La Cicatriz
Segunda parte: Sal » 10
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Había pocas nubes aquella mañana. El cielo estaba duro y vacío.
Tanner Sack no iba a los muelles. Sólo estaba paseando entre las moles industriales que rodeaban su casa. Tomó una ruta que llevaba a la pequeña maraña de embarcaciones amarradas junto a los muelles, salpicadas de pubs y docenas de callejones. Sus extremidades marinas, sus tentáculos, se movían de forma inconsciente mientras el pavimento se mecía al ritmo del mar.
Estaba rodeado por ladrillos y vigas embreadas. Los sonidos de los barcos factoría y de la plataforma Sorghum decaían a su espalda mientras se perdía por los laberintos de la ciudad. Sus tentáculos se agitaban y se movían con mucha suavidad. Estaban envueltos en sedantes vendajes empapados en agua de mar.
La última noche, por tercera vez consecutiva, Shekel no había ido a dormir a casa.
De nuevo estaba con Angevine.
Tanner pensaba en Shekel y la mujer, un poco avergonzado por sus propios celos. Celos de Shekel o de Angevine… era un nudo demasiado enmarañado como para desatarlo. Trataba de no sentirse abandonado. Sabía que no hubiera sido justo. Decidió que seguiría ocupándose del muchacho pasase lo que pasase, conservaría un hogar para cuando quisiera regresar y lo dejaría marchar con tanta elegancia como fuese capaz de fingir.
Sólo le daba pena que hubiese pasado tan deprisa.
Tanner podía ver los mástiles del Grande Oriente, dominando los cielos a estribor. Los aeróstatos navegaban como sumergibles entre los aparejos de la ciudad. Descendió hasta el Mercado de Invercaña y recorrió sus pequeños barcos acosado por vendedores madrugadores.
En aquel lugar el agua estaba muy próxima, justo por debajo de sus pies. Se desbordaba, inundada de porquería, entre los botes que formaban el bazar. Su olor y su sonido eran intensos.
Cerró los ojos un momento y se imaginó a sí mismo deslizándose por las frías y saladas aguas. Descendiendo, sintiendo el incremento de la presión mientras el mar lo abrazaba. Acariciando los peces al pasar con los tentáculos. Desvelando los secretos del vientre sumergido de la ciudad: las formas siniestras en la lejanía; los jardines de pulpa y algas.
Tanner sintió que su determinación flaqueaba y empezó a caminar más aprisa.
En la Espuela del Reloj estuvo a punto de perderse. Revisó cuidadosamente el mapa garabateado que llevaba consigo y a continuación marchó por serpenteantes paseos tendidos sobre botes bajos y a lo largo de carabelas vistosamente reconstruidas hasta llegar al Señor de las Dunas, una antigua y voluminosa cañonera. Una torre de aspecto inestable, sujeta con cables a los aparejos, se tambaleaba en la parte trasera del barco.
Aquél era un barrio tranquilo. Incluso el agua que discurría entre las embarcaciones parecía más apacible. Era un barrio de taumaturgos y boticarios, los científicos de Libreros.
Desde la oficina situada en lo alto de la torre, Tanner se asomó por una ventana de trazo imperfecto. Por encima del inestable paisaje de navíos podía ver el horizonte, que se inclinaba suavemente de un lado a otro de la ventana conforme el Señor de las Dunas se escoraba con las aguas.
En sal no existía una palabra para los Rehechos. Ni las mejoras ni las transformaciones importantes eran habituales. Las operaciones de más envergadura a las que se sometían quienes habían pasado por las factorías de castigo de Nueva Crobuzón o, en raras ocasiones, quienes querían algún cambio, estaban en manos de un puñado de individuos. Biotaumaturgos autodidactos, médicos y cirujanos especialistas y —así lo aseguraban los rumores— unos pocos exiliados de Nueva Crobuzón, cuya destreza había sido afinada por los años pasados al servicio de la maquinaria punitiva del estado.
Para designar estos cambios serios, se había adoptado la palabra del ragamol. Era esa palabra ragamol la que llenaba la boca de Tanner.
Volvió los ojos hacia el hombre que esperaba pacientemente tras el escritorio.
—Necesito su ayuda —le dijo, titubeando—. Quiero ser Rehecho.
Tanner llevaba mucho tiempo pensándolo.
