La Cicatriz
Primera parte: Canales » 4
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Constreñida en el interior del diminuto sumergible, una estrecha maraña de tubos y cuadrantes de cobre, Bellis alargó el cuello para ver por encima de Cumbershum, el capitán Myzovic y el timonel.
El mar estaba lamiendo el fondo de la escotilla reforzada delantera y entonces, de repente, la embarcación cabeceó y las olas cubrieron el bulboso cristal y el cielo desapareció. El sonido del chapoteo y el lejano graznido de las gaviotas desaparecieron al instante. El único ruido existente era el zumbido provocado por la hélice al empezar a girar.
Bellis estaba emocionada.
El submarino se inclinó y empezó a descender con elegancia hacia el invisible lecho de roca y arena. Un poderoso arco de luz se encendió bajo su morro y abrió un cono de agua iluminada debajo de ellos.
Al llegar cerca del fondo, el navío se inclinó ligeramente hacia la superficie. La luz del anochecer se filtraba hasta ellos, tenue, bloqueada en parte por las masivas y negras sombras de los barcos.
Bellis contemplaba las aguas oscuras asomándose por encima del hombro del capitán. Su rostro estaba impasible pero sus manos se movían, impulsadas por el asombro y la maravilla. Los peces se mecían en oleadas precisas, avanzando y retrocediendo en torno al torpe intruso de metal. Bellis podía escuchar su propia respiración, antinaturalmente acelerada.
El sumergible se abrió camino con todo cuidado entre las cadenas que pendían como enredaderas del dosel de navíos que había sobre ellos. El piloto movía las palancas con la destreza de un auténtico experto. La embarcación superó una pequeña lengua de roca corroída y Ciudad Salkrikaltor apareció ante ellos.
Bellis se quedó sin aliento.
Por todas partes se veían luces suspendidas. Globos de iluminación fría como lunas congeladas, sin el menor rastro de los tonos sepia de las farolas de gas de Nueva Crobuzón. La ciudad resplandecía en el agua cada vez más oscura como una red llena de luces fantasmales.
Los suburbios de la ciudad estaban formados por edificios bajos hechos de piedra porosa y coral. Había más submarinos moviéndose con suavidad entre las torres y por encima de los tejados. Los paseos hundidos que discurrían por debajo de ellos ascendían hasta llegar a las lejanas murallas y catedrales del centro de la ciudad, a casi dos kilómetros de distancia y apenas visibles desde tan lejos. Allí, en el corazón de Ciudad Salkrikaltor había edificios más altos que asomaban por encima de las olas. No eran menos intrincados bajo la superficie.
Había jaibas por todas partes. Levantaban la mirada con aire despreocupado mientras el submarino pasaba sobre ellas. Charlaban a la entrada de tiendas engalanadas con ondulantes telas de colores, reñían en pequeñas plazas delimitadas con setos de algas recortadas, caminaban por abarrotados callejones. Conducían carromatos arrastrados por unas bestias de carga extraordinarias: caracoles de mar de casi tres metros de altura. Sus niños jugaban, martirizaban a róbalos enjaulados y coloridos pececillos.
Bellis vio casas medio reparadas y agrupadas. Lejos de las calles principales las corrientes arrastraban los desechos orgánicos que se enmohecían en patios de coral. En el agua cada movimiento parecía prolongarse. Las jaibas nadaban sobre los tejados sacudiendo las colas en un movimiento nada elegante. Saltaban desde salientes elevados y descendían lentamente, con las patas preparadas para aterrizar.
Desde el interior del submarino, la ciudad parecía en silencio.
Volaban lentamente hacia la monumental arquitectura del centro de Salkrikaltor, dispersando peces y restos flotantes. Era una verdadera metrópolis, se dijo Bellis. Bulliciosa y llena de vida. Igual que Nueva Crobuzón, sólo que cobijada y medio oculta por las aguas.
—Eso es un alojamiento de oficiales —le dijo Cumbershum—. Eso otro, un banco. Allí hay una fábrica. Por eso las jaibas hacen negocios con Nueva Crobuzón: nosotros podemos ayudarlos con la tecnología del vapor. Es difícil conseguir que los motores funcionen bajo el agua durante mucho tiempo. Y ése es el edificio central de la Mancomunidad Jaiba de Salkrikaltor.
