La Cicatriz

La Cicatriz


Séptima parte: El Vigía » 43

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El avanc está enfermo.

Aunque, impulsado por el motor de leche de roca, trata de proseguir su inconsciente avance, frena y frena cada vez más. Está… ¿qué? ¿Sangrando, herido? ¿Tiene fiebre? ¿Está siendo atacado por la extraña realidad que lo rodea? Demasiado mudo o estúpido u obediente como para sentir o demostrar su dolor, sus lesiones no se curan. Están rezumando materia muerta en coágulos supurantes que flotan hacia la superficie como manchas de aceite y se expanden a medida que la presión disminuye, envolviendo y asfixiando peces y algas hasta que lo que emerge con sonido húmedo y mucoso son coágulos de infección y vida marina ahogada.

En algún lugar situado a más de tres y menos de cinco mil kilómetros de la frontera de Océano Oculto, el avanc está enfermo.

Unos pocos kilómetros después de las repulsivas manchas de pus, el avanc se detuvo.

Desesperados, los ingenieros y taumaturgos incrementaron las señales repetitivas enviadas por el motor de leche de roca, pero no hubo respuesta. El avanc estaba completamente inmóvil.

Flotaba estático, incapaz de moverse o sin deseos de hacerlo, a varios kilómetros de profundidad.

Y una vez que todo lo que los cuidadores del avanc y los médicos sabían hacer estuvo hecho y siguió sin ocurrir nada, cuando se hubieron probado todas las longitudes de onda posibles para tratar de conseguir que la bestia reanudara su marcha y ésta no hubo respondido, sólo quedó una opción. No podía permitirse que la ciudad siguiera parada.

El avanc estaba enfermo y ningún científico sabía por qué. Tendrían que examinarlo de cerca.

El batiscafo de Anguilagua pendía como un péndulo descompensado de la grúa del Montonero, un barco factoría situado a estribor del Grande Oriente. El sumergible era una esfera achaparrada de la que sobresalían tuberías y cubierta de remaches, extrusiones fortuitas en el hierro reforzado. El motor asomaba en la parte trasera, como un fardo. Las cuatro portillas y la lámpara química estaban dotadas de cristales del grosor de una mano extendida.

Los ingenieros y las cuadrillas de obreros comprobaban apresuradamente y reparaban el vehículo submarino.

La tripulación del batiscafo Ctenophore se estaba preparando en la cubierta del Montonero, poniéndose los monos y revisando los libros y tratados que habían traído. Una piloto costrada, Chion, cuyo rostro mostraba las señales de laceraciones rituales; Krüach Aum (Y Bellis, que estaba observando, negó con la cabeza al verlo, su antiguo pupilo, cuya boca esfínter se dilataba con la agitación); y delante de todos ellos, con un aspecto emocionado, orgulloso y aterrado a partes iguales, Johannes Lacrimosco.

No había tenido otra opción que ir: él más que nadie, a excepción de Krüach Aum, entendía al avanc y era imperativo que la criatura recibiera los mejores cuidados posibles. Bellis sabía que hubiera ido aunque los Amantes no lo hubieran obligado.

—Vamos a bajar —le había dicho algún tiempo antes, mirándola con la misma expresión que se veía ahora en su rostro, mientras se preparaba en la cubierta del Montonero—. Vamos a echar un vistazo. Tenemos que curarlo —y si bien parecía aterrado, no parecía menos entusiasmado.

Como científico, estaba fascinado. Ella vio miedo en él, pero ningún pesimismo. Bellis lo recordaba describiendo la cicatriz que tenía, provocada por la mordedura de una sárdula. Puede que fuera un auténtico cobarde, pero su cobardía era sólo social. Nunca lo había visto encogerse frente a los peligros que sus investigaciones acarreaban. Y tampoco se había resistido a aquel encargo aterrador.

—Bueno —había dicho Bellis con mucho cuidado—. Te veré dentro de pocas horas, supongo —y Johannes estaba tan excitado que su voz mesurada, la cuidadosa neutralidad de su tono, que socavaba el significado de las palabras y subrayaba el peligro que estaba corriendo, pasó inadvertido para él. Asintió con aire ingenuo, le apretó el hombro en un torpe gesto de despedida y se marchó.

