal extremo que, el primer día de clase de Guillermo en el internado preparatorio de Ludgrove, en septiembre de 1990, los príncipes protagonizaron una escena que parecía sacada de una película a medio camino entre James Bond y los Monthy Pytton. Ella llegó de Londres en su coche; él condujo el suyo desde Highgrove. Pocos metros antes de llegar al internado, aparcaron los automóviles detrás de unos arbustos y Diana y Guillermo se metieron en el vehículo de Carlos. La familia llegó junta a la puerta del colegio para que las cámaras los retrataran. Al dejar a Guillermo, el matrimonio salió en el mismo coche, pero se volvieron a separar al cabo de pocos metros.
Todo aquello era, por supuesto, surrealista y ridículo y solo provocó que ambos se hundieran aún más en la miseria. Diana en particular se sentía tan sola que volvió a su obsesión patológica con Camila y Carlos. Tal fue su odio hacia la pareja que llegó a enfrentarse abiertamente a la amante de su marido. Fue en la fiesta de cuarenta cumpleaños de la hermana de esta, Annabel Elliott, y según varios presentes, la princesa pidió a Camila poder hablar un momento y le echó en cara que sabía todo lo que pasaba entre ella y Carlos.

El 1 de julio de 1991, cuando Diana cumplió treinta años, los tabloides, lejos de felicitarla, publicaron ya abiertamente rumores de que el matrimonio de los príncipes de Gales no era, ni mucho menos, el cuento de hadas que muchos aún creían, sino que en realidad se había tornado en una horrenda pesadilla para sus protagonistas. En concreto, un tal Andrew Morton publicó un largo perfil en The Sunday Times donde, entre otros secretos, desveló que la princesa iba a pasar su aniversario completamente sola en el palacio de Kensington. En realidad, Carlos se había ofrecido a organizarle una fiesta en Highgrove y ella lo había rechazado, pero este pequeño detalle se ocultó a los periodistas.
Aquel artículo sacudió a gran parte de la opinión pública, que todavía quería creer en la versión idílica que les habían vendido. Poco a poco fueron apareciendo más detalles que confirmaban los peores temores y, muy astutamente, Diana comenzó a soltar pistas para reforzar su prestigio en detrimento de su marido. Los británicos, que ya veían con muy buenos ojos a la princesa por su belleza y sus actividades de beneficencia, la empezaron a percibir como una madre ejemplar y esposa entregada; Carlos se transformó, en cambio, en un ser despreciable, soso, anticuado, excéntrico y poco de fiar.
Al príncipe, desde luego, le enervaba esta narrativa tan simplista y poco realista, pero Diana estaba demostrando ser una genio de las relaciones públicas y él, un auténtico desastre. Parecía como si solo supiera meter la pata cuando hablaba con los periodistas. Encima, un conjunto de pésimas casualidades no hacía más que dar carnaza a la prensa. Poco antes, en junio de 1991, el príncipe Guillermo sufrió un pequeño accidente en el colegio —le dieron sin querer con un palo de golf en la cabeza y perdió el conocimiento— y fue inmediatamente llevado al hospital. Diana corrió a su lado y no se movió de allí mientras el pequeño pasaba por el quirófano. Carlos, en cambio, al saber que la herida no era profunda y que la intervención no entrañaba excesivos riesgos, decidió seguir con su agenda oficial: aquel día tenía una recepción muy importante con ministros europeos de medioambiente. Los tabloides no se lo perdonaron y algunos le echaron en cara que era un mal padre.
A Carlos le molestó especialmente que, durante un viaje a Canadá, en octubre de 1991, cuando ambos subieron al yate Britannia para encontrarse con sus hijos que los esperaban en cubierta, Diana se saltase todo el protocolo, apenas hablase a la tripulación y fuese corriendo a dar un gran abrazo a Guillermo y Enrique que, por supuesto, fue grabado por las cámaras. Carlos, unos minutos después, fue igual de efusivo con los niños y, saltándose su habitual timidez, también abrazó y besó a sus hijos, pero a nadie pareció importarle. Diana protagonizó todas las portadas del día siguiente y él quedó de nuevo retratado como un pésimo padre.
