La Cicatriz
Primera parte: Canales » 5
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Cuando Bellis se levantó al día siguiente, el Terpsícore se encontraba en mar abierto.
El frío había ido en descenso conforme viajaban hacia el este y los pasajeros que se habían congregado en cubierta a instancias del capitán ya no llevaban sus abrigos más gruesos. La tripulación se encontraba a la sombra del palo de mesana y los oficiales en las escaleras que conducían al puente.
El recién llegado, Silas Fennec, estaba solo. Se dio cuenta de que Bellis lo estaba observando y le sonrió.
—¿Lo conoce? —dijo Johannes Lacrimosco, tras ella. Se estaba frotando la barbilla y observaba a Fennec con interés—. Usted estaba abajo con el capitán, ¿verdad? Cuando el señor Fennec apareció.
Bellis se encogió de hombros y apartó la mirada.
—No hablamos —dijo.
—¿Tiene idea de por qué nos hemos desviado? —preguntó Johannes. Bellis frunció el ceño mostrando su perplejidad. Él la miró con exasperación—. El sol —dijo él con lentitud—. Está a nuestra izquierda. Nos dirigimos al sur. Vamos en dirección equivocada.
Cuando el capitán apareció sobre ellos, en las escaleras, los murmullos se extinguieron en cubierta. Se llevó un embudo de cobre a los labios.
—Gracias a todos por haberse reunido tan deprisa —su voz alzada resonaba con ecos metálicos sobre todos ellos—. Tengo noticias inquietantes —bajó el megáfono un momento mientras parecía considerar lo que iba a decir a continuación. Cuando volvió a hablar se mostraba más agresivo—. Permítanme que les diga que no toleraré controversia o disenso alguno. Este tema no está abierto a discusión. Me veo obligado a responder ante circunstancias imponderables y no pienso permitir que me cuestionen. No vamos a dirigirnos a Nova Esperium. Regresamos a la Bahía de Hierro.
El pasaje estalló en exclamaciones de asombro y cólera y la tripulación en murmullos de perplejidad. ¡No puede hacerlo!, pensó Bellis. Sintió una oleada de pánico, pero no sorpresa. Se dio cuenta de que lo había estado esperando desde la insinuación de Cumbershum. Se dio cuenta también de que en alguna parte de su interior el pensamiento del regreso le hacía sentir júbilo. Acalló ese sentimiento. No puedo regresar a casa, pensó enloquecida. Tengo que escapar. ¿Qué voy a hacer?
—¡Ya basta! —gritó el capitán—. Como ya he dicho, no he tomado esta decisión a la ligera —alzó la voz sobre los gritos de protesta—. Dentro de una semana estaremos de regreso en la Bahía de Hierro, donde se dispondrán las medidas alternativas necesarias para los pasajeros de pago. Puede que tengan que viajar en otro barco. Soy consciente de que todo esto añadirá un mes a su viaje y lo único que puedo hacer es ofrecerles mis disculpas.
Con el rostro sombrío y lívido, no transmitía aire alguno de disculpa.
—Nova Esperium tendrá que sobrevivir unas pocas semanas más sin ustedes. Los pasajeros serán confinados en la cubierta de popa hasta las tres en punto. La tripulación se quedará para recibir nuevas órdenes —dejó el megáfono en el suelo y bajó a la cubierta.
Durante un momento, su figura fue lo único que se movió. Entonces se quebró la quietud y varios pasajeros se lanzaron en tropel a su encuentro, demandando que cambiara de idea. Los gritos de furia del capitán podían oírse mientras llegaban a su lado.
Bellis estaba mirando fijamente a Silas Fennec. Evaluándolo.
El hombre asistía con el rostro impasible al revuelo que había provocado. Reparó en la atención de Bellis, la miró durante un momento y a continuación se alejó con aire despreocupado.
Johannes Lacrimosco parecía completamente desarbolado. Su rostro boquiabierto era una imagen casi cómica de consternación.
—¿Qué es lo que está haciendo? —dijo—. ¿De qué está hablando? ¡No puedo esperar otra quincena bajo la lluvia de Bahía de Hierro! ¡Dioses! ¿Y por qué ha puesto rumbo al sur? Está tomando de nuevo la ruta que pasa por las Aletas… ¿Qué está ocurriendo?