Aquella comunión con el mar parecía algo innato en él. Cada día pasaba más tiempo sumergido y se encontraba más cómodo en el agua. Sus nuevas extremidades se habían adaptado por completo y ya eran tan fuertes y casi tan prensiles como sus brazos y sus manos.
Había espiado con envidia a Juan el Bastardo, el delfín, mientras hacía la ronda, cruzando las aguas con un movimiento inimitable (mientras se lanzaba sobre algún trabajador vago para castigarlo con una brutal acometida), a las jaibas en sus barcos medio hundidos (sumergidos hasta que estaban a punto de perderse y salvados justo a tiempo) o a los extraños tritones de Soleado cuando se tiraban al agua sin el estorbo de los trajes de buzo o las cadenas.
Cuando Tanner salía del mar, los tentáculos le parecían pesados e incómodos. Pero cuando estaba dentro, con su traje de cuero y latón, se sentía maniatado, disminuido. Quería nadar libremente, hacia un lado y hacia arriba, hacia la luz, y sí, incluso hacia abajo, hacia la fría y silenciosa oscuridad.
Sólo podía hacer una cosa. Había considerado la posibilidad de pedirle a la dirección del puerto que lo subvencionara. Y seguramente lo harían, pues de aquel modo obtendrían un trabajador infinitamente más eficiente. Pero conforme pasaban los días y su resolución iba en aumento, había abandonado ese plan y había empezado a ahorrar sus ojos y banderas.
Aquella mañana, sin Shekel en casa y mientras el claro cielo lo bañaba con una brisa salada, se dio cuenta de que aquello era lo que de verdad quería hacer, completamente y sin la menor sombra de duda. Y con gran alegría comprendió que si no iba a pedir el dinero no era porque se avergonzase ni porque fuera demasiado orgulloso, sino sólo porque quería que la decisión y el proceso fueran, completa y únicamente y sin la menor confusión, suyos.
Cuando no estaba con Angevine (momentos que permanecían en su cabeza, como sueños), Shekel se encontraba en la biblioteca, moviéndose entre las montañas de libros infantiles.
Ya había conseguido superar El Huevo Valiente. La primera vez le había llevado horas. Había vuelto a empezar una y otra vez, lo más deprisa que le era posible, copiando las palabras que al principio no comprendía y deletreando los sonidos lentamente hasta que el significado se abría camino a la fuerza entre aquellas formas separadas.
Al principio era difícil y antinatural, pero poco a poco el proceso empezó a resultarle más sencillo. Releía el libro constantemente, cada vez más deprisa, no interesado por la historia sino pasto de una voracidad por la sensación insólita del significado que acudía a él desde la página, desde detrás de las letras, como un preso fugado. Era tan intenso e inquietante que casi le daba nauseas, casi le hacía sentir como si estuviera vomitando. Utilizó la técnica con más palabras.
Estaba rodeado por ellas: señales visibles en los comercios de la calle que se veía al otro lado de su ventana, carteles en la biblioteca y por toda la ciudad y placas de latón en su ciudad natal, en Nueva Crobuzón, un clamor silencioso. Y supo que de ningún modo volverían todas aquellas palabras a ensordecerlo.
Cuando Shekel terminó El Huevo Valiente, estaba lleno de rabia.
¿Cómo es que nadie me lo dijo?, pensó, enardecido. ¿Por qué coño me robaron esto?
Cuando fue a buscar a Bellis a su pequeña oficina de la Sala de Lectura, sus modales la sorprendieron.
Estaba muy cansada a causa de la visita de Fennec pero hizo un esfuerzo para concentrarse en el muchacho y le preguntó cómo le iba con la lectura. Para su sorpresa, encontró conmovedor el fervor con el que respondió.
—¿Cómo está Angevine? —le preguntó y Shekel trató de decir algo pero no pudo. Bellis lo miró a los ojos.
Había esperado la jactancia y desmesura propias de un adolescente, pero Shekel estaba visiblemente paralizado por emociones que aún no había aprendido a sentir. Experimentó una inesperada oleada de afecto hacia él.
—Estoy un poco preocupado por Tanner —le dijo lentamente—. Es mi mejor amigo y creo que se siente un poco… abandonado. No quiero que se harte y se marche, ¿sabe? Es mi mejor amigo —y empezó a hablarle sobre su amigo Tanner Sack y, al hacerlo, le dejó saber, no sin timidez, cómo le iban las cosas con Angevine.
Ella esbozó una sonrisa para sus adentros: una táctica de adulto y la había utilizado a la perfección.
