La Cicatriz
Séptima parte: El Vigía » 46
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—Llevábamos más de un mes en el Océano Oculto y en el mar reinaba el caos. No podíamos trazar un rumbo, las brújulas no señalaban hacia el norte, era imposible navegar. Cada día miraba desde lo alto del Arrogancia, en busca de la Cicatriz, la Tierra Fracturada, cualquier cosa. Y no había nada. Vosotros nos mantuvisteis en marcha. Insistíais, nos enardecíais. Nos decíais lo que haríamos cuando hubiésemos llegado a la Cicatriz. Los poderes que os daría, nos daría a todos, y lo que podríamos hacer. Nos dijisteis que el poder sería de todos. No voy a fingir que no había disensiones. A medida que avanzábamos, la gente iba teniendo más y más… miedo. Y empezaron a murmurar que tal vez el Brucolaco había hecho bien al amotinarse. Que tal vez no era tan malo que la ciudad siguiera como antes. Acudieron a vosotros… acudimos a vosotros y os pedimos que dieseis la vuelta. Os dijimos que nos gustaban las cosas tal como estaban. Que no necesitábamos esto, que demasiadas cosas habían ido mal ya y que temíamos que lo peor estuviera por venir. Algunos de nosotros habíamos empezado a tener terribles sueños. La ciudad estaba… muy tensa. Como un gato, con el pelaje erizado y lleno de estática. Os pedimos que dierais la vuelta. Antes de que fuera demasiado tarde. Estábamos asustados. No sé cómo lo conseguisteis pero lograsteis, durante el tiempo justo, mantenernos… no diré que felices, no diré que complacientes. Lograsteis que obedeciéramos y, a pesar del miedo que teníamos, esperamos y dejamos que nos arrastrarais más allá.
»Si hubiera pasado otra semana, dudo que lo hubiéramos soportado. Creo que habríamos dado la vuelta y entonces no todos hubierais muerto. Pero no fue así, ¿verdad? Era demasiado tarde. A las seis de la mañana, el Dijuego nueve de Carne, vi algo desde la cabina del Arrogancia, a setenta kilómetros de distancia, en el horizonte. Una perturbación en el aire, muy tenue, aterradora. Y algo más. El horizonte estaba demasiado próximo. Una hora, puede que unos siete kilómetros más tarde, supe sin el menor asomo de duda que nos estábamos acercando a algo. Y el horizonte seguía estando demasiado próximo y cada vez lo estaba más. Envié mensajes abajo. Y pude ver cómo se preparaban todos. Bajé la vista y vi los mástiles reunidos de todos los barcos, todos los colores, todas las formas diferentes. Pude ver las cuadrillas que preparaban las grúas en los lindes de la ciudad y encendían motores y los dioses saben qué más. Aprestando toda la ciencia que habían estado preparando. Pequeñas aeronaves pasaban de un lado a otro de la ciudad. Muy por debajo de mí. Estaba contemplando el punto en el que el mar y el cielo se encontraban. No lo creí durante mucho tiempo, me empeñé en pensar que la vista debía de estarme engañando y que en cualquier momento lo vería bien, todo cobraría sentido, pero no fue así. Hasta que finalmente no pude seguir negando lo que veía. El horizonte se encontraba sólo a treinta y cinco kilómetros de distancia. Podía verla con toda claridad, un desgarrón a lo largo de la superficie del mar. La Cicatriz. Era como estar contemplando un dios.
»No nos contasteis casi nada cuando la describisteis. Es una gran herida en la realidad, abierta por los Espectrocéfalos, nos dijisteis, llena de vetas de lo que podría ser, todas las cosas posibles. Una gran herida en la realidad, dijisteis, y yo creí que sólo estabais haciendo… poesía. Cuando los Espectrocéfalos tocaron tierra en aquel continente, la fuerza del choque abrió el mundo en canal, labró una fisura en la superficie de Bas-Lag. Una raja. Extendida por el borde del mundo a lo largo de más de tres mil kilómetros, dividiendo en dos al continente. Ésa es la Cicatriz. Esa grieta. Llena a rebosar del modo en que las cosas no fueron ni son pero podrían ser. Estábamos tan sólo a unos pocos kilómetros de distancia. Era una hendidura en el mar.
