La Cicatriz

La Cicatriz


Séptima parte: El Vigía » 44

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El sol se había puesto pero el agua seguía estando caliente. Reinaba una enorme calma. Bajo la superficie, la constelación de los globos de luz de las jaibas delineaba el vientre de Armada.

Tanner y Shekel nadaban entre el Montonero y la Dover, la ballena osificada, en un canal de quince metros de longitud. Allí estaban a salvo de los sonidos de la ciudad, de la cual sólo los restos flotaban hasta sus cabezas, mecidas por el oleaje como si fueran las de unas focas.

—No nos acercaremos demasiado —dijo Tanner—. Podría ser peligroso. Nos quedaremos a este lado del barco.

Shekel quería sumergirse hasta donde se atrevía y observar con sus gafas el cable que descendía hacia el batiscafo. Las descripciones de Tanner de las cadenas del avanc lo habían dejado siempre boquiabierto pero para él eran invisibles salvo como formas oscuras aun cuando reunía el coraje necesario y nadaba por debajo de los barcos de más calado de la ciudad. Quería ver el cable que se extendía desde el aire a la oscuridad. Quería afrontar su escala.

—Dudo que lo veas —dijo Tanner mientras observaba las entusiastas e ineficientes brazadas del muchacho—. Pero trataremos de acercarnos todo lo posible, ¿de acuerdo?

El mar lo lamía. Se liberó en él, extendió sus extremidades adicionales. Se zambulló en las aguas, cuya oscuridad se enseñoreaba rápidamente de todo y se sintió enmarcado por las frías luces de las jaibas.

Tanner respiraba agua y nadaba unos pocos metros por debajo de Shekel, observando sus progresos. Le parecía sentir algo vibrante en el agua. Se había vuelto muy sensible a las pequeñas trepidaciones del mar. Debe de ser el cable, pensó, que sigue bajando al submarino. Eso es lo que debe de ser.

A cien metros de ellos, las voluminosas patas metálicas de la Sorghum emergían de las aguas. El sol se había puesto tras la plataforma y el metal trenzado de sus puntales y su grúa eran oscuras punzadas en el cielo.

—No nos acercaremos demasiado —volvió a advertirle Tanner, pero Shekel no le estaba prestando atención.

—¡Mira! —graznó y señaló para que Tanner lo viera, perdió impulso, se hundió momentáneamente, emergió riendo y volvió a señalar hacia el otro extremo del Montonero. Los dos pudieron ver el grueso cable, tenso y rígido, que se sumergía en el agua.

—Mantente a distancia, Shek —dijo Tanner—. Ahora no te acerques.

El cable penetraba en el agua como una aguja.

Shekel —dijo Tanner con tono autoritario y el muchacho se volvió chapoteando—. Con eso basta. Veamos lo que podamos mientras quede un ápice de luz.

Llegó a su lado y se hundió por debajo de él, levantó la mirada mientras el muchacho se ponía las gafas, aspiraba profundamente y se sumergía de su mano.

Los contornos de la ciudad se alzaban ominosos como nubes de tormenta. Tanner estaba contando en su cabeza los veinte segundos que le permitiría permanecer sumergido.

Cuando se elevó y sacó al muchacho al aire, Shekel estaba sonriendo.

—Joder, es genial, Tanner —dijo, tragó agua y tosió—. ¡Vuelve a hacerlo!

Tanner lo llevó más abajo. Los segundos pasaron con lentitud y Shekel no mostró ninguna inquietud.

Se encontraban a tres metros de profundidad, junto al costado del Montonero. Un rayo de luz de luna brilló dentro del agua y Shekel señaló. A unos quince o veinte metros de distancia, el cable del sumergible fue visible durante un instante.

Tanner asintió pero volvió la cabeza hacia la negrura que se coagulaba bajo el barco factoría. Escuchó un sonido.

Es hora de subir, pensó y se volvió hacia Shekel. Lo tocó y señaló hacia arriba con las manos. Shekel sonrió, separó los labios y mostró los dientes, a pesar de que el aire se le escapaba por la boca.

De pronto pasó junto a ellos una brusca corriente de agua y algo sinuoso y muy rápido cruzó por un breve instante el campo de visión de Tanner. Desapareció, apareció y volvió a desaparecer como un pez abalanzándose sobre su presa. Tanner parpadeó, aturdido. Shekel seguía mirándolo, mientras se le llenaba el rostro de perplejidad. El muchacho frunció el ceño y abrió la boca como si se dispusiera a hablar y entonces, en un gran bramido, soltó todo el aire.

Tanner se estremeció de sorpresa, alargó los brazos hacia él y vio que algo oscuro y arremolinado abandonaba la boca de Shekel en pos de las burbujas de aire. Por un momento, Tanner pensó que era vomito, pero era sangre.

Aún con una expresión confusa en el rostro, Shekel empezó a hundirse. Tanner lo sujetó y lo arrastró con los tentáculos hacia la superficie mientras su mente se llenaba con el sonido de algo que se hacía pedazos y la sangre brotaba ferozmente no sólo por la boca de Shekel sino también por la enorme herida que tenía en la espalda.

La superficie parecía tan lejana…

Sólo había una palabra en la mente de Tanner. No no no no no no no no no no no no.

Aulló sin sonido, al tiempo que las ventosas de sus miembros de pólipo aferraban la piel de Shekel y lo llevaban de regreso al aire y unas formas indistintas abandonaban las sombras y pasaban como un rayo a su alrededor, funestas y predatorias como barracudas, coleando y retorciéndose, apareciendo y desapareciendo, moviéndose con una elegancia marina que le hacía sentirse torpe y pesado mientras huía del mar llevando consigo a su chico. Era un intruso, aterrorizado, a la fuga, acobardado por los verdaderos moradores del mar. Su cuerpo Rehecho era de pronto un terrible chiste, mientras lloraba y avanzaba torpemente con su carga, luchando con un agua que de pronto le era por completo ajena.

