La Cicatriz

La Cicatriz


Segunda parte: Sal » 12

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Al día siguiente era Año Nuevo.

No, por supuesto, en Armada, donde sólo se distinguió por un ligero aumento de las temperaturas más propio de un otoño suave. Sus habitantes no ignoraban el hecho de que era el solsticio, el día más corto del año: pero no le daban demasiada importancia. Aparte de algunos comentarios alegres sobre la duración de las noches, el día pasó inadvertido.

Pero Bellis estaba segura de que no era el único de los ciudadanos de Nueva Crobuzón secuestrados que llevaba la cuenta del calendario de su hogar. Sospechaba que aquella noche se celebrarían discretas fiestas por todos los paseos. Calladas, para no alertar a los concejos o los alguaciles o a cualesquiera autoridades que hubiese en cada paseo, de que había personas en las atestadas terrazas y galeras de Armada que seguían siendo leales a calendarios alternativos.

Aunque también se daba cuenta, de una forma vaga, de que era una especie de hipocresía: el Año Nuevo nunca había significado nada para ella.

Para los armadanos era Dicuerno, el primer día de una nueva semana de nueve días y Bellis lo tenía libre. Se encontró con Silas en la cubierta del Grande Oriente.

La llevó al Parque Crum, en el extremo de estribor de Anguilagua. Se había sorprendido al saber que no lo había visitado aún y, mientras entraban y se sumergían entre sus veredas, ella entendió por qué.

El corazón del parque era una alargada franja de más de treinta y cinco metros de anchura y casi doscientos de longitud, situada sobre el enorme casco de un antiquísimo vapor cuyo nombre había borrado la naturaleza mucho tiempo atrás. La vegetación se extendía sobre puentes anchos y sinuosos hasta llegar a dos viejas goletas situadas popa contra popa, casi paralelas al gran barco. Delante del vapor, el parque se prolongaba sobre una cañonera cuya artillería llevaba muchos años muda y que formaba parte del paseo de Raleas, así que era compartido por los dos distritos.

Bellis y Silas pasearon por entre la maraña de pasarelas y pasaron bajo la estatua de Crum, el héroe pirata de la historia de Armada. Bellis estaba abrumada.

Incontables siglos atrás, los arquitectos del Parque Crum se habían dedicado a cubrir de tierra y marga la superficie del desvencijado vapor. A merced de las corrientes oceánicas, los armadanos carecían de tierras para cultivar o fertilizar así que, al igual que les ocurría con los libros y el dinero, tenían que robarla. Incluso eso, incluso la tierra, era el producto de años de saqueo, traído en grandes barcazas desde las granjas costeras y los bosques, arrebatada a las manos de marineros perplejos y conducida sobre las olas hasta la ciudad.

Habían dejado que el destrozado vapor se oxidara y se pudriera, habían llenado su carcasa agujereada con la tierra robada, comenzando por la proa y las salas de máquinas y las carboneras más bajas (depósitos de coque aún por utilizar compactados una vez más bajo toneladas de tierra) y la habían apilado alrededor del mohoso eje de la hélice. Llenaron algunos de los grandes hornos y dejaron los demás medio vacíos, atrapados, burbujas de aire con paredes de metal entre las capas de marga y creta.

Los diseñadores continuaron su labor en los camarotes y almacenes. Las paredes y techos que habían escapado a los estragos del tiempo fueron perforados sin contemplaciones y la integridad de las pequeñas habitaciones fue sacrificada para abrir caminos a las raíces y los topos y los gusanos. A continuación llenaron los espacios de tierra.

El barco se hundía profundamente en las aguas y si permanecía a flote era gracias al uso juicioso de las esclusas y la taumaturgia y gracias también a sus vecinos, que lo mantenían amarrado.

Sobre el agua, al aire libre, la cubierta principal había sido reclamada por capas de turba y tierra. El puente de mando, el castillo de popa, las cubiertas de observación y las salas de embarque formaban un abrupto paisaje de montículos cubiertos de suelo que emergían en inclinadas curvas de la llanura circundante.

