La Cicatriz
Séptima parte: El Vigía » 45
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Cuando llegó el día, el Brucolaco encontró las fuerzas necesarias para gritar.
El sol lo quemaba. Cerró los ojos y movió la cabeza de forma absurda, como si tratara de apartar los ojos de la luz. La piel se le empezó a cubrir de llagas, como si le hubiesen derramado algún disolvente químico sobre ella. Su rostro de palidez de ultratumba enrojeció, se le ampolló y empezó a supurar a la luz del día.
Se convulsionaba con feos movimientos, como un habitante del mar arrojado a la arena de la playa. Perdió todas las fuerzas y empezó a emitir pequeños jadeos de dolor.
El sol no podría matarlo durante bastante tiempo, tan fuerte era; pero lo dejó incapacitado y, por encima de todo, lo atormentó sin misericordia. Dos horas después del amanecer estaba tan aturdido que no podía emitir el menor sonido. Babeaba un reguero de saliva y veneno desnaturalizados.
La luz del sol escaldó también la carne de sus masacradas tropas. A medida que el día iba reptando por la cubierta, las docenas de cuerpos inmóviles se fueron disolviendo y deformando. Al anochecer, los reunieron y los arrojaron por la borda.
La llegada de la oscuridad fue como un ungüento para el Brucolaco. Muy lentamente, el dolor empezó a abandonarlo y abrió los ojos cubiertos de pus y humores. Su cuerpo empezó a repararse pero las depredaciones del sol eran graves y hasta cerca de la medianoche no encontró fuerzas para hablar.
Sus ruinosos graznidos fueron ignorados. Nadie lo curó; nadie lo alimentó. Los calambres y el dolor le osificaban los miembros. Durante toda la noche aulló suplicando ayuda o clemencia, trató de lanzar amenazas pero sus palabras se fueron convirtiendo en desesperados aullidos animales mientras las horas pasaban lentamente y veía cómo se diluía la oscuridad desde el este.
Apenas había empezado a curarse. Sus heridas seguían abiertas cuando el sol asomó por el horizonte y lo tanteó con dedos sádicos cuando, como los dientes de un motor inmisericorde, el día volvió a ponerse en marcha.
Las tareas de limpieza empezaron de forma callada. Varias cuadrillas entraron en el Montonero y evaluaron los daños para ver cuánto podía salvarse.
El calor había reconstruido habitaciones y pasillos enteros, cuyos límites eran ahora fluidos. Había muchos cuerpos: algunos intactos, otros perturbados de formas diversas.
Por toda Anguilagua y en los linderos de los paseos vecinos, el conflicto cobraba la forma de cristales rotos, agujeros de bala y manchas de sangre en los canalones de la ciudad. Los escombros fueron reunidos y llevados a las fundiciones y factorías para ser picados o fundidos de nuevo.
Los leales a Anguilagua patrullaban las calles. El paseo Soleado y el de Raleas estaban en calma. Sus gobernantes no habían tenido nada que ver con la revuelta y habían esperado, sin actuar, asistiendo a los acontecimientos, evaluando con cuidado las fuerzas, preparados para unirse contra una Anguilagua derrotada. Pero los vampiros habían fracasado. Sus gobernantes, acobardados por los Amantes, mantenían la cabeza gacha. Inactivos.
El General de Sombras estaba muerto, asesinado en un acceso de pánico por los vampiros que lo tenían cautivo al enterarse de que su amo había sido capturado. Habían sido abatidos a su vez, aunque no sin gran coste para los costrados. Las paredes del Palacio del Carro estaban desfiguradas con grandes esculturas abstractas de color rojo oscuro, allí donde la sangre de sus defensores se había vertido.
Nadie sabía con exactitud cuántos vampiros habían formado las fuerzas del Brucolaco y nadie estaba del todo seguro de cuántos habían caído. Era indudable que algunos debían de haber sobrevivido. Derrotados, debían de haberse ocultado, tratando de hacerse pasar por ciudadanos vulgares. Agazapados en ruinas, alojados en casuchas de huéspedes. Invisibles.
Tendrían que ser cuidadosos al alimentarse. Tendrían que ser selectivos, comedidos y brutales. No podían dejar presas vivas. Pues cuando fueran encontrados —y lo serían: los hombres de Anguilagua los buscaban de forma implacable— los matarían.
Ya nadie los temía.
Y mientras tanto, el architraidor, el mismísimo Brucolaco, seguía tendido en su cruz de metal, quemándose y consumiéndose lentamente hasta la muerte.
El avanc había reanudado su estúpido y moroso avance. Pero su marcha seguía siendo lenta y ya no era tan regular como antes. Nadaba y arrastraba la ciudad y aceleraba y frenaba y nunca terminaba de alcanzar la velocidad que había tenido antes.
