La Cicatriz
Segunda parte: Sal » 7
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Llovió sin descanso durante todo el día siguiente, gotas gruesas y grises como pedazos de pedernal.
Los trabajadores costeros estuvieron ociosos, apenas hubo negocios. Los puentes de Armada eran muy resbaladizos. Hubo accidentes: un borracho o algún patoso que caía al agua.
Los monos de la ciudad se escondían bajo las marquesinas y se peleaban entre sí. Formaban una plaga de tribus salvajes que sobrevolaba la ciudad flotante, luchando, enfrentándose por las basuras y el territorio, anidando bajo los puentes y en lo alto de los aparejos. No eran los únicos animales que vivían en libertad en la ciudad pero eran los carroñeros dominantes. Se agolpaban en la fría humedad y se espulgaban unos a otros sin demasiado entusiasmo.
En la tenue luz de la Biblioteca Gran Ingenio, la percusión de la lluvia convertía en absurdos los carteles que pedían silencio.
Los Cuernos de Sangre del paseo de Sombras emitían sonidos lúgubres, como ocurría siempre que llovía mucho y los costrados decían que el cielo estaba sangrando. El agua goteaba de forma extraña sobre la superficie del Uroc, el buque insignia del paseo Otoño Seco. El tejido oscuro y putrefacto del barrio encantado se enmohecía y resplandecía. Los habitantes del paseo de Vos y los Vuestros señalaban hacia el contorno decrépito del barrio abandonado y anunciaban, como era su costumbre, que en algún lugar de su interior el horrible fantasma de sebo se estaba moviendo.
En las primeras horas tras el crepúsculo, en el edificio mudo del Palacio del Carro, en el Theriantropus, corazón de Sombras, una reunión complicada tocaba a su fin. En el exterior, los costrados pudieron oír cómo se marchaban las delegaciones. Acariciaron sus armas y pasaron las manos sobre la corteza de sus armaduras orgánicas.
Había un hombre entre ellos: un metro ochenta de estatura y dotado de una musculatura prodigiosa; vestido con cuero color carbón y una espada desnuda al costado. Hablaba y se movía con apacible elegancia.
Estaba discutiendo con los costrados sobre armas y luego hacía que le enseñasen golpes y ataques de mortu crutt, su ciencia de la lucha. Les dejaba tocar la filigrana de alambres que rodeaba su brazo derecho y que recorría todo el costado de su armadura hasta la batería del cinturón.
El hombre estaba comparando la técnica de la Uña Testaruda de la lucha callejera con el puñetazo sadr del mortu crutt. Su contrincante y él estaban moviendo los brazos en lentos ataques de demostración cuando las puertas se abrieron en lo alto de las escaleras y, al instante, los guardias se pusieron firmes. El hombre de gris enderezó la espalda poco a poco y caminó hasta la esquina de la entrada.
Un hombre poseído por una furia helada descendía hacia ellos. Era alto y de apariencia joven, tenía la constitución de un bailarín y una tez pecosa del color de la ceniza pálida. Su cabello parecía pertenecerle a otra persona: era negro y largo y muy rizado y pendía en mechones rebeldes como lana sin cardar. Bailaba y se arrollaba mientras él bajaba las escaleras.
Al pasar junto a los costrados, realizó una pequeña reverencia de rigor, a la que éstos respondieron con más ceremonia. Se quedó quieto frente al hombre de gris. Los dos se miraron con sendas expresiones inescrutables.
—Vivohombre Doul —dijo por fin el recién llegado en un susurro.
—Muertohombre Brucolaco —fue la respuesta del otro. Uther Doul observó el rostro amplio y hermoso del Brucolaco.
—Parece que tus señores van a seguir adelante con ese estúpido plan —murmuró el Brucolaco y siguió un silencio—. Aún no puedo creer, Uther —dijo al fin— que apruebes esta locura.
Uther Doul no se movió ni apartó los ojos del otro hombre.
El Brucolaco irguió las espaldas y esbozó una sonrisa que podía significar desprecio, o una confianza compartida o muchas otras cosas.
—No va a pasar, ya lo sabes —dijo—. La ciudad no lo permitirá. No existe para eso.
El Brucolaco abrió la boca con frivolidad y su gran lengua bífida paladeó el aire y las partículas del sudor de Uther Doul.
Había cosas que tenían muy poco sentido para Tanner Sack.
No entendía cómo podía soportar el frío del agua de mar. Por culpa de sus voluminosos tentáculos de Rehecho, tenía que zambullirse con el pecho descubierto y el primer contacto con el agua casi le había provocado una conmoción. Había estado a punto de abandonar y luego se había cubierto la piel con una gruesa capa de grasa, pero al final se había aclimatado mucho más deprisa de lo que hubiera sido normal. Seguía siendo consciente del frío, pero era como un conocimiento abstracto. No lo limitaba ni dañaba.
