La Cicatriz

La Cicatriz


Segunda parte: Sal » 9

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Shekel fue a ver a Bellis y le pidió que le enseñara a leer.

Conocía las letras del alfabeto ragamol, le dijo, y tenía una idea aproximada del sonido que correspondía a cada una, pero para él seguían siendo algo esotérico. Nunca había tratado de unirlas para formas palabras.

El muchacho parecía apaciguado, como si sus pensamientos estuvieran lejos de los pasillos de la biblioteca flotante. Tardaba más de lo usual en sonreír. No habló de Tanner Sack ni de Angevine, cuyo nombre había empezado hacía poco a sazonar sus conversaciones. Sólo quería saber si Bellis lo ayudaría a aprender a leer.

Después de acabar su jornada, pasaron más de dos horas repasando el alfabeto. Conocía los nombres de las letras, pero para él no eran más que entidades abstractas. Bellis le hizo escribir su nombre y él lo hizo, con borrones e inseguridad, deteniéndose a mitad de la segunda letra y pasando a la cuarta y regresando después para rellenar los espacios.

Reconocía su nombre escrito pero para él no era más que un conjunto de trazos de pluma.

Bellis le explicó que las letras eran instrucciones, órdenes que designaban normalmente el sonido que daba comienzo a sus nombres. Escribió su nombre de pila, separando cada letra de las vecinas más de dos centímetros. Entonces le ordenó que cumpliera con las órdenes que las letras le estaban dando.

Esperó mientras él pasaba con voz titubeante a través de la be y la e y la elle y la i y la ese. A continuación juntó más las letras y le dijo que volviera a cumplirlas —todavía despacio—. Y luego una vez más.

Finalmente reunió los caracteres en una palabra y le dijo que repitiera el ejercicio, sólo que esta vez deprisa, que hiciera lo que las letras le decían («mira lo juntas que están») de una sola pasada.

Be e elle i ese.

(Confundido por el solapamiento de las vocales, tal como ella había esperado).

Lo intentó una vez más y a mitad del ejercicio se detuvo y empezó a sonreírle a la palabra. Miró a Bellis con un deleite tan completo que ella se sintió azorada. Pronunció su nombre.

Tras haberle enseñado los rudimentos de la puntuación se le ocurrió una idea. Se lo llevó de paseo por los intestinos de los barcos, atravesaron juntos las secciones de ciencia y humanidades en las que los eruditos leían encorvados a la luz de lámparas de aceite y ventanucos y luego entre los edificios, bajo la persistente lluvia, hasta el puente del Recuerdo Corrosivo. Era un galeón situado en el extremo exterior de la Biblioteca Gran Ingenio. Allí se guardaban los libros infantiles.

Había muy pocos lectores en la cubierta de los niños. Las estanterías que los rodeaban saltaban literalmente a los ojos con sus chillones colores. Bellis deslizaba la mano por los lomos de los libros al pasar a su lado y Shekel los observaba con profunda curiosidad. Se detuvieron al llegar al final del barco, donde se encontraban los catálogos, bajo un montón de libros.

—Mira —dijo Bellis—. ¿Lo ves? —le indicó la plaquilla de latón—. Rag. A. Mol. Éstos son libros en nuestro idioma. La mayoría de ellos proviene de Nueva Crobuzón.

Sacó un par de ellos y los abrió. Durante una fracción de segundo, demasiado fugaz para que Shekel lo advirtiera, se quedó paralizada. Nombres manuscritos la escudriñaron desde las primeras páginas pero habían sido garabateados con lápices de colores por manos infantiles.

Bellis pasó las páginas rápidamente. El primer libro, grande, cuidadosamente coloreado a mano y lleno de ilustraciones en el sencillo estilo Ars Facilis que había estado de moda sesenta años antes, era para niños muy pequeños. Contaba la historia de un huevo que luchaba contra un hombre hecho de cucharas y, tras vencerlo, se convertía en alcalde del mundo.

El segundo era para niños más grandes. Era una historia de Nueva Crobuzón. Bellis se detuvo al instante al ver los dibujos de las Costillas y la Aguja y la Estación de la Calle Perdido. Lo hojeó con rapidez y su rostro se contrajo con muecas de divertido desprecio al reparar en la grotesca distorsión de los hechos que ofrecía. Los relatos sobre el Círculo Monetario y la Semana Polvorienta y, lo que resultaba aún más vergonzoso, las Guerras Piratas sugerían, en un lenguaje infantil e ingenuo, que Nueva Crobuzón era un baluarte de la libertad que siempre lograba sobrevivir a pesar de enfrentarse a fuerzas enemigas que contaban con una injusta e insuperable superioridad.

