La Cicatriz
Segunda parte: Sal » 14
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Lenta como una criatura vasta e hinchada, Armada penetró en aguas más cálidas.
Los ciudadanos guardaron la ropa de invierno. Los antiguos pasajeros del Terpsícore estaban desorientados. La mera idea de que pudiera escaparse a las estaciones, pudiera dejárselas atrás físicamente, resultaba perturbadora.
Las estaciones sólo eran puntos de vista… cuestiones de perspectiva. Cuando era invierno en Nueva Crobuzón, era verano en Bered Kai Nev (eso se decía) aunque compartían los días y las noches, que se alargaban y acortaban en la proporción inversa. El amanecer era amanecer en todo el mundo. En el continente oriental, los días de verano eran cortos.
Los pájaros del microclima de Armada aumentaron en número. A las pequeñas comunidades locales de pinzones y gorriones que poblaban los cielos de la ciudad allá donde se encontrara se sumaron otros habitantes transitorios: aves migratorias que cruzaban el Océano Hinchado, siguiendo al calor durante todo el año. Unos pocos, atraídos por Armada, se apartaban de las gigantescas bandadas y se posaban en ella para descansar y beber y al final se quedaban.
Daban vueltas, un poco confusos, sobre las agujas de Raleas, donde se reunía el Consejo Democrático en una interminable sucesión de sesiones de emergencia para debatir, con tanta fiereza como ineficacia, sobre el curso de la ciudad. Todos sus miembros estaban de acuerdo en que los planes secretos de los Amantes no podían ser buenos para la ciudad, de que debían hacer algo y a medida que su impotencia se iba haciendo más y más evidente, la amargura de sus riñas iba en aumento.
Anguilagua había sido siempre el paseo más poderoso y ahora tenía además la Sorghum y el Consejo Democrático de Raleas no podía hacer absolutamente nada al respecto.
(A pesar de lo cual, Raleas hizo el intento de entablar conversaciones con el Brucolaco).
Lo que más le costaba a Tanner no era respirar con las branquias, ni mover los brazos y piernas como una rana o un vodyanoi, sino mirar fijamente al colosal gradiente de oscuridad que se abría debajo de él. Intentar contemplarlo sin acobardarse.
Cuando llevaba el traje de buzo, había sido un intruso. Había desafiado al mar, embutido en una armadura. Sujeto a los escalones y a los cables, la vida pendiendo de un hilo, y sabiendo que ese espacio interminable que tenía debajo y que se abría como unas fauces era exactamente eso. Una boca del tamaño del mundo, que se abría para devorarlo.
Ahora nadaba con libertad, descendiendo hacia una oscuridad que ya no parecía hambrienta. Tanner nadaba cada vez más bajo. Al principio le parecía que estaba tan cerca de la superficie que con sólo alargar la mano podría tocar los pies de los nadadores que tenía encima. Ver cómo chapoteaban sus cuerpos frenéticos le proporcionaba un placer indecente. Pero cuando volvía el rostro hacia la oscuridad de las aguas que se abría a sus pies se le hacía un nudo en el estómago ante su implacable vastedad y se volvía rápidamente y regresaba a la luz.
Cada día bajaba un poco más.
Cruzó el nivel de las quillas y los timones y las tuberías de Armada. Los alargados centinelas de las algas que los jalonaban, que delimitaban los puntos más bajos de la ciudad se extendían hacia él pero pasó entre ellos como un ladrón. Contempló la oscuridad.
Pasó junto a una nube de pececillos que nadaba entre los desperdicios arrojados por la ciudad y llegó por fin a aguas claras y ya no hubo nada de Armada a su alrededor. Se encontraba debajo de la ciudad, completamente debajo de ella.
Se quedó inmóvil en el agua. No era difícil.
La presión lo protegía, lo mecía, como si estuviera abrazándolo.
Los barcos de Armada cubrían casi tres kilómetros cuadrados de mar que le tapaban la luz. Sobre él, Juan el Bastardo revoloteaba entre los cascos como un abejorro. Bajo la luz crepuscular que reinaba en las aguas, Tanner vio una espesa suspensión de partículas, vida sobre vida diminuta. Y más allá del plancton y del krill entrevió apenas las sierpes de mar de Armada y sus sumergibles, un puñado de formas oscuras alrededor de la base de la ciudad.