Mientras pasaban las horas y los días, los navegantes se fueron convenciendo de que sus heridas, sufridas en circunstancias desconocidas para todos salvo para un pequeño puñado de armadanos, no estaban curándose. Seguía sangrando y debilitándose.
No hubo venganza contra los ciudadanos de Otoño Seco, declarados inocentes de la culpa de su gobernante en un anuncio realizado por los Amantes. Incluso se promulgó una amnistía contra los amotinados. Eran tiempos caóticos: los Amantes gobernaban, nadie sabía lo que estaba pasando; reinaba la confusión, era un momento para unir a la ciudad, el castigo no resultaba apropiado.
Sin embargo, las patrullas más grandes y mejor armadas de alguaciles y ciudadanos reclutados seguían estando en Otoño Seco. Los ciudadanos los observaban con resentimiento, desde los umbrales de las puertas, mientras ocultaban las magulladuras y heridas sufridas aquella noche. No confiaban en la misericordia de los Amantes.
Como el humo de los incendios provocados por los motines, algo se había extendido por toda la ciudad aquella noche y aún seguía allí; una incertidumbre traumática, un rencor. E incluso muchos de quienes habían luchado para repeler las fuerzas del Brucolaco se vieron afectados por ello.
Sangre, violencia y miedo. Éste parecía el legado de los proyectos de los Amantes. Tras siglos de paz, Armada había librado dos guerras en menos de treinta días… y una de ellas contra sí misma. Bajo el peso del fervor de los Amantes, las sutilezas de la diplomacia de la ciudad se habían desplomado, las redes de obligaciones e intereses se estaban desgarrando y la ciudad se hacía pedazos.
Los Amantes lo estaban subordinando todo a la búsqueda del abstracto poder de la Cicatriz. Aquello era una contradicción abierta con la venalidad mercantil de Armada: esa clase de intrepidez, esa clase de travesía estaba gobernada por una lógica diferente y más antigua. Los ciudadanos de Armada eran piratas, y a medida que iba creciendo su entendimiento del proyecto de los Amantes, lo hacía también su alienación. Los Amantes no les proponían saqueos o depredaciones, ni siquiera una táctica de supervivencia. Aquello era algo muy diferente.
Mientras Armada estaba en la cresta de la ola, mientras su poder iba en aumento y se conseguía una proeza tras otra, los Amantes habían engatusado a los ciudadanos con su retórica y su celo.
El robo de la Sorghum había sido la mayor gesta militar de la historia reciente de Armada y todo el mundo podía ver que le daba poder a la ciudad, que sus barcos y sus motores recibían ahora más combustible. Cuando habían invocado al avanc, los Amantes habían hablado de las antiquísimas cadenas, de la misión histórica y secreta de Armada, por fin culminada, de la posibilidad de navegar rápidamente de un puerto a otro, de una búsqueda de botín que podía llevarlos por todo el mundo.
Pero ahora se demostraba que todo aquello había sido un engaño. Su propósito verdadero era una opaca búsqueda. Y aunque seguía habiendo miles de armadanos que estaban entusiasmados por lo que estaban tratando de conseguir, había miles más a quienes ya no les importaba y un número cada vez más grande que se sentían estafados.
Y con el avanc tan debilitado —todo el mundo podía darse cuenta— cabía la posibilidad de que incluso el verdadero propósito de todo ello, la búsqueda de la Cicatriz, acabase en nada. Si el avanc seguía frenando, ¿quién sabe lo que podía ocurrir?
Tras el motín del Brucolaco y las muertes y la quiebra de la confianza que había acarreado, la moral en Armada estaba baja y empeoraba día tras día. Las patrullas de los leales a Anguilagua sentían una hostilidad creciente, una rabia que no tenía forma… incluso el propio paseo.
Centenares de armadanos habían muerto. Abiertos en canal, mordidos, paralizados y succionados por los vampiros, atrapados en tiroteos, aplastados por el colapso de los edificios, quemados en los incendios, apaleados hasta la muerte. Eran muchos menos que los que habían caído en la batalla contra Nueva Crobuzón pero el trauma provocado por estas muertes era mucho más grande. Aquélla había sido una guerra civil, la gente había sido asesinada por los suyos. Aquel hecho entumecía y aplastaba a muchos.
No faltaban quienes habían atisbado a los grindilú y quienes se daban cuenta de que el Brucolaco nunca hubiese podido detener al avanc por sí solo y que no era capaz de lanzar aquellos rayos taumatúrgicos que retorcían la realidad. Pero, en toda Armada, sólo un puñado sabía la verdad de lo ocurrido. En su mayor parte, la gente realizaba vagas y escuetas referencias a extraña magia vampírica y ponía punto final a la discusión.
