La Cicatriz
Segunda parte: Sal » 6
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Había lámparas bajo el agua. Globos verdes, grises, blancos y amarillos, de diseño jaiba, que delineaban la parte inferior de la ciudad.
Se veía un hormigueo de luz en partículas suspendidas. No sólo provenía del millar de puntos de iluminación sino de los rayos de luz temprana que descendían abriendo corredores entre las olas y las profundidades. Los peces y los kree flotaban dando vueltas a su alrededor y los cruzaban con aire apacible.
Desde abajo, la ciudad era un archipiélago de sombras.
Era irregular y alargada y enormemente compleja. Desplazaba corrientes. Las puntas de las quillas se contradecían entre sí en todas direcciones. Se veían cadenas de ancla como pelos, rotas y olvidadas. Por sus orificios se arrojaban desechos, materias y partículas fecales y aceite, que formaba remolinos y ascendía en pequeñas hebras. Un flujo constante de basura manchaba las aguas y era tragado por ellas.
Bajo la ciudad se extendían unos pocos cientos de metros de luz cada vez más escasa y luego kilómetros de agua negra.
Los entresijos de Armada eran un hervidero de vida.
Los peces se arremolinaban entre las construcciones. Había figuras fugaces, semejantes a tritones que se movían con sentido entre los agujeros. Jaulas de alambre entre las rocas o colgadas de cadenas en las que se apelotonaban gordos bacalaos y atunes. Viviendas jaiba como tumores de coral.
Más allá de las fronteras de la ciudad y por debajo de ella, hasta donde alcanzaba la luz, nadaban y se alimentaban enormes sierpes de mar a medio domesticar. Un delfín hacía constantes rondas de vigilancia. Una ecología y una política en movimiento estaban unidas a la base calcificada de la ciudad.
A su alrededor, el mar resonaba con un sonido con sustancia física: un staccato de clics y vibraciones metálicas, el sonido amortiguado de la fricción de las aguas al frotarse las corrientes. Ladridos que se disipaban cuando alcanzaban la superficie. Entre aquellos que se agarraban y se deslizaban por debajo de la ciudad había docenas de hombres y mujeres. Se movían con torpeza junto a la elegancia de las frondas y las esponjas.
El agua era fría y los habitantes de la superficie estaban equipados con trajes acolchados de cuero, enormes cascos de cobre y cristal templado, unidos a la superficie por tubos de aire. Colgaban de escalerillas y cuerdas de nudos, en equilibrio precario sobre un espacio de dimensiones inconcebibles.
Atrapados en el interior de sus cascos y sus trajes, se aislaban del sonido y cada uno de ellos se movía pesadamente entre sus camaradas, completamente a solas. Trepaban por un tubo que se hundía en las tinieblas del agua como una chimenea invertida. Era una vibrante colonia de algas y crustáceos que proyectaba extraordinarias sombras. Las hierbas y las trepadoras se enroscaban a su alrededor, como hiedras, y extendían unos dedos temblorosos hacia el plancton.
Había un nadador que llevaba el pecho desnudo y de este sobresalían dos largos tentáculos, movidos por la corriente pero también por sus propias y tenues inclinaciones.
Era Tanner Sack.
Sacudiendo la cola, el delfín cruzó los límites de la ciudad y ascendió hacia la luz. Atravesó la presión cada vez menor de las aguas y salió de un salto a la superficie, coleó suspendido en la espuma levantada mientras contemplaba la ciudad con ojo vigilante.
De nuevo abajo, se revolvió y regresó entre las estrías de agua. A cierta distancia, podían entreverse unas formas enormes, medio ocultas por el agua y un velo de taumaturgia. Defendidas por patrullas de tiburones esclavos, no habían de ser investigadas. Ningún ojo debía verlas.
No había nadadores sobre ellas.
El sonido de unas voces despertó a Bellis.
Habían pasado semanas desde su llegada a Armada.
Cada mañana era igual. Despertaba y se incorporaba, esperando, mirando su pequeña habitación con una incredulidad, una palpitante sensación de irrealidad, que se negaba a desvanecerse. Era incluso más fuerte que la nostalgia que sentía por Nueva Crobuzón.
