La Reina

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23 Un túnel en París

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23 Un túnel en París

Después de su divorcio, Diana emergió como la gran mujer que aún hoy recordamos, glamurosa, humanitaria, extraordinaria. Se quitó de en medio a muchos cortesanos, se centró en las organizaciones de caridad que más le interesaban y, siguiendo una buena idea de su hijo Guillermo, decidió subastar en Nueva York sus vestidos de cuando era princesa.

Diana aceptó posar para el fotógrafo peruano Mario Testino y que el reportaje apareciera en Vanity Fair en julio de 1997, un año después de su divorcio. Aquellas imágenes se convirtieron en las más icónicas de la princesa: son los retratos donde aparece más guapa, más divertida y más espontánea que nunca. En vez de la Diana en lágrimas o con la cara seria que había poblado las portadas de los tabloides durante años, ahora surgía una mujer sonriente, fuerte e independiente, dispuesta a comenzar una nueva vida.

Irónicamente, después de su divorcio, las relaciones entre Carlos y Diana mejoraron notablemente. Si la princesa pareció revivir en poco tiempo, él también empezó encontrarse más a gusto consigo mismo y se embarcó en nuevos proyectos. Dio discursos muy potentes sobre las relaciones entre Occidente y el mundo islámico y la necesidad de un mayor entendimiento. Incluso sus finanzas mejoraron. Hacía tiempo que había puesto en marcha Duchy Originals, una marca de productos fabricados orgánicamente en los terrenos de su propiedad, pero, aunque había sido una buena idea, no acababa de triunfar empresarialmente y solo acumulaba pérdidas. Con la ayuda de nuevos asesores, mejoró la estrategia de negocio y comenzó a obtener ganancias millonarias que destinó a financiar las actividades de su fundación. También organizó un gran concierto en Hyde Park para recaudar fondos y consiguió que Bob Dylan y Eric Clapton actuasen. En cuanto el príncipe salió al escenario, los asistentes lo aplaudieron.

En 1996, Carlos decidió mejorar su imagen en los medios y contrató a un experto en comunicación, Mark Bolland, un tipo totalmente alejado de los asesores que normalmente rodeaban al príncipe. Él venía de un ambiente de clase trabajadora, no había ido a ninguno de los exclusivos colegios que frecuentaba la élite y era abiertamente homosexual. También era un lince en gestión de medios y, a diferencia de los anteriores colaboradores de Carlos, entendía las tácticas de la prensa.1 El príncipe lo conoció a través de la abogada de Camila y le encargó enseguida un trabajo tan formidable como intimidatorio: transformarlo en alguien popular.

Bolland fue nombrado vicesecretario privado y enseguida puso orden en la caótica oficina del príncipe: hizo que Carlos despidiera a unos cuantos asesores y empezó poco a poco a llamar a periodistas destacados para filtrarles temas. También puso en marcha una operación llamada «PB», por Parker Bowles, para restaurar el prestigio de Camila y presentarla al público como la perfecta compañera del príncipe de Gales.

Bajo la batuta de Bolland, Camila vivió una transformación sorprendente. En poco tiempo no solo comenzó a peinarse mejor y a usar maquillaje —incluso se llegó a rumorear un lifting, aunque luego fue desmentido—, sino que empezó a participar activamente en actividades de caridad. En julio de 1997, coincidiendo con su cincuenta cumpleaños, se hizo pública una foto de la «nueva Camila» y se anunció que había sido nombrada patrona de la Sociedad Nacional de la Osteoporosis. Artículos elogiosos en la prensa se sucederían e incluso el ultraprestigioso New Yorker, biblia de la intelectualidad neoyorquina, le dedicó un largo perfil en términos bastante elogiosos.

Esta vez, las mejoras de imagen de Camila no le importaron a Diana. Ella también había encontrado una pareja estable, un cirujano paquistaní llamado Hasnat Khan.

Diana lo había conocido a finales de 1995 en el hospital Royal Brompton donde él trabajaba. El marido de Oonagh Shanley-Toffolo, la acupuntora de la princesa, había sufrido una grave hemorragia tras un triple bypass y Diana corrió a visitarlo. Khan era su médico y, en cuanto lo vio, la princesa no pudo dejar de pensar que era sumamente atractivo.2

Durante dos semanas seguidas, Diana acudió a diario a visitar al enfermo, y así se fue haciendo amiga de aquel médico fascinante. Luego empezaron a verse en Kensington y enseguida iniciaron una relación, aunque Khan, por motivos religiosos, no quiso consumar sexualmente su unión hasta que ella obtuvo el divorcio.3

La princesa se enamoró tanto de él que pensó seriamente en convertirse al islam. Aquella fue la unión más intensa y positiva que tuvo en su vida, la que más la llenó. También fue la más normal: él no venía ni de la aristocracia ni de la clase alta —aunque sí de una familia influyente de Lahore—, no tenía ningún interés en la fama o en el lujo. Con él podía ser una persona anónima: incluso se escabullía a su pequeño apartamento en Chelsea y se dedicaba a fregar los platos.