Los grindilú habían venido y se habían marchado y, entre los pocos que los habían visto, no había casi nadie que supiera quiénes eran. Su presencia seguía siendo un hecho inexplicable, eclipsado por la guerra civil.
Cientos de armadanos habían muerto, asesinados por los suyos.
Krüach Aum estaba muerto. Bellis no lloraba su defunción —la había perturbado con su calma sociopática y aquel cerebro que era como un motor diferencial— pero sentía una especie de tristeza abstracta por su asesinato.
Fugado de una isla prisión erigida por su propia historia. Acogido por la ciudad más extraña de todo Bas-Lag, utilizado con tanto egoísmo como el anteriormente demostrado por las autoridades de Kettai, asesinado mientras investigaba la criatura a la que había contribuido a invocar. Qué vida más extraña y descolorida.
Johannes Lacrimosco estaba muerto. Para Bellis supuso una sorpresa lo mucho que la había afectado. Sentía una auténtica tristeza, un enorme pesar por su desaparición. Cuando lo recordaba se le hacía un nudo en la garganta. La forma de su muerte resultaba impensable: tanto miedo debía de haber sentido, tanta claustrofobia, allí en la oscuridad y el frío, tan lejos del mundo. Lo recordaba mientras se preparaba para descender, lleno tan sólo de entusiasmo y fascinación. Había sido algo impresionante para un cobarde.
Shekel estaba muerto.
Eso la había hecho pedazos.
Al día siguiente del motín, cuando sus piernas estuvieron lo bastante fuertes como para andar, había vagado por entre los escenarios de la batalla.
No había nada en aquellas escenas de guerra que la hubiera obligado a detenerse mientras caminaba arrastrando los pies entre los cadáveres y dejando tras de sí un rastro de sangre.
En uno de los travesaños, junto a las ruinas del Montonero, a la sombra de un almacén de madera levantado sobre unos adoquines llenos de sangre, vio a Tanner Sack. Estaba doblado sobre sí mismo, junto a un muro. A su lado se encontraba Angevine, la mujer Rehecha. Las lágrimas abrían veredas entre la mugre de su rostro.
Entonces se dio cuenta, pero no pudo sino salir corriendo con las manos sobre la boca, parpadeando ante el dolor de Tanner Sack. Como había supuesto, la cosa que descansaba sobre el regazo era el cadáver de Shekel. Destripado. Parecía perplejo, asombrado por su propio estado.
Tuvo que caminar entre los recuerdo que conservaba de él. Lo odió. Odió la tristeza. Odió la miseria, la perplejidad que sentía cuando pensaba que estaba muerto. El chico le había gustado mucho.
Pero por encima de todo odiaba la culpa. La inundaba. Ella lo había utilizado. No de mala fe, por supuesto pero igualmente lo había utilizado. Era consciente, de una manera odiosa e imprecisa, que de no haber sido por cosas que ella había hecho, Shekel seguiría vivo. Si no le hubiera quitado el libro y no lo hubiera utilizado. Si hubiera tirado la puta cosa por la borda…
Aum estaba muerto, Johannes estaba muerto, Shekel estaba muerto.
(Silas Fennec está vivo).
Mucho más tarde se encontró con Carrianne, que vagaba con aire aturdido por entre las calles que rodeaban su casa. Había pasado la noche escondida, con la puerta atrancada y al salir había descubierto que ahora era la ciudadana de un paseo que no era tal.
No podía creer que el Brucolaco hubiese tratado de hacerse con el control de la ciudad y no podía creer que hubiera sido capturado. Estaba tan confundida como una niña enfrentada a cosas que no comprendía.
Bellis no podía contarle todo cuanto había presenciado y hecho a bordo del Grande Oriente. Lo único que le dijo fue que Shekel había muerto.
Fueron juntas a ver hablar a los Amantes.
Habían pasado dos días desde el motín y los señores de Anguilagua habían convocado una audiencia pública en la cubierta del Grande Oriente. Al principio Carrianne había dicho que no iría. Se había enterado de lo que le habían hecho al Brucolaco y no quería verlo de aquella manera. Era un castigo que él no se merecía. Hubiera hecho lo que hubiera hecho, insistió, no se lo merecía.
Pero finalmente a Bellis no le costó demasiado persuadirla. Carrianne tenía que ir: tenía que escuchar lo que se decía. Los Amantes sabían lo que estaba en juego, sabían lo que le estaba pasando a la ciudad. Aquél era su intento por recuperar el control.
La cubierta de proa estaba llena casi por completo: hombres y mujeres en filas, ojerosos todos ellos, malhumorados, esperando.