Aquellos diseñadores anónimos habían llevado a cabo transformaciones similares en las tres embarcaciones de madera y de menor tamaño que completaban el parque. Aquello había sido mucho más fácil que trabajar con hierro.

Y entonces habían sembrado y el parque había florecido.

Se veían bosquecillos de árboles por todo el vapor, viejos y densos, diminutos bosques conspiradores. Retoños y árboles de tamaño medio de uno o dos siglos de antigüedad. Pero había también algunos especímenes enormes, antiguos y dominantes, que debían de haber sido desarraigados en la flor de la vida de los bosques costeros y replantados docenas de años atrás para que envejecieran a bordo. El suelo estaba cubierto por completo de hierba, perejil y ortigas. En la cañonera de Raleas había macizos de flores cultivados pero a bordo del vapor los árboles y prados del Parque Crum eran salvajes.

No todas las plantas le eran conocidas a Bellis. En el transcurso de su lento vagar por Bas-Lag, Armada había visitado lugares cuya existencia era ignorada por los científicos de Nueva Crobuzón y había saqueado sus exóticos ecosistemas. En los barcos menores había claros de hongos tan altos como un hombre, que trepidaban y siseaban cuando los caminantes pasaban a su lado. Había una torre cubierta por completo de trepadoras espinosas de un vívido color rojo que olían igual que rosas descompuestas. El largo castillete de proa del barco situado más a estribor estaba aislado del resto y Silas le dijo a Bellis que, tras la intrincadamente tejida celosía de zarzas, se ocultaba una flora peligrosa: plantas carnívoras de extraños y desconocidos poderes; árboles vivientes que parecían sauces llorones depredadores.

Pero en el propio vapor, el paisaje y el follaje le resultaban más familiares. Una de las colinas-cubierta estaba tapizada en su interior de moho y césped y formaba una colección de jardines hundidos. Iluminadas y mantenidas con vida por brillantes quinqués y por la poca luz del día que se colaba por las portillas cubiertas de tierra, plantas de diferentes familias llenaban cada uno de los camarotes. Había un minúsculo jardín de tundra formado por rocas y maleza color púrpura; un desierto lleno de plantas carnosas; flores de bosque y de pradera; todas adyacentes, todas comunicadas por corredores poco iluminados cubiertos de hierba hasta la altura de las rodillas. A la reinante luz sepia, bajo un dosel de vegetación y plantas trepadoras, podían leerse todavía las placas que señalaban la dirección del comedor y de las cubiertas y de las salas de máquinas. Todas ellas estaban atravesadas por las veredas abiertas por el tránsito de las termitas y los escarabajos.

A cierta distancia de la entrada —una puerta en la colina— al aire libre, Bellis y Silas caminaban lentamente bajo la húmeda sombra.

Habían visitado cada uno de los cuatro barcos del parque. Sólo había unas pocas personas con ellos entre la vegetación. En la embarcación de popa, Bellis se había detenido sorprendida, y había señalado más allá de los jardines y de las barandillas cubiertas de verde de la cubierta, más allá de otros treinta metros de océano, al extremo de la ciudad. Amarrado allí, había visto al Terpsícore. Las cadenas y cabos que lo maniataban estaban limpios. Puentes de nueva construcción lo unían al resto de la ciudad. Un esqueleto de madera se erguía en la cubierta principal: una construcción, cimientos.

Así era como Armada crecía para su población, devorando presas y reconfigurándolas, trocándolas en su propia materia como el plancton sin mente.

Bellis no sentía nada por el Terpsícore, aquellos que sentían afecto por los barcos sólo le inspiraban desprecio. Pero el ver cómo su último lazo con Nueva Crobuzón era asimilado abiertamente y sin esfuerzo la deprimió.

Los árboles que los rodeaban eran una mezcla desordenada de especies perennes y caducas. Silas y Bellis caminaban entre los pinos y las negras garras de los denudados robles y fresnos. Viejos mástiles se elevaban sobre las copas, como los árboles más antiguos del bosque, cubiertos por una corteza de herrumbre, envueltos en un descarnado follaje de aparejos deshilachados mucho tiempo atrás. Bellis y Silas caminaban bajo sus sombras y bajo las sombras de los árboles, junto a ondulaciones cubiertas de hierba e interrumpidas por pequeñas puertas y ventanas, último resquicio de los camarotes cubiertos por la tierra. Los gusanos y las criaturas excavadoras se movían tras los cristales agrietados.

