La Reina
22 Annus Horribilis
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Sus viajes al extranjero también fueron notables. Muy astutamente, se cameló a los ministros de Asuntos Exteriores para que la dejaran representar a Gran Bretaña en misiones humanitarias. En marzo de 1993 viajó a Nepal; en julio, puso rumbo a Zimbabue con la Cruz Roja y se dejó fotografiar en un puesto de socorro sirviendo comida a niños desnutridos. Las imágenes salieron en todos los tabloides y las revistas y, gracias a las buenas artes de la princesa y Jephson, también en unos cuantos diarios serios.

Diana tendría que haberse sentido más que satisfecha con semejantes éxitos, pero no lo estaba. En realidad, se encontraba vacía y completamente sola, sin nadie en quien confiar ni a quien acudir. Su comportamiento, siempre fluctuante cuando estaba en períodos de gran ansiedad, ahora se volvió caótico y acabó en manos de una serie de acupunturistas, astrólogos y otros gurús que no hicieron más que confundirla.
Se volvió una auténtica adicta a las terapias alternativas, de la osteopatía a la irrigación de colon.16
Que Carlos y Camila siguieran juntos le sacaba especialmente de quicio. Diana reconoció amargamente que la publicación del libro de Morton y el Tampaxgate, en el fondo, les habían hecho un favor: ya no tenían que esconderse y ahora podían disfrutar más libremente de su relación. Ella, en cambio, no tenía a nadie: intentó rehacer su vida amorosa, pero se fijó en hombres casados que no estaban dispuestos a divorciarse. Primero se encaprichó de Oliver Hoare, un experto en arte árabe y graduado en la Sorbona muy atractivo, de cuarenta y siete años.17 Pero era el marido de una rica aristócrata francesa a la que no le hizo ninguna gracia que la princesa de Gales le llamase tantas veces por teléfono. Diana también flirteó abiertamente con Will Carling, el capitán de la selección inglesa de rugby, pero otra vez él estaba con otra.
Semejantes fracasos amorosos hicieron que Diana nuevamente perdiera la estabilidad emocional y, cosa rara en ella, comenzara a cometer errores de comunicación. Que casi siempre usase a Richard Kay del Daily Mail para filtrarle exclusivas acabó por despertar las envidias del resto de la profesión. Los otros tabloides contraatacaron y empezaron a publicar historias no siempre favorables de la princesa: no solo se llegó a decir que estaba enamorada de Hoare, sino que lo llamaba hasta veinte veces al día. Referencias explícitas a su relación con James Hewitt también aparecieron por entonces. Su imagen pública, hasta ahora inmaculada, se tambaleó peligrosamente y empezó a perder el apoyo del público.
Diana necesitaba darse un tiempo, descansar y recapacitar, y decidió anunciar públicamente que iba a dejar la vida pública por unos meses. El 3 de diciembre de 1993, en un evento en el hotel Hilton, tomó el micrófono y dijo: «En los meses siguientes, intentaré buscar una manera más adecuada de combinar un rol público con una vida más privada». Y cuando acabó se puso a llorar delante de las cámaras.
Todos los analistas dieron por hecho que Diana se retiraba de la arena pública, pero se equivocaban: no estaría fuera mucho tiempo, tan solo el necesario para tomar aire.

A la reina le pareció una treta más de Diana con la prensa, una nueva acción desesperada para que los periódicos volvieran a hablar de ella en términos favorables y el público continuara sintiendo lástima por ella. Y no iba del todo desencaminada: si realmente hubiese querido desaparecer de la vida pública, habría ido dejando de acudir a actos poco a poco y se habría marchado haciendo el menor ruido mediático posible. Con semejante anuncio tan solo quiso llamar la atención. Y lo consiguió.
Carlos era de la misma opinión que su madre. A estas alturas le seguía sacando de quicio que su esposa fuera tan astuta con los medios y él tan patoso. El príncipe se desesperaba al pensar que sus escándalos personales estaban empañando todos sus éxitos como heredero. Que, siendo sinceros, eran bastantes, aunque nadie en la prensa pareciera hacerle caso.