¿Cómo he llegado aquí? La pregunta nunca la abandonaba.
Abría las cortinas, se apoyaba sobre el alféizar de la ventana y contemplaba la ciudad.
Cuando habían llegado, el primer día, habían esperado con sus equipajes en la cubierta del Terpsícore, rodeados de guardias y hombres y mujeres con formularios y documentos. Los rostros de los piratas eran duros, el tiempo los había vuelto crueles. Bellis se asomaba con cuidado por encima de su miedo y no lograba entenderlos. Eran una disparidad, una mezcla de etnias y culturas. Cada tez era de un color diferente. Algunos lucían escarificaciones con dibujos abstractos, otros llevaban túnicas de batik. No parecían compartir más que un mismo aire sombrío.
Un hombre y una mujer jóvenes se adelantaron hacia los centinelas. Al verlos, Bellis no pudo apartar la mirada.
El hombre llevaba un traje gris marengo; la mujer, uno azul, muy sencillo. Eran altos y se conducían con inmensa autoridad. El hombre lucía un bigote bien recortado y una arrogancia desenvuelta. Los rasgos de la mujer eran gruesos e irregulares pero la carne de su boca era sensual y el brillo cruel de sus ojos, sugerente.
Pero lo que hizo que Bellis los mirara con fascinación y desagrado a un tiempo fueron las cicatrices.
Dibujando todo el exterior del rostro de la mujer, desde el rabillo de su ojo izquierdo hasta la comisura de los labios. Delgada e ininterrumpida. Otra, más gruesa y más corta y de aspecto más feo, discurría desde el lado derecho de su nariz, recorría la mejilla y describía una curva, como si fuera a envolver el ojo. Y había más, por todas partes de su rostro. Desfiguraban su tez ocre con precisión estética.
Al pasar la mirada al hombre, Bellis había sentido como si algo se cuajara en su interior. ¿Qué puta cosa malsana es ésta?, había pensado con una sensación de inquietud.
Él estaba adornado con marcas idénticas aunque opuestas, una larga cicatriz por debajo de la parte derecha de su rostro, un corte menos largo bajo el ojo izquierdo. Como si fuera el reflejo distorsionado de la mujer.
Mientras Bellis observaba horrorizada a la pareja, la mujer habló.
—Supongo que ya se habrán dado cuenta —dijo en un ragamol perfecto, proyectando su suave voz de manera que todos pudieran oírla— de que Armada no es como otras ciudades.
¿Es eso una bienvenida?, había pensado Bellis. ¿Era eso todo lo que iban a ofrecerle a los traumatizados y perplejos supervivientes del Terpsícore?
La mujer había proseguido.
Les había hablado de la ciudad.
De vez en cuando se callaba y entonces, sin mediar un segundo de pausa, el hombre hablaba. Eran casi como mellizos, el uno terminaba las frases del otro.
Le había costado comprender lo que les estaban diciendo. Sentía una enorme curiosidad por los sentimientos que veía discurrir entre ellos cada vez que se miraban. Una especie de voracidad, sobre todo. En aquel momento había sentido un cierto desapego: como si todo aquello fuese sólo un sueño.
Más tarde se daría cuenta de que había absorbido gran parte de lo que les dijeron, que lo había procesado en un nivel situado por debajo de la consciencia. Y todo saldría a la superficie mientras empezaba, contra su voluntad, a vivir en Armada.
En aquel momento, sólo había sido consciente de la intensidad que compartía aquella pareja y del pasmo y el entusiasmo que provocó la última frase de la mujer.
Las palabras habían alcanzado a Bellis segundos después de haber sido pronunciadas, como si su cráneo fuera un medio denso por el que el sonido tuviese dificultades para trasladarse.
Hubo un masivo jadeo de asombro, luego un grito y por último un estallido de felicidad incrédula, una enorme rompiente de alegría de los centenares de exhaustos prisioneros Rehechos que se apelotonaban, apestosos y temblorosos, en cubierta. Se alzó más y más, insegura al principio y enseguida delirante de triunfo.
