La Cicatriz
Séptima parte: El Vigía » 47
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Tanner Sack era conocido. Era el tío que había luchado con un ictihueso para salvar a un hombre moribundo. Se había Rehecho para convertirse en una especie de hombre-pez y así poder vivir mejor en Armada. Había perdido a su chico.
Tanner era conocido y respetado.
La gente escuchaba a Tanner y lo creía.
Bellis no podía contarle nada a nadie. Su boca era fría y dura como la piedra.
Debía confiar en otros para extender la noticia.
Todo el mundo conocía a Tanner Sack.
Si Bellis hubiera tratado de contar lo que había escuchado, en aquel desagradable y pequeño cubil, si hubiera tratado de revelar los secretos que conocía, no la hubieran creído. No la hubieran escuchado. Pero había llevado a alguien más al cuarto para que pudiera hablar por ella y contar la historia.
No podía por más que asentir mientras esbozaba una sonrisa sin ninguna calidez. Dioses, está bien hecho, pensó al tiempo que inclinaba la cabeza en reconocimiento a un trabajo consumado. Sentía que las hebras de la causa, el efecto, el esfuerzo y la interacción se tensaban a su alrededor. Sentía que las cosas se ordenaban, encajaban en su lugar, ahora sí, al haber hecho aquello.
Oh, está bien hecho.
Empezó casi tan pronto como Tanner y ella salieron de las cubiertas inferiores.
Parpadeó y miró a su alrededor, las banderas y las coladas, y los puentes, y las torres, aún enteros y unidos con argamasa. Las imágenes de la historia de Hedrigall la atormentaban. Había visto con tal claridad cómo se hacía pedazos y caía la ciudad que resultaba un alivio emerger y ver que seguía siendo sólida.
Tanner empezó. Los Amantes seguían abajo, organizando aún, tratando de ocultar a Hedrigall. Mientras se confinaban más allá de la luz y urdían planes, Tanner empezó.
Buscó primero a la gente que conocía bien. Hablaba rápidamente y con fiero entusiasmo. Una de las primeras a las que encontró fue Angevine y la incluyó con cuidado en el grupo de estibadores al que le estaba hablando, que no la conocían.
Su pasión era genuina, desprovista por completo de dobleces. No estaba dando discursos.
Bellis observaba cómo se movía entre la muchedumbre que aún seguía reunida en las cubiertas del Grande Oriente, arguyendo en tono rabioso sobre lo que habían visto, sobre lo que Hedrigall había visto, sobre cómo y por qué había regresado.
Temblaba de furia. Bellis lo seguía en un curso discreto e irregular. Lo observaba y estaba impresionada con su fervor. Observaba cómo se desperdigaban por la masa las reacciones de sorpresa y asombro, igual que una enfermedad. Observaba cómo se convertía la incredulidad en perplejidad y furia aterrada y luego en determinación.
Tanner insistía (ella lo oía) en que tenían derecho a conocer la verdad y una especie de incertidumbre se agitó dentro de Bellis.
Ella no sabía cuál era la verdad; no estaba segura de lo que creía. No sabía lo que se escondía detrás de la extraordinaria historia de Hedrigall. Había varias posibilidades diferentes. Pero eso no importaba. Ahora mismo se negaba a pensarlo. La habían llevado hasta aquel lugar y ella haría lo que debía y le pondría fin a todo.
Observó cómo aquéllos con los que Tanner había hablado hablaban con otros, hasta que fue imposible seguirle el rastro a la historia. Empezó a moverse con impulso propio. Muy pronto, la mayoría de quienes referían una confusa versión de la historia de la huida de Hedrigall de la Cicatriz no podría decir cómo se había enterado.
Los Amantes habían contado gran parte de la verdad sobre la Cicatriz, tal como ellos la entendían, en una forma popular. Había poca gente en Armada que no supiera que las posibilidades manaban de ella, que ésa era la fuente de su poder. Algunos habían visto la espada de Uther Doul en funcionamiento: sabían lo que podía hacer la minería de posibilidades. Y allí, tan al interior del Océano Oculto, tan cerca de la propia Cicatriz, de la que brotaban posibilidades como el plasma, no era difícil creer que Hedrigall —este Hedrigall, que desvariaba encerrado en las cubiertas inferiores del vapor— estaba diciendo la verdad.