Diana estaba ganando claramente la batalla de la opinión pública, pero quería más. Después de haber triunfado con su campaña para superar los estigmas del sida, en 1991 dio un paso más, profesionalmente hablando, y comenzó a crear su imagen de mujer solidaria y comprometida que más tarde se asociaría siempre a su persona. Con ayuda de un nuevo secretario privado, Patrick Jephson, un tipo brillante, eficiente y tan hábil con el branding como la propia princesa, dejó atrás su imagen de icono de moda, solo centrada en el último modelo que llevaba puesto, y empezó a potenciar su faceta más ejecutiva y sustancial. Kensington ya no informaba sobre la ropa que llevaba la princesa a los actos y pasó a la ofensiva con eventos milimétricamente pensados para las cámaras.3
En su visita a la India, esta nueva Diana se consolidó mundialmente. Carlos y ella cumplieron disciplinadamente con su agenda oficial, pero mientras él se embarcaba en una retahíla de reuniones con empresarios para conversar de economía, ella se fue a ver a la madre Teresa de Calcuta. Habló con los enfermos, tocó a leprosos y se agachó para saludar a personas de las castas más bajas. Luego vino su gran golpe maestro, la fotografía que daría la vuelta al mundo: aprovechando que Carlos se había marchado a Delhi para seguir con sus reuniones comerciales, ella puso rumbo al Taj Mahal y se fotografió completamente sola enfrente del gran monumento al amor. La semiótica del momento no dejaba lugar a dudas.
Diana acabó 1991 con triunfos indudables como princesa y como agente de marketing. Pero quería más: quería que el público solo conociese y creyese su versión de su matrimonio, lo que le llevó a dar un paso a todas luces arriesgado: colaborar en un libro donde se contase su historia. La princesa llevaba tiempo tratando de dar pistas al público de la verdadera situación de su relación con Carlos y pensó en contactar discretamente con algún periodista para que escribiera un libro con su versión de la historia. El resultado de aquella maniobra sacudiría los cimientos de Buckingham.

El año 1992 tendría que haber sido bueno para Isabel —cumplía su cuarenta aniversario en el trono— y, para celebrarlo, ya en su discurso de Navidad de 1991 dijo solemnemente que pensaba seguir al pie del cañón mucho tiempo más. «Con vuestras oraciones y vuestro apoyo, y con el amor y apoyo de mi familia, intentaré seros útiles en los años venideros».
Pero su familia, desgraciadamente, no iba a estar por la labor. Isabel no pudo ni siquiera disfrutar de las Navidades tranquilamente: a principios de enero, se publicaron unas fotos más que comprometidas de Sarah Ferguson con un millonario tejano llamado Steve Wyatt.
Isabel sabía que el matrimonio de su segundo hijo no era tan fuerte como hubiese querido creer: él estaba permanentemente fuera de casa por sus obligaciones en la Marina y ella se sentía muy sola. Había años en los que solo coincidían cuarenta y cinco días juntos y, cuando lo hacían, en vez de divertirse o salir con amigos, su vida era aburrida a más no poder. A pesar de que Andrés tenía imagen de juerguista empedernido, la verdad es que desde que se casó cambió por completo y prefería quedarse en casa viendo la televisión o, como mucho, salía a jugar al golf.
Sarah se había acostumbrado de soltera a una existencia cosmopolita rodeada de amigos de la jet y quería seguir disfrutando de cenas y fiestas. Sin embargo, su día a día de casada, más que elevar su estatus, limitó sus oportunidades: la mayor parte del año residía en un modesto apartamento dentro de Buckingham de tres habitaciones sin ningún tipo de lujos y, en vez de disfrutar de fondos a raudales, tuvo que vivir con el exiguo sueldo de Andrés como marino. Como no podía trabajar fuera de la monarquía, Sarah comenzó a aceptar regalos de compañías no siempre recomendables y se juntó con personas que acabarían haciéndola caer.
No había duda de que el matrimonio se quería y que, a pesar de sus diferencias, había amor genuino entre ellos. La pareja tuvo dos hijas —Beatriz, nacida en 1988, y Eugenia, en 1990— y siempre demostraron ser unos padres excelentes. Pero ni siquiera el amor que se profesaban pudo mantenerlos juntos y Sarah acabó buscando refugio en los brazos de otros. En noviembre de 1989, en un viaje oficial a Houston, conoció a Steven Wyatt, hijo de la heredera de las tiendas Saks, y enseguida quedó deslumbrada por aquel joven estadounidense y, sobre todo, por la fortuna que lo rodeaba. Volvieron a verse en Inglaterra y, por lo que se especula, enseguida se enzarzaron en un romance intermitente. Sarah y sus hijas llegaron a veranear en Cap Ferrat con Wyatt y él fue invitado a Buckingham. A pesar de que ni se escondían demasiado ni eran excesivamente discretos, Andrés se negó a creer que su mujer tuviera un amante. Hasta que aparecieron las fotos de los dos jugando en una piscina.