Luchó por controlar su vértigo, lo convirtió en otra cosa. No menos asombro, pero sí menos miedo. Tomó el miedo de su interior y lo convirtió en humildad.
Soy minúsculo, pensó, suspendido como una mota de polvo en el aire inmóvil, en un mar colosal. Pero está bien. Puedo hacerlo.
Con respecto a Angevine sentía timidez y cierto resentimiento, pero se esforzaba en superarlos por el bien de Shekel.
Ella vino a comer a su casa y Tanner trató de conversar pero la mujer se mostró distante y fría. Permanecieron algún rato sentados, masticando el pan de quelpo sin hacer ningún ruido. Al cabo de una hora, Angevine le hizo una señal a Shekel y éste, con la desenvoltura de un verdadero experto, sacó varios trozos de coque del contenedor que ella llevaba a la espalda y los introdujo en el horno.
Angevine miró a Tanner sin dar señales de incomodidad.
—¿Atizando los motores? —dijo éste al cabo de un rato.
—No son los más eficientes —replicó ella lentamente (en sal, desdeñando el ragamol que él había empleado, a pesar de que era su idioma nativo).
Tanner asintió. Recordaba al viejo de la bodega del Terpsícore. Tardó un rato en volver a hablar. Aquella severa mujer Rehecha hacía que se sintiera avergonzado.
—¿De qué modelo es tu motor? —dijo al fin, en sal. Ella lo miró, consternada, y él se dio cuenta con asombro de que ignoraba la mecánica de su propio cuerpo Rehecho.
—Lo más seguro es que sea un modelo antiguo —continuó con lentitud—. Con un solo juego de pistones y sin cámara de recombinación. Nunca fueron demasiado buenos —se detuvo durante unos instantes. Vamos, pensó. Puede que diga que sí y eso le gustará al muchacho—. Si quieres, podría echarle un vistazo. He trabajado con motores toda mi vida. Podría… podría incluso… —vaciló, incomodado por un verbo que sonaba algo obsceno cuando se aplicaba a una persona— podría incluso repararte.
Se alejó de la mesa, en teoría para servirse más estofado pero en realidad para no tener que escuchar el embarazoso monólogo de Shekel: gratitud para Tanner y solicitud para tratar de convencer a Angevine. Por encima del coro de Vamos Ange, amigo, Tanner, eres mi mejor amigo, Tanner se percató de que ella estaba indecisa y sorprendida. No estaba acostumbrada a ofertas como aquélla, a menos que acarreasen una deuda.
No lo hago por ti, pensó Tanner fervientemente, deseando que ella pudiera escucharlo. Lo hago por el chico.
Se apartó un poco más mientras Shekel y ella cuchicheaban. Les dio la espalda de forma discreta, se quitó los bombachos y se metió en una bañera de latón llena de agua de mar. Lo alivió. Se empapó de ella con la misma sensación exuberante que le hubiera proporcionado antaño un baño de agua caliente y confió en que Angevine comprendiera sus motivaciones.
No era ninguna tonta. Al cabo de un rato dijo con dignidad algo así como Gracias, Tanner, sí, podría estar bien. Dijo que sí y Tanner descubrió, con cierta sorpresa, que eso lo complacía.
Shekel seguía maravillado por el clamor de sonidos mudos que el aprender a leer le había proporcionado, pero con la costumbre vino también el control. Dejó de detenerse en mitad de los corredores, sobresaltado, mientras la palabra mamparo o cabezales le gritaba desde la señal de algún barco.
Durante la primera semana, más o menos, las pintadas lo habían intoxicado. Se paraba delante de las paredes y los costados de los navíos y dejaba que sus ojos reptaran sobre la maraña de mensajes garabateados o dibujados o pintados en los flancos de la ciudad. La diversidad de estilos resultaba pasmosa: las mismas letras podían escribirse de docenas de maneras diferentes sin perder un único significado. Esto no dejaba de sorprenderlo y complacerlo.
La mayoría de lo que se leía allí era insultante o político o escatológico. A la mierda Otoño Seco, leía. Nombres a docenas. Alguien ama a alguien, repetido una y otra vez. Acusaciones, sexuales o de otros tipos. Barsum o Peter u Oliver es un Capullo o una Zorra o un Putón o cualquier otra cosa. La escritura dotaba a cada declaración de una voz diferente.
