La Cicatriz
Segunda parte: Sal » 13
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Silas y Bellis pasaron dos noches juntos.
Durante el día, Bellis trabajaba en la biblioteca, ayudaba a Shekel con la lectura, le hablaba del Parque Crum y en ocasiones comía con Carrianne. Luego regresaba junto a Silas. Hablaban un rato pero él no decía mucho sobre lo que había hecho durante el día. Ella tenía la sensación de que era un hombre lleno de secretos. Follaban varias veces.
Tras la segunda noche, Silas desapareció. Bellis estaba contenta. Había estado descuidando los libros de Johannes y ahora pudo regresar a su extraña ciencia.
Silas estuvo fuera tres días.
Bellis se dedicó a explorar.
Por fin se atrevió a aventurarse en las zonas más lejanas de la ciudad. Vio los templos-pira del paseo Soleado y las estatuas trípticas tendidas sobre las cubiertas de varias embarcaciones. En Vos y los Vuestros (que no era tan rudo ni aterrador como le habían hecho creer, más bien era una especie de mercado exagerado y pugnaz) vio el manicomio de Armada, un enorme edificio que se erguía amenazante sobre la cubierta de un vapor, cruelmente próximo —así se lo pareció a Bellis— al barrio encantado.
Había un pequeño afloramiento de embarcaciones de Anguilagua, tendido como un cojín amortiguador entre Raleas y Soleado y separado del corazón de su paseo por algún capricho histórico. Allí encontró Bellis el Liceo, cuyos talleres y aulas se agolpaban precipitadamente sobre los costados de un barco, como una aldea de montaña.
Armada tenía todas las instituciones de una ciudad de tierra firme, dedicadas a la enseñanza, la política y la religión, sólo que un poco más severas, acaso. Y si los eruditos de la ciudad eran más duros que sus equivalentes en tierra y por su aspecto parecían más piratas y ladrones que doctores, eso no restaba valor a sus conocimientos y experiencia. En cada paseo había diferentes agentes de la ley, desde los procuradores de Soleado a los alguaciles de Anguilagua, de imprecisa definición y que se identificaban tan sólo por sus fajas, insignias tanto de lealtad como de cargo. En cada paseo, la ley era diferente. En Raleas existía una especie de tribunal arbitral mientras que la lacia y violenta disciplina pirata reinante en Anguilagua se administraba con el látigo.
Armada era una ciudad profana y secular y sus descuidadas iglesias eran tratadas con la misma irreverencia que las panaderías. Existían templos a Crum deificado; a la luna y sus hijas para agradecerles las mareas; a los dioses del mar.
Cuando se perdía, Bellis no tenía más que salir de las callejuelas, alzar la vista hacia los aeróstatos amarrados a los mástiles y buscar el Arrogancia, inmóvil y majestuoso sobre el ceñudo Grande Oriente. Era su faro y lo utilizaba para encontrar el camino a casa.
En medio de la ciudad había balsas, plataformas de madera que se extendían decenas de metros a cada lado. Las casas se levantaban de forma absurda sobre ellas. Había submarinos esbeltos como agujas amarrados entre los bergantines y navíos-carroza llenos de madrigueras hotchi. Destartalados edificios cubrían por completo las cubiertas o se erguían precariamente sobre decenas de embarcaciones de pequeño tamaño en los barrios bajos. Había casas de juego, prisiones y colosos desiertos.
Cuando se volvía hacia el horizonte, Bellis podía ver perturbaciones marítimas: aguas revueltas, olas sin causa aparente. Normalmente eran provocadas por los vientos o el tiempo, pero en ocasiones divisaba un banco de marsopas o el cuello de un plesiosauro o una sierpe de mar o el lomo de algo grande y rápido que no lograba identificar. La vida más allá de la ciudad y a su alrededor.
Al atardecer contemplaba el regreso de los barcos de pesca. En ocasiones, aparecían barcos pirata y eran recibidos con gran júbilo en Puerto Basilio o en la Espina del Erizo. Los motores de la economía de Armada que, por muy extraño que pareciese, lograban regresar a casa.
Armada estaba llena de mascarones de proa. Asomaban en los lugares más insospechados, vistosos e ignorados como las aldabas talladas de las casas de Nueva Crobuzón. Al extremo de una terraza, mientras caminaba entre viviendas de ladrillo muy próximas, Bellis podía encontrarse de cara con una espléndida mujer corroída, de pecho enmohecido y mirada desconchada y perdida. Tendida del mismo aire, como un espíritu, bajo el bauprés de su barco, extendida sobre la cubierta de su vecino y señalando hacia la avenida.
