La Cicatriz
Primera parte: Canales » 3
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Bellis despertó cuando volvieron a zarpar, aunque la bahía seguía a oscuras. El Terpsícore vibraba y se estremecía como un animal helado y ella se acercó a la portilla y contempló cómo se iban alejando las escasas luces de Qé Banssa.
Aquella mañana no se le permitió subir a la cubierta principal.
—Lo siento, señorita —le dijo un marinero. Era joven y parecía desesperadamente incómodo por tener que impedirle el paso—. Órdenes del capitán: no se permite subir a los pasajeros a la cubierta principal hasta las diez.
—¿Por qué?
El marinero se encogió como si hubiera recibido un golpe.
—Los prisioneros —dijo—. Están dando un paseo. El capitán los ha sacado para que tomen un poco de aire y luego tenemos que limpiar la cubierta… están horriblemente sucios. ¿Por qué no va a tomar algo de desayuno, señorita? Esto habrá terminado en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando ya no estuvo a la vista del joven se detuvo y reflexionó. No le gustaba aquella coincidencia, tan poco tiempo después de su conversación con Johannes.
Bellis quería ver a los hombres y mujeres a los que transportaban en la bodega. No sabía si era salacidad o un instinto más noble lo que la impulsaba.
En vez de dirigirse directamente hacia el comedor, bajó por pasillos secundarios, por espacios estrechos y puertas angostas. Sonidos graves atravesaban las paredes: voces humanas que sonaban como ladridos de perros. Al final del pasillo abrió la última puerta, que daba a un armario lleno de estantes. Echó una mirada atrás pero estaba sola. Se terminó el cigarrillo y entró.
Tras apartar varias botellas cuyo contenido se había secado, Bellis vio una antigua ventana bloqueada por los estantes. Apartó la basura y trató de limpiar el cristal sin éxito.
Algo pasó de repente a un metro de distancia, al otro lado, y ella se sobresaltó. Se inclinó y entornó la mirada tratando de ver a través de la mugre. El enorme palo de mesana estaba junto a ella y vio el mayor y el trinquete, desdibujados, tras él. Debajo de ella se extendía la cubierta principal.
Los marineros se estaban moviendo. Trepando, limpiando y jalando de los cabos en sus rituales.
Había una masa de individuos diferentes, amontonados en grupos que se movían muy despacio, si es que se movían. La mayoría de ellos era humana y masculina pero desafiaba toda generalización. Vio un hombre con un sinuoso cuello de un metro de longitud, una mujer con una madeja de brazos convulsos, una figura que tenía unas orugas de tractor como cuartos traseros y otra de cuyos huesos sobresalían alambres metálicos. La única cosa que todos ellos tenían en común eran sus ropas grisáceas.
Bellis nunca había visto tantos Rehechos juntos, tantas víctimas de las factorías punitivas. Las formas de algunos de ellos revelaban que habían estado destinados a la industria mientras que otras, bocas y ojos malformados y los dioses sabían qué más, no parecían tener más propósito que resultar grotescas.
Había unos pocos prisioneros cactacae y también de otras razas: un hotchi con las espinas rotas; un minúsculo grupillo de khepri, cuyos escaracéfalos se retorcían y resplandecían bajo la luz del sol. No había vodyanoi, por supuesto. En viajes como aquél, el agua dulce era demasiado valiosa como para desperdiciarla para mantenerlos con vida.
Escuchó los gritos de los carceleros. Había hombres y cactacae que paseaban entre los Rehechos látigo en mano. En grupos de dos, tres y diez, los prisioneros empezaron a dar vueltas arrastrando los pies por cubierta.
Algunos de ellos no se movieron y fueron castigados.
Bellis apartó la cara.
Eran sus compañeros invisibles.
No parecía que el aire fresco les hubiera dado muchas fuerzas, pensó con frialdad. No parecían estar disfrutando del ejercicio.
Tanner Sack se movía lo mínimo indispensable para ahorrarse los azotes. Movía los ojos con ritmo. Abajo durante tres largos pasos, para no llamar la atención y luego arriba durante uno, para poder ver el cielo y el agua.
El motor a vapor hacía trepidar levemente el barco y tenía las velas extendidas. Los acantilados de la Isla del Ave Danzante pasaban junto a ellos, rápido. Tanner se movía hacia proa, despacio.
