La Cicatriz

La Cicatriz


Segunda parte: Sal » 8

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Cuando Bellis miró por la ventana de su cuarto a la mañana siguiente vio, por encima de los tejados y las chimeneas, que la ciudad se estaba moviendo.

En algún momento de la noche, los centenares de remolcadores que constantemente daban vueltas alrededor de Armada como abejas en una colmena, habían enjaezado la ciudad. Utilizando gruesas cadenas se habían unido en gran número a sus extremos. Se extendían a su alrededor con las cadenas tensas.

Bellis se había acostumbrado a las inconsistencias de la ciudad. El sol saldría un día a la izquierda de su chimenea y a la derecha el siguiente, después de que Armada hubiera descrito un lento giro durante la noche. Las rutinas solares resultaban desconcertantes. Sin tierra alguna a la vista, uno no tenía más que las estrellas para determinar su posición y a Bellis siempre le había aburrido mirar las estrellas: no era una de esas personas que podían reconocer al instante el Tricornio o el Niño o las demás constelaciones. El cielo nocturno no significaba nada para ella.

Hoy el sol había salido justo enfrente de su ventana. Los barcos que arrastraban la masa de Armada se encontraban frente a su campo de visión y al cabo de un momento calculó que debían de estar avanzando en dirección sur.

Aquel esfuerzo prodigioso la asombraba. La ciudad empequeñecía con mucho la proliferación de barcos que la arrastraba. Resultaba difícil estimar su movimiento pero observando el agua que discurría entre los barcos o el choque del oleaje contra los rompientes, Bellis suponía que su avance debía de ser terriblemente lento.

¿Adónde vamos?, se preguntó.

Se sentía curiosamente avergonzada. Hacía semanas que había llegado a Armada y se daba cuenta de repente de que ni una sola vez se había preguntado nada sobre su movimiento, sobre sus itinerarios o sobre el modo en que la flota que partía en sus misiones de saqueo lograba encontrar el camino de regreso a un hogar que se desplazaba. Con un escalofrío repentino recordó el ataque a que Johannes la había sometido la pasada noche.

Parte de lo que le había dicho era verdad.

También mucho de lo que ella había dicho, por supuesto, y seguía enfurecida con él. No quería vivir en Armada y la idea de ver cómo se iban deslizando sus días en aquel laberinto de tubos mohosos hacía que su boca se frunciera con una furia tan fuerte como el pánico. Y, no obstante…

Y, no obstante, era cierto que se había aislado en su infelicidad. Ignoraba la realidad de su situación, ignoraba la historia y la política de Armada y se daba cuenta de que eso era peligroso. No comprendía la economía de la ciudad. No sabía de dónde venían los barcos que echaban el ancla en el puerto Basilio y en el de la Espina del Erizo. No sabía dónde había estado la ciudad ni adónde se dirigía.

Vestida aún con el camisón, empezó a abrir su mente mientras contemplaba cómo se derramaba el sol sobre las proas de la ciudad en su lento avance. Sintió que su curiosidad se iba desperezando.

Los Amantes, pensó asqueada. Empecemos por ahí. Por el esputo de los dioses, los Amantes. ¿Qué son, en el nombre de Jabber?

Shekel tomó un café con ella en la cubierta superior de la biblioteca.

Era un muchacho nervioso. Le dijo que estaba haciendo algo con una persona y otra cosa con otra y que se había peleado con una tercera y que una cuarta vivía en el paseo Otoño Seco, y el conocimiento que con tanto desparpajo demostraba sobre la ciudad hizo que ella se avergonzara. Volvió a sentirse desgraciada por su ignorancia y prestó más atención a sus divagaciones.

Shekel le habló de Hedrigall, el aeronauta cacto. Le contó que tenía un pasado notorio como pirata en Dreer Samher y le describió los viajes que había hecho hasta la monstruosa isla situada al sur de Gnurr Kett para comerciar con los hombres-mosquito.

A su vez, Bellis le preguntó sobre los paseos, el barrio encantado, la ruta de la ciudad, la plataforma Sorghum, el capitán Tintinnabulum. Sacaba sus preguntas como si fueran cartas.

—Sí —dijo él lentamente—. Conozco a Tinnabol. Y a sus colegas. Son tíos raros. Makler, Metzger, Promus y Tinnabol. Hay uno llamado Argentarius que está loco, al que nadie ve nunca. A los demás no los recuerdo. En el interior del Castor no hay más que trofeos por todas partes. Horribles. Trofeos marinos. Por todas las paredes. Peces martillo y orcas, cosas con garras y tentáculos, cráneos. Y arpones. Y helios de la tripulación de pie sobre cadáveres de cosas que espero no ver nunca. Son cazadores. No llevan mucho en la ciudad. A ellos no los capturaron. Hay montones de historias sobre lo que están haciendo, sobre por qué están aquí. Es como si estuvieran esperando algo.

Bellis no entendía cómo era posible que Shekel supiera tantas cosas sobre Tintinnabulum, hasta que el muchacho sonrió y continuó.

—Tintinnabulum tiene una… ayudante —dijo—. Se llama Angevine. Es una dama interesante —volvió a sonreír y Bellis apartó la mirada, avergonzada por su torpe entusiasmo.