Los preparativos se prolongaron bastante. No se había reunido demasiada gente en el extremo de popa de la ciudad para observarlos y asistir a su marcha. El aire tenso de la ciudad mantenía a la gente alejada. No era que no les importase, sino que se sentían faltos de energía, como si les hubiese sido succionada hasta dejarlos secos.

Johannes levantó la mirada hacia los escasos espectadores y saludó. Acto seguido, entró en la cabina del Ctenophore.

Bellis observó cómo sellaban la escotilla de la destartalada embarcación. Observó cómo colocaban el batiscafo sobre el agua, con un balanceo que daba mareos y recordó aquel mismo movimiento cuando había bajado a Ciudad Salkrikaltor. Una enorme grúa del Montonero empezó a largar un grueso cable reforzado envuelto en goma y el sumergible inició su descenso.

Tocó las aguas del Océano Oculto con un chapoteo sordo y se hundió sin pausa debajo de ellas. Tardaría al menos tres horas en alcanzar el avanc. Bellis observó las ondas del sumergible que desaparecía hasta que sintió a alguien detrás de ella y, al volverse, se encontró con Uther Doul.

Apretó los labios y esperó. Él la estudió con calma y no habló durante varios segundos.

—Estás preocupada por tu amigo —le dijo—. El Grande Oriente es zona prohibida mientras dure esta emergencia pero, si quieres, puedes esperar aquí hasta que regrese.

La llevó a una pequeña habitación situada en la parte trasera del Grande Oriente cuya ventanilla daba al Montonero. Doul la dejó allí sin decir palabra y cerró la puerta tras de sí. Pero la había llevado a un lugar más cómodo y mejor amueblado que sus propios aposentos y cinco minutos después de que hubiera llegado, uno de los camareros de Anguilagua le trajo un té sin que se lo hubiera pedido.

Bellis se lo tomó a sorbitos mientras contemplaba el agua. Estaba perpleja e inquieta. No entendía por qué la trataba Doul con aquella indulgencia.

Al principio, en la diminuta cámara esférica del Ctenophore, en la que tres cuerpos se amontonaban juntos, hacía meramente calor. Se apretaban los unos contra los otros, circunvalando los brazos y las piernas de los demás para poder asomarse por las pequeñas portillas.

La luz desapareció con asombrosa velocidad y Johannes asistió a esta mengua de la visibilidad con nerviosa fascinación. Estaban descendiendo junto a una de las cadenas que sujetaban al avanc, dejando atrás un gigantesco eslabón tras otro, cubiertos todos ellos por una capa de crustáceos y generaciones de algas. Plácidos peces con ojos de ternero investigaban su luz, contemplaban a los intrusos conforme descendían, nadaban en espiral alrededor de los tubos por los que se les suministraba aire y se apartaban de las burbujas que exhalaba su embarcación.

A medida que la luz en el mar declinaba, la cadena iba adquiriendo un aspecto siniestro. Sus negros eslabones, sugerentes como jeroglíficos, se sumergían de forma casi vertical conformando patrones que de repente resultaban oscuros y tenebrosos.

Al borde de la oscuridad absoluta, el mar parecía absolutamente inmóvil, ajeno a las corrientes del Océano Oculto. La tripulación no hablaba. La cabina estaba ahora a oscuras. Llevaban linternas químicas y luces a bordo pero no podían arriesgarse a gastarlas durante el descenso. Era abajo donde necesitarían ver. De modo que se acomodaron lo mejor que pudieron, apelotonados, en medio de la más profunda negrura que cualquiera de ellos hubiera experimentado jamás.

Sólo se oía el resollar de las respiraciones y una tenue percusión cuando alguien movía un miembro en la estrechez de la cabina y golpeaba el metal o a alguno de los otros. El susurro del aire bombeado. El motor no estaba encendido: era la gravedad lo que llevaba la nave a las profundidades.

Johannes escuchó el sonido de su propia respiración y la de los que lo rodeaban y se dio cuenta de que las estaban sincronizando de forma inconsciente. Lo que significaba que tras cada exhalación había una pausa, un momento en que podía fingir, durante una fracción de segundo, que estaba solo.

