La Cicatriz
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Segundo interludio: Bellis Gelvino
Oh. Oh, ¿adónde nos dirigimos?
Encerrados en nuestros camarotes e interrogados con el rostro tapado, como si esos asesinos, esos piratas, fueran agentes del censo o burócratas o… ¿Nombre?, preguntan y, ¿profesión? A continuación quieren saber mi, ¿razón para viajar a Nova Esperium?, y creo que me reiré en sus caras.
¿Adónde coño nos dirigimos?
Toman largas notas, me reducen a hechos en sus formularios y luego se vuelven a la hermana Meriope y hacen lo mismo con ella. Responden de la misma manera frente a la lingüista y frente a la monja, con pequeños gestos de asentimiento y preguntas de clarificación.
¿Por qué dejan que conservemos nuestras cosas? ¿Por qué no me quitan las joyas, o me violan o me matan? Nada de armas, nos dicen, nada de dinero ni de libros, pero las demás cosas podemos conservarlas y registran nuestros baúles (sin esmerarse demasiado) y sacan los cuchillos y los billetes y las monografías y me ensucian la ropa pero me dejan todo lo demás. Me dejan las cartas, las botas, los dibujos y toda la basura que he ido acumulando.
Discuto por mis libros. No puedo dejar que os los llevéis, digo, dejad que me los quede, son míos, algunos hasta los escribí yo misma, y dejan que me quede el cuaderno de notas en blanco, pero los libros impresos, las historias y los manuales y la larga novela, ésos me los quitan. Sin ningún esfuerzo. Les da igual cuando les grito que B. Gelvino soy yo. Se llevan los libros de Gelvino igualmente.
Y no sé por qué. Nada de lo que están haciendo tiene ningún sentido.
La hermana Meriope se sienta y reza, murmura sus suras sagradas y siento sorpresa y alegría al ver que no está llorando.
Nos mantienen encerrados y de tanto en cuanto aparecen con té y comida, ni desconsiderados ni agradables, distantes como cuidadores de un zoológico. Quiero salir, se lo digo. Araño mi puerta y debo ir al baño les digo y trato de asomarme por la puerta y el centinela de mi pasillo me grita que entre y me trae un cubo que la hermana Meriope contempla con aire mortificado. Me da igual. Estaba mintiendo, quería ver a Johannes o a Fennec, quería saber lo que está pasando en otros sitios.
Por todas partes, ruido de pasos y una discusión que casi alcanzo a escuchar en un idioma que casi comprendo: al norte noroeste, oigo y, otro lado de la cubierta y, ¿dónde está Su Excelencia El Guardián?, y luego más cosas aún más opacas.
A través de la portilla de mi cama no se ve más que lluvia sobre el agua y oscuridad por encima y por debajo de ella. Fumo y fumo.
Y cuando se me terminan los cigarrillos me tiendo en la cama y me doy cuenta de que no estoy esperando la muerte, no creo que vaya a morir, estoy esperando otra cosa.
Llegar. Comprender. Arribar a mi destino.
Me doy cuenta con sorpresa mientras contemplo el maquillaje del crepúsculo que estoy cerrando los ojos y estoy cansada hasta los huesos y por los dioses, ¿de veras? ¿De veras voy a hacerlo? Voy a hacerlo, voy a dormir, yo…
duermo,
inquieta pero durante largo rato, abriendo los ojos de tanto en cuanto a causa de los lloriqueos religiosos de Meriope pero a pesar de todo
dormida,
hasta que, con una oleada de pánico, me incorporo y me vuelvo hacia un mar que empieza a brillar.
Ha llegado la mañana. Froto mis botas para dejarlas bien limpias. Me maquillo como siempre y me recojo el pelo.
Son casi las seis y media cuando un cacto llama a nuestra puerta y nos trae unas gachas. Mientras comemos con cuidado nos dice lo que va a pasar: casi hemos llegado, dice. Cuando hayamos limpiado seguid a los demás pasajeros, esperad a que digan vuestros nombres e id adonde se os diga y… pero pierdo el hilo, pierdo el hilo, ¿que hagamos qué?
¿Entenderemos entonces? ¿Entenderemos lo que está ocurriendo?
¿Adónde nos dirigimos?
Guardo mis cosas y me preparo para desembarcar en cualquier parte, en cualquier parte. Estoy pensando en Fennec. ¿Qué está haciendo y dónde está? Estuvo tan callado cuando el capitán fue asesinado (sangre brotando a borbotones de su cabeza)… No querría que supieran que tiene un nombramiento que puede mandar barcos reorganizar viajes oceánicos.
(Lo tengo en mis manos).
Fuera. Bajo un viento rápido y brillante. Me azota con insistencia.
Mis ojos son como los de un cavernícola. Me he acostumbrado a ver en la luz monótona y parda de mi camarote y esta mañana me deja aturdida. Mis ojos están inundados de lágrimas y parpadeo y parpadeo y las nubes marinas discurren sobre mí, en lo alto. Por todas partes oigo el aplauso de las olas. Puedo oler la sal en el aire.
Hay otros a mi alrededor. Mollificatt y las Cardomium una y dos; Murrigan y Ettenry y Cohl Gimgewry Yoreling Lacrimosco, mi Johannes, que me lanza miradas de soslayo y una sonrisa fugaz antes de desaparecer en medio de una multitud y Fennec en alguna parte, con la cabeza todavía gacha y todos nosotros parecemos muñecos de papiroflexia bajo esta luz severa. Estamos hechos de una materia más básica que el resto de este día. Nos ignora con la arrogancia de un puto niño.
Quiero gritarle a Johannes pero la corriente humana se lo ha llevado y con mis ojos ya aclarados miro y miro.
Lucho contra mi baúl, tropiezo, lo arrastro a trompicones por toda la cubierta. Me siento mareada por la luz y el aire y miro arriba de nuevo y veo aves que nos sobrevuelan. Sigo adelante con dificultades y sigo mirándolos mientras viran sobre nosotros y pasan a estribor y se encaminan con vuelo errático hacia el horizonte, veo mástiles allá adonde los lleva su vuelo. He estado evitando esto. Aún no he mirado por la borda del barco, aún no he visto dónde estamos. Mi destino ha estado insinuándose a hurtadillas por el rabillo del ojo pero ahora, mientras contemplo las gaviotas, se me presenta delante de un salto.
Está por todas partes. ¿Cómo podía no verlo?
Alguien está gritando nombres mientras pasamos arrastrando los pies, nos divide en grupos y nos da instrucciones, órdenes complejas que no escucho porque estoy mirándolo todo.
Amado Jabber.
Dicen mi nombre y aquí estoy de nuevo junto a Johannes
pero no lo estoy mirando porque
estoy contemplando
mástil sobre mástil y vela y torre y
más y más
estamos aquí
junto a este bosque
joder Jabber coño
un juego de un juego de la perspectiva
una ciudad que se mueve y se balancea y oscila sin cesar de lado a lado.
Señorita Gelvino, dice alguien pero no puedo, no ahora que estoy mirando y he dejado mi baúl en el suelo y estoy mirando
y alguien le estrecha la mano a Johannes y lo mira con aire divertido mientras le habla: Dr. Lacrimosco es usted bienvenido, es un honor para nosotros, pero no estoy escuchando porque aquí estamos, hemos llegado y yo lo miro todo y lo miro.
Oh, podría podría podría echarme a reír, claro que sí o vomitar porque mi estómago me grita mira estamos aquí estamos aquí
estamos aquí.