El edificio era muy complejo. Redondo y bulboso como un cerebro de coral de un tamaño imposible, con una envoltura de pliegues tallados. Sus torres se elevaban sobre la superficie del agua. La mayoría de sus alas —todas ellas decoradas con tallas de serpientes arrolladas y romances escritos con jeroglíficos— tenían ventanas y puertas abiertas al estilo Salkrikaltor para que los pececillos pudieran entrar y salir a voluntad. Pero una de las secciones estaba sellada con pequeñas escotillas y gruesas compuertas de metal. De sus respiraderos brotaba una corriente constante de burbujas.
—Allí es donde se reúnen con los habitantes de la superficie —dijo el oficial—. Allí nos dirigimos.
—Una minoría humana vive en la parte exterior de Ciudad Salkrikaltor —dijo Bellis con lentitud—. Hay salas de sobra en la superficie y las jaibas pueden sobrevivir varias horas fuera del agua. ¿Por qué tenemos que bajar hasta aquí para encontrarnos con ellos?
—Por la misma razón por la que nosotros recibimos al embajador Salkrikaltor en la sala de recepciones del Parlamento, señorita Gelvino —dijo el capitán—, por mucho que eso resulte un poco difícil e inconveniente para él. Ésta es su ciudad, nosotros somos meros huéspedes. Nosotros… —se volvió hacia ella y con un ademán señaló a Cumbershum y a sí mismo tan solo—, eso es. Nosotros somos huéspedes —apartó la mirada poco a poco.
Serás hijo de puta, pensó Bellis, enfurecida y con una máscara de hielo en el rostro.
El piloto redujo la velocidad de descenso hasta anularla casi por completo y maniobró para penetrar por una abertura grande y oscura que se adentraba en un ala del edificio. Pasaron sobre las cabezas de algunas jaibas, que les indicaron agitando los brazos que siguieran hasta el final del corredor de granito. Una puerta enorme se cerró con gran estrépito tras ellos.
De las gruesas y cortas tuberías que jalonaban los muros empezó a brotar una enorme e incesante explosión de burbujas. El mar estaba siendo expulsado por medio de válvulas y esclusas. Lentamente, el nivel del agua bajó. Poco a poco, el submarino se fue posando sobre el suelo de granito y se escoró hacia un lado. El agua descendió por debajo de la escotilla hasta que sólo quedaron regueros y gotas sobre ella y Bellis estuvo una vez más mirando aire. Ahora que el mar había sido bombeado de regreso al exterior, la habitación parecía desaliñada.
Cuando el piloto abrió por fin los cierres de la escotilla, ésta saltó hacia el exterior al mismo tiempo que penetraba una bocanada de agradable aire fresco. El hormigón del suelo estaba empapado de agua salada. La habitación olía a quelpos y peces. Bellis salió del sumergible mientras los oficiales se arreglaban sus uniformes.
Detrás de ellos esperaba una jaiba. Empuñaba una lanza —demasiado intrincada y fina como para ser otra cosa que un arma ceremonial, juzgó Bellis— y llevaba una coraza de algo de un vívido color verde y que no era metal. La saludó con un asentimiento de cabeza.
—Dele las gracias por su bienvenida —le dijo el capitán a Bellis—. Dígale que informe al líder del consejo de que hemos llegado.
Bellis respiró hondo y trató de relajarse. Recuperó la compostura y recordó el vocabulario, la gramática y la sintaxis y la pronunciación y el alma de la lengua jaiba de Salkrikaltor: todo cuanto había aprendido durante aquellas semanas intensivas con Marikkatch. Elevó una rápida, silenciosa, cínica plegaria.
Entonces formó el vibrato, los chasqueantes ladridos de las jaibas, audibles tanto en el aire como en el agua y respondió.
Para gran alivio suyo, la jaiba asintió y respondió.
—Seréis anunciados —dijo, corrigiendo con cuidado el tiempo utilizado por Bellis—. Vuestro piloto espera aquí. Venid.