Y mientras su propio Hedrigall, el que huyó semanas atrás, podía estar en aquel momento a miles de kilómetros de distancia, sobrevolando el océano, o aplastado tras un accidente, o viviendo como ermitaño en alguna tierra extranjera o ahogado en el mar, los armadanos aceptaron que el que habían recogido era un casi-hombre. Un refugiado proveniente de un Bas-Lag terrible en el que Armada había sido destruida.
—Hace dos días —escuchó Bellis que decía una mujer con terror y asombro casi reverentes—. Todos. Llevamos muertos dos días.
Era una advertencia. Nadie podía ignorarla.
Mientras el sol atravesaba el cuarto más bajo del cielo, la historia extendió sus dedos por todos los paseos. Su presencia contaminó la atmósfera.
Hedrigall estaba a buen recaudo y los Amantes cometieron el estúpido error de permanecer abajo, haciendo planes. Sobre sus cabezas, Tanner daba rienda suelta a su rabia y corría de barco a barco, difundiendo la noticia.
Bellis esperaba en el Grande Oriente, recordando la historia de Hedrigall… la recordaba tan bien que sentía que le llenaba la cabeza y volvió a ver de nuevo el aterrador colapso. No trató de evaluar lo que había dicho. Era una historia, una historia asombrosa, contada de forma asombrosa. Eso era lo único que importaba.
Veía a los armadanos ir y venir a su alrededor, debatiendo y discutiendo con aire sombrío. Se estaban haciendo planes, eso saltaba a la vista; había movimiento. Algo se estaba aproximando a su conclusión.
El tiempo se movió rápidamente. El sol estaba muy bajo. Por toda Anguilagua, los talleres estaban cerrando y sus trabajadores se reunían y convergían hacia el Grande Oriente.
A las seis en punto, los Amantes salieron. Algún rumor de lo que estaba ocurriendo se había filtrado hasta ellos, una consciencia imprecisa de que su paseo y la ciudad estaban en crisis.
Salieron a la luz, seguidos por Uther Doul, con expresiones duras y nerviosas en los semblantes. Bellis vio que pestañeaban de asombro ante las filas de ciudadanos que tenían delante. Docenas de ellos, alineados como un ejército harapiento: había hotchi y cactos entre los humanos, e incluso llorgiss de Anguilagua.
Sobre ellos, sacudiéndose mientras sus nervios morían bajo la luz del sol, se encontraba el Brucolaco. Y a la cabeza de todos, un poco adelantado y con la barbilla alzada, venía Tanner Sack.
Los Amantes miraron a sus hombres y mujeres y Bellis estuvo segura de ver que se encogían. Los observó un instante y luego los ignoró. Volvió la vista hacia su mercenario. Uther Doul no la miró a los ojos.
—Hemos hablado con Hedrigall —dijo la Amante con una voz que no traicionaba ansiedad alguna.
Para su asombro, Tanner Sack la interrumpió.
—Ahórranoslo —dijo. A su alrededor se intercambiaron miradas. La gente estaba impresionada por la fuerza de su voz.
Los Amantes lo miraron fijamente, mientras los ojos se les abrían ligeramente, con los rostros inescrutables.
—Ya basta de mentiras —dijo Tanner—. Sabemos la verdad. Sabemos dónde ha estado Hedrigall… este otro Hedrigall, el que habéis encerrado para esconderlo de nosotros. Sabemos de dónde viene.
Avanzó, y la masa avanzó con lentitud tras él, resuelta.
—Jaddosk —gritó Tanner—, Corscal, Guddrum, todos, id a buscar a Hedrigall. Está abajo, en alguna parte. Traedlo aquí. —Un grupo de cactos nerviosos se adelantó hacia los Amantes y Uther Doul y la puerta que había tras ellos.
—¡Alto! —gritó la Amante. Los cactos se detuvieron y miraron a Tanner. Éste avanzó y la multitud lo siguió. Envalentonados, los cactos volvieron a moverse.
—Doul… —dijo la Amante, con voz peligrosa. Todo el mundo se detuvo, al instante.
Uther Doul dio un paso adelante y se interpuso entre los Amantes y los armadanos que avanzaban.
Y, al cabo de un segundo, Tanner fue a su encuentro.