Como ya le había pasado con Hewitt, la estabilidad emocional que le dio Natty, como ella lo llamaba, le sirvió para que diera grandes pasos profesionales. Diana quería hacer algo realmente ambicioso y llamó a la Cruz Roja para estudiar en qué campañas podría implicarse. Mike Whitlam, su director, le habló de la causa que la acabaría haciendo mundialmente famosa: la iniciativa para acabar con las minas antipersona.4

Diana se entusiasmó y, para concienciar a la opinión pública, decidió grabar un documental sobre el terreno mostrando los devastadores efectos de esas armas. Después de varias reuniones en Londres para estudiar datos e informes —a donde Diana acudió de manera muy ejecutiva, con traje de chaqueta y maletín—, el 13 de enero de 1997 la princesa aterrizó en Luanda, capital de Angola, acompañada de Whitlam y lord Deedes, el editor del prestigioso The Daily Telegraph.5

El paisaje era desolador: después de veinte años de guerra civil, el país estaba repleto de minas antipersona y allá donde mirases se veían personas con alguna extremidad amputada. El número de muertes por explosiones súbitas de minas, sobre todo de niños, era aterrador. Diana tuvo que seguir instrucciones precisas de un técnico de la Cruz Roja para pisar solo el terreno que había sido limpiado. A veces, para llegar a hospitales, tuvo que mirar bien dónde ponía los pies para evitar pisar una mina por accidente. En las camas de hospital se veía a niños que acababan de perder brazos o piernas. Apenas había sábanas ni material sanitario adecuado. Las imágenes eran, sin duda, dramáticas.6

En principio, Diana se tendría que haber quedado en Luanda visitando hospitales, pero en medio del viaje, viendo que la prensa solo la sacaba con niños pequeños y no tocaba el tema de los artefactos explosivos, decidió ir a Cuito, la ciudad con más minas antipersona de toda África. Allí trabajaba Halo Trust, una organización británica que se encargaba de buscarlas con detectores de metales y detonarlas controladamente. El problema era que, desgraciadamente, no siempre se podían localizar todas las cargas y muchas personas morían por las explosiones en zonas que supuestamente estaban limpias. El riesgo de caminar por las calles de Cuito era enorme, pero Diana no se amedrentó. La llevaron a una zona en las afueras donde acababan de detonar minas y ella, ataviada con un visor y un mínimo equipo de protección, decidió andar delante de las cámaras. Un par de periodistas le dijeron medio en broma que no tenían la foto que buscaban y que volviese a caminar. Para sorpresa de todos, lo hizo.7 Las imágenes dieron la vuelta al mundo.

En Londres, el gobierno conservador puso el grito en el cielo, pero no por la tragedia humana en Angola ni por la extraordinaria valentía de la princesa. Los tories se habían opuesto a la prohibición masiva de minas antipersona y varios miembros destacados del Gobierno no dudaron en criticar abiertamente a Diana. Adujeron que era una bala perdida, que no estaba bien informada y que solo buscaba publicidad personal.8 Sin embargo, todo el país la apoyó y también los laboristas. El gobierno tuvo que acabar rectificando y prometiendo que prohibirían esa clase de armamento: aquello fue, sin duda, el gran triunfo profesional de la vida de Diana.

La princesa se consolidó aquellos días como la gran humanitaria mundial y su presencia empezó a ser muy codiciada no solo por las ONG, sino también por políticos. En concreto por uno, un tal Tony Blair, un joven y muy ambicioso líder que se había hecho con el control del Partido Laborista y estaba proponiendo un programa de reformas radicales. Blair y su esposa, Cherie, una destacada abogada de Liverpool, representaban a una nueva Gran Bretaña: dinámica, emprendedora, joven y deseosa de dejar atrás al viejo y casposo establishment. Diana se entusiasmó con ellos y, discretamente, se reunió con Blair antes de las elecciones generales: él quedó boquiabierto con su carisma; ella le habló con mucha franqueza sobre cómo engatusar a las cámaras. La princesa permaneció toda la noche electoral despierta siguiendo los resultados. Cuando la mañana del 1 de mayo de 1997 se confirmó la victoria arrolladora de Blair, Diana se puso eufórica.

Isabel, en cambio, no respondió con el mismo entusiasmo a su nuevo primer ministro. Blair, en principio, tendría que haberle gustado. A pesar de que se presentaba como un outsider y recalcaba que sus antepasados habían sido granjeros, era el producto de una familia de clase media alta que había hecho fortuna. Su padre, Leo, había llegado a ser un destacado abogado y su salario permitió que Tony fuera a Fettes, el mejor internado de Escocia. Luego se matriculó en Oxford y ejerció unos años la abogacía antes de dar el salto a la política. Que fuera simpático, enérgico y muy agradable le granjeó el cariño de sus constituyentes. En 1994, se hizo con el poder del partido y comenzó a dar forma a lo que luego se llamó «Tercera Vía»: separó a los laboristas del marxismo, adoptó gran parte del programa económico de los conservadores y propuso una agenda de protección social ambiciosa. A Isabel siempre le parecería que Blair intentaba hacer demasiado en poco tiempo y le desagradó sobre todo el gusto del nuevo primer ministro por las cámaras y las tretas mediáticas para ganar popularidad.

La relación entre ambos no pudo empezar peor. El día en que le tomó juramento, Blair metió la pata, literalmente. Se tropezó en la alfombra y cayó cerca de la soberana. Salvado el incidente y ya sentados en butacas, la reina y él hablaron durante veinte minutos de los planes legislativos inmediatos de Blair. Luego llamaron a Cherie, la cual hizo una discretísima reverencia —no era ningún secreto que era una ferviente republicana—. La reina y ella comentaron lo difícil que era trasladar la familia a Downing Street.

A Isabel no se le escapó que Tony Blair era el primer ministro nacido después de que ella accediera al trono. Aquello le dio cuenta de lo rápido que habían pasado los años y de los cambios vertiginosos que estaban viviendo. Hacía poco —a principios de marzo— que Buckingham había inaugurado la primera página web de la familia real en una cosa llamada internet. Todo un mundo nuevo comenzaba, pero irremediablemente otro quedaba atrás: el nuevo gobierno quería sepultar los viejos símbolos y eso incluía dejar a Isabel sin su querido yate Britannia. Para los laboristas, era un ejemplo de la extravagancia de la clase alta; para Isabel, el fin de toda una era.

