La Cicatriz

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Segunda parte: Sal » Tercer interludio: en otro lugar

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Tercer interludio: en otro lugar

Hay intrusos en Salkrikaltor. Aguardan en silencio, espiando a la ciudad y a las jaibas, comedidos e inexorables como desagües.

Han dejado tras de sí un rastro de granjeros y aventureros submarinos y trotamares y burócratas de menor importancia desaparecidos. Han extraído información utilizando la persuasión, la taumaturgia y la tortura.

Los intrusos observan con ojos que son como petróleo.

Han explorado. Han visto las simas de los tiburones y las galerías y las arcadas y los barrios bajos de las jaibas, la arquitectura de los bajíos. Conforme la luz se apaga y empiezan a brillar los globos de Salkrikaltor, el tráfico se incrementa. Las jaibas jóvenes y presumidas pelean y se pavonean en las plataformas que ascienden en espiral por encima de ellos (sus acciones se reflejan en los ocultos ojos de los espías).

Pasan las horas. Las calles se vacían. La luz de los globos se atenúa un tanto en las horas que preceden al amanecer.

Y entonces se hace el silencio. Y la oscuridad. Y el frío.

Y los intrusos se mueven.

Pasan por las calles vacías, envueltos en un sudario de sombras.

Se mueven como cúmulos de desechos, como si no fueran nada, como si fueran arrastrados por corrientes y reflujos fortuitos. Se adentran en los callejones donde moran las anémonas.

No hay nada vivo en las calles salvo los peces nocturnos, los caracoles marinos y los cangrejos que se quedan helados de terror al aproximarse los intrusos. Pasan junto a los mendigos a la sombra de los edificios. Penetran por una grieta en un almacén al que le falta muy poco para convertirse en polvo. Cruzando el nivel más bajo de un paisaje de tejados que semeja un macizo coralino, se insinúan en el interior de sombras que parecen demasiado pequeñas para contenerlos. Rápidos como morenas.

Un nombre les fue susurrado en una bocanada de sangre, una pista que han aceptado, seguido y encontrado.

Se alzan y contemplan el paisaje de tejados.

Él duerme allí, las patas plegadas debajo de sí, el torso suavemente balanceado por la corriente, los ojos cerrados: la jaiba macho que han capturado. Los intrusos se ciernen sobre él. Lo acarician y lo tocan y emiten sonidos desde el interior de sus gargantas y los ojos de éste se abren y se debate convulsa y violentamente contra las cadenas con las que lo han maniatado (tan silenciosa y gentilmente como niñeras, para despertarlo) y su boca se pone tan tensa que parece que se va a partir y va a empezar a sangrar. Estaría chillando y chillando con la vibrante voz de las jaibas de no ser porque lo han apresado con un collar de hueso que le aprisiona determinados nervios en el cuello y la espalda y le impide articular sonido alguno.

Pequeñas gotas de agua flotan desde la garganta de la jaiba. Los intrusos lo observan con curiosidad. Cuando por fin su frenesí se agota, uno de los que lo tienen prisionero se mueve con elegancia alienígena y habla.

Sabes algo, dice. Nosotros también debemos saberlo.

Comienzan su trabajo, susurrando preguntas mientras tocan y tocan al traductor jaiba con inimaginable pericia y la cabeza de este salta como impulsada por un resorte hacia atrás y grita de nuevo.

De nuevo, sin un solo sonido.

Los intrusos continúan.

Y más tarde.

El blando lecho del océano desaparece de la vista y el agua se abre en un abismo interminable y las figuras oscuras (lejos de casa) permanecen inmóviles, suspendidas en la oscuridad, y reflexionan.

El rastro ha explotado.