—¿Todos, Uther Doul? —dijo, lo bastante alto para que todos los que había a su alrededor lo oyeran—. ¿Quieres acabar con todos? ¿Crees que puedes hacerlo? Porque vamos a subir a Hedrigall aquí, y si los amenazas —señaló a los cactos—, entonces el resto iremos con ellos y nos amenazarás a todos. ¿Crees que puedes acabar con todos? Mierda, quizá puedas hacerlo, quizá sí, pero si lo haces… ¿qué? ¿A quién van a gobernar tus jefes entonces?
Había cientos de armadanos tras él y todos asintieron mientras hablaba y algunos hasta gritaron para mostrar que lo respaldaban.
La mirada de Uther Doul pasó de Tanner a las masas que venían tras él y luego regresó a Tanner. Y entonces mostró debilidad, su autoridad se quebrantó, titubeó y giró la cabeza. Inseguro, se volvió para mirar a sus jefes, en busca de una clarificación. Se encogió ligeramente de hombros y ladeó la cabeza en una pregunta muda. Tiene razón, ¿qué queréis que haga? ¿Queréis que los mate a todos?
Al hacerlo, al mostrar una duda, le dio el triunfo a Tanner. Éste volvió a mover la mano y los cactos pasaron junto a Doul y los Amantes y entraron en el pasillo para buscar a Hedrigall, incómodos pero no asustados, sabiendo que no tenían nada que temer.
Los Amantes ni siquiera los miraron. Sus ojos estaban fijos en Tanner Sack.
—¿Qué más necesitáis? —dijo éste con voz dura—. Os han mostrado lo que nos pasará a todos. Pero esto os ha enloquecido tanto, os ha atrapado de tal modo, que no os dais cuenta. Aún queréis seguir adelante. Y no nos lo diríais, nos mentiríais, nos dejaríais seguir, mudos y estúpidos como el puto avanc, hasta el barranco. Ya es suficiente. Esto se acaba aquí. No vamos a seguir. Damos la vuelta.
—¡Maldita sea! —la Amante agitó el puño frente a Tanner mientras lo miraba a los ojos. Escupió en la cubierta, a sus pies—. ¡Puto cobarde! ¡Idiota! ¿De verdad crees que la historia que nos ha contado es cierta? Piensa un poco, maldición. ¿De verdad piensas que la Cicatriz es así? ¿Y de verdad crees que en medio de todo el océano, en medio de todo el puto Océano Oculto, íbamos a encontrarlo por pura casualidad? ¿Crees que es una puta coincidencia que nuestro propio Hedrigall escapara y que luego encontremos a otro, de otro lugar, que cuenta historias para asustar a los idiotas? ¡Es el mismo hombre! Éste ha sido siempre su plan, ¿es que no lo ves, joder? Pensamos que había huido, pero no lo hizo. ¿Dónde iba a ir? Soltó las amarras del Arrogancia y se escondió en algún lugar. Y ahora, cuando estamos tan cerca, ¡tan cerca, joder!, del lugar más asombroso del mundo, aparece para asustarnos. ¿Por qué? Porque es un cobarde, como tú, como todos vosotros. Éste era su plan. Ni siquiera tuvo el valor necesario para huir solo. Esperó para llevaros a todos consigo.
Algunos vacilaron al escuchar sus palabras. A pesar de su furia desatada, no carecía de sentido.
Pero Tanner no cedió un ápice.
—Ibais a ocultar la verdad —dijo—. Ibais a mentir. Hemos venido con vosotros hasta tan lejos y nos ibais a mentir. Porque estáis tan ciegos de codicia que no podíais arriesgaros a que lo arruináramos todo. No sabéis nada sobre la Cicatriz —gritó—. Nada. No me hables de coincidencias, no me digas que es increíble… puede que sea así como funciona. No lo sabéis. Lo único que nosotros sabemos es que uno de los mejores hombres de Anguilagua que jamás he conocido está ahí abajo, encerrado en vuestra cárcel, advirtiéndonos que si vamos a la Cicatriz todos moriremos. Y yo lo creo. Esto se acaba aquí. A partir de ahora nosotros decidimos lo que se hace. Tomamos el control. Vamos a dar la vuelta, regresamos. Vuestras órdenes de seguir adelante… ya no son válidas, coño. No podéis encarcelarnos o matarnos a todos.