—Humanos, cactos, hotchi, jaibas… Rehechos —había dicho la mujer—. En Armada todos vosotros sois marineros y ciudadanos. En Armada no sois diferentes. Aquí sois libres e iguales.
Allí, por fin, una bienvenida. Y los Rehechos la aceptaron con un agradecimiento ruidoso y lleno de lágrimas.
A Bellis la habían llevado junto con los compañeros que le habían tocado en suerte a la ciudad, donde hombres y mujeres de negocios los esperaban con miradas y contratos ansiosos y duros. Y mientras salía arrastrando los pies de la sala, volvió a mirar al grupo de líderes y vio con asombro que alguien se había unido a ellos.
Johannes Lacrimosco estaba mirando, completamente confuso, la mano que le ofrecía el hombre de las cicatrices, no con repulsa, sino como si no se le ocurriese lo que se suponía que debía hacer con ella. El anciano que acompañaba al asesino y a la pareja se había adelantado acariciándose la barba blanca y había saludado a Johannes por su nombre.
Eso era todo lo que Bellis había visto u oído antes de que se la llevasen. Fuera del barco, a Armada, a su nueva ciudad.
Una flotilla de viviendas. Una ciudad construida sobre los huesos de barcos viejos.
Por todas partes, ropas hechas jirones se sacudían y secaban bajo una brisa constante. Se agitaban en los callejones de Armada, junto a altos enladrillados, campanarios, mástiles, chimeneas y antiquísimos aparejos. Desde su ventana, Bellis contemplaba una vista de mástiles y baupreses reconfigurados, un paisaje urbano de mascarones y castilletes de proa. Muchos centenares de barcos amarrados entre sí sobre casi dos kilómetros cuadrados de mar, y una ciudad construida sobre ellos.
Incontables arquitecturas navales. Drákkares denudados; galeras escorpión; lugres y bucaneros; enormes vapores de casi cien metros de eslora junto a canoas apenas del tamaño de un hombre. Había navíos insólitos: protoqueches[3], una barcaza construida con la osamenta de una ballena. Envueltos en cabos y unidos por pasarelas móviles de madera, centenares de navíos dispuestos en todas direcciones cabalgaban sobre el oleaje.
Era una ciudad ruidosa. Perros atados, los gritos de los guardacostas, el zumbido de los motores, martillos y tornos y el crujido de las piedras al ser despedazadas. Cláxones de los puestos callejeros. Risas y gritos, todos ellos en el dialecto sal, la lengua mestiza de los marineros, que era el idioma de Armada. Y por debajo de aquellos sonidos urbanos, el ruido ronco de los barcos. Las quejas de la madera y los chasquidos del cuero y los cabos, la percusión de casco contra casco.
Armada se movía constantemente, sus puentes se balanceaban de un lado a otro, sus torres se escoraban. La ciudad temblaba sobre las aguas.
Los navíos habían sido reclamados en su totalidad. Los mamparos y literas se habían convertido en casas; había tiendas en viejas cubiertas de artillería. Pero la ciudad no se había dejado encasillar por las formas preexistentes de los barcos. Las había transformado. Había construido sobre ellas, había amontonado estructuras, estilos y materiales procedentes de un centenar de historias y estéticas diferentes para crear una arquitectura compuesta.
Pagodas con cientos de años de antigüedad se tambaleaban sobre las cubiertas de viejos barcos de madera y monolitos de cemento se alzaban como chimeneas adicionales sobre los vapores de paletas apresados en los mares del sur. Las calles que separaban los edificios eran estrechas. Discurrían entre los barcos por puentes, atravesando laberintos y plazas y lo que parecían ser mansiones. Los parques se extendían sobre la superficie de veleros, sobre santabárbaras en cubiertas ocultas. Las casas de los mamparos estaban cubiertas de grietas y manchas a causa del constante movimiento de las embarcaciones.