En Armada había imprentas y autores y editores y traductores y libros nuevos y se editaban traducciones al sal de los textos clásicos. Pero el papel escaseaba: las ediciones eran minúsculas y los libros eran caros. Los paseos de la ciudad dependían de la Biblioteca Gran Ingenio y pagaban primas para asegurarse sus derechos de compra.

Los libros provenían en su mayor parte de los saqueos llevados a cabo por los barcos de Anguilagua. Durante incontables siglos el más poderoso paseo de Armada había donado todos los libros que caían en sus manos a la Espuela del Reloj. Mandase quien mandase en Libreros, estas donaciones habían asegurado su lealtad. Otros paseos copiaban esta práctica aunque no con tan severa rigurosidad. De vez en cuando permitían que un prisionero conservase algún libro o vendían los volúmenes más raros que caían en sus manos. Anguilagua, que consideraba la posesión de libros un grave crimen, nunca lo hacía.

Algunas veces los barcos de Anguilagua merodeaban por los asentamientos costeros de Bas-Lag llevando a cabo ocasionales saqueos y los piratas irrumpían en las casas para llevarse cada manuscrito y libro que encontraban. Y todo para complacer a Libreros, la Espuela del Reloj.

La entrada de este botín era constante, de modo que a Bellis y a sus colegas nunca les faltaba el trabajo.

Las khepri, cuyos Barcos de la Misericordia habían sido interceptados casualmente por Armada, se habían hecho con el control de Libreros en un golpe incruento hacía poco más de un siglo. A pesar de la tradicional falta de interés khepri hacia los textos escritos —sus ojos compuestos convertían la lectura en algo complicado—, habían sido lo bastante inteligentes como para darse cuenta de que el paseo dependía de su biblioteca. Habían seguido mimándola.

Bellis era incapaz de estimar el número de libros que poseía: había tantas bodegas diminutas en los barcos de la biblioteca, tantas chimeneas y mamparos acondicionados, tantos camarotes y anexos y todos ellos estaban atestados de libros. Muchos eran antiquísimos, incontables millares de ellos que no eran molestados desde hacía años. Armada llevaba muchos siglos robando libros.

Los catálogos estaban incompletos. Durante los últimos siglos había aparecido una burocracia cuya función era elaborar la lista de los contenidos de la biblioteca pero en algunos períodos había sido más cuidadosa que en otros. Siempre había errores. Algunas adquisiciones se archivaban de forma casi fortuita, después de haber sido insuficientemente catalogadas. Los errores se introducían de puntillas en los sistemas y engendraban nuevos errores. Había décadas enteras de volúmenes ocultos en la biblioteca, colocados a la vista y sin embargo invisibles. Florecían las leyendas sobre sus poderosos, perdidos, ocultos o prohibidos contenidos.

La primera vez que se internó por los oscuros corredores, Bellis había pasado la mano por los kilómetros de estanterías mientras caminaba. Había elegido un libro al azar, lo había sacado y, tras abrirlo, se había detenido en seco al ver el título manuscrito y casi borrado en la primera página. Había sacado otro volumen y se había encontrado con otro nombre, escrito con una caligrafía y una tinta apenas más recientes. El tercer libro no tenía adornos pero el cuarto, de nuevo, estaba marcado como propiedad de un dueño muerto mucho tiempo atrás.

Bellis se había quedado allí y había leído los nombres una vez tras otra y de repente había empezado a sentir claustrofobia. Estaba encerrada entre libros robados, enterrada en ellos como lo hubiera estado en la tierra. Al pensar en los incontables centenares de miles de nombres que la rodeaban, vanamente garabateados en esquinas superiores derechas, el peso de toda aquella tinta ignorada, la interminable proclama de esto es mío, esto es mío, cada uno de ellos robado sencilla e imperiosamente, Bellis sintió que le faltaba el aire de los pulmones. Con qué facilidad eran quebrantadas aquellas pequeñas órdenes.

Se sintió como si a su alrededor flotara una hueste de fantasmas quejumbrosos, incapaces de aceptar que los libros ya no les pertenecían.

Aquel día, mientras examinaba las nuevas adquisiciones, Bellis encontró una de sus propias obras.

Se quedó un rato sentada en el suelo con las piernas extendidas, apoyada contra las estanterías, mirando fijamente la copia de Códices de los Montes del Ojo del Gusano. Palpó el lomo deshilachado y las letras ligeramente estampadas, «B. Gelvino». Era su propia copia: la reconocía por lo vieja que estaba. La miró con cautela, como si fuera una prueba que corría el riesgo de fallar.

La caja no contenía su otra obra, Gramatología del Alto Kettai, pero en cambio encontró los manuales del jaiba de Salkrikaltor que se había llevado al Terpsícore.

Nuestras cosas salen por fin a la luz, pensó.

Aquello la afectó como un golpe.

Esto era mío. Me lo robaron.

¿Qué más provenía de su barco? ¿Era aquélla la copia del Dr. Mollificatt de Tensiones futuras?, se preguntó. ¿Y aquella otra la de Ortografía y jeroglíficos de la muda Cardomium?

No podía estarse quieta. Se levantó y caminó, tensa, paseó sin propósito, afligida, por la biblioteca. Salió al exterior y vagó por los puentes que mantenían unidos los barcos, llevando su libro aferrado contra el pecho, sobre el agua y luego de regreso a la oscuridad de las estanterías.