No entendía por qué el agua de sal le estaba curando los tentáculos.
Desde que se los implantaran por capricho de un magistrado de Nueva Crobuzón de acuerdo con una lógica alegórica y paternalista que nunca había comprendido, habían pendido de su cuerpo como extremidades apestosas y muertas. Había probado a hacerles un corte y las capas de nervios implantados en ellos habían despertado y había estado a punto de desmayarse de dolor. Pero el dolor era lo único que estaba vivo en ellos, de modo que se los había enrollado alrededor del cuerpo como si fuesen sendas pitones muertas y había tratado de ignorarlas.
Pero mientras estaba sumergido en el agua salada, habían empezado a moverse.
La multitud de pequeñas infecciones que los recorría se había evaporado y ahora estaban fríos al tacto. Después de tres baños, y para su asombro, los tentáculos habían empezado a moverse independientemente del agua.
Se estaban curando.
Al cabo de unas pocas semanas de nadar, nuevas sensaciones los recorrían y sus ventosas de succión se fruncían con suavidad y se posaban sobre las superficies próximas. Tanner estaba empezando a aprender a moverlos a voluntad.
En los primeros y confusos días que habían seguido a su llegada, Tanner había caminado sin rumbo por los paseos y había escuchado con perplejidad cómo le ofrecían trabajo los mercaderes y empresarios en un idioma que estaba aprendiendo muy deprisa.
Después de verificar que era un ingeniero, el funcionario de información de la Autoridad Portuaria de Anguilagua había empezado a observarlo con codicia y le había preguntado con una mezcla de sal para niños y mímica si quería aprender a ser buceador. Era más fácil enseñar a bucear a un ingeniero que enseñar a un buzo las habilidades que Tanner ya poseía.
No era fácil aprender a respirar el aire bombeado desde la superficie sin que a uno lo dominara el pánico en la estrechez del pequeño y caliente casco, a moverse sin perder el equilibrio y a impulsarse dando vueltas. Pero había terminado por disfrutar del tiempo decelerado y la pasmosa claridad del agua vista a través del cristal.
Ahora hacía un trabajo similar al que había desempeñado toda su vida: ajustar y reparar, reconstruir, pelearse con grandes motores armado con herramientas. Sólo que ahora, muy por debajo de los estibadores y de las grúas, lo realizaba bajo el peso de las aguas, observado por peces y anguilas, zarandeado por corrientes que nacían a kilómetros de distancia.
—Ya te he dicho que Culo de Hielo trabaja en la biblioteca, ¿verdad?
—Sí, muchacho —dijo Tanner. Shekel y él estaban almorzando en los muelles, bajo un toldo, mientras la barahúnda de la ciudad proseguía a su alrededor.
Shekel había aparecido en los muelles con un grupo de mozalbetes de entre doce y dieciséis años de edad. Todos los demás, por lo que Tanner creía, eran nativos de la ciudad; y el hecho de que hubieran permitido que un cautivo, uno que todavía tenía dificultades para expresarse en sal, se uniera a ellos, era prueba de la capacidad de adaptación de Shekel.
Lo habían dejado solo para que comiera con Tanner.
—Me gusta esa biblioteca —dijo—. Me gusta ir allí y no solamente por la dama de hielo.
—Podrías hacer cosas mucho peores que dedicarte a leer un poco, muchacho —dijo Tanner—. Ya hemos terminado las Crónicas de Pata de Cuervo; podrías encontrar más historias. Podrías leérmelas tú, para variar. ¿Qué tal se te da la lectura?
—Puedo arreglármelas —respondió Shekel con vaguedad.
—Bueno, pues entonces ve. Habla con la Señorita Gélida y dile que te recomiende alguna lectura.
Siguieron comiendo en silencio durante algún rato, mientras observaban la llegada de un grupo de jaibas de Armada desde su colmena.
—¿Cómo es ahí abajo? —preguntó Shekel al fin.
—Frío —dijo Tanner—. Y oscuro. Oscuro pero… luminoso. Inmenso. Estás rodeado por la inmensidad. Hay formas que apenas puedes entrever, formas enormes y oscuras. Submarinos y cosas así… y algunas veces crees que ves algo diferente. No puedes distinguirlo bien y está custodiado, así que no puedes acercarte demasiado. He visto jaibas nadando bajo los restos. Sierpes de mar que de vez en cuando son enjaezadas a los barcos-carroza. Los hombres-pez, como tritones, del paseo Soleado. Uno apenas puede verlos, de tan aprisa como se mueven. Juan el Bastardo, el delfín. Es el jefe de seguridad de los Amantes aquí abajo y el pez más frío y cruel que uno podría imaginarse. Y también hay algunos… Rehechos —su voz se fue apagando en un silencio.