»No era regular, estaba inclinada con respecto a nuestra trayectoria, de modo que parecía que el horizonte estaba ladeado. Y precisamente porque era irregular, no guillotinada sino agrietada, un poco sobresaliente aquí y allá, serrada sobre sí misma, había lugares en los que podía ver sus bordes. Podía ver los extremos de la raja. Escarpados. El océano estaba agitado, unas corrientes fuertes corrían hacia el norte a pesar de que los vientos soplaban en dirección sur. Las olas adelantaban a la ciudad, la arrastraban consigo, y cuando llegaban al borde de la Cicatriz había como una pared, una pared transparente. El agua se inclinaba hacia abajo formando un ángulo recto y caía en una trayectoria vertical y con la perfecta suavidad del cristal. Agua oscura, en movimiento, que se apretaba contra nada y se quedaba allí. Y luego… El aire vacío. Un precipicio. Y mucho mucho más allá, a decenas de kilómetros, a un centenar de kilómetros de distancia, apenas visible al otro extremo del vacío golfo, otra cara parecida. El otro lado de la grieta. Entre ellas, una vaciedad de la que sentía brotar toda clase de poder. Supurando por la maldita herida. La Cicatriz.
»No logro imaginarme cómo debió de ser todo en la ciudad. Debieron de poder verlo. ¿Hubo pánico? ¿Estabais nerviosos?
Por supuesto, los Amantes no respondieron.
—Yo conocía el plan a la perfección. Al avistar la Cicatriz nos detendríamos a diez kilómetros de distancia. Y desde allí se enviaría un dirigible para ver si la distancia que nos separaba de la Cicatriz podía cruzarse. Y yo era el vigía. A la menor señal de peligro, debía lanzar las bengalas, hacer ondear las banderas, ordenar a la aeronave que regresara. No sé qué clase de peligros esperabais que pudiéramos encontrarnos. No teníais ni idea. No creo que supierais siquiera lo que era la Cicatriz. ¿Qué pensasteis que podría ocurrir? ¿Pensasteis que podría haber Posibles Bestias allí? ¿Cosas que podrían haber evolucionado pero no lo habían hecho, patrullando? No era nada parecido. Su escala… La escala de esa maldita cosa. Era humillante. La ciudad no se detuvo —dijo.
Guardó silencio entonces, durante varios segundos. Había pronunciado la última frase con el mismo tono hipnótico que llevaba utilizando largo rato y Bellis tardó varios latidos de corazón en darse cuenta de lo que significaba. Su corazón sufrió un espasmo y empezó a latir con la fuerza de un martillo.
—No se detuvo —dijo Hedrigall—. El avanc no estaba frenando su marcha. El avanc estaba acelerando. Estábamos a quince kilómetros de distancia y luego a diez y luego a cinco y la ciudad no se paraba y ni siquiera frenaba. El mundo estaba inclinado, como en escorzo… el horizonte se encontraba apenas a unos cientos de metros de distancia y se estaba aproximando y Armada estaba acelerando. Entonces empecé a sentir pánico —no había emoción alguna en la voz de Hedrigall, como si se le hubiese secado en el mar—. Empecé a lanzar las bengalas, tratando de advertiros de algo que ya debíais de saber. Supongo… supongo que entonces sí que hubo pánico. No lo sé, no podía verlo. Puede que todos estuvieseis hipnotizados, con los ojos vidriosos y sin daros cuenta de nada. Pero apuesto a que no fue así. Apuesto a que hubo pánico, mientras el fin del mundo se os echaba encima. Mientras mis bengalas ardían sobre vuestras cabezas, ignoradas. Cuatro kilómetros, tres. Me quedé inmóvil durante mucho rato. Paralizado. El viento del sur era muy fuerte, de modo que el Arrogancia estaba perdiendo altitud, alejándose de la Cicatriz como si estuviera asustado, tan asustado como yo. Eso me despertó.