—¿Bellis?

Levantó la mirada, confusa. Carrianne estaba allí, con la boca fruncida ligeramente en una mueca que podía ser de burla o preocupación. Estaba terriblemente pálida pero hablaba con su voz fuerte de costumbre.

El libro colgaba de la mano de Bellis. Su respiración se calmó y borró la crisis de su semblante. Adoptó una expresión más apacible y se preguntó lo que debía decir. Carrianne la tomó del brazo y empezaron a caminar juntas.

—Bellis —volvió a decir y aunque esbozaba una sonrisa falsa, en su voz había amabilidad genuina—. Ya va siendo hora de que tú y yo hagamos un esfuerzo por conocernos mejor. ¿Has comido?

Carrianne la arrastró con delicadeza por los pasillos del Peso Danzante, hasta una plataforma medio cubierta del Pincherman. Esto no es propio de mí, pensó Bellis mientras la seguía, dejarme llevar de esta manera. No es propio de mí en absoluto. Pero estaba sumida en una especie de duermevela y no podía sino ceder a la insistencia de Carrianne.

Al llegar a la salida, se dio cuenta con una bocanada de sorpresa que aún llevaba en la mano su copia de Códices de los Montes del Ojo del Gusano. La había estado apretando con tal fuerza que sus manos habían perdido todo el color.

Su corazón se aceleró al darse cuenta de que bajo la protección de Carrianne podía pasar al lado de los guardias llevando el libro consigo, perderse de vista, podía dejar la biblioteca con su contrabando.

Pero cuanto más se acercaba a la puerta más titubeaba y menos entendía sus motivos para hacerlo, más se sentía aterrada de repente por la posibilidad de ser capturada, y al final, con un súbito suspiro, depositó la monografía en el carrito que había junto a la mesa. Carrianne la observaba con una mirada inescrutable. Desde la luz, bajo la puerta, Bellis se volvió para mirar a su abandonado volumen y sintió una oleada de algo, una emoción trémula.

Si se trataba de triunfo o derrota, no hubiera podido decirlo.

El Psire era el barco más grande de la Espuela del Reloj, un vapor de gran tamaño y diseño arcaico que ahora albergaba industrias y viviendas baratas. Sobre la cubierta de popa se erguían destartalados bloques de hormigón cubiertos de excrementos de pájaro. Los tendederos unían ventanas por las que se asomaban y charlaban humanos y khepri. Bellis descendía tras Carrianne por una escalera de cuerda, hacia el mar, envuelta en el olor de sal y la humedad hasta una galera amarrada a la sombra del Psire.

Bajo la cubierta de la galera se encontraba el restaurante, lleno de ruidosos comensales. Los camareros eran humanos y khepri e incluso había entre ellos un par de vetustos constructos. Caminaban por los estrechos espacios que quedaban entre las dos filas de bancos, depositando cuencos de gachas y platos de pan negro, ensaladas y quesos.

Carrianne pidió para las dos y a continuación se volvió hacia Bellis con una mirada de preocupación sincera.

—¿Y bien? —dijo—. ¿Qué te pasa?

Bellis la miró y durante un segundo terrible creyó que iba a echarse a llorar. La sensación desapareció rápidamente y recompuso el semblante. Apartó los ojos de Carrianne y se volvió hacia los demás clientes, humanos, khepri y cactos. Un par de mesas más allá había dos llorgis, cuyos cuerpos trifurcados parecían mirar en todas direcciones al mismo tiempo. Tras ella había una resplandeciente cosa anfibia procedente del paseo Soleado, de una especie que ni siquiera reconocía.

Sintió el movimiento del restaurante al ser acariciado por las olas.

—Reconozco los síntomas, ¿sabes? —dijo Carrianne—. A mí también me trajeron aquí a la fuerza.

Bellis levantó la mirada al instante.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Hace casi doce años —dijo Carrianne mientras miraba por la ventana en dirección a Puerto Basilio y los remolcadores que navegaban más allá, arrastrando todavía la ciudad. Dijo algo muy despacio en un idioma que Bellis casi reconoció. La parte analítica de su cerebro de lingüista empezó a cotejar, a catalogar las fricativas con su distintivo punteo, pero Carrianne se le adelantó.

—Es algo que solíamos decir en mi país cuando alguien se sentía mal. Algo estúpido y trivial como «Podría ser peor». Literalmente significa «Aún tienes ojos y no se te han roto las gafas» —se inclinó hacia delante y sonrió—. Pero no me molestaré si no te consuela. Estoy más lejos de mi primer hogar que tú, chica de Crobuzón. Más de tres mil kilómetros más lejos. Soy del estrecho de Fuegagua.

Rió al ver que Bellis enarcaba las cejas en una mirada incrédula.

—De una isla llamada Geshen, controlada por la Brujocracia —probó la gallina enana de Armada—. La Brujocracia, más propiamente conocida como Shud zar Myrion zar Koni —agitó las manos en un gesto de burlona grandilocuencia—. Ciudad de Ratjinn, Colmena de la Tristeza Azabache… y cosas así. Ya sé lo que decís de ella los de Nueva Crobuzón. Y muy poco de ello es cierto.

