La Cicatriz
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Primer interludio: en otro lugar
Cosas indistintas se deslizan y asen rocas para abrirse camino por las aguas.
Se mueven de noche por un mar opaco de oscuridad, a través de los campos cultivados de quelpos y algas, hacia las luces de las aldeas jaibas que salpican los bajíos. Penetran con deslizante silencio en los craales[2].
Las focas prisioneras avistan su llegada y saborean los remolinos y ondas que levantan en su estela y, presas de una furia aterrada, se retuercen y se arrojan contra las paredes y techos de sus jaulas. Los intrusos se asoman como trasgos curiosos por las ventanas excavadas de las moradas y aterrorizan a los habitantes, quienes salen precipitadamente sobre sus segmentadas patas, blandiendo lanzas y horcas y haciendo chasquear las pinzas.
Los granjeros jaiba son derrotados fácilmente.
Son apresados, capturados y maniatados y luego interrogados. Sometidas por la taumaturgia, persuadidas por la violencia, las jaibas musitan las respuestas a preguntas siseadas.
Reuniendo jirones fortuitos de información, los sinuosos cazadores descubren cosas que necesitan saber.
Oyen hablar de los sumergibles que navegan entre Salkrikaltor y las aldeas del Canal Basilisco. Patrullando a través de casi dos mil kilómetros de agua, vigilando las nebulosas fronteras de influencia de la mancomunidad de las jaibas. Buscando intrusos.
Los cazadores discuten y traman y urden.
Sabemos de dónde viene.
Pero quizá no regrese.
La inseguridad. ¿A su hogar o hacia el este… lejos?
El rastro se bifurca y no hay más que una cosa que puedan hacer. Los cazadores se separan en dos contingentes. Uno se dirige al sudoeste, hacia las aguas bajías, Bahía de Hierro y Bocalquitrán y la espesa y diluida sal del estuario del Gran Alquitrán, para escuchar y vigilar, para esperar noticias, para espiar y esconderse y tratar de descubrir.
Con un revoloteo de agua desplazada, desaparecen.
El otro grupo, con una misión más incierta, se aleja y se sumerge.
Desciende, hacia las aplastantes profundidades.