La chimenea del vapor, cubierta de hiedras, desapareció tras ellos mientras penetraban en el corazón del bosque, donde ya no podían verse los árboles circundantes. Caminaban por veredas enmarañadas que se enroscaban consigo mismas de maneras ignotas y parecían multiplicar de ese modo las dimensiones del parque. Las chimeneas cubiertas de zarzas y ampollas brotaban del suelo; las raíces y las trepadoras enredaban los cabrestantes y se enroscaban de forma intrincada alrededor de los pretiles de las escalerillas cubiertas de líquenes que ascendían por las blancas laderas.

A la sombra de un carguero convertido en una especie de negra osamenta, Bellis y Silas se sentaron en un paisaje invernal y bebieron vino. Mientras Silas registraba su pequeña bolsa en busca de un sacacorchos, Bellis vio su voluminoso cuaderno de notas en el interior. Lo cogió y lo miró, anhelante, y al ver que él asentía y le daba permiso, lo abrió.

Eran listas de palabras: los ejercicios de alguien que está tratando de aprender un idioma extranjero.

—La mayor parte proviene de Las Gengris —le dijo.

Ella fue recorriendo lentamente las páginas llenas de sustantivos y verbos hasta llegar a una pequeña sección que parecía un diario, con entradas fechadas escritas en un código que apenas le resultaba comprensible, palabras reducidas a una o dos letras y sin el menor rastro de puntuación. Vio precios de mercancías y descripciones apresuradas de los propios grindilú, pequeños y desagradables bosquejos a lápiz de criaturas de ojos y dientes prodigiosos, extremidades inciertas y colas planas como anguilas. Había heliotipos pegados a las páginas, ejecutados furtivamente, se diría; manchas poco claras de tinta sepia, decoloradas y manchadas por la humedad, exagerada la monstruosidad de las figuras que mostraban por ampollas e impurezas del papel.

Había mapas de Las Gengris trazados a mano, cubiertos de flechas y anotaciones; y otros mapas de las costas del Mar de la Garra Fría, la topografía de colinas y valles sumergidos y las fortalezas grindilú, dibujados en colores diferentes para mostrar los diferentes tipos de rocas, granito y cuarzo y piedra caliza, corregidos cuidadosamente a lo largo de varias páginas. Había sugerentes esbozos de máquinas, de mecanismos de defensa.

Silas se inclinó sobre ella mientras leía para explicar algunas cosas.

—Esto es un barranco situado al sur de la ciudad —dijo— que conduce directamente a los acantilados que la separan del mar. Esta torre de aquí —un manchón irregular— era la biblioteca de pellejos y aquí estaban los contenedores de salitre.

Después de aquellas páginas había diagramas garabateados de cuevas, túneles y máquinas con garras y mecanismos que parecían candados y esclusas.

—¿Qué son éstos? —preguntó Bellis, Silas se asomó y se rió al ver lo que estaba mirando.

—Oh, embriones de grandes ideas… cosas así —dijo y le sonrió.

Estaban sentados en el suelo y apoyados sobre un montículo, o quizá fuera la anatomía cubierta de tierra de una bitácora. Bellis apartó el libro de Silas. Aunque aún no se sentía del todo cómoda, se inclinó y lo besó.

Él respondió con gentileza y ella sintió un arrebato y se apretó contra él con más fuerza. Se apartó un momento, con el rostro inmóvil y vio cómo la miraba, con placer e inseguridad. Trató de evaluarlo, de comprender la gramática de sus acciones y reacciones y no pudo.

Pero, por muy frustrada que se sintiera por ello, sabía en su fuero interno que los antagonismos de aquel hombre reflejaban los suyos. A pesar de ellos y de los de ella —frente a Armada, frente a aquella existencia absurda— se habían coaligado. Y resultaba una liberación y un alivio extraordinarios compartir incluso algo tan frío como eso.