En la biblioteca, sus depredaciones de las estanterías se habían vuelto menos furiosas, menos ebrias de impaciencia y júbilo, pero seguía sacando gran cantidad de libros y los leía despacio y escribía las palabras que no entendía.
Algunas veces abría un libro y encontraba palabras que lo habían derrotado la primera vez que las leyera y que había puesto por escrito y se había aprendido. Se sentía como un zorro que las hubiera atrapado tras haberles seguido el rastro. Así era con concienzudo o alpinista o khepri. Cuando las encontraba una segunda vez se le rendían y las leía sin pausa.
En las estanterías de volúmenes extranjeros, encontraba una especie de liberación. Lo fascinaban sus crípticos alfabetos y ortografías, sus extrañas ilustraciones para niños de otras tierras. Cuando necesitaba quietud en su cabeza, iba allí y los hojeaba. Podía estar seguro de que guardarían silencio.
Hasta el día en que cogió uno de ellos y le dio la vuelta entre las manos, y el libro le habló.
Al anochecer, algo avanzaba morosamente desde mar abierto hacia Armada.
Se aproximó al último turno de ingenieros que quedaba bajo el agua. Estaban ascendiendo lentamente, trepando por las escalerillas y las superficies agujereadas de la ciudad sumergida, estornudando en el interior de sus cascos, sin mirar abajo, sin ver lo que se acercaba.
Tanner Sack se encontraba con Hedrigall en el extremo de Puerto Basilio. Se sentaban como dos niños, con las piernas colgando por la borda de una pequeña coca, observando cómo trasladaban las mercancías las jaibas.
Hedrigall estaba tratando de decir algo. Hablaba de forma oblicua. Sugería e insinuaba, y Tanner comprendió que aquello tenía que ver con el proyecto secreto, aquello que tantos compañeros suyos conocían. Sin el menor jirón de aquel conocimiento, Tanner no podía ni imaginar de qué estaba hablando Hedrigall. Sólo se daba cuenta de que su amigo estaba disgustado y tenía miedo de algo.
A cierta distancia de ellos, los ingenieros emergían por grupos de las aguas y subían por las escalerillas a las plataformas y destartalados vapores desde los que aparatosos motores y algunos colegas y constructos bombeaban el aire que ellos respiraban.
De repente, el agua de aquel pequeño rincón del puerto empezó a burbujear como si estuviera hirviendo. Tanner dio una palmadita a Hedrigall en el antebrazo para que se callara, se puso en pie y alargó el cuello.
Hubo una conmoción en la orilla. Varios trabajadores acudieron corriendo y empezaron a sacar a los nadadores tirando de sus tubos. Más hombres salieron a la superficie en pequeñas oleadas que rompieron la quietud de las aguas. Con aspecto desesperado, se llevaban las manos a los cascos y a las escalerillas, luchando por salir de allí. El agua se hinchó y estalló al emerger Juan el Bastardo. Aleteó violentamente con la cola hasta que pareció como si se mantuviera de pie con dificultades sobre la superficie del mar y entonces chilló como un mono.
Un hombre subido a una de las escalerillas salió de las verdes aguas, logró quitarse el casco y gritó pidiendo ayuda.
—¡Un ictihueso! —chilló—. ¡Hay hombres ahí abajo!
Por todas partes la gente se asomó a las ventanas, alarmada, dejó su trabajo y corrió hasta la orilla. Miraba desde los pequeños pesqueros que se balanceaban en mitad del puerto, señalando al agua y gritando a quienes se encontraban en los extremos de los embarcaderos.
El corazón se le heló a Tanner en el pecho mientras el agua ascendía a la superficie en rojizas volutas.
—¡Tu cuchillo! —le gritó a Hedrigall—. ¡Dame tu puto cuchillo! —se quitó la camisa y salió corriendo sin vacilar.
Dio un salto, mientras sus tentáculos se extendían y, tras él, Hedrigall gritaba algo que no pudo entender. Entonces los largos dedos de sus pies atravesaron la superficie y, con una oleada de frío, se encontró en el agua y luego debajo de ella.
Pestañeó de forma frenética y sus párpados interiores descendieron. A cierta distancia, medio ocultos por el mar, las sombras de los sumergibles navegaban con torpeza por debajo de la ciudad.
Vio los últimos hombres que ascendían desesperadamente hacia la luz, con una lentitud y torpeza tales que resultaban aterradoras. En algunos lugares, grandes manchones de sangre desteñían las aguas. Un pedazo de cartílago estaba descendiendo lentamente en medio de una neblina de carne, en el lugar en que uno de los tiburones centinela de Armada había sido hecho pedazos.