Cuando salió a la superficie estaba gritando. El rostro de Shekel apareció frente al suyo, convulso, echando sangre y agua marina por la boca mientras emitía pequeños sonidos.

¡Que alguien me ayude! —gritó Tanner Sack—. ¡Que alguien me ayude! —pero nadie podía oírlo y pegó sus ridículos apéndices al costado del Montonero y trató de salir del agua.

—¡Que alguien me ayude!

—¡Algo va mal! ¡Algo va mal!

Durante horas, los trabajadores de la cubierta del Montonero habían estado haciendo funcionar las grandes bombas de aire que mantenían con vida a los ocupantes del Ctenophore y esperando para traerlo de regreso. Uno tras otro, todos ellos se habían sumido en una especie de sopor. Ninguno de ellos se había dado cuenta de nada hasta que la mujer cacto que se encargaba de engrasar el cable había empezado a gritar.

¡Algo va mal, joder! —gritó y todos acudieron corriendo, asustados por su tono de voz.

Observaron el cable con los corazones alborotados. La gran grúa —la rueda del cable estaba casi vacía, lo había largado casi por completo— estaba sacudiéndose violentamente, chocaba contra la cubierta y los tornillos que la fijaban en su lugar temblaban. El cable empezó a gemir y a correr a pesar del cierre.

—Subidlos —gritó alguien y los hombres corrieron hacia la enorme grúa. Hubo un chasquido y el ruido de unos engranajes que saltaban. Los pistones entrechocaron como boxeadores y los engranajes del motor mordieron y trataron de girar, pero el cable los combatió. Estaba tan tenso como una cuerda tiple.

—¡Sacadlos, sacadlos! —gritó alguien y entonces, con un horripilante crujido, la enorme grúa se inclinó violentamente hacia delante. El motor empezó a humear y a soltar vapor y a lloriquear como un niño mientras sus entrañas giraban. Su complejo interior de trinquetes y volantes mecánicos se volvió borroso como una tenue aparición de tan deprisa como se movía.

—¡Se ha soltado! —informó la mujer cacto con una risa histérica—. Está subiendo.

Pero el batiscafo no había sido diseñado para ascender tan deprisa.

La rueda aceleraba con ridícula premura y recuperaba el cable a velocidad vertiginosa. Los engranajes despedían el olor seco del metal quemado y se volvían rojos mientras zumbaban.

Habían tardado tres horas en bajar el Ctenophore hasta el fondo. El disco de cable se incrementaba a tal velocidad que crecía a ojos vista y todo el mundo supo que en cuestión de minutos lo habrían recuperado por completo.

—¡Está ascendiendo demasiado deprisa! ¡Apartaos!

En el lugar por el que el grueso y tenso cable sobresalía del agua se había formado una neblina de vapor de agua. La grúa se estremecía sobre el mar. Golpeó el costado del Montonero y abrió un profundo surco en su superficie al tiempo que levantaba un monzón de chispas.

Los ingenieros y trabajadores huyeron a esconderse de la maquinaria, que luchaba con los tornillos restantes como un hombre aterrorizado.

Tanner Sack subió a la cubierta del Montonero, arrastrando consigo el húmedo y cada vez más frío cuerpo de Shekel.

¡Que alguien me ayude! —volvió a gritar, pero nadie oyó una sola palabra.

(En la frontera de Otoño Seco, el Brucolaco estaba inclinado sobre la borda del Uroc, contemplando detenidamente el agua. Una cabeza curva y llena de dientes apareció frente a él, envuelta en ondas, asintió una vez y desapareció. El Brucolaco se volvió hacia sus seguidores, en la cubierta.

—Es la hora —dijo).

Acompañado de una inmensa cascada de agua, el extremo del cable salió del agua, sobrevoló la grúa, que aún seguía dando vueltas. El grueso y pesado cable de metal se convulsionaba dando latigazos en dirección a la cubierta. En el lugar en el que debiera haber estado el submarino había ahora un extremo desgarrado.

Los trabajadores del Montonero observaban, aterrados.

El extremo arrancado del cable golpeó la cubierta con un sonido de cataclismo, dejando en ella un largo rastro de astillas de madera y virutas metálicas y la grúa siguió dando vueltas y el extremo del cable siguió pasando por debajo de ella y azotando al barco una vez tras otra.

—¡Apagadla! —gritó el capataz pero nadie podía escucharlo en medio de aquel estrépito y nadie se atrevía a acercarlo. El motor mantenía girando la gran rueda, que siguió flagelando al Montonero hasta que la caldera explotó.

Cuando lo hizo y el barco factoría se cubrió de detritos fundidos, hubo un momento de parálisis y asombro. Y entonces el Montonero volvió a sacudirse, esta vez a causa de nuevos incendios y explosiones que se producían en su interior.

Se estaba dando la alarma por toda la ciudad.

Los alguaciles y los guardias cactos de Anguilagua y Jhour estaban tomando posiciones en las embarcaciones que rodeaban al Montonero, que resplandecía y bramaba mientras el gran incendio de su cubierta se extendía. La tripulación corría, frenética, tratando de escapar sobre los puentes de cuerda que lo unían a la ciudad. Era un barco enorme y una riada constante de hombres y mujeres estaba emergiendo de sus entrañas, atravesando el humo y huyendo de sus ruinas.