Encima de sus cabezas, el Brucolaco farfullaba y gemía débilmente bajo la luz del sol. Tenía la piel llena de cicatrices y manchas, como un mapa.
Cuando Carrianne lo vio, lanzó un grito de repugnancia y tristeza y volvió la cabeza y le dijo a Bellis con voz tensa que se marchaba. Pero al cabo de un minuto volvió a mirarlo. Le resultaba imposible tomarse en serio la idea de que aquella figura demacrada y supurante que babeaba mientras movía las mandíbulas flojas era el Brucolaco. Podía levantar la mirada hacia aquella cáscara sin sentir otra cosa que lástima.
Los Amantes se encontraban sobre una plataforma y se dirigieron a la multitud, con Uther Doul a un lado. Parecían abatidos y terriblemente cansados y los ciudadanos reunidos allí los miraban con una extraña mezcla de respeto y desafío.
Un paso por detrás de los Amantes, Uther Doul la miró a los ojos. Por primera vez se daba cuenta de lo que había hecho la noche del motín, lo que había arriesgado. Había irrumpido en su habitación y había robado un artefacto de una raza extraña y luego se lo había entregado a los atacantes. Pero estaba demasiado harta del miedo como para sentirlo ahora.
Cuando la reunión terminó y mientras la multitud se dispersaba, Doul cruzó la cubierta y se detuvo frente a ella, sin dar muestra alguna de rencor o amistad.
—¿Qué pasó? —dijo con voz suave—. Fuiste tú la que entró en mi cuarto. Encontré los restos en el fondo de la celda. La aleta del mago estaba allí, pudriéndose. La quemé. ¿Así que no era eso lo que querían, después de todo?
Bellis negó con la cabeza.
—Vinieron —dijo—, pero no por eso. Yo pensé que sí y por eso… siento lo de tu puerta. Estaba tratando de conseguir que se marcharan. Dijeron que se marcharían cuando tuvieran lo que les habían robado. Pero no era eso. Fueron ellos los que… Fennec…
Doul asintió.
—Está vivo —susurró Bellis y por un instante los ojos de Doul se abrieron ligeramente.
Bellis esperó. Se preguntó con fatigado nerviosismo lo que iba a hacerle. Había un montón de cosas por las que podía castigarla. Le había robado a Armada la figurilla grindilú, y para nada. Innecesariamente. ¿O había un rastro de la antigua proximidad en él?
Pero no parecía haber en su comportamiento más que neutralidad, una especie de resignación y Bellis no se sintió sorprendida cuando finalmente él asintió, le dio la espalda y volvió a atravesar la cubierta. Se sintió un poco decepcionada mientras lo observaba. ¿Qué pensarán los Amantes de esto?, se preguntó. No podía imaginárselos renunciando a la aleta del mago sin cólera. ¿Es que no les importa?
¿O es que no lo saben?, pensó de repente. Y si saben que ha desaparecido, ¿sabrán que fui yo?
Aquella noche, Tanner Sack apareció en su puerta. Se quedó perpleja.
Él se encontraba allí, mirándola con los ojos inyectados en sangre, con la tez tan pálida que parecía un yonqui. La miró con aversión durante unos pocos segundos y entonces le entregó un montón de papeles.
—Toma —dijo. Eran unas hojas muy usadas en las que reconoció la entusiasta escritura de Shekel. Listas de palabras que había encontrado, que había visto y quería recordar, para contrastar, para buscar en los libros de cuentos que obtenía en sus saqueos.
—Tú le enseñaste a leer —dijo Tanner— y eso le encantaba —mantuvo sus ojos en los de ella y una expresión inmutable—. Puede que quieras guardarlos, para recordarlo.
Bellis estaba asombrada y avergonzada. Ella no era así. El acumular empalagosos y mórbidos recuerdos de los muertos era algo que iba completamente en contra de su naturaleza. Ni siquiera cuando su madre o su padre habían muerto y, desde luego, no por la muerte de este muchacho al que apenas había conocido, por mucho que sintiera su pérdida.
Estuvo a punto de rechazarlos. Casi se refugió en el pretexto de que no los merecía (¡como si alguien pudiera merecerse estos papeluchos garabateados!), pero dos cosas la detuvieron.
Una de ellas era la culpa. No huyas, cobarde, pensó. Sus gustos personales sobre la muerte no eran lo importante: qué conveniente resultaría dejar que esto la obligara a rechazarlos. Y, además de la culpa, estaba el respeto por Tanner Sack.
Allí estaba él, sosteniendo aquellas cosas que debían de serle preciosas, ofreciéndoselas a alguien que le había hecho tanto daño. Y no porque compartiesen una espuria comunidad en el dolor. Le ofrecía aquellos papeles porque era un buen hombre y pensaba que también ella había perdido a Shekel.