Toda la familia real estaba en Sandringham cuando se publicaron. En realidad, siguiendo la tradición de las clases altas, los periódicos esperaban en la mesa del desayuno para que cualquiera los pudiera leer. Felipe, al principio, intentó rebajar la tensión y dijo en broma: «Yo también me apunto», en referencia a las escenas de juegos acuáticos. Pero a Isabel no le hizo tanta gracia la situación y enseguida llamó a Sarah y a Andrés a su salón privado.4 Andrés, furioso pero contenido, le dijo abiertamente a su madre que quería separarse. La reina les pidió que siguieran juntos seis meses para que recapacitaran y solucionaran sus rencillas. Pero no había nada que hacer: «Mi decisión está tomada, madre», concluyó tajante.
La reina estaba desesperada. «Sarah ni ha intentado ser la esposa de un marino», se quejó amargamente.5 Para ella, que sus días en Malta habían sido los mejores de su existencia, no entendía cómo alguien podía haberse aburrido con semejante vida de libertad. Claro que su situación había sido muy diferente: Isabel y Felipe, juntos en la isla del Mediterráneo, salían a bailar prácticamente cada semana y organizaban un sinfín de actividades con amigos. Los York no habían tenido nada parecido.

La publicación de las fotos no solo supuso el primer gran escándalo de los hijos de Isabel, también destacó por el nivel inaudito de las críticas aparecidas en los periódicos. Incluso los más serios y prestigiosos, como The Sunday Times, admitieron que la realeza últimamente no hacía nada más que divertirse, gastar un dinero desorbitado y dar una imagen lamentable tanto en el interior como en el extranjero.
Buckingham entró en pánico y comenzó una agresiva campaña de comunicación para contrarrestar la nefasta imagen que estaban dando los Windsor. Palacio llevaba tiempo colaborando con la BBC para elaborar un documental donde se hablase del trabajo de la reina y su labor constitucional y, cuando EIIR se emitió, el 6 de febrero de 1992, fecha del aniversario del acceso al trono de Isabel, al menos el público pudo ver a una monarca profesional que se preocupaba por los británicos. Isabel aún tenía pesadillas del anterior documental de la familia real y había pedido que este no tuviera nada que ver: aquí no habría escenas familiares, solo imágenes de eventos y de preparación de los mismos. Como novedad, eso sí, la reina aceptó que se la grabara hablando de su trabajo y comentando aspectos de su vida. Fue una de las pocas veces que se la oyó hablar de forma espontánea, sin papeles o discursos formales.
La emisión del programa logró calmar algo los ánimos, pero el ambiente seguía muy caldeado y Buckingham entendió que no podía quedarse simplemente de brazos cruzados a la espera de que amainase el temporal. Robert Fellowes, que había sido promocionado a secretario privado en 1990, convenció a Isabel de que tenía que plantearse la posibilidad de pagar impuestos, algo a lo que la soberana se había negado tajantemente hasta ese momento. Es cierto que la reina Victoria y su sucesor, Eduardo VII, lo hacían, pero su padre, Jorge VI, no lo había hecho y ella siempre había querido seguir su ejemplo. No obstante, comprendió que no tenía más remedio que claudicar, aunque antes de tomar cualquier decisión al respecto quiso que se reuniesen expertos y le preparasen un informe sobre las consecuencias.

El 29 de marzo de 1992, el padre de Diana, el conde Spencer, murió de un ataque al corazón. Diana estaba con Carlos y sus hijos en la estación de esquí de Lech, en Austria, y en cuanto supo la noticia se encerró en su cuarto a llorar desconsolada. Enseguida dio órdenes de que prepararan un avión para llevarla de regreso a Inglaterra, pero dejó claro que quería volar sola, sin Carlos. Hizo falta mucha diplomacia e incluso una llamada personal de la reina para que semejante despropósito no tuviera lugar: la imagen de Diana aterrizando en Londres sin su marido y llorando a lágrima viva hubiese sido otro desastre de imagen para el heredero que palacio no estaba dispuesto a tolerar.
Ella aceptó finalmente, pero se negó a que fueran juntos en coche hasta el funeral en la iglesia de Santa María en el condado de Northamptonshire. Diana acudió por su lado y Carlos voló en helicóptero desde Londres. Palacio tuvo que explicar que el príncipe tenía que atender una reunión ineludible esa misma mañana.