Toda la familia real hizo un último viaje en el Britannia ese verano y, en la ceremonia de clausura, se vio a la reina llorar. Fue una de las pocas veces en que los británicos vieron a su soberana por televisión derramando una lágrima.

Diana podría haber seguido cosechando éxitos. Había conseguido transformarse en la mejor versión de sí misma: una mujer profesional, con sustancia, adorada por las masas, icono de glamur y capaz de lanzar campañas humanitarias de alto nivel para salvar las vidas de millones de personas. Tenía la confianza y el apoyo del nuevo primer ministro y el Gobierno ya había decidido contar con ella como nueva Embajadora de buena voluntad de Gran Bretaña, un puesto humanitario para promocionar la agenda de cooperación británica en todo el mundo. Además, la princesa dio con una idea extraordinaria: animada por la buena acogida en televisión de su documental sobre minas antipersona, decidió hacer más sobre causas humanitarias. El primero sería sobre analfabetismo.9

Era un horizonte magnífico, pero, nuevamente, una mala racha le hizo perder el equilibrio emocional. Básicamente, su relación con Hasnat Khan se estaba acabando. La prensa lo había descubierto, los fotógrafos lo perseguían y empezó a recibir amenazas racistas en el correo. Aparte, estaba el tema de su familia, que quería que Hasnat se casara con una mujer musulmana y paquistaní. Natty acabó por reconocer que su historia con Diana no conducía a ninguna parte: la llamó un día y le dijo que debían romper.

Ella se hundió y, como siempre le sucedía cuando estaba en medio de un torbellino emocional, se volvió algo neurótica y pensaba que todo el mundo la espiaba. A un amigo suyo argentino, Roberto Devorik, le llegó a decir que la familia real quería matarla en un accidente de coche o avión.10

En julio los sentimientos de agobio se intensificaron. Diana empezó a ver de nuevo con consternación cómo la brillante campaña de relaciones públicas de Mark Bolland daba sus frutos. Camila estaba emergiendo como la verdadera y única mujer que siempre había ocupado el corazón de Carlos. Su historia parecía ahora un cuento de hadas: ambos se habían amado desde el principio, fueron forzados a separarse, pero lucharon por seguir juntos. Precioso, pero no del todo cierto. Básicamente, no se habían casado porque ella estaba más enamorada de Andrew Parker Bowles que de Carlos. Además, el príncipe había tenido muchas más mujeres en su vida. De hecho, por aquella época se llegó a rumorear que se estaba medio enamorando de Tiggy, la niñera de sus hijos. Sally Bedell Smith, en su biografía de Carlos, dejó caer que, después de separarse de Diana, pudo haberse sentido atraído por una de sus colaboradoras.11

Por no decir que, ahora que su unión se había roto definitivamente, Carlos y Diana comenzaron a reconocer la valía del otro. Carlos entendió por fin lo mucho que Diana lo hubiese podido ayudar a gestionar mejor su imagen y sus apariciones públicas; su carisma y su glamur, no digamos su astucia a la hora de controlar a los periodistas, lo podrían haber ensalzado a él en vez de arrinconarlo. Por su parte, Diana comprendió la importancia del trabajo de Carlos, sus ganas de superar al establishment y apostar por causas en que no creía nadie pero que, con los años, se demostraron útiles. Su obsesión por el medioambiente ya no le parecía tan estrafalaria; su deseo de apostar por una arquitectura sostenible y cultivos orgánicos no iba tan mal encaminado a pesar de todas las bromas y desaires que tuvo que aguantar.

Lo más irónico de todo aquello era que, después de tantos años, escándalos y disgustos, ambos se dieron cuenta de que, quizás, lo suyo hubiese podido funcionar si Camila no hubiese hecho tanta sombra y palacio los hubiese apoyado más con la prensa. Ambos, sin embargo, se dieron cuenta de que ya no había vuelta atrás, sobre todo Carlos, que sabía que había provocado el divorcio de Camila y su práctica ruina económica. Ella, que ahora dependía casi íntegramente de la ayuda del príncipe, quería que su relación se asentara y Bolland se encargó de que el público la aceptara como su compañera oficial. Y lo hizo de manera tan profesional como agresiva. Incluso se encargó de que hubiese un documental sobre Camila bastante elogioso en televisión. A pesar de que varios amigos le recomendaron a Diana que no lo viera, no pudo resistirse. Aquello la dejó aún más perdida y hundida.

Tan solo saber que iba a ver a sus hijos unos días en verano le dio fuerzas. Pero también le generó un problema: no sabía dónde llevarlos. Afortunadamente, en ese preciso momento le llegó una invitación del millonario egipcio Mohamed Al Fayed, dueño entre otros muchos negocios de los grandes almacenes Harrods y del hotel Ritz de París, quien ponía a su disposición su enorme yate y su lujosa villa del sur de Francia, Castel Sainte-Thérèse.

Tres días después de que Diana, Guillermo y Enrique se instalaran apareció en la villa el hijo de Al Fayed, Dodi. De cuarenta y dos años, a primera vista era el típico niño rico: nacido en la opulencia, era tan simpático y agradable como malcriado, pero sin duda tenía un punto atractivo. Oficialmente se dedicaba a la producción de películas, pero en realidad su principal ocupación era disfrutar de la vida: le encantaban los coches de carreras, las modelos y el lujo a todo gas. En los días que pasó con la princesa, la llevó varias veces de compras y la cubrió de regalos a cada cual más extravagante.