Estaba rodeado por los hombres que compartían su bodega. Las mujeres formaban un grupo más pequeño, un poco apartado. Todas ellas compartían su mismo rostro sucio y su misma mirada fría. No se les acercó.
Escuchó un silbido repentino, dos tonos más agudo que el graznido de las gaviotas. Levantó la mirada. Colgado de una voluminosa extrusión metálica que estaba frotando para dejarla como los chorros del oro, Shekel lo estaba observando. El muchacho lo miró y le ofreció un guiño y una sonrisa fugaz. Tanner le devolvió la sonrisa pero Shekel ya había apartado la vista.
Un oficial y un marinero con charreteras distintivas charlaban en la proa del barco, inclinados sobre un motor de cobre. Tanner alargó el cuello para ver lo que estaban haciendo y recibió un latigazo en la espalda, no demasiado fuerte pero acompañado por la promesa de un castigo mucho mayor. Un guardián cactacae le estaba gritando que siguiera moviéndose, así que reanudó su marcha. El tejido extraño de su pecho le picaba. Los tentáculos le escocían y se estaban despellejando como si se hubieran quemado con el sol. Escupió sobre ellos y extendió la saliva con las manos como si fuera un ungüento.
A las diez en punto, Bellis se terminó el té y salió al exterior. Habían limpiado y fregado la cubierta. No había la menor señal que revelase que los prisioneros hubieran estado allí alguna vez.
—Resulta raro pensar —dijo Bellis un poco más tarde, mientras ella y Johannes estaban contemplando el agua— que en Nova Esperium podríamos ser responsables de hombres y mujeres que han viajado con nosotros en este mismo barco y a los que no hemos llegado a conocer.
—Eso nunca le pasará a usted —dijo él—. ¿Desde cuándo necesita una lingüista trabajadores forzados?
—Lo mismo que los naturalistas.
—Eso no es del todo cierto —respondió con tono suave—. Hay que transportar equipo a la sabana, poner trampas, arrastrar animales narcotizados y cadáveres, hay que reducir a animales peligrosos… No todo se reduce a dibujar acuarelas, ¿sabe? Algún día le enseñaré mis cicatrices.
—¿Lo dice en serio?
—Sí —parecía abstraído—. Tengo una de treinta centímetros de longitud, la mordedura de una sárdula que se puso tonta… y un mordisco de un chalkydri recién nacido…
—¿Una sárdula? ¿De veras? ¿Puedo verla? —Johannes negó con la cabeza.
—Está… cerca de un lugar delicado —dijo.
No la miró, pero no parecía avergonzado.
Johannes compartía camarote con Gimgewry, el mercader fracasado, un hombre lisiado por la consciencia de su propia incapacidad, que observaba a Bellis con miserable lujuria. Johannes nunca demostraba lascivia. Parecía siempre estar pensando en otras cosas que le impedían prestar atención a los encantos de Bellis.
Y no es que ella quisiera que la abordase. Lo rechazaría al instante si se le ocurría cortejarla. Pero estaba acostumbrada a que los hombres flirteasen (normalmente durante corto tiempo, hasta que comprendían que su comportamiento frío no era algo que fuera a abandonar persuadida por ellos). La compañía de Lacrimosco era franca y asexuada y a ella le resultaba desconcertante. Se preguntó por un breve momento si sería eso que su padre llamaba un invertido, pero no daba señales de sentirse más atraído por los hombres de a bordo que por ella. Y entonces se sintió como una boba presuntuosa por habérselo preguntado.
Se atisbaba en él algo que era parecido al miedo, pensó, cada vez que una insinuación quedaba pendiente entre ambos. Quizá, se dijo, es que no está interesado en estos temas. O quizá es un cobarde.
Shekel y Tanner intercambiaban historias.
Shekel ya se sabía la mayor parte de las Crónicas de Pata de Cuervo pero Tanner las conocía todas. E incluso de aquellas que su joven amigo ya había escuchado, él conocía variantes y se las contaba igualmente. A cambio, Shekel le hablaba sobre los pasajeros y tripulantes. No sentía más que desprecio hacia Gimgewry, cuyas furiosas masturbaciones había escuchado a través de la puerta del retrete. El señor Lacrimosco, con su distante amabilidad, le resultaba enormemente aburrido y el capitán Myzovic le ponía nervioso pero se hacía el valiente y mentía, diciendo que paseaba borracho por las cubiertas.
La señorita Cardomium azuzaba su lujuria. Bellis Gelvino le gustaba.