Bellis podía ver los toldos del Mercado de Invercaña: centenares de embarcaciones de recreo y barcazas de casco plano, ninguna de las cuales superaba los siete metros de eslora, que llenaban los espacios existentes entre barcos de mayor tamaño. Las pequeñas naves chocaban constantemente entre sí, unidas con cadenas y cabos cubiertos por una costra de sedimentos. Los dueños de los puestos estaban abriendo en aquel momento y engalanaban sus pequeñas tiendas-barco con ribetes y señales al tiempo que exponían sus mercancías. Los tenderos más madrugadores descendían al puerto desde los navíos aledaños cruzando estrechos puentes de cuerda y saltando de nave a nave con destreza de auténticos expertos.
A un lado del mercado había una corbeta cubierta de hiedras y flores trepadoras. Sobre ella se habían construido edificios bajos tallados con mano diestra. Los mástiles no habían sido talados y estaban envueltos en una materia verde que los hacía parecer árboles antiguos. Había un submarino que llevaba décadas sin sumergirse. Una serpentina de casas delgadas se extendía alrededor de su periscopio como una aleta dorsal. Las dos embarcaciones estaban unidas por puentes hechos de tablas de madera que pasaban sobre el mercado.
Un vapor con el casco perforado de nuevas ventanas y una estructura de malla metálica para que jugaran los niños en cubierta había sido convertido en un bloque residencial. Un bote de remos cuadrado albergaba granjas de champiñones. Una nave-carroza con bridas ornamentales estaba cubierta de terrazas de ladrillo que llenaban sus cimientos navales. Sus chimeneas escupían cadenas de humo.
Edificios con encajes de huesos, colores que iban desde el gris y el óxido a los extravagantes brillos de la heráldica: una ciudad de formas esotéricas. Su híbrida multiplicidad era severa y estaba privada de todo encanto y copulaba con la decadencia y las imágenes icónicas pintadas en muros y paredes. La arquitectura se agachaba y se elevaba y volvía a agacharse de nuevo contra el agua, vagamente amenazadora.
Había tugurios y mansiones en los cuerpos de barcos mercantes y edificios tambaleantes erigidos sobre balandras. Había iglesias y sanatorios y casas abandonadas, cubiertas todas ellas por una película perenne de humedad, delineadas por la sal… empapadas en el sonido de las olas y el olor fresco y pútrido del mar.
Los barcos estaban unidos formando una hilera de cadenas y vigas con bisagras. Cada uno de ellos era un pontón en una red de puentes de cuerda. Las embarcaciones se apelotonaban formando rompientes móviles que rodeaban a las naves que aún podían navegar. Puerto Basilio, donde recalaban los visitantes y la marina de Armada para descargar o ser reparados, estaba a cubierto de las tormentas.
Los barcos más grandes vagaban alrededor de los extremos de la ciudad, más allá de los remolcadores y vapores que conformaban sus límites. En el exterior, ya en mar abierto, navegaba la flota pesquera, los barcos de guerra de la ciudad, los navíos-carroza, los pesqueros de arrastre y otras naves. Y luego estaba la marina pirata de Armada, que marchaba a recorrer los océanos del mundo y regresaba para descargar las bodegas llenas con los cargamentos de los enemigos saqueados en el mar.
Y más allá de todo esto, más allá del firmamento de la ciudad donde se apiñaban pájaros y otras formas, más allá de todas las embarcaciones, se encontraba el mar.
Mar abierto. Olas como insectos, en constante movimiento.
Asombroso y vacío.
A Bellis se le hizo difícil comprender que estaba bajo la protección de quienes la habían capturado. Era una residente del Paseo de Anguilagua, gobernado por el hombre y la mujer de las cicatrices. Habían prometido trabajo y vivienda a todos los que habían capturado y no habían tardado en cumplir su promesa. Los aterrorizados y confundidos recién llegados se habían encontrado con agentes que habían leído sus nombres en unas listas, habían verificado las habilidades que poseían y sus detalles personales y les habían explicado con brusquedad y en un sal tosco el trabajo que les había tocado en suerte.