Le cogió la cara y lo besó con fuerza. Él respondió con ansia. Cuando su brazo pasó despacio alrededor de su talle y sus dedos acariciaron y tomaron sus cabellos, ella se apartó de él y lo tomó de la mano. Se lo llevó a rastras, a través del laberinto del parque, hasta su casa.

En la habitación de Bellis, Silas observó en silencio mientras ella se desnudaba.

Se quitó la falda, la camisa, la chaqueta y el sujetador, los dejó sobre el respaldo de la silla y se quedó allí, completamente desnuda bajo la luz menguante que entraba por la ventana, dejando que descendiera por su vello excitado. Silas se estiró. Sus ropas estaban desperdigadas como semillas. Volvió a sonreírla y ella suspiró y sonrió también, al fin, con timidez, se diría que por primera vez en muchos meses. Con aquella sonrisa vino una inesperada y pequeña punzada de vergüenza y con ella la sonrisa volvió a marcharse enseguida.

No eran niños, aquello no era nuevo para ellos. No fueron torpes ni se dejaron ganar por el pánico. Ella caminó hasta él y se montó a horcajadas sobre su cuerpo con la gracia y el deseo de una experta. Y cuando lo hizo, apretándose contra su polla, cuando las manos de él se fugaron de la prisión en la que ella las había confinado, supo cómo moverla.

Apasionado; sin amor pero no sin gozo; experto; ansioso. Hizo que ella sonriera de nuevo y que jadeara y que se corriera en un gran borbotón de alivio y placer. Cuando yacía tendida en la estrecha cama, tras haberle enseñado cómo le gustaba follar y tras haber aprendido las predilecciones de él, levantó la mirada hacia él (los ojos cerrados, sudando). Se asomó a su interior y comprobó que seguía tan sola como antes, que seguía sintiéndose tan desapegada a aquel lugar como antes. Le hubiera asombrado descubrir lo contrario.

Y sin embargo, sin embargo… A pesar de ello, volvió a sonreír. Se sentía mejor.

Tanner yació durante tres días en el quirófano, maniatado a la mesa de madera, sintiendo el lento movimiento de la torre y del barco debajo de sí.

Tres días. Se movía sólo escasos centímetros, sacudiéndose contra las correas, trasladándose un poco a la derecha o la izquierda.

La mayor parte del tiempo la pasaba nadando en glutinosos sueños de éter.

El cirujano era bondadoso y lo mantenía drogado tanto tiempo como le era posible sin causarle daño, de modo que Tanner entraba y salía de un estado de consciencia crepuscular. Musitaba para sí y para el cirujano, quien lo alimentaba y lavaba como si fuera un niño. Se sentaba a su lado durante los minutos u horas que tenía libres y le hablaba y fingía que sus respuestas absurdas y aterradoras tenían sentido. Tanner escupía palabras o guardaba silencio, o sollozaba y se reía: drogado, febril, alucinado, frío, completamente dormido.

Había palidecido cuando el cirujano le había dicho cómo sería. Volver a ser encadenado mientras su cuerpo era reconstruido. Los recuerdos narcóticos y plagados de agonía de las factorías de castigo volvieron a asaltarlo.

Pero el cirujano le había explicado con amabilidad que algunos de los procedimientos eran fundamentales; algunos implicarían la reconfiguración de su interior a partir de los niveles más elementales. No podía moverse mientras sus átomos y las partículas de su sangre y sus pulmones y su cerebro se abrían camino por nuevas sendas y se fundían en combinaciones alternativas. Tendría que estarse quieto y ser paciente.

Tanner accedió, tal como había sabido que haría.

El primer día, mientras Tanner yacía sumido en un profundo sueño químico y taumatúrgico, el cirujano lo abrió.