A pesar de que su historia ha hecho correr ríos de tinta y de que muchos periodistas llegaron al extremo de asegurar que iban a casarse, mi impresión es que Diana no se enamoró de él. Tan solo lo usó para evadirse y olvidarse momentáneamente de sus problemas. Creo que fue un divertimiento, un simple ligue de verano que no hubiese pasado del otoño.

A los hijos de ella, además, no acababa de gustarles aquella relación. En cuanto regresó a Balmoral, Guillermo siguió atónito las imágenes de su madre dando una apariencia superficial y hedonista. La perfecta mujer solidaria y comprometida que tanto había hecho por granjearse la admiración de todo el mundo se estaba desmoronando por minutos. A Guillermo, aquel despliegue de ostentación le pareció deplorable y se lo hizo saber.

El asesinato de Gianni Versace, el diseñador favorito de la princesa, fue la primera de las desgracias de aquel verano. Lo mató un psicópata, pero Diana al principio creyó que se había tratado de un acto terrorista. Voló a Milán para asistir a su funeral y se la vio consolar a un Elton John descompuesto y cubierto de lágrimas. Lo hizo con toda la buena voluntad del mundo —Versace, al fin y al cabo, era uno de los que más habían hecho para crearle una nueva imagen global más sofisticada—, pero lanzó otro mensaje que no le convenía: Diana dio la impresión de que ya solo se movía en un mundo de celebrities, diseñadores de moda y cantantes de pop.

Que no tardara demasiado en regresar a los brazos de Dodi tampoco ayudó. Llegó a haber fotos de ambos abrazándose y besándose a la vista de los fotógrafos. También se supo que habían tomado un avión rumbo a París y que se hospedaban en el Ritz.

Desde Balmoral, Guillermo ya no podía más. Se cree que, una noche, Diana y él llegaron a tener una pelea por teléfono. Fue la última vez que hablaron.

Pasaban seis minutos de las doce de la noche del 31 de agosto de 1997 cuando la princesa Diana y Dodi Al Fayed dejaron la Suite Imperial del hotel Ritz de París y se dirigieron al ascensor que había en la primera planta. Una cámara de seguridad del pasillo grabó a la princesa: llevaba unos pantalones estrechos blancos, un blazer negro entallado y zapatos de tacón bajo de Versace. Su rostro tenía una expresión entre aburrida, tensa y triste.

La princesa y Dodi salieron por la puerta trasera: un Mercedes-Benz W140 negro los esperaba en la rue Cambon. Al volante iba Henri Paul, un hombre de gran envergadura, algo taciturno y solitario, que acababa de tomarse unas cuantas copas. A las doce y veinte minutos, el vehículo arrancó a toda velocidad iluminado por los flashes de los paparazzi. Dodi indicó que pusieran rumbo a la rue Arsène-Houssaye, junto a los Campos Elíseos, donde tenía un lujoso apartamento. El chófer calculó que la manera más rápida de llegar era cruzando el túnel debajo del Pont d’Alma.

Nunca llegarían a su destino. Al cabo de unos minutos, justo cuando el automóvil entraba al túnel a 105 kilómetros por hora, Henri Paul perdió el control, el Mercedes chocó contra un muro, rotó bruscamente, impactó contra una columna, de nuevo viró con fuerza y se golpeó nuevamente con el muro. En cuestión de segundos, el coche quedó reducido a un amasijo de hierros rodeado de espeso humo. El claxon sonaba sin parar: el cuerpo sin vida del chófer había quedado encajado sobre el volante.

Los fotógrafos que los habían perseguido tiraron sus motos a la calzada a las puertas del túnel y empezaron a sacar instantáneas mientras se acercaban corriendo al lugar del siniestro. Aquellas fotos, pensaron, iban a costar millones. Según todos ellos, Diana estaba aún consciente, aunque se notaba a simple vista que debía tener varios huesos rotos: su cuerpo estaba tendido en el suelo del coche, cubierto por una alfombrilla que se había despegado por el impacto; su cabeza estaba encajada entre los asientos delanteros, con el cuello peligrosamente girado hacia atrás.12 A su lado, Dodi Al Fayed sangraba sin parar: no había duda de que estaba muerto.

Un médico que casualmente pasaba por allí con su vehículo prestó los primeros auxilios. Una patrulla de policía apareció a los diez minutos: dos agentes habían sido alertados de que se había producido una gran explosión dentro del túnel, como si hubiesen detonado una bomba. Al llegar, uno de ellos reconoció enseguida a la princesa Diana e intentó como pudo contener a los paparazzi que aún disparaban sus cámaras.

—Váyase a la mierda —le gritaron los fotógrafos—. Solo estamos haciendo nuestro trabajo.

A los pocos minutos el lugar se llenó de ambulancias, camiones de bomberos y también de fiscales de guardia que ordenaron llevar a comisaria a los fotógrafos para ser interrogados por un posible delito de homicidio involuntario. En cuanto Diana fue rescatada de entre los hierros del coche y depositada en una ambulancia, una comitiva de agentes en motocicletas con las sirenas aullando escoltó a la princesa al hospital de Pitié-Salpêtrière, situado entre la catedral de Notre Dame y la Gare d’Austerlitz.

A miles de kilómetros de distancia, en Balmoral, Isabel fue despertada a las dos de la madrugada. Le informaron de que la princesa de Gales había sufrido un accidente de coche en París. Dodi Al Fayed estaba muerto, pero todo apuntaba a que Diana seguía con vida.