Avergonzada, los aceptó y asintió en silencio para darle las gracias.
—Una cosa más —dijo Tanner—. Mañana es el entierro —la voz le falló un momento al decir entierro—. En el Parque Crum.
—¿Cómo…? —empezó a decir Bellis, sorprendida. Los armadanos entregaban sus muertos al mar. Tanner desechó la pregunta con un ademán.
—Shekel no era un… un animal marino, no de corazón —dijo con cuidado—. Era un chico de ciudad más que nada y supongo que yo conservo algunas tradiciones… Quiero saber dónde está. Cuando me dijeron que no podía hacerlo, les contesté que trataran de impedírmelo.
—Tanner Sack —le dijo mientras él se volvía para marcharse—. ¿Por qué el Parque Crum?
—Tú le hablaste de él en una ocasión —dijo—. Y fue a verlo por sí mismo y le encantó. Creo que le recordaba al Bosque Turbio.
Bellis lloró después de que se marchara. No pudo evitarlo. Se dijo, furiosa, que era la última vez.
Fue una breve ceremonia, torpe y conmovedora. Una mezcolanza de teologías, una humilde petición a los dioses de Nueva Crobuzón y a los de Armada para que se cuidasen del alma de Shekel.
Nadie sabía con seguridad cuáles eran los que Shekel respetaba, si es que había alguno.
Bellis había traído flores, robadas de los macizos que había por todo el parque.
La ciudad seguía siendo arrastrada, con rumbo este-noreste, y deceleraba gradualmente a medida que el avanc frenaba. Nadie sabía si estaba herido de gravedad. No se arriesgarían a enviar otro equipo.
En los días que siguieron a la guerra y en especial al funeral de Shekel, Bellis se sentía incapaz de concentrarse. Pasaba mucho tiempo con Carrianne, quien estaba tan abatida como ella y rehusaba hasta discutir el destino de la ciudad. Era difícil concentrarse en el viaje y resultaba imposible imaginar lo que ocurriría cuando llegaran.
Si los eruditos de Anguilagua estaban en lo cierto, la ciudad se estaba aproximando. Puede que dos semanas, puede que una, eso era lo que susurraban. Unos pocos días más hasta que la ciudad alcanzase la herida en aquel mar vacío y los motores ocultos y la arcana ciencia se libraran y el enjambre de posibilidades que se reunía en torno a la Cicatriz sería cosechado.
El aire estaba tenso por la expectación y el miedo.
Cuando Bellis abría los ojos por la mañana, sentía en ocasiones que el éter se erizaba, como si unas fuerzas que no entendía la estuvieran recorriendo. Habían empezado a circular extraños rumores.
Primero fueron los jugadores, los profesionales de las cartas que celebraban partidas a altas horas de la noche en los salones de Vos y los Vuestros. Se contaban historias sobre manos que cambiaban en el instante mismo en que se levantaban; los coloridos trajes de las figuras resplandecían como caleidoscopios, apenas entrevistos durante un instante fugaz y adoptaban por último una configuración concreta después de haber sido repartidas.
También se contaban historias sobre espíritus intrusos. Pardadores o kelkin, que recorrían invisibles la ciudad, moviendo cosas. Objetos que habían sido dejados en un sitio eran descubiertos a unos pocos centímetros de su lugar… en lugares en los que podrían haber sido dejados pero no lo habían sido. Cosas que se habían caído y se habían roto y de pronto no estaban rotas y quizá no se habían caído sino que se encontraban a un lado.
La Cicatriz, pensó Bellis con asombro entumecido. Está sangrando.
De pronto el mar y el cielo se volvieron peligrosos. Nubes de tormenta aparecían, descargaban y desaparecían de improviso, sin llegar a posarse del todo en el firmamento, esquivándolo. El avanc arrastraba la ciudad por aguas turbulentas donde de repente se alzaban olas encrespadas y violentas mientras a ambos lados podían verse una mar tranquila.
Tanner ya no nadaba y se limitaba a darse un chapuzón diario. Tenía miedo de pasar demasiado tiempo sumergido. Los ruidos y luces procedentes del agua —eyecciones de cosas invisibles— eran ahora lo bastante fuertes como para que las vieran y oyeran incluso los habitantes de la ciudad.
Algunas veces pasaban junto a Armada colonias del alga semiconscientes y otras se veían formas en las olas, formas que se movían y no podían identificarse con claridad, que parecían a un tiempo orgánicas, fortuitas y fabricadas.
El Brucolaco seguía languideciendo y resistiéndose a morir. Debajo de él, la cubierta estaba manchada de sus emisiones.