—Está buscando algo —dijo Bellis, en voz lo bastante baja como para que sólo él pudiera oír sus palabras. Lo tomó del codo y lo alejó con gentileza de la multitud—. Y si yo fuera usted, no desperdiciaría saliva con el capitán. Nunca lo admitirá, pero no creo que tenga la menor elección.
El capitán atravesó a grandes zancadas la cubierta de una borda a la otra, abrió un catalejo con un movimiento brusco y escudriñó el horizonte. Los oficiales le gritaban órdenes a los hombres de la cofa. Bellis se fijaba en el asombro de los pasajeros, entre quienes circulaban toda clase de rumores.
—Ese hombre es una desgracia —oyó decir a alguien—. ¡Cómo puede gritarle a pasajeros de pago de esa manera!
—Me encontraba junto a la oficina del capitán y oí que alguien lo acusaba de perder tiempo… y de desobedecer las órdenes —les informó, perpleja, la señorita Cardomium—. ¿Cómo es posible?
Es Fennec, pensó Bellis. Está enfadado porque no estamos regresando directamente. Y Myzovic está… ¿qué? Buscando alguna prueba de lo ocurrido a la Sorghum de camino a casa.
Al otro lado de las Aletas, el mar, libre de rocas, era más oscuro, más poderoso y más frío. El cielo estaba pálido. Se encontraban más allá del Canal Basilisco. Aquél era el extremo del Océano Hinchado. Bellis contemplaba las interminables olas verdes con desagrado. Sentía algo vertiginoso. Se imaginó seis, siete, ocho mil kilómetros de agua salada extendiéndose sin descanso en dirección este y cerró los ojos. El viento le azotaba el rostro con insistencia.
Se dio cuenta de que de nuevo estaba pensando en el río, en aquella franja de agua que conectaba Nueva Crobuzón con el mar como un cordón umbilical.
Cuando Fennec reapareció, caminando con paso rápido sobre la cubierta de popa, Bellis le salió al paso.
—Señor Fennec —dijo. El rostro del hombre se abrió al verla acercarse.
—Bellis Gelvino —le dijo—. Confío en que este retraso no suponga un gran contratiempo para usted.
Ella le indicó con un gesto que se alejaran hasta donde no pudieran oír su conversación los pocos pasajeros y tripulantes que se encontraban cerca. Se detuvo a la sombra de la enorme chimenea del barco.
—Me temo que sí lo hace, señor Fennec —le dijo—. Mis planes son bastante específicos. Éste es un problema bastante serio para mí. No sé cuándo podré encontrar otro barco que requiera de mis servicios. —Silas Fennec inclinó la cabeza para expresar una vaga simpatía. Saltaba a la vista que estaba distraído.
Bellis volvió a hablar rápidamente.
—Me pregunto si podría usted arrojar algo de luz sobre el cambio de planes forzado que ha enfurecido tanto a nuestro capitán —titubeó—. ¿Podría decirme lo que está ocurriendo, por favor?
Fennec alzó las cejas.
—No puedo, señorita Gelvino —dijo con tono templado.
—Señor Fennec —musitó ella fríamente—. Ya ha visto la reacción de nuestros pasajeros y sabe lo impopular que es esta distracción. ¿No le parece que yo… todos nosotros pero yo por encima de todos… me merezco una explicación? ¿Sabe usted lo que podría ocurrir si le contara a los demás lo que sospecho… que todo este embrollo ha sido instigado por el misterioso recién llegado…? —Bellis hablaba rápidamente, tratando de provocarlo y avergonzarlo para que accediera a contarle la verdad, pero su voz se apagó de repente al ver la reacción del hombre. Su rostro cambió de repente y por completo.
Su expresión amigable y levemente traviesa se endureció. Levantó un dedo para acallarla. Y cuando habló, parecía muy sincero y preocupado.
—Señorita Gelvino —dijo—. Comprendo su enfado pero debe usted escucharme. —Ella se enderezó y lo miró a los ojos—. Debe retirar esa amenaza. No voy a apelar a su ética profesional ni a su honor. Pero sí que apelaré a usted. No tengo la menor idea de lo que puede haber supuesto o imaginado, pero permítame que le diga que es vital, ¿lo comprende?, vital que yo llegue a Nueva Crobuzón cuanto antes, sin interrupción, sin protestas. —Siguió una prolongada pausa—. Hay… hay muchísimo en juego, señorita Gelvino. No puede usted difundir habladurías. Le estoy rogando que se guarde esa información para usted. Necesito que sea usted discreta.