Aquello fue una muestra más de lo rota que estaba la relación, pero lo peor aún estaba por llegar. El domingo 7 de junio, The Sunday Times apareció en los kioscos con un titular que sacudiría a la Corona: «Diana intentó suicidarse cinco veces por culpa de un indiferente Carlos». Y por si no hubiera sido lo suficientemente sensacionalista, añadía: «Diana asegura que no será reina». Era solo el primer anticipo de Diana: su verdadera historia, el libro de Andrew Morton en el que Diana había participado y en donde se desvelaban abiertamente los problemas del matrimonio de los príncipes de Gales.
Se hablaba de la bulimia de ella, de las infidelidades de él con Camila y de la frialdad de la familia real hacia la princesa. Diana aparecía retratada como una mujer atrapada en una pesadilla; Carlos, como un pésimo padre y aún peor marido. A partir de ese momento, ya no habría marcha atrás. Con la publicación del libro de Morton se activó toda una maquinaria que acabaría por poner fin al matrimonio de Carlos y Diana.

Andrew Morton había conocido a Diana en 1986 cuando ella acudió al hospital de St. Thomas para inaugurar un nuevo escáner. Era una visita sin especial relevancia ni interés mediático, pero la princesa lo había hecho por amistad con el doctor James Colthurst, a quien conocía desde la juventud. Colthurst era uno de los pocos que conocía realmente la tristeza de Diana, la desesperación que vivía en su matrimonio y sus problemas de bulimia, y aquel día, Morton intuyó que entre la princesa y el médico había una gran afinidad.6
Durante meses, Morton apareció por la cantina del hospital para irse ganando poco a poco su confianza. Al mismo tiempo, fue publicando regularmente artículos críticos sobre Carlos para llamar la atención de Diana. Cuando esta se enteró de que Morton y Colthurst se conocían y de que el periodista planeaba escribir un libro sobre ella, decidió dar el gran paso: ella colaboraría, aunque nunca se sentaría personalmente con él ni se podría reconocer jamás su implicación.
Diana fue muy astuta con la elección de Morton: él era por entonces un reportero sin pedigrí ni excesivo prestigio, por lo que no tenía ningún lazo con el establishment ni tampoco lo quería. Así como el resto de los cronistas de la realeza se mostraban serviciales e incluso cortesanos con la monarquía, a él, el futuro de la institución le importaba bastante poco. Casi lo mismo que a la pequeñísima editorial con la que solía trabajar: O’Hara Books. Desde luego, nadie podría haber sospechado que aquel periodista supuestamente insignificante y aquella minúscula firma iban a dar la exclusiva del siglo.
Morton y la princesa establecieron un modus operandi que parecía sacado de una novela de espías: Colthurst iba a visitar a Diana en el palacio de Kensington, en la cesta de la bicicleta llevaba una grabadora y unos folios con las preguntas, Diana era grabada mientras contestaba y el médico llevaba luego las cintas al apartamento de Morton. El contenido era explosivo: que si Carlos le había provocado la bulimia, que si Camila siempre había estado ahí desde el principio, que si se había intentado suicidar varias veces. El periodista completó el texto con declaraciones de familiares y amigos de la princesa.
Cuando el editor tuvo el manuscrito en las manos dudó incluso que pudiera publicarlo: era demasiado sensacionalista pensar que una mujer que siempre aparecía radiante y sonriente en público pudiese vivir en realidad semejante calvario. Según la periodista Tina Brown, para dar credibilidad a su historia, Diana llegó a robar cartas que Camila había enviado a Carlos —y que este guardaba en un maletín en Balmoral— como prueba de que lo que había dicho era verdad.7 La editorial decidió seguir adelante.
Cuando el libro estuvo listo, Morton se lo envió a algunos periodistas para hacer prepublicaciones en la prensa. Casi todos se negaron pensando que era imposible que todo aquello fuera verdad, pero Diana movió discretamente algunos hilos para que The Sunday Times, un diario serio y prestigioso, tuviese la certeza de que el contenido era verídico.
El día antes de que publicara un adelanto en la prensa, palacio se enteró de la bomba mediática que iba a explotar y los teléfonos comenzaron a echar humo. Diana fue directamente preguntada por su implicación y ella negó tener algo que ver, pero cuando palacio preparó un comunicado asegurando categóricamente que el contenido de la noticia era falso, ella se negó a firmarlo. No solo eso: contactó con un periodista para que la fotografiaran días más tarde saliendo de la casa de Carolyn Bartholomew, una antigua compañera de piso en Coleherne Court que había sido una de las principales fuentes de Morton. Con aquella instantánea, Diana dejaría claro que su amiga había dicho la verdad.