Así como Diana había emergido como una persona muy humanitaria, Carlos también estaba encontrando su camino.18 En los últimos años, para evadirse de sus problemas, en vez de regresar a los libros de Laurens van der Post, se había enfrascado en los clásicos literarios en lengua inglesa, sobre todo Shakespeare. Tanto le gustaban que, en un acto para honrar el cumpleaños de Shakespeare, aprovechó para hablar de la necesidad de establecer un currículum educativo más ambicioso, con más contenido en las artes y la literatura. Fue un intento bienintencionado y, sin duda, encomiable, pero muchos profesores se quejaron de que estaba insultándolos y menospreciando sus esfuerzos. El ministro de Educación también se enfadó, aunque con el tiempo recapacitó, hizo caso al príncipe y aceptó incluir el estudio de la obra de Shakespeare en todos los colegios y niveles educativos.
Carlos lo vio como un triunfo —y, sin duda, lo fue— y, animado por su raro éxito, creó una escuela de verano junto con la Royal Shakespeare Company para que los actores dieran clases a los profesores sobre cómo despertar en los alumnos la admiración y el interés por las obras teatrales del bardo. También por aquella época empezó a preocuparse seriamente por la conservación del patrimonio histórico y decidió crear un Instituto de Arquitectura para promocionar técnicas de construcción tradicionales, sostenibles y más en consonancia con la vida de las comunidades rurales.
Su proyecto más destacado y más ambicioso fue, sin duda, el desarrollo de Poundbury, un nuevo barrio a las afueras de Dorchester, en el ducado de Cornualles, siguiendo principios de urbanismo respetuosos con el medioambiente y pensado a escala humana. Cuando comenzó, en 1993, muchos arquitectos le echaron en cara que sus ideas eran anticuadas y que lo moderno era el alquitrán y los bloques de cemento, pero él perseveró. El resultado fue laudable: calles peatonales, mucha vivienda social, materiales poco contaminantes, abundancia de zonas verdes, lugares comunitarios y tejido económico local, incluyendo una fábrica de chocolate. Carlos demostró que se había convertido en un urbanista y gestor extraordinario, mucho mejor que la gran mayoría de los políticos del país. Pero la prensa no se lo tuvo en cuenta.

Mientras Carlos y Diana seguían con sus luchas, la reina veía aquel culebrón con absoluta consternación. En público mantenía la compostura, pero en privado se la veía muchas veces de muy mal humor y no hay duda de que algún día debió de tomar algún martini más de lo que era habitual en ella. En pequeñas cenas con amigos no ocultaba que se sentía disgustada, incluso depresiva, y preguntaba insistentemente qué había hecho mal y en qué había fallado. Nadie pudo darle una respuesta convincente y tan solo su hija Ana la supo reconfortar lo suficiente como para que la soberana no cayera en una espiral depresiva profunda.
Muy ingenuamente, Isabel intentó que su hijo mayor y su nuera pudieran mantener una relación civilizada y, en una maniobra desesperada por acercarlos, invitó a Diana a Sandringham para pasar las Navidades en familia. Pero la presión de los medios fue tan intensa que la princesa tuvo que irse antes de tiempo. La reina también insistió en que Diana fuera invitada a cenas de gala en Buckingham y a los actos más destacados de la familia real.
Dado que nada podía hacer por unir a los príncipes de Gales, su prioridad fue que sus nietos estuvieran protegidos y a salvo de los escándalos. El internado de Ludgrove, en el condado de Berkshire, resultó perfecto para ello. Era un centro de mucha disciplina y exigencia académica, pero en medio de un ambiente afectuoso y amable. El director se encargó personalmente de que no hubiese demasiados periódicos a la vista y que el príncipe Guillermo —y, más tarde, Enrique— no se enterasen de lo que se decía en televisión del matrimonio de sus padres. Para tenerlos ocupados, aparte de las clases y de los deberes, los matricularon en un sinfín de actividades extraescolares, sobre todo deportivas.