Tanner descendió a toda velocidad. A cierta distancia, junto a la base de una enorme tubería sumergida, casi veinte metros más abajo, vio a un hombre paralizado por el miedo. Y por debajo de él, en las sombrías aguas, parpadeando de un lado a otro como una llama, una oscura forma.
Tanner se detuvo, boquiabierto. Era colosal.
Por encima, escuchó el chapoteo apagado de cuerpos que se zambullían. Varios hombres armados estaban descendiendo, envueltos en arneses sostenidos por grúas, erizados de arpones y lanzas. Pero se movían muy despacio, centímetro a centímetro, a merced de los motores que los controlaban.
John el Bastardo lo sobresaltó al pasar como una exhalación a su lado y Tanner vio cómo emergían desde los extremos de la ciudad sumergida, los silenciosos tritones de Soleado y se lanzaban hacia el depredador.
Envalentonado, reanudó su descenso.
Su mente volaba. Sabía que de tanto en cuanto se producían ataques de grandes depredadores: tiburones rojos, peces lobo, calamares gigantes y otras cosas, que atravesaban las jaulas de los peces y atacaban a los trabajadores, pero nunca se había enfrentado a uno de ellos. Nunca había visto un dinichtys, un ictihueso.
Apretó con fuerza el cuchillo de Hedrigall.
Con súbita repugnancia se dio cuenta de que estaba pasando por una nube de agua manchada de sangre y pudo saborearla en la boca y las branquias. El estómago se le encogió al ver cómo se hundían lentamente a su lado los restos destrozados de un traje de buceo mezclados con restos indistintos.
Y entonces llegó al extremo de la tubería, a escasos metros de distancia del cuerpo sangrante e inmóvil del buceador y la criatura de las profundidades ascendió para salirle al paso.
Escuchó el latido de las aguas y sintió un incremento súbito de la presión y miró abajo y profirió un grito mudo al mar.
Un enorme pez de cara plana se precipitaba hacia él. Tenía la cabeza cubierta por un exoesqueleto, suave y redondeado como una bala de cañón, interrumpida por unas mandíbulas enormes en las que Tanner no vio dientes sino dos extrusiones óseas afiladas como navajas que lanzaban destelladas al agua y entre las que flotaban jirones de carne. Su cuerpo era alargado y puntiagudo pero carecía de contornos y de cola; su aleta dorsal era baja y esbelta y se fundía con el hueso de la columna, como si fuera una especie de anguila hinchada.
Tenía más de diez metros de longitud. Volaba hacia él, con la boca lo bastante abierta como para partirlo por la mitad de una sola dentellada y los diminutos ojos brillando con estupidez y malevolencia bajo el caparazón protector.
Tanner aulló con bravura insensata mientras preparaba su pequeño cuchillo.
Juan el Bastardo pasó como un rayo frente a los ojos de Tanner, se precipitó sobre el costado del dinichtys y lo golpeó con fuerza en un ojo. El enorme depredador desvió su trayectoria con aterradora elegancia y velocidad y trató de capturar al delfín. Los dos huesos de su boca se cerraron con un crujido y chirriaron.
Tanner se alejó dando violentas brazadas y con movimientos espasmódicos se lanzó hacia el nadador abandonado. Mientras nadaba miró a su alrededor y vio, horrorizado, que el enorme pez blindado había vuelto a sumergirse, a pesar de los intentos de Juan el Bastardo por atraerlo y tras girar debajo de él, volvía a atacar desde abajo.
Con una última patada, Tanner alcanzó el tosco metal de la tubería y alargó el brazo hacia el buceador. No podía apartar la mirada del dinichtys y su corazón latía como un martillo neumático mientras aquella cosa monstruosa se abalanzaba sobre él. Las ventosas de sus tentáculos lo anclaban a la tubería. Balanceó el cuchillo en la mano derecha, mientras rezaba para que Juan el Bastardo o los tritones o los buceadores armados llegaran hasta allí. Con la mano izquierda buscaba a tientas al hombre atrapado.
Su mano encontró algo cálido y suave, algo que cedió frente a la presión de sus dedos de una manera horripilante y Tanner apartó la mano al instante. Por un momento volvió la vista hacia el hombre que tenía a su lado.