Bellis había tardado varios minutos en comprender, y varios más en creer, que le estaban ofreciendo trabajo en una biblioteca.
Había rellenado los formularios que se le ofrecían. A los oficiales y marineros del Terpsícore se los habían llevado para que fueran sometidos a «asesoramiento» y «reeducación» y Bellis no se había sentido con fuerzas para protestar. Había garabateado su nombre con letra tensa de resentimiento. ¿A esto lo llaman un puto contrato?, había deseado gritar. No hay elección y todo el mundo lo sabe. Pero había firmado.
La organización, aquella mímica de legalidad, la confundía.
Eran piratas. Aquello era una ciudad pirata, gobernada por el mercantilismo más cruel, enclavada en los poros del mundo para robarle nuevos ciudadanos a sus barcos, un espacio de libertad flotante para la compraventa de mercancías robadas, donde el poder era sinónimo de razón. La evidencia de aquello estaba por todas partes: en la severidad de sus ciudadanos, en las armas que llevaban abiertamente, en los cepos y potros de azote que se veían en las embarcaciones de Anguilagua. Armada, pensaba ella, debía de estar gobernada por la disciplina de los mares, el látigo.
Pero la ciudad-barco no era la tosca brutocracia que había esperado. Otras lógicas operaban en su seno. Existían contratos y oficinas que regulaban las nuevas llegadas. Y una especie de funcionarios, una casta de ejecutivos administrativos, igual que en Nueva Crobuzón.
Junto a la ley marcial de Armada, o apoyándola, o como un tegumento a su alrededor, se encontraba la ley burocrática. Aquello no era un barco, sino una ciudad. Había entrado en un país nuevo, tan complejo y organizado como el suyo.
Los funcionarios la habían llevado al Cromolito, un vapor de paletas muy antiguo y en muy mal estado y la habían alojado en dos pequeñas habitaciones unidas por una escalera espiral, construidas en lo que antaño había sido la chimenea principal del barco. En algún lugar, muy por debajo de ella, en las entrañas de la nave, había un motor que alguna vez había expulsado sus vapores a través de lo que ahora era su casa. Se había enfriado mucho antes de que ella naciera.
Las habitaciones eran suyas, le habían dicho, pero debía pagar por ellas, un pago semanal en la Oficina de Viviendas de Anguilagua. Le habían dado un adelanto de su sueldo, un puñado de billetes y algo de suelto —una bandera son diez ojos, y diez banderas hacen un tasal—. Las monedas estaban toscamente acuñadas y la impresión de los billetes era desigual. Los colores de la tinta variaban entre cada uno.
Y entonces le habían dicho, en un ragamol rudimentario, que nunca abandonaría Armada y la habían dejado allí sola.
Había esperado, pero eso había sido todo. Estaba sola en la ciudad y la ciudad era una prisión.
Al cabo de algún tiempo, el hambre había terminado por conducirla a la calle, donde había comprado un poco de comida grasienta a un vendedor callejero que le hablaba en un sal demasiado rápido para que pudiera comprenderlo. Había paseado por las calles, asombrada por ver que nadie la acosaba. Se sentía tan extraña, aplastada por un choque cultural tan poderoso como una migraña, rodeada de hombres y mujeres vestidos con ropa exuberante y andrajosa, niños de las calles, cactos y khepri, hotchi, llorgiss, enormes gessin y vu-murt y otros. Las jaibas vivían bajo la ciudad y de día caminaban por sus calles, torpes sobre las patas blindadas.
Las calles eran paseos estrechos y pequeños que discurrían entre casas apelotonadas sobre las cubiertas. Bellis empezó a acostumbrarse al balanceo de la ciudad, al horizonte que se movía y cambiaba. Las bromas y las conversaciones en sal la rodeaban.
Le era fácil aprender esta lengua: su vocabulario, robado de otros idiomas, era obvio, y la sintaxis sencilla. Tenía que utilizarla —para comprar comida, preguntar una dirección o alguna duda, para hablar con cualquier otro armadano— y cuando lo hacía su acento la identificaba como una recién llegada, no una ciudadana nativa.