—Aunque fría no es la palabra apropiada —decía— para la señorita Negro y azul.
Tanner escuchaba las descripciones e insinuaciones y reía y chasqueaba la lengua con desaprobación cuando resultaba apropiado. Shekel le contaba los rumores y fábulas que los marineros intercambiaban: sobre las piasas y las corsarias, los marichonianos y los piratas-escarabajo, las cosas que vivían bajo el agua.
Más allá de Tanner se extendía la alargada oscuridad de la bodega.
Se libraba una lucha constante por la comida y el combustible. No era sólo cosa de sobras de carne y pan: muchos de los prisioneros eran Rehechos con partes de metal y motores a vapor. Si sus calderas se apagaban, quedaban inmovilizados, así que cualquier cosa que pudiera arder era para ellos un tesoro. En el rincón más alejado de la cámara había un anciano. El trípode de peltre sobre el que caminaba llevaba días parado. Su horno estaba frío como el hielo. Sólo comía cuando alguien se molestaba en alimentarlo y nadie creía que fuera a sobrevivir.
La brutalidad de aquel pequeño reino fascinaba a Shekel. Observaba al anciano con ojos llenos de avidez. Veía los golpes de los prisioneros. Atisbaba apenas las peculiares siluetas dobles, hombres entrelazados en cópulas consentidas o violaciones.
Allí en la ciudad había formado parte de una banda en los alrededores de la Puerta del Cuervo y ahora que estaba solo no sabía lo que iba a ser de él. Su primer robo, a los seis años, le había proporcionado una moneda de un shekel y así se había quedado con el apodo. Aseguraba que no recordaba otro nombre más que ése. Había aceptado el trabajo en el barco cuando las actividades de su banda, que incluían algún que otro allanamiento de morada, habían empezado a atraer una atención excesiva por parte de la milicia.
—Un mes más y hubiera estado ahí dentro contigo, Tanner —decía—. No me ha faltado mucho.
Vigilado por los taumaturgos y la marinería arcana, el motor meteoromántico de la proa del Terpsícore desplazaba el aire de la parte delantera de la nave. Las velas se hinchaban para llenar el vacío, empujadas por la presión superior de la parte trasera. Avanzaban a buena velocidad.
A Bellis la máquina le recordaba a las torres nube de Nueva Crobuzón. Pensaba en los enormes motores que sobresalían por encima de los tejados en Cuña de Alquitrán, arcanos y estropeados. Sentía gran añoranza por las calles y los canales, por el tamaño de la ciudad.
Y por los motores. Máquinas. En Nueva Crobuzón la habían rodeado por todas partes, aquí no estaban más que el pequeño motor meteoromántico y el constructo del comedor. El motor a vapor situado bajo la nave convertía de hecho al conjunto de la Terpsícore en un mecanismo, pero era invisible. Bellis vagaba por la nave como la pieza extraviada de un mecanismo. Echaba de manos el utilitario caos que se había visto obligada a abandonar.
Navegaban por una zona bastante transitada. Pasaban junto a otros barcos: en los dos días después de que zarparan de Qé Banssa, Bellis vio tres. Los dos primeros no eran más que pequeñas formas alargadas en el horizonte, pero el tercero fue una esbelta carabela que se aproximó mucho más. Venía de Odraline, como anunciaban las cometas que volaban sujetas a sus velas. Se escoraba salvajemente en la mar picada.
Bellis pudo ver a sus marineros. Los vio balanceándose sobre los complejos aparejos y trepar con dificultades por las velas triangulares.
El Terpsícore pasó junto a islas con aspecto desierto: Cadann; Rin Lor, la Isla del Eidolón. Todas ellas tenían su propia leyenda y Johannes las conocía desde la primera hasta la última.
Bellis pasaba horas enteras contemplando el mar. Tan al este, el agua era mucho más clara que la de la Bahía de Hierro: podía ver las manchas de los enormes bancos de peces. Los marineros que no estaban de servicio se sentaban con las piernas sobre la borda, pescaban con toscas cañas y grababan dibujos en huesos y cuernos de narval con cuchillos y negro de humo[1].