Hubo un rugido entonces, una exhalación de emoción en masa y la gente empezó a cantar aquí y allá, Sack, Sack, Sack.
Bellis no prestaba atención. Algo extraordinario estaba ocurriendo, algo casi inaudible bajo el estrépito que los rodeaba.
Tras Uther Doul, el Amante había estado observando y escuchando con incertidumbre en los ojos. Alargó un brazo, tocó a la Amante e hizo que se volviera, le dijo algo que nadie pudo oír pero que hizo que ella reaccionara con incredulidad y cólera.
Los Amantes estaban discutiendo.
El silencio se fue haciendo en la multitud mientras se daban cuenta de lo que estaba ocurriendo. Bellis contuvo el aliento. Aquello la asombró profundamente. El que pudieran estar susurrándose, mientras enrojecían, las cicatrices blancas de rabia, entre siseos, musitados tajantes que fueron ganando en fuerza poco a poco hasta que se convirtieron en gritos, ignorando a quienes los rodeaban que los observaban presa de un asombro estúpido.
—… tiene razón —escuchó Bellis que gritaba el Amante—. Tiene razón, no lo sabemos.
—¿Qué es lo que no sabemos? —respondió la Amante con otro grito. Su rostro parecía ultrajado, terrible—. ¿Qué es lo que no sabemos?
Sobre sus cabezas, una bandada de pájaros asustados cruzó el cielo y descendió rápidamente para posarse en algún lugar que desde allí no se veía. Armada crujió. El silencio seguía y seguía. Tanner Sack y los demás amotinados estaban paralizados. Observaban la discusión entre los Amantes con un asombro más digno de un acontecimiento geológico.
Mientras Bellis seguía con la mirada al último de los pájaros, sus ojos fueron a posarse sobre la figura destrozada del Brucolaco y se quedaron allí, a pesar de que el vampiro la repugnaba. Sus convulsiones estaban muriendo, su cuerpo se calmaba. Había abierto los ojos, del blanco color de la leche y ciegos por la luz del sol, y volvió la cabeza lentamente.
Estaba escuchando. Bellis estaba segura.
Los Amantes ignoraban todo cuanto ocurría a su alrededor. Uther Doul se hizo a un lado en silencio, como si quisiese ofrecerle una mejor visión a la asamblea.
No hubo ningún otro sonido.
—No lo sabemos —volvió a decir el Amante. Bellis sintió como si un arco de calor o electricidad hubiese saltado entre los ojos de los dos Amantes—. No sabemos lo que hay más allá. Podría tener razón. ¿Podemos estar seguros? ¿Podemos correr el riesgo?
—Oh… —respondió la Amante y su voz brotó como un suspiro quejumbroso. Contempló a su Amante con terrible decepción y congoja—. Oh, maldita sea —resolló en silencio—, dioses, púdrete y jódete hasta que te mueras.
Volvió a reinar el silencio y una estupefacción palpable.
—No podemos obligarlos —dijo el Amante al fin. Su voz temblaba violentamente—. No podemos gobernar sin consenso. Esto no es una guerra. No puedes enviar a Doul contra ellos.
—No me des la espalda ahora —dijo la Amante con la voz inestable—. Me estás dando la espalda. Después de todo lo que hemos hecho. Después de que te hiciera. Después de que nos hiciéramos el uno al otro. No me niegues…
El Amante miró a su alrededor, al círculo de rostros que los rodeaba. Un pánico visible se apoderó de él. Extendió las manos.
—Vamos adentro.
La Amante estaba rígida, sus cicatrices brillaban. Estaba tensa por el esfuerzo que le costaba controlarse. Negó con la cabeza, enfurecida.
—¿Desde cuando nos importa que nos escuchen? ¿Qué es esto? ¿Qué te ha pasado? ¿Es que eres tan idiota como estos necios? Tú crees que el cuento que nos ha contado ese cabrón es cierto, ¿no? ¡Tú lo crees!
—¿Aún soy tú —contestó el Amante con un chillido— y tú aún eres yo? ¿O no? Eso es lo único que importa.