La mayoría de las personas con las que hablaba demostraban paciencia, incluso algo de buen humor rudo, y le perdonaban su malhumor. Quizá esperaban que se fuese relajando a medida que hiciera de Armada su hogar.
No lo hizo.
Aquella mañana, mientras Bellis salía de la chimenea del Cromolito, la pregunta ¿Cómo he llegado aquí? volvió a irrumpir en su mente.
Estaba en las calles de la ciudad de barcos, bajo el sol, atrapada en medio de una muchedumbre de secuestradores. A su alrededor, por todas partes, había hombres y mujeres de rostro ajado, humanos y de otras razas, incluso unos pocos constructos charlando, trabajando, farfullando en sal. Bellis, una prisionera, caminaba por Armada.
Se dirigía a la Espuela del Reloj. Este paseo rodeaba Anguilagua y era más conocido como Libreros o barrio khepri.
Había poco más de trescientos metros entre las Torres Cromolito y la Biblioteca Gran Ingenio. El paseo la obligó a atravesar no menos de seis barcos.
El cielo estaba lleno de aparatos. Las góndolas se mecían entre los dirigibles que transportaban pasajeros por la angulosa arquitectura, descendían entre estrechos edificios de viviendas y bajaban escalerillas de cuerda, para alejarse después entre aeróstatos mucho más grandes que transportaban bienes y maquinaria. Estos últimos eran un verdadero caos. Algunos de ellos estaban hechos con varios globos de gas y contaban con cabinas sobresalientes y motores aparentemente colocados al azar, como concreciones fortuitas de material. Los mástiles servían como puntos de amarre para aeróstatos de formas diversas que pendían de ellos como rechonchos frutos mutantes.
Desde el Cromolito, Bellis cruzó por un puente estrecho hasta la goleta Jarvee, atestada de pequeños quioscos en los que se vendía tabaco y golosinas. A continuación pasó a la barcaza Lince Sejant, cuya cubierta estaba llena de vendedores de seda que comerciaban con el producto de las depredaciones de la piratería de Armada. A continuación, tras un pilar marino llorgiss hecho pedazos que se balanceaba como una especie de malévola trampa para peces, Bellis cruzó el Puente Taffeta.
Ahora se encontraba a bordo del Severo, un enorme clíper situado al extremo del paseo de Libreros, zona de las khepri. Junto a varios carromatos tirados por los enfermizos bueyes y caballos de Armada, Bellis pasó al lado de un grupo de tres hermanas-centinela khepri.
Había tríos similares en Kinken y Ensenada, los guetos khepri de Nueva Crobuzón. La primera vez que los había visto allí la habían asombrado. Las khepri de Armada, al igual que los de Nueva Crobuzón, debían de ser descendientes de los refugiados de los Barcos de la Misericordia, adoradores de lo que había quedado, de lo poco que recordaban del panteón Bered Kai Nev. Usaban armas tradicionales. Sus ágiles cuerpos femeninos estaban ajados por el tiempo y las cabezas eran como escarabajos gigantes que destellaban bajo el frío sol.
Con tantos residentes khepri, las calles de Libreros eran más tranquilas que las de Anguilagua. Sin embargo, en el aire flotaba el tenue aroma residual de las nieblas químicas que formaban parte de la comunicación de aquellas criaturas. Era su equivalente de una barahúnda bulliciosa.
Los callejones y las plazas estaban decoradas con esculturas de esputo de khepri, como las de la Plaza de las Estatuas de Nueva Crobuzón. Figuras mitológicas, formas abstractas, criaturas marinas, ejecutadas todas ellas en el material opalescente que las khepri metabolizaban en sus escaracéfalos. Los colores eran un poco apagados, como si las bayas colorantes fueran menos abundantes allí o de menor calidad.
Al entrar en una avenida que discurría sobre el Polvo Compuesto, un barco de relojería khepri —uno de los Navíos de la Misericordia que había escapado de la Voracidad—, Bellis frenó el paso, fascinada por sus engranajes y su arquitectura.