No la estaba amenazando. Su semblante y su voz eran severos pero no agresivos. Tal como acababa de decir, estaba rogando, no tratando de intimidarla para conseguir que se sometiera. Le hablaba como un compañero, un confidente.
E, impresionada y conmovida por su fervor, ella se dio cuenta de que se guardaría para sí lo que había oído.
Él vio cómo se aposentaba aquella decisión en su rostro y asintió ligeramente para darle las gracias, antes de alejarse.
En su camarote, Bellis trataba de decidir lo que iba a hacer. No sería seguro quedarse mucho tiempo en Bocalquitrán. Tenía que subir a bordo de un barco lo antes posible. Deseaba con todas sus fuerzas que fuera uno que se dirigiera a Nova Esperium, pero se dio cuenta con una funesta sensación de presentimiento que ya no estaba en posición de elegir.
No fue ninguna conmoción. Tan sólo se dio cuenta, racional y lentamente, de que tendría que ir a donde pudiera. No podía demorarlo más.
Sola, lejos de la atmósfera viciada de rabia y confusión que se había adueñado del resto del barco, Bellis sintió que toda su esperanza se secaba. Se sintió como un papel viejo, a punto de ser arrastrado por el aire tormentoso que soplaba en cubierta.
El hecho de conocer en parte los secretos del capitán no suponía ningún consuelo. Nunca se había sentido tan sola y alejada de casa.
Rompió el sello de su carta, suspiró y empezó a añadir una última página.
«Día del Cráneo, 6 de Aurora de 1779. Por la tarde», escribió. «Vaya, mi amor, ¿quién lo hubiera pensado? Una posibilidad de añadir unas pocas líneas».
Se sintió reconfortada. Aunque el tono sarcástico que estaba utilizando era una impostura, la consoló y no dejó de escribir cuando la hermana Meriope regresó y se metió en la cama. Continuó haciéndolo bajo la luz de la diminuta lamparilla de aceite, desgranando atisbos de conspiraciones y secretos mientras el Océano Hinchado lamía de forma monótona el hierro del Terpsícore.
Un griterío confuso despertó a Bellis a las siete de la mañana siguiente. Salió al exterior mientras terminaba de atarse los cordones de las botas y de camino a la cubierta tropezó con otros pasajeros soñolientos. La brillantez de la luz exterior la hizo pestañear.
Había varios marineros apoyados sobre las barandillas de babor, gesticulando y gritando. Bellis siguió sus miradas en dirección al horizonte y se dio cuenta de que estaban mirando hacia arriba.
Había un hombre parado en el cielo, inmóvil, a unos setenta metros de distancia, sobre el mar.
Bellis se quedó boquiabierta, con aspecto de idiota.
El hombre sacudía las piernas como un bebé y miraba en dirección al barco. Parecía flotar en el aire. Estaba sujeto por un arnés que pendía de un globo.
Tanteó su cinturón y algo, lastre posiblemente, cayó dando vueltas hacia el mar. Con una sacudida, el hombre se elevó otros quince metros. Con el tenue sonido de un motor, se movió describiendo una curva muy poco elegante. Empezó a dar una vuelta muy larga y muy poco firme en torno al Terpsícore.
—¡Regresad a vuestros malditos puestos! —la tripulación se dispersó de inmediato al sonido de la voz del capitán. Éste acababa de aparecer en la cubierta principal y estaba observando los lentos giros de la figura con su catalejo. El hombre flotaba cerca de los extremos de los mástiles de un modo vagamente predatorio.
El capitán le gritó con su megáfono:
—Usted… el de ahí arriba… —su voz se oía con claridad. Hasta el mar parecía guardar silencio—. Aquí el capitán Myzovic del Terpsícore, vapor de la Marina Mercante de Nueva Crobuzón. Le ordeno que descienda y se presente ante mí. Si no lo hace, lo consideraré una acción hostil. Tiene un minuto para obedecer o nos veremos obligados a defendernos.
—Jabber —murmuró Johannes—. ¿Alguna vez ha visto algo semejante? Estamos demasiado lejos de la costa como para que haya venido desde tierra firme. Tiene que ser un explorador de otro barco que esté más allá de nuestro campo de visión.
El hombre siguió dando vueltas sobre ellos y durante algunos segundos el zumbido de su motor fue el único sonido existente.
Al final, Bellis habló.
—¿Piratas? —murmuró.