—¿Cómo te cogieron? —dijo Bellis.

—Fueron dos veces —respondió Carrianne—. Me atraparon y me volvieron a atrapar. Navegábamos en un pesquero de arrastre, en dirección a Kohnid, en Gnurr Kett. Es una travesía larga y difícil. Yo tenía diecisiete años. Me había tocado la lotería de ser mascarón de proa y concubina. Pasaba el día atada al bauprés, arrojando pétalos de orquídea frente al barco y la noche leyéndole las cartas a los hombres y calentándoles las camas. Esa parte era muy aburrida pero los días me encantaban. Colgada allí, cantando, durmiendo, contemplando el mar. Pero una carabela de guerra de Dreer Samher nos salió al paso. Querían proteger su comercio con Kohnid. Por entonces tenían el monopolio… ¿Todavía es suyo? —añadió de repente y Bellis sólo pudo negar con la cabeza, insegura. No lo sé—. Bueno, el caso es que me reemplazaron por el capitán en el bauprés y hundieron el barco, abandonaron a la mayoría de los hombres y las mujeres en botes salvavidas con unas pocas provisiones y les enseñaron la dirección de la costa. Estaba muy muy lejos y dudo que lo consiguieran. A algunos se nos llevaron a bordo de su barco. Aparte de algunos empellones y groserías, no nos trataron mal. Yo me torturaba preguntándome lo que me iban a hacer, pero entonces vino la segunda captura. El paseo de Otoño Seco necesitaba barcos, así que enviaron a sus cazadores. Por entonces Armada se encontraba mucho más al sur, así que los barcos de Dreer Samher eran presas ideales.

—¿Y… cómo hiciste…? ¿Os resultó difícil —dijo Bellis— cuando llegasteis aquí?

Carrianne la miró durante algún rato.

—Algunos de los cactos —dijo— nunca lograron amoldarse. Se negaron a aceptarlo o trataron de escapar o atacaron a los guardias. Supongo que los mataron. Mis compañeros y yo… —se encogió de hombros—. A nosotros nos habían rescatado, así que la cosa era muy diferente. Pero, sí, fue duro y yo me sentí miserable y echaba de menos a mi hermano y todo lo demás. Pero ya ves, hice una elección. Elegí vivir, sobrevivir. Después de algún tiempo, varios de mis compañeros se mudaron del paseo Otoño Seco. Uno de ellos vive en Sombras, otro en Vos y los Vuestros. Pero la mayoría se quedó en el paseo que nos había acogido. —Comió en silencio durante un rato y entonces volvió a levantar la mirada—. Puedes conseguirlo, ¿sabes? Convertirás este lugar en tu hogar.

Pretendía tranquilizarla con aquellas palabras. Estaba siendo amable. Pero a Bellis le sonaron a amenaza.

Carrianne le estaba hablando de los paseos.

—Anguilagua ya lo conoces —le decía con voz neutra—. Los Amantes. Los desfigurados Amantes. Putos cabrones. La Espuela del Reloj ya la conoces.

El barrio de los intelectuales, pensó Bellis. Como la Ciénaga Brock en Nueva Crobuzón.

—Sombras pertenece a los costrados. El Soleado. Vos y los Vuestros. —Carrianne estaba contando los paseos con los dedos—. Jhour. Raleas, con el Consejo Democrático. Ese valiente bastión. Y Otoño Seco —concluyó—. Donde yo vivo.

»¿Por qué te marchaste de Nueva Crobuzón, Bellis? —dijo inesperadamente—. No te pareces al típico colono.

Bellis bajó la vista.

Tuve que irme —dijo—. Por problemas.

—¿Con la ley?

—Pasó algo… —suspiró—. Yo no había hecho nada, nada en absoluto —no pudo contener la amargura de su voz—. Hace unos pocos meses hubo una epidemia en la ciudad. Y… se rumoreó que alguien a quien yo conocía estaba implicado. La milicia estaba investigando a todas las personas con las que se había relacionado. Era evidente que terminarían por ir a por mí. Nunca quise irme —hablaba con mucho cuidado—. No fue decisión mía.

La comida, la compañía, incluso la pequeña charla que normalmente hubiera desdeñado la habían calmado. Mientras se levantaban, le preguntó a Carrianne si se sentía bien.

—En la biblioteca me he fijado… espero que no te importe que te lo diga pero me ha parecido que estabas muy pálida.

Carrianne esbozó una sonrisa irónica.

—Es la primera vez que te preocupas por mí, Bellis —dijo—. Tienes que cuidarte eso. Podría empezar a pensar que te caigo bien —la amistosa pulla le dolió—. Estoy bien. Es sólo que la pasada noche me tocó la tasa.

Bellis esperó y revisó la información que ya había asimilado para ver si las palabras de Carrianne cobraban algún sentido de pronto. No fue así.

—No te entiendo —dijo, exhausta de incomprensión.

—Bellis, yo vivo en el paseo Otoño Seco —dijo Carrianne—. Algunas veces tenemos que pagar una tasa, ¿entiendes? Bellis, sabes que nuestro gobernante es el Brucolaco, ¿no? ¿Has oído hablar de él?