Ya estaban mucho más allá del alcance del sol. Calentaban el mar. El calor de las calderas se filtraba a la cabina y a través de la piel de metal del navío a un agua que lo devoraba con avidez.

El tiempo no podía sobrevivir a aquella inescrutable y calurosa oscuridad, al monótono susurro de aire y al crujido del cuero y el roce de la piel. Se rompía y desangraba. Los momentos no se sucedían unos a otros sino que nacían muertos.

Estoy fuera del tiempo, pensó Johannes.

Por un instante aterrador sintió una claustrofobia que era como bilis pero se mantuvo en silencio y cerró los ojos (y se vio confundido por la oscuridad que encontró allí, ni más ni menos profunda que la que acababa de abandonar). Tragó saliva y se sobrepuso. Extendió la mano, palpó el cristal de la portilla y el tacto de la fría superficie humedecida por la condensación —al otro lado, el agua era como hielo— lo dejó estupefacto.

Tras incontables minutos, la oscuridad del exterior se quebró momentáneamente y la tripulación entera reprimió un jadeo mientras el tiempo regresaba como una descarga eléctrica. Una especie de lámpara viviente estaba pasando a su lado, un ser lleno de tentáculos que invirtió el cuerpo con una sacudida peristáltica, se envolvió a sí mismo en sus entrañas luminiscentes y salió disparado, llevándose consigo el austero resplandor.

Chion encendió la lámpara de proa. Tras algunos titubeos, su brillo fosforescente proyectó un cono de luz. Podían ver sus límites con tanta claridad como si estuvieran hechos de mármol. No había nada visible en el haz de la lámpara, a excepción de una sopa de diminutos detritos, partículas que parecían ascender mientras el Ctenophore se sumergía. No había nada que ver, ni lecho oceánico, ni vida marina, ni nada. Aquella oscuridad aplastante que habían iluminado los deprimió más profundamente que la oscuridad. Continuaron su descenso a oscuras.

El caparazón de hierro empezó a crujir a causa de la presión. Cada diez o doce segundos había un nuevo temblor y un nuevo crujido, como si la presión se estuviese incrementando en zonas repentinas y concretas.

La percusión se fue haciendo más fuerte conforme descendían, hasta que de repente Johannes se dio cuenta de que no era sólo su nave, no sólo era el metal que los rodeaba lo que se estremecía, sino el mar —todo el mar, las toneladas de agua que los envolvían— vibrando, sacudiéndose con convulsiones nerviosas, un eco de los atronadores latidos que se alzaban desde abajo.

El corazón del avanc.

Cuando la enorme grúa del Montonero hubo largado kilómetros enteros de cable, saltó un cierre de seguridad y detuvo su descenso. El Ctenophore se estremeció, zarandeado por el atronador bombeo que lo rodeada. Sus ocupantes sentían los latidos del corazón del avanc a través del metal como algo sólido.

Chion encendió una lámpara, Los tres tripulantes del batiscafo se miraron los rostros sudorosos y color sepia. Resultaban grotescos, envueltos en sombras. Con cada latido que hacía temblar su nave, una sacudida de miedo atravesaba a cada uno de ellos. La oscuridad parpadeaba por toda la estrecha cabina, destellaba sobre los indicadores y diales.

Chion empezó a tirar de las palancas e introdujo varias tarjetas en el motor analítico que tenía a un lado. Hubo un momento aterrador en el que no ocurrió nada y entonces la esfera empezó a estremecerse con el sonido de sus mecanismos.

—Debe de estar a unos doscientos metros por debajo de nosotros —dijo Chion—. Nos lo tomaremos con calma.

Con un crujido, el Ctenophore se inclinó hacia abajo y se dirigió hacia el avanc.

La lámpara volvió a cobrar vida. El frío rayo atravesó la interminable noche marina. Johannes estudió el agua, las partículas en suspensión y vio que se estremecía al ritmo del corazón del avanc. La boca se le llenó de saliva al pensar en aquellos millones de toneladas de agua ansiosos por aplastarlos.