La brisa arrastraba insectos y cáscaras desde el campo-cubierta de la popa de un barco granja y se oía distante balido del ganado a través de los listones de las cubiertas inferiores.
Luego pasó al voluminoso barco fábrica, el Laboratorio Aronnax, con sus talleres metalúrgicos y refinerías, hasta llegar a la Plaza Cromo, desde donde una gran plataforma suspendida sobre el agua abordaba la cubierta del Pincherman, el primero de los navíos que conformaban la Biblioteca Gran Ingenio.
—Relájate… a nadie le importa que llegues tarde, ¿sabes? —dijo Carrianne, una de las empleadas humanas, mientras Bellis pasaba a su lado a toda prisa—. Eres nueva, estás aquí contra tu voluntad, así que trata de aprovecharte de ello. —Bellis oyó que se echaba a reír pero no respondió.
Los pasillos y los comedores estaban atestados de libros y chisporroteantes lámparas de aceite. Eruditos de todas las razas fruncían los labios, si es que tenían, y levantaban miradas pensativas hacia Bellis al verla pasar. Las salas de lectura eran espaciosas y tranquilas. Sus ventanas estaban cubiertas por una película de polvo e insectos desecados y parecían envejecer la luz que se proyectaba sobre las mesas comunes y los volúmenes escritos en docenas de lenguas. Sonaban toses como disculpas mientras Bellis entraba en el departamento de adquisiciones. Los libros se acumulaban en armarios y carritos y en montones sueltos sobre el suelo.
Pasó cuatro horas allí, dedicada metódicamente a catalogar. Apilando los libros escritos en los idiomas que no conocía y registrando en tarjetas los detalles de los demás. Los archivaba alfabéticamente —el alfabeto sal era una variante poco diferenciada de la escritura ragamol— por autor, título, idioma, género y materia.
Un poco antes de que se tomara el descanso para la comida, escuchó unos pasos. Debía de ser Shekel, se dijo. Era el único de los que habían viajado con ella a bordo del Terpsícore con el que hablaba o al que veía. Sonrió al pensar en sí misma departiendo con el grumete. Se había presentado pavoneándose ante ella unos quince días antes, todo nerviosismo adolescente, excitado por su captura y por su nueva situación (alguien le había hablado de la «alta y terrible señora que vestía de negro y tenía los labios azules» que trabajaba en la biblioteca, le explicó. Sonreía mientras lo decía y ella había tenido que apartar la mirada para no devolverle la sonrisa).
Vivía no se sabía muy bien cómo, compartiendo una casa con un Rehecho del Terpsícore. Bellis le ofreció una bandera de bronce por ayudarla a colocar los libros en las estanterías y él aceptó. Desde entonces había ido varias veces; trabajaba un poco y hablaba con ella sobre Armada y los restos desperdigados de su barco.
Había aprendido mucho de él.
Pero no era Shekel quien se le acercaba por el estrecho corredor, sino un nervioso Johannes Lacrimosco con una intrigante sonrisa en los labios.
Hasta más tarde, un poco azorada, no recordaría que se había levantado al verlo llegar (con un grito de alegría como el de un niño llorón, por el amor de los dioses) y lo había rodeado con los brazos.
Él también se abrió a ella, con una calidez avergonzada. Y después de un prolongado momento de abrazo, se habían separado y se habían mirado.
Era la primera oportunidad que tenía de salir, le dijo y ella quiso saber lo que había estado haciendo. Lo habían enviado a la biblioteca y había aprovechado la oportunidad para tratar de encontrarla y ella volvió a preguntarle que qué demonios había estado haciendo. Cuando le respondió que no podía, que no podía quedarse, ella estuvo a punto de dar un golpe de frustración, pero entonces él dijo espera, espera, que ahora tenía más tiempo libre y que debes escucharme un momento.
—Si estás libre mañana por la tarde —le dijo—. Me gustaría llevarte a cenar. Hay un sitio a estribor de Anguilagua, en el Lengua Floja… se llama El Tiempo Perdido. ¿Lo conoces?