Shekel la estaba observando, fascinado.

—Prueba con éste —le dijo y le tendió El Huevo Valiente. Él lo tomó con aire reverente—. Es para niños pequeños —le dijo—. No te preocupes demasiado por la historia, te va a parecer muy tonta. No significa nada. Pero quiero saber si eres capaz de seguir el hilo de la narración, si puedes comprender lo que ocurre utilizando las palabras como te he enseñado antes. Cumple las órdenes de las letras, di las palabras. Seguro que te encuentras con algunas que no comprendes. Cuando eso ocurra escríbelas, haz una lista con ellas y tráemela.

Shekel la miró bruscamente.

—¿Que las escriba? —dijo.

Ella vio en su interior. Todavía se relacionaba con las palabras como si fueran entidades ajenas: bromas sutiles que por fin empezaba a comprender, aunque sólo un poco. Pero aún no estaba convencido de que fuera capaz de utilizarlas para codificar sus propios secretos. No se había dado cuenta de que al aprender a leer había aprendido a escribir.

Bellis encontró un lápiz y un pedazo medio usado de papel en uno de sus bolsillos y se los entregó.

—Tú limítate a copiar las palabras que no entiendas exactamente igual que aparecen en el libro. Y luego me las traes —le dijo.

Él la miró y otra de aquellas sonrisas beatíficas se instaló en su semblante.

—Mañana —prosiguió Bellis—. Quiero que vengas a verme a las cinco en punto y pienso hacerte algunas preguntas sobre la historia del libro. Además, quiero que me leas algunos pasajes. —Shekel la miró mientras cogía el libro y asintió de forma vigorosa, como si acabasen de cerrar algún trato en la Perrera.

El comportamiento de Shekel cambió cuando salieron del galeón. Volvió a mostrarse socarrón, se pavoneó un poco al caminar e incluso empezó a hablarle a Bellis de la banda de los muelles a la que pertenecía. Pero aferraba El Huevo Valiente como si le fuera la vida en ello. Bellis registró el préstamo a su propio nombre, un acto de confianza que realizó sin pensar y que a él lo conmovió profundamente.

Aquella noche volvió a hacer frío y Bellis se sentó cerca de la estufa. Las rutinas de la cocina y la comida, con su implacable necesidad, empezaban a irritarla. Las llevaba a cabo sin la menor alegría, lo más rápidamente posible y a continuación se sentaba y seguía trabajando con los libros de Lacrimosco, tomando notas. A las nueve paró y sacó su carta. Escribió.

Azul, 27 de Polvo de 1779 (aunque esto no significa nada en este lugar. Aquí estamos a Disepre 4 del Cuarto de Halconeras, 6/317), Chimenea del Cromolito.

No pienso dejar de buscar. Al principio, cuando leía los libros de Johannes, los abría al azar, los hojeaba sin orden y juntaba lo que encontraba formando retazos, con la esperanza de hallar inspiración en ellos. Pero me he dado cuenta de que así no voy a llegar a ninguna parte.

El trabajo de Johannes, él mismo me lo dijo, es una de las fuerzas motrices que hay tras esta ciudad. La naturaleza del plan del que forma parte, que no quiso explicarme pero que es lo bastante importante como para arriesgarse a llevar a cabo un acto de piratería contra la mayor potencia de Bas-Lag, debe de estar escondida en alguna parte entre las páginas de sus libros. Al fin y al cabo, fue uno de esos libros el que lo convirtió en una tentación irresistible para los Amantes. Pero no alcanzo a sospechar siquiera cuál de sus obras puede ser la «lectura imprescindible» para el proyecto secreto del que me habló.

De modo que los estoy leyendo todos ellos con cuidado, uno detrás de otro; empiezo por el prefacio y continúo hasta el índice. Reuniendo información. Tratando de averiguar qué designios pueden esconderse en estas obras.

Por supuesto, no soy una científica. Nunca había leído libros como éstos. Gran parte de lo que contienen me resulta incomprensible.

«El acetabulum es una depresión situada en el extremo exterior del os innominatum, justo en el punto en que se unen el ilium y el isquium».