Recortada en negro contra las llamas, podía verse una figura que caminaba arrastrando los pies hacia uno de los puentes, encorvada a causa del peso de un cuerpo mojado. Tenía la boca muy abierta pero no podía oírse lo que estaba diciendo.

—¿Sabéis todos lo que tenéis que hacer? —susurró el Brucolaco con voz tensa—. Id, pues.

Moviéndose con demasiada velocidad para que el ojo pudiera seguirlo con facilidad, un enjambre de figuras se dispersó desde el Uroc.

Se movían como monos, saltando con facilidad y rapidez sobre los tejados y aparejos, pero su paso era completamente silencioso. La imprecisa guarnición se fracturó en grupos más pequeños.

—Soleado y Raleas no nos ayudarán pero tampoco se opondrán —les había dicho el Brucolaco—. Dynich es joven y está nervioso… esperará hasta ver en qué dirección sopla el viento. Sombras es el único de los demás paseos que debe preocuparnos. Y hay un modo rápido de sacarlos de la ecuación.

Un pequeño grupo de vampiros se dirigió hacia Sombras, hacia el Theriantropus y el Palacio del Carro, hacia la corte del General. El grupo principal, febril y alborotado, se encaminó a popa extendiendo los miembros, en dirección a Anguilagua.

Tras ellos, con andar enérgico pero sin hacer esfuerzo alguno por apresurarse o esconderse, venía el Brucolaco.

Había algo en el Montonero. Los hombres y mujeres que escapaban y se desplomaban en los navíos circundantes farfullaban advertencias mientras trataban de recobrar el aliento.

Algo había irrumpido a través del casco del barco, en alguna parte de la cubierta inferior y había abierto un agujero en el metal. Mientras el motor daba vueltas y azotaba la cubierta con el muñón del cable del Ctenophore, habían emergido cosas desde las cubiertas inferiores, habían atacado a quienes se encontraban en el puente, las calderas y la sala de máquinas y habían hecho pedazos el barco.

Las cosas eran difíciles de describir: corrían rumores sobre dientes como navajas y grandes ojos de cadáver.

La cubierta del Grande Oriente estaba casi vacía y sólo algún sirviente o burócrata ocasional la cruzaba a la carrera. Los alguaciles custodiaban todos los puntos de entrada, donde los puentes se alzaban desde debajo: no podía permitirse que el caos se extendiera a los buques insignia. Las multitudes se reunían todo lo cerca que podían de la violencia, en los tejados y balcones, en las torres de pisos, se agolpaban en todos los navíos que rodeaban al Montonero. Se precipitaban hacia delante como olas. Los aeróstatos pasaban cerca de las ondas de calor que ascendían desde las llamas.

Olvidada en su habitación de la parte trasera del Grande Oriente, Bellis contemplaba horrorizada cómo iba cobrando forma la crisis.

Johannes ha desaparecido, pensó mientras miraba los destrozados restos del motor de la grúa.

Había desaparecido… y ella no tenía palabras para describir la extraña y muda perplejidad y la congoja que sentía.

Bajó la mirada hacia las traveseras que sobresalían del Montonero. Sus cubiertas eran un hervidero de hombres y mujeres heridos y aterrorizados que trataban de ponerse a salvo de las llamas.

En una de ellas, vio a Uther Doul. Gritaba y se movía mientras su mirada recorría infatigable el lugar.

El incendio del Montonero estaba calmándose, aunque los armadanos no lo habían apagado.

Bellis se agarró al alféizar de la ventana. Podía ver sombras que se movían al otro lado de las ventanas del barco factoría. Podía ver cosas en su interior.

Piratas armados estaban llegando desde todos los puntos de la ciudad. Tomaron posiciones y comprobaron el estado de sus armas alrededor de los puentes que conducían al Montonero.

Algo brotó del puente cubierto de humo del barco: un chorro de perturbación que combaba el aire mientras lo atravesaba. Acertó el mástil de madera de una goleta situada junto al Montonero.

Unas partículas agitadas envolvieron el mástil y fueron absorbidas por éste y entonces Bellis dejó escapar un jadeo de asombro. El mástil se estaba fundiendo, como si estuviera hecho de cera. El gran pilar de madera se enroscaba como una serpiente y su sustancia rezumaba sobre sí misma y se vertía sobre la cubierta, entrando y saliendo de la existencia, dejando una efervescencia en el aire, una realidad ampollada a través de la cual Bellis creyó atisbar un vacío. Los pliegues de madera desnaturalizada se deslizaban como residuos tóxicos sobre la cubierta abarrotada.

Uther Doul estaba señalando con la espada para ordenar a un grupo de cactos que disparase con sus arcos huecos a las ventanas del Montonero, cuando un coro de gritos se alzó desde otro lugar, fuera del campo de visión de Bellis. Vio que la atención de los hombres y mujeres que tenía debajo se trasladaba y entonces una expresión de horror y asombro empezó a recorrerlos como si fuera un virus.

Algo se estaba acercando a los piratas desde la proa de la ciudad, algo que Bellis no podía ver aún. Los grupos armados se dividieron: algunos se volvieron para afrontar la nueva amenaza, llenos de terror. Bellis salió corriendo de la habitación y se dirigió a la cubierta para ver.

A bordo del Grande Oriente reinaba una confusión completa. Los puentes seguían custodiados por patrullas nerviosas, cuyas órdenes no estaban demasiado claras y que observaban con aire desesperado la tormenta de flechas y proyectiles que asaltaba al Montonero. Los piratas abandonaban el barco y corrían a reunirse con sus camaradas.

Bellis llegó hasta el final de la cubierta, más allá del puente y se escondió bajo la oscuridad que se extendía tras sus aposentos. Se encontraba a la altura de los tejados de Armada. Trató de averiguar lo que estaba ocurriendo en la ciudad.