Mientras caminaba por las cubiertas y pasillos del Grande Oriente, por encima del comedido rumor de la ciudad, Bellis escuchaba una música tenue y críptica. Era difícil de seguir, evanescente por las frecuencias, audible tan sólo en momentos y lugares fortuitos. Ella se esforzaba y la captaba de tanto en cuanto. Era fea e inaudita: una telaraña de semitonos y acordes menores, ritmos cambiantes.
Una endecha punteada con el tañido de las cuerdas. La segunda noche que la escuchó, estuvo segura de que provenía del cuarto de Uther Doul.
Los restos flotantes, las extrañas corrientes marinas y los sucesos raros en la propia Armada se fueron haciendo más frecuentes e importantes a medida que el avanc avanzaba. Cuando, la quinta mañana tras el motín, se vio algo que flotaba a tres kilómetros de la ciudad, nadie se sorprendió. Pero cuando lo examinaron con telescopios, estalló una estridente cacofonía de agitación. Los vigías del Grande Oriente gritaban pidiendo la atención de la gente y corrían de habitación en habitación, buscando a los Amantes.
El rumor recorrió la ciudad, desde el primero al último de sus paseos, con asombrosa rapidez y una muchedumbre se reunió en el extremo de popa de Jhour. Un pequeño aeróstato fue enviado sobre las corrientes traicioneras en dirección a la mota que flotaba cada vez más próxima a la ciudad. La multitud la contemplaba con asombro, compartiendo los telescopios y un asombro boquiabierto a medida que su contorno se iba volviendo más claro.
Aferrado a una tosca balsa de madera y lienzo color ocre, contemplando con ojos exhaustos su hogar, se encontraba Hedrigall el cacto, el renegado.
—¡Traedlo aquí!
—¡Qué coño ha pasado!
—¿Dónde habías ido, Hed? ¿Dónde has estado?
—¡Traedlo aquí, joder!
En cuanto se hizo evidente que la aeronave que había ido a recogerlo estaba regresando al Grande Oriente, estallaron gritos de furia. La gente corría en grupo desde sus embarcaciones, por las calles obstruidas, en dirección al dirigible. Las multitudes colisionaban de forma caótica.
Bellis había estado mirando por la ventana, mientras el corazón le latía fuertemente con un presentimiento. Se unió a la muchedumbre que corría hacia el buque insignia, impulsada por motivaciones que no terminaba de comprender. Llegó a la cubierta de proa del vapor antes de que la aeronave hubiera descendido y nadie hubiera podido desembarcar. Un grupo de leales se había reunido allí, alrededor de Uther Doul y los Amantes.
Bellis se unió a la muchedumbre cada vez más nutrida que se agitaba y empujaba a los alguaciles, tratando de ver al hombre que había regresado.
—¡Hedrigall! —gritaban—. ¿Qué coño ha pasado?
Hubo un bramido general mientras descendía, descarnado, exhausto, pero rápidamente fue rodeado por hombres armados. El pequeño grupo empezó a aproximarse a la puerta que conducía a las cubiertas inferiores, con Doul y los Amantes a la cabeza.
—¡Dinos! —los gritos eran insistentes y empezaban a parecer amenazantes—. Es uno de lo nuestros, devolvédnoslo —los guardias estaban nerviosos y empezaban a desenfundar sus pistolas mientras los armadanos los presionaban. Bellis vio a Angevine y Tanner Sack en las primeras filas de la multitud.
La cabeza de Hedrigall resultaba visible, inclinada y blanqueada por el sol, las espinas resecas y partidas. Miraba a los ciudadanos que se congregaban a su alrededor, que lo observaban y extendían los brazos hacia él, que lo llamaban, solícitos y entonces echó la cabeza atrás y empezó a aullar.
—¿Cómo es que estáis aquí? —rugió—. Estáis muertos. Os vi morir a todos…
Se hizo un silencio estupefacto y entonces estalló una cacofonía. La muchedumbre empezó a avanzar de nuevo. Los alguaciles trataron de contenerla a empujones. La masa volvió a callar, una quietud amenazante.
Bellis vio que Uther Doul se llevaba a los Amantes a un lado y les decía algo con un susurro imperioso antes de señalar la puerta. El Amante asintió y se adelantó un paso con los brazos extendidos.
—Armadanos —gritó—, por el amor de los dioses, esperad —parecía sinceramente enfurecido. A su lado, Hedrigall empezó a gritar de nuevo, como si tuviera fiebre: Estáis muertos, todos estáis muertos; y los alguaciles se lo llevaron a rastras hacia la puerta, siseando a causa de las espinas que se les clavaban en las manos—. Ninguno de nosotros sabe lo que ha ocurrido aquí —dijo el Amante—. Pero miradlo, por Crum, es un despojo, está enfermo. Lo vamos a llevar abajo, a nuestro propio camarote, lejos de todo, para que descanse, para que se recupere.