—Es posible. —Johannes se encogió de hombros—. Pero los filibusteros nunca podrían hacerse con un barco de este tamaño o tan armado. Suelen atacar mercantes más pequeños, barcos con casco de madera. Y si son corsarios… —frunció los labios—. Bueno, si tienen patente de Fig Vadiso o cualquier otro sitio, es posible que posean la potencia de fuego necesaria para amenazarnos, pero estarían locos corriendo el riesgo de entrar en guerra con Nueva Crobuzón. ¡Las Guerras Pirata ya terminaron, por el amor de Jabber!
—¡Bueno! —gritó el capitán—. Ésta es la última advertencia. —Cuatro mosqueteros se habían situado junto a la borda. Apuntaron al visitante aéreo.
Al instante, el sonido de su motor cambió. El hombre dio una sacudida y empezó a alejarse del barco de forma errática.
—¡Fuego, maldita sea! —gritó el capitán y sonaron las detonaciones de los mosquetes, pero el hombre ya se había situado fuera de su alcance. Retrocedió durante largo rato, cada vez más pequeño en dirección al horizonte. No se veía nada en la dirección a la que se encaminaba el aeronauta.
—Su barco debe de estar a más de cuarenta kilómetros de distancia —dijo Johannes—. Tardará más de una hora en llegar hasta él.
El capitán estaba gritando órdenes a la tripulación. La organizó en unidades, las armó y las situó por todo el perímetro del barco. Los hombres tanteaban sus armas con nerviosismo, al tiempo que escudriñaban las morosas aguas.
Cumbershum se acercó trotando a los pasajeros congregados y les ordenó que regresaran a sus camarotes o al comedor. Lo hizo con tono cortante.
—El Terpsícore es rival más que digno para cualquier pirata y ese explorador debe de haberse dado cuenta —dijo—. Pero hasta que volvamos a estar al otro lado de las Aletas, el capitán insiste en que no estorben a la tripulación. Ahora, por favor.
Bellis permaneció sentada largo rato con la carta en el bolsillo. Fumó y bebió agua y té en el comedor medio vacío. Al principio la atmósfera era tensa pero al cabo de una hora el miedo se había desvanecido un tanto. Se puso a leer.
Y en ese momento se alzaron gritos sofocados junto con la vibración provocada por varios pies que corrían. Bellis apuró su vaso y corrió con el resto del pasaje hacia la ventana.
Sobre el mar, media docena de formas oscuras se precipitaba hacia ellos.
Acorazados de bolsillo.
—¡Están locos! —siseó el Dr. Mollificatt—. ¿Cuántos son, cinco? ¡No podrán con nosotros!
Un estruendo devastador sonó en la cubierta del Terpsícore y el agua que había frente al primero de los barcos atacantes estalló en un enorme cráter de espuma y agua.
—Eso era una salva de advertencia —dijo alguien—. Pero no dan la vuelta.
Las pequeñas embarcaciones atravesaron la violenta espumarada y se precipitaron como auténticos suicidas hacia el gran barco de hierro. Se escucharon más pasos a la carrera, más órdenes vociferadas.
—Esto va a ser horrible —el rostro del Dr. Mollificatt se distorsionó en una mueca y mientras hablaba, el Terpsícore se escoró violentamente y resonó el estruendoso choque de dos masas metálicas.
En la bodega, Tanner Sack cayó sobre su compañero. Hubo un grito masivo de terror. Los Rehechos cayeron los unos sobre los otros, las heridas se abrieron y la carne infectada volvió a supurar. Se alzaron alaridos de dolor.
Atrapados en la oscuridad, los prisioneros sintieron que el barco era arrancado de repente de las aguas.
—¿Qué ocurre? —gritaron hacia las escotillas—. ¿Qué está pasando? ¡Ayudadnos!
Tropezaron y lanzaron patadas, se abrieron camino por la fuerza hasta los barrotes y se aplastaron unos a otros contra el hierro. Hubo más gritos y el pánico se extendió entre ellos.
Tanner Sack gritó con sus camaradas.
Nadie acudió.
El barco se tambaleó como si acabara de recibir un puñetazo. Bellis fue arrojada contra la ventana. Los pasajeros se dispersaban, gritaban, aullaban, se ponían en pie con los ojos llenos de terror, tiraban sillas y taburetes para apartarlos de su camino.
—En el nombre de Jabber, ¿qué es esto? —gritó Johannes. Cerca de él, alguien estaba rezando.