Estaba perdiendo algo. Algo se le estaba escapando entre los dedos. Bellis veía cómo se atenuaba y marchitaba dentro de él una conexión tan vital como un cordón umbilical, y luego se secaba y se partía. Sacudiendo los brazos, enfurecido, aterrorizado de repente, sólo por vez primera desde hacía muchos años, trató de decir algo más.
—No podemos hacerlo, no podemos. Harás que lo perdamos todo…
La Amante lo observó, con el rostro frío como el hielo.
—Esperaba más de ti —dijo lentamente—. Creía que había completado mi alma.
—Y lo habías hecho, lo habías hecho, lo hiciste —dijo el Amante, frenético, tan patético que Bellis tuvo que apartar la cara por la vergüenza.
Los cactos trajeron en brazos a Hedrigall desde las cubiertas inferiores y su llegada fue recibida por un estallido de júbilo.
Todo el mundo le gritaba preguntas que lo asustaban y a las que no podía responder. La gente bailaba y gritaba y decía su nombre mientras él los miraba, borracho de lo que parecía terror desorientado. Los cactos, a quienes no lastimaban sus espinas, lo asieron y se lo cargaron a hombros, desde donde se balanceó con aspecto inestable y miró a su alrededor, perplejo.
—¡Damos la vuelta! —gritó Tanner Sack—. ¡Damos la vuelta a la ciudad! ¡Traed al Amante! Traed a alguien que sepa cómo hacerlo. Que las dotaciones vuelvan a las grúas de las riendas. Tenemos que enviarle una señal al puto avanc, vamos a dar la vuelta. —Envalentonada, la multitud buscó a los Amantes mientras demandaban que les dijeran cómo se hacía, pero los Amantes habían desaparecido.
En el tumulto que había seguido a la aparición de Hedrigall, en aquel carnaval, la Amante se había vuelto, enfurecida y había regresado corriendo a su habitación, seguida por el Amante.
Y, observándolos con mucho detenimiento, preparándose para tomar una ruta diferente, para tratar de entender una última vez lo que había hecho y lo que le habían dicho, fue Bellis Gelvino.
Al entrar en el pasillo, oyó una nueva discusión.
—Yo gobierno aquí —escuchó que decía el Amante, con la voz tensa y comedida—. Yo gobierno este lugar, nosotros lo gobernamos, eso es lo que hacemos, eso es lo que somos, joder… No hagas esto. Conseguirás que lo perdamos todo.
La Amante se volvió hacia él y Bellis estuvo de repente a la vista. Pero la Amante apenas le dedicó una fracción de segundo y enseguida apartó la mirada, sin preocuparse. No le importaba un ápice quién pudiera estar escuchando.
—Tú… —dijo, mientras tocaba el rostro del Amante. Negó con la cabeza y cuando volvió a hablar lo hizo con gran tristeza y resolución—. Tienes razón. Ya no gobernamos aquí. Ésa nunca ha sido la razón de mi presencia aquí. No voy a pedirte que vengas conmigo. —Por un momento, su voz estuvo a punto de quebrarse—. Te me has arrebatado.
Se volvió y, mientras el Amante le suplicaba, le rogaba que lo escuchara, que atendiera a razones, que comprendiera, se marchó.
Bellis había oído bastante. Se quedó largo rato entre viejos heliotipos carentes de significado antes de regresar a las celebraciones que estaban teniendo lugar en el exterior, donde Tanner estaba tratando de dar órdenes, de hacer que la ciudad diera la vuelta.
Ruidosas cuadrillas, sin saber muy bien lo que hacían, conectaron las grúas que manejaban las riendas del avanc. Y lentamente, a lo largo de varios kilómetros, el avanc torció el morro en ciega obediencia y la colosal estela de la ciudad empezó a arquearse y Armada dio la vuelta.
Fue una curva larga y muy poco pronunciada que tardó un día entero en completarse. Y mientras la ciudad le daba la espalda al mar monótono, los piratas burócratas de Anguilagua corrían frenéticos de un lado para otro, tratando de descubrir quién estaba al mando.
La verdad los aterrorizaba: en aquellas horas anárquicas no había nadie que diera las órdenes, no había cadena de mando, ni orden, ni jerarquía, nada salvo una andrajosa y contingente democracia adoptada por el conjunto de los armadanos a causa de la necesidad. Los burócratas no podían aceptarlo y encontraron los líderes que buscaban en Tanner Sack y Hedrigall. Pero éstos no eran más que dos participantes: el uno entusiasta, el otro confuso, arrastrado a hombros como una mascota.