Se encontró de cara con un casco lleno de agua, tras el cual lo observaban unos ojos protuberantes y una boca distendida e inmóvil. El cuero de la parte central del traje había sido arrancado y el estómago del hombre estaba hecho pedazos. Sus entrañas se mecían a merced de las aguas, como anémonas.
Tanner soltó un gemido y se apartó como impulsado por un resorte, mientras sentía la proximidad del dinichtys debajo de sí. Lanzó patadas aterrorizadas que no acertaron a nada y entonces, con una oleada brusca y salvaje, el hueso y las escamas pasaron a su lado como una exhalación, toneladas de músculos en tensión, el sonido de un entrechocar de huesos resonando por el agua, y la tubería se estremeció al serle arrancado el cuerpo. El cazador blindado se alejó zigzagueando del bosque invertido de las quillas de Armada, llevándose el cadáver del buceador entre las mandíbulas.
Juan el Bastardo y los tritones de Soleado lo siguieron, aunque incapaces de igualar su implacable velocidad. Conmocionado, Tanner Sack sacudía las piernas en dirección a ellos pero no lograba avanzar. El recuerdo de la presencia del monstruoso pez lo frenaba y lo helaba. Era consciente de una manera vaga de que debería salir a la superficie, debería calentarse y beber una taza de té dulce, de que se sentía enfermo y muy asustado.
El dinichtys se estaba dirigiendo ahora hacia las profundidades, hacia los reinos de las presiones aplastantes en las que sus perseguidores jamás podrían sobrevivir. Tanner observó su marcha, mientras se movían muy despacio y trataba de no respirar la sangre, que empezaba a disiparse. Ahora estaba solo.
Se arrastró por aguas que eran como alquitrán, por zonas de la ciudad sumergida que no le resultaban familiares, desorientado y perdido. Aún podía ver el rostro del muerto y sus entrañas desparramadas. Y, mientras iba recobrando el control de sí mismo, mientras se revolvía y avistaba los barcos móviles de Puerto Basilio y los botes como pequeñas motas que formaban el Mercado de Invercaña, levantó la mirada y vio, bajo la fría y afilada sombra del navío que había sobre él, una de las formas inmensas e indistintas que se escondían bajo el vientre de la ciudad, oculta por encantamientos y cuidadosamente guardada, cuya visión estaba prohibida. Vio que estaba unida a otras y ascendió un poco más sin que nada lo estorbara, pues el tiburón que la protegía estaba ahora muerto y la forma se hizo más clara y de pronto estuvo muy cerca, apenas a unos pocos metros y él había atravesado las tinieblas y los hechizos de ocultación y podía verla con toda claridad y supo lo que era.
Al día siguiente, Bellis fue sometida a horripilantes descripciones del ataque del monstruo por parte de sus colegas.
—Por todos los putos dioses —le dijo Carrianne, espantada—. ¿Te lo imaginas? Partido en dos por ese hijo de puta —sus descripciones se volvían cada vez más grotescas y desagradables.
Bellis no le prestaba atención. Estaba pensando en lo que Silas le había contado. Lo abordaba como hacía con la mayor parte de las cosas: de una manera fría, tratando de someterlo a un análisis intelectual. Buscó libros sobre Las Gengris y los grindilú pero encontró muy pocas cosas, aparte de cuentos de niños y especulaciones absurdas. Le resultaba difícil —casi hasta lo imposible— asumir la escala de la amenaza a la que se enfrentaba Nueva Crobuzón. Durante todos los años de su vida, la ciudad había existido a su alrededor, enorme, multicolor y permanente. La idea de que pudiese ser amenazada resultaba casi inconcebible.
Pero, claro, también los grindilú eran inconcebibles.
Bellis descubrió que estaba verdaderamente alarmada por las descripciones de Silas y su evidente temor. Con una especie de extravagancia mórbida, había tratado de imaginarse Nueva Crobuzón tras una invasión. Arruinada y hecha pedazos. Había empezado como un juego, una especie de desafío que se había insinuado en las márgenes de su mente y en el que esta se llenaba de imágenes horripilantes. Pero luego las imágenes la habían recorrido sin que pudiera impedirlo, como si estuvieran siendo proyectadas por una linterna mágica y la habían aterrorizado.