Además, Carlos y Diana iban a verlos con frecuencia, sobre todo él que vivía más cerca y podía acercarse los fines de semana. A diferencia de Felipe, Carlos participaba activamente en todas las actividades del colegio y se mostraba entusiasmado con los avances de sus hijos. En los meses de vacaciones se le veía dando largos paseos con Guillermo y Enrique y enseñándoles a pescar.
También se preocupó por su rendimiento académico. No había duda de que los niños habían pasado por situaciones de mucha ansiedad y sus notas se resintieron. El príncipe se encargó de rodearlos de tutores con técnicas pedagógicas modernas y eficientes. Además, contrató a una nueva niñera para hacerles compañía, una joven de veintiocho años llamada Alexandra Legge-Bourke, apodada Tiggy, que pronto se hizo muy amiga de los pequeños príncipes.19 Tiggy venía de una familia muy acomodada y tenía referencias fantásticas: su padre era banquero y su madre, dama de compañía de la princesa Ana. Era dinámica, divertida y le encantaba el campo. «Les doy lo que necesitan en este momento: aire libre, rifles y caballos —dijo en una ocasión—. Ella [Diana] les da una raqueta de tenis y una caja de palomitas en el cine».20
La segunda parte no hubiese sido necesaria, pero no dejaba de ser verdad. Diana no tenía ninguna casa en el campo y no podía ofrecer a sus hijos las actividades que tanto les gustaban —ambos se habían aficionado a la caza—, por lo que no le quedaba más remedio que llevarlos a comer hamburguesas a un McDonald’s o a pasar el día en un parque de atracciones. La prensa lo interpretaba como que Diana quería que sus hijos vivieran experiencias normales, pero la verdad es que no tenía muchas más opciones. Carlos, desde la distancia, se removía al ver cómo sus hijos eran expuestos a las cámaras y los periodistas aprovechaban para recordarle lo mal padre que supuestamente era. Pero no podía hacer nada.

El 29 de junio de 1994, se emitió Carlos: el hombre en privado, el rol público, el documental que el príncipe había grabado con Jonathan Dimbleby para intentar enmendar su desastrosa imagen pública. Desgraciadamente, aquel programa iba a conseguir justo lo contrario: iba a hundirlo aún más en la miseria.
Isabel no fue consultada en ningún momento sobre el proyecto, pero en cuanto supo de su existencia comentó que le parecía un tremendo error. Carlos no debía optar por las técnicas sensacionalistas de Diana, sino hacer todo lo contrario: había de guardar un elegante silencio, dejar que pasara el tiempo y amainara la tormenta. Camila estaba de acuerdo e imploró a Carlos que no apareciera en televisión. Pero el príncipe era demasiado impaciente —y estaba demasiado harto— como para esperar a que cambiara el viento sin hacer él nada.
El documental tendría que haberlo reposicionado en la opinión pública y la verdad es que, durante los tres primeros cuartos de hora, la imagen de Carlos salió reforzada. El príncipe explicó el —excelente— trabajo que su fundación estaba haciendo para ayudar a los jóvenes sin trabajos en barrios marginales y apareció hablando con personas que lo habían perdido todo. Se mostró sencillo, humilde y muy preocupado por la situación de millones de personas con vidas complicadas y sin esperanzas de mejorar. También apareció jugando con sus hijos y mostrándose como un padre cariñoso y atento. Sin embargo, esta magnífica imagen se truncó justo cuando Dimbleby empezó a hacerle preguntas personales.
—¿Intentó serle fiel a su esposa? —quiso saber el entrevistador.
—Sí —contestó Carlos.
—¿Y lo fue?
—Sí... Hasta que el matrimonio quedó irremediablemente roto.
En el interior del palacio de Buckingham muchos asesores se llevaron las manos a la cabeza: delante de una audiencia de millones de personas, Carlos acababa de reconocer que le había puesto los cuernos a Diana. El príncipe quería dejar claro que Camila no fue su amante hasta pasados muchos años de casado y que solo regresó a sus brazos porque su matrimonio era un desastre. Pero nadie llegó tan lejos: los británicos se quedaron con la parte en que había sido un adúltero y que la pobre Diana había dicho la verdad en el libro de Morton.