—He oído el nombre…

—El Brucolaco. Es un Oupyro. Loango. Katalkana. —Con cada palabra esotérica que pronunciaba, Carrianne escudriñaba los ojos de Bellis y veía que no la entendía—. Hemófago, Bellis. A-muerto. —Hizo una breve pausa—. Vampiro.

Rodeada como había estado durante semanas por una nube de rumores e insinuaciones semejantes a moscas tozudas, Bellis había descubierto al menos unas pocas cosas sobre la mayoría de los paseos. Todos aquellos extraños femto-estados formaban una congregación malsana en cuyo seno daban rienda suelta a sus mutuos resentimientos y se enfrentaban tratando de mejorar su posición.

Pero por alguna razón, las cosas más importantes, más chocantes o increíbles o espantosas se le habían pasado por alto. Al terminar el día, pensó en aquel momento, cuando le habían hecho ver lo ignorante que era: cuando Carrianne le había explicado la razón de su palidez y Bellis se había dado cuenta de lo lejos de casa que se encontraba.

Estaba contenta por no haber hecho más que palidecer al escuchar la explicación de Carrianne. Algo se había endurecido en su interior cuando había escuchado la palabra vampiro: una misma palabra en ragamol y en sal. En aquel momento Carrianne le había enseñado que no había un lugar más lejano al que pudiera ir. No podía estar más lejos de casa.

En Armada hablaban una lengua que ella podía entender. Reconocía los barcos, por mucho que hubieran sido transformados y reconstruidos. Tenían dinero y gobierno. Podía aprender las diferencias de calendario y terminología. La ecléctica y carroñera arquitectura resultaban insólita pero comprensible. Pero aquélla era una ciudad en la que un vampiro no tenía que ocultarse y cazar a escondidas sino que podía salir abiertamente de noche. Y podía gobernar.

Bellis se dio cuenta de que todos sus referentes culturales estaban obsoletos. Su ignorancia la puso enferma.

En la sección de Ciencias del catálogo por materias, sus dedos recorrieron a toda velocidad el alfabeto hasta encontrar el nombre de Johannes Lacrimosco: había más de una copia de varios de sus libros.

Si esos Amantes que se han adueñado de mi vida estaban tan desesperados por traerte aquí, Johannes, pensó para sus adentros mientras copiaba las signaturas de las obras, voy a meterme dentro de sus mentes. Veamos qué es lo que tanto despierta su interés.

Uno de los libros estaba prestado pero había copias disponibles de los demás. Como empleada de la biblioteca, Bellis tenía preferencia a la hora del préstamo.

Hacía mucho frío mientras regresaba a casa entre la muchedumbre, bajo el barbullar de los monos de Armada en sus aparejos, sobre las plataformas que se mecían y las cubiertas y las calles elevadas de la ciudad, sobre las olas que rompían entre las embarcaciones. Se escuchaban silbidos por todas partes. En el bolso, Bellis llevaba Predadores de las Aguas Bajías de la Bahía de Hierro, Anatomía de la Sárdula, Ensayos sobre las Bestias, Teoría de la Megafauna; y La Vida Transplanar como Problema para el Naturalista, todos ellos obra de Johannes Lacrimosco.

Era ya tarde cuando se sentó hecha un ovillo junto a la estufa, mientras en el exterior, unas nubes de helada difuminaban la luz de la luna. Leyó a la luz de una lámpara, pasando de libro a libro.

A la una de la mañana levantó la mirada y contempló las sombrías siluetas de los barcos sobre el horizonte.

El halo de remolcadores que rodeaba a la ciudad seguía en marcha.

Pensó en todos los barcos de Armada que navegaban en aquel momento, los agentes de su piratería, saqueando las comunidades y barcos con los que se encontraban. Recorriendo miles de kilómetros durante meses hasta que al fin, cargadas las bodegas de botín y mientras la ciudad seguía moviéndose, regresaban a casa por medios arcanos.

Los nauscopistas de la ciudad escudriñaban los cielos y sabían basándose en sus minúsculas variaciones cuándo se acercaba algún barco. Así, los remolcadores podían arrastrarla lejos de la vista. Algunas veces la evasión no tenía éxito y los barcos extranjeros eran interceptados, recibidos con los brazos abiertos para comerciar o hundidos. Por medios secretos, las autoridades sabían siempre cuándo eran armadanos los barcos que se acercaban y les daban la bienvenida a casa.

Incluso a tales horas seguían escuchándose sonidos de fábricas provenientes de algunos barrios, alzándose entre el rumor de las olas y las llamadas nocturnas de los animales. Entre las capas de cuerda y madera que se interponían en su campo de visión como jirones de un heliotipo, Bellis podía ver la pequeña bahía de barcos situada en el extremo de popa de Armada, en la que descansaba la plataforma Sorghum. Durante semanas, su extremo superior había vomitado fuego y energías taumatúrgicas. Cada noche, las estrellas habían sido borradas a su alrededor en una esfera de luz monótona y parda.

Pero ya no. Las nubes situadas sobre la Sorghum estaban a oscuras. La llama se había extinguido.

Por vez primera desde su llegada a Armada, Bellis registró sus pertenencias y sacó la olvidada carta. Titubeó mientras se sentaba allí, junto a la estufa, el papel plegado frente a sí y una pluma estilográfica en la mano. Y entonces, irritada por sus propias vacilaciones, empezó a escribir.