—¿Está grave? —preguntó la soberana muy preocupada.

—Las primeras informaciones aseguran que la princesa salió por su propio pie del coche —le comunicaron.13

Isabel ordenó que le preparasen un té y, aún en camisón y bata, se fue a un pequeño salón a seguir las noticias por televisión. En el pasillo se encontró a su hijo Carlos, visiblemente conmocionado.

—Oh, Carlos, ¿no es horrible? ¿Qué vamos a hacer?

Era la pregunta que todos en Balmoral comenzaban a hacerse: ¿cómo proceder? Diana ya no era técnicamente un miembro de la familia real y se le había retirado el tratamiento de alteza real, por lo que palacio no podía actuar como si se tratase de una futura reina.

Pero no hacer nada quizá desatara la indignación del pueblo.

Carlos llamó inmediatamente a Mark Bolland, que estaba en Londres, para saber qué diablos hacía Diana en París. Bolland no supo qué contestar. Lo que sí le dijo fue que debía ir rápidamente a Francia. No estar con su exesposa en esos momentos podría acarrearle graves consecuencias: si Diana quedaba gravemente lisiada, inválida o, aún peor, no sobrevivía, la ira de los tabloides se dirigiría inmediatamente hacia él. Carlos ordenó que le preparasen un avión de inmediato.

La leyenda urbana —y la versión sostenida por algunos biógrafos durante años— aseguraba que la reina se negó en rotundo a que se usara un avión oficial y que el equipo de Carlos amenazó con que el príncipe iría en un vuelo comercial. Sin embargo, parece ser que esta explicación era falsa o, cuando menos, distorsionada: Isabel nunca vetó semejante petición, mucho menos cuando le comunicaron la muerte de Diana. La verdad fue que el avión de la Real Fuerza Aérea recibió luz verde enseguida.

Aunque no tenía heridas externas más allá de rasguños en la cara, al llegar al hospital Pitié-Salpêtrière las radiografías revelaron que la princesa Diana sufría importantes hemorragias internas en la cavidad pulmonar. Trataron de taponar la fuga y le hicieron una transfusión de sangre, pero su corazón palpitaba cada vez con menos fuerza. La llevaron a un quirófano para abrirle y suturar la herida, pero, aunque consiguieron controlar la vena pulmonar rasgada, su corazón no resistió. Intentaron reanimarla durante una hora, pero a las cuatro de la madrugada, los médicos se rindieron a la triste evidencia: Diana había muerto.

La noticia fue comunicada por el embajador británico en París a los asesores de la reina. En cuanto se lo dijeron a Carlos, este se quedó blanco, completamente aturdido y sobrepasado. Remordimientos, pena, lamento, furia... todo se mezcló en su cabeza en cuestión de segundos.

—Esos pobres niños... —musitó en referencia a sus hijos. Y, cuando hubo recobrado algo la compostura, comprendió—: El mundo va a volverse loco.

El príncipe de Gales salió a dar un paseo por los alrededores de Balmoral. Necesitaba aire fresco y, sobre todo, estar solo unos minutos. Seguramente, no quería que nadie lo viese llorar. En el mundo donde habitan los Windsor, semejantes muestras de sentimentalismo no hubiesen sido comprendidas. Carlos estaba devastado y, girando la cabeza, solo podía balbucear:

—¿Por qué? ¿Por qué?

Pasadas las siete de la mañana, fue a la habitación de su hijo Guillermo. Este no había dormido bien por la tensión de la pelea con su madre la noche de antes y lo que le vino a contar su padre no hizo más que hundirlo. Sin embargo, sacando fuerzas de donde pudo, dijo que quería estar presente cuando Carlos le diera la noticia a Harry. El pequeño, de doce años, estaba en una edad demasiado tierna como para poder comprender la desgracia que le había caído encima. Lo único que quería era ir a ver a su madre a París.

—Hay que traer a mami —dijo.

Pero Carlos le explicó que era mejor que él fuese solo. No pensaba tolerar que se expusiera a sus hijos a los fotógrafos. Además, no sabía en qué estado había quedado el cuerpo de Diana y no quería que vieran a su madre desfigurada.

Cuando la noticia se hizo pública, desde Buckingham se filtró un escueto y frío comentario: «La reina y el príncipe de Gales están conmocionados y afligidos por la terrible noticia». Nada más: horas más tarde, los ojos de medio mundo estaban puestos en las verjas de Balmoral. La familia real tenía por costumbre ir a misa a las once en una capilla del pueblo de Craithie. En los coches, todos iban de luto y con los rostros serios, pero no había ninguna muestra de dolor, y mucho menos de lágrimas. Para sorpresa de los presentes, Guillermo y Enrique también fueron a la iglesia —su abuela les había dicho que se podían quedar en el castillo, pero ellos decidieron acudir—. Los que los vieron aquellos días hablarían más que elogiosamente de la entereza y dignidad de los príncipes a pesar de ser tan jóvenes.

En el servicio religioso no hubo ni una sola referencia a Diana: Isabel lo había ordenado para no atormentar más a sus nietos, pero en cuanto el pueblo lo supo, comenzó un enfado que, en cuestión de horas, iba a hacerse masivo. Aquel fue el primero de los garrafales errores en los que Isabel incurriría y que estuvieron a punto de costarle el trono.