La princesa, por cierto, intuyendo lo que Carlos podía decir en el documental, apareció la misma noche del estreno en un evento de Vanity Fair en la galería Serpentine de Londres. Hacía semanas que había rechazado la invitación, pero dos días antes de su celebración, en cuanto se enteró de que coincidía con la emisión del programa, llamó para confirmar su asistencia. Diana no solo apareció puntual y sonriente, sino que salió del coche enfundada en el vestido más sexi que encontró: era un traje negro entallado de chifón, con un amplio escote y una especie de lazo lateral que había diseñado una creadora griega poco conocida, Christina Stambolian. Lo había adquirido hacía algunos años, pero nunca se lo había puesto por miedo a que resultara excesivamente atrevido. Pero aquella noche fue la ocasión perfecta para estrenarlo. La prensa lo bautizó «el vestido de la venganza» y no era para menos: Diana dejó claro que ella era una mujer espectacular y que no pensaba esconderse. Al día siguiente, su imponente figura acaparó todas las portadas y su marido se tuvo que conformar con un rincón en las mismas.
Isabel no quiso ver el programa de su hijo entero, pero al día siguiente no pudo evitar los trozos en que se repetía hasta la saciedad la terrible frase de «Sí.... Hasta que el matrimonio quedó irremediablemente roto». Resopló con asco y resignación y pensó seriamente que su hijo había cometido un terrible error. Otro más. Pero no iba a acabar ahí la cosa: Dimbleby no solo hizo un documental, sino que también escribió una biografía del príncipe, que salió publicada en noviembre de 1994. Nuevamente, The Sunday Times se encargó de dar un suculento adelanto y lo que publicó le dolió a Isabel incluso más que el programa de televisión. Carlos la acusaba en el libro de haber sido una mala madre o, cuando menos, de haberse mostrado siempre fría y distante. Felipe quedaba retratado como un maltratador psicológico. Diana aparecía como una histérica y una neurótica. Nadie, al parecer, se había dignado a apoyar mínimamente a Carlos: todos se había confabulado para menospreciarlo y ningunearlo. Tan solo Camila, que aparecía como poco menos que una santa, le había dado cobijo emocional y una muy buscada estabilidad.

El documental y el libro de Dimbleby no solo pusieron a Isabel de muy mal humor. También provocaron que, meses más tarde, los Parker Bowles se divorciaran. Andrew debió de pensar que una cosa era que tu mujer te pusiera los cuernos con el príncipe de Gales y otra muy distinta que este lo aireara a toda la nación en horario de máxima audiencia, así que el 10 de enero de 1995 se hizo público que la pareja iba a poner fin a su matrimonio y que ya habían puesto a la venta su casa en el condado de Wiltshire.
Para Camila aquella época fue de las peores de su vida. Para empezar, había sufrido una gran tragedia personal: su madre luchó largamente contra la osteoporosis y el 14 de julio de 1994, dos semanas después de que se emitiese el documental de Carlos por televisión, murió. A esta pérdida se unió que apenas podía salir de casa sin ser hostigada por anónimos que la veían como una adúltera. Incluso se dice que una mujer le lanzó una lechuga en un supermercado. Además, estaban sus problemas económicos: al parecer, apenas tenía dinero para sufragar las facturas más básicas.
Poco a poco sus problemas se irían arreglando. Después de vender la casa de Wiltshire y, gracias a la ayuda financiera de unos cuantos amigos de Carlos, pudo comprarse una gran mansión, Ray Mill House, una finca de 17 acres de terreno cercana a su antiguo hogar. El príncipe se encargó de arreglarle el jardín y también de pagarle las asistentas, los jardineros y el chófer. Con el tiempo, el príncipe se encargaría de pagarle todo un nuevo vestuario y de regalarle joyas.
Desde la distancia, Diana veía aquellas atenciones de Carlos hacia su amada con verdadera envidia, pero ahora al menos ella había recuperado puntos en la opinión pública. Tras el fiasco del documental de Dimbleby, el pueblo británico se olvidó de los amantes de la princesa y la volvieron a ver como a una santa despechada. Ni siquiera cuando en octubre de 1994 se publicó Princess in Love (La princesa enamorada), de Anna Pasternak, en donde James Hewitt detallaba con pelos y señales su relación con Diana, a esta le afectó demasiado.