Ardiendo de furia, retrocedió hacia donde Hedrigall se balanceaba entre los brazos de los alguaciles y Uther Doul lanzó una mirada rápida y dura a la multitud.
—No está bien —gritó alguien de repente mientras se abría paso entre la muchedumbre. Era Tanner Sack—. ¡Hed! —gritó—. Es mi camarada y Jabber sabe lo que vais a hacer con él.
Varios gritos de aliento se levantaron a su alrededor pero el impulso de la multitud estaba disolviéndose y aunque se oían algunas imprecaciones, nadie trataba de interceptar a Hedrigall o a los Amantes. Había demasiada incertidumbre.
Bellis se dio cuenta de que Uther Doul la había encontrado entre la turba y la estaba observando detenidamente.
—¡No está bien! —chilló Tanner. Sus venas se hincharon de cólera mientras el grupo cruzaba la puerta y los guardias se movían tras ellos. Uther Doul seguía sin mover los ojos. Y Bellis no podía más que devolverle su mirada, incómoda—. Es mi camarada —dijo Tanner—. Tengo derecho, tengo derecho a oír lo que tiene que decir…
Y mientras él hablaba, en aquel mismo momento, ocurrió algo extraordinario.
Bellis seguía paralizada bajo la mirada impasible de Doul y, mientras Tanner proclamaba a voz en grito su derecho a oír a Hedrigall, un espasmo sacudió los ojos de Doul y se abrieron con una intensidad casi sexual. Bellis observó, boquiabierta, mientras su cabeza se inclinaba una fracción de centímetro, como si la estuviera invitando o mostrando que estaba de acuerdo.
Siguió mirándola, mientras su grupo entraba en el pasillo, caminando de espaldas para unirse a ellos, dueño de su atención y sus cejas se alzaron un ápice, sugestivas, antes de desaparecer.
¡Oh!, dioses míos.
Bellis se sentía como si le acabasen de propinar un fuerte puñetazo en el plexo solar.
Una gran oleada de revelación se abatió sobre ella: una pasmosa apreciación, una insinuación de las capas, capas y más capas de manipulación en las que había sido atrapada, paralizada, manipulada y explotada, utilizada y apoyada y traicionada.
Seguía sin entender casi nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, lo que estaban haciendo, lo que había sido planeado y lo que era contingente, pero sí que supo algunas cosas, humillada, y de repente.
Su lugar. Tantos, tantos planes, tantos esfuerzos consumados para llevarla hasta aquel lugar en aquel preciso instante, para que escuchara las palabras que acababa de escuchar. Todo se reunió allí y en aquel momento, todo cristalizó y se volvió claro.
Y en su asombro y su miedo, y en su humillación, y a pesar de su rabia, a pesar de que se sentía como si estuviera interpretando la indigna danza de una marioneta. Bellis inclinó la cabeza y se preparó, sabiendo que aún tenía una cosa por hacer, para realizar el cambio que deseaba y sabiendo también que no se negaría a sí misma por venganza y que lo haría.
—Tanner —le dijo, mientras él montaba en cólera y maldecía, arguyendo furiosamente y gritando contra la mayoría, contra aquellos que le decían que estaba exagerando, que los Amantes sabían lo que hacían.
Él se detuvo y la miró con rabia confusa. Ella lo llamó con señas.
—Tanner —dijo y nadie más que él pudo oír su voz—. Tienes razón, Tanner —susurró—. Creo que tienes todo el derecho a oír lo que Hedrigall pueda decir, allí en los aposentos de los Amantes. Ven conmigo.
No fue difícil encontrar un camino por los pasillos vacíos del Grande Oriente. Los guardias leales estaban situados en los puntos que cualquiera debería cruzar para llegar a las habitaciones de los Amantes, en los confines inferiores del Grande Oriente. Pero sólo en esos pasillos y no en los que Bellis y Tanner estaban recorriendo.
Lo llevó por los corredores que conocía a las mil maravillas tras semanas de entrega a lo que sólo podía considerar como una perversión.
Pasaron junto a almacenes y motores y armerías. Con paso rápido y sin esconderse, no como un par de intrusos, Bellis llevó a Tanner cada vez más abajo, hasta una zona apenas iluminada.
Ella no lo sabía pero estaba llevando a Tanner muy cerca de los motores de leche de roca, que zumbaban y rumiaban y arrojaban chispas mientras seguían impulsando al avanc.
Y por fin, en un oscuro y estrecho pasillo de cuyas paredes se había desprendido el empapelado hacía mucho tiempo y en las que no había heliotipos ni grabados sino sólo una maraña de tuberías tan intrincadas como venas, Bellis se volvió hacia Tanner Sack y le indicó con un gesto que entrara. De pie en aquel espacio estrecho y encorsetado, se llevó un dedo a los labios para indicarle que guardara silencio.