Estaban por todas partes. Nutrias, dracous, peces, guerreros y mujeres. Por encima de todo, mujeres. Bellis odiaba aquellas curvilíneas figuras de ojos vacíos que se balanceaban arriba y debajo de forma imbécil, como fantasmas banales.
En su habitación, terminó el Ensayo sobre las Bestias y siguió sin comprender el proyecto secreto de Armada.
Se preguntó dónde estaría Silas y lo que estaría haciendo. No sentía enfado o despecho por su ausencia, pero sí curiosidad y un poco de frustración. Al fin y al cabo, él era lo más parecido a un aliado con que contaba.
Regresó la noche del cinco de Lunero.
Bellis lo dejó pasar. No lo tocó, ni él a ella.
Estaba cansado y apagado. Traía el pelo despeinado y la ropa manchada de polvo. Se sentó en su silla y se tapó los ojos con las manos, al tiempo que murmuraba algo inaudible, un saludo. Bellis le preparó té. Esperó a que hablara y al cabo de un rato, al ver que no lo hacía, regresó a su libro y su cigarrillo.
Había tomado varias páginas de notas más cuando él habló.
—Bellis. Bellis —se frotó los ojos y la miró—. Tengo que contarte algo. Tengo que decirte la verdad. Te he estado ocultando cosas.
Ella asintió, se volvió hacia él. Silas tenía los ojos cerrados.
—Vamos… vamos por partes —dijo lentamente—. La ciudad se dirige hacia el sur. La Sorghum… ¿Sabes para qué sirve la Sorghum? La Sorghum y las demás plataformas junto a las que, según tengo entendido, pasó el Terpsícore, extraen combustible de debajo del mar.
Extendió mucho los brazos para indicar algo muy grande.
—Existen bolsas de petróleo, leche de roca y merco bajo la tierra, Bellis. Ya habrás visto las taladradoras que se utilizan para extraerlos en tierra firme. Bien, pues los geo-émpatas han encontrado vastos depósitos bajo el lecho, por debajo de los océanos. Hay petróleo bajo Salkrikaltor meridional. Por esa razón la Manikin, la Trashstar y la Sorghum llevan allí más de tres décadas. Los cimientos de la Manikin y la Trashstar descienden más de ciento treinta metros y se apoyan sobre el lecho. Pero la Sorghum… la Sorghum es diferente —pronunció la palabra con un mórbido deleite—. Alguien en Armada sabía lo que estaban haciendo, te lo aseguro. La Sorghum se asienta sobre dos cascos de hierro… sumergibles. La Sorghum no es fija. La Sorghum es una plataforma de mar adentro. La Sorghum puede navegar. Sólo hace falta añadir más secciones a su taladro eje y podría llegar hasta Jabber sabe dónde. A kilómetros de profundidad. El petróleo y todo lo demás no se encuentran en cualquier parte. Por eso hemos estado parados tanto tiempo. Armada estaba sobre un yacimiento de algo que la Sorghum podía sacar y no podíamos marcharnos hasta que lo hubiese extraído por completo. Para hacer lo que quiera que estemos haciendo.
¿Cómo sabes todo eso?, pensó Bellis. ¿Qué verdad tienes que contarme?
—No creo que sea sólo petróleo —prosiguió Silas—. He estado observando la llama de lo alto de la plataforma, Bellis. Creo que han estado extrayendo leche de roca.
Leche de Roca. Lactus Saxi. Viscosa y pesada como el magma, pero helada. Y con enorme densidad de taumaturgones, las partículas mágicas. Mucho más cara que su no desdeñable peso en oro o diamantes o petróleo o sangre.
—Ningún barco utiliza la puta leche de roca para alimentar sus motores —dijo Silas—. La están almacenando por alguna otra razón. Mira lo que está ocurriendo. Nos dirigimos hacia el sur, hacia aguas más cálidas y profundas. Te apuesto un tasal a que nos aproximamos a alguna cordillera submarina, en las que abundan los yacimientos que la Sorghum puede perforar. Y cuando lleguemos a donde quiera que nos dirijamos, tu amigo Johannes y sus nuevos patrones van a utilizar… bueno, varias toneladas de Leche de Roca y Jabber sabe cuánto petróleo para hacer… algo. Y para entonces… —hizo una pausa y la miró directamente a los ojos— para entonces, ya será demasiado tarde.
Cuéntamelo, pensó Bellis y Silas asintió como si la hubiera escuchado.