—Es extraño, ¿no? —dijo Shekel mientras lo miraba con atención—. No logro acostumbrarme a… —no dijo nada más.
Nadie lo lograba. Un lugar en el que los Rehechos eran iguales a los demás. En el que un Rehecho podía ser un patrono o un gerente en vez de un trabajador de la categoría más baja.
Shekel vio que Tanner se rascaba los tentáculos.
—¿Cómo son? —le preguntó, y Tanner sonrió y se concentró, y una de aquellas cosas como de goma se contrajo y empezó a arrastrarse como una serpiente moribunda hacia el pan de Shekel. El muchacho aplaudió, encantado.
En el extremo del muelle en el que estaban emergiendo las jaibas había un alto cacto cuyo pecho desnudo mostraba numerosas y fibrosas cicatrices vegetales. Llevaba un enorme arco hueco a la espalda.
—¿Lo conoces? —dijo Tanner—. Se llama Hedrigall.
—No parece un nombre cacto —dijo Shekel y Tanner negó con la cabeza.
—No es un cacto de Nueva Crobuzón —le explicó—. Ni siquiera de Shankell. Fue hecho prisionero, como nosotros. Vino a la ciudad hace más de veinte años. Es de Dreer Samher. A más de tres mil kilómetros de Nueva Crobuzón. Ése sí que sabe historias. No necesitas libros para sacárselas. Era mercader-pirata antes de que lo capturaran y se uniera a la ciudad, y ha visto todas las cosas que viven en el mar. Podría cortarte el pelo con el arco hueco, tan buen tirador es. Ha visto karegorae y hombres-mosquito y desplazados y yo qué sé qué más. Y además, por los dioses, sabe cómo contarlo. En Dreer Samher hay narradores que cuentan historias por vocación. Hed era uno de ellos. Puede conseguir que su voz sea hipnótica si lo desea, hacer que te emborraches por completo con ella. Y todo eso mientras te va contando historias.
El cacto estaba muy quieto, dejando que la lluvia cayera a cántaros sobre su piel.
—Y ahora es un aeronauta —dijo Tanner—. Lleva años pilotando los aeróstatos del Grande Oriente, tanto los exploradores como los de guerra. Es uno de los hombres más importantes de los Amantes y además un tío elegante. Ahora pasa la mayor parte del tiempo a bordo del Arrogancia.
Tanner y Shekel levantaron la mirada hacia sus espaldas. A más de trescientos metros de altura, sobre la cubierta del Grande Oriente, estaba amarrado el Arrogancia. Era un gran aeróstato estropeado, con las aletas de cola retorcidas y un motor que llevaba años sin moverse. Unido por cientos de metros de cuerda endurecida con alquitrán al gran barco que tenía debajo, hacía las veces de cofa del vigía para la ciudad.
—A Hedrigall le gusta estar ahí arriba —dijo Tanner—. Me dijo que últimamente sólo quiere que las cosas estén tranquilas.
—Tanner —dijo Shekel lentamente—, ¿tú qué piensas de los Amantes? Quiero decir, trabajas para ellos, les has oído hablar, sabes cómo son. ¿Qué te parecen? ¿Por qué haces lo que ellos dicen?
Tanner sabía, mientras escuchaba hablar al muchacho, que éste no lo entendía del todo. Pero la pregunta que había sacado a colación era muy importante, de modo que se volvió y miró con mucha atención al muchacho con el que compartía habitación (en el extremo de popa de un viejo barco de hierro). El muchacho que había sido su carcelero y su audiencia y su amigo y que se estaba convirtiendo en algo diferente, algo parecido a una familia.
—Yo iba a ser un esclavo en las colonias, Shekel —dijo con calma—. Los Amantes del Grande Oriente me recogieron y me dieron un trabajo y me dijeron que les importaba una mierda que fuera un Rehecho. Me dieron mi vida, Shekel, y una ciudad y un hogar. Por lo que a mí se refiere, lo que ellos quieran, sea lo que sea, está del todo bien. Nueva Crobuzón puede besarme el culo, muchacho. Soy un hombre de Armada, un hombre de Anguilagua. Estoy aprendiendo el sal. Soy leal.
Shekel lo miró fijamente. Tanner era un hombre parco en palabras, apacible y nunca le había visto demostrar tal emoción.
Estaba muy impresionado.
Continuó lloviendo. Por toda Armada, los pasajeros del Terpsícore que habían sido dejados en libertad trataban de seguir con sus vidas.