Leo estas frases como si fuesen poesía: ilium; isquium; os innominatum; ecto-cuneiforme y cresta nemial; plaquetas y trombín, queloides, cicatrix.

El libro que menos me ha gustado hasta el momento es Anatomía de la Sárdula. Johannes fue atacado una vez por una sárdula joven y debió de ser en aquella época cuando realizó la investigación que dio lugar al libro. Puedo imaginarme a la criatura, atrapada en una celda, sometida por medio de vapores soporíferos, sacudiendo el cuerpo mientras siente que va perdiendo la conciencia. Y luego muerta y transferida a un frío libro que va despellejando la pasión de Johannes al mismo tiempo que la piel de la sárdula. Una monótona relación de huesos y venas y tendones.

El libro que prefiero ha resultado una sorpresa. No es ni Teorías de la Megafauna, ni La Vida Transplanar, obras que tratan tanto de filosofía como de zoología y que por ello mismo esperaba que me resultaran más próximas que las otras. Sus abstrusas divagaciones me resultan intrigantes pero vagas.

No, el volumen que con más atención he leído, el que mejor he comprendido, el que más me ha interesado, ha sido Depredadores de los Bajíos de la Bahía de Hierro.

Es una concatenación de narraciones sumamente intrincada. Cadenas de salvajismo y metamorfosis. Puedo verlas todas. Cangrejos diablo y gusanos harapo. Una venera abierta en canal a cámara lenta por un hambriento pez estrella. Una anémona de cuentas devorando a un bocón con un estallido implosivo.

Johannes ha logrado conjurar un vívido paisaje marino para mí, lleno de polvo de conchas, erizos de mar y mareas implacables.

Pero no me revela nada nuevo sobre los planes de la ciudad. Sea lo que sea lo que los gobernantes de Armada tienen en mente, tendré que bucear más para averiguarlo. Seguiré leyendo estos libros. Son las únicas pistas que tengo. Y así no seguiré intentando comprender a Armada para poder aprender a vivir feliz en mi oxidada chimenea. Comprenderé a dónde estamos yendo y por qué y así sabré cómo escapar.

De repente llamaron a la puerta. Bellis levantó la mirada, alarmada. Eran casi las once en punto.

Se puso en pie con lentitud y bajó la estrecha escalera en espiral situada en el centro de la habitación cilíndrica. Johannes era la única persona en todo Armada que sabía dónde vivía y desde su altercado en el restaurante no habían vuelto a hablar.

Se acercó despacio a la puerta, esperó y la brusca llamada volvió a sonar. ¿Habría venido a disculparse? ¿A volver a enfurecerla? ¿Y ella? ¿Quería volver a verlo, quería volver a abrirle la puerta a esa amistad?

Se dio cuenta de que todavía estaba enfadada con él y también un poco avergonzada.

Llamaron una tercera vez y Bellis se adelantó, dispuesta a escuchar lo que tu viera que decirle para despedirlo a continuación. Cuando abrió la puerta se quedó helada y boquiabierta de asombro mientras la seca frase que había preparado se le escapaba convertida en un susurro junto al aliento.

Quien se encontraba en el umbral, encorvado a causa del frío y mirándola con cautela era Silas Fennec.

Permanecieron sentados en silencio durante un rato, bebiendo el vino que Fennec había traído.

—No está nada mal, señorita Gelvino —dijo al fin mientras examinaba con mirada apreciativa el cilindro de metal gastado que era su casa—. Muchos de los recién llegados se encuentran en lugares mucho menos atractivos. —Bellis enarcó una ceja pero él volvió a asentir—. Le prometo que es cierto. ¿No los ha visto?

Por supuesto que no.

—¿Dónde vive usted? —le preguntó.

—Cerca del paseo Vos y los Vuestros —dijo él—. En la base de un clíper. Sin ventanas —se encogió de hombros—. ¿Son suyos? —señaló los libros que había sobre la cama.

—No —dijo ella y se apresuró a guardarlos—. Sólo me dejaron mi cuaderno de notas. Joder, me quitaron hasta libros que había… vaya, escrito yo misma.

—Lo mismo que a mí —dijo él—. Lo único que conservo es mi diario. Es el registro de años de viajes. Hubiera sido muy doloroso perderlo —sonrió.

—¿Qué le han puesto a hacer? —preguntó Bellis y Fennec volvió a encogerse de hombros.