»¿Quién sabe qué ocurrió? Puede que lo averiguaseis antes de morir. Yo no estaba allí. Puede que fuera el avanc. Puede que, tras semanas de obediencia, lograra liberarse de los impulsos con que lo estaban alimentando. Puede que alguna espina que se suponía que debía estar clavada en su cerebro se partiera y la bestia despertara, confundida y enfurecida y empezase a tirar para liberarse y os arrastrara con ella. Puede que los motores de leche de roca fallasen. Puede que alguna posibilidad brotase de la Cicatriz, la posibilidad de que los motores no funcionasen. Sólo los dioses saben qué ocurrió. Cuando miré abajo, vi una flotilla de pequeños barcos que se hacía a la mar en los lindes de la ciudad y minúsculas tripulaciones enfebrecidas que remaban y largaban velas tratando de alejarse. Pero tenían al mar en contra y pude ver que sus velas se hinchaban en todas direcciones. Los botes salvavidas, los yates, los pequeños esquifes, empezaron a arremolinarse en aquellas aguas y a dar vueltas a la ciudad, arrastrados hacia el norte a pesar de todos sus esfuerzos. Las corrientes y las olas los empujaban como si estuvieran hambrientas. Sólo pasaron unos minutos antes de que el primero de ellos llegara a la Cicatriz. Observé cómo giraba aquella pequeña lancha mientras se aproximaba al borde y vi unas motas que supongo eran sus tripulantes arrojarse al mar y entonces la popa de la embarcación se inclinó de repente y desapareció. En aquel vacío. Había un reguero entero de ellos, pequeños barcos que salpicaban el mar entre la ciudad y la Cicatriz, deslizándose hacia el norte, hacia ella. Y también dirigibles. Una bandada de ellos, tratando de despegar. Los hombres y las mujeres se colgaban de ellos tratando de subir a bordo, aferrados a sus cabos. Sobrecargados, sobrevolaban la ciudad y caían al mar, donde las corrientes los atrapaban, desperdigaban a sus tripulantes y los hacían girar como ballenas muertas en dirección a la Cicatriz.
»Armada empezó a girar, lentamente. El horizonte se sacudía y se escoraba mientras la ciudad daba vueltas en el agua en el sentido de las agujas del reloj. Apenas estábamos a un kilómetro de distancia y se me enfrió la mente y supe de repente lo que tenía que hacer. Corrí hasta la bodega de carga del Arrogancia y me asomé por la escotilla. Cogí mi arco hueco y me coloque en equilibrio en el extremo de las compuertas y disparé al cabo que me mantenía amarrado. Era grueso como un muslo y lo tenía a diez metros de distancia, pero se zarandeaba como una serpiente pitón. Tenía seis chakris. Tres de ellas fallaron; fallaron por mucho. La cuarta dio en el blanco pero no con precisión… cortó la mitad del ancho del cabo. La quinta volvió a fallar y no me quedaba más que una posibilidad. Pero a pesar de que soy buen tirador y mi pulso se había calmado, fallé. Y supe que estaba muerto. Dejé caer el arco hueco, sintiendo los dedos gruesos y estúpidos, y me aferré a las barras del borde de la escotilla. No podía hacer nada más que mirar. Sentía el azote del viento contra el rostro y vi que el cabo empezaba a deshilacharse, pero demasiado despacio como para que pudiera salvar la vida.