A bordo de yolas de colores chillones y bergantines, discutían, compraban y vendían y robaban, aprendían sal, algunos de ellos mientras lloraban sobre mapas de la ciudad y calculaban la distancia que los separaba de Nueva Crobuzón o Nova Esperium. Extrañaban sus viejas vidas mientras contemplaban heliotipos de los amigos y amantes que habían quedado en casa.
En la prisión de reeducación que se erigía entre Anguilagua y Sombras había docenas de marineros del Terpsícore. Algunos de ellos les gritaban a sus guardias-consejeros, que trataban de apaciguarlos al tiempo que evaluaban su capacidad para sobreponerse a su lealtad y decidían si los lazos que los unían a Nueva Crobuzón se atenuarían, si podrían ganárselos para Armada.
Y en caso de no ser así, lo que habría de hacerse con ellos.
Bellis llegó al Tiempo Perdido con el maquillaje y el peinado estropeados por la lluvia. Aguardó hecha un desastre en la entrada mientras un camarero le daba la bienvenida y se le quedó mirando, asombrada por el tratamiento que le deparaba. Como si fuera un camarero de verdad, descubrió que estaba pensando, en una ciudad de verdad.
El Lengua Floja era un barco grande y muy antiguo. Estaba cubierto por una costra de edificios de tal tamaño y había sufrido tantas reconstrucciones y ampliaciones que resultaba imposible saber qué clase de barco había sido originalmente. Llevaba siglos formando parte de Armada. Su castillo de proa estaba cubierto de ruinas: viejos templos de piedra blanca, mucha de cuya sustancia estaba desperdigada y convertida en polvo. Los restos estaban cubiertos de hiedra y ortigas que no lograban mantener a los niños a raya.
Se veían formas extrañas en las calles del Lengua Floja, terrones de materia oscura rescatada de las aguas, abandonada en las esquinas, como olvidada.
El restaurante era pequeño y acogedor y estaba medio lleno. El salón estaba forrado de madera de arboscuro. Por encima de una margen de canoas y barcas, la vista daba al Muelle de la Espina del Erizo, el segundo puerto de Armada.
Con una punzada de emoción, Bellis vio que del techo del restaurante colgaban pequeñas hileras de lámparas de papel. El último local en el que había visto algo semejante había sido el Reloj y el Gallo, en los Campos Salacus de Nueva Crobuzón.
Tuvo que negar con la cabeza para quitarse de encima un ataque de melancolía. En una mesa de la esquina, Johannes se estaba poniendo en pie y la saludaba con la mano.
Se sentaron en silencio durante algún rato. Johannes parecía avergonzado y Bellis descubrió que se sentía resentida por no haber sabido nada de él durante tanto tiempo y, temiendo estar cometiendo una injusticia, se replegó al silencio.
Vio, con asombro, que la botella de tinto que había sobre la mesa era un Casa Predicus de 1768, de Galaggi. Levantó el rostro hacia Johannes con los ojos muy abiertos.
—Pensé que podríamos celebrarlo —dijo éste—. Me refiero al hecho de habernos visto de nuevo.
El vino era excelente.
—¿Por qué me… nos… han dejado seguir adelante? —demandó Bellis. Tomó un bocado de su plato de pescado con algas amargas—. Me parece… me parece que es una mala idea arrancar a un centenar de personas de sus vidas para luego dejarlas sueltas en esta… esta…
—No han hecho eso —dijo Johannes—. ¿A cuántos de los demás pasajeros del Terpsícore has visto? ¿A cuántos tripulantes? ¿No recuerdas los interrogatorios, las preguntas, cuando llegamos? Eran pruebas —dijo con suavidad—. Estaban averiguando quién representaba una amenaza y quién no. Si hubieran creído que eras demasiado problemática o estabas demasiado… apegada a Nueva Crobuzón… —su voz se extinguió.
—¿Qué? —inquirió Bellis—. ¿Lo mismo que al capitán…?
—No, no, no —se apresuró a contestar Johannes—. Creo que en esos casos… trabajan contigo. Tratan de persuadirte. Quiero decir, ya conoces los reclutamientos a la fuerza. Hay muchísimos marineros en los buques de Nueva Crobuzón que no estaban haciendo nada más que emborracharse en una taberna en el momento en que fueron «reclutados». Eso no impide que tengan que trabajar como marineros una vez que se los han llevado.
—Durante algún tiempo —dijo Bellis.
—Sí, no estoy diciendo que sea exactamente lo mismo. Ésa es la gran diferencia: una vez que te unes a la marina de Armada… nunca lo dejas.