Mientras Armada seguía su lenta marcha hacia el sur en busca de aguas más cálidas, el clima se volvió durante unos pocos días frío y tormentoso. Soplaban vientos helados desde el norte. Los árboles y las hiedras, los precarios jardines que adornaban las cubiertas de los barcos se volvieron frágiles y se ennegrecieron.

Justo antes de la llegada de las heladas, Bellis avistó varias ballenas junto al extremo de babor de la ciudad, jugando con aparente deleite. Al cabo de unos pocos minutos, y de improviso, se aproximaron mucho más a la ciudad, golpearon el agua con sus enormes colas y desaparecieron. Después de eso, el frío no tardó en llegar.

En la ciudad no había invierno, no había verano ni primavera, no había estación alguna; sólo existía el clima. Para Armada no dependía del tiempo sino del lugar. Mientras Nueva Crobuzón soportaba estoicamente las tormentas de nieve de finales del año, los armadanos podían estar tomando el sol en el Mar del Hogar; o podían estar refugiados bajo cubierta mientras los marineros protegidos con gruesos capotes los arrastraban lentamente hacia el Océano Mudo, bajo unas temperaturas que hubieran hecho que el tiempo de Nueva Crobuzón pareciera apacible.

Armada recorría los mares de Bas-Lag en patrones dictados por la piratería, el comercio, la agricultura, la seguridad y otras dinámicas menos claras y aceptaba el tiempo que le tocaba.

La irregularidad del clima resultaba un lastre para la vida vegetal. La flora de Armada sobrevivía gracias a la taumaturgia, la suerte y su propia calidad. Siglos de maridajes habían producido especies resistentes, que crecían deprisa y que podían prosperar en un amplio abanico de condiciones. Había cosechas irregulares durante todo el año.

Existían campos de cultivo sobre las cubiertas y bajo luces artificiales. Había campos de champiñones en la humedad de viejas bodegas y también corrales ruidosos y apestosos llenos de resistentes animales endogámicos de varias generaciones. En balsas suspendidas por debajo de la ciudad crecían campos de quelpos y algas comestibles, junto a grandes criaderos llenos de crustáceos y peces.

Conforme pasaban los días, Tanner iba entendiendo mejor el sal y empezó a pasar más tiempo con sus compañeros de trabajo. Iban a los pubs y los salones de juego situados en el extremo de popa de Puerto Basilio. Algunas veces Shekel los acompañaba también, contento de encontrarse en compañía de hombres adultos, pero las más de las veces se marchaba solo al Castor.

Tanner sabía que iba a ver a la mujer, Angevine, a la que aún no conocía, una sirviente o guardaespaldas del capitán Tintinnabulum. Shekel le había hablado de ella, en los titubeantes términos propios de la adolescencia y Tanner había sonreído, entre divertido e indulgente. Y había sentido nostalgia por su propia juventud.

Shekel pasaba cada vez más tiempo con los extraños cazadores eruditos que vivían en el Castor. Una vez, Tanner había ido a buscarlo allí.

Bajo la cubierta se había encontrado un corredor limpio y oscuro con camarotes a ambos lados, cada uno de los cuales tenía una placa con un nombre: MODIST, había leído, y FABER y ARGENTARIUS. Los aposentos de los compañeros de Tintinnabulum.

Shekel estaba en el comedor, con Angevine.

Tanner se había quedado mudo de asombro.

Angevine debía de rondar la treintena, supuso, y era una Rehecha.

Shekel no se lo había dicho.

Sus piernas terminaban justo por debajo de los muslos. Sobresalía como un extraño mascarón de proa de la parte delantera de un pequeño vehículo a vapor, un artilugio pesado con orugas, lleno de coque y madera.

No podía ser nativa de la ciudad, comprendió Tanner. Aquella clase de operación era demasiado severa, demasiado caprichosa e ineficaz y cruel, no podía ser más que un castigo.

Pensó bien de ella por aguantar al muchacho. Entonces vio con cuánta intensidad le hablaba a Shekel, cómo se inclinaba hacia él (en un ángulo extraño, anclada por el pesado vehículo que llevaba debajo), cómo lo miraba a los ojos. Y se detuvo, asombrado de nuevo.

Tanner se marchó dejando a Shekel con su Angevine. No preguntó lo que estaba ocurriendo. Shekel, arrinconado por una nueva e inesperada coyuntura sentimental, se comportó como un híbrido de niño y hombre, tan pronto desafiante y vanidoso como manso y presa de intensas emociones. Con la poca información que pudo sacarle, Tanner descubrió que Angevine había sido capturada hacía diez años. Como el Terpsícore, su barco había sido atacado de camino a Nova Esperium. Ella también era de Nueva Crobuzón.

Cuando Shekel llegó a las pequeñas habitaciones que ocupaban en el extremo de babor de un viejo barco factoría, Tanner estaba celoso. Luego se arrepintió. Decidió que mantendría al muchacho cerca de sí mientras le fuera posible y al mismo tiempo lo dejaría volar libre, como necesitaba.

Trató de llenar el vacío haciendo amigos. Existía una fuerte camaradería entre los trabajadores del puerto. Empezó a tomar parte en sus chistes y juegos subidos de tono.

