La Cicatriz
Segunda parte: Sal » 11
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Cuando Bellis salió del Pincherman el sol estaba ya muy bajo y Silas la estaba esperando. Lo vio, apoyado contra una borda, buscándola con la mirada.
Al verla esbozó una sonrisa.
Comieron juntos y charlaron, enfrentados en un elegante duelo verbal. Bellis no sabía si se alegraba de verlo o es que simplemente estaba cansada de la soledad, pero sea como fuere agradecía su compañía.
Él tenía una sugerencia. Era Dilibro 4 de Halconeras, un día de la sangre para los costrados y en Vos y los Vuestros se celebraba un importante festival de lucha. Varios de los mejores luchadores del paseo de Sombras iban a participar para mostrar sus habilidades. ¿Había asistido alguna vez a un duelo de mortu crutt o de lucha callejera?
Le costó convencerla. Mientras vivía en Nueva Crobuzón nunca había visitado el alegre circo de Cadnebar o ningún otro de sus imitadores menores. La idea de asistir a esa clase de combates la repelía ligeramente y la aburría aún más. Silas se mostró insistente. Estudiándolo, se dio cuenta de que su deseo de asistir a las peleas no estaba motivado por sadismo o voyeurismo; no sabía lo que lo motivaba, pero era algo menos básico. O lo era de una manera diferente, acaso.
También se dio cuenta de que estaba ansioso por ir con ella.
Para llegar a Vos y los Vuestros sobrevolaron el paseo de Sombras, hogar de los costrados. Su aerotaxi se movió con parsimonia sobre una torre de vigas inclinada situada en la parte trasera del gran coloso de hierro, el Theriantropus y siguió hacia estribor.
Era la primera vez que Bellis visitaba Vos y los Vuestros. Ya era hora, se dijo, avergonzada. Estaba decidida a comprender la ciudad pero su resolución se arriesgaba a menguar y convertirse de nuevo en una nebulosa depresión.
El estadio se encontraba a proa del buque insignia de Vos y los Vuestros, un gran clíper cuyas velas habían sido rajadas para formar dibujos decorativos, en mitad de la parte trasera del paseo de los mercaderes. Era un anillo de pequeña embarcaciones con gradas de asientos en las cubiertas dirigidas hacia un círculo de mar. A lo largo de sus extremos colgaban las opulentas góndolas de varios dirigibles. Eran los palcos de los ricos.
En medio se encontraba el escenario propiamente dicho: una plataforma de madera cuyo perímetro estaba jalonado con las lámparas de gas de latón que la iluminaban y los barriles que la mantenían a flote. Aquélla era la arena en la que se luchaba: un círculo de barcos remozados y globos dispuesto en torno a un pedazo de madera a la deriva.
Con un poco de dinero y unas palabras, Silas les consiguió dos asientos de primera fila. Hablaba continuamente, en una voz baja que iba delineando a los políticos y personalidades que los rodeaban.
—Ése es el visir de Vos y los Vuestros —le explicó—. Ha venido a recuperar el dinero que perdió al principio del Cuarto. La mujer de allí, la del velo, nunca muestra su cara. Se dice que pertenece al Consejo de Raleas —sus ojos se movían constantemente sobre la muchedumbre.
Había vendedores de comida y vino especiado y corredores que gritaban las apuestas. El festival era sencillo y profano, como casi todo lo que ocurría en Vos y los Vuestros.
La multitud no era sólo humana.
—¿Dónde están los costrados? —dijo Bellis y Silas empezó a señalar, en apariencia de forma fortuita, por todo el estadio. Estiró el cuello para ver lo que le decía: estaba señalando seres humanos, pensó, aunque sus pieles eran de un gris pálido y eran de corta estatura, achaparrados y fuertes. Sus rostros lucían marcas de escarificación.
Sonaron unos cuernos y entonces, por medio de algún truco químico, las luces se tornaron rojas de repente. La multitud rugió de entusiasmo. A dos asientos de distancia de donde ella se encontraba, vio a una mujer cuya fisonomía revelaba que era una costrada. No gritaba ni vitoreaba sino que permanecía, sentada e inmóvil, en medio de aquel entusiasmo vulgar. Bellis podía ver a otros costrados que reaccionaban de forma similar, esperando estoicamente las batallas del día sagrado.