»Los tejados, las tejas, las torres, los aerotaxis, los monos, frenéticos con un miedo que no comprendían, los ciudadanos que corrían estúpidamente de un lado a otro como si pudiesen salvarse en algún lugar. Lo vi todo con mi telescopio. Me pregunto como eran las cosas bajo el mar. Me pregunto cómo estaban actuando Juan el Bastardo, las jaibas y los tritones. Puede que sigan vivos, ¿quién sabe? Puede que lograran escapar a nado. Puede que abandonaran la ciudad mientras ésta se precipitaba hacia su fin.
»La plataforma Sorghum, el Grande Oriente y yo fuimos los primeros en llegar al borde. El viento cambió un momento y el Arrogancia flotó sobre los acantilados de agua y yo me asomé al abismo. El tiempo discurría muy despacio mientras el Arrogancia pasaba sobre la Cicatriz. Apenas fueron un puñado de segundos, pero duraron muchísimo.
»Sobrevolé el borde del mar y miré hacia abajo, más allá de mis rodillas, que colgaban del borde de la escotilla, a las aguas. Eran vertiginosas. El sol incidía en ángulo sobre la superficie del mar, filtrado y refractado por las olas, antes de volver a salir por la cara vertical. Podía ver peces más grandes que yo que asomaban la nariz por la cara que se encontraba con el aire, a varias decenas de metros por debajo de la superficie. Estaba bañada de luz. Debía de haber una ecología completa alrededor de los bordes de la Cicatriz. Incluso a tres o cuatro kilómetros de profundidad, donde la presión es implacable, las aguas están iluminadas por el sol. Aquel acantilado de agua, colores y formas moviéndose estrato tras estrato, se extendía hasta kilómetros de profundidad. Su magnitud era demasiado para mí. Y luego el barro. La veía, una capa de barro, negra en el fondo del mar. Y después la roca, roca que se extendía durante tantos kilómetros que empequeñecía la capa de agua. Roca roja y negra y gris, abierta en canal, una cara suave y franca. Y muchos kilómetros más abajo un resplandor que se movía y ardía, visible de forma tenue desde tan lejos. Magma. Ríos de roca fundida, mareas geotérmicas. ¿Y luego? ¿Después de eso? Luego el vacío.
La voz de Hedrigall sonaba hueca y aterrada.
—Sólo debo de haberlo visto durante unos pocos segundos —dijo—, pero recuerdo cada capa, como una botella llena de arena de colores. El ojo no podía tolerarlo. Era demasiado grande para verlo. Armada se detuvo, flotó unos segundos al borde del abismo y entonces el avanc dio un último tirón. Lo vi primero en el agua. Lo vi a seis kilómetros de profundidad, un poco por encima del oscuro lecho del mar, de repente muy próximo, sus contornos visibles con toda claridad, mientras se impulsaba hacia delante. Hasta que con un sonido que era como un cataclismo empezó a atravesarla. A cruzar la pared de agua salada. Casi dos kilómetros de carne. La cabeza cruzó, astillando el agua, haciéndola mil pedazos a su alrededor, cataratas de kilómetros de longitud que se partían con estruendo, gotas de agua del tamaño de casas que giraban y se desintegraban, que caían hacia el vacío, hacia la Cicatriz. Pude ver la primera de sus cadenas, colosal, mientras emergía del agua en un desgarro de seis kilómetros de longitud, dividiendo el mar entre el avanc y la ciudad de la superficie. Otras cadenas la siguieron, hasta que el muro de mar estuvo recorrido por varias líneas paralelas y verticales, como una herida producida por una garra. El cuerpo del avanc continuaba adelante, imposible de describir, aletas y espinas, cilios, y a medida que salía al aire, la gravedad se iba apoderando de él y lo empujaba hacia abajo. Las cadenas se tensaron y el extremo de Armada llegó entonces al borde y fue arrastrado. El avanc emitió un sonido que hizo estallar todos los cristales a mi alrededor. Vi cómo se iban acercando los inmensos pesos submarinos sobre los que descansaba la Sorghum al acantilado de agua y luego cómo irrumpían por él mientras, a su alrededor, a decenas de metros a un lado y a otro, las proas de Anguilagua, Soleado y Raleas llegaban al fin del mar y quedaban suspendidas un instante, temblaban y caían.