Ellos lo aceptaron con los brazos abiertos, lo atrajeron contándole cuentos.

La aparición de un recién llegado era la excusa perfecta para sacar a la luz rumores e historias que todos ellos habían escuchado ya incontables veces. Uno de ellos mencionaba los mares muertos o las mareas hirvientes o al rey de las morenas y se volvía hacia Tanner. Probablemente no hayas oído hablar de los mares muertos, Tanner, decía él o ella. Déjame que te cuente

De ese modo, Tanner Sack escuchó las más insólitas historias sobre los mares de Bas-Lag y las leyendas de la ciudad pirata y del propio Anguilagua. Le hablaron de las monstruosas tormentas a las que Armada había sobrevivido; de las razones de las cicatrices de los rostros de los Amantes; de cómo Uther Doul había quebrantado el código de la posibilidad y encontrado su poderosa espada.

Empezó a participar en las celebraciones de los acontecimientos dichosos: matrimonios, nacimientos, la suerte con los naipes. Y también en las cosas sombrías. Cuando un accidente con un engranaje de cristal en el puerto le costó a una mujer cacto la mitad de una mano, Tanner contribuyó a la colecta con los ojos y banderas de los que pudo prescindir. En otra ocasión, cundió la depresión en el paseo cuando se extendió la noticia de que un barco de Anguilagua, el Amenaza de Magda, se había ido a pique cerca del Estrecho de Fuegagua. Tanner compartió la pérdida y su tristeza no fue fingida.

Pero a pesar de que le gustaban sus compañeros de trabajo y a pesar de que las tabernas y fiestas eran una manera placentera de pasar las noches y con la que conseguía por añadidura mejorar mucho su sal, constantemente reinaba en el ambiente una extraña sensación de secreto. No lograba comprenderlo.

Había ciertos misterios que el trabajo de los ingenieros submarinos sacaba a la luz. ¿Qué clase de cosas eran aquellas sombras que algunas veces entreveía, tras la cortina de tiburones centinelas, inciertas tras lo que no podía ser más que un hechizo de ocultamiento? ¿Qué propósito tenían las reparaciones que sus camaradas y él llevaban a cabo a diario? ¿Qué era lo que la Sorghum, la plataforma robada que con tanto esmero cuidaban, extraía de la base del océano, a miles de metros de profundidad? En muchas ocasiones Tanner había seguido con la mirada la gruesa tubería segmentada y se había sentido mareado a medida que la veía desaparecer en la oscuridad.

¿Cuál era la naturaleza de aquel proyecto al que sólo se aludía con gestos de asentimiento y comentarios crípticos? ¿El plan que cimentaba todos sus esfuerzos? ¿Del que nadie hablaba abiertamente pero muchos parecían conocer un poco aunque pocos se jactaban, por omisión o con insinuaciones, de comprender?

Algo grande e importante se escondía tras la industria de Anguilagua y Tanner Sack no sabía aún lo que era. Sospechaba que lo mismo les ocurría a sus camaradas pero a pesar de ello se sentía excluido de una comunidad basada en mentiras, presunciones y sandeces.

De vez en cuando llegaban hasta sus oídos historias sobre otros pasajeros del Terpsícore o sus tripulantes y prisioneros.

Shekel le había dicho que Gelvino trabajaba en la biblioteca. Al tal Johannes Lacrimosco lo había visto con sus propios ojos, de visita en los muelles junto a un grupo muy discreto cuyos miembros no hacían más que tomar notas en cuadernos y murmurar. Una parte de Tanner había pensado con cierta aspereza que las jerarquías no tardaban mucho en recomponerse, que mientras él se jugaba el culo bajo las olas, el caballero observaba y marcaba las casillas de sus estúpidas tablas y jugueteaba con su chaleco.

Hedrigall, el impasible cacto que pilotaba el Arrogancia, le habló de un hombre llamado Fench, también del Terpsícore, que visitaba los muelles bastante a menudo (¿Lo conoces?, le había preguntado Hedrigall, y Tanner había negado con la cabeza: hubiera sido demasiado aburrido explicarle que no había conocido a nadie que viajara en cubierta). Fench era un buen hombre, decía Hedrigall, alguien con quien se podía hablar, que parecía conocer a todo el mundo y que hablaba con conocimiento de causa sobre gente como el rey Federico y el Brucolaco.

Cuando hablaba de estas cosas, Hedrigall transmitía un aire distraído que a Tanner le recordaba a Tintinnabulum. Hedrigall era uno de los que siempre parecían saber algo sobre algo de lo que no debían hablar. Tanner pensaba que hacerle una pregunta directa hubiera sido un insulto a su embrionaria amistad.

Empezó a recorrer la ciudad de noche.

Vagaba por sus calles, rodeado por los sonidos del agua y los barcos y envuelto en el olor del mar. Bajo la luna y sus resplandecientes hijas, difuminadas tras una tenue capa de nubes, Tanner paseaba sin descanso alrededor de la bahía que contenía a la ahora silenciosa Sorghum. Pasó junto a una vivienda de jaibas, un clíper medio suspendido y medio hundido cuya proa sobresalía de las aguas como un iceberg. Cruzó el puente cubierto que llevaba a la parte trasera del enorme Grande Oriente, con la cabeza gacha al cruzarse con otros insomnes y trabajadores nocturnos.