El día de la publicación del adelanto en The Sunday Times, la princesa estaba en Highgrove. Como de costumbre en las escasísimas ocasiones en que coincidían bajo el mismo techo, Carlos bajó antes a desayunar que ella. Tomó el periódico, leyó la noticia conteniendo la rabia y subió a hablar con su esposa. Al cabo de unos minutos, Diana salía de su habitación a lágrima viva, cogía su coche y se largaba a Londres.8
A las pocas horas, el príncipe de Gales recibió una llamada pidiéndole que fuera a Windsor a reunirse con sus padres. Encontró a su madre, además de furiosa por el artículo, absolutamente atónita. Quería saber cómo la prensa había llegado a tener semejante información y qué papel había jugado Diana exactamente en su publicación. Qué había de cierto en todo aquello fue lo siguiente que preguntó. Isabel tenía conocimiento de las dificultades del matrimonio de su hijo mayor, pero nunca había llegado a semejante nivel de detalle escabroso.
Aquel día, seguramente por primera vez en su vida, mantuvo una conversación franca con su hijo. Y lo que escuchó le hizo entender que no había más remedio que empezar a pensar en una separación de la pareja. Sorprendentemente, incluso Felipe se mostró de acuerdo, apoyó a su hijo y, en un gesto inaudito, escribió aquella misma noche una larga carta a Carlos donde alabó su «paciencia de santo».
El 15 de junio apareció un segundo adelanto en The Sunday Times del libro de Morton. Ese mismo día, los príncipes de Gales fueron llamados por la reina y Felipe para que acudieran a Windsor. Diana explicaría que el duque de Edimburgo estaba fuera de sí, hecho una furia, y la acusó de mentir deliberadamente a Morton. Isabel se mostró desesperada y también enfadada.
La reina, siguiendo su costumbre, exigió que la pareja se diera seis meses para recapacitar antes de tomar una decisión precipitada, pero en el fondo ya sabía que no había nada que hacer. A los pocos días, en las carreras de Royal Ascot, quedó claro que nadie en la familia real quería saber nada de Diana: Felipe no le dirigió la palabra, ni tampoco la reina madre. La princesa puso buena cara en público, pero en cuanto pudo se agazapó en un lugar discreto, fuera de las miradas del público, y rompió a llorar desconsoladamente.
Estaba previsto que Diana volviese a reunirse con la reina y Felipe, pero decidió irse a Londres. El duque de Edimburgo, un poco más calmado, le escribió una carta en donde intentaba mostrarse conciliador: él, mejor que nadie, entendía lo que era unirse a la familia real y que la vieja guardia de palacio te odiase. Su matrimonio con la reina también había pasado por serias crisis, los rumores de infidelidades habían sido notorios desde el primer día y muchos en el establishment se habían cebado con él. Felipe entendía que Diana no lo había tenido fácil, pero también quería hacerle recapacitar sobre su errático comportamiento. «¿Crees sinceramente que no has tenido algo que ver en la ruptura de tu matrimonio?», le vino a decir. Eran palabras bienintencionadas, pero como siempre pasaba con él, las expresó de manera demasiado directa y tajante. Diana se las tomó como un insulto y en su carta de respuesta le dejó claro que, desde su punto de vista, los culpables de su infelicidad eran otros. Carlos y Camila, para ser exactos.9

Dado que estaba claro que aquel matrimonio no iba a ninguna parte, Carlos decidió consultar abogados para empezar su proceso de separación y en Downing Street se programaron reuniones de alto nivel para tratar un eventual divorcio. En paralelo, el heredero, desesperado por la pésima imagen que de él se daba en el libro —sobre todo le dolió que Diana lo hubiese acusado de ser mal padre, algo que no era—, empezó a pensar en cómo contrarrestar esa narrativa.
La idea que tuvo acabaría por hundirlo aún más, pero en principio le pareció una magnífica iniciativa: aprovechar que se acercaba el veinticinco aniversario de su investidura como príncipe de Gales para hacer un documental de televisión que explicase su trabajo y, sobre todo, su versión de su historia con Diana. Hacía unos meses, en pleno año 1991, había grabado un programa de una hora con la periodista Selina Scott para la cadena ITV en donde el príncipe explicaba su apoyo a las comunidades locales de Gales que habían sufrido mucho con las crisis económicas y, sobre todo, su defensa de la lengua gaélica. Carlos quedó tan contento con el resultado que pensó en volver a hacer algo parecido y enseguida contactó con Jonathan Dimbleby. Durante dieciocho meses, el prestigioso periodista viajaría con el príncipe y tendría acceso a numerosos documentos, incluso trozos de diarios y cartas personales, que prácticamente nadie había visto antes.