»Hay tantos barcos en Armada… Los vapores llegaban al borde plano y zozobraban terrible y pesadamente, mientras las casas y torres erigidas sobre ellos se derrumbaban como migas, una lluvia de ladrillos y cuerpos, centenares de cuerpos que se retorcían y convulsionaban en el aire y caían kilómetros y kilómetros, junto a todas las capas del interior del mundo. Yo ni siquiera estaba rezando. Carecía de voluntad. No podía más que mirar. Los puentes y las amarras se partían. Los pesqueros se hacían pedazos mientras caían. Las barcazas y los botes salvavidas y los remolcadores y los barcos de guerra de madera. Convertidos en astillas. Ardiendo, explotando al volcarse las calderas y verterse los carbones al rojo blanco por su interior. Barcos de doscientos metros de eslora y siglos de antigüedad que daban vueltas sobre sí mismos mientras caían. La popa del Grande Oriente estaba ahora sobre la Cicatriz y sobresalía del fin del mar. Armada se estaba vertiendo sobre el borde del océano y se convertía en una constelación fortuita de partes que se precipitaban al abismo, los vivos y los muertos cayendo en medio de una avalancha de ladrillos y mástiles. Yo no oía nada más que el bramido de las aguas al abrirse y el grito del avanc. Cien metros del Grande Oriente se asomaban ahora sobre el vacío y a su alrededor, por todas partes, se estaba derramando por la grieta una cascada de embarcaciones más pequeñas. Y entonces, de repente, su peso cedió y oí un crujido como el que haría el hueso de un dios al romperse y la tercera parte del barco, la de popa, a la que yo estaba amarrado, se partió y cayó, arrastrándome consigo, con los brazos aferrados a una viga, hacia la Cicatriz. Os preguntáis cómo vais a morir, ¿no es así? ¿Con valentía, gritando, sin daros cuenta o qué? Bueno, pues yo me encontré con mi muerte en un estado de estupor, con la boca abierta como si fuera un puto idiota, mientras el culo de un vapor me arrastraba hacia el abismo. El agua se alzó a mi lado mientras caía a plomo más allá del borde de la Cicatriz, más allá de la superficie del mar.
»Por un segundo pude ver a través del agua las quillas de barcos que se encontraban por encima de mí, pude ver cómo eran arrastrados a su destrucción. Caía a toda velocidad y el resto del Grande Oriente y todos los demás barcos de la ciudad se estaban desplomando sobre mí. Una o dos veces, vi por un instante algún dirigible. Pequeños taxis, hombres con arneses que habían logrado saltar de las cubiertas de los barcos mientras caían y eran atrapados por las corrientes de aire mientras luchaban por remontarse hacia los cielos. Eran aplastados y morían, una vez tras otra. Algún casco o bloque de pisos los borraba de los cielos en su caída. El Arrogancia estaba acelerando. Cerré los ojos y traté de morir. Y entonces, seis kilómetros por debajo de mí, el avanc se movió. Debió de ser su agonía, el cuerpo que estallaba y sangraba por todas partes mientras se plegaba y se doblaba sobre sí mismo al salir del agua. Casi un kilómetro de su cuerpo estaba ahora dentro de la Cicatriz. Puede que fuera un espasmo de dolor. De repente dio un brusco tirón y salió del agua, penetró por completo en la Cicatriz y cayó. Volvió a lanzar su grito mientras emergía toda su puta masa y su impulso nos arrastró más deprisa de lo que lo hubiera hecho la gravedad. El avanc dio una sacudida y sus cadenas se tensaron de repente y arrastraron al resto de la ciudad hacia el borde. La proa del Grande Oriente se precipitó también hacia abajo y el Arrogancia se estremeció con tal violencia que la amarra que lo mantenía unido al barco se partió.