El Montonero y lo que quiera que contuviera estaba recibiendo un verdadero diluvio de fuego. El enemigo oculto respondía con aquellos extraños y asesinos rayos de taumaturgia, parecidos a fuegos artificiales, que disolvían la sustancia de los navíos próximos y los armadanos atacantes. Pero, más allá de los barcos próximos, Bellis podía ver un segundo frente, indistinto, que se desperdigaba por toda la ciudad, podía ver ataques caóticos, indisciplinados. Podía escuchar el irregular staccato de los disparos.

Los nuevos atacantes se estaban acercando a la densa maraña de barcos que la rodeaban, donde la mayor parte de los alguaciles de Anguilagua habían estado esperando para recuperar el Montonero. De repente pudo ver quién había lanzado el segundo ataque desde el interior de la ciudad. Las fuerzas de Anguilagua estaban siendo cercadas y atacadas por los vampiros de Otoño Seco.

Bellis miró a su alrededor, con una mano sobre la boca y la respiración entrecortada. No entendía lo que estaba viendo: ¿un colapso de la confianza, una venganza? Un motín instigado por el Brucolaco.

No lograba fijar la vista sobre los vampiros. Se movían como pesadillas. Congregándose y disolviéndose y reuniéndose, avanzando con velocidad animal.

Caían con aterradora gracia sobre algún callejón estrecho en que sólo cinco o seis guerreros armados podían atacarlos a un tiempo y acababan con ellos a velocidad pasmosa, les atravesaban la garganta con uñas duras como cuernos, los destrozaban con los dientes predadores hasta que tenían las barbillas llenas de sangre, salivando y gruñendo, llenos de sanguinaria lujuria y a continuación desaparecían antes de que los cuerpos hubiesen terminado de desplomarse y se precipitaban sobre algún otro bloque de cemento o puente o torre artillera o ruina. A hurtadillas, como lagartos, desaparecían de la vista.

Bellis no podía decir cuántos había. Allá donde mirara, parecían estar luchando pero sólo lograba ver con claridad a las tropas de Anguilagua.

Uther Doul, se percató, había vuelto su atención a los vampiros. Lo vio mientras apartaba gente de su camino y corría de regreso a las cubiertas del Grande Oriente para poder evaluar el curso de la batalla. Se volvió y gritó una orden, dirigió los refuerzos hacia los diferentes combates. A continuación salió corriendo hacia la popa de un antiguo trimarán situado en un costado del Grande Oriente, ocupado por completo por casas de ladrillos, donde, al otro lado de una espesura de ropa tendida hecha jirones, Bellis pudo ver que se estaba librando una batalla brutal.

Apenas se encontraba a setenta metros de ella y aún distinguía a Doul. Lo vio mientras atravesaba a la carrera el empinado puente y encendía la Posible Espada, que parpadeó y se convirtió en un millar de espadas fantasmales mientras lo hacía. Lo vio desaparecer tras una sábana hinchada por el viento y tras ella se escuchó una serie de sonidos rápidos e inesperados.

El austero lino blanco se manchó de rojo.

Revoloteó dos veces, como si hubiera sido herido y entonces fue desgarrado por la caída de un cuerpo moribundo que lo manchó aún más de sangre y lo retorció para convertirlo en un improvisado sudario mientras revelaba lo que había detrás. Doul se erguía en medio de un grupo de heridos que lo vitoreaba mientras propinaba patadas al cadáver del vampiro.

Pero su triunfo fue breve. Brotó energía taumatúrgica del Montonero y se derramó como grasa caliente entre los hombres y las mujeres, mientras la madera y el metal empezaban a fundirse y a rezumar. Uther Doul señaló con la espada manchada de rojo y envió a los exhaustos combatientes fuera del barco.

El vampiro que habían dejado atrás no fue el único en caer. Bellis no podía ver toda la batalla —las calles y solares y grúas y avenidas de árboles talados le interrumpían la vista— pero creyó ver, aquí y allá, otros vampiros que sucumbían. Eran aterradoramente rápidos y fuertes y dejaban tras de sí un rastro de cuerpos atravesados, sangrando y muertos pero los superaban en número.

Utilizaban la arquitectura y las sombras como aliados pero no podían evitar todas las andanadas de balas y todas las estocadas que los seguían. Y aunque una sola de éstas no bastara para matarlos, como hubiese ocurrido con hombres y mujeres normales, los hería y los frenaba. E, inevitablemente, ocurría en algún lugar: un grupo de piratas aterrorizados lograba acorralar a una de aquellas figuras gruñentes y le separaba la cabeza de los hombros o lo destrozaban de forma tan salvaje que ni siquiera la preternatural capacidad curativa de los vampiros podía salvar sus huesos y entrañas destruidos.

Si los vampiros hubieran estado solos, puede que hubiesen terminado por ser contenidos pero la mayoría de los guerreros de Anguilagua estaba luchando con el enemigo invisible del Montonero.

Pequeños botes bajos armados con cañones y lanzallamas se habían hecho a la mar. Navegaban a toda velocidad hacia el barco factoría, para atacarlo desde todas direcciones, para rodearlo.

Pero en el agua en la que flotaba el Montonero, estaban empezando a emerger formas.

El resplandor de los incendios y los disparos iluminaba el mar y a través de unos pocos metros de agua, Bellis pudo distinguir los contornos de las cosas que había debajo. Cuerpos hinchados que se balanceaban como sacos de carne tumefacta, malignos ojillos de cerdo, aletas degeneradas. Y unas bocas muy abiertas tras las que asomaban dientes irregulares, casi medio metro de longitud de cartílago translúcido.