—He logrado escaquearme —le dijo—. Hago lo que quiero hacer. Usted trabaja en la biblioteca, ¿no es cierto?

—¿Cómo? —preguntó ella abruptamente—. ¿Cómo se los ha quitado de encima? ¿De qué vive?

La miró largo rato sin contestar.

—Tuve tres o cuatro ofertas… como usted, supongo. Les dije a los primeros que había aceptado la de los segundos, a los segundos que les había dicho sí a los terceros y así sucesivamente. No les importó. En cuanto a de qué vivo, bueno… es más fácil de lo que cree volverse indispensable, señorita Gelvino. Proporcionando servicios, ofreciendo cualquier cosa por la que alguien esté dispuesto a pagar. Información, más que nada… —su voz se fue apagando.

Bellis se sentía aturdida por aquella franqueza que sugería conspiraciones y bajos mundos a su alrededor.

—Sabe… —dijo él de repente—. Le estoy muy agradecido, señorita Gelvino. Sinceramente agradecido.

Bellis esperó.

—Usted estaba allí, en Ciudad Salkrikaltor. Asistió a la conversación que mantuvimos el capitán Myzovic y yo. Debe de haberse preguntado qué había en aquella carta que enfureció de tal modo al capitán pero ha guardado silencio. Estoy seguro de que es consciente de que las cosas podrían haberse puesto… muy duras para mí cuando fuimos capturados por Armada pero no dijo nada. Y yo se lo agradezco. Porque no dijo usted nada, ¿verdad? —añadió con una ansiedad que no pudo ocultar del todo—. Como ya le he dicho, le estoy muy agradecido.

—La última vez que hablamos, a bordo del Terpsícore —dijo Bellis— me dijo usted que era vital que regresara a Nueva Crobuzón de inmediato. Bien, ¿y ahora?

Él negó con la cabeza, incómodo.

—Hipérbolas y… y mierdas —dijo. Levantó la mirada pero ella no parecía ofendida por su lenguaje—. Tengo la mala costumbre de exagerar.

Agitó la mano para quitarle importancia al asunto. Se hizo un silencio incómodo.

—¿De modo que puede usted expresarse en sal? —preguntó Bellis—. Porque para el trabajo que hace, es presumible que tenga que hacerlo, señor Fennec.

—He tenido muchos años para perfeccionar mi sal —dijo él en esta misma lengua, con soltura y rapidez y una sonrisa sincera, antes de continuar en ragamol—. Y… por cierto, aquí no se me conoce con ese nombre. Si no le importa, en este lugar respondo al nombre de Simon Fench.

—¿Y dónde aprendió usted el sal, señor Fench? —dijo—. Antes ha mencionado sus viajes…

—Maldición —parecía divertido y avergonzado—. Hace usted que ese nombre suene como un maleficio. En estas habitaciones puede usted llamarme como le plazca, señorita Gelvino pero fuera, imploro su indulgencia. En Rin Lor. Aprendí el sal en Rin Lor y en la frontera de las Islas Piratas.

—¿Y qué estaba usted haciendo allí?

—Lo mismo —dijo él— que hago en todas partes. Comprar y vender. Comerciar.

—Tengo treinta y ocho años —dijo, después de que hubieran bebido un poco más y Bellis hubiera echado un poco más de leña a la estufa—. Llevo desde los veinte trabajando como mercader. Soy hombre de Nueva Crobuzón, no me entienda usted mal. Nacido y criado a la sombra de las Costillas. Pero dudo que haya pasado ni quinientos días en esa ciudad durante los últimos veinte años.

—¿Con qué comercia usted?

—Con cualquier cosa —se encogió de hombros—. Pieles, vino, motores, ganado, libros, trabajo. Lo que sea. Licor por pieles en la tundra al norte de Jangsach, pieles por secretos en Hinter, secretos y obras de arte por trabajo y especias en el Cromlech Alto…

Su voz se fue apagando mientras Bellis lo miraba a los ojos.

—Nadie sabe dónde está el Cromlech Alto —le dijo, pero él negó con la cabeza.