Bellis salió a cubierta entre la atropellada multitud. Los pequeños barcos blindados seguían avanzando hacia el Terpsícore desde babor pero ahora, aparecido como por ensalmo en el lado de estribor, donde nadie había estado mirando, apretado contra el costado del barco, había un enorme submarino negro.
Tenía más de treinta metros de eslora y estaba estriado con tubos y tachonado de aletas metálicas segmentadas. Seguía chorreando agua de mar desde las junturas que unían los remaches y las protuberancias que había bajo las escotillas.
Bellis contempló boquiabierta aquella cosa de aspecto funesto. Los oficiales y marineros gritaban, confundidos, mientras trataban de reagruparse.
En la parte superior del sumergible empezaron a levantarse dos escotillas.
—¡Ustedes! —desde la cubierta, Cumbershum señaló a los pasajeros—. ¡Adentro ahora mismo!
Bellis regresó al pasillo.
Jabber ayúdame oh dioses oh mierda joder, pensó en una confusa avalancha. Miró a su alrededor, medio enloquecida y escuchó cómo corrían de un lado a otro los pasajeros.
Entonces, de repente, recordó el pequeño armario desde el que podía ver la cubierta.
En el exterior, al otro de la delgada pared, se oían gritos y disparos. Limpió de forma frenética la estantería que tapaba la ventana y acercó los ojos al sucio cristal.
Explosiones de humo decoloraban el aire. Los hombres pasaban corriendo junto al cristal, presa del pánico. Más allá de ellos y por debajo, por toda la cubierta, pequeños grupos libraban una confusa y sucia batalla.
Los invasores eran en su mayor parte hombres y cactos, unas pocas mujeres de aspecto duro y algunos Rehechos. Vestían ropa ostentosa y estrafalaria, largas chaquetas y pantalones de vivos colores, botas altas y cinturones tachonados. Lo que los distinguía de los piratas de las pantomimas y los grabados baratos era la mugre y edad de las prendas, la determinación implacable de sus semblantes y la organizada eficiencia de su ataque.
Bellis lo vio todo con imposible detalle. Lo percibió como una sucesión de cuadros, como heliotipos proyectados en rápida sucesión en la oscuridad. El sonido parecía disociado de la imagen, el fuerte zumbido de una interferencia en el fondo de su cráneo.
Vio al capitán y a Cumbershum, gritando órdenes desde el castillete de popa al tiempo que disparaban sus pistolas y recargaban frenéticamente. Un marinero cacto arrojó al suelo su espada rota, derribó a uno de los marineros con un poderoso puñetazo y aulló de dolor al ser rociado en el codo con un spray de savia que utilizaba el compañero de aquél. Un grupo de hombres aterrorizados atacó a los piratas con mosquetes y bayonetas, vaciló y se vio atrapado entre dos Rehechos armados con enormes trabucos. Los jóvenes marineros cayeron aullando en medio de una lluvia de carne destrozada y metralla.
Bellis vio varias figuras suspendidas con arneses de globos, como el primer explorador, que volaban a baja altura con un zumbido sedante sobre la refriega y disparaban sus pistolas de chispa sobre la multitud.
La cubierta estaba manchada de sangre.
Había cada vez más gritos. Bellis estaba temblando. Se mordió el labio. Aquella escena tenía algo irreal. La violencia era grotesca y horripilante pero en los anchos ojos de los marineros Bellis vio perplejidad, la duda de que todo aquello estuviese ocurriendo en realidad.
Los piratas luchaban con pesadas cimitarras y pistolas de pequeño tamaño. Con aquellos atavíos multicolores parecían una caterva, pero eran rápidos y disciplinados y combatían como un ejército.
—¡Maldición! —gritó el capitán Myzovic, y entonces levantó la mirada y disparó. Uno de los atacantes de los globos sufrió una sacudida y su cabeza salió disparada hacia atrás dejando un reguero de sangre. Sus manos tantearon con torpeza el cinturón y empezó a soltar lastre como pesadas deposiciones. El cadáver se elevó a toda velocidad, describiendo espirales en dirección a las nubes.
El capitán gesticulaba de forma frenética.
—¡Reagrúpense, por el amor de… joder! —gritó—. ¡Echad a ese hjo de puta de la cubierta de popa!
Bellis giró la cabeza pero no pudo ver a quién se refería el capitán. Sin embargo, sí que lo escuchó, muy próximo a ella, dando órdenes con voz tensa. Los invasores respondían, abandonaban las escaramuzas para formar unidades cohesionadas, apuntaban a los oficiales, trataban de romper la línea de marineros que les bloqueaban el paso hacia el puente.