Al menos la sed de sangre era honesta, pensó despectiva. Había demasiados corredores de apuestas entre los costrados como para negar que aquello era una industria, por mucho que los ancianos de Sombras fingieran lo contrario.
Bellis se dio cuenta con ironía de que estaba tensa esperando a ver lo que ocurría. Ansiosa.
Cuando los tres primeros luchadores fueron transportados hasta la arena, la multitud guardó silencio. Los costrados, desnudos del todo salvo por unos taparrabos, saltaron a la plataforma y formaron un triángulo en el centro, espalda contra espalda.
Todos ellos tenían aplomo y eran musculosos y sus grises pieles lucían pálidas bajo la luz de gas.
Uno de los hombres parecía estar mirándola a los ojos. Las luces debían de estarlo cegando pero a pesar de ello le complacía imaginar que estaba actuando sólo para ella.
Los luchadores se arrodillaron y se bañaron con sendas infusiones humeantes del color del té verde. Bellis vio que en los cuencos había hojas y yemas.
Entonces se sobresaltó. Cada hombre sacó un cuchillo de su cuenco. Los empuñaron sin decir nada, todavía goteantes. Eran armas curvas, cuyo borde cortante se doblaba hacia dentro, como una garra o un garfio. Cuchillos para desollar. Algo concebido para rayar y cercenar la carne.
—¿Luchan con eso? —miró a Silas pero un súbito jadeo de asombro procedente de la muchedumbre hizo que se volviera de nuevo hacia el escenario. Su propio grito se le escapó un instante más tarde.
Los costrados se estaban grabando surcos en la carne.
El luchador que estaba frente a Bellis estaba trazando los contornos de sus músculos con crueles tajos. Clavó el cuchillo bajo la piel del hombro y a continuación, con precisión de cirujano, cortó a su alrededor y delineó con una línea roja el deltoides y el bíceps.
La sangre pareció titubear un segundo y entonces afloró, toda una erupción de ella, brotó de la fisura como agua hirviendo, a borbotones, como si la presión de aquellas venas fuese inconmensurablemente mayor que las de Bellis. Resbaló sobre la piel del hombre formando macabros regueros mientras éste movía los brazos de un lado a otro con ademanes expertos, canalizándola con algún designio que Bellis no alcanzaba a comprender. Observó, esperando a que una cascada de sangre ensuciase la plataforma, lo que no ocurrió, y se le heló el aliento en la garganta al ver que la sangre se estaba coagulando.
La sustancia brotaba a grandes borbotones de las heridas del hombre y se acumulaba sobre sí misma, y Bellis vio que los bordes de la herida estaban cubiertos por una costra de sangre coagulada, vastas concreciones de la sustancia, mientras el rojo se volvía poco a poco marrón y azul y negro y se congelaba formando extrusiones cristalinas que sobresalían varios centímetros de su piel.
La sangre que corría por sus brazos también se estaba asentando, se expandía a una velocidad imposible y cambiaba de color como un moho viviente. Los fragmentos de costra se solidificaban como sal o hielo.
El hombre volvió a hundir el cuchillo en el líquido verde y continuó cortando, lo mismo que sus camaradas, a su lado. Su rostro se contorsionó de dolor. Allí donde cortaba explotaba la sangre, que empezaba a discurrir por los canales de su anatomía hasta endurecerse formando una armadura de forma abstracta.
—El líquido es una infusión que frena la coagulación. Les permite darle forma a su armadura —le susurró Silas a Bellis—. Cada guerrero perfecciona su propio patrón de cortes. Eso forma parte de su habilidad. Los hombres rápidos se cortan y dirigen la sangre de manera que sus articulaciones queden libres y luego se arrancan el exceso de armadura. Los lentos y potentes se cubren de costra hasta que son tan torpes y están tan blindados como constructos.
Bellis no quería hablar.
Los crueles y cuidadosos preparativos de los hombres llevaban su tiempo. Cada uno de ellos se cortó en el rostro y el pecho, en el vientre y los músculos, hasta formar un integumento único de sangre seca, coraza y grebas y gorguera y yelmo de formas y coloraciones irregulares: extrusiones al azar, como coladas de lava, orgánicas y minerales al mismo tiempo.