Mientras su hijo se enfrascaba en el documental, Isabel intentó que Carlos y Diana siguieran apareciendo juntos en público para dar una imagen de unidad. En julio salieron al balcón de Buckingham en la celebración anual del Trooping the Colour y, a finales de ese mes, participaron en la cena de gala del cuarenta aniversario de Isabel en el trono.
La reina puso luego rumbo a Balmoral con la esperanza de poder desconectar de todos los escándalos. Pero no pudo descansar ni un solo día. El 20 de agosto, el Daily Mirror publicaba en portada fotos de Sarah Ferguson en toples en una piscina de Saint-Tropez mientras un hombre que no era su marido le chupaba los dedos de los pies. El hombre en cuestión resultó ser John Bryan, un empresario estadounidense que Steve Wyatt le había presentado y que se había convertido en el asesor fiscal de la duquesa de York.
Cuando Isabel se enteró de los detalles, se quedó de piedra. Resultaba que, después de la conversación que había mantenido con Sarah y Andrés en enero para intentar arreglar la situación, ella, en lugar de quedarse en Inglaterra con su marido, se había ido de vacaciones con el tal Bryan. Se llegó a especular con una ruta de lo más exótica: Tailandia, Indonesia, cinco días en Argentina y unos días más en París. También se cree que Sarah se fue a principios de agosto de nuevo de viaje con su asesor fiscal, esta vez a Saint-Tropez, a una villa rodeada por una valla tan baja que cualquier intruso podía superarla fácilmente. Un paparazzi italiano los pilló infraganti mientras disfrutaban de lo lindo en la piscina.
Sarah y Andrés estaban en Balmoral cuando las fotos aparecieron publicadas. En principio, la duquesa de York había ido a discutir con la reina y sus asesores su futuro como mujer separada, el dinero que recibiría de la casa real y cómo quedaría la custodia de las pequeñas Beatriz y Eugenia. Pero todos los planes de buena voluntad de palacio se esfumaron de un plumazo en cuanto vieron las fotos. Isabel, absolutamente furiosa, mandó llamar rápidamente a Sarah a su salón privado. En cuanto salió de la reunión, la duquesa de York hizo las maletas, tomó a sus hijas y se fue a la casa que los York tenían en Surrey. Como nadie había avisado de su llegada, el servicio no estaba y no había nadie para abrirle la gran puerta de la entrada. Los fotógrafos no pararon de acosarla mientras ponía cara de circunstancias en el interior del vehículo.

La periodista Tina Brown publicó que, con el tiempo, Sarah Ferguson llegó a sospechar que, en realidad, detrás de todas aquellas fotos de Saint-Tropez estuvo la mano de Diana10. Lo creía porque prácticamente nadie —tan solo los guardaespaldas de Fergie y Diana— sabían que la duquesa de York iba a estar en aquel chalet francés. A pesar de que las cuñadas se habían llevado siempre muy bien, últimamente su relación se había enfriado. Además, y quizás lo más importante, Diana sabía que se iba a publicar una información muy negativa sobre ella en pocos días y podría haber querido crear una cortina de humo lo suficientemente grande como para que nadie viese detrás.
La hipótesis tiene sentido porque, cuatro días después de las fotos de Sarah Ferguson en toples, The Sun llevaba otro titular escandaloso de la princesa: «Mi vida es una tortura». Nadie supo exactamente cómo, pero una conversación telefónica de Diana había sido grabada hacía años, en la Nochevieja de 1989, mientras estaba en Sandringham con el resto de la familia real. La princesa de Gales había llamado a James Gilbey, un antiguo novio de la juventud con quien había mantenido el contacto y del que se rumoreaba que por entonces era algo más que un paño de lágrimas. Y, de hecho, algo de verdad debía de haber cuando durante la conversación él le dijo a Diana que no se había masturbado en cuarenta y ocho horas y que sentía unos celos enfermizos cuando la veía en las revistas. Por no decir que incluso le había puesto un apodo cariñoso: squidgy, algo así como calamarcito. Pero no era el contenido sexual lo que más interesaría a los tabloides. Diana reconocía abiertamente que Carlos la torturaba y que no soportaba seguir casada. Por lo que se averiguó, la cinta había llegado a varios tabloides, pero solo uno se atrevió a publicarla.11
Diana estaba avergonzada, pero el público en aquel momento estaba tan enamorado de ella gracias al libro de Morton que le pasaron por alto el hecho de que hubiera tenido amantes. Además, la situación de Sarah, aún más humillante que la suya, sirvió de tapadera perfecta.