Grandes escotillas cerradas se asomaban a un jardín de chillonas plantas acuáticas. Los muros estaban cubiertos por tapices que mostraban momentos famosos de la historia de Salkrikaltor. El suelo era de losas de piedra —casi secas del todo— calentadas por algún fuego que no se veía. Había ornamentos oscuros por toda la habitación: azabache, coral negro, perlas negras.
Había tres jaibas macho, asintiendo para dar la bienvenida a los humanos. Una de ellas, mucho más joven, permanecía un poco más atrás, igual que Bellis.
Eran de color pálido. A diferencia de las jaibas de Bocalquitrán, pasaban la mayor parte de sus vidas bajo el agua, donde los rayos del sol no podían teñirles la tez. Lo único que distinguía la parte superior del cuerpo de las jaibas de las de los humanos era la pequeña mata de agallas de la nuca pero había también algo muy ajeno en su palidez submarina.
Por debajo de la cintura, su cuerpo era el de las colosales langostas marinas: enormes caparazones de quitina nudosa y segmentos montados unos sobre otros. Los abdómenes humanos empezaban justo donde debían haber estado los ojos y las antenas. Incluso en el aire, un medio que les era extraño, sus muchas patas operaban con gracia intrincada. Emitían un suave sonido al moverse, una gentil percusión de quitina.
Se adornaban la parte inferior del cuerpo con una especie de tatuajes, dibujos grabados en los caparazones y teñidos con diversos extractos. Los dos machos de edad más avanzada lucían una serie extraordinaria de símbolos en los costados.
Uno de ellos se adelantó y habló muy deprisa en Salkrikaltor. Hubo un momento de silencio.
—Bienvenidos —dijo el joven jaiba macho que había tras él, el intérprete. Hablaba un ragamol con mucho acento—. Estamos encantados de que hayáis venido a hablar con nosotros.
La discusión empezó poco a poco. El líder del consejo, el rey Skarakatchi, y el consejero, el rey Drood’adji, expresaron su diplomático y ritual deleite, secundados al instante por Myzovic y Cumbershum. Todos coincidieron en que era magnífico que hubieran decidido reunirse y que sus dos ciudades mantuvieran tan buenas relaciones, que el comercio era la manera más saludable de asegurar la buena voluntad y así continuaron durante algún rato.
La conversación cambió enseguida. Con impresionante suavidad, Bellis se encontró traduciendo detalles concretos. Ahora estaban hablando de cuántas manzanas y ciruelas dejaría el Terpsícore en Salkrikaltor y cuántas botellas de ungüento y licor recibiría a cambio.
No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a discutir asuntos de estado. Informaciones que debían de provenir de los escalones superiores del parlamento de Nueva Crobuzón: detalles referentes a la sustitución de embajadores, a posibles tratados comerciales con otras potencias y al impacto que tales acuerdos podían tener en las relaciones con Salkrikaltor.
Bellis descubrió que le resultaba muy sencillo cerrar los oídos a lo que decía, transmitir la información a través de sí misma sin absorberla. No tanto por patriotismo o lealtad hacia el gobierno de Nueva Crobuzón (no sentía ninguno de ellos) como por aburrimiento. Las discusiones secretas eran incomprensibles y los pequeños jirones de información que traducía le resultaban banales y tediosos. En realidad estaba pensando sobre las toneladas de agua que había sobre ellos, intrigada por el hecho de no sentir pánico.
Trabajó de forma automática durante algún tiempo, olvidando lo que decía casi en el mismo instante en que las palabras abandonaban sus labios.
Hasta que de repente oyó que la voz del capitán cambiaba y descubrió que estaba escuchando de nuevo.