El acto laborioso de los cortes le revolvió el estómago. La contemplación de aquellas armaduras tan cuidadosamente cultivadas en el dolor la dejó pasmada.
Después de aquella preparación cruel y hermosa, la pelea fue tan aburrida y desagradable como Bellis había esperado.
Los tres costrados, cada uno de los cuales blandía dos grandes cimitarras, empezaron a girar unos alrededor de otros. Frenados por sus insólitas armaduras, parecían animales de estrafalario plumaje. Pero la armadura era de un material más duro que el cuero hervido en cera y repelía los golpes de las gruesas espadas. Después de un prolongado y sudoroso intercambio, cayó un trozo de costra del antebrazo de uno de los luchadores y el más rápido de sus enemigos lo hirió.
Pero la sangre de los costrados proporcionaba otra defensa. Mientras la carne del hombre se abría, la sangre manó a borbotones sobre la hoja de su enemigo. Sin la presencia del anticoagulante, se endureció casi en el instante mismo en que tocaba el aire, formando un tosco grumo sin forma que envolvió el metal de la cimitarra como si estuviera soldado a ella. El herido vociferó y se revolvió y le arrancó la espada de la mano a su enemigo. El arma se meneaba de forma ridícula en su herida.
El tercer hombre se adelantó un paso y le cortó el cuello.
Se movió con rapidez, en un ángulo tal que aunque su hoja estaba cubierta de roja sustancia que empezaba a coagularse, no se vio atrapada por el glaciar de sangre que emergía de la herida y se solidificaba sobre ella.
Bellis contuvo el aliento, aterrada, pero el hombre que había sido derrotado no murió. Había caído de rodillas, presa de una agonía evidente, pero la orla de costra había sellado la herida de inmediato y le había salvado la vida.
—¿Ves lo difícil que es matarlos en la arena? —murmuró Silas—. Si quieres matar a un costrado, usa un garrote o cualquier otra arma contundente, no una espada —miró un instante a su alrededor y entonces habló, con intensidad y cautela, dejando que la algarabía de los espectadores ocultase su voz—. Tienes que tratar de aprender cosas, Bellis. Quieres vencer a Armada, ¿no es así? ¿Quieres escapar? Tienes que saber dónde estás. ¿Estás acumulando conocimientos? Por el esputo de los Dioses, Bellis, créeme, eso es lo que yo hago. Ahora ya sabes cómo no debes tratar de matar a un costrado, ¿verdad?
Ella se lo quedó mirando, los ojos muy abiertos por la sorpresa, pero su brutal lógica tenía sentido. Aquel hombre no se comprometía con nada y lo cotejaba todo. Lo imaginó haciendo lo mismo en el Cromlech Alto y Las Gengris y Yoraketche, reuniendo dinero e información e ideas y contactos, todo ello materia prima, todo ello un arma o una mercancía en potencia.
Era, se dio cuenta con incomodidad, más serio, mucho más serio que ella. Estaba preparando y urdiendo planes en todo momento.
—Tienes que saber —le dijo él—. Y hay más. Debes conocer a algunas personas.
Hubo más peleas de costrados, ejercicios todos ellos de aquel salvajismo extrañamente comedido: diferentes variedades de armadura-costra, diferentes estilos de lucha ejecutados todos con los estilizados movimientos y la ostentación del mortu crutt.
Y luego hubo otras peleas, entre humanos y cactos y todas las razas no acuáticas de la ciudad: espectáculos de lucha callejera.
Los combatientes utilizaban la parte baja de sus puños, como si estuviesen dando un golpe sobre una mesa: un golpe llamado martillazo. No golpeaban con la puntera de los pies sino con la base. Daban vueltas y tirones, se arrojaban al suelo y golpeaban, con una sinuosidad rápida y convulsa.
Bellis presenció minutos y minutos de narices rotas, magulladuras, desmayos. Las peleas se confundieron hasta convertirse en una sola. Trató de ver las posibilidades de todo, trató de asimilar lo que veía, como sabía que Silas estaba haciendo.
Unas olas pequeñas lamían la base del escenario y se preguntó cuándo terminaría el espectáculo.
Bellis escuchó un sonido rítmico y retumbante en la multitud.
Al principio era un murmullo, un murmullo repetido que palpitaba bajo los susurros de los espectadores como un latido. Pero fue ganando en fuerza y se hizo más ruidoso e insistente y la gente empezó a mirar a su alrededor y a sonreír y a sumar sus voces al murmullo con excitación creciente.