En ocasiones, la curva de algún gran depredador, como una orea, rompía en la distancia la superficie del océano. Una vez, mientras se ponía el sol, la Terpsícore pasó cerca de un pequeño islote boscoso, un par de kilómetros cuadrados de árboles que emergían de las aguas. Había un racimo de rocas suaves a escasa distancia de la costa y el corazón le dio un vuelco a Bellis al ver que una de ellas retrocedía y un enorme cuello de cisne se desenrollaba y se elevaba de las aguas. Una tosca cabeza se volvió y, mientras Bellis observaba, el plesiosauro se alejó de los bajíos nadando con pereza y desapareció.
Durante breve tiempo se sintió fascinada por los carnívoros submarinos. Johannes la llevó a su camarote y revolvió entre sus libros. Vio varios títulos con su nombre en el lomo: Anatomía de la Sárdula; Depredadores de las Rocas de la Bahía de Hierro; Teoría de la Megafauna. Cuando encontró la monografía que estaba buscando le enseñó las sensacionales representaciones de peces ancestrales de diez metros de longitud y cabeza plana, de tiburones trasgo de afilada dentadura y frente prominente y otras criaturas.
La tarde del segundo día después de haber zarpado de Qé Banssa, el Terpsícore avistó la tierra que bordeaba Salkrikaltor: una costa accidentada y gris. Eran más de las nueve pero por una vez el cielo estaba absolutamente despejado y la luna y sus hijas brillaban con fuerza.
A despecho de sí misma, Bellis se sintió abrumada por aquel paisaje montañoso que recorrían fuertes vientos de un lado a otro. Tierra adentro, en los límites de su visión, podía ver la oscuridad de los bosques que se apoderaba de los lindes de los barrancos. En la costa los árboles estaban muertos, meros cascarones encostrados en sal.
Johannes profirió un grito de entusiasmo.
—¡Eso es Bartoll! —dijo—. Ciento cincuenta kilómetros al norte de allí se encuentra el Puente de Cyrhussine, de cuarenta malditos kilómetros de longitud. Me hubiera gustado que hubiéramos podido verlo, pero supongo que eso habría sido buscarse muchos problemas.
El barco se estaba alejando de la isla. Hacía frío y Bellis se envolvió con impaciencia en su fino abrigo.
—Voy a entrar —dijo, pero Johannes la ignoró.
Estaba mirando hacia popa, a la costa de Bartoll que iba desapareciendo.
—¿Qué está ocurriendo? —murmuró. Bellis se volvió al instante—. ¿Adónde nos dirigimos? —gesticuló—. Mire… nos estamos alejando de Bartoll —la isla era ya poco más que una sombra indistinta en el extremo del mar—. Salkrikaltor está en esa dirección… al este. Podríamos estar navegando entre las jaibas en cuestión de horas, pero nos dirigimos hacia el sur… nos estamos alejando de las colonias…
—Puede que no les guste que los barcos pasen por encima de ellos —dijo Bellis, pero Johannes negó con la cabeza.
—Ésa es la ruta estándar —dijo—. Al este de Bartoll está Ciudad Salkrikaltor. Así es como se llega hasta allí. Nosotros vamos a otro lugar. —Dibujó un mapa en el aire—. Esto es Bartoll y esto es Gnomon Tor y entre ellas, en el mar… Salkrikaltor. Aquí, adonde nos estamos dirigiendo… no hay nada. Una línea de islitas rocosas. Estamos dando un gran rodeo para llegar a Ciudad Salkrikaltor. Me pregunto por qué.
A la mañana siguiente ya eran varios los pasajeros que habían reparado en lo inusual de su ruta. En cuestión de horas el rumor se extendió entre los pequeños y enclaustrados corredores. El capitán Myzovic los reunió en el comedor. Casi cuarenta pasajeros viajaban a bordo y todos ellos estaban presentes. Incluso la pálida y patética hermana Meriope y otros igualmente afligidos.
—No hay nada de qué preocuparse —les aseguró el capitán. Saltaba a la vista que estaba enfadado por haber tenido que convocar aquella reunión. Bellis no lo estaba mirando, se asomaba por la ventana. ¿Por qué estoy aquí?, pensó. A mí no me importa. No me importa adónde nos dirigimos ni cómo demonios vamos a llegar hasta allí. Pero no logró convencerse y se quedó.
—Pero ¿por qué nos hemos desviado de la ruta normal, capitán? —preguntó alguien.
El capitán resopló con furia.