Algo se volvió tangible debajo de ellos, como un fantasma. Johannes estaba aterrorizado. Descendían hacia una gran zona plana de oscuridad menos marcada, un campo quebrado y cubierto de guijarros que iba haciéndose visible poco a poco. Apenas discernible en un principio, fue creciendo en solidez mientras sus contornos fortuitos y quebrados iban apareciendo en el rayo fosfórico. Limoso y cubierto de rocas, se extendía en todas direcciones interrumpido tan sólo por manchas, colonias de líquenes de las profundidades. Albergaba gran cantidad de vida marina. Johannes distinguió el tenue parpadeo de los peces bruja, seres ciegos, parecidos a las anguilas; los achaparrados ecurianos; los gruesos y pálidos trilobites.

—Estamos en lugar equivocado —dijo Chion con voz tensa—. Hemos llegado al lecho del océano —pero mientras pronunciaba la última palabra, la voz se le quebró y se tornó un susurro tembloroso al reparar en su error. Johannes asintió con una especie de triunfo y asombro, como un hombre en presencia de su dios.

El corazón del avanc volvió a latir y una enorme cresta interrumpió la vista, la reconfiguró de repente elevándose más de siete metros y levantando una nube de polvo y partículas mucosas. La gruesa cresta, extendida hasta donde alcanzaba la lámpara del Ctenophore, recorrió la superficie de la nudosa planicie, se dividió en dos o tres y dibujó varias sendas diferentes a lo largo de la llanura.

Era una vena.

Llena de sangre, pulsante, protuberante. Poco a poco, volvió a encogerse.

El sumergible estaba perfectamente situado. Se encontraban sobre la espalda del avanc.

Incluso Krüach Aum, carente de emociones como era, parecía estupefacto. Se acurrucaron juntos y cuchichearon en busca de aliento.

El paisaje que se extendía por debajo de ellos en todas direcciones era una bestia.

El Ctenophore avanzaba con lentitud, a unos ocho metros sobre la superficie del avanc, a lo largo de un valle situado entre dos venas. Johannes lo contemplaba a través de las aguas densas. Los colores de la criatura lo habían hipnotizado. Había esperado un blanco anémico pero la piel moteada del ser contenía estrías de cientos de tonos diferentes, arrolladas en espirales tan diferentes como huellas dactilares: gris guijarro, rojos, ocre.

En algunas zonas, sobresalían de la piel del avanc unas extrusiones córneas o rocosas: pelos que rodeaban al Ctenophore como árboles osificados. Chion hacía maniobrar el sumergible entre ellos.

Sobrevolaban orificios; impurezas y ampollas en la carne del avanc que de repente y de forma fortuita se dilataban, abrían agujeros boqueantes, túneles pulsantes de suaves paredes y jalonados de alvéolos más grandes que hombres y que conducían al interior de la carcasa.

El Ctenophore se deslizaba como una mota de polvo sobre la piel.

—En el nombre de los dioses, ¿qué estamos haciendo? —susurró Johannes.

Krüach Aum estaba tomando notas y bosquejos de forma apresurada mientras Johannes observaba boquiabierto lo que había ayudado a conjurar.

—No tenemos más que un par de horas de luz —dijo Chion con voz impaciente.

El sumergible se elevó por encima de un par de aquellos pelos del tamaño de campanarios y descendió de nuevo entre dos extrusiones, acaso los extremos de agallas, cicatrices o aletas. La piel subía y bajaba y era recorrida por movimientos subcutáneos. Sus contornos estaban cambiando lentamente, la llanura se inclinaba arriba y abajo, se convertía en una ladera.

—Estamos llegando a los flancos —dijo Johannes.

De improviso, la ladera se tornó un precipicio, un acantilado de piel que se sumergía en una densa oscuridad. La respiración de Johannes se volvió convulsa mientras la forma del avanc se alejaba y el Ctenophore descendía por su costado. La luz pasaba sobre estratos de células y vida parasitaria que de repente resultaban diáfanas a su lado, un precipicio orgánico.

La geografía de su paciente resultaba abrumadora.

Empezaron a aparecer arrugas, docenas de grandes pliegues como bordes de placas tectónicas, allí donde la piel del avanc se arrollaba sobre sí misma adoptando la forma de enormes losas, curvándose en lo que podía ser una joroba, una aleta o una cola.

—Creo… —dijo Johannes mientras señalaba a los demás lo que estaban viendo—, creo que estamos llegando a una extremidad.