»Se partió. Mis ojos se abrieron al instante mientras el aeróstato salía disparado hacia arriba, por encima de la cascada de la ciudad, abandonaba la sombra de aquella muralla de océano, en medio de un diluvio de metal y madera destrozada y salía de la Cicatriz, a cielo abierto. Yo gritaba mientras abandonaba aquella grieta y volaba a toda velocidad hacia las alturas. Mis brazos estaban completamente rígidos e impedían que saliera despedido. Iba a vivir. Por debajo de mí, lo que quedaba de Armada caía a la Cicatriz. El mercado de Invercaña en una llovizna de embarcaciones. El Uroc, el Theriantropus, el manicomio, los viejos y polvorientos barcos del barrio encantado, todos ellos reducidos a nada. Se inclinaban, levantando columnas de espuma y caían, hasta que la superficie del Océano Oculto volvió a quedar en calma. Mientras me elevaba, bajé la vista hacia la Cicatriz y pude ver la interferencia, una neblina que parecía polvo, mientras Armada caía, y muy por debajo el avanc, dando vueltas y vueltas, enredándose en casi treinta kilómetros de cadena, moviéndose de forma patética, tratando de salir nadando de aquella caída interminable. Incluso él parecía pequeño e insignificante. Hasta que al fin me desplomé de espaldas, exhausto y estupefacto por seguir con vida y cuando volví a mirar hacia abajo no vi nada.
La voz de Hedrigall se apagó. Volvió a hablar al cabo de varios segundos de silencio.
—Ascendí más que nunca. Lo bastante como para ver la Cicatriz como lo que realmente es. Una grieta, eso es todo. Una grieta en el mundo. No sé si algún otro de los aeronautas logró salvarse. Pero estaba a más de dos kilómetros de altura y no vi a nadie. A esa altitud el viento era muy fuerte y me arrastró hacia el sur durante horas. Me alejó de allí. De aquella maldita región marina donde todas las corrientes conducen a la Cicatriz. El Arrogancia tenía una fuga. Un desgarro provocado por los escombros. Estaba bajando. Corté un poco de la tela del dirigible y lo até a la madera de la cabina. Me fabriqué una balsa, sabiendo lo que me esperaba. Aguardé junto a las compuertas de carga hasta que estuvimos a muy poca altura y entonces lancé la balsa y salte tras ella. Y entonces, al fin, sólo entonces, tendido sobre mi pequeña balsa, me permití recordar lo que había visto.
»Pase dos días a solas con aquellos recuerdos, creía que iba a morir. Por un momento pensé que quizá, si lograba permanecer vivo el tiempo necesario, las corrientes me sacarían del Océano Hinchado y llegaría al lugar en el que nuestros barcos estaban esperando. Pero no soy ningún necio. Sabía que no había ninguna posibilidad de que eso pasara. Y entonces… esto.
Por vez primera desde que diera comienzo a su extraordinaria, pareció que Hedrigall iba a volver a derrumbarse.
—¿Qué es esto? ¿Qué es esto? —la histeria de su voz se hizo más ruidosa—. Pensé que estaba muriéndome. Pensé que era el sueño de un moribundo. Os vi morir… —lo repitió en un susurro—. Os vi morir. ¿Qué es lo que sois? ¿Qué ciudad es ésta? ¿Qué me está pasando?
Hedrigall se volvió peligroso entonces. Empezó a gritar, enfebrecido y aterrado. Los Amantes trataron de apaciguarlo pero pasó algún tiempo antes de que sus desvaríos se calmaran y se sumiera en un sueño confuso.
Siguió un prolongado silencio, una quietud larga, extendida y Bellis sintió que regresaba poco a poco a su propio cuerpo a medida que el encantamiento del relato de Hedrigall se iba desvaneciendo. Sentía electricidad en la piel, se le había puesto la piel de gallina a causa de la tensión. Le parecía estar borracha.