—Tengo una pregunta más, vuestra excelencia —decía el capitán Myzovic mientras daba un sorbito a su bebida, Bellis tosió y emitió los sonidos Salkrikaltor—. Cuando me encontraba en Qé Banssa, se me ordenó investigar un rumor difundido por el representante de Nueva Crobuzón. Era algo tan ridículo que supuse que tenía que ser un malentendido. A pesar de ello, decidí dar un rodeo por las Aletas… razón por la cual, precisamente, llegamos tarde a esta reunión. Durante aquella travesía descubrí… para mi consternación y congoja, que los rumores eran ciertos. Lo saco a colación a causa de nuestras buenas relaciones con Salkrikaltor. —La voz del capitán se estaba endureciendo—. Tiene que ver con nuestros intereses en aguas de Salkrikaltor. En el extremo meridional de las Aletas, como bien saben los ilustres consejeros, se encuentran las… inversiones de vital importancia por las que pagamos generosas cuotas de amarre. Estoy hablando, por supuesto, de nuestras torres, nuestras plataformas.
Bellis nunca había escuchado la palabra «plataforma» utilizada en semejante contexto, de modo que la pronunció directamente en ragamol. Las jaibas macho parecieron comprender. Ella siguió traduciendo de forma automática y suave al tiempo que prestaba fascinada atención a cada palabra pronunciada por el capitán.
—Pasamos junto a ellas a medianoche. Primero una, después la otra. Todo estaba como debía, tanto en el caso de la plataforma Manikin, como en el de la Trashstar. Pero, consejeros… —se inclinó hacia delante, dejó el vaso sobre la mesa y los miró de forma voraz—. Tengo que hacerles una pregunta muy importante: ¿Dónde está la otra?
Los políticos jaiba miraron fijamente al capitán. Con lenta, cómica simultaneidad se miraron el uno al otro y a continuación volvieron a mirar a Myzovic.
—Confesamos… nuestra confusión, capitán —el intérprete habló por sus líderes con voz suave, impasible, pero durante un breve instante sus ojos se toparon con los de Bellis. Algo se transmitió entre ellos, un asombro compartido, una especie de camaradería.
¿En qué estarnos metidos, hermano?, pensó ella. Estaba tensa y se moría de ganas de fumarse un cigarrillo.
—No sabemos de qué está hablando —continuó su colega—. Mientras las cuotas de amarre se sigan pagando, las plataformas no son de nuestra incumbencia. ¿Qué ha ocurrido, capitán?
—Lo que ha ocurrido —dijo el capitán Myzovic con la voz tensa— es que la Sorghum, nuestra torre de mar abierta, nuestra plataforma móvil, ha desaparecido —esperó a que Bellis hubiera terminado de traducir sus palabras y entonces esperó un poco más para alargar el silencio—. Junto, debería añadir, con su escolta de cinco acorazados de bolsillo y la dotación entera de oficiales, trabajadores, científicos y geo-émpatas. Tuvimos constancia de que la Sorghum no se encontraba ya en su punto de amarre hace tres semanas, cuando llegó un mensaje a la Isla del Ave Danzante. Las tripulaciones de las demás plataformas preguntaban por qué no habían sido informadas de que se le había dado orden de cambiar de posición. Y tal orden no había sido dada jamás. —El capitán dejó el vaso y miró fijamente a las dos jaibas macho—. La Sorghum debía permanecer in situ durante los seis meses siguientes como mínimo. Debería de seguir donde nosotros la dejamos. Señor Líder del Consejo, señor Consejero… ¿Qué le ha ocurrido a nuestra plataforma?
Cuando Skarakatchi habló, el intérprete imitó la suavidad de su tono.
—No sabemos nada sobre eso.
El capitán Myzovic entrelazó las manos.
—Eso ha ocurrido apenas a ciento cincuenta kilómetros de aquí, en aguas territoriales de Salkrikaltor, en una región por la que patrullan regularmente tanto su marina como sus cazadores, ¿y pretende decirme que no saben nada? —hablaba con tono controlado pero amenazador—. Consejeros, eso es sencillamente extraordinario. ¿No tienen ni la menor idea de lo que ha ocurrido? ¿Si naufragó en una extraña tormenta o fue atacada y hundida? ¿Van a decirme que no han oído nada? ¿Que algo de este calibre podría ocurrir junto a sus mismas costas sin que se den cuenta?
Hubo un largo silencio. Las dos jaibas se aproximaron y cuchichearon entre sí.