—Bien —dijo—. Escuchen. Estamos dando un rodeo alrededor de las Islas Aletas, el archipiélago situado en el extremo de Salkrikaltor meridional. No estoy obligado a darles explicaciones sobre mis acciones. No obstante… —hizo una pausa para poner de manifiesto frente a los pasajeros el privilegio que les estaba concediendo—, en las presentes circunstancias… debo pedirles a todos ustedes un cierto grado de discreción en lo referente a esta información. Vamos a circunnavegar las Islas Aletas antes de llegar a Salkrikaltor para poder recalar en algunos de los nuevos enclaves de Nueva Crobuzón. Ciertas industrias marítimas, que no son del dominio público. Podría hacer que todos ustedes fueran confinados en sus camarotes. Pero seguirían pudiendo ver por las portillas y prefiero no alentar la clase de rumores que ello acarrearía. Así que son libres de salir al exterior, aunque sólo hasta la cubierta de popa. Pero. Pero les conmino, como patriotas y buenos ciudadanos, a que ejerciten la máxima discreción con respecto a lo que vean esta noche. ¿Está claro?
Para disgusto de Bellis, se hizo un silencio entre atemorizado y reverente. Los está engañando con pomposidad, pensó, y dio media vuelta para demostrar su desprecio.
Alguna roca ocasional interrumpía el oleaje, pero nada más dramático. La mayor parte del pasaje se había congregado en la parte trasera del barco y miraba ansiosamente sobre las aguas.
Bellis mantenía la vista fija en el horizonte. Le irritaba no estar a solas.
—¿Cree que lo reconoceremos cuando lo veamos… sea lo que sea? —le preguntó con un cloqueo una mujer a la que no conocía y a la que ignoró.
La noche se hizo más oscura y mucho más fría y algunos de los pasajeros se retiraron. En el horizonte, las montañosas Aletas aparecían y desaparecían de la vista. Bellis bebía un poco de vino tibio para calentarse. Se aburría y estaba prestando más atención a los marineros que al mar.
Y entonces, en torno a las dos de la madrugada, cuando sólo la mitad de los pasajeros permanecían en cubierta, apareció algo al este.
—Dioses del cielo —susurró Johannes.
Durante largo rato fue una silueta severa e incomprensible. Y entonces, conforme se iban acercando, Bellis vio que se trataba de una enorme torre negra que emergía de las aguas. En lo alto brillaba una lámpara de aceite, un jirón de llama sucia.
Estaban casi sobre ella. Apenas a dos kilómetros de distancia. A Bellis se le escapó un jadeo entrecortado.
Era una plataforma suspendida sobre el mar. Con más de setenta metros de lado, se erguía inmensa, la mole de hormigón apoyada sobre tres colosales patas metálicas. Bellis podía oír cómo palpitaba.
Las olas rompían contra sus cimientos. Su perfil era tan intrincado y retorcido como el de una ciudad. Sobre los tres pilares se alzaba un racimo de espiras dispuestas sin aparente orden y varias grúas que se movían como garras y sobre todas ellas se remontaba un enorme minarete de vigas que rezumaba fuego. Por encima de las llamas, las ondas taumatúrgicas distorsionaban el espacio. Entre las sombras que había bajo la plataforma, un grueso eje metálico se sumergía en el mar. Los niveles habitados estaban iluminados débilmente.
—En el nombre de Jabber… ¿qué es esto? —dijo Bellis con voz entrecortada.
Era pasmoso y extraordinario. Los pasajeros estaban boquiabiertos, como idiotas.
Las montañas de la Aleta más meridional eran sombras en la distancia. Cerca de la base de la plataforma había formas predatorias: pequeños acorazados que patrullaban la zona. La cubierta de uno de ellos emitía un complejo staccato de luces y desde el puente del Terpsícore se le respondía con salvas similares.
En la cubierta de la fabulosa estructura sonó un claxon.
Ahora se estaban alejando de ella. Bellis la vio menguar junto con su chorro de llamas.
Johannes estaba paralizado por el asombro.
—No tengo ni idea —dijo con lentitud. Bellis tardó unos segundos en comprender que estaba respondiendo a su pregunta. No apartaron los ojos de la enorme forma que se erguía sobre el mar mientras estuvo a la vista.
Cuando desapareció, se dirigieron en silencio hacia el pasillo. Y entonces, mientras abrían la puerta que conducía a los camarotes, alguien detrás de ellos gritó:
—¡Otra!
Era cierto. A kilómetros de distancia, una segunda plataforma colosal.