—Cuando nos conocimos en el Terpsícore yo estaba un poco alterado. Te dije que tenía que regresar de inmediato a Nueva Crobuzón. Tú misma me lo recordaste hace poco. Y yo te respondí que en aquel momento te había mentido. Pero no lo hice. Lo que te dije en el Terpsícore era cierto: tengo que regresar. Maldita sea, lo más probable es que ya te hayas dado cuenta de todo esto. —Bellis no dijo nada—. No sabía cómo… No sabía si podía confiar en ti, si te importaría. Siento no haber sido sincero contigo pero no sabía hasta dónde podía llegar. Pero maldita sea, Bellis, ahora confío en ti. Y necesito tu ayuda. Es cierto lo que te dije, a veces los grindilú se vuelven contra algún pobre desgraciado sin razón aparente. Esa gente desaparece sólo porque a ellos les ha venido en gana. El capricho de los grindilú, los retoños de las profundidades. Pero mentía cuando te dije que eso fue lo que me pasó a mí. Sé exactamente por qué querían matarme. Cuando quieren, los grindilú pueden nadar río arriba hasta llegar a la cima de las Bezheks donde todos los ríos se unen y desde allí pueden pasar al Cancro. Dejar que las corrientes los arrastren por el otro lado de las montañas hasta llegar a Nueva Crobuzón. Otros podrían llegar al océano por túneles y llegar a la ciudad por mar. Los grindilú son eurialínicos, pueden sobrevivir tanto en agua dulce como salada. Podrían llegar hasta la Bahía de Hierro. Hasta el Gran Alquitrán y Nueva Crobuzón. Todo lo que necesitarían para llegar hasta la ciudad es determinación. Y yo sé que la tienen.
Bellis nunca lo había visto tan tenso.
—Cuando estaba allí, oí algunos rumores. Se estaba preparando algún plan importante. El nombre de uno de mis clientes, un mago, una especie de sacerdote-salvaje, aparecía una vez tras otra. Empecé a prestar mucha atención a todo cuanto oía y veía. Por eso quisieron matarme. Descubrí algo. Los grindilú no practican el secretismo, no hacen las cosas como nosotros. Las evidencias estuvieron frente a mis ojos durante semanas pero tardé mucho tiempo en reconocerlas. Mosaicos, proyectos, libretos y cosas así. Tardé mucho tiempo en comprender.
—Dime lo que descubriste —dijo Bellis.
—Planes —dijo él—. Planes para una invasión.
—No sería como nada que seas capaz de imaginar —dijo—. Dios sabe que nuestra historia está llena de traiciones y putos baños de sangre pero… Maldita sea, Bellis… tú nunca has visto Las Gengris —había en su voz una desesperación que Bellis no había oído jamás—. No has visto las granjas de miembros. Los talleres, los putos talleres de bilis. Nunca has escuchado su música. Si los grindilú toman Nueva Crobuzón, no nos esclavizarían, ni nos matarían, ni tan siquiera se nos comerían a todos. No harían algo tan… comprensible.
—Pero ¿por qué? —preguntó Bellis al fin—. ¿Qué es lo que quieren? ¿Crees que podrían conseguirlo?
—No lo sé, maldita sea. Nadie sabe nada sobre ellos. Sospecho que el gobierno de Nueva Crobuzón tiene más planes para enfrentarse a una invasión del puto Tesh que a un ataque de los grindilú. Pero ellos tienen sus propios… métodos, su propia ciencia y su propia taumaturgia. Sí —dijo—, creo que podrían conseguirlo. Codician Nueva Crobuzón por la misma razón que cualquier otro estado o salvaje de Bas-Lag. Es la más rica, la más grande, la más poderosa. Nuestra industria, nuestros recursos, nuestra milicia… mira todo lo que tenemos. Pero, a diferencia de Shankell o Dreer Samher o Neovadan o Yoraketche, Las Gengris… Las Gengris tienen una oportunidad. Podrían atacar por sorpresa… envenenar el agua, aparecer por las alcantarillas, cada maldita grieta y cada hendidura y cada tanque de agua de la ciudad sería una puta puerta de entrada. Podrían acosarnos con armas que nunca comprenderíamos, en una interminable guerra de guerrillas. He visto lo que los grindilú son capaces de hacer, Bellis. —Parecía exhausto—. Lo he visto y estoy asustado.
Desde el exterior llegaba el ruido distante de las soñolientas riñas de los monos.
—Por eso te marchaste —dijo Bellis en medio del silencio que siguió.
—Por eso me marché. No podía creer lo que había descubierto. Pero vacilé… La jodí y dejé que pasara el tiempo —su furia se agolpó al instante—. Y cuando me di cuenta de que no era ningún maldito error, de que realmente pretendían desencadenar un inimaginable Apocalipsis sobre mi ciudad natal… entonces me marché. Robé el submarino y me marché.
—¿Ellos sabían… sabían que lo sabías? —preguntó.
Él negó con la cabeza.