—Lo encontraré —dijo ella.
—Podría venir a buscarte —empezó a decir Johannes y ella lo cortó en seco.
—Lo encontraré.
La sonrió, con aquel deleite divertido que ella recordaba. ¡Si estoy libre!, pensó de forma sardónica. ¿De veras cree… será posible? De repente se sintió insegura, casi asustada. ¿Es que los demás salen todas las noches? ¿Estoy sola en el exilio? ¿Se van de juerga los pasajeros del Terpsícore cada noche en su nuevo hogar?
Cuando salió de la biblioteca aquella tarde, la estrechez de Armada y sus calles oprimía a Bellis, pero al levantar la mirada y mirar más allá del horizonte, el Océano Hinchado se cernió con ella sobre el paseo del granito y se sintió como si se ahogara. No podía creer que la masa de agua que se extendía alrededor de Armada no se la tragara y la hiciera desaparecer en un mero instante. Contó sus monedas y se acercó a un conductor de aerotaxi que estaba llenando su dirigible en un depósito de gas del Laboratorio Aronnax.
Se meció en el asiento mientras se deslizaba con un zumbido sedante treinta metros por encima de la más alta de las cubiertas. Bellis podía ver cómo se movían sin orden ni concierto los lindes de la ciudad a merced de las corrientes. Allá, la madera lejana del barrio embrujado. El estadio. El bastión del Brucolaco.
Y en el centro del paseo Anguilagua, algo extraordinario que Bellis no se acostumbraba a ver: la fuente de la fuerza del paseo. Algo cuya inmensidad se cernía implacable sobre el paisaje de embarcaciones que se extendía a su alrededor: el mayor barco de la ciudad, el mayor barco que Bellis había visto jamás.
Casi trescientos metros de hierro negro. Cinco chimeneas colosales y seis mástiles sin sus velas, de más de setenta metros de altura; y, amarrado a cierta altura sobre ellos, un enorme y lisiado dirigible. El barco tenía una inmensa pala a cada lado, como sendas esculturas industriales. Las cubiertas parecían casi desnudas, libres de los destartalados edificios que deformaban a otros barcos. La fortaleza de los Amantes, como un titán varado: el Grande Oriente, tendido con austeridad en mitad del barroco de Armada.
—He cambiado de idea —dijo Bellis de repente—. No me lleve al Cromolito.
Ordenó al piloto que se dirigiera a popa-popa-estribor: todas las direcciones eran relativas a la posición del Grande Oriente. Mientras el hombre tiraba suavemente del timón, ella se asomó sobre las multitudes. El aire se arremolinó mientras el aeronauta escogía un camino entre los mástiles y aparejos que se alzaban a su alrededor por los cielos de Armada. Entre las torres, Bellis veía a los pájaros de Armada: gaviotas, pichones y albatros. Anidaban en los tejados y en las cofas, junto a otros seres.
El sol ya se había puesto y la ciudad chispeaba. Bellis sintió una oleada de melancolía al pasar junto a unos aparejos iluminados tan próximos que casi podían tocarse con la mano. Avistó su destino, el bulevar San Carcheri, sobre el vapor Corazón de Glomar, un paseo marítimo entre rancio y opulento, jalonado de farolas suaves colores, nudosos árboles de color óxido y fachadas de estuco. Mientras la góndola empezaba a descender, ella no apartaba la vista de una forma gastada y oscura que se erguía detrás del parque.
Al otro lado de ciento treinta metros de agua resplandeciente de impurezas, se alzaba una torre de vigas entrelazadas tan alta como los dirigibles y de cuyo extremo manaba fuego. Un cuerpo colosal de hormigón sostenido sobre cuatro patas como pilares astillados que emergían de la mugre de las aguas. Grúas de color oscuro que se movían sin propósito discernible.
Era una cosa monstruosa, algo que inspiraba terror y reverencia, algo feo y desazonador. Bellis se reclinó sobre el asiento de su aeróstato y mantuvo la mirada fija en la Sorghum, la plataforma robada a Nueva Crobuzón.