—Muchos rumores llegan hasta nuestros oídos —dijo el rey Skarakatchi. Drood’adji le lanzó una mirada severa y luego se volvió hacia el intérprete—. Pero no hemos oído nada de esto. Podemos ofrecerle apoyo y condolencias a nuestros amigos de Nueva Crobuzón… pero no información.
—Debo decir —respondió el capitán Myzovic después de discutir en voz baja con Cumbershum— que me siento profundamente disgustado. Nueva Crobuzón no puede seguir pagando una cuota de amarre por una plataforma que ya no está allí. Por tanto, disminuiremos los pagos en una tercera parte. Y pienso informar a la ciudad sobre su negativa a ofrecer ayuda. Esto no puede sino proyectar algunas dudas sobre la capacidad de Salkrikaltor para actuar como custodio de nuestros intereses. Nuestro gobierno querrá discutir el asunto en mayor profundidad. Tendrán que rehacerse los tratados. Gracias por su hospitalidad —dijo, antes de apurar su vaso—. Pasaremos una noche en el puerto de Salkrikaltor. Zarparemos a primera hora de la mañana.
—Un momento, capitán, por favor —el líder del consejo levantó la mano. Le susurró unas rápidas palabras a Drood’adji y éste asintió y se escabulló dignamente de la sala—. Hay un asunto más que debemos discutir.
Cuando regresó Drood’adji, los ojos de Bellis se abrieron un poco más. Un ser humano venía tras él.
Estaba tan fuera de lugar que la tomó por completo por sorpresa. Se lo quedó mirando como una idiota.
El hombre era un poco más joven que ella y tenía un rostro franco y alegre. Llevaba una mochila de grandes dimensiones y su ropa estaba limpia aunque en mal estado. Esbozó una sonrisa encantadora dirigida a Bellis. Ella frunció ligeramente el ceño y apartó la mirada.
—¿Capitán Myzovic? —el hombre hablaba el ragamol con acento de Nueva Crobuzón—. ¿Capitán de corbeta Cumbershum? —les estrechó las manos—. Me temo que no conozco su nombre, señora —dijo con la mano extendida.
—La señorita Gelvino es nuestra intérprete —dijo el capitán antes de que Bellis pudiera responder—. Es conmigo con quien debe hablar. ¿Quién es usted?
El hombre extrajo del interior de su chaqueta un rollo de aspecto oficial.
—Esto debería explicarlo todo, capitán —dijo.
El capitán leyó el pergamino con toda atención. Al cabo de medio minuto levantó la mirada bruscamente y agitó el escrito de forma desdeñosa.
—¿Qué demonios es esta estupidez? —siseó de repente, haciendo que Bellis se sobresaltase. Le entregó el pergamino a Cumbershum.
—Creo que deja las cosas razonablemente claras, capitán —respondió el hombre—. Tengo otras copias, por si ocurriera que lo abrumara un ataque de cólera. Me temo que voy a tener que tomar el mando de su nave.
El capitán soltó una risotada.
—Oh, ¿de veras? —parecía tenso hasta un punto peligroso—. ¿Es eso cierto, señor… —se inclinó y leyó el nombre en el documento que tenía su lugarteniente entre las manos— Fennec? ¿Es eso cierto?
Bellis se volvió hacia Cumbershum y vio que estaba mirando al recién llegado con asombro y alarma. Entonces interrumpió al capitán.
—Señor —dijo con tono de urgencia—, ¿me permite sugerir que demos las gracias a nuestros anfitriones y que les dejemos seguir con sus asuntos? —lanzó una mirada significativa a las jaibas. El intérprete estaba escuchando con atención.
El capitán titubeó y asintió con un gesto fugaz de la cabeza.
—Por favor, informe a nuestros anfitriones de que su hospitalidad es excelente —ordenó a Bellis de forma brusca—. Agradézcales su tiempo. Podemos encontrar la salida solos.
Mientras Bellis traducía, las jaibas se inclinaron con elegancia. Los dos consejeros se adelantaron y volvieron a estrecharles las manos a todos los presentes. El capitán apenas conseguía ocultar su furia. Se marcharon por donde había entrado el señor Fennec.
—¿Señorita Gelvino? —el capitán le indicó la puerta que conducía de regreso al sumergible—. Espere fuera, por favor. Éstos son asuntos del gobierno.