—Eso ya me lo han dicho más de un millar de veces —dijo Bellis con lentitud—. Pero ¿qué hay de la flota de Armada? ¿Qué hay de las jaibas que viven debajo? ¿Es que ellos no pueden marcharse? Además, si eso fuera cierto, si la gente no tuviera la menor oportunidad de escapar, nadie salvo los nativos estaría preparado para vivir aquí.
—Evidentemente —dijo Johannes con voz tensa—. Los navíos mercantes y piratas de la ciudad navegan durante meses, puede que años, antes de regresar a la ciudad. Y deben de recalar en otros puertos durante sus viajes y estoy seguro de que algunos de sus tripulantes habrán desaparecido. Debe de haber exarmadanos aquí y allá. Pero el hecho es que estas tripulaciones son escogidas: en parte por su lealtad y en parte porque si escapan, no importará. Para empezar, la mayoría de ellos son nativos. Es raro que a un capturado se le facilite un salvoconducto. Los que somos como tú y como yo no podemos albergar esperanzas de subir a bordo de uno de esos barcos. Armada es lo último que la mayoría de nosotros verá nunca. Pero, demonios, piensa en quiénes son los capturados, Bellis. Algunos marineros, sí, algunos piratas «rivales», unos pocos mercaderes. Pero ¿crees que los armadanos capturan todos los barcos con los que se encuentran? La mayoría de las naves capturadas son… vaya, como el Terpsícore. Esclavistas. O barcos coloniales llenos de Rehechos. O buques prisión. O barcos que transportan prisioneros de guerra. La mayoría de los Rehechos que había a bordo del Terpsícore ya asumió hace mucho tiempo que nunca regresaría a su hogar. Veinte años, querida mía… es una sentencia a cadena perpetua y una condena a muerte, y ellos lo saben. Y aquí están ahora, con trabajo y dinero y respeto… ¿Es de extrañar que lo acepten? Por lo que yo sé, sólo siete de los Rehechos del Terpsícore están siendo tratados por haber rechazado la situación y dos de ellos ya sufrían demencia anteriormente.
¿Y cómo coño, se preguntó Bellis, cómo en el nombre de Jabber sabes tú todo eso?
—¿Y la gente como tú y como yo? —prosiguió Johannes—. Todos nosotros… sabíamos ya que pasaríamos como mínimo cinco años lejos de casa… lejos de Nueva Crobuzón y muy probablemente más. Mira qué grupo más variopinto formamos. Yo diría que muy pocos de los demás pasajeros tenían lazos inquebrantables con la ciudad. La gente que es traída aquí se siente fuera de lugar, sí; y sorprendida, confundida, alarmada. Pero no se derrumba. ¿Acaso no es una «nueva vida» lo que se promete a los colonos de Nova Esperium? ¿Acaso no es eso lo que la mayoría de nosotros busca?
La mayoría quizá, pensó Bellis. Pero no todos. Y si lo que buscan para dejarlo a uno libre es que esté satisfecho con la situación, entonces los dioses saben —yo sé— que pueden cometer errores de juicio.
—Sólo la tripulación puede representar un verdadero problema. Muchos de ellos tienen familias que los esperan. Éstos son los que más dificultades tendrían para aceptar que éste es su nuevo hogar.
¿Sólo la tripulación?, pensó Bellis con un regusto desagradable en la garganta.
—¿Y qué se hace con ellos, entonces? ¿Lo mismo que con el capitán? —dijo con voz casi muerta—. ¿Lo mismo que con Cumbershum?
Johannes se encogió.
—Me… me han asegurado que… son sólo los capitanes y primeros oficiales de los barcos capturados… sencillamente, tienen demasiado que perder, los lazos que los unen a sus puertos de origen son especialmente fuertes…
Había una especie de impostura, un tono de disculpa en su rostro. Con creciente alienación, Bellis se dio cuenta de que estaba sola.
Había acudido allí aquella noche creyendo que podría hablar de Nueva Crobuzón con Johannes, compartir con él su infelicidad, que podría tocar la parte ensangrentada de su mente y hablar de la gente y las calles a las que tanto echaba de menos.
Quizá hasta pudiesen abordar el tema que llevaba semanas rondando sus pensamientos: la fuga.
Pero Johannes se estaba aclimatando. Hablaba utilizando un registro cuidadosamente neutro, como si lo que decía no fuera más que un reportaje. Pero estaba tratando de llegar a un entendimiento con los amos de la ciudad. Había encontrado algo en Armada que le permitía prepararse para considerarla su hogar.
¿Qué han hecho para conseguirlo?, se dijo. ¿Qué está haciendo él?
—¿De quién más sabes algo? —dijo, al cabo de un frío silencio.