En octubre, los príncipes de Gales pusieron rumbo a Corea del Sur. La reina había insistido en que fueran y, aunque al principio Diana se había negado en redondo, cambió de opinión cuando Carlos le dijo que tendría que ser ella quien explicase a los periódicos por qué iba. El viaje fue un verdadero desastre: ninguno de los dos podía ya soportar estar al lado del otro ni siquiera en público y las caras de asco que se dirigieron empañaron todas sus apariciones. La situación fue tan bochornosa que el Gobierno británico tuvo que pedir perdón por el espectáculo ofrecido a las autoridades coreanas.
Desde Londres, Isabel pensó que ya nada peor podía sucederle, pero se equivocaba. El 20 de noviembre, casualmente el día de su aniversario de boda, recibió una llamada de su hijo Andrés diciéndole que Windsor estaba ardiendo. El castillo llevaba en obras ya unos días para instalar nuevo cableado eléctrico y, afortunadamente, muchas obras de arte, sobre todo cuadros y mobiliario, habían sido trasladadas a lugares seguros. Pasadas las once de la mañana, una pequeña chispa prendió una de las cortinas de la capilla. En poco tiempo, no solo la capilla estaba en llamas, también muchos salones nobles cercanos. Horas después, una de las grandes torres, la Brunswick Tower, estaba ardiendo.
Isabel, que siempre se ha sentido muy unida al lugar —con Balmoral, es su residencia favorita—, se enfundó rápidamente unas botas y una larga gabardina con capucha y partió inmediatamente. En cuanto llegó descubrió un escenario dantesco y se le vio con lágrimas en los ojos, absolutamente devastada.12 El incendio no se lograría dominar hasta bien entrada la noche y no se apagó del todo hasta las dos y media de la madrugada.
Cuatro días más tarde, el martes 24 de noviembre, Isabel participó en un almuerzo en el Guildhall de Londres para conmemorar su cuarenta aniversario en el trono. Tendría que haber sido una ocasión solemne y festiva, pero la reina estaba muy triste. Con la voz muy ronca por un fuerte constipado que arrastraba y con el semblante apesadumbrado, comentó en su discurso que aquel 1992 tendría que haber sido un gran año para ella, un Annus Mirabilis, pero se había transformado en su Annus Horribilis. Por si alguien no lo había entendido, The Sun se encargó de traducirlo al vernáculo: «One’s bum year», «Mi año de mierda», puso en un titular.
Pero aún quedaba más. En cuanto se hizo público que la reparación de Windsor, unos sesenta millones de euros, sería sufragada en parte con fondos públicos, la ira del pueblo se echó encima de la soberana. Los británicos no podían entender por qué sus impuestos tenían que ser destinados a un castillo que solo disfrutaba la familia real, una familia que estaba demostrando ser sumamente disfuncional y bastante egoísta. Por no decir que nadie comprendía por qué una mujer tan rica como Isabel, con una de las mayores fortunas del mundo, no podía correr ella misma con los costes. Más teniendo en cuenta que no pagaba impuestos.
El escándalo fue de tal calibre y los editoriales de los periódicos tan furibundos, que la Casa Real entró en modo pánico y Downing Street llamó para pedirles que rectificaran lo antes posible. El día 26, seis días después del incendio, el primer ministro John Mayor anunciaba que la reina no solo iba a asumir los costes de restauración de Windsor, sino que a partir de entonces pagaría impuestos. Desde Buckingham se informó además de que, a partir del siguiente verano, se abrirían al público los palacios para recaudar fondos que permitiesen hacer frente a la nueva política económica de la familia real. Isabel, que se había negado inicialmente a transformar su hogar en una atracción turística —lo consideraba una intrusión en su intimidad, una invasión casi—, no tuvo más remedio que claudicar.

Mientras su madre se enfrentaba a incendios y polémicas, Carlos puso rumbo el día 25 de noviembre para decirle a Diana que había llegado el momento de separarse formalmente. Aunque la situación se daba por hecha, la verdad es que ninguno de los dos había dado el paso definitivo de poner el proceso legal en marcha. Pero había que hacerlo. Se decidió que ella se quedaría a vivir en Kensington y que él seguiría en Highgrove. Cuando el príncipe fuese a Londres se hospedaría en York House, una casa de cinco habitaciones dentro del recinto del palacio de St. James. Ambos compartirían la custodia de sus hijos.
