La Reina

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23 Un túnel en París

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El discurso se hizo en directo desde Buckingham, una de las pocas veces en que Isabel no ha grabado sus intervenciones. Alastair Campbell indicó que fuera frente a una venta abierta sobre el Mall, para que se pudiera ver a la gente y, de algún modo, implicarlos. Fueron tres minutos y nueve segundos: más que afligida, se la vio al principio un tanto desafiante, como si quisiera echar en cara a sus súbditos el calvario por el que la estaban haciendo pasar.

«Lo que os digo, como vuestra reina y como abuela, lo digo de corazón», comentó. Habló de tal manera que parecía dar a entender: «Esto es lo que queríais, ¿verdad?».

Sí, era lo que la gente quería.

Aquella noche, en palacio, tuvo lugar la última gran discusión de las muchas que habían surgido en los días anteriores por el funeral. Guillermo no quería ni oír hablar de andar tras el ataúd de su madre. «No pienso participar en ningún maldito desfile», se quejó. Su abuelo fue quien acabó por convencerle: «Si yo voy contigo, ¿lo harás?».19 Guillermo finalmente aceptó.

Al día siguiente, el féretro de Diana fue portado en un armón del ejército cubierto por el estandarte real y varios ramos de lirios y rosas, sus flores favoritas. Una de las cestas llevaba una carta de Harry en cuyo sobre ponía, sencillamente, «Mummy». Mientras sonaban las herraduras de los caballos sobre el asfalto, de fondo solo se escuchaba a la gente sollozar de pena y llorar desconsolada. La imagen de Guillermo y Enrique cabizbajos junto a Carlos, Felipe y su tío, el conde Charles Spencer, hizo que medio mundo soltara una lágrima.

Isabel vio pasar al cortejo fúnebre desde Buckingham. Decidió bajar a la calle y, sin que nadie se lo pidiera o se lo recomendara, hizo una inclinación de cabeza en cuanto el féretro pasó por delante. Ya en la iglesia, Elton John cantó, Tony Blair hizo una de las lecturas y Charles Spencer leyó una elegía tan sentida, emotiva y subida de tono que a gran parte del establishment le resultó excesiva. Pero al público le encantó: muchos en los parques y las calles que lo estaban siguiendo por pantallas se pusieron a aplaudir. En el interior de la abadía de Westminster también se oyó un largo y sentido aplauso.

Diana no fue enterrada en Frogmore, sino en una pequeña isla en medio de un lago en Althorp, la residencia de los Spencer. Los analistas dijeron que aquello recordaba a la leyenda del rey Arturo, con el hada en el lago esperando a entregar la espada del reino al futuro rey. Era una metáfora algo cursi, pero no dejaban de tener razón.

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