Le habló de su casa en el barco factoría. De las grandes formas que Tanner había entrevisto en el agua. Empezó a recitar palabras de las cajas y libros que había en la habitación. Las dijo en voz alta y las escribió en trozos de papel, las dividió en sílabas, tratando cada palabra con idéntico y analítico desinterés, ya fueran participios, verbos, sustantivos o nombres de pila.
Mientras cambiaban de sitio una caja de panfletos botánicos, se abrió la puerta de la oficina y pasó un hombre entrado en años de la mano de una mujer Rehecha. Shekel se sobresaltó y fue hacia ellos.
—Ange… —empezó a decir, pero la mujer (al tiempo que avanzaba impulsada por un convulso armatoste de peltre que ocupaba el lugar de sus piernas) negó con la cabeza rápidamente y cruzó los brazos. El hombre del pelo cano esperó a que concluyera la muda interacción de Angevine y Shekel. Mientras lo observaba con cautela, Bellis se dio cuenta de que era el mismo que había dado la bienvenida a Johannes a la ciudad, Tintinnabulum.
Era bastante fornido y se mantenía erguido a pesar de la edad. El barbudo rostro de anciano, enmarcado en una cabellera blanca que le crecía hasta los hombros, parecía haber sido trasplantado a un cuerpo más joven. Volvió los ojos hacia Bellis.
—Shekel —dijo Bellis con voz tranquila—. ¿Te importaría salir un momento? —pero Tintinnabulum la interrumpió.
—No hay necesidad —dijo. Su voz, digna y melancólica, parecía muy distante. Empezó a hablar en un correcto ragamol con un poco de acento—. Es usted de Nueva Crobuzón, ¿verdad? —Ella no respondió y él asintió con lentitud, como si lo hubiese hecho—. Estoy hablando con todos los bibliotecarios… en especial con aquellos que, como usted, catalogan las nuevas adquisiciones.
¿Qué es lo que sabes de mí?, se preguntó Bellis, precavida. ¿Qué te ha contado Johannes? ¿O acaso sigue protegiéndome, a pesar de nuestra discusión?
—Aquí tengo… —Tintinnabulum le enseñó una hoja de papel— una lista de autores cuyos libros nos interesaría encontrar especialmente. Son escritores que pueden sernos de gran utilidad en nuestro trabajo. Le pedimos que nos ayude. Ya contamos con algunas de sus obras y estamos impacientes por encontrar cualquier otra. En otros casos se especifica que son los autores de volúmenes que estamos buscando. Sobre otros no sabemos más que rumores. Comprobará que las obras de tres de ellos ya figuran en el catálogo… estos libros ya los conocemos pero estamos interesados en todos los demás. También puede que uno o más de estos nombres aparezcan en la siguiente remesa de libros que llegue. O puede que lleven siglos en la biblioteca y se hayan extraviado en las estanterías. Hemos registrado cuidadosamente las secciones relevantes: biología, filosofía, taumaturgia, oceanología. Pero no hemos encontrado nada. Claro que podríamos haber cometido errores. Querríamos que mantuviera los ojos bien abiertos para nosotros, en los nuevos libros que vayan llegando, en los extraviados que encuentre detrás de las estanterías y siempre que catalogue volúmenes que no figuren aún en los registros.
Bellis tomó la lista y la examinó. Esperaba que fuera muy larga. Pero, en el centro mismo de la hoja, escritos con una pulcra letra mecanografiada, sólo había cuatro nombres. Ninguno de ellos le decía nada.
—Ésa es la base de nuestra lista —dijo Tintinnabulum—. Hay más… enviaremos una versión mucho más larga a los escritorios, pero estos cuatro nombres debe aprendérselos usted de memoria para poder buscarlos… con asiduidad.
Marcus Halprin. Aquél era un nombre de Nueva Crobuzón. Angevine le hacía disimuladas señas a Shekel mientras Tintinnabulum y ella se dirigían lentamente hacia la puerta.
Uhl-Hagd-Shajjer (Transliteración), leyó Bellis y a su lado el original, en la caligrafía lunar de Kadoh.
Debajo estaba el tercer nombre, A. M. Cazagar. De nuevo un nombre de Nueva Crobuzón.