En principio, Diana se mostró pletórica con la decisión. Él, más que efusivo, se mostró aliviado porque aquella pesadilla se hubiera acabado. El 9 de diciembre, John Mayor tomaba la palabra en la Cámara de los Comunes y anunciaba solemnemente que «con pesadumbre, los príncipes de Gales han decidido separarse. Sus Altezas Reales no tienen planes de divorciarse y sus posiciones constitucionales quedan inalteradas. La decisión ha sido tomada de manera amistosa y ambos continuarán participando activamente en la crianza de sus hijos». Con aquellas palabras se ponía fin a una historia que había comenzado supuestamente como un cuento de hadas.

Carlos inició su nueva vida de hombre separado de la peor manera posible: a principios de enero de 1993, su imagen quedó para siempre ligada a la de un Tampax.
De la misma manera que Diana había sido grabada subrepticiamente mientras hablaba por teléfono, una conversación altamente comprometedora de Carlos y Camila también fue misteriosamente interceptada en diciembre de 1989. El príncipe no estaba aquel día en Highgrove, sino en Eaton Lodge, en la mansión de los duques de Westminster; Camila estaba con sus hijos en su casa de Wiltshire.13 Lo que comenzó como una charla perfectamente rutinaria fue subiendo de tono cuando ella le aseguró: «No puedo soportar una noche de domingo sin ti». A lo que él contestó: «Yo te necesito varias noches por semana». Luego ella gimió y anunció: «Te necesito todos los días de la semana, todo el tiempo». Y gimió de nuevo al proclamar: «Oh, darling, oh, te quiero ahora mismo».
Si el diálogo hubiera acabado aquí, con Camila haciendo ruidos que fingían un orgasmo, el escándalo no hubiese adquirido las proporciones que más tarde alcanzaría. Pero Carlos metió la pata y le dijo entre risas que «la única manera de vivir siempre dentro de ti sería estando dentro de tus pantalones. O siendo un Tampax». Lo que era una broma de mal gusto acabaría protagonizando las portadas de diarios de todo el mundo. La prensa lo llegó a bautizar como el Tampaxgate.14
En cuanto se publicó, Carlos quedó clarísimamente avergonzado; su madre estaba directamente estupefacta. Aquello no solo era patético, sino que el heredero del trono del Reino Unido había echado por la borda su imagen pública. Todos los esfuerzos de Carlos para parecer un hombre serio y con sustancia quedaron en nada frente aquella poderosa metáfora.

A Diana, en cambio, el Tampaxgate le hizo reír a carcajada limpia. Aquello no solo demostraba que ella tenía razón y que su marido y Camila llevaban siendo amantes mucho tiempo, sino que ridiculizó de tal manera a Carlos que iba a ser muy difícil que saliera con su imagen ilesa.
Lo sucedido, sin duda, le dio fuerzas para comenzar su nueva vida con mucha energía. Tras el anuncio de su separación, Diana se dedicó a estudiar detenidamente la estrategia que seguiría a partir de entonces. Con muy buen criterio y unas habilidades para el marketing superlativas, decidió que transformaría su fama, que a estas alturas era ya estratosférica, en una marca personal increíblemente poderosa a nivel global. Su secretario privado, Patrick Jephson, explicaba que el trabajo de la princesa consistía en ser «como Disney: llevar la felicidad a la gente»,15 pero ella haría mucho más. Diana decidió que se acabaría posicionando como la famosa más comprometida y solidaria del mundo, combinando actos en Inglaterra con continuos viajes al extranjero y campañas de activismo muy bien seleccionadas. Ella fue la primera en idear la fórmula entre glamur y justicia global que luego siguieron figuras como Angelina Jolie.
Para empezar, Diana comenzó a cambiar su imagen: en vez de trajes británicos perfectos para una princesa, adustos y recatados, llenó su armario de piezas de Versace y otros diseñadores internacionales más adecuados para una profesional cosmopolita y sofisticada que actuaba a nivel global. Sus escotes se hicieron más pronunciados; sus faldas, más cortas; las líneas, más rectas y entalladas. Los bolsos pasaron a ser de Chanel y, sobre todo, de Dior.
Diana, que nunca había destacado por su oratoria a la hora de dar discursos —en realidad, era bastante mala—, llamó a un consultor de comunicación, Peter Settelen, para remediar su falta de habilidades. En pocos meses, los resultados fueron sorprendentes. El contenido de los discursos también se modificó: en vez de las cuatro obviedades bienintencionadas pero insípidas que había tenido que decir como princesa, ahora dio mensajes de mucho calado. En abril de 1993, participó en la primera conferencia que se hizo en Gran Bretaña sobre los desórdenes de alimentación. Meses más tarde, dio un discurso fabuloso sobre la salud mental de las mujeres.