Más grande que la primera. Se erguía sobre cuatro patas de hormigón desgastado. Ésta parecía más dispersa. Tenía una torre gruesa y achaparrada en cada esquina y una grúa colosal en un extremo. La estructura gruñía como una cosa viva.
De nuevo se alzó un desafío de destellos procedente de los defensores de la fortaleza y de nuevo respondió el Terpsícore.
Se alzó una brisa y el viento estaba frío como el hierro. En los bajíos de aquel mar desolado el edificio bramó mientras el Terpsícore pasaba deslizándose entre la oscuridad.
Bellis y Johannes esperaron otra hora, las manos entumecidas, exhalando el aire de sus pulmones en bocanadas visibles, pero no apareció nada más. Lo único que pudieron ver fue el agua y, aquí y allá, las Aletas, serradas y a oscuras.
Día de La Cadena, 5 de Aurora de 1779. A bordo del Terpsícore.
Esta mañana, en cuanto entré en la oficina del capitán, supe que estaba enfurecido por algo. Le rechinaban los dientes y la expresión de su rostro era asesina.
—Señorita Gelvino —dijo—. Dentro de pocas horas arribaremos a Ciudad Salkrikaltor. Se concederá a la tripulación y a los demás pasajeros algunas horas de permiso para desembarcar, pero me temo que no podremos permitirnos el mismo lujo con usted.
Hablaba con tono neutro y peligroso. Su mesa estaba vacía. Aquello me perturbó y no puedo explicar el porqué. Normalmente suele estar rodeado por montañas de basura.
Sin ellas no había nada que se interpusiera entre los dos.
—Voy a reunirme con los representantes de la Mancomunidad Salkrikaltor y usted hará las veces de intérprete. Ha trabajado antes con delegaciones comerciales, ya conoce la fórmula. Traducirá al jaiba Salkrikaltor para sus representantes y su traductor hará lo propio en ragamol para mí. Usted lo escuchará cuidadosamente y él la estará escuchando a usted. Eso garantiza la honestidad en ambos bandos. Pero usted no es parte integrante de las negociaciones. ¿He sido lo bastante claro? —se extendió sobre el particular, como un profesor—. No oirá nada de lo que se diga entre nosotros. Es usted un conducto y nada más. No oirá nada.
Miré al muy cabrón a los ojos.
—Se discutirán asuntos de la máxima seguridad. A bordo de un barco, señorita Gelvino, hay muy pocos secretos. Se lo advierto… —se inclinó hacia mí—, si menciona algo a cualquiera, a mis oficiales, a esa monja que no para de vomitar o a su querido amigo el Dr. Lacrimosco, me enteraré.
Estoy segura que no hace falta que te diga que estaba asombrada.
Hasta entonces había evitado toda confrontación con el capitán pero su cólera lo volvía caprichoso. No pienso mostrar debilidad frente a él. Prefiero pasar meses de malos sentimientos a asustarme cada vez que se me acerque.
Además, estaba enfurecida.
Hablé con hielo en la voz.
—Capitán, ya discutimos estas cuestiones cuando me ofreció el puesto. Mi currículo y mis referencias hablan por sí solas. No es propio de usted venir a cuestionarme ahora —estaba en mi salsa—. No soy ninguna adolescente descerebrada a quien pueda usted intimidar, señor mío. Cumpliré con lo que estipula mi contrato y no pienso tolerar que impugne usted mi profesionalidad.
No tenía la menor idea de lo que podía haberlo enfadado y la verdad es que no me importaba. Por mí, los dioses pueden pudrirle la piel a ese hijo de puta.
Y ahora estoy aquí sentada con la monja que no para de vomitar —aunque la verdad es que parece encontrarse un poco mejor e incluso ha mencionado algo sobre celebrar una misa el Día de la Huida— y estoy terminando esta carta. Estamos llegando a Salkrikaltor, donde podré sellarla y dejarla con la esperanza de que se la lleve algún barco que se dirija hacia Nueva Crobuzón. Al final esta larga despedida llegará hasta ti, sólo que unas pocas semanas tarde. Lo que no es tan malo. Confío en que estés bien.
Espero que me eches de menos tanto como yo a ti. No sé lo que voy a hacer sin este medio para comunicarme contigo. Pasará un año o más antes de que vuelvas a saber de mí, antes de que otro velero o vapor recale en el puerto de Nova Esperium. ¡Y piensa cómo estaré para entonces! Tendré el pelo largo y seguro que lleno de barro, y ropa miserable, con símbolos como los de un chamán salvaje. Si todavía me acuerdo de cómo se escribe, te escribiré entonces, te contaré cómo me va y te preguntaré cómo andan las cosas en mi ciudad y quizá tú me hayas escrito y me digas que todo ha vuelto a ser seguro y que puedo regresar a casa.