Ella aprovechó para volver a la arena pública y en 1995 se embarcó en multitud de viajes al extranjero, de Japón a Argentina pasando un par de días en Moscú, donde acudió al Bolshói a ver el ballet La sílfide y visitó un hospital infantil. Su estancia en Tokio fue especialmente exitosa: acudió como representante de la Cruz Roja británica y visitó hospitales infantiles, centros de tratamiento del cáncer, albergues para personas sin hogar y una clínica de rehabilitación de drogas. Incluso se atrevió a dar un breve discurso en japonés. De vuelta a Londres, Diana comenzó una agresiva campaña para ganarse el favor de editores de periódico: los invitaba a comer en Kensington o se reunía con ellos regularmente para filtrarles información.
Sus éxitos internacionales le dieron fuerzas para reunirse con Carlos en público: el 6 de septiembre de 1995, ambos acompañaron a Guillermo en su primer día en el prestigioso internado de Eton. La reina hubiese preferido que su nieto siguiera la tradición familiar y fuera a Gordonstoun, pero Carlos no quería ni oír hablar de someter a su hijo a la misma tortura que él había sufrido. Diana estaba de acuerdo: todos los hombres de su familia habían ido a Eton y ella no hubiese soportado la idea de tener a su hijo en Escocia. En esto, al menos, Carlos y Diana hicieron un frente en común. Aquel día, ambos pusieron buena cara, y muchos asesores tanto en Buckingham como en Kensington y en Highgrove pensaron que quizás podía ser el primer paso para un acercamiento. O, como mínimo, para una tregua amistosa que les permitiera trabajar juntos. Desgraciadamente, lo que iba a pasar en pocas semanas dinamitó cualquier posibilidad de entendimiento.

Por lo que se pudo saber después, Diana fue víctima de las malas artes de una serie de personas que entonces trabajaban en la BBC y, en especial, de un productor del programa Panorama llamado Martin Bashir. Este quería conseguir el bombazo mediático del siglo: una entrevista en exclusiva con la princesa Diana de Gales. Y estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para conseguirlo. Supuestamente se inventaron pruebas y se falsificaron documentos para que Diana sospechara que la estaban espiando y que había una conspiración contra ella para eliminarla o, cuando menos, silenciarla. La princesa se puso tan nerviosa que volvió a perder la claridad mental y, como siempre sucedía cuando estaba alterada, dio un paso poco calibrado y de consecuencias impredecibles: aceptó conceder la entrevista.
El domingo 5 de noviembre, Diana se sentó en una de las salas de su apartamento de Kensington para grabar varias horas de entrevista con Bashir. Todo se llevó a cabo con el mayor de los secretos: como era festivo, apenas había nadie de servicio en palacio y a las personas de seguridad les dijeron que la princesa esperaba unos paquetes con un nuevo hilo musical, por lo que nadie sospechó cuando empezaron a aparecer cajas con cables.
Se maquilló y peinó ella misma, se enfundó un traje chaqueta y comenzó a hablar a Bashir. El explosivo programa empezó a anunciarse el 14 de noviembre —casualmente, el mismo día del cumpleaños de Carlos— y se emitió el 20 —el aniversario de boda de la reina—. Uno de los directores de Eton, consciente del impacto que podía tener todo aquello en Guillermo, llamó a Diana para pedirle que fuera a la escuela y le explicase a su hijo de antemano lo que iba a decir en televisión. Un fotógrafo captó el instante en que madre e hijo conversaban. Por lo que se vio en las imágenes, el pequeño príncipe quedó prácticamente devastado.