Aparecieron fugazmente en la superficie del agua. En el nombre de Jabber, ¿qué son?, pensó Bellis, mareada. ¿Cómo puede controlarlos el Brucolaco? ¿Qué ha hecho? Los hombres que se les estaban acercando abrieron fuego y las cosas volvieron a sumergirse.

Pero cuando los pequeños botes se aproximaron y los hombres que venían a bordo se inclinaron para apuntar de nuevo, hubo una brusca sacudida orgánica y de pronto estuvieron en el mar, aturdidos y estupefactos y con un chapoteo y un fugaz atisbo de dientes, desaparecieron bajo el agua.

Armada se estaba desmoronando. Bellis atisbo un parpadeo de llamas en la frontera entre Anguilagua y Otoño Seco y escuchó el ruido de salvas. Una turba humana se estaba aproximando y luchaba contra los marineros de Anguilagua. Ya no era sólo una batalla de la ciudad contra los vampiros: a medida que se extendían las noticias sobre la rebelión, todos los que se oponían a los planes de los Amantes habían salido a combatir.

Los hotchi arrojaban sus espinas contra los hombres; los cactos se enfrentaba unos a otros en una fea batalla.

La lucha carecía de estructura. La ciudad estaba ardiendo. Los dirigibles la sobrevolaban, presa de un torpe pánico. Sobre todo aquello se erguía el Grande Oriente. Su oscuro hierro seguía silencioso y vacío, aún desierto.

Poco a poco, Bellis se fue dando cuenta de que todo aquello era insólito. Volvió la mirada hacia la trirreme que tenía debajo. El puente de cuerda que la había unido al Grande Oriente había sido cortado, así como, se percató ahora, el que había más allá.

Se pegó a la pared con todo cuidado, se inclinó unos centímetros hacia delante y se asomó sobre la cubierta principal. Tres figuras apenas visibles se movían con velocidad vampírica, cortando los cabos y cadenas que unían los puentes a la ciudad. Partieron uno de ellos y éste cayó sobre el mar, mientras su otro extremo golpeaba el flanco del barco al que estaba unido. A continuación se dirigieron al siguiente y repitieron la operación.

A Bellis se le encogieron las tripas. Los vampiros la estaban atrapando, confinándola en el barco con ellos. Se pegó a la pared, incapaz, de moverse, como si una película de hielo la hubiese atrapado.

A bordo de un viejo pesquero, bajo un alero mohoso, Uther Doul le atravesó la cara a un hombre con la espada. Se apartó de la cosa aullante y destrozada que había hecho y alzó la voz sobre los ruidos de violencia.

¿Dónde —rugió— está el puto Brucolaco?

Y mientras hablaba, se situó frente al Grande Oriente. Se detuvo unos segundos al reparar en sus propias palabras y levantó la mirada hacia la borda del vapor, hacia su cubierta invisible y sus kilómetros de pasillos, donde había dejado a los Amantes reunidos en sesión de emergencia con sus asesores científicos y en ese momento se le abrieron los ojos.

—¡Maldición! —gritó y empezó a correr.

Bellis oía una voz.

Venía desde un lugar muy próximo, justo al otro lado de la esquina en la que se encontraba, paralizada, junto a la puerta de la sección elevada. Contuvo la respiración con el corazón helado de miedo.

—¿Comprendes? —escuchó. La voz era tensa, áspera y gutural. El Brucolaco—. Él estará en alguna parte de esa sección… no sé exactamente dónde pero no dudo que lograrás encontrarlo.

Entendemos —Bellis cerró los ojos al escuchar el sonido horripilante de la segunda voz. Sonaba como si las palabras susurradas fueran un eco fortuito emitido por una película de limo al abrirse—. Lo encontraremos —continuó— y recuperaremos lo robado y luego nos marcharemos y el avanc volverá a ser libre para moverse.

—Bien, seré rápido, entonces —dijo el Brucolaco—. Aún hay dos personas a las que debo matar.

Los pasos se alejaron. Bellis se arriesgó a abrir los ojos y a mover la cabeza ligeramente y vio que el Brucolaco se dirigía con andar calmado y presuroso hacia la sección elevada de la superestructura bajo la cual se encontraban las salas de reuniones del Grande Oriente.

Escuchó el ruido de la puerta que había al otro lado al abrirse y unos sonidos rápidos y húmedos en el umbral al pasar los intrusos.

La comprensión y el asombro se abatieron sobre ella con tal fuerza que se tambaleó. Supo con una repentina bocanada de inspiración lo que eran aquellos recién llegados y el qué —y a quién— estaban buscando.

¿Tan lejos…?, pensó, mareada. ¿Tan lejos? Pero no tenía dudas.

Conteniendo la respiración para que su aterrorizado ritmo no la traicionara, Bellis se asomó por el recodo. No había nadie a la vista.

Desesperada, trató de pensar lo que debía hacer. Escuchó un sonido atropellado y una serie de gritos terribles procedentes de los barcos circundantes. No pudo evitar un grito ahogado al ver lo que la taumaturgia de los intrusos había hecho, lo que le estaba haciendo ahora mismo a los hombres y mujeres de Armada. Negó con la cabeza y gimió, aturdida por la sangre y los cadáveres desfigurados que veía.

Otro rayo de energía procedente del Montonero cruzó el aire y una cólera vívida se aposentó de repente en sus entrañas, haciéndola temblar. Seguía teniendo miedo pero su furia era mucho más fuerte.

Estaba dirigida a Silas Fennec.

¡Hijo de puta!, pensó. ¡Cerdo de mierda estúpido y egoísta! ¡Mira lo que has conseguido! ¡Mira lo que has traído aquí! Contempló la carnicería mientras sus propias manos se quedaban sin sangre.