El agua sufría una sacudida y quedaba inmóvil, una vez tras otra. Las ondulaciones de la piel se volvían más tensas. Aquí, con cada latido del corazón del avanc, aparecían grandes redes de las enormes venas, intrincadas como cristales hechos añicos, trazando las formas de músculos que eran como montañas. Los cangrejos huían de la luz y se escabullían en sus madrigueras de la piel del avanc.

Había impurezas en el agua. La lámpara se posó sobre una nube de líquido opaco que parecía tinta.

—¿Qué es eso? —susurró Johannes y Krüach Aum escribió algo para él.

Sangre.

El corazón volvió a latir y el agua se llenó de la oscura materia. Se disipó enseguida, plegándose en todas direcciones. La luz de la lámpara irrumpió entre los tentáculos de la sangre y entrevieron algo más allá. Una superficie dura y regular.

Los batinautas reprimieron un jadeo. Era el colosal extremo de hierro del arnés de Armada. Cubierto por una costra de mejillones muertos mucho tiempo atrás a causa de la presión y de la tosca vida nativa de aquellas profundidades. Una esquina, un cierre, plegándose alrededor del cuerpo del avanc.

—Dioses —susurró Chion—, puede que sólo sea eso. Puede que sean los grilletes, la brida… puede que le estén lastimando la carne.

El Ctenophore se mecía entre corrientes de sangre desplazada, de regreso al cuerpo del avanc. La sangre se alzaba tras él, formando volutas sobre las colinas de la piel.

—¡Miren allí! —gritó Johannes de repente—. ¡Allí!

A unos siete metros de distancia por debajo de ellos, la piel del avanc estaba desgarrada y sangraba. Era como una excavación: una trinchera ancha y rugosa de diez metros de profundidad y muchos más de longitud que desaparecía serpenteando en la oscuridad. Los muros interiores eran una masa arruinada de células destrozadas, manchada con el residuo de aquel pus oleoso. Mientras observaban, manchas de aquel semilíquido se separaron y empezaron a elevarse, al tiempo que tras ellas, se extendían y se partían cadenas de materia.

En la parte más profunda de la herida, en su base, el fósforo iluminó el húmedo rojo de la carne.

—Jabber —siseó Johannes—. No me extraña que se haya frenado.

Krüach Aum escribió algo de forma frenética y colocó el papel bajo la luz de la linterna. Eso no es nada, leyó Johannes. Piensa en el tamaño del avanc. Debe de haber algo más.

—Miren —siseó Chion—, los borde de ese corte… no coinciden con la brida. El metal no es el causante —un silencio siguió a sus palabras—. Debemos de haber pasado algo por alto.

La epidermis lacerada del avanc se alzaba a ambos lados mientras descendían a la trinchera.

Como exploradores en algún río perdido, seguían la herida hasta su fuente.

La «V» de carne desgarrada desaparecía frente a ellos en una aguda perspectiva pero la oscuridad se la tragaba mucho antes de que apareciera nada parecido a un final. A cada latido, una oleada de sangre se arremolinaba a su alrededor, cegándolos durante varios segundos antes de desvanecerse.

Había pequeños movimientos a su alrededor y los carroñeros devoraban la carne expuesta.

El sumergible se movía entre las sombras de este barranco de carne. Y todos los que se encontraban dentro de aquella pequeña burbuja de metal y aire pensaban sin atreverse a decirlo, ¿Qué ha hecho esto?

Giraron mientras lo hacía la herida, mientras las esquinas duras de la piel destrozada retrocedían delante de ellos. El Ctenophore dio la vuelta en el agua.

—¿Han visto moverse a algo?

El rostro de Chion estaba blanco.

—¡Allí! ¡Allí! ¿Y ahora? ¿Lo han visto?

Silencio. El latido de la sangre. Silencio.

Johannes trataba de ver lo que Chion había visto.

El barranco se está ensanchando. Se encuentran en el extremo de un profundo abismo. Su base es toda sangre y pus. Se extiende a lo largo de varias decenas de metros de anchura. Ésta es la herida del avanc.

Algo se mueve. Johannes lo ve y grita y los demás responden.

Hay movimiento en la sangre, debajo de ellos.

—Oh, dioses —susurra y su voz muere y se convierte en un pensamiento. ¡Oh!, dioses. Algo inevitable y muy malo está ocurriendo.