En cuanto el embajador británico llamó de madrugada al palacio de Kensington para confirmar la muerte de Diana, el exiguo equipo de la princesa —el guardaespaldas que solía acompañarla y Paul Burrell, su mayordomo y asistente personal— no pudo contener las lágrimas. Rápidamente decidieron tomar algunas cosas de la habitación de la princesa —un pintalabios, polvos de maquillaje, un rosario que le había regalado la madre Teresa de Calcuta—14 y partir hacia París en el primer avión comercial disponible. Al llegar a la capital francesa, fueron directos a la residencia del embajador, quien les informó de que Diana estaba en una sala cubierta con una escueta sábana y que sería necesario llevar algo de ropa para que la vistieran. Como Burrell no había llevado ningún traje, la esposa del embajador les prestó uno negro y también unos zapatos.15

Al llegar al hospital, fueron conducidos a la sala donde yacía la princesa. Burrell se derrumbó y hubo de ser sujetado por una enfermera para que no se desmayase o, peor, se lanzase encima del cuerpo para abrazarlo. Por lo que explicaría años más tarde, la cara de Diana estaba intacta y, más que muerta, parecía plácidamente dormida. Burrell aún no podía creerse lo que estaba pasando.

Ya en el avión rumbo a París acompañado por las dos hermanas de Diana, Jane y Sarah —el hermano, Charles Spencer, estaba de vacaciones en Sudáfrica—, Carlos comenzó a hacer lo que nunca había hecho por su exesposa: defenderla. Palacio insistía en que se diera el menor relieve posible al traslado del cuerpo, pero el príncipe exigió que se hiciera justo todo lo contrario: además de con flores, pidió que el ataúd se cubriera con el estandarte real y fuera llevado a hombros por soldados del regimiento de la princesa de Gales. También quería que se le recibiese en Inglaterra con un pequeño séquito donde estuvieran presentes el primer ministro del Reino Unido, representantes del ejército y del clero y destacados ministros.

Dónde se depositaría el cuerpo una vez llegase a Londres desencadenó discusiones a gritos. Isabel creía que no se debían usar los palacios reales y que tenía que ser trasladada a la morgue de Fulham hasta que los Spencer decidieran qué hacer con él y dónde celebrarían el funeral. Carlos, a chillido limpio, se negó en rotundo y ordenó que se preparase la capilla real del palacio de St. James.

Al aterrizar en París, el príncipe de Gales fue directamente al hospital. A las puertas fue recibido por el mismísimo presidente de Francia, Jacques Chirac, la esposa de este, y tres ministros. Pidió entrar solo a la estancia donde estaba el cadáver: por lo que se supo, entró sereno, pero salió al cabo de unos minutos con el rostro desencajado, roto de dolor. Años después, él mismo reconocería que, al verla, solo había podido pensar en la chiquilla adorable que Diana había sido, no en los problemas que habían tenido.

Los responsables del hospital le indicaron que tenían un pequeño helipuerto y que el cuerpo de la princesa se podía sacar discretamente sin que nadie lo viera.

—No —se negó Carlos—. Hay gente que la quiere esperándola fuera.16

Mientras el príncipe ultimaba el traslado de su exesposa, desde Sudáfrica, el hermano de Diana, el conde Charles Spencer, leyó un comunicado frente a la prensa. Básicamente, responsabilizaba a los fotógrafos y a los editores de la muerte de su hermana: los acusaba de haber explotado su imagen y llegó al extremo de decir que todos aquellos que se habían lucrado con las fotografías de su hermana «tienen hoy sangre en las manos». Algunos fotógrafos, tanto en Francia como en Inglaterra, comenzaron a ser imprecados por las calles al grito de «¡Asesinos! ¡Asesinos!». Era un presagio de lo que estaba por venir.

El primer ministro Tony Blair había sido despertado de madrugada. Estaba en su casa de Sedgefield, en el condado de Durham, cuando el embajador británico lo llamó por teléfono y le confirmó la muerte de la princesa. Blair se levantó de la cama aturdido y enseguida marcó el número de teléfono de su director de comunicación, Alastair Campbell, un tipo curtido en el periodismo de trinchera y que lo había ayudado a triunfar políticamente.

—Esto va a ser enorme —le confió Blair—. Probablemente mayor de lo que cualquiera de nosotros pueda imaginar.

—Desde luego... Deberías hablar a la nación —le recomendó Campbell—. En unas horas, cuando vayas a la iglesia. Algo emotivo, humano, que refleje el sentimiento de la nación en este período de duelo —y al tiempo que hablaba iba escribiendo en una libreta unas palabras que se harían míticas: «La princesa del pueblo».

Mientras todos en el país se preparaban para un fenómeno de masas nunca visto, Isabel era la única que no parecía comprender la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Por primera vez en su vida, en vez de pensar en el país o en las consecuencias constitucionales, solo pensó en su familia. En aquellos momentos su única preocupación era cómo ayudar a sus nietos. Antes de que Guillermo y Harry bajaran a desayunar, la reina había dado órdenes de que se retiraran todas las televisiones y radios de palacio, y de que no se expusieran los periódicos en las mesas como normalmente se hacía. El único aparato que quedó sin tocar fue el de la habitación de la soberana: el resto de personas que estaban en Balmoral tan solo pudieron ver subrepticiamente los programas especiales en televisores que se suponía que tendrían que haber estado desconectados.

Seguramente porque no hizo un seguimiento de los especiales de televisión que ya ocupaban las cadenas de medio mundo, Isabel no se dio cuenta de lo que le venía encima. En cuestión de horas, el palacio de Kensington se había llenado de flores, ositos de peluche y cartas de personas que se acercaban llorando al lugar que había sido el hogar de la princesa. En Buckingham también se habían empezado a acumular grandes ramos sin que los oficiales supieran exactamente cómo reaccionar. Pero Isabel no lo estaba viendo: junto con Felipe, estaba atendiendo a sus nietos.