Tengo que ponerle fin a esto.

Y entonces supo cómo.

Supo lo que había sido robado y supo dónde estaba.

Mientras los vampiros empezaban a cortar el cabo deshilachado del último de los puentes del Grande Oriente, una figura que empuñaba una espada cayó de un salto sobre los tablones. Los vampiros retrocedieron, sorprendidos y buscaron a tientas sus armas.

Uther Doul llegó a la cubierta. La mujer vampiro que tenía más cerca sacó su pistola de chispa y se volvió hacia él mientras sacaba la lengua y gruñía y sus colmillos se extendían como los de una serpiente. Doul la decapitó con algo parecido al desdén.

Sus dos camaradas contemplaron el tatuaje de los talones de su camarada sobre la madera. Doul caminó hacia ellos sin vacilar y huyeron corriendo.

¿Dónde —rugió Uther Doul tras ellos— está el Brucolaco?

Gritando con todas sus fuerzas, Bellis golpeó la manija y la cerradura con el candelabro que había encontrado. Lo introdujo en la grieta e hizo palanca. Saltaron astillas de la madera y ésta se abolló, pero la puerta era gruesa y estaba bien hecha y pasaron varios minutos ruidosos antes de que cediera. Bellis profirió un aullido de triunfo al ver que se abría en medio de una hemorragia de astillas.

Abrió los armarios de Doul y buscó debajo de su cama, dio golpes a los listones del suelo, en busca de la estatua. No estaba en el armero ni con el extraño aparato que, según le había dicho, era un instrumento musical de los Espectrocéfalos. Pasaron los minutos mientras ella seguía presa de una agonía al imaginar el baño de sangre que debía de estar teniendo lugar en el exterior.

Encontró la estatua de repente, envuelta en su trapo en el interior del cilindro que Doul usaba para guardar jabalinas y flechas. Con una súbita punzada de miedo reverente, la acunó entre sus brazos mientras corría por los vacíos corredores del Grande Oriente, ahora más dueña de sí, en busca del ala segura de la vieja nave, donde la habían tenido encerrada. Parecía que llevara un niño entre los brazos.

Los Amantes se habían reunido en una sala que muy pocos de sus consejeros conocían. La batalla había comenzado apenas hacía una hora.

La Amante estaba gritando a los aterrados científicos, diciéndoles que Aum y Lacrimosco estaban muertos, y que algo estaba destruyendo la ciudad y que tenían que saber lo que era para poder combatirlo, cuando, de un fuerte golpe, la cerradura se desintegró y la puerta se abrió, reventada.

En medio de un silencio estupefacto, todos los presentes se volvieron hacia el Brucolaco.

Estaba en el umbral, respirando pesadamente, con la boca abierta y los dientes crueles a la vista. Saboreó el aire con la lengua y recorrió con la mirada la reunión. Entonces, abrió los brazos en un amplio ademán que incluía a todos los presentes menos los Amantes.

—Marchaos —susurró.

El éxodo no tardó más que unos pocos segundos y los Amantes y el Brucolaco se quedaron a solas.

Contemplaban al vampiro, no con miedo, pero sí con cautela, mientras se les acercaba.

—Esto acaba —susurró— aquí.

Sin decir palabra, los Amantes se separaron con lentitud, convirtiéndose así en dos objetivos. Cada uno de ellos había sacado sus pistolas y nadie habló. El Brucolaco se aseguró de que se interponía entre ellos y la puerta.

—No quiero gobernar —dijo y parecía haber una nota de genuina desesperación en su voz—, pero esto se acaba aquí. Esto no es un plan, es una puta locura. No dejaré que destruyáis la ciudad —retrajo los labios y se preparó para saltar. Los Amantes levantaron sus armas, sabiendo que no serviría de nada. Intercambiaron una mirada de soslayo pero rápidamente se volvieron de nuevo hacia el Brucolaco, que estaba preparado para lanzarse sobre ellos.

Apártate.

Era Uther Doul. Se encontraba junto a la puerta, con la espada, que despedía destellos de color hueso, en la mano.

El Brucolaco no se volvió del todo. Sus ojos no abandonaron a los Amantes.

—Sé una cosa sobre ti, Uther —dijo—, una cosa al menos. Armada es tu hogar y la necesitas y sé que a pesar de toda esa mierda que repites sobre la lealtad —su voz se hizo muy dura por un segundo—, la ciudad es la única cosa a la que no traicionarías. Y tú sabes que ellos van a destruirla.

Guardó silencio, como si esperase una respuesta.

—Apártate —fue todo lo que dijo Doul.

—Aunque la puta Cicatriz existiera —susurró el Brucolaco, aún sin volverse— y aunque lograran llevarnos hasta allí y por algún milagro de los dioses sobreviviéramos, nos destruirán de todos modos. No somos una fuerza expedicionaria, esto no es ninguna puta cruzada. Esto es una ciudad, Uther. Vivimos, compramos, vendemos, robamos, comerciamos. Somos un puerto. Esto no tiene nada que ver con aventuras. —Se volvió y miró a Uther Doul con expresión cáustica—. Tú lo sabes. Por eso viniste aquí, maldita sea, Uther. Porque estabas asqueado y harto de las aventuras. Tengamos un poco de racionalidad… No necesitamos a esa puta bestia, no necesitamos que arrastre nuestro culo por medio mundo, nunca lo hemos necesitado. Lo importante no es que algún cabrón construyera esas cadenas hace siglos; lo importante es que las dejaron vacías. Y si sobrevivimos a esta locura, mientras sigamos unidos a ese puto avanc estos dos nos arrastrarán a otra puta locura hasta que todos muramos. Ésa no es nuestra lógica, Doul. No es así cómo Armada hace las cosas. No fue por esto por lo que vinimos aquí. No dejaré que termine así.