—Sí… —dijo Silas. Alargó la palabra con un deleite intenso y duro—. Por fin. Esto es lo que quería ver.
Al principio el ruido le sonó a Bellis como un eco de tambores, tambores de voz. Luego, de repente, como una exclamación, Oh, Oh, Oh, repetida con un ritmo perfecto, acompañada por palmadas de los brazos y golpes de los pies.
Sólo cuando el frenesí alcanzó su propia embarcación se dio cuenta de que era palabra.
—Doul —se alzó por todas partes a su alrededor—. Doul, Doul, Doul.
Un nombre.
—¿Qué están diciendo? —le susurró a Silas.
—Llaman a alguien —le dijo, mientras sus ojos registraban los alrededores—. Quieren un espectáculo. Quieren ver pelear a Uther Doul.
La obsequió con una sonrisa fría y fugaz.
—Lo reconocerás —le dijo—. Sabrás quién es cuando lo veas.
Y entonces la percusión del nombre se deshizo en vítores y aplausos, una oleada extática que crecía y crecía mientras uno de los pequeños dirigibles amarrados a los aparejos se ponía en marcha y se iba aproximando poco a poco a la arena. Su emblema mostraba un vapor contra una luna roja, el símbolo de Anguilagua. La góndola que arrastraba era de madera barnizada.
A veinte metros sobre la arena, una cuerda descendió desde el aeróstato. Los chillidos de los espectadores eran extraordinarios. Con gran destreza y velocidad, un hombre saltó desde la barcaza y se deslizó, mano sobre mano, hasta el escenario manchado de sangre.
Se irguió, descalzo y con el pecho desnudo, ataviado tan sólo con unos pantalones de cuero. Con los brazos relajados fue rotando lentamente para abarcar con la mirada a toda la multitud (frenética ahora que había accedido a descender para pelear). Y mientras sus ojos pasaban lentamente sobre el rostro de Bellis, ésta se aferró a la barandilla que tenía delante, la respiración entrecortada por un instante, al reconocer al hombre rapado, el hombre de gris, el asesino que había abordado el Terpsícore.
Un puñado de hombres fue obligado a salir a la arena para pelear con él.
Doul —el carnicero de semblante triste, el asesino del capitán Myzovic— no se movió, no se estiró ni saltó ni tensó los músculos de ninguna manera. Simplemente se quedó allí, esperando.
Cuatro oponentes aguardaban, intranquilos, en un extremo de la arena. Sobre ellos resonaba el entusiasmo de la audiencia, gritos y ruidos por todas partes mientras los cuatro se agitaban y discutían sus tácticas entre murmullos.
El rostro de Doul estaba por completo vacío. Cuando sus rivales se desplegaron a su alrededor, él adoptó lentamente la postura de la lucha callejera, los brazos ligeramente alzados, las rodillas dobladas, con aspecto muy relajado.
En los primeros, brutales y pasmosos segundos, Bellis ni siquiera pudo respirar. Una mano en la boca, los labios muy apretados. Entonces empezó a emitir pequeños jadeos de asombro con el resto de la muchedumbre.
Uther Doul no parecía vivir en el mismo tiempo que todos los demás. Parecía un visitante del espacio, llegado a un mundo mucho más torpe y lento que el suyo. A pesar de su constitución fornida, se movía con tal velocidad que hasta la gravedad parecía operar más deprisa para él.
No hacía un solo movimiento de más. Mientras alternaba entre patada y martillazo y bloqueo, sus miembros se deslizaban por las posturas siguiendo las rutas más precisas, económicas y rápidas, como máquinas.
Lanzó un golpe con la mano abierta y un hombre cayó; se hizo a un lado con un paso y, apoyado sobre una sola pierna, le propinó una patada en el plexo solar a un segundo y a continuación utilizó la pierna levantada para bloquear el ataque del tercero. Giraba y se agachaba sin florituras, con precisión brutal, despachando a sus rivales con toda facilidad.
Acabó con el último con una proyección; le sujetó el brazo en el aire y atrajo todo su cuerpo tras él. Doul pareció rodar en el aire, preparando su cuerpo mientras caía y aterrizó directamente sobre la espalda del otro, aprisionando su brazo e inmovilizándolo.