—¡Ríndanse! —exclamó la voz junto a su ventanuco—. ¡Ríndanse y acabemos con esto de una vez!
—¡Despáchenme a ese hijo de puta! —le gritó el capitán a su tripulación.
Cinco o seis marineros pasaron corriendo frente a la ventana de Bellis, espadas y pistolas en mano. Hubo un momento de silencio y luego un sonido sordo y un crujido tenue.
—Oh, Jabber… —el grito fue histérico, pero se quebró de repente en una exhalación nauseabunda. Siguió una salva de alaridos.
Dos de los hombres retrocedieron tambaleándose y volvieron a aparecer frente a Bellis y entonces fue ella la que gritó, horrorizada. Sus ropas y cuerpos estaban destrozados por un número increíble de heridas, como si hubieran sido atacados por centenares de enemigos al mismo tiempo. No había en ellos ni un espacio de quince centímetros que no luciera un profundo corte. Sus cabezas eran mezcolanzas de sangre y hueso.
Bellis estaba paralizada por el terror. Temblaba, con las manos en la boca. Había algo profundamente antinatural en aquellas heridas. Parecían cambiar de estado con un estremecimiento, desgarrones profundos que de repente se volvían insustanciales, como la materia de los sueños. Pero la sangre que se encharcaba bajo sus cuerpos era muy real y los hombres estaban realmente muertos.
El capitán contemplaba fijamente la escena, aturdido. Bellis escuchó un millar de susurros de aire solapados. Se alzaron sendos gritos lloriqueantes y sendos redobles húmedos al golpear los cuerpos el suelo.
El último de los marineros pasó corriendo frente a Bellis, por donde había venido, aullando de terror. Alguien le arrojó una pistola que lo acertó sólidamente en la nuca. El hombre cayó de rodillas.
—¡Cerdo impío! —estaba gritando el capitán Myzovic. Su voz sonaba encolerizada y profundamente aterrorizada—. ¡Cabrón adorador del demonio!
Sin prestarle la menor atención, un hombre ataviado de gris apareció caminado con lentitud en el campo de visión de Bellis. No era alto. Se movía con aplomo calculado, conduciendo su musculoso cuerpo como haría un hombre mucho más esbelto. Llevaba una armadura de cuero, una prenda color carbón llena de bolsillos cintos y pistoleras. Estaba rayada y manchada de sangre. Bellis no podía verle la cara.
Caminó hacia el hombre caído, empuñando una espada teñida por completo de sangre, que goteaba con rapidez.
—Ríndete —dijo con voz tranquila al hombre que tenía delante. Éste lo miraba con terror mientras trataba desesperadamente de encontrar su cuchillo.
El invasor vestido de gris dio una vuelta en el aire, con las piernas y los brazos doblados. Se revolvió como si estuviera bailando, lanzó una patada y su pie golpeó al caído en el rostro y lo hizo caer de espaldas. El marinero se desplomó sobre la cubierta, sangrando, inconsciente o muerto. Cuando el hombre de gris se posó en el suelo, estaba completamente quieto. Como si no se hubiera movido.
—Rendíos —gritó, muy alto, y los hombres del Terpsícore titubearon.
Estaban perdiendo la batalla.
Los cuerpos yacían por todas partes como la basura, junto a hombres agonizantes que pedían ayuda a gritos. La mayoría de los muertos vestía el azul de la Marina Mercante de Nueva Crobuzón. Cada segundo que pasaba emergían más piratas del sumergible y los remolcadores blindados. Rodearon a los hombres del Terpsícore y los acorralaron en la cubierta principal.
—Rendíos —volvió a gritar el hombre con un acento que no resultaba familiar—. Tirad las armas y esto habrá acabado. Volved a alzarlas contra nosotros y os haremos mil pedazos.
—¡Que los dioses te jodan y te…! —gritó el capitán Myzovic pero el comandante pirata le interrumpió.
—¿Cuántos de sus hombres tienen que morir, capitán? —dijo con la voz de un actor—. Ordéneles que suelten las armas ahora y no tendrán que sentirse como traidores. Si no lo hace, les estará ordenando que mueran. —Sacó un grueso pedazo de fieltro de su bolsillo y empezó a limpiar la hoja de su espada—. Decídase, capitán.