Tras cruzar un puente de cuerda, llegó al lado de estribor de Anguilagua. Un dirigible iluminado pasaba lentamente sobre su cabeza y un claxon sonó no muy lejos en medio del martilleo de un motor de vapor (algún barco que llega tarde) y el sonido le recordó tanto a Nueva Crobuzón que sintió una intensa y desconocida emoción.

Tanner se extravió a propósito en un laberinto de barcos viejos y ladrillos.

Debajo de él, en el agua, creyó ver manchas de luz fortuitas y fugaces: la ansiedad del plancton bioluminiscente. Los gruñidos de la ciudad parecían respondidos en ocasiones, a kilómetros de distancia, por algo grande y muy lejano y que estaba vivo.

Se dirigió hacia Raleas y el Muelle de la Espina del Erizo. Sus pies pisaban césped y a ambos lados se erguían construcciones de ladrillo medio desmoronadas, húmedas, mohosas y manchadas de sal. Altos muros y ventanas, muchas de ellas rotas, y callejones que se cruzaban entre las calles principales y serpenteaban entre viejos mamparos y sombreretes. Basuras en las cubiertas de dhows[4] desiertos. Balaustradas y coronamientos azotados por el viento frío junto a jirones de viejos carteles, anuncios de políticos y espectáculos en colores chillones, elaborados con tinta de calamar y marisco y tinta china robada.

Gatos de andares silenciosos por todas partes.

La ciudad trepidaba y corregía su posición y la incansable flota de remolcadores que había más allá de sus lindes continuaba sin descanso, las cadenas extendidas, arrastrando consigo su hogar.

Tanner permaneció inmóvil en la quietud, contemplando las viejas torres, las siluetas de los tejados de pizarra, las chimeneas, los techos de las fábricas y los árboles. Al otro lado de una pequeña extensión de agua salpicada con una aldea de casas flotantes, brillaba la luz de los camarotes de barcos provenientes de costas de las que Tanner no sabía nada. No era el único que estaba contemplando la noche.

(… ¿Has follado antes?, le dijo ella y Shekel no pudo sino recordar cosas que no deseaba recordar. Las mujeres Rehechas en la apestosa oscuridad del Terpsícore, que aceptaban su polla dentro por un trozo más de pan. Esas otras a las que forzaban los marineros, lo quisieran o no (todos los hombres le gritaban que se uniera a ellos) y con las que había estado dos veces (una de ellas fingiendo que había terminado antes de escabullirse, incomodado por sus chillidos y la otra de verdad, desparramándose dentro de ella) y que se habían debatido y habían llorado mientras lo hacía. Y antes de ellas, las chicas de los callejones del Meandro de las Nieblas y los niños (como él) que enseñaban los genitales, y cuyas transacciones eran una mezcla de trueque sexual, chulería y juego. Shekel abrió la boca para responder y la verdad pugnó por salir a la luz y ella lo vio y le interrumpió (y fue un acto de misericordia que lo hiciera) y dijo: No, no por juego o por dinero y no si lo tomaste o te lo quitaron por la fuerza, sino si has follado con alguien que te quería y al que querías como la gente de verdad se quiere entre sí. Y por supuesto cuando ella le dijo que la respuesta era por supuesto que no, él dijo lo mismo, agradecido porque le hubiera dado esta primera vez (un regalo inmerecido que aceptó con humildad y ansiedad).

La observó mientras se quitaba la blusa y su respiración se entrecortó al ver toda aquella carne de mujer y la ansiedad e impaciencia en los ojos de ella. Sintió el calor radiante de su caldera (que no podía permitir que se apagara, le dijo ella, que consumía y consumía combustible sin cesar, vieja y estropeada e innecesariamente avariciosa) y vio el peltre de color oscuro donde se unía a la carne de los muslos como una ola. Sus propias ropas cayeron al suelo en fáciles capas y allí se quedó, temblando, alto y flacucho, la polla erecta y adolescente, mientras el corazón y la pasión lo llenaban con tal fuerza que hasta le costaba tragar saliva.

Ella era una Rehecha, lo era (basura Rehecha), él lo sabía, lo veía y sin embargo sentía sin poder evitarlo lo que había en su interior y entonces le pareció que se arrancaba una gran costra de hábito y prejuicio que su hogar le había inscrito en la piel.

Sáname, pensó sin comprender lo que pensaba, anhelando una transfiguración, sintió un dolor cáustico mientras se arrancaba a tiras la piel de su nueva vida y se exponía, desnudo e inseguro a ella, su nuevo aire. De nuevo la respiración entrecortada. Sus sentimientos se agolparon y brotaron en una hemorragia (la infección había terminado) y empezaron a resolverse, a sanar en una nueva forma, a cicatrizarse.

—Mi chica Rehecha —dijo mientras se preguntaba muchas cosas y ella se lo perdonó, al instante, porque supo que no volvería a pensarlo.

No fue fácil, con los dos muñones de las piernas apresados a la carcasa de metal, formando una «V» estrecha, abierta sólo un poco, con apenas cinco centímetros de sus muslos por debajo de su coño de carne viva. Ella no podía abrirse para él ni tenderse y no fue fácil.

Pero perseveraron. Y lo lograron).

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