Hubo un largo silencio y entonces un estallido de gozo de la multitud, como el borbotón de sangre de un costrado, una oleada de aplausos y vítores.
Bellis observaba y sintió que se enfriaba y volvió a contener la respiración.
Los caídos se levantaron por su propio pie o fueron sacados a rastras mientras Uther Doul se erguía, respirando rápida pero rítmicamente, los brazos ligeramente separados del cuerpo, las estribaciones de su musculatura empapadas con su sudor y la sangre de otros.
—El guardián de los Amantes —dijo Silas en medio del frenesí de la muchedumbre—. Uther Doul. Erudito, refugiado, soldado. Experto en teoría probabilística, en la historia de los Espectrocéfalos y en lucha. El guardián de los Amantes, su lugarteniente, su asesino, su brazo armado y su campeón. Esto es lo que tenías que ver, Bellis. Esto es lo que está tratando de evitar que nos marchemos.
Se marcharon y regresaron por los oscuros y serpenteantes caminos de Vos y los Vuestros en dirección a Sombras, Anguilagua y el Cromolito.
Ninguno de los dos habló.
Al terminar la pelea de Doul, Bellis había visto algo que la había sobresaltado y asustado. Mientras se volvía, con las manos apretadas, la respiración entrecortada y el pecho tirante, había visto su rostro.
Estaba tenso, cada músculo apretado para conformar una mirada de salvajismo animal que no se parecía a nada que ella hubiera visto en una cara humana.
Entonces, un segundo más tarde, ya victorioso, se había vuelto para saludar a la multitud y de nuevo ostentaba la apariencia de un contemplativo sacerdote.
Bellis era capaz de imaginarse una especie de fatuo código de guerrero, un misticismo que abstraía la violencia del combate y le permitía a uno pelear como un hombre santo. Y, del mismo modo, era capaz de imaginarse un estado de salvajismo puro en el que uno se veía poseído por una crueldad atávica en un arrebato guerrero. Pero la combinación de que Doul hacía gala la había dejado pasmada.
Pensaba en ello más tarde, tendida en su cama mientras escuchaba el sonido de una tenue lluvia. Se había preparado y recuperado como un monje, había peleado como una máquina y parecía haberse sentido como una bestia depredadora. Aquella tensión la atemorizaba mucho más que las habilidades de combate que había demostrado. Éstas podían aprenderse.
Bellis ayudó a Shekel con sus libros, que se hacían más complejos a cada hora que pasaba. Cuando se separaron, lo dejó explorando de nuevo la sección infantil y regresó a la habitación en la que Silas la estaba esperando.
Bebieron té y hablaron de Nueva Crobuzón. Él parecía más silencioso, más taciturno que de costumbre. Le preguntó qué le pasaba y él no pudo más que negar con la cabeza. Parecía indeciso. Por primera vez desde que se conocían, Bellis sintió algo parecido a lástima o preocupación por él. Quería decirle o preguntarle algo y esperó.
Le contó lo que Johannes le había dicho. Le enseñó los libros del naturalista y le explicó que estaba tratando de desentrañar el secreto de Armada de aquellos volúmenes, sin siquiera saber lo que era importante o las partes de su contenido que podían ser pistas.
A las once y media, tras un silencio prolongado, Silas se volvió hacia ella.
—¿Por qué te marchaste de Nueva Crobuzón, Bellis? —le preguntó.
Ella abrió la boca y todas las excusas de costumbre acudieron a su garganta pero guardó silencio.
—Tú amas Nueva Crobuzón —continuó—. O… no sé si ésa es la mejor manera de expresarlo. Tú necesitas Nueva Crobuzón. No puedes abandonarla, así que no tiene sentido. ¿Por qué ibas a marcharte?
Bellis suspiró pero la pregunta no desapareció.
—¿Cuándo fue la última vez que estuviste en Nueva Crobuzón? —dijo.
—Hace más de dos años —calculó él—. ¿Por qué?
—¿Te llegaron noticias, mientras estabas en Las Gengris…? ¿Oíste hablar alguna vez de la Pesadilla Estival? ¿De la Maldición Onírica? ¿La Enfermedad del Sueño? ¿El Síndrome Nocturno?
Silas estaba agitando las manos en un gesto vago, mientras trataba de atrapar el recuerdo.