—Halprin y Cazagar son autores relativamente recientes —le dijo Tintinnabulum desde la puerta—. Creemos que los demás son más antiguos… probablemente un siglo o dos. Le dejamos que siga con su trabajo, señorita Gelvino. Si encontrara algo de lo que buscamos, cualquier obra de estos autores que no figure en los catálogos, le ruego que venga a verme a mi barco. Es el que está anclado junto al extremo de estribor de Anguilagua, el Castor. Puedo asegurarle que cualquiera que nos ayude será recompensado.
¿Qué sabes de mí?, pensó Bellis ansiosamente mientras la puerta se cerraba.
Suspiró y volvió a mirar el papel. Shekel se asomó por encima de su hombro y empezó, con voz vacilante, a decir los nombres en alto.
Krüach Aum, leyó Bellis al fin, ignorando el lento progreso de Shekel por las sílabas. Qué exótico, pensó sardónicamente mientras observaba la escritura, una variante arcaica del ragamol. Johannes te mencionó. Es un nombre Kettai.
Tanto Halprin como Cazagar contaban con obras en los catálogos. Los de Cazagar eran los dos primeros volúmenes de Contra Benchamburg: una Teoría Radical del Agua. Los de Halprin eran Ecologías marítimas y La Biofísica del Agua de Mar.
Figuraba un gran número de obras de Uhl-Hagd-Shajjer, libros Khadohi que no parecían superar las cuarenta páginas de extensión por término medio. Bellis estaba lo bastante familiarizada con el alfabeto lunar como para tener una idea aproximada de cómo sonaban los títulos pero no tenía la menor idea de lo que significaban.
De Krüach Aum no había nada.
Bellis observaba a Shekel mientras éste se enseñaba a sí mismo a leer, revolviendo las hojas en las que había escrito palabras difíciles, garabateando otras nuevas a su lado al tiempo que pronunciaba los sonidos, copiando palabras de todos los papeles que lo rodeaban, de los archivos, de la lista de nombres que Tintinnabulum le había dejado a ella. Era como si en algún momento del pasado el muchacho hubiera sabido leer y ahora estuviera recordando.
A las cinco se sentó con ella y repasaron juntos El Huevo Valiente. Shekel respondió a sus preguntas sobre las aventuras del huevo ciñéndose con mucha pulcritud al cómic. Ella pronunció las palabras que no entendía, sílaba por sílaba, y lo guió por las confusiones de las letras mudas o irregulares. Él le dijo que había preparado otro libro, que lo había leído en la propia biblioteca aquel día.
Aquella noche, por vez primera, Bellis mencionó en su carta a Silas Fennec. Se burlaba de su seudónimo pero admitía que su compañía, a pesar de su aire presuntuoso, había supuesto un alivio a varios días de soledad. Continuó trabajando con el Estudio sobre las Bestias de Johannes. Se preguntaba si Fennec volvería a aparecer y al ver que no lo hacía se fue a la cama con un irritado ataque de aburrimiento.
Soñó, y no por vez primera, con el viaje por río hasta la Bahía de Hierro.
Tanner soñó con ser Rehecho.
Volvía a encontrarse en la factoría de castigo de Nueva Crobuzón, donde sus nuevas extremidades le habían sido concedidas en desgarradores y narcóticos minutos de dolor y humillación. De nuevo resonaba en el aire un clamor de ruidos industriales y gritos; yacía maniatado sobre la madera pero esta vez el hombre que se inclinaba sobre él no era un biotaumaturgo enmascarado, sino el cirujano de Armada.
Al igual que había ocurrido el día anterior, el cirujano le mostraba gráficos de su cuerpo, con marcas rojas allí donde había trabajo que hacer, enmiendas marcadas como correcciones en un cuaderno de caligrafía infantil.
—¿Me dolerá? —preguntó Tanner y la factoría de castigo se esfumó, y el sueño se esfumó, pero la pregunta permaneció. ¿Me dolerá?, pensó mientras yacía en la habitación solitaria.
Pero cuando estuvo de nuevo bajo el agua lo abrumó la añoranza y se dio cuenta de que temía menos al dolor que sentir aquella nostalgia para siempre.
Angevine le dijo a Shekel —con severidad— cómo debía tratarla mientras estuviera trabajando.
—No puedes hablarme de esa manera, chico —le dijo—. Llevo años trabajando con Tintinnabulum. Anguilagua me paga por cuidar de él, lo hace desde que lo trajeron aquí. Él me ha enseñado muchas cosas y le debo lealtad. Cuando esté trabajando no me estorbes, ¿de acuerdo?