Diana también tuvo que acudir a Buckingham a dar explicaciones ante sus suegros. Pero esta vez se negó a dar detalles. Felipe le advirtió: «Ten cuidado o te quitaremos el título». Ella no se amedrentó: «Mi título es más antiguo que el tuyo, Felipe».21
Londres estaba desierto la tarde de la emisión y se calcula que más de quince millones de espectadores vieron la entrevista en directo. Su contenido los dejó con la boca abierta: Diana hablaba, no a través de subterfugios o las páginas de un libro, sino en primera persona, de su bulimia, sus problemas en su matrimonio, sus intentos de suicidio y de lo mal que se había portado palacio con ella. Hacia el final de la entrevista dio una de las frases más famosas: «It was three in our marriage, so it was a bit crowded», «éramos tres en el matrimonio, con lo que estaba bastante concurrido». Luego vino el «no quiero ser reina de este país, quiero ser la reina en los corazones y las cabezas de las personas». Dejó caer que Carlos no estaba preparado para ser rey, que ella preferiría que la corona pasase directamente a su hijo y aseguró que su marido estaba orquestando una campaña contra ella para hacerla pasar por loca e inestable.
En aquella entrevista Diana apareció como una genio de la comunicación: fue asertiva, próxima, humilde pero contundente. No apareció como una persona con problemas mentales, sino como alguien que había sufrido mucho y que había tenido que sobrevivir en medio de condiciones sumamente adversas. En realidad, dio la imagen de alguien maduro y que reflexionaba lo que hacía. Sus frases fueron cortas, concisas y directas al grano. Su mirada suplicaba atención y su voz resultaba calmada, pero firme. Fue pura maestría.
En Buckingham, sin embargo, nadie se fijó en su oratoria: muchos pensaron que aquello era alta traición. Algunos asesores de Diana también lo creyeron: el propio Patrick Jephson, consciente de que Diana se había pasado de la raya y que aquello iba a romper todos los puentes con Carlos, dimitió al día siguiente.
La reina estaba atónita y nuevamente furiosa. Tanto, que pensó que ya no había nada que hacer. Aquella situación solo estaba provocando que Carlos y Diana se intentasen hacer daño mutuamente. Con gran pena y después de consultar a varias personas, el 18 de diciembre les escribió una carta a cada uno donde les ordenaba que se divorciaran.22

Carlos llamó a una de las mayores especialistas en divorcios del Reino Unido: Fiona Shackleton.23 Diana contrató a un joven abogado, Anthony Julius, que no era especialista en divorcios, pero sí un magnífico negociador y, sobre todo, entendía que aquello no solo iba a ser una batalla legal, sino sobre todo mediática. Diana estaba de acuerdo.24
La princesa demostró una gran sangre fría durante todo el proceso y jugó sus cartas con mucha astucia. Primero permaneció callada y no dijo si aceptaba o no el divorcio, lo que puso nervioso a palacio. La propia reina acabó llamándola para preguntarle cómo iba el proceso y qué se podía hacer para agilizarlo. Pero ella no dio su brazo a torcer. Ganó el tiempo suficiente para dar tiempo a su equipo a hacer las averiguaciones pertinentes y saber cuánto dinero podían pedir. Diana quería salir del divorcio siendo una mujer económicamente independiente y con una paga mensual lo suficientemente abultada como para costearse su alto tren de vida que incluía, entre otras muchas cosas, un presupuesto desorbitado en ropa y cosméticos. Se calcula que la princesa se dejaba al mes miles de libras esterlinas tan solo en peluquería, maquillajes y tratamientos de estética.
La cifra que calcularon sus asesores fue de diecisiete millones de libras esterlinas —unos veintiún millones de euros— más cuatrocientas mil libras adicionales al año para sufragar sus gastos de oficina y de representación.25 En cuanto supo la cifra, Carlos por poco se mareó.
La reina se reunió nuevamente con Diana para acabar de solucionar otros temas: se quedaría a vivir en Kensington, vería a sus hijos siempre que quisiera, pero no podría seguir usando el tratamiento de alteza real. Tendría que ser llamada Diana, princesa de Gales, sin más. A Diana le dio completamente lo mismo, pero los periódicos se pusieron las botas con aquel cambio de estatus que significaba que, a partir de su divorcio, tendría que empezar a hacer reverencias al resto de mujeres de la familia real.
El divorcio se certificó en agosto de 1996. Ese día, ella acudió al English National Ballet; él estaba con sus hijos en Balmoral.26