—Algo me contó un mercader, hace unos pocos meses…
—Ocurrió hace cosa de seis meses —dijo ella—. En Tathis, Sinn… durante el verano. Algo pasó. Algo malo con… con las noches —negó con la cabeza sin convicción. Silas no mostraba escepticismo—. Aún no tengo ni idea de lo que fue… es importante que sepas eso. Ocurrieron dos cosas. Las pesadillas. Ésa fue la primera. La gente estaba teniendo pesadillas. Y quiero decir que todo el mundo estaba teniéndolas. Como si todos hubiéramos… respirado un aire enrarecido o algo así.
Las palabras resultaban inadecuadas. Recordaba el cansancio, las miserias, las semanas de temor a la noche. Los sueños de los que despertaba gritando y sollozando como una histérica.
—La segunda cosa… Hubo una… enfermedad o algo por el estilo. Por todas partes la gente empezó a sufrirla. Todas las razas. Hacía algo… mataba la mente y no quedaba más que el cuerpo. Los encontraban a la mañana siguiente, en las calles o en la cama o donde fuera, vivos pero… sin mente.
—¿Y las dos cosas estaban relacionadas?
Ella lo miró un instante y asintió pero enseguida negó con la cabeza.
—No lo sé. Nadie lo sabe pero parece que sí. Y un día todo terminó, de repente. La gente había estado hablando sobre la ley marcial, sobre la milicia que estaba saliendo abiertamente a las calles… Era una crisis. Lo que te digo es que fue algo horrendo. Empezó sin ninguna razón, arruinó nuestro sueño y le robó la mente a centenares de personas… nunca lograron curarlos… y de repente terminó. Sin razón.
Continuó al cabo de unos instantes.
—Después de que todo se calmara empezaron los rumores… Hubo un millar de rumores diferentes sobre lo que había ocurrido. Demonios, la Torsión, experimentos biológicos que habían salido mal, una nueva raza de vampiros… Nadie lo sabía con certeza pero había ciertos nombres que aparecían una y otra vez. Y entonces, a principios de Octuario, empezaron a desaparecer personas que yo conocía. Al principio no escuché más que rumores sobre el amigo de un amigo al que nadie lograba encontrar. Entonces, poco tiempo después, hubo otro y luego otro. Aún no había empezado a preocuparme. Nadie lo hacía. Pero nunca se los volvió a ver.
Al segundo lo había visto en una fiesta, algunos meses atrás. El tercero era alguien con quien había trabajado en la universidad y con el que tomaba una copa de vez en cuando. Y los rumores sobre la Pesadilla Estival… los rumores eran cada vez más insistentes y yo oía los nombres una y otra vez, hasta que… hasta que uno de ellos empezó a destacar por encima de todos los demás. Estaban acusando a alguien, una persona que relacionaba a todos los desaparecidos conmigo. Su nombre era der Grimnebulin. Es un científico y un… un renegado, supongo. Se ofrecía una recompensa por su cabeza. Ya sabes cómo opera la milicia, eran todo rumores y sugerencias, así que nadie sabía con exactitud a cuánto ascendía ni cuál era la razón, pero lo que estaba claro era que había desaparecido y que el gobierno estaba como loco por encontrarlo. Y estaban yendo a por las personas que lo conocían: colegas, conocidos, amigos, amantes. —Sostuvo la mirada de Silas con tristeza—. Él y yo habíamos sido amantes. Esputo de los Dioses, hace cuatro o cinco años. Seguramente llevábamos dos sin ni siquiera hablar. Se había juntado con una khepri, según me enteré —se encogió de hombros—. Fuera lo que fuese lo que había hecho, los hombres del Alcalde estaban tratando de encontrarlo. Y me di cuenta de que no tardaría en llegar el momento en que yo también desaparecería. Estaba paranoica, pero tenía buenas razones para ello. No iba a trabajar, evitaba a la gente que conocía y me di cuenta de que estaba esperando a que vinieran a por mí. Los milicianos —dijo con súbito celo— se comportaban como putos depredadores durante aquellos meses. Isaac y yo habíamos estado muy unidos. Habíamos vivido juntos. Sabía que la milicia me buscaba. Y puede que soltasen a algunos de los que cogían pero yo nunca oí de nadie que regresara. Y además no tenía respuestas para sus preguntas. Sólo los Dioses saben lo que me hubieran hecho.