Se hizo el silencio en la cubierta. Tan sólo se oían los tenues zumbidos de los motores de los aeronautas.
Myzovic y Cumbershum conversaron durante un segundo, y a continuación el capitán miró a sus perplejos y aterrorizados hombres y alzó las manos.
—Tiren las armas —gritó. Hubo una pausa antes de que obedecieran. Mosquetes y pistolas y espadas cortas chocaron contra la cubierta—. La victoria es vuestra, señor mío —exclamó.
—Quedaos donde estáis, capitán —gritó el hombre de gris—. Yo me acercaré. —Habló rápidamente en sal a los piratas que se encontraban a su lado junto a la ventana. Bellis escuchó una palabra que sonaba como «pasajeros» y la descarga de adrenalina hizo que se marease.
Permaneció acurrucada y en silencio mientras escuchaba chillidos provenientes de los pasillos, proferidos por los pasajeros que eran sacados a la cubierta por los piratas.
Escuchó a Johannes Lacrimosco, las penosas lágrimas de Meriope, la pomposidad aterrorizada del Dr. Mollificatt. Escuchó una detonación seguida por un grito aterrado.
Podía oír las voces de los pasajeros en el exterior, lamentándose mientras los llevaban a la cubierta principal.
Los piratas eran muy exhaustivos. Bellis estaba en silencio pero oía los portazos que se iban dando conforme las habitaciones eran registradas. Trató desesperadamente de atrancar la suya pero el hombre del pasillo la abrió con facilidad de un empujón y entonces, enfrentada a él, sombrío y empapado de sangre, enfrentada a su machete, perdió todo deseo de resistir. Soltó la botella con la que se había armado y dejó que la sacara de allí.
La tripulación fue dispuesta en una fila, casi un centenar de hombres sumidos en herida miseria, en un extremo de la cubierta. Habían arrojado los muertos por la borda. Los pasajeros estaban juntos pero un poco apartados. Algunos de ellos, como Johannes, sangraban por la nariz o tenían moratones.
En mitad de los pasajeros, tan rendido y miserable como todos los demás, se encontraba Silas Fennec. Mantenía la cabeza gacha. No le devolvía a Bellis sus furtivas miradas.
En el centro de la cubierta se encontraba el hediondo cargamento del Terpsícore: las docenas de Rehechos que habían sido rescatados de la bodega. Estaban totalmente confundidos, los ojos entornados a causa de la luz, mirando a los piratas con perplejidad.
Los extravagantes invasores estaban trepando por los aparejos o arrojando desperdicios al mar. Rodeaban la cubierta y apuntaban a los cautivos con armas de fuego y arcos.
Habían tardado mucho en sacar a todos aquellos aterrorizados y aturdidos Rehechos. Cuando se vaciaron las fétidas bodegas, se encontraron varios cuerpos muertos. Fueron arrojados al mar, donde sus extremidades y adiciones metálicas no tardaron en llevárselos más allá del alcance de la luz.
El enorme submarino seguía parado con aire perezoso en la superficie, amarrado al lado del Terpsícore. Las dos embarcaciones se balanceaban al unísono.
El hombre de gris, el líder de los piratas, se volvió lentamente hacia sus prisioneros. Era la primera vez que Bellis le veía la cara.
Debía de rondar los cuarenta, supuso, y llevaba el canoso cabello muy corto. Rasgos fuertes. Sus profundos ojos eran melancólicos, la boca severa y triste.
Bellis se encontraba junto a Johannes, cerca de los oficiales, que guardaban silencio. El hombre vestido de cuero caminó hacia el capitán. Mientras pasaba junto a los pasajeros, se quedó mirando a Johannes durante dos o tres segundos y a continuación se alejó lentamente.
—Bien —dijo el capitán Myzovic en voz lo bastante alta como para que lo oyeran muchos—. El Terpsícore es vuestro. ¿Pretendéis pedir rescate? Debería deciros, señor mío, que la potencia a la que representáis ha cometido un grave error. Nueva Crobuzón no perdonará esta ofensa.
El líder de los piratas estaba inmóvil.
—No capitán —ahora que no tenía que gritar sobre el estrépito de la batalla, su voz era suave, casi femenina. Al igual que su rostro, parecía teñida por alguna tragedia—. Nada de rescate. La potencia a la que represento no siente interés alguno por Nueva Crobuzón, capitán —miró a Myzovic a los ojos y negó con la cabeza lenta y solemnemente—. Ninguno en absoluto.