Los pasajeros debatían con entusiasmo sobre lo que habían visto la pasada noche. Bellis los despreciaba. El Terpsícore había atravesado el Estrecho de Cándelas y se encontraba ahora en las aguas más tranquilas de Salkrikaltor. La exuberante isla de Gnomon Tor fue la primera en dejarse ver y luego, antes de las cinco de la tarde, Ciudad Salkrikaltor apareció en el horizonte.
El sol estaba ya muy bajo y la luz era densa. La ribera verde e inmensa de Gnomon Tor se alzaba unos cuantos kilómetros el norte. En un bosque horizontal de sombras cada vez más alargadas, las torres y tejados de Ciudad Salkrikaltor hollaban las aguas.
Estaban hechas de hormigón, de hierro, roca y cristal y de curvos macizos de duro coral de aguas frías. Columnas rodeadas por paseos que ascendían en espiral y unidas por puentes finos como espinas. Intrincadas espiras cónicas de más de treinta metros de altura, oscuros torreones cuadrados. Una masa de estilos contradictorios.
El perfil que se recortaba contra el horizonte era el trazo exuberante de un coral dibujado por la mano de un niño. Se alzaban con pesadez torres orgánicas, como material sobrante abandonado por gusanos excavadores. Había análogos de encaje de coral, viviendas elevadas hasta gran altura que se ramificaban en docenas de delgadas estancias; edificios achaparrados, perforados por muchas ventanas, como esponjas titánicas. Una arquitectura en serpentinas salpicadas de volantes, como corales ígneos.
Las torres de la ciudad sumergida se alzaban ininterrumpidas no menos de treinta metros por encima de las olas. Al nivel del mar se abrían casi con pereza enormes entradas. Marcas verdosas señalaban la altura que alcanzaban las mareas.
Había edificios más modernos. Mansiones ovoides talladas en piedra y reforzadas con hierro, suspendidas sobre las aguas por puntales que sobresalían del subacuático paisaje de los tejados. Plataformas flotantes coronadas por terrazas de casas de ladrillos cuadradas —como las de Nueva Crobuzón— se balanceaban con aire pomposo.
En los paseos y los puentes situados al nivel de las aguas y por encima había miles de jaibas y un número importante de humanos. Docenas de barcazas y barcos de poco calado pasaban entre las torres.
Había navíos oceánicos a las afueras de la ciudad, amarrados a pilares que sobresalían del mar. Juncos, carabelas y clíperes y aquí y allá algún que otro vapor. El Terpsícore se aproximó.
—Mire allí —le dijo alguien a Bellis y señaló hacia delante: el agua era completamente transparente. Aun en la menguante luz del atardecer, Bellis podía ver las amplias avenidas de los suburbios de Salkrikaltor, a gran profundidad. Los edificios terminaban como mínimo a veinte metros de la superficie, para asegurar paso franco a los barcos que navegaban sobre ellos.
En los paseos que unían las espiras submarinas, Bellis podía ver aún más ciudadanos, más jaibas. Nadaban con rapidez, moviéndose con mucha más facilidad que sus compatriotas que estaban sobre ellos, en la superficie.
Era un lugar extraordinario. Mientras recalaban, Bellis miró con envidia cómo se bajaban al agua los botes del Terpsícore. La mayoría de la tripulación y del pasaje se agolpaba con impaciencia frente a las escaleras. Sonreían y charlaban con entusiasmo, al tiempo que lanzaban miradas a la ciudad.
Ahora ya era de noche. Las torres de Salkrikaltor eran meras siluetas; las ventanas iluminadas se reflejaban en el agua negra. Flotaban tenues sonidos en el aire: músicas, gritos, el zumbido de la maquinaria, las olas.
—Deberán haber regresado a las dos de la mañana —exclamó un subteniente—. No salgan del barrio humano y de las zonas que pueden visitarse sobre el agua. Hay muchísimo que hacer sin necesidad de poner en peligro sus pulmones.
—¿Señorita Gelvino? —Bellis se volvió y se encontró con el capitán de corbeta Cumbershum—. Acompáñeme, por favor. El sumergible nos espera.