Si con Carlos la relación de Felipe siempre había sido nefasta, con sus nietos era en cambio excelente y aquellos terribles días se encargó de no dejarlos solos ni un minuto. Gran defensor de las virtudes del ejercicio físico, los hizo dar largos paseos y les organizó una cacería para que estuvieran entretenidos, no pensaran demasiado y, sobre todo, se agotaran físicamente —y así pudieran dormir—. La princesa Ana también fue de gran ayuda: los llevó a dar paseos a caballo y llamó a sus hijos, Peter y Zara, para que hicieran compañía a sus primos. Tiggy Legge-Bourke fue llamada de inmediato y, por las noches, Carlos enseñó a sus hijos viejos álbumes en donde se veía a la familia feliz y sonriente.17 Lo importante, pensó, es que sus hijos solo recordasen ahora los buenos momentos y pensaran en todo lo maravilloso que les había generado su madre, no en los problemas que habían sufrido.

Isabel creyó que aquello era lo correcto: rodear a sus nietos de cariño y afecto y, sobre todo, protegerlos de las cámaras. El luto debía ser sobrio y privado para que Guillermo y Harry no sufrieran más de lo que ya lo estaban haciendo. Pero había más: la reina creía que su silencio era un símbolo de dignidad y decoro, de fortaleza frente a la adversidad. Llorar hubiese sido un espectáculo sensacionalista. Pero se equivocaba: su mutismo fue interpretado como frialdad, como una muestra más de esa caspa trasnochada de la que siempre se había quejado Diana. El público quería justo lo contrario de lo que ella estaba haciendo: quería lágrimas, participar en su dolor, compartirlo.

Al día siguiente de la muerte de la princesa, en Buckingham se organizó una reunión para empezar a hablar del funeral. Isabel aún pensaba que debía ser privado, una ceremonia en la capilla de los Spencer o, como mucho, un pequeño responso en Windsor seguido de un discreto funeral en Frogmore, la misma fórmula que se había empleado para el tío David y Wallis Simpson. Pero en Buckingham, sus asesores tenían planes distintos: la reacción del público ya era tan masiva que cualquier cosa inferior a un gran funeral de Estado hubiese provocado graves altercados. Se decidió realizar a toda prisa una versión reducida del «Tey Bridge», el nombre en clave del funeral de la reina madre, el único que había sido ensayado hacía poco y se podía poner en práctica en tiempo récord. Eso sí, los Spencer exigieron que se realzase el espíritu humanitario de la princesa y, en vez de soldados marchando detrás del ataúd, fuesen representantes de las organizaciones benéficas de la princesa. En la ceremonia estarían invitados actores de cine y músicos, incluso se decidió que Elton John cantara una canción.

Uno de los principales problemas fue saber qué papel tendrían Guillermo y Enrique. La reina quería que se los viese lo menos posible, pero en Buckingham se pensó que era mejor que marchasen tras el féretro de su madre. Mientras se discutía esta posibilidad en Londres, Felipe de Edimburgo escuchaba las deliberaciones por teléfono desde Balmoral. En un momento de la conversación, no pudo más y se puso a chillar:

—¡Dejad de decirnos lo que tenemos que hacer con los niños! ¡Acaban de perder a su madre! Estáis hablando de ellos como si fueran meros peones. ¿Tenéis alguna idea de por lo que están pasando?18

Isabel estaba de acuerdo con su marido. Todo aquello le parecía un verdadero circo, y que encima sus nietos tuvieran que marchar tras el ataúd era absurdo, injustificable y excesivamente doloroso para los chicos.

Al principio, las masas que habían acudido a las verjas de Buckingham y de Kensington lo habían hecho de manera silenciosa y respetuosa. Pero el enfado y la indignación crecían por segundos y empezaron a dirigirse hacia la reina. Un pequeño detalle fue el detonante de su furia: todos los edificios públicos de Londres lucían las banderas a media asta, incluidos los palacios de St. James y de Kensington, pero en Buckingham el mástil estaba vacío. «¿Por qué no hay una bandera a media asta en el palacio de la reina?», comenzaron a chillar los británicos. «¡Es el sistema humillando una vez más a Diana!», protestaron.

Isabel no había pensado en ordenar que una bandera ondeara a media asta porque en Buckingham, simplemente, no hay ninguna bandera, sino el estandarte real, cuyo único propósito es indicar si la soberana está o no en palacio. Dado que la reina estaba en Balmoral, no se podía poner. Además, nunca se había izado una bandera británica en ese mástil, ni durante la Segunda Guerra Mundial, ni cuando falleció el gran héroe nacional que era Winston Churchill. Pero aquel pequeño y anticuado detalle protocolario no fue tenido en cuenta por los analistas, corresponsales y periodistas que ya acampaban en Londres. Durante horas, en televisión no se habló de otra cosa que no fuera el mástil de Buckingham.

Al día siguiente, mientras acudía a una nueva reunión en Buckingham, Alastair Campbell, a quien Blair había designado como su representante en aquellos encuentros, se dio cuenta de que el público estaba increíblemente enfadado y de que, en cualquier momento, podía surgir una pequeña revuelta, una pelea o, quién sabía, incluso una revolución. El equipo de la reina en Buckingham era de la misma opinión y recomendaron a la soberana que pusiera una bandera británica, la famosa Union Jack, a media asta en palacio. Ella dijo tajantemente que no. Felipe, a su lado, la apoyó.