Practicó sendas incisiones profundas a ambos lados del cuello de Tanner y a continuación, mientras limpiaba con gentileza la sangre que se agolpaba sobre la carne, levantó la piel y el tejido externo. Tras dejar expuestos y sangrando los dos colgajos de carne, volvió su atención a la boca de Tanner. Le introdujo una especie de cincel de hierro, lo clavó en la carne de la garganta y lo retorció mientras empujaba para tallar túneles en el tejido.

Asegurándose constantemente de que Tanner no se estuviese ahogando con la sangre que se derramaba sobre su boca y su garganta, el cirujano abrió nuevos caminos en el interior de su cuerpo. Unió mediante pequeños conductos la parte anterior de su boca con las aberturas del cuello. Envolvió en músculos los puntos en los que se abrían los nuevos orificios detrás de sus dientes, utilizando un hechizo de arcillocarne para fijarlos en su lugar y pequeñas descargas de electricidad para estimularlos.

Atizó el fuego que mantenía en funcionamiento su voluminoso motor analítico y lo alimentó con tarjetas de datos perforadas. Finalmente, colocó junto a la mesa de operaciones un tanque que contenía un bacalao sedado y unió el pez inmóvil al cuerpo de Tanner por medio de una críptica y complicada construcción de válvulas, gutapercha y cables.

Los agentes químicos homeomórficos disueltos en agua de mar que discurrían por la solución pasaron de las branquias del bacalao a las crueles heridas que iban a ser las de Tanner. Ambas estaban unidas por cables. El cirujano musitaba sus encantamientos mientras manejaba el trepidante aparato (la taumaturgia no era su fuerte, pero era metódico y cuidadoso) y frotaba las heridas. Empezó a fluir agua por las aberturas y la piel sajada.

La escena se repitió durante la mayor parte de la noche, mientras el quirófano era mecido suavemente por el vaivén de las aguas sobre las que descansaba. El cirujano durmió un rato, aunque periódicamente verificaba los progresos de Tanner y los del bacalao que, suspendido en una matriz de hebras taumatúrgicas que prolongaban su vida, iba muriendo lentamente. Aplicaba presión cuando era necesario, cambiaba los valores de los indicadores cuidadosamente calibrados, añadía productos químicos a la solución acuosa.

Durante aquellas horas, Tanner soñó que se ahogaba (mientras, sin saberlo él, sus ojos se abrían y se cerraban).

Cuando se levantó el sol, el cirujano desconectó a Tanner y al pez de la maquinaria (y el bacalao murió al instante, encogido y marchito). Cerró los dos colgajos de piel del cuello de Tanner, empapados de una sustancia gelatinosa y resbaladiza. El poder hormigueaba entre sus dedos mientras apretaba con cuidado la piel para sellar las heridas.

Sin que Tanner despertase —drogado como seguía estando, no había peligro de que tal cosa ocurriera— el cirujano le colocó una máscara sobre la boca, le cerró la nariz con los dedos y poco a poco empezó a bombear el agua de mar al interior de su cuerpo. Durante varios segundos no hubo reacción alguna. De pronto, Tanner tosió con violencia y empezó a vomitar agua por todas partes. El cirujano se irguió, preparado para soltarle la nariz.

Y entonces Tanner se calmó, aún sin despertarse, mientras su epiglotis se flexionaba y su tráquea se constreñía para impedir que le entrara agua en los pulmones y el cirujano sonrió al ver que el agua empezaba a brotar por las nuevas branquias.

Al principio salió espesa, arrastrando consigo sangre y suciedad y costra. Pero pronto corrió limpia y clara y las branquias empezaron a flexionarse para regular su flujo y se derramó sobre el suelo a chorros regulados.

Tanner Sack estaba respirando agua.

Despertó más tarde, demasiado confuso como para comprender lo que había ocurrido pero infectado por el entusiasmo del cirujano. La garganta le dolía terriblemente así que volvió a dormirse.

Aquélla fue con mucho la más difícil de las operaciones.

El cirujano le cortó los párpados y le cosió unas membranas modificadas, retráctiles y transparentes que habían pertenecido a un caimán criado en las granjas de la ciudad. Le inyectó unos microorganismos que se desperdigaron por su interior sin causarle daño e interaccionaron con su cuerpo, haciendo que su sudor fuera un poco más oleaginoso, para que lo calentara y lo ayudara a deslizarse por el agua. Le injertó un pequeño músculo y varios cartílagos en la base de las fosas nasales para permitirle cerrarlas a voluntad.