—Algunos sí —dijo con voz tranquila—. Ahora, quiero decir. Algunos lo sabemos ahora. Oh, es un viaje difícil de la hostia, eso se lo aseguro. Desde Nueva Crobuzón uno no puede ir al norte atravesando las ruinas de Suroc y la ruta por el sur, a través de Vadaunk o la Mancha Cacotópica añade cientos de kilómetros de viaje. Así que hay que ir del Paso del Penitente a los Montes del Ojo del Gusano, rodear Aguas Necias, esquivar el Reino de Karr Torrer y cruzar el Estrecho de la Garra Fría… —su voz se fue apagando y Bellis alargó el cuello, ansiosa por saber lo que venía a continuación.

—Y allí están las Reventadoras —dijo él con voz suave—. Y el Cromlech Alto.

Tomó un largo trago de vino.

—Los extraños les ponen nerviosos. Cuando están vivos. Pero los dioses saben que nosotros éramos una pandilla de aspecto bien lamentable. Llevábamos meses de camino y habíamos perdido catorce hombres. Viajamos en dirigible, barco, llama y pterapájaro, y a pie durante kilómetros y más kilómetros. Viví allí durante meses. Llevé un montón de… cosas asombrosas a Nueva Crobuzón. En aquel lugar vi cosas aún más extrañas que esta ciudad, se lo aseguro.

Bellis no podía decir nada. Estaba tratando de lidiar con sus palabras. Algunos de los lugares que acababa de mencionar aquel hombre eran virtualmente mitológicos. La idea de que pudiera haberlos visitado —y hasta vivido en ellos, por el amor de Jabber— resultaba extraordinaria, pero ella no creía que estuviera mintiendo.

—La mayoría de la gente que trata de llegar hasta allí muere —dijo él como si tal cosa—. Pero si uno lo logra, si logra llegar hasta el Estrecho de la Garra Fría, en especial a la costa más alejada… bueno, ya está hecho. Tiene acceso a las Minas Reventadoras y a los pastizales que se extienden al norte de Hinter, la Isla de Yanni Seckilli y el Mar de la Garra Fría… y esa gente está ansiosa por comerciar, se lo aseguro. Pasé cuarenta días allí y el único comercio de verdad que esa gente lleva a cabo es con los salvajes del norte, que se presentan una vez al año en sus canoas de cuero trayendo salazones y cosas parecidas. Que uno puede comer hasta hartarse, por cierto —sonrió—. Pero su principal problema es que Las Gengris los aísla del sur y no dejan pasar a los extranjeros. A cualquiera que logre llegar desde allí lo tratan como a un hermano perdido. Si uno lo consigue, tiene acceso a toda clase de informaciones, lugares y servicios únicos. Ésa es la razón por la que yo tengo un… acuerdo con el Parlamento. Ésa es la razón por la que tenía aquel documento que me otorgaba poderes para hacerme con el control de un barco de Nueva Crobuzón en determinadas circunstancias; que me otorgaba ciertos derechos. Estoy en condiciones de proporcionarle a la ciudad informaciones a las que nadie más tiene acceso.

Era un espía.

—Cuando Seemly cruzó el Océano Hinchado y descubrió Bered Kai Nev hace seis siglos y medio —dijo—, ¿qué cree usted que llevaba en sus bodegas? El Mantis Ferviente era un barco grande, Bellis… —hizo una pausa. Ella no le había dado permiso para que utilizara su nombre de pila, pero no dio muestras de desaprobación cuando continuó—. Llevaba licor y seda, espadas y oro. Pretendía comerciar. Eso fue lo que abrió el continente meridional. Todos los exploradores de los que ha oído usted hablar, Seemly, Donleon, Brunbenn, probablemente Libintos y hasta el maldito Jabber, eran comerciantes —hablaba con el deleite de un niño—. Son las personas como yo las que traen los mapas y la información. Podemos ofrecer secretos que no están al alcance de nadie más. Podemos vendérselos al gobierno… ésa es mi comisión. No existe la exploración ni la ciencia… sólo el comercio. Eran mercantes quienes viajaron hasta Suroc y quienes trajeron a su regreso los mapas que Dagman Beyn utilizó en las Guerras Piratas.

Reparó en la expresión de Bellis y comprendió que, a sus ojos, aquella historia en particular no proyectaba una luz demasiado favorable sobre sus antecesores y él.

—Un mal ejemplo —musitó, y Bellis no pudo reprimir una carcajada ante sus palabras de disculpa.