Había sido una época funesta, miserable. Nunca había sido persona de muchos amigos y no se había atrevido a acudir a los pocos que tenía para no incriminarlos o por si los habían comprado. Recordaba los frenéticos preparativos, los tratos furtivos y los dudosos santuarios. Nueva Crobuzón había sido un lugar terrible durante aquellos tiempos, lo recordaba a la perfección. Opresivo y gélidamente tiránico.
—Así que hice planes. Me di cuenta… me di cuenta de que tenía que marcharme. No tenía dinero ni contactos en Myrshock o Shankell, ni tiempo para organizarme. Pero el gobierno paga a la gente por ir a Nova Esperium. —Silas empezó a asentir muy despacio. Bellis negó con la cabeza en una risotada desganada—. De modo que una rama de la administración me estaba cazando mientras otra procesaba mi solicitud de plaza y discutía el pago. Ésa es la ventaja de la burocracia. Pero yo no tenía mucho tiempo para jugar con ellos, así que embarqué en el primer barco que pude. Tuve que aprender Salkrikaltor para poder hacerlo. ¿Dos años? ¿Tres? —se encogió de hombros—. No sabía cuánto tiempo pasaría hasta que las cosas volvieran a ser seguras. Cada año arriba por lo menos un barco de casa a Nova Esperium. Tenía un contrato por cinco años pero no sería la primera vez que rompo un contrato. Pensé que me quedaría allí hasta que me olvidaran, hasta que algún otro enemigo público o crisis o lo que fuera desviara su atención. Hasta que me avisaran de que podía regresar sin peligro… Hay gente que sabe… que sabe adónde me dirigía —había estado a punto de decir donde estoy—. Y así fue —concluyó.
Se miraron el uno al otro durante largo rato.
—Por eso me marché.
Bellis estaba pensando en las personas a las que había abandonado, las pocas personas en las que había confiado y de repente se vio abrumada por lo mucho que los echaba de menos.
Aquéllas eran circunstancias desesperadas. Era una fugitiva, ansiosa, desesperada por regresar al lugar del que había huido. Sonrió con helado humor. Quería abandonar la ciudad por uno o dos años e intervinieron las circunstancias —ocurrieron algunas cosas— y en vez de ello me vi atrapada como bibliotecaria para el resto de mi vida en una ciudad pirata itinerante.
Silas guardaba silencio. Parecía conmovido por lo que le había contado y ella lo estudió y supo que estaba pensando en su propia historia. Ninguno de los dos se estaba lamentando. Pero habían terminado allí sin culpa o deseo algunos y no querían quedarse.
El silencio se prolongó varios minutos más en el interior de la sala. Fuera, por supuesto, continuaba el apagado rumor de los centenares de motores que los arrastraban hacia el sur. Y el arrullo de las olas; y los demás sonidos: los sonidos de la ciudad, los sonidos nocturnos.
Cuando Silas se puso en pie para marcharse, Bellis lo acompañó hasta la puerta; permaneció muy próxima a él, aunque sin tocarlo o mirarlo. Se detuvo al llegar a la entrada y sus ojos se encontraron, melancólicos. Siguió un segundo muy largo y entonces se inclinaron el uno sobre el otro, los brazos de Silas en la puerta, los de ella inmóviles a los costados, sin sujetarse a nada.
Se besaron y sólo sus labios y sus lenguas se movieron. Como si tuvieran miedo de moverse, como si no quisieran respirar o abrumar demasiado al otro con el contacto o el sonido pero aferrados a pesar de todo a la conexión que habían encontrado, cautelosos pero aliviados.
Cuando su largo y profundo beso terminó y empezaron a separarse, Silas se arriesgó a mover sus labios con suavidad y la buscó de nuevo con una sucesión de pequeños contactos de las bocas; y ella se lo permitió, a pesar de que aquel momento primero había pasado y aquellas diminutas codas tenían lugar en la realidad.
Bellis respiró despacio y lo miró directamente a los ojos y él le devolvió la misma mirada, por tanto tiempo como hubiera hecho de otro modo y abrió la puerta y salió al fresco del exterior y pronunció sus buenas noches con mucha quietud y no oyó que ella respondiera.