Finalmente, el cirujano llevó a cabo la alteración más sencilla, si bien la más visible. Entre los dedos y los pulgares de sus manos le injertó una membrana, una red de piel gomosa que unió a la epidermis de Tanner. Le cortó los dedos de los pies y los reemplazó con los de un cadáver y los cosió y reformó hasta que se parecieron a los de un simio; y a continuación los convirtió en los de una rana al unir aquellas extremidades antaño vivas con nuevas capas de epidermis artificial.

Bañó a Tanner, lo lavó en agua de mar. Lo mantuvo limpio y fresco y observó cómo se agitaban sus tentáculos en su sueño.

Y al cuarto día, Tanner despertó por completo. Ya no estaba atado, tenía libertad para moverse, los productos químicos habían abandonado su mente.

Se incorporó, poco a poco.

Le dolía el cuerpo; una agonía atroz, de hecho, que lo asaltaba en oleadas que enmudecían los latidos de su corazón. El cuello, los pies, los ojos, maldición. Vio los nuevos dedos de sus pies y apartó la mirada por un momento y el recuerdo del antiguo horror de la factoría de castigo regresó un segundo hasta que lo acalló y volvió a mirar (más pus, pensó, con un atisbo de humor).

Cerró sus nuevas manos. Parpadeó lentamente y vio una cosa traslúcida que se interponía en su visión antes de que los párpados bajaran. Aspiró con toda la fuerza de sus pulmones dañados por el agua y tosió y le dolió, como ya le había advertido el cirujano.

Y Tanner, a pesar del dolor y de la debilidad y del hambre y del nerviosismo, empezó a sonreír.

El cirujano entró mientras sonreía y sonreía y gruñó para sus adentros y se frotó los hombros lentamente.

—Señor Sack —dijo y Tanner se volvió y extendió los brazos temblorosos como si fuera a sujetarlo, tratando de estrecharle la mano. Sus tentáculos se flexionaron también, tratando de extenderse en el liviano aire. El cirujano sonrió.

—Enhorabuena, señor Sack —le dijo—. Los procedimientos se han completado con éxito. Ahora es usted anfibio.

Y ante aquellas palabras —no pudieron evitarlo y tampoco quisieron hacerlo— Tanner Sack y él rompieron a reír escandalosamente, a pesar de lo mucho que le dolía a Tanner el pecho y a pesar de que el cirujano no sabía con seguridad qué era lo divertido.

Cuando regresó a su casa, arrastrándose penosamente por las callejuelas de Libreros y Anguilagua, encontró a Shekel esperándolo en unas habitaciones que nunca habían estado tan limpias.

—Ah, vaya, muchacho —dijo. Se sentía avergonzado de sí mismo—. Esto está muy bien, vaya que sí.

Shekel trató de darle un abrazo de bienvenida pero a Tanner le dolía demasiado y atajó su entusiasmo de forma amistosa. Conversaron tranquilamente hasta el anochecer. Tanner le preguntó con cautela por Angevine. Shekel le contó que estaba mejorando con la lectura y que no había pasado gran cosa pero que había empezado a hacer más calor, ¿lo notaba?

Sí que lo notaba. Se arrastraban en dirección sur a velocidad casi geológica pero los remolcadores y vapores llevaban en marcha casi dos semanas. Debían de encontrarse a unas quinientas millas náuticas al sur de su posición anterior (aunque hasta el momento seguían viajando tan despacio que su marcha resultaba casi imperceptible) y el invierno estaba desapareciendo mientras se aproximaban a las latitudes templadas.

Tanner le enseñó a su compañero las adiciones, los cambios experimentados por su cuerpo y Shekel, aunque parpadeó al ver su extrañeza y su inflamación, se mostró fascinado. Tanner le contó todo lo que el cirujano le había explicado.