—Brucolaco —dijo Doul—, esta elección no te corresponde.

Lentamente, los ojos del vampiro se abrieron y unas líneas duras se dibujaron en su rostro.

—Dioses… sabes que estoy en lo cierto, Uther, ¿no es así? Ahora lo veo, joder. Así que, ¿qué estás haciendo? —siseó—. ¿Qué has planeado?

—Muertohombre —dijo Doul con voz suave—, vas a apartarte.

—¿De veras lo crees, Vivohombre Doul? —susurró el Brucolaco. Una rabia contenida le teñía la voz de aspereza. Sus colmillos extendidos rezumaban regueros de saliva. Los huesos de sus manos crujieron mientras cerraba los puños—. ¿De veras lo crees? Eres un magnífico soldado, Vivohombre Doul. Te he visto luchar, he luchado a tu lado… Pero yo tengo más de trescientos años, Doul. ¿Acabas con un par de mis lugartenientes y ya te crees que puedes oponerte a mí? Yo me abrí camino matando hasta esta ciudad antes de que tú nacieras. Gané mi paseo a sangre y fuego. He matado cosas que ningún Vivohombre ha visto. Soy el Brucolaco y tu espada no te salvará. ¿De veras crees que puedes enfrentarte a mí?

Los pasillos del Grande Oriente estaban vacíos. Bellis serpenteaba por corredores y bajaba escaleras en busca de la cárcel, perseguida por el eco de sus propios pasos.

Hasta el pasillo en el que Fennec estaba prisionero estaba desierto. Sus centinelas, como todos los demás, habían acudido a defender Anguilagua. Aquél era el trato, comprendió Bellis de repente, aquélla era la contrapartida. Estos corredores vacíos eran lo que el Brucolaco les había entregado a los intrusos.

Sólo quedaban los dos taumaturgos que manejaban la máquina en el exterior de la celda de Fennec y los dos estaban muertos. La sangre aún goteaba sobre el suelo mientras Bellis se aproximaba a los cadáveres. El hombre había estado tratando de realizar algún encantamiento y de sus dedos, que se convulsionaban mientras los nervios morían, brotaban y se disipaban pequeños arcos de energía parecidos a estática. La mujer se encontraba a su lado, abierta en canal.

El miedo, acumulado en su interior como un vómito, la volvió torpe. Se quedó de pie sobre la sangre, junto a la puerta, la mano a punto de abrirla, paralizada por el terror. Luchaba consigo misma, sin saber ni por asomo lo que debía hacer.

Arrójalo ahí, decía una parte de ella, déjalo junto a la puerta sin más, corre sin más, sal de aquí sin más, y en aquel mismo momento se alzó un grito en el interior de la habitación, un ruido aterrador y lleno de pánico y Bellis se unió a él, horrorizada y abrió la puerta con violencia y entró.

¡Está aquí! —gritó, al tiempo que le arrancaba el trapo a la repugnante estatua y la sostenía frente a sí como una ofrenda—. ¡Basta, la tengo aquí, basta, tomadla, podéis cogerla y marcharos!

Al otro lado de la celda, separado de ella por los barrotes, Silas Fennec retrocedía a gatas. Volvió a gritar y se arrojó a una esquina de su celda. Ni siquiera la miró. Se arañaba la cara como un niño mientras contemplaba presa de un terror estupefacto aquello que había venido a buscarlo.

Con una horrible lentitud, volviendo la cabeza en el aire denso, Bellis siguió la dirección de su mirada y con un espasmo de frío asombro que hizo que se tambaleara, vio a los grindilú.

Eran tres. La estaban mirando.

Alzaron las mandíbulas prognatas, aquellas sonrisas absurdas inundadas de enormes dientes, los ojos masivos, absolutamente negros, que no pestañeaban jamás. Los brazos y los torsos eran de hombre, cubiertos de músculos tensos y piel estirada, gris verdosa y negra, brillante como si estuviera cubierta por una película de mucosa. Pero a partir de la cintura los cuerpos se extendían como enormes anguilas hasta convertirse en colas varias veces más largas que los torsos.

Los grindilú nadaban en el aire. Se convulsionaban y enviaban rápidas curvas serpenteantes hasta el extremo de sus largas colas, que se sacudían de forma líquida. Movían los brazos en una danza fortuita, como buceadores, mientras abrían y cerraban las garras palmeadas.

Estaban en absoluto silencio. Incluso delante de sus horribles semblantes, Bellis estaba hipnotizada por sus lánguidos, constantes y silenciosos movimientos. Sus cuerpos estaban a la misma altura que el suyo mientras sus colas se retorcían en el aire, suspendiéndolos sobre el suelo.

Uno de ellos se engalanaba con una masa de collares de piedra y hueso. Estaba manchado de sangre humana.

Oh dioses oh Jabber miraos, pensó Bellis en una especie de cántico frenético. Miraos. Habéis venido desde tan lejos

Los grindilú esperaban.

—Aquí… —la voz de Bellis temblaba de miedo. Les tendió la estatuilla, con mucho cuidado, temiendo que pudiera caérsele de las manos temblorosas—. La tengo aquí —susurró—. Os la he traído. Para que podáis iros. Podéis iros.

Fríos y silenciosos como peces abisales, los grindilú se limitaron a observarla mientras sacudían las colas.

—Por favor, tomadla —dijo—. Por favor, os he traído lo que os robaron. Tomadlo y… podéis marcharos. Regresad a Las Gengris —dejadnos solos, suplicaba. Dejadnos. La estatua le pesaba terriblemente en los brazos extendidos.