—No quiero vivir aquí —dijo Bellis. Eran casi las dos de la mañana y estaba contemplando las estrellas por la ventana. Se movían con lentitud dolorosa a través de la abertura mientras Armada era arrastrada por sus remolcadores—. No me gusta este lugar. Odio haber sido secuestrada. Puedo comprender por qué algunos otros de los pasajeros del Terpsícore no se sienten igual… —dijo esto último como una concesión malsana a la culpa que por culpa de Johannes había anidado en su interior y supo con una sensación de incomodidad que no era ni remotamente suficiente, que denigraba la libertad que le había sido otorgada al cargamento humano del Terpsícore—. Pero no quiero acabar mi vida aquí. Voy a regresar a mi casa, a Nueva Crobuzón.

Hablaba con una certeza que no sentía del todo.

—Yo no —dijo él—. Quiero decir, me gusta regresar allí y disfrutar un poco cuando regreso de viaje… cenas en Chnum, cosas de ésas… Pero no podría vivir allí. Aunque entiendo por qué te gusta. He visto un montón de ciudades y ninguna se le puede comparar. Pero siempre que paso allí más de un par de semanas, empiezo a sentir claustrofobia. Aplastado por la mugre, las súplicas y la gente… y la cháchara que vomitan en el Parlamento. Hasta cuando estoy en la ciudad alta, ¿sabes? En la Plaza Bilsantum o la Colina de la Bandera o Chnum… sigo sintiéndome como si estuviera atrapado en la Perrera o en Malado. No puedo ignorarlos. Tengo que marcharme. Y por lo que se refiere a los cabrones que gobiernan allí…

Su franca deslealtad interesaba a Bellis. Al fin y al cabo estaba a sueldo del maldito gobierno de Nueva Crobuzón e, incluso desde el otro lado de la tenue neblina del vino, era consciente de una forma fría de que eran ellos, los jefes, los responsables de que ella hubiera tenido que huir.

Pero Fennec no demostraba el menor compromiso hacia ellos. Insultaba a las autoridades crobuzonianas con el buen humor de un bohemio.

—Son serpientes —prosiguió—. Rudgutter y todos los demás. No les confiaría ni mis excrementos. Maldita sea, acepto su dinero con gusto si quieren pagarme a cambio de cosas que les diría de todos modos, ¿por qué voy a negarme? Pero no son amigos míos.

No me siento a gusto en su ciudad.

—Así que todo esto es… —Bellis hablaba cuidadosamente, trataba de evaluarlo—. ¿No te molesta estar aquí, entonces? Si no albergas ningún amor por Nueva Crobuzón…

—No —la interrumpió con unos modales muy diferentes a la amistosa arrogancia de que hasta ahora había hecho gala—. Eso no es lo que he dicho. Soy un hombre de Nueva Crobuzón, Bellis. Quiero un hogar al que regresar… aunque sea para marcharme de nuevo. No carezco de raíces, no soy un vagabundo. Soy un mercader, un hombre de negocios, con una base y una casa en Gid Este y amigos y contactos, y siempre regreso a Nueva Crobuzón. Aquí… soy un prisionero. Ésta no es la clase de exploración que quiero llevar a cabo. Maldito sea si me quedo aquí.

Al oír estas palabras, Bellis abrió otra botella de vino y le sirvió un poco más.

—¿Qué estabas haciendo en Salkrikaltor? —preguntó—. ¿Más negocios?

Fennec negó con la cabeza.

—Me recogieron —dijo—. Las patrullas de Salkrikaltor se alejan a veces hasta centenares de kilómetros de la ciudad para comprobar el estado de los craales. Uno de sus navíos me recogió en la entrada del Canal Basilisco. Me dirigía hacia el sur en un submarino ammonita medio estropeado, lleno de fugas y muy lento. Las jaibas de los bajíos situados al este de las Sois me hablaron de un tubo de aspecto muy dudoso que merodeaba cerca de su ciudad —se encogió de hombros—. Estaba lívido cuando me recogieron pero creo que me hicieron un favor. Dudo que hubiese logrado llegar a casa por mí mismo. Tardé bastante en encontrar una jaiba que pudiera entenderme y para entonces ya estábamos de camino a Ciudad Salkrikaltor.

—¿De dónde venías? —dijo Bellis—. ¿De las Islas Jhesshul?

Fennec negó con la cabeza de nuevo y la observó, sin decir nada, durante varios segundos.

—Nada de eso —dijo—. Acababa de atravesar las montañas desde el otro lado. Estaba en el mar de la Garra Fría. En Las Gengris.