—Tendrá que tener cuidado, señor Sack —le había dicho—. E incluso, cuando se encuentre del todo recuperado, debo advertirle: algunas de las incisiones, algunas de las heridas, podrían curar mal. Podrían dejar cicatriz. Si eso ocurre, no quiero que se descorazone ni se decepcione. Las cicatrices no son lesiones, Tanner Sack. Una cicatriz es señal de curación. Después de una lesión, la cicatriz es lo que vuelve a dejarlo a uno entero.

—Quince días, muchacho —dijo Tanner—, antes de que me reincorpore al trabajo, eso calculo. Si practico y todo lo demás.

Pero Tanner tenía una ventaja que el doctor no había considerado siquiera: nunca había aprendido a nadar. No tenía que ajustar un convulso e ineficaz balanceo al sinuoso movimiento de un habitante del mar.

Se sentó junto a los muelles mientras sus compañeros de trabajo, sorprendidos, solícitos y amigables, lo saludaban. Juan el Bastardo emergió a la superficie a escasa distancia, miró fijamente a Tanner con sus líquidos ojillos de cerdito y emitió con su estúpido castañeteo de cetáceo lo que sin duda debía de ser una retahíla de insultos. Pero Tanner no sentía miedo esa mañana. Recibió a sus colegas como un rey, agradeciéndoles su preocupación.

En la frontera entre los paseos de Anguilagua y Jhour, había un espacio tendido entre varias embarcaciones, una franja de mar abierto que podría haber albergado un barco de tamaño modesto. Sólo unos pocos de los piratas armadanos sabían nadar y, con semejantes temperaturas, eran menos aún los que se atrevían a hacerlo. Sólo había un puñado de seres humanos, valientes o masoquistas, nadando en aquel brazo de mar.

Bajo el agua, poco a poco, nervioso con su nueva independencia y su nueva libertad, horas y horas durante aquel día y el siguiente y el siguiente, Tanner extendió los brazos, abrió las telarañas de piel y capturó el agua, se impulsó hacia delante con movimientos bruscos e inexpertos. Aleteaba con un estilo parecido a la braza, flexionando sus pies nuevos, aún inflamados, doloridos pero poderosos. Las pequeñas presencias a las que no podía ver ni sentir bajo su piel ponían en marcha sus glándulas infinitesimales y su sudor era lubricado.

Abrió los ojos y aprendió a cerrar sólo los párpados interiores: era una sensación extraordinaria. Aprendió a ver en el agua, sin tener que soportar la incomodidad de un tosco casco, sin tener que soportar nada de hierro, latón y cristal. Sin mirar por una portilla sino con toda libertad, con visión periférica y todo lo demás.

Y más despacio y con más miedo que todo lo demás, solo —¿quién hubiera podido enseñarle?—, Tanner aprendió a respirar.

La primera vez que el agua irrumpió en su boca, su tráquea se cerró en un movimiento reflejo y su lengua se retrajo y su garganta se puso tensa para bloquear el camino a su estómago y el agua de mar se abrió camino por las nuevas sendas y las obligó a dejarla pasar. El sabor a sal se hizo tan intenso que pronto dejó de percibirlo. Sintió el discurrir del agua a través de su cuerpo, a través de su garganta, de sus branquias y esputo divino y mierda y todo lo demás, pensó, porque no necesitaba respirar.

Por hábito había llenado sus pulmones antes de descender, pero eso le impedía sumergirse demasiado. Lentamente, presa de una especie de pánico exuberante, exhaló por la nariz y dejó que el aire desapareciera sobre él.

Y no sintió nada. Ningún mareo, ni dolor ni miedo. El oxígeno seguía llegando a su sangre y su corazón seguía bombeando.

Sobre él, los pálidos cuerpecillos de sus conciudadanos discurrían con torpeza sobre la superficie del agua, anclados al aire que respiraban. Tanner daba vueltas por debajo de ellos, torpe aún pero ya aprendiendo, girando como un sacacorchos, mirando arriba y abajo, arriba, hacia las luces y los cuerpos y la forma masiva, extendida y entrelazada de la ciudad, abajo, hacia la ilimitada oscuridad azul.

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