Ahora le hablaba en sal la mayor parte del tiempo para obligarlo a aprender (era dura con él, quería traérselo a la ciudad sin demora). Mientras se volvía para marcharse, Shekel la detuvo y le dijo entre titubeos que no creía que pudiera pasar por su camarote aquella noche, que sentía que debía pasar una noche con Tanner, quien debe de sentirse un poco bajo de ánimo, dijo.
—Es bueno que pienses en él —le dijo ella. Estaba creciendo muy deprisa y en muchos aspectos. La lealtad, la lujuria y el amor no eran bastante para ella. Eran los frecuentes atisbos del hombre que había debajo del muchacho los que atizaban la verdadera pasión que sentía por él, los que aleaban su vaga calidez maternal con algo más duro, más básico y que la dejaba sin aliento.
—Dale a él esta noche —le dijo—. Y ven a darme a mí la de mañana, mi amante.
Pronunció esta última palabra con cuidado. Él estaba aprendiendo a recibir con elegancia esos pequeños presentes.
Shekel pasó varias horas a solas en la biblioteca, entre la madera y la vitela, el cuero medio carcomido y el polvo del papel. Permanecía en la sección de ragamol, rodeado por libros que sacaba con cuidado y abría a su alrededor, textos e ilustraciones como flores en el suelo. Poco a poco iba conociendo historias sobre patos y niños pobres que se convertían en reyes y batallas contra los trow y la historia de Nueva Crobuzón.
Anotaba todas aquellas palabras difíciles cuyos sonidos intentaban escapársele. Curioso, sable, penoso, Jhesshul, Krüach. Las practicaba sin descanso.
Mientras vagaba entre las estanterías llevaba sus libros consigo y al final del día los devolvía a sus estantes, sin servirse de las signaturas, que no comprendía, sino de reglas mnemotécnicas inventadas por él mismo que le decían que éste iba entre el rojo grande y el pequeño de lomo azul y este otro al fondo, junto al libro con el dibujo de una aeronave.
Hubo un momento terrible de pánico. Sacó un libro de la pared y las formas de su interior, todas las letras, le resultaban conocidas pero mientras se sentaba frente a ellas y empezaba a deletrearlas, esperando que las palabras se formasen en su cabeza, se encontró con un galimatías. No tardó en ponerse frenético, temiendo haber perdido todo cuanto había aprendido hasta el momento.
Pero entonces se dio cuenta de que había cogido un libro de una estantería que estaba justo al otro lado de la sección de ragamol; que compartía aquel alfabeto que ahora era el suyo pero que lo ensamblaba en un idioma diferente. Al comprender que aquellos glifos que había conquistado podían hacer lo mismo por tantísimos pueblos diferentes que no se entendían entre sí, se quedó aturdido. Le encantaba compartir esto con ellos.
Abrió más libros extranjeros y pronunció o trató de pronunciar los sonidos que formaban las letras y se rió al ver lo raro que sonaba todo. Miró con cuidado las ilustraciones y las comparó con las palabras. Al fin concluyó, inseguro, que en aquel idioma, aquella cadena concreta de palabras significaba «bote» y esta otra, «luna».
Con paso vacilante, se alejó un poco más de la sección de ragamol. Iba eligiendo libros al azar y se quedaba boquiabierto ante sus impenetrables historias. Recorrió los largos corredores de la sección de libros infantiles hasta que llegó a un nuevo estante y abrió un libro cuya escritura no conocía. Rió de puro deleite al ver aquellas extrañas curvas.
Siguió adelante y encontró otro alfabeto. Y un poco más allá, otro más.
Vivió horas de intriga y asombro explorando las estanterías de idiomas diferentes al ragamol. En aquellas palabras ininteligibles y aquellos alfabetos ilegibles encontró, no sólo un reverente asombro por la diversidad del mundo, sino también lo que quedaba del fetichismo del que había sido prisionero hasta aquel momento, cuando todos los libros eran para él como aquéllos, nada más que objetos mudos con masa y dimensión y color pero sin contenido.
Aunque ya no era lo mismo, no del todo. No era lo mismo ver aquellas páginas inextricables y saber que tendrían significado para algún niño extranjero, como El Huevo Valiente, La Historia de Nueva Crobuzón y La Avispa con Peluca le habían rendido el suyo a él.
Miró aquellos libros escritos en Kettai Base y Alto, Sunglari, Lubboc y Khadohi con una especie de fascinada nostalgia por su propio analfabetismo pero sin echarlo de menos por un solo momento.