Bellis levantó la mirada al instante, preparada para proferir una risotada o un bufido despectivo pero vio el rostro de Fennec. Éste asintió lentamente.

—Las Gengris —dijo de nuevo y ella apartó la mirada, asombrada.

Más de mil quinientos kilómetros al oeste de Nueva Crobuzón había un enorme lago de seiscientos kilómetros de longitud: el Lago de la Garra Fría. Desde su extremo norte se extendía el Estrecho de la Garra Fría, un corredor de agua dulce de ciento cincuenta kilómetros de anchura y mil doscientos kilómetros de longitud. Al llegar a su final el estrecho se expandía de repente hasta alcanzar casi la anchura del continente y retrocedía en dirección este al tiempo que se estrechaba como una garra y se convertía en la extensión irregular conocida como el Mar de la Garra Fría.

Aquéllas eran las Garras Frías, un conjunto tan vasto de masas de agua que no podía ser considerado sino un océano. Un inmenso mar interior de agua dulce, jalonado por montañas y montes y pantanos y unas pocas e indómitas civilizaciones que Fennec aseguraba conocer.

En su extremo más oriental, sólo una estrecha franja de tierra separaba al Mar de la Garra del agua salada del Océano Hinchado, una serpentina de roca montañosa de apenas cincuenta kilómetros de anchura. La afilada punta meridional del mar —la punta de la garra— se encontraba casi directamente al norte de Nueva Crobuzón, apenas a mil doscientos kilómetros de distancia. Pero los pocos viajeros que tomaban aquel camino tenían que desviarse en dirección oeste y llegaban a las aguas del Mar de la Garra Fría a unos trescientos kilómetros de su vértice sur. Y ello porque, alojado como una impureza en la punta del mar, había un lugar extraordinario y peligroso, una mezcla de isla, ciudad hundida y mito. Unas quebradas anfibias de las que el mundo civilizado no sabía nada salvo que existían y eran peligrosas.

Aquel lugar era conocido como Las Gengris.

Se decía que allí vivían los grindilú, demonios acuáticos, monstruos, o tal vez hombres y mujeres de una raza degenerada por causa de la endogamia. Dependía de quien contara la historia. Se decía que estaban malditos.

Los grindilú o Las Gengris (la distinción entre la raza y el lugar no estaba del todo clara) controlaban la región sur del Mar de la Garra Fría con un poder invencible y una aislacionismo cruel y caprichoso. Sus aguas eran letales y nadie había podido cartografiarlas.

Y aquí estaba Fennec asegurando… ¿el qué? ¿Que había vivido allí?

—No es del todo cierto que no viva ningún extranjero allí —estaba diciendo en este momento y Bellis acalló sus pensamientos para poder escucharlo—. Hay incluso unos pocos humanos nativos, nacidos y criados en Las Gengris… —torció la boca—. Y «criados» es la palabra justa, aunque no estoy seguro de que «humano» lo siga siendo, ya no. Es como lo que todo el mundo piensa… un pedazo de Infierno allí en el agua, eso está claro. Pero, mierda, tratan con los mercaderes como cualquiera. Hay unos pocos vodyanoi, un par de humanos y… otras cosas. Pasé allí más de medio año. Oh, es más peligroso que ningún otro lugar que yo conozca, no me entiendas mal. Si comercias con Las Gengris sabes que las reglas… son muy diferentes. Y nunca los comprenderás. Yo llevaba allí seis semanas con el mejor amigo que tenía en el lugar, un vodyanoi de Jangsach que había pasado allí siete años, yendo y viniendo con mercancías… y se lo llevaron. Nunca supe lo que le había ocurrido ni por qué —dijo Fennec con sencillez—. Puede que insultase a unos de los dioses de los grindilú o puede que el cargamento de tripas de gato que les había suministrado no fuera lo bastante grande.

—¿Y por qué fuiste allí?

—Porque si logras sobrevivir —dijo él, excitado de repente— merece de veras la pena. En los tratos con los grindilú no existen razones, no tiene sentido regatear ni tratar de averiguar sus verdaderas intenciones. Te piden un cargamento de sal y cuentas de vidrio a partes iguales… estupendo. Nada de preguntas, nada de dudas, se lo llevas. ¿Fruta variada? Aquí la tenéis. Bacalao, serrín, resina, setas, me da igual. Porque, por Jabber, cuando te pagan, cuando están contentos… merece la pena.

—Pero te marchaste.