Bellis se demoró un instante en el corredor mientras maldecía para sus adentros. Podía oír la voz belicosa del capitán a través de la puerta. Sin embargo, por mucho que se esforzara, no lograba entender lo que estaban diciendo.
—Maldita sea —murmuró y regresó a la anodina sala en la que descansaba el sumergible como una especie de grotesca criatura varada. La jaiba asistente esperaba, impertérrita, mientras farfullaba algo para sí.
El piloto de la embarcación se estaba limpiando la dentadura con un mondadientes. Le olía el aliento a pescado.
Bellis se apoyó contra una pared y esperó.
Después de más de veinte minutos el capitán irrumpió por la puerta, seguido por Cumbershum, que hacía esfuerzos desesperados por aplacarlo.
—No me toque las narices en este momento, ¿estamos, Cumbershum? —gritó el capitán. Bellis lo miró, asombrada—. Usted asegúrese de mantener al señor Fennec de los cojones fuera de mi vista o no me hago responsable de lo que pueda ocurrir, con misiva firmada y sellada por la puta comisión o sin ella.
Tras el lugarteniente, Fennec asomó la cabeza por la puerta.
Con un gesto, Cumbershum les indicó a Bellis y a él que subieran deprisa a bordo del submarino. Parecía haber sucumbido al pánico. Cuando se sentó enfrente de Bellis, junto al capitán, la mujer se percató de que trataba de mantenerse lo más alejado posible de Myzovic.
Mientras el agua empezaba de nuevo a entrar por las paredes de la sala de hormigón y el sonido de los motores ocultos hacía vibrar al navío, el hombre vestido con la chaqueta de piel a rayas se volvió hacia Bellis y sonrió.
—Silas Fennec —susurró y le tendió la mano. Bellis esperó un instante y a continuación se la estrechó.
—Bellis —murmuró—. Gelvino.
Nadie habló durante el viaje de regreso a la superficie. Una vez en la cubierta del Terpsícore, el capitán regresó a su oficina hecho una furia.
—Señor Cumbershum —dijo a voz en grito—. Tráigame al señor Fennec.
Silas Fennec vio que Bellis lo estaba observando. Negó con la cabeza en dirección al capitán y durante un momento muy breve puso los ojos en blanco. A continuación, asintió a modo de despedida y fue al trote en pos de Myzovic.
Johannes había desaparecido. Debía de encontrarse en Salkrikaltor. Bellis contempló con cierto resentimiento las luces de las torres que se elevaban al otro lado de las aguas. No había botes a los costados del Terpsícore y nadie iba a llevarla a remo hasta allí. Hasta la mojigata hermana Meriope había encontrado fuerzas para dejar el barco.
Se fue a buscar a Cumbershum. Estaba supervisando la reparación de una de las velas.
—Señorita Gelvino —la miró sin la menor calidez.
—Capitán —dijo ella—. Quería saber cómo podría depositar una carta en una consigna de la que el capitán Myzovic me ha hablado. He de enviar algo urgente…
Su voz se apagó. El hombre estaba negando con la cabeza.
—Imposible, señorita Gelvino.
No me sobra un solo hombre para su escolta, no tengo la llave y no tengo la menor intención de pedírsela al capitán en este momento… ¿Quiere que continúe?
Bellis sintió una punzada de miseria y se mantuvo muy quieta.
—Capitán —dijo lentamente, sin ninguna emoción en la voz—. El capitán en persona me prometió que podría dejar mi carta allí. Es de la máxima importancia.
—Señorita Gelvino —le interrumpió él—. Si por mí fuese, la escoltaría personalmente, pero no puedo y me temo que no hay más que hablar. Pero aparte de esto… —levantó una mirada furtiva y volvió a susurrar—. Además… le ruego que no comente esto pero… no necesitará usted de esa consigna. No puedo decirle más. Lo entenderá dentro de pocas horas. El capitán ha convocado una reunión para mañana por la mañana. Él se lo explicará. Créame, señorita Gelvino. No es necesario que deposite usted su carta aquí. Le doy mi palabra.