—Mollificatt, siento mucho decirlo, fue uno de los que sucumbieron cuando llegamos —dijo, con un dolor que parecía genuino. La mestiza y rápidamente cambiante población de Armada la convertía en un paraíso de incontables enfermedades. Los nativos eran bastante resistentes pero cada hornada de nuevos prisioneros sufría de fiebres y enfermedades la primera vez que ponía los pies en la ciudad e inevitablemente algunos de ellos morían—.
He oído el rumor de que aquel extraño, el señor Fennec, está trabajando en alguna parte de Anguilagua o del paseo de Vos y los Vuestros. La hermana Meriope… —dijo de repente, mientras sus ojos se abrían mucho. Negó con la cabeza—. La hermana Meriope… está retenida por su propia seguridad. Está amenazándose constantemente a sí misma. Bellis —susurró—, está embarazada.
Bellis puso los ojos en blanco.
No puedo seguir escuchando, pensaba Bellis al tiempo que hablaba lo justo para mantener la conversación con vida. Se sentía sola. Secretos y clichés de mal gusto. ¿Qué será lo próximo?, pensó con desprecio mientras Johannes continuaba repasando la lista de pasajeros y tripulantes del Terpsícore. ¿Un marinero que era en realidad una mujer que tuvo que disfrazarse para poder embarcar? ¿Amor y sodomía entre los marineros?
Aquella noche había algo patético en Johannes y ella nunca lo había visto antes.
—¿Cómo es que sabes todo eso, Johannes? —le preguntó al fin con tono cuidadoso—. ¿Dónde has estado? ¿Qué has estado haciendo en realidad?
Johannes se aclaró la garganta y se quedó mirando su vaso durante largo rato.
—Bellis… —dijo. A su alrededor, el suave rumor del restaurante parecía atronador—. Bellis… ¿puedo hablarte con toda confianza? —Johannes suspiró y la miró a los ojos—. Trabajo para los Amantes —dijo—. Y no me refiero a que trabaje en el paseo de Anguilagua. Trabajo directamente para ellos. Tienen un equipo de investigadores trabajando en un proyecto bastante… —negó con la cabeza y empezó a sonreír de deleite— un proyecto realmente extraordinario. Una oportunidad extraordinaria. Y me han invitado a unirme a él… a causa de mi trabajo anterior. Su equipo conocía parte de mis investigaciones y decidió que podría serles… que querían que trabajara con ellos.
Bellis se dio cuenta de que estaba entusiasmado. Era como un niño, casi exactamente igual que un niño.
—Hay taumaturgos, oceanógrafos, biólogos marinos. Ese hombre… el hombre que capturó el Terpsícore, Uther Doul, forma parte del equipo. De hecho su papel es fundamental. Es un filósofo. Hay diferentes proyectos en marcha al mismo tiempo. Proyectos sobre criptogeografía y teoría de las probabilidades, así como… la investigación en la que yo estoy trabajando. La persona que está al mando de todo es fascinante. Estaba con los Amantes cuando llegamos, es un anciano alto, con barba.
—Lo recuerdo —dijo Bellis—. Te dio la bienvenida.
Una mirada que tenía una parte de contrición y una parte de excitación se apoderó del rostro de Johannes.
—Así es —dijo—. Ése es Tintinnabulum. Un cazador, un extranjero empleado por la ciudad. Vive en el Castor junto con otros siete hombres, donde Anguilagua se une con Sombras y Libreros. Un pequeño barco con un campanario… El trabajo que estamos haciendo es tan fascinante… —dijo de repente y al ver aquel placer en estado puro Bellis comprendió cómo se había apoderado Armada de él—. El equipo es viejo y poco fiable, los motores analíticos son prehistóricos, pero el trabajo es de una radicalidad asombrosa. Me esperan meses de investigación hasta ponerme a su altura… estoy aprendiendo sal. Este trabajo… requiere la lectura de las cosas más variadas.
La sonrió con orgullo incrédulo.
—En el caso de mi proyecto hay varios textos claves. Uno de ellos es mío. ¿Puedes creértelo? ¿No es extraordinario? Provienen de todo el mundo. De Nueva Crobuzón, de Khadoh, y hay libros misteriosos que no podemos encontrar. Están en ragamol y en sal y en lengua lunar… se dice que uno de los más importantes está escrito en Alto Kettai. Hemos hecho una lista de ellos a partir de las referencias de los libros que sí tenemos. Sólo los dioses saben cómo han conseguido reunir una biblioteca tan fantástica en este lugar, Bellis. La mitad de estos libros serían imposibles de encontrar en casa…
—Los robaron, Johannes —dijo ella y eso lo acalló al instante—. Así fue como los consiguieron. Cada maldito volumen de la Biblioteca Gran Ingenio es robado. Robado en los barcos, en las aldeas costeras que saquean. Robado a gente como yo, Johannes. Mis libros, los que yo escribí me han sido robados. Así es como consiguen sus libros.