—Me marché —suspiró Fennec. Se levantó y empezó a revolver la alacena. Ella no dijo nada—. Pasé meses allí, comprando, vendiendo, explorando Las Gengris y sus alrededores… buceando, vamos… y escribiendo un diario —hablaba dándole la espalda, al tiempo que manoseaba una olla—. Entonces me enteré de que… había cometido una transgresión. De que los grindilú estaban enfadados conmigo y de que mi vida no valía nada a menos que me marchase muy deprisa.

—¿Qué habías hecho? —preguntó Bellis lentamente.

—No tengo ni idea —se apresuró a responder—. Ni la menor idea. Puede que los rodamientos que les había llevado fueran del metal equivocado o que la luna estuviera donde no debía o que un mago grindilú hubiera muerto y me culparan de ello. No lo sé. Lo único que sé es que tenía que marcharme. Dejé unas pocas cosas que les proporcionaron un falso rastro. Verás… a esas alturas ya conocía bastante bien la punta meridional del Mar de la Garra Fría. A ellos les gusta mantenerlo en secreto pero yo podía orientarme por la zona mejor de lo que se supone que debía hacer un extranjero. Existen túneles, fisuras en las montañas que comunican el Mar de la Garra Fría con el Océano Hinchado. Utilizándolas llegué hasta la costa.

Se detuvo y miró al cielo. Eran casi las cinco de la mañana.

—Mi idea era dirigirme al sur en cuanto llegase al océano, pero me vi arrastrado hasta los extremos del canal. Que es donde las jaibas me encontraron.

—Y esperaste a que llegara un barco de Nueva Crobuzón para que te llevara a casa —dijo Bellis. Él asintió—. Íbamos en la dirección equivocada, de modo que decidiste hacerte con el mando… con los poderes que te otorgaba tu pequeño documento.

Le estaba mintiendo o le ocultaba una parte importante de la verdad. Eso era tan evidente que resultaba trivial pero Bellis no comentó nada. Si quería variar su historia lo haría. Ella no iba a acosarlo.

Mientras se reclinaba en su silla, con la taza de té a medio beber en el suelo, sintió una súbita oleada de cansancio, tan repentina que hasta le costaba hablar. Vio que las primeras y enfermizas luces de la mañana empezaban a aparecer y supo que era demasiado tarde para acostarse.

Fennec la observaba. Vio que la fatiga la doblegaba. Él no estaba tan dormido. Se preparó una nueva taza de té mientras los embates del sueño la azotaban como pequeñas olas. Flirteaba con los sueños.

Fennec empezó a contarle historias sobre el tiempo que había pasado en el Cromlech Alto.

Le habló de los olores de la ciudad, polvo de pedernal y podredumbre y ozono, mirra y especias de embalsamado. Le habló de la quietud reinante y de los duelos y de la casta enaltecida de hombres con los labios cosidos. Le describió el descenso de la Avenida de los Huesos, grandes casas a cada lado sobre vistosos catafalcos y las Reventadoras al fondo, kilómetros y kilómetros de montañas. Habló durante casi una hora.

Bellis permanecía sentada con los ojos abiertos, dando un respingo de tanto en cuanto al recordar que seguía despierta. Y mientras las historias de Fennec progresaban hacia el este, por encima de más de dos mil kilómetros, y empezaba a hablarle de las capillas de malaquita de Las Gengris, se dio cuenta de que se alzaba desde abajo una cosecha creciente de gritos y voces, de que Armada estaba despertando a su alrededor y en ese momento se puso en pie y se alisó el pelo y la ropa y le dijo que tenía que marcharse.

—Bellis —dijo él desde las escaleras. Antes, cuando había utilizado por primera vez su nombre de pila, había sido en la espuria proximidad de la noche. Escuchar cómo la llamaba Bellis, así, con el sol en el cielo y la gente despierta a su alrededor, era diferente. Pero no dijo nada y le dio permiso para continuar—. Bellis, gracias de nuevo. Por… protegerme. Por no decir nada sobre la carta —ella lo miró, impasible, y no dijo nada—. Confío en volver a verte pronto. Espero que todo vaya bien.

Y ella siguió sin decir nada, consciente de la distancia que la luz del día había interpuesto entre ellos y de las muchas cosas que él no le estaba contando. Pero la verdad es que no le importaría volver a verlo. Había pasado mucho tiempo desde que mantuviera una conversación como la de aquella noche.

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