Pequeñas filigranas de rumor se alejan retorciéndose de ellos, dan vueltas y vueltas y los llaman con voz burlona. El barco sureño ha desaparecido. Desde los rocosos extremos del continente, donde se alza la tierra para separar el agua dulce de la salada, lo han seguido hasta el Canal del Basilisco, hasta los dedos apuntados hacia el cielo de Ciudad Salkrikaltor, hasta ese navío que navega humeando entre el mar y el lugar montado a horcajadas sobre el río, Nueva Crobuzón. Pero ese barco ha desaparecido, dejando tras de sí un persistente rastro de mentiras e historias.

Bocas de las profundidades. Piratas fantasma. La Torsión. Tormentas ocultas. La ciudad flotante.

Una vez tras otra, la ciudad flotante.

Los cazadores investigan las plataformas de perforación que se yerguen en las aguas meridionales de Salkrikaltor: soportes como árboles de tamaño colosal, como patas de paquidermo, bloques de hormigón sobre el lecho del océano, el barro que rezuma a su alrededor como si fuesen dedos de un pie.

Los taladros perforan la blanda roca y le sorben los jugos. Las plataformas se alimentan en los bajíos como seres de las marismas.

Hombres vestidos con cáscaras de cuero descienden atados a cadenas para cuidar a los gigantes de voz morosa y los cazadores los abaten con la facilidad de los depredadores expertos. Les quitan las máscaras y los hombres se convulsionan fútilmente y emiten sus vidas en burbujeantes aullidos de aire. Los extraños los mantienen vivos con hechizos, con besos de oxígeno, con masajes que frenan su ritmo cardiaco y los conducen a cavernas bajo el agua y los hombres suplican por su vida y, ante la insistencia de sus captores, les cuentan toda clase de historias.

Historias, por encima de todo, sobre la ciudad flotante que robó el Terpsícore.

Cae la noche y las sombras vertidas por el día se extinguen. Las inciertas figuras tienen toda el agua del mundo para buscar. Los océanos: el Rime; el Boxash; el Vassilly y el Tarribor y el Teuchor; el Mudo y el Hinchado. Y el Mar de los Caballeros y el Mar Espiral y el Océano del Reloj y el Oculto y otros; y todos los estrechos, los golfos y los canales; y las bahías y las ensenadas.

¿Cómo pueden registrarlo todo? ¿Cómo podrían empezar?

Le preguntan al mar.

Parten mar adentro.

¿Dónde está la ciudad flotante?, preguntan.

El rey de los tiburones trasgo no lo sabe o no le importa. Los corkanth no se lo dirán. Los cazadores preguntan por todas partes: ¿Dónde está la ciudad flotante?

Encuentran inteligencias monacales que se ocultan bajo la apariencia de bacalaos y congrios, que aducen ignorancia y se alejan nadando para reanudar su contemplación. Los cazadores preguntan a las salinas, los elementales de la salmuera, pero no logran comprender los chillidos líquidos de información que reciben como respuesta.

Tras alzarse con el sol y volver a emerger a la superficie, los cazadores se dejan mecer por las olas y vuelven a pensar.

Preguntan a las ballenas.

¿Dónde está la ciudad flotante?, preguntan a las gigantescas y estúpidas devoradoras de krill, la gris, la jorobada y la azul. Se encaraman a ellas como alpinistas y manipulan los centros del placer de sus pesados cerebros. Las sobornan ahuyentando una riada de plancton de toneladas de peso hacia sus sonrientes fauces.

Los cazadores convierten la pregunta en una orden.

Encontrad la ciudad flotante, dicen, utilizando conceptos lo bastante simples para que las ballenas los comprendan.

Y lo hacen. Los enormes animales reflexionan. Sus sinapsis operan con tal lentitud que los cazadores se impacientan (pero saben que deben esperar). Finalmente, después de varios minutos en los que el único sonido es el chapoteo de las ballenas al remontar el oleaje, con un estruendo de cánticos entonado al unísono, rompen el silencio.

Gimen a lo largo de miles de millas, sondeando, buscando con el eco, enviándose mensajes estúpidos y amistosos entre sí, haciendo lo que les han ordenado: buscar a Armada.

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