Algo gélido se estaba aposentando en el vientre de Bellis.
—Dime una cosa —empezó a decir y se detuvo. Bebió un poco de vino, respiró profundamente y volvió a empezar—. Dime una cosa, Johannes. ¿No te parece algo chocante que en un océano entero, un puto océano entero, en todo el ancho mar, fueran a dar precisamente con el barco que transportaba a su héroe intelectual…?
Y de nuevo volvió a ver en sus ojos aquel cóctel incómodo de deleite y disculpa.
—Sí —respondió él con cuidado—. Eso es precisamente, Bellis. De eso quería hablarte.
Ella supo de repente lo que iba a contarle, con una certeza que la repugnó y la repelió pero a pesar de ello le seguía gustando, le seguía gustando de verdad y quería tanto estar equivocada que no se levantó para marcharse, esperando que él contradijera su seguridad y sabiendo que no lo haría.
—No fue una coincidencia, Bellis —le oyó decir—. No lo fue. Tienen un agente en Salkrikaltor. Tienen acceso a las listas de pasajeros. Sabían que viajábamos en aquel barco. Sabían que yo viajaba en él.
Las lámparas de papel se balancearon mientras alguien abría y cerraba la puerta. Se alzó un coro de risas en una mesa cercana. El sabroso olor de la carne guisada los envolvía.
—Por eso atacaron nuestro barco. Venían a por mí —dijo Johannes en voz baja y Bellis cerró los ojos, vencida.
—Oh, Johannes —dijo, incapaz de controlar la voz.
—Bellis —dijo él, alarmado. Extendió un brazo pero ella lo detuvo con un gesto brusco. ¿Qué te piensas, que voy a llorar?, pensó enfurecida.
—Johannes, deja que te diga que hay una gran diferencia entre una condena a cinco años, a diez años… y una cadena perpetua —no podía mirarlo—. Puede que para ti, para Meriope, para los Cardomium, para no sé quién más, Nova Esperium significara una nueva vida. Pero para mí no. Para mí no. Para mí era una fuga. Una fuga necesaria y temporal. Yo nací en Chnum, Johannes. Me eduqué en Mafaton. Me propusieron matrimonio en la Ciénaga Brock. Me separé en los Campos Salacus. Nueva Crobuzón es mi hogar y siempre será mi hogar.
Johannes la miraba con creciente incomodidad.
—No siento ningún interés por las colonias. Ni por la puta Nova Esperium. Ninguno. No quiero vivir con un grupo de inadaptados venales, tiburones de las finanzas fracasados, monjas caídas en desgracia, burócratas demasiado incompetentes o débiles como para regresar a casa, nativos aterrorizados y resentidos… por el esputo de los Dioses, Johannes, no siento ningún interés por el mar. Es frío, nauseabundo, asqueroso, repetitivo, fétido… No siento ningún interés por esta ciudad. No quiero vivir en una rareza, Johannes. ¡Esto es una atracción de feria! ¡Algo para asustar a los niños! ¡«La Ciudad Flotante de los Piratas»! ¡No lo quiero! No quiero vivir en este enorme parásito bamboleante, como una maldita sanguijuela, chupando de sus víctimas hasta dejarlas secas. Esto no es una ciudad, Johannes, esto es una parodia de aldea, casi no tiene un kilómetro de ancho y no lo quiero. Yo iba a regresar a Nueva Crobuzón. Jamás pensé en terminar mis días lejos de ella. Es sucia y cruel y difícil y peligrosa, especialmente para mí, especialmente ahora, pero es mi hogar. Ningún otro lugar del mundo posee la cultura, la industria, la población, la taumaturgia, los idiomas, el arte, los libros, la política, la historia… Nueva Crobuzón —dijo lentamente— es la ciudad más grande de Bas-Lag.
Y viniendo de ella, de alguien que no se hacía la menor ilusión con respecto a la brutalidad, o la miseria o la represión de la ciudad, aquella declaración cobraba muchísima más fuerza que en boca de cualquier parlamentario.
—¿Y tú vienes a decirme —dijo por último— que me han exiliado de mi ciudad, de mi vida, por tu culpa?
Johannes la estaba mirando, acongojado.
—Bellis —dijo con lentitud—. No sé qué decir. Sólo puedo decir que… lo siento. No fue decisión mía. Los Amantes sabían que estaba entre los pasajeros y… Ésa no fue la única razón. Necesitaban más cañones, así que puede que hubieran atacado el barco de todas maneras, pero…
Se le quebró la voz.
—Pero lo más probable es que no. Sobre todo vinieron por mí. ¡Pero, Bellis, por favor! —se inclinó hacia ella con aire necesitado—. Yo no tomé la decisión. No es culpa mía. Yo no lo sabía.