Con un fugaz latigazo de la cola, el grindilú de los collares nadó hacia ella por el aire, hasta estar tan cerca como para tocarla. Y Bellis se encogió mientras Silas Fennec le gritaba:

—¡Huye, Bellis!

El grindilú giró la cabeza hacia ella, intrigado, mientras la sangre que lo cubría resbalaba sobre su piel en todas direcciones, desafiando la gravedad. Con un lánguido bostezo, abrió la boca.

Bellis se encogió y profirió un sollozo.

Pero del interior de la garganta del ser brotó una tos profunda y áspera. Gotitas de sangre de sus dientes mancharon la estatua que Bellis sostenía. Luego vino otra tos y otra y otra, en un ritmo cuidadoso. Uh… uh… uh.

El grindilú estaba riendo.

La horrible e incompetente parodia de una risa humana.

La criatura la miró, sin pestañear, mientras ella bajaba sus manos temblorosas. Apretó los dientes con un sonido rocoso, volvió a separarlos a continuación y entonces, con la boca aún abierta e inmóvil, la garganta se flexionó con la precisión de unos labios humanos y habló.

¿Cree que es esto? —susurró la voz, sin matiz o entonación algunos—. ¿La mujer cree que es esto lo que fue robado? ¿Por esto cree que hemos atravesado el mundo? Los hermanos vienen desde el frío oscuro del lago, desde las torres y las tinas del pábulo, desde el palacio de las algas, desde Las Gengris. Hemos buscado este lugar durante dos, cuatros, seis, ocho, muchos, miles de kilómetros, muchos miles. Cansados y hambrientos y muy enfurecidos. Muchos meses. Los hermanos se sientan y esperan debajo de vuestra casa y cazan hasta que descubren lo que necesitábamos, siempre en busca de este hombre. Este ladrón, saqueador. ¿Por esto?

El grindilú empezó balancearse delante y atrás frente a ella, contemplándola, sin dejar de señalar la figurilla.

—¿Por esta cosa hemos venido? ¿Esta cosa de piedra? ¿La aleta de nuestro mago? ¿Cómo seres primitivos cree que nos humillamos delante de dioses tallados en piedra? ¿Por los trucos de una baratija?

La mano del grindilú se precipitó hacia delante y Bellis soltó un jadeo y aparto la suya, como si la estatua le quemara, y el grindilú la recogió antes de que empezara a caer. Se la acercó al rostro. Le acarició la mejilla con su filigrana de piel.

Hay esencia aquí pero, a pesar de ello, ¿por esto? —la garganta resolló—. ¿Cree que somos niños, nosotros los hermanos, para recorrer el mundo por un juguete de poder?

Con un movimiento largo, exagerado, a cámara lenta, el brazo del grindilú describió un gran arco y soltó la figurilla con un ademán dramático, casi petulante. Debía de estar volando a gran velocidad pero Bellis pudo verla con toda claridad mientras giraba en dirección a los barrotes. Los brazos alrededor de una cola arrollada y levantada, tallada con gracia exquisita y desagradable, la tosca boca dispuesta, mirándola su único ojo con frío sentido del humor.

Con un sonido atronador, la figurilla chocó contra los barrotes y se hizo pedazos.

Sus fragmentos y unas gotas frías de algo parecido al aceite volaron por todas partes.

Bellis estaba aturdida. Vio cómo se posaban las partículas y sintió que algo resonaba en el éter y desaparecía.

En el suelo, rodeado de polvo de roca y residuos gelatinosos, había un pedazo de carne. La aleta del mago, parecida a una especie de filete arrugado y podrido.

El grindilú la ignoró y agitó la cola y se aproximó a Silas Fennec, tras sus barrotes.

Hemos encontrado lo que nos fue robado —susurró. Y entonces se movió con extraña violencia, serpenteó por el aire como si éste se opusiese a su paso y, extendiendo los brazos, abrió los barrotes como si fueran meras algas, los abrió tanto que pareció que se desgarrarían, convertidos en una fronda de cables, pero resistieron, se deslizaron para recuperar su posición original y volvieron a ser rígidos y verticales y el grindilú se encontraba al otro lado.

Flotaba casi inmóvil sobre Silas Fennec, quien sacudía los brazos en su sombra.

Bellis no podía asistir a la degradación de Fennec, no soportaba verlo tan desnudo. Nunca hubiera imaginado que pudiera estar tan asustado.

Hemos recobrado lo que nos quitaron —murmuró la cabeza y el grindilú enseñó los dientes afilados como navajas y los bajó y al no oír ningún grito ni ningún sonido húmedo, Bellis volvió a abrir los ojos y vio que la criatura había registrado los trapos que yacían sobre el suelo como pellejos desechados de insecto y de entre ellos había sacado el cuaderno de notas de Silas Fennec.

Bellis lo recordaba bien: encuadernado en negro, grueso, lleno de papeles insertos. Rememoraba las resmas de apuntes nebulosos, los heliotipos y los inexpertos bosquejos, las notas, las preguntas y los recordatorios.

El grindilú hojeó rápidamente sus páginas. De tanto en cuanto se volvía y sostenía una frente a las barras, mostrándole a Bellis algo que para ella no significaba nada.

Las tinas de salitre. Las granjas de armas. El castillo. Nuestra anatomía. Una gaceta de la segunda ciudad, y mira esto —dijo con opaco triunfo—, mapas de la ribera. Las montañas que hay entre el océano y el Mar de la Garra Fría. Donde están nuestras moradas. Donde están las fisuras, donde la roca es más débil.

Algo se agitó en la mente de Bellis, las primeras sacudidas del entendimiento.

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