—¿Qué —siseó el Amante con voz fría y tensa— ha ocurrido?
—Es la Cicatriz —le susurró Tanner a Bellis—. Sé lo que pasa. Estamos muy cerca de la Cicatriz y tiene fugas. Y el Hed que está ahí arriba… —se detuvo y negó con la cabeza. Tenía el rostro ojeroso y pálido por el asombro. Bellis sabía lo que iba a decir—. Ése no es el verdadero Hedrigall —dijo Tanner—, no es el factual, el… de aquí. Nuestro Hedrigall huyó. Ese Hedrigall es una fuga de… otra posibilidad. De una en la que permaneció a bordo, en la que viajamos un poco más deprisa y llegamos un poco antes a la Cicatriz. Él es lo que ocurrió… lo que ocurrirá.
—Oh, Jabber mío, oh amado Jabber, oh mierda.
Sobre ellos, los Amantes y Uther Doul estaban discutiendo. Alguien —Bellis no había oído quién— había dicho lo mismo que Tanner. La Amante estaba reaccionando con violencia.
—¡Una mierda! —escupió—. ¡Una puta mierda! Las cosas no son así, eso es imposible. Aunque hubiera sido una fuga, ¿de veras creéis que íbamos a toparnos con él en medio de todo el mar? Esto es un puto montaje. Éste es Hedrigall, nuestro Hedrigall y nunca se marchó. Es un montaje para impedir que sigamos adelante. No es ningún efluvio de la Cicatriz.
Estaba furiosa. No dejaba hablar a nadie. Montó en cólera contra Uther Doul e incluso contra el Amante, para asombro de Bellis, cuando éste le pidió que se calmara, que pensara tan sólo… Ahora que se encontraba tan próxima a lo que deseaba, la Amante se sentía amenazada y había estallado.
—Os digo una cosa —dijo—. Esto es una mierda y vamos a mantener a este cabrón mentiroso encerrado hasta que consigamos sacarle la verdad. Diremos que se está recuperando, esperaremos, descubriremos lo que de verdad ocurrió. No vamos a aceptar esa basura que nos ha contado.
—¿Está loca? —siseó Tanner a Bellis—.
¿De qué está hablando?
—Es evidente que se trata de un plan para provocar el pánico —continuaba la Amante—. Un plan para arruinarlo todo. Está compinchado con los dioses saben quién y no podemos dejar que ganen. Uther, llévatelo. Informa a los centinelas… y escógelos bien, sólo los más leales. Adviérteles sobre las mentiras que podría contarles. Vamos a parar esto aquí y ahora —dijo con voz dura—. No pienso dejar que esta mierda sediciosa triunfe. Esto no sale de aquí. Vamos a enterrar esta historia aquí mismo y ahora mismo y vamos a seguir adelante, ¿de acuerdo?
Puede que el Amante y Doul asintieran. Bellis no oyó nada.
Se había vuelto hacia Tanner al escuchar las últimas palabras. Lo observó mientras él escuchaba cómo su gobernante, la persona a la que se había entregado por completo, a la que había declarado una lealtad total, anunciaba sus planes para engañar a todos los habitantes de la ciudad. Para mantener en secreto cuanto había oído. Y continuar hacia la Cicatriz.
Bellis vio cómo se aposentaba una fría, muerta y aterradora resolución sobre el rostro de Tanner. Los músculos de su mandíbula se tensaron y ella supo que estaba pensando en Shekel.
¿Estaba pensando en lo que había dicho y creído, en que aquello —lo que les había ocurrido, el hecho de que los encontraran— había sido una bendición? Bellis no lo sabía. Pero ahora había algo en el semblante de Tanner y la estaba mirando con ojos asesinos.
—Esa —le dijo Tanner con un siseo— no va a enterrar nada.