Vio los ríos coagulados por los cuerpos y el brillo de los grindilú por debajo de ellos. Vio las cenizas de los pétalos que volaban desde la Casa Fucsia mientras ésta se quemaba; los escombros del Parque Gárgola, el Invernadero abierto como un huevo y cubierto de cadáveres de cactos. Se imaginó hasta la Estación de la Calle Perdido desplomada, las vías retorcidas, la fachada hecha añicos para sacar a la luz la intrincada arquitectura de sus entrañas.
Bellis se imaginó las antiquísimas e inmensas Costillas que se erguían en arco sobre la ciudad, partidas, su curva interrumpida en una cascada de polvo de hueso.
Estaba aterrada. Pero no había nada que pudiera hacer. En aquel lugar a nadie, a nadie de los que tenían el poder, le importaría. Silas y ella estaban solos y, hasta que comprendieran lo que estaba ocurriendo en Armada, hasta que supieran adónde se estaban dirigiendo, no podrían dar con un modo de escapar.
Escuchó que la puerta se abría y levantó la mirada de la pila de libros. Shekel esperaba en el umbral, con algo entre las manos. Estaba a punto de saludarlo cuando reparó en su semblante.
Había en él una expresión de gran seriedad e incertidumbre, como si no estuviese seguro de si había hecho algo malo.
—Tengo que enseñarte una cosa —le dijo el muchacho con lentitud—. Ya sabes que escribo todas las palabras que al principio no entiendo. Y así, cuando vuelvo a encontrarlas en otros libros, ya las conozco. Bueno… —miró el libro que sostenía—, bueno, ayer encontré una. Y el libro no está en ragamol y la palabra no es… ni un verbo ni un sustantivo ni nada de eso. —Recalcó los términos técnicos que ella le había enseñado: no con orgullo sino para explicarse mejor.
Le tendió el libro.
—Es un nombre.
Bellis lo examinó. El nombre del autor, pintado de verde metálico, estaba grabado en la portada.
Krüach Aum.
La obra que Tintinnabulum estaba buscando y que era de importancia capital para el proyecto de los Amantes.
Shekel la había encontrado.
Se había topado con ella en las estanterías de la sección infantil. Mientras Bellis se sentaba y la hojeaba, no le sorprendió en absoluto que la hubieran catalogado mal. Estaba llena de dibujos en un estilo primitivo: ejecutados con trazos gruesos y simples y una perspectiva infantil que hacía que las proporciones fueran poco claras y un hombre pudiera tener la altura de una torre que estaba a su lado. Las páginas derechas contenían texto y las izquierdas una lámina, de modo que en su conjunto el librillo parecía una fábula ilustrada.
Era evidente que quienquiera que la hubiese catalogado le había dedicado poca atención y, al no comprenderla, la había colocado sin más examen con otros libros ilustrados: libros para niños. Su entrada no había sido registrada. Había permanecido allí, sin que nadie lo tocase, durante años.
Shekel le estaba diciendo algo pero ella no lo oía con claridad: no sé qué hacer, estaba diciendo con tono incómodo, pensé que tú podrías ayudarme, el que Tintinnabulum estaba buscando, hice lo que creí mejor. La adrenalina y una excitación tremenda la inundaron mientras examinaba el volumen. No tenía título. Lo abrió por la primera página y el corazón le dio un vuelco al descubrir que había estado en lo cierto con respecto al nombre de Aum. El libro estaba escrito en Kettai Alto.
Era la lengua arcana y clásica de Gnurr Kett, la nación isleña situada miles de kilómetros al sur de Nueva Crobuzón, en un extremo del Océano Hinchado, donde las cálidas aguas se convertían en el Mar de la Arena Negra, una lengua muy difícil que utilizaba el alfabeto ragamol pero derivaba de una raíz muy diferente. El Kettai base, el idioma cotidiano, resultaba mucho más sencillo pero las relaciones entre ambos eran muy antiguas y se habían atenuado con el paso del tiempo. La fluidez con uno de ellos proporcionaba tan sólo un conocimiento superficial del otro. El Kettai Alto, hasta en la propia Gnurr Kett, era patrimonio de los juglares y de unos pocos intelectuales.
Bellis lo había estudiado. Fascinada por su estructura de verbos interrelacionados, el primer libro que había escrito había versado sobre el Alto Kettai. Habían pasado quince años desde la publicación de la Gramatología del Kettai Alto pero, aunque su recuerdo estaba un poco oxidado, al examinar la introducción fue aprehendiendo poco a poco su significado.