El Ctenophore se balancea y hay más gritos. Algo lo golpea.

Una parte de la mente de Johannes está paralizada y piensa: Debemos encontrarlo y curarlo, encontrar lo que anda mal y curarlo, cortar por lo sano, curarlo, pero por encima de esto, asfixiándolo, una sacudida de miedo desciende mientras penetran en el abismo, el corazón de la enfermedad.

(Ha estado en mí desde que las olas se cerraron sobre mi cabeza).

La sangre podrida está latiendo con extrañas corrientes. El sumergible vuelve a estremecerse al ser golpeado por algo pesado e invisible. Chion empieza a agitarse.

Moviendo la cabeza lentamente, en medio de un tiempo congelado de repente, Johannes observa cómo se mueven las manos de la costrada sobre los controles, torpes y lentas como muñones, tirando hacia atrás, tratando de sacar la nave de allí, pero de nuevo los golpean y la nave se estremece, inestable.

Johannes escucha su propia voz, gritando: vámonos, vámonos.

Algo está golpeando la escotilla del Ctenophore desde fuera.

Johannes lanza un grito mientras contempla la llanura de sangre que hay debajo.

Una oscura cosecha, una espesura de flores negras ha brotado de allí y se precipita sobre el brillo oscilante de la lámpara, capullos que ascienden hacia el falso y frío sol sobre gruesos tallos llenos de músculos y venas; tallos que no son tallos sino brazos; flores que no son flores sino manos, garras, nudosas y extendidas, predatorias y ahora, de repente, se alzan pechos y cabezas y cuerpos, irrumpiendo desde el estanque de sangre en el que han estado mordiendo y vertiendo veneno.

Como espíritus que se alzan de una tumba, los cuerpos ascienden, disipando la sangre con el movimiento de sus colas, mirando a los recién llegados con ojos colosales que Johannes contempla con asombro y terror. Sobre sus rostros se dibujan unas sonrisas inconscientes que se burlan de él, dientes mayores que sus dedos entre los que se ven trozos de carne.

Nadan con la elegancia de anguilas hacia la nave, que gira a causa de su peso, es arrastrada hacia abajo por sus manos extendidas cuyas portillas se balancean y se elevan de repente, arrojando unos contra otros a los tres tripulantes, que se quedan en el suelo, gritando, mirando hacia arriba y gritando, a la mortecina luz de la lámpara, a los rostros que hay al otro lado de las ventanas, a las garras que arañan el cristal.

Johannes siente que la boca se le abre por completo pero no puede oír nada. Sus brazos chocan contra los cuerpos de los demás tripulantes y éstos lo golpean a su vez, aterrados, y no siente nada.

La luz del Ctenophore se inclina hacia arriba y el abismo se lo traga. Johannes observa a las criaturas mientras se agolpan alrededor de la portilla y los pensamientos vuelan por su cabeza. Ésta es la enfermedad, no deja de pensar, histérico, ésta es la enfermedad.

La enfermedad se arremolina alrededor del sumergible. Destrozan la lámpara de fósforo, que se extingue en una bocanada de burbujas y ahora todo lo que ilumina sus rostros hinchados es el tenue resplandor amarillo de la linterna del interior.

Johannes está mirando un par de ojos que hay en el exterior, a más de seis mil metros de profundidad. Durante una diminuta fracción de segundo percibe, con absoluta viveza y claridad, cómo deben de verlo aquellos ojos, su propio rostro cubierto de sangre a causa de la caída y severo por las líneas y la luz de la linterna, su expresión helada, condenada.

Observa cómo se rayan las portillas. Observa cómo reptan las grietas como cosas laboriosas por encima y alrededor las unas de las otras, trazando sendas, recorriendo el cristal, hasta que éste se rompe y el sumergible sufre una sacudida. Se aleja a rastras de la ventana destrozada como si unos pocos centímetros de más pudieran salvarlo.

Mientras el Ctenophore se estremece durante sus últimos segundos, mientras las criaturas manchadas de sangre del exterior y el mar se arremolinan con ávida expectación, la linterna se apaga y, en medio del calor y del caos y de las tres voces y los tres cuerpos que se acurrucan allí dentro, Johannes está completamente solo.

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