A partir de ahí, hubo una carrera contrarreloj para intentar convencer a Isabel de que se estaba equivocando y de que se necesitaban medidas urgentes para contener el enfado del público. Blair llamó a la soberana y le pidió que reconsiderase su postura. Buckingham tenía que poner una bandera a media asta, la familia tenía que regresar a Londres y la reina debía mostrarse ante el pueblo. No hubo manera. Desesperado, el primer ministro telefoneó a Carlos para que intercediera ante su madre. Pero tampoco él tendría éxito.

Hizo falta toda la presión de la prensa para que Isabel se diera cuenta del error descomunal que estaba cometiendo. El jueves, todos los periódicos de Gran Bretaña, incluso los más respetuosos con la monarquía, llevaban portadas muy críticas con la reina. The Sun decía: «¿Dónde está nuestra reina? ¿Dónde está la bandera?». El Daily Express acompañó una foto de Isabel con la exhortación «Demuéstrenos que le preocupamos». El Daily Mirror fue un poco más suave, pero igualmente expeditivo: «Su gente está sufriendo. Háblenos». Una encuesta demostró que uno de cada cuatro británicos estaba ahora a favor de abolir la monarquía.

Tras leer aquellos titulares, Isabel convocó de inmediato a su equipo a una reunión de emergencia y les pidió consejo. Todos le dijeron lo mismo: debía salir de su refugio en Balmoral, regresar inmediatamente a Londres, dejarse ver entre el público, dirigirse a la nación en un discurso televisado y participar activamente en los eventos del funeral demostrando, a poder ser, sentimiento de pérdida. La reina, totalmente sobrepasada pero consciente de que no tenía escapatoria, dio su aprobación. Inmediatamente se hizo público que la familia real regresaría el viernes por la mañana a Londres y que, por la tarde, la soberana daría un discurso televisado. Cediendo a las demandas del público, Isabel también aceptó que ondeara una bandera británica a media asta en Buckingham, pero solo cuando ella hubiera partido el sábado hacia el funeral.

Para testar los ánimos tras el anuncio de las medidas, se decidió que los príncipes Andrés y Eduardo irían aquella misma tarde de jueves a Londres, presentarían sus respetos ante el ataúd de Diana y luego caminarían por el Mall hasta Buckingham. Era un movimiento arriesgado —en cualquier momento los podrían haber increpado, pegado, abucheado o, aún peor, disparado—, pero el público, aunque todavía molesto con la realeza, agradeció el gesto.

Felipe tuvo la idea de que, antes de que la familia regresara a Londres, fueran de nuevo a la pequeña capilla de Craithie a rezar por el alma de Diana. Al regresar al castillo, se detuvieron a las puertas de la entrada, donde también había flores y postales, y se bajaron de los coches para leerlas. Era la primera vez que el público veía a Isabel, Felipe, Carlos y, sobre todo, a los pequeños príncipes.

A las tres menos cuarto del viernes, minutos después de haber aterrizado en la capital, Isabel entendió por qué sus asesores llevaban días pidiéndole que regresara a Londres. El espectáculo era dantesco, absolutamente desproporcionado, con miles de personas en las calles llorando a lágrima viva y gigantescas alfombras de flores enfrente de los palacios. Mientras el Daimler de la reina avanzaba, ella escuchaba: «¡Larga vida a Diana! ¡Dios bendiga a Diana!».

Isabel tomó aire y, justo cuando se abrieron las verjas de palacio y el vehículo iba a cruzarlas, pidió al chófer que se detuviera. Acompañada de Felipe, salió a ver las flores y a saludar a algunas de las personas congregadas. «Esto es inaudito —comentó un analista de televisión—. Creo que la última vez que la reina estuvo frente a las puertas de Buckingham entre la multitud como si fuera una más fue el día en que acabó la Segunda Guerra Mundial». Algunos espontáneos aplaudieron, otros la miraron con mal disimulado desprecio. La reina leyó algunas de las tarjetas que había en el suelo y los mensajes eran estremecedores: «No te merecían», decían muchos. «Tú eras la verdadera reina de corazones». Isabel notó cómo un sudor frío le recorría la espalda.

Astutamente, y con un aplomo que solo se adquiere con décadas de experiencia en el cargo, suspiró, se calmó y fue a hablar con algunos de los presentes que se agolpaban frente a las verjas. «Cuide a Guillermo y a Enrique», le dijeron muchos. «Eso es lo que hemos estado haciendo —contestó ella—. Ahora mi prioridad son mis nietos». Cuando ya pensaba que alguien la iba a insultar o a imprecar, divisó a una niña con un ramo de flores. Se supone que el diálogo fue el siguiente:

—¿Quieres que las ponga por ti? —le preguntó la reina.

—No —respondió la pequeña—. Estas son para ti.

Isabel se emocionó. Aún contaba con el apoyo de su pueblo.

Escribir el discurso de la reina de aquella tarde requirió varios borradores y unas cuantas conversaciones entre Buckingham y Downing Street. La primera versión resultó ser fría como la escarcha y Alastair Campbell envió un fax con unos cuantos cambios para humanizarla. La reina no solo debía hablar como soberana, sino «como abuela». Tenía que rendir tributo a Diana, reconocer que había lecciones que aprender de la extraordinaria reacción del público tras su muerte y admitir, aunque fuera veladamente, que había tomado nota. Isabel, a regañadientes, hizo lo que le recomendaron. Pero hubo una línea que no traspasó: estaba dispuesta a reconocer el valor que tenía la princesa, y a admitir que la respetaba, incluso que la admiraba, pero no a decir que la quería. Y no lo hizo.

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