Mentiría si dijera que escribo esto sin orgullo, leyó Bellis en silencio y levantó la mirada, tratando de calmarse, casi temerosa de continuar.
Pasó las páginas rápidamente mientras examinaba las ilustraciones. Un hombre en una torre junto al mar. El hombre en una playa, cuya arena está salpicada de los esqueletos de grandes motores. El hombre haciendo cálculos bajo el sol y bajo las sombras de unos árboles extraños. Pasó la cuarta página y se quedó sin aliento. Se le puso la carne de gallina.
En la cuarta ilustración, el hombre volvía a estar en la playa —sus vacíos y estilizados ojos, dotados por el artista de la placidez de una vaca, eran el único rasgo visible en su rostro— y sobre el mar, nadando en dirección a un bote que se aproximaba, se veía una bandada de figuras oscuras. El dibujo era poco claro pero Bellis podía ver finos brazos y piernas colgantes y una confusión de alas.
Hizo que se sintiera inquieta.
Lo examinó mientras trataba de recordar el idioma. Había algo muy extraño en aquel libro. Parecía diferente a todas las demás obras en Kettai Alto que ella hubiera visto. Había algo incongruente en el tono, una acusada diferencia con respecto a la poesía que caracterizaba al antiguo canon de Gnurr Kett.
Hubiera pedido ayuda a los extranjeros, tradujo poco a poco, pero todos ellos rehuían nuestra isla por temor a nuestras voraces mujeres.
Bellis levantó la mirada. Jabber sabe, pensó, en qué he puesto las manos.
Pensó con rapidez, tratando de decidir lo que debía hacer. Sus manos seguían pasando páginas como si fuesen las de un constructo y entonces, al bajar la mirada hacia mitad del libro, vio al mismo hombre en el mar, sentado en una pequeña embarcación. Tanto su figura como la de su barco eran muy pequeñas. Estaba sumergiendo una cadena y un enorme anzuelo en el mar.
Muy abajo, en mitad de las espirales que representaban la superficie del agua, había unos círculos concéntricos que empequeñecían su bote.
El dibujo atrajo su atención.
Lo miró con atención y en su interior se conmovió algo. Contuvo la respiración. Y, en un instante de comprensión, la imagen se reconfiguró como una ilusión óptica para niños y vio lo que era, supo a qué estaba mirando y su estómago se encogió con tal fuerza que sintió que caía a un abismo.
Supo cuál era el proyecto secreto de Anguilagua. Supo adónde se estaban dirigiendo. Supo lo que Johannes estaba haciendo.
Shekel seguía hablando. Ahora le estaba contando lo del ataque del dinichtys.
—Tanner estaba allí abajo —le oyó decir con orgullo—. Fue para ayudar pero no pudo llegar a tiempo. Pero te contaré algo divertido. ¿Te acuerdas que hace algún tiempo te conté que había cosas bajo la ciudad, formas que no lograba distinguir del todo? ¿Y que no le permitían que las viera? Bueno, pues ayer, después de ese ictihueso se marchara, el pobre Tanner apareció justo debajo de una de ellas, ¿sabes? Pudo verla con toda claridad. Ahora sabe lo que hay allí. Adivina lo que era…
Hizo una pausa teatral para permitir que Bellis elucubrara. Ella seguía mirando la ilustración.
—Una brida —dijo ella, con voz casi inaudible. La expresión de Shekel cambió, sustituida por una de confusión. De repente, ella habló en voz alta—. Una brida gigante, un bocado, riendas, unos arreos más grandes que un edificio entero. Cadenas, Shekel, del tamaño de barcos —dijo. Él se la quedó mirando y asintió, boquiabierto, mientras ella concluía—. Tanner vio unas cadenas.
Pero aún no levantó la mirada del dibujo: un hombre pequeño a bordo de un pequeño barco en un mar de olas congeladas que se solapan en una secuencia perfecta, como escamas de pez, y por debajo de ellos, dibujado con una espiral de tinta de trazos finos y apretados, eclipsando con mucho las dimensiones del barco, un círculo dentro de un círculo dentro de un círculo, vasto por muy lejana que sea la perspectiva, inconcebiblemente grande, con un centro lleno de oscuridad. Mirando hacia arriba, mirando al pescador que aguarda a su presa.
Esclerótica, iris y pupila.
Un ojo.