—No lo creo —dijo—. Me llevé algunas cosas conmigo para que pareciera que escapaba porque había robado algo.
Bellis podía notar lo tirante que estaba a causa de la tensión. Recordaba algunos de los heliotipos que había visto en su cuaderno de notas. Se le encogió el corazón y una lenta alarma reptó por todo su cuerpo junto a su sangre, como una enfermedad. Tenía que esforzarse para concebir en su totalidad lo que acababa de contarle. Era demasiado grande para ella, no tenía sentido, no lograba contenerlo en su interior. Nueva Crobuzón… ¿Cómo podía ser amenazada?
—¿Sabes cuánto falta? —susurró.
—Tienen que esperar hasta Chet para cosechar sus armas —dijo él—. Así que puede que seis meses. Tenemos que descubrir lo que Armada pretende hacer porque hemos de saber a dónde nos dirigimos con toda la puta Leche de Roca y lo demás. Porque tenemos que… tenemos que hacer llegar un mensaje a Nueva Crobuzón.
—¿Por qué —dijo Bellis casi sin aliento— no me lo habías dicho antes?
Silas soltó una carcajada hueca.
—No sabía en quién podía confiar en este lugar. Estaba tratando de escapar por mí mismo, tratando de encontrar el modo de volver a casa. Me ha costado mucho tiempo comprender… que no hay ninguno. Creí que lograría hacer llegar el mensaje hasta Nueva Crobuzón por mis propios medios. ¿Y si no me creías? ¿Y si eras una espía? ¿Y si se lo contabas a nuestros nuevos amos…?
—Bueno, ¿y qué me dices de eso? —lo interrumpió Bellis—. ¿Has considerado la posibilidad? Puede que nos ayudasen a enviar un mensaje…
Silas la miró con desagradable incredulidad.
—¿Es que estás loca? —dijo—. ¿Crees que nos ayudarían? No les importa nada lo que le ocurra a Nueva Crobuzón. Lo más probable es que se alegrasen de su destrucción… un competidor menos por la supremacía marítima. ¿Crees que nos dejarían acudir al rescate? ¿Crees que les importaría? Lo más probable es que los cabrones hicieran cuanto estuviera en su mano para retenernos, para dejar que los grindilú tuvieran éxito. Y, además, ya has visto cómo tratan a… los agentes y oficiales de Nueva Crobuzón. Registrarían mis notas, mis papeles y creerían que soy uno de ellos. Que trabajo para Nueva Crobuzón. Por Jabber Todopoderoso, Bellis, ya viste lo que le hicieron al capitán. ¿Qué crees que me harían a mí?
Hubo un largo silencio.
—Necesitaba… necesito a alguien que trabaje conmigo. No tenemos amigos en esta ciudad, no tenemos aliados. Y, a miles de kilómetros de distancia, nuestro hogar está en peligro y no podemos confiar en nadie para que nos ayude. Así que nos corresponde a nosotros enviar ese mensaje.
Después de que hubiera dicho esto hubo una pausa que se convirtió en un silencio. Se extendió, más y más cada vez y se volvió terrible porque ambos sabían que debía ser llenado. Debían hacer planes.
Y ambos lo intentaron. Bellis abrió la boca varias veces pero las palabras se le secaron en la garganta.
Nos haremos con uno de sus barcos, quiso decir, pero no pudo; la estupidez de la idea la ahogaba. Nos marcharemos, los dos solos, en un bote, pasaremos sin ser vistos entre los barcos de guardia y navegaremos hasta casa. Trató de decir esto, trató de pensarlo sin avergonzarse y estuvo a punto de gemir. Robaremos un aeróstato. Todo lo que necesitamos es combustible, gas, carbón y agua para el motor y comida y agua para un viaje de más de tres mil kilómetros, y un mapa, una carta de navegación del puto y olvidado lugar del Océano Hinchado de los cojones en el que estamos, por el amor de Jabber…
Nada, no había nada, no podía decir nada, no podía pensar nada.
Se sentó y trató de hablar, trató de pensar en alguna manera de salvar a Nueva Crobuzón, la ciudad que atesoraba en sus pensamientos con un amor feroz, nada romántico y que estaba a merced de la más funesta de las amenazas. Y los momentos siguieron pasando y Chet y el verano y los grindilú estaban cada vez más cerca y ella no podía decir nada.
Bellis imaginó unos cuerpos como anguilas de peluche, ojos y dientes curvados y afilados como cuchillas que se dirigían bajo las frías aguas hacia su hogar.
—Oh, dioses misericordiosos, Jabber misericordioso… —se oyó decir. Su mirada se encontró con los acongojados ojos de Silas—. Dioses misericordiosos, ¿qué vamos a hacer?