¿Qué está queriendo decirme?, pensó Bellis, aterrorizada y entusiasmada a un tiempo. ¿Qué demonios está queriendo decirme?
Como la mayoría de los prisioneros, Tanner Sack nunca se alejaba demasiado del espacio que había reclamado. Próximo a la escasa luz que llega desde arriba y a la comida, era uno de los más codiciados. En dos ocasiones habían tratado de robárselo, ocupándolo cuando él se había marchado a mear o a cagar. En ambas ocasiones había conseguido persuadir al intruso sin necesidad de pelear.
Permanecía sentado, de espaldas a la pared, en un extremo de la jaula, a veces durante varias horas seguidas. Shekel nunca tenía que ir a buscarlo.
—Oye, Sack.
Tanner estaba adormilado y las nubes de su cabeza tardaron un rato en disiparse.
Shekel lo sonreía desde el otro lado de los barrotes.
—Despierta, Tanner. Quiero hablarte de Salkrikaltor.
—Cierra el pico, muchacho —gruñó un hombre junto a Tanner—. Estamos intentando dormir.
—Que te follen, mierda Rehecha —le espetó Shekel—. Querrás que te toque algo de comida la próxima vez que venga, ¿verdad? —Tanner estaba agitando las manos para tratar de calmar los ánimos.
—Está bien, muchacho, está bien —dijo mientras terminaba de despertarse—. Háblame de lo que quieras pero en voz baja, ¿vale?
Shekel sonrió. Estaba borracho y eufórico.
—¿Has visto Ciudad Salkrikaltor alguna vez, Tanner?
—No, chico. Nunca había salido de Nueva Crobuzón hasta ahora —dijo Tanner con voz suave. Hablaba bajo, con la esperanza de que Shekel lo imitase.
El muchacho puso los ojos en blanco y se reclinó.
—Te montas en un pequeño bote y pasas entre edificios que salen del agua. En algunos sitios están tan juntos como árboles. Y hay enormes puentes que pasan sobre ellos y algunas veces… algunas veces ves a alguien, humano o jaiba, que salta. Y cae de cabeza si es humano o sobre las cuatro patas si no y sale nadando o desaparece en el agua. Estaba en un bar del Barrio de la Superficie. Había… —sus manos hacían y deshacían formas estrechas mientras ilustraban lo que estaba diciendo—. Sales del bote por una gran puerta y llegas a una sala grande en la que hay bailarinas… bailarinas humanas. —Esbozó una sonrisa pueril—. Y junto a la barra el suelo desaparece… y hay una rampa que se hunde hasta varios kilómetros de profundidad. Todo está iluminado. Y hay jaibas yendo y viniendo, entrando por la rampa o marchándose de regreso a casa, entrando y saliendo del agua.
Shekel no dejaba de sonreír y sacudir la cabeza.
—Uno de nuestros marineros estaba tan borracho que se cayó al agua —se rió—. Tuvimos que sacarlo de allí, medio ahogado. No sé, Tanner, nunca había visto nada igual. Están nadando a nuestro alrededor ahora mismo, por debajo mismo de nosotros. Ahora mismo. Es como un sueño. El modo en que descansa sobre el agua. Y hay más debajo que encima. Es como si se reflejara en el agua… sólo que también pueden andar por el reflejo. Quiero verlo, Tanner —dijo con tono de urgencia—. Hay trajes y cascos y todas esas cosas en el barco. Bajaría ahora mismo, ¿sabes? Me encantaría ver lo que hacen allí.
Tanner estaba tratando de pensar en algo que decir pero estaba todavía muy cansado. Negó con la cabeza y trató de recordar algún pasaje de las Crónicas de Pata de Cuervo que hablara sobre la vida en el mar. Pero antes de que pudiera hablar, Shekel se levantó a trancas y barrancas.
—Será mejor que me vaya, Tanner —dijo—. El capitán ha dado toda clase de órdenes. Reunión al amanecer, instrucciones importantes, bla, bla, bla. Será mejor que vaya a echar una cabezada.
Tanner tardó aún un rato en recordar la historia de Pata de Cuervo y los Asesinos de Conchas. Para entonces, Shekel ya había desaparecido.