Permanecieron inmóviles durante algún rato, mientras Tanner miraba a su alrededor; al techo que Bellis estaba mirando; a la propia Bellis.
Cuando por fin oyeron el sonido de una puerta que se abría y se cerraba, fue tan claro y ruidoso que Tanner se puso tenso casi con violencia. Bellis nunca había visto las habitaciones que había encima pero conocía sus ecos muy bien. Sabía dónde estaban las sillas, las mesas y la cama. Siguió con la mirada los cuatro pares de pasos —ligeros, más pesados, más pesados, enormes y lentos— como si a través del techo pudiese ver a la Amante, al Amante, a Doul y a Hedrigall.
Tanner siguió su ejemplo mientras los ojos se le abrían cada vez más. Bellis y él podían seguir el rastro de los cuerpos sobre sus cabezas: uno al lado de la puerta, otros dos juntos, cerca de la cama, sentados ahora sobre sendas sillas y el cuarto, el más grande, arrastrando los pies hacia la pared más lejana, entrelazando las piernas como hacían los cactos cuando dormían o estaban exhaustos, su peso evidente aun a través de la madera.
—Bueno —dijo Uther Doul con voz asombrosamente clara—. Dinos, Hedrigall —hablaba con dureza—. Dinos por qué huiste. Y cómo es que has acabado de nuevo aquí.
—Oh, dioses. —Hedrigall parecía exhausto, hecho pedazos. Apenas se reconocía su voz. Tanner negó con la cabeza, asombrado.
—Dioses, dioses, por favor, que no empiece todo de nuevo —parecía que fuera a llorar—. No te entiendo. Nunca he huido de Armada en mi vida. Jamás lo haría. ¿Quiénes sois? —gritó de repente—. ¿Qué sois? ¿Estoy en el infierno? Os vi morir a todos…
—¿Qué le ha ocurrido? —susurró Tanner, pálido.
—Estás diciendo estupideces, Hedrigall, pedazo de mierda traidora —exclamó el Amante—. Mírame, perro. Estabas asustado, ¿no es eso? Demasiado aterrorizado, así que preparaste el Arrogancia en secreto y largaste amarras. Y ahora dime, ¿dónde fuiste y por qué has regresado?
—Nunca he traicionado a Armada —gritó Hedrigall—, y nunca lo haría. Por Crum, mírame… ¡Estoy discutiendo con un muerto! ¿Cómo es posible que estés aquí? ¿Quién eres? Os vi morir a todos —parecía loco de pena o incredulidad.
—¿Cuándo, Hedrigall? —era la voz de Doul, afilada y peligrosa—. ¿Y dónde? ¿Dónde morimos?
Hedrigall contestó con un susurro y algo en su voz hizo que Bellis se estremeciera, a pesar de que había esperado su respuesta y asintió al oírla.
—En la Cicatriz.
Cuando lograron calmarlo, Uther Doul y los Amantes discutieron en voz baja, apartados de él.
—… loco… —dijo el Amante, cuya voz no se oía del todo—. O loco… extraño…
—Tenemos que saberlo —la voz de Doul—. Si no está loco es un mentiroso peligroso.
—No tiene sentido —dijo el Amante, enfurecido—. ¿A quién le está mintiendo? ¿Por qué?
—O bien es un mentiroso o… —dijo la Amante.
Tanner y Bellis no sabían si había dicho más o había dejado que sus palabras se apagaran.
—¿Cómo ha podido ocurrir esto?
—Llevábamos un mes, más de un mes en el Océano Oculto.
Habían pasado muchos minutos. Hedrigall llevaba bastante tiempo en silencio, mientras los Amantes discutían lo que debía hacerse, en voz tan baja que Bellis y Tanner no podían oírlos. Cuando de repente volvió a hablar, lo hizo sin ser invitado y su voz era baja y monótona, tan torpe como si estuviera drogado.
Los Amantes y Doul esperaron.
Hedrigall habló como si supiera que era lo que se esperaba de él.
Habló durante largo rato y no lo interrumpieron. Habló con elegancia contranatural, con la elocuencia de un fabulista experto pero en la monotonía cuidadosa de su voz había un titubeo y por debajo de éste un trauma que resultaba aterrador de percibir.
Hedrigall tropezaba con las palabras y hacía pausas inesperadas, de tanto en cuanto, antes de tomar aliento de forma temblorosa, pero habló durante largo rato y su audiencia —en la habitación, con él, y debajo— guardó completo silencio y le prestó toda su atención.
—Llevábamos más de un mes en el Océano Oculto.