Extendió el brazo hacia atrás, sin mirar y uno de sus hombres le tendió una gran pistola de pedernal. La sostuvo frente a sí con los ademanes de un experto, la examinó con la mirada entornada y revisó la cazoleta.
—Sus hombres son valientes, pero no son soldados, capitán —dijo, al tiempo que sopesaba el arma—. ¿Quiere usted mirar a otro lado, capitán?
Hubo unos segundos de silencio, antes de que a Bellis se le encogiera el estómago y sus piernas estuvieran a punto de fallar al darse cuenta de lo que el hombre quería decir.
Al mismo tiempo, la comprensión se abatió sobre el capitán y los demás. Se escucharon varios jadeos mientras los ojos de Myzovic se abrían de asombro y se le llenaba el rostro de rabia y terror. Las emociones lucharon entre sí en una batalla sucia. Su boca se retorció, se abrió y volvió a cerrarse.
—No, no pienso mirar a otro lado, señor —gritó por fin y el sonido, la histeria y el aturdimiento que le quebraban la voz, hicieron que a Bellis le costara respirar—. No lo haré, que os maldigan y os jodan, señor, puto cobarde, señor, pedazo de mierda…
El hombre de gris asintió.
—Como deseéis —dijo. Levantó el arma y disparó al capitán Myzovic en un ojo.
Hubo un fugaz crujido y un borbotón de sangre y hueso mientras el cuerpo del capitán caía da espaldas con un espasmo, el destrozado rostro con una mueca de furia y estupidez.
Cuando chocó con el suelo se alzó un coro de gritos y jadeos incrédulos. Junto a Bellis, Johannes se tambaleó y empezó a proferir sonidos guturales. Bellis sintió arcadas y tragó saliva. Respiraba entrecortadamente y no lograba apartar la mirada del muerto que se retorcía en un charco de sangre. Se dobló sobre sí misma, a punto de vomitar.
En alguna parte, detrás de ella, la hermana Meriope balbuceaba el Lamento de Darioch.
El asesino devolvió el arma, recibió otra recién cargada. Se volvió hacia los oficiales.
—Oh, Jabber —gimoteó Cumbershum con voz temblorosa. Miró el cuerpo del capitán y luego al pirata—. Oh, querido Jabber —sollozó y cerró los ojos. El hombre de gris le disparó en la sien.
—¡Dioses! —gritó alguien con voz histérica. Los oficiales proferían alaridos, miraban enloquecidos a su alrededor, trataban de encontrar algún lugar al que escapar. Los truenos de aquellos dos disparos parecían merodear aún por la cubierta como sonidos fantasmales.
La gente estaba gritando. Algunos de los oficiales habían caído de rodillas y suplicaban. Bellis había empezado a hiperventilar.
El hombre de gris escaló a buen paso la escalera del castillo de proa y se volvió hacia la cubierta.
—¡Las muertes —gritó ahuecando las manos alrededor de la boca— han terminado!
Esperó a que los sonidos del miedo remitieran.
—Las muertes han terminado —repitió—. No tenemos que matar a nadie más. ¿Me oís? Han terminado.
Extendió los brazos mientras el sonido volvía a empezar, en esta ocasión el eco de asombro y el alivio incrédulo.
—Escuchadme —gritó—. Tengo un anuncio que hacer. Vosotros, los de azul, los marineros de la marina mercante de Nueva Crobuzón. Vuestros días en la marina han terminado. Vosotros, los tenientes y subtenientes, debéis reconsiderar vuestra posición. En el lugar al que nos dirigimos no hay lugar para quienes veneran sus cargos. —Con desesperada y aterrorizada malicia, Bellis lanzó una mirada de soslayo a Fennec. El hombre se estaba mirando las manos entrelazadas con fiera intensidad.
—Vosotros… —continuó el hombre, señalando con un gesto a los hombres y mujeres de las bodegas—, ya no sois Rehechos, ni esclavos. Vosotros… —miró a los pasajeros—, vuestros planes para una nueva vida deben cambiar.
Se sujetó a la barandilla y recorrió con la mirada el grupo de estupefactos prisioneros. Desde los cadáveres del capitán y el primer oficial, lentos regueros de sangre discurrían hacia ellos.
—Debéis venir conmigo —dijo el hombre, lo suficientemente alto como para que todos pudieran oírlo—. A una nueva ciudad.