—Pero tú lo has aceptado, Johannes —dijo Bellis. Al fin se puso en pie—. Estás en paz con ello. Tienes la suerte de haber encontrado algo aquí que te hace feliz, Johannes. Comprendo que no fue decisión tuya pero espero que tú entenderás que no puedo sentarme aquí como si tal cosa, charlando alegremente, cuando es por ti por lo que me he quedado sin un hogar. Y no llames a esos cabrones Amantes, como si fuera un título, como si esos dos pervertidos fueran una constelación o algo así. Mira cómo los veneras. Son como nosotros, tienen nombre. Podrías haber dicho no, Johannes. Podrías haberte negado.
El hombre levantó la mirada hacia ella, las manos entrelazadas sobre la mesa.
—Bellis —dijo con la misma voz—. Lamento… lamento de veras que te sientas secuestrada. No tenía ni idea. Pero ¿qué es lo que tienes en contra? ¿El vivir en una ciudad parasitaria? Lo dudo. Puede que Nueva Crobuzón sea más sutil que Armada en el día a día pero prueba a decirle a quienes viven entre las ruinas de Suroc que Nueva Crobuzón no es una ciudad pirata. ¿La cultura? ¿La ciencia? ¿Las artes? Bellis, ¿es que no comprendes dónde estamos? Esta ciudad es la suma de centenares de culturas. Cada nación marítima ha perdido barcos a causa de la guerra, de la piratería o la deserción. Y están aquí. Son ellos los que levantaron Armada. Esta ciudad es la suma de la historia de los barcos perdidos. En este lugar hay vagabundos y parias y sus descendientes, de culturas de las que Nueva Crobuzón apenas ha oído hablar. ¿Te das cuenta de eso? ¿Comprendes lo que significa? Sus renegados se reunieron aquí y se solaparon como una piel de escamas para crear algo nuevo. Armada ha estado navegando por el Océano Hinchado desde siempre, joder, recogiendo a los exiliados y los fugados de todas partes. Por el esputo de los Dioses, Bellis, ¿es que no sabes nada? ¿La historia? Las leyendas y rumores sobre este lugar han existido en todas las naciones marineras durante siglos, ¿lo sabías? ¿Conoces cuentos de marineros? La embarcación más antigua de este lugar tiene mil años de edad. Los barcos pueden cambiar pero la ciudad remonta sus orígenes hasta los tiempos de las Guerras de los Devoradores de Carne, como mínimo y algunos dicen que hasta los del maldito Imperio de los Espectrocéfalos… ¿Una aldea? Nadie conoce la población de Armada, pero se cuenta por centenares de miles como mínimo. Si sumas todas las capas y capas de cubiertas, seguramente hay tantas calles aquí como en Nueva Crobuzón. No, Bellis, no, no te creo. No creo que tengas ninguna razón para no querer vivir aquí, ninguna razón objetiva para preferir Nueva Crobuzón. Creo que es sólo que echas de menos tu hogar. No me malinterpretes. No tienes por qué darme explicaciones. Es comprensible que ames Nueva Crobuzón. Pero lo único que en realidad estás diciendo es «No quiero estar aquí, quiero irme a casa». —Por primera vez la miró con algo que parecía desagrado—. Y si se trata de comparar tu deseo de regresar con los deseos de, por ejemplo, los centenares de Rehechos del Terpsícore a los que ahora se les permite vivir como algo más que meros animales, me temo que encuentro tu necesidad menos acuciante.
Bellis no apartó la mirada.
—Si por casualidad a alguien se le ocurriera informar a las autoridades de que yo podría ser un caso apropiado para encarcelamiento y reeducación, te juro que pondré fin al problema personalmente.
La amenaza era ridícula y falsa y estaba segura de que él lo sabía, pero era lo más cercano a una súplica que podía permitirse. Sabía que él estaba en posición de causarle muchos problemas.
Era un colaborador.
Se dio la vuelta y se marchó, salió a la llovizna que seguía cayendo sobre Armada. Había muchas cosas que había querido decirle y preguntarle. Había querido saber más sobre la Sorghum, aquel enigma llameante y colosal que se encontraba ahora en una pequeña ensenada de barcos. Quería saber por qué la habían robado los Amantes y para qué servía y lo que planeaban hacer con ella. ¿Dónde estaban sus tripulantes?, quería preguntarle. ¿Dónde está el geo-émpata al que nadie ha visto? Y estaba segura de que Johannes lo sabía. Pero por nada del mundo hubiese hablado en ese momento con él.
No podía sacarse sus palabras de la cabeza. Confiaba fervientemente en que a él le ocurriese lo mismo.