¿Es así como termina todo?
Bellis está perdida en la excitación. Se siente débil a causa de ella. Ahora es de noche y está corriendo con una multitud de ciudadanos sonrientes por el linde de Jhour, para asistir al regreso de los botes que llevan a los operarios de las grúas y entonces se da cuenta de que también ella está sonriendo. No sabe cuándo empezó a hacerlo.
¿Ha terminado?
¿Es así como termina todo?
La autoridad que mantenía Anguilagua bajo control y que se extendía más allá de ésta para imponer su voluntad al conjunto de Armada, ha desaparecido. Fue muy fuerte y muy poderosa y lo fue durante mucho tiempo, pero ahora se ha desvanecido con una velocidad y un silencio que dejan a Bellis aturdida. ¿Dónde han ido todos?, se pregunta. Los gobernantes han desaparecido y la argamasa de su ley y su control, sus alguaciles y su autoridad, han desaparecido con ellos.
Sabiamente, los gobernantes de los demás paseos han permanecido en silencio y ocultos. No les serviría de nada tratar de hacerse con el control de esto, este estallido de furia popular y entusiasmo. No son tan necios como para intentarlo. Están esperando.
Todos los temores y los resentimientos y las incertidumbres, todo lo que se ha ido acumulado dentro de los ciudadanos durante semanas y meses, el residuo de cada vez que han tenido dudas y no han dicho nada: eso es lo que insufla aliento a esta reacción. Este motín. La extraordinaria e improbable historia de Hedrigall los ha liberado, les ha dado la certeza que necesitaban.
Para darle la vuelta a la ciudad.
Hasta donde Bellis puede ver, no hay saqueos, no hay violencia ni incendios ni disparos. Todo esto tiene que ver con una sola cosa. Tiene que ver con escapar con vida de este mar pavoroso. El avanc sigue herido pero está avanzando y Bellis puede ver las estrellas y sabe que están regresando al Océano Hinchado.
Es lo que ella quería. Cada kilómetro que se alejaba de Nueva Crobuzón era una derrota. Lo ha intentado todo para conseguir que la puta ciudad diera la vuelta, que volviera en dirección a su hogar y ahora, de forma repentina y por completo inesperada, ha tenido éxito.
¿Cómo ha ocurrido esto?, piensa. Sabe que debería sentirse orgullosa o triunfante, no como una espectadora perpleja y feliz.
No ignora la razón de sus preocupaciones. Hay preguntas y resentimientos en su interior. Recuerda lo que vio en los ojos de Doul. Utilizada de nuevo, piensa, horrorizada e insegura. Utilizada de nuevo.
Es una cadena compleja de manipulaciones la que la ha envuelto. Ahora no es capaz de desentrañarla. Aún no es el momento.
En un gesto grande y vulgar, se dejó que se consumieran las bengalas con las que los pilotos daban órdenes a los botes de las grúas. Era una celebración y un desafío: ya no las necesitamos, estaban diciendo los amotinados.
Aún había hombres y mujeres en las calles, sumidos en una frenética celebración, cuando las primeras luces del cielo aparecieron al este.
Bellis estaba en el Grande Oriente, cerca de la entrada a los pasillos en los que se encontraban los aposentos de los Amantes. Llevaba algún tiempo esperando. Recordaba lo que la Amante había dicho: «No voy a pedirte que vengas conmigo». Algo estaba llegando a su fin y ella quería presenciarlo.
Había otros en la cubierta, borrachos y cansados la mayoría, cantando y contemplando el mar, pero se callaron cuando la Amante apareció con Uther Doul a su lado. Hubo un momento, un momento feo, en que los ciudadanos recordaron su furia y podría haber ocurrido algo, pero pasó con rapidez.
La Amante llevaba baúles extrañamente abultados. No miraba a nadie más que a Doul. Bellis vio que uno de ellos contenía el quizasadiano, el insólito instrumento de Doul.
—¿Esto es todo? —dijo, y Doul asintió.
—Todo lo que he reunido —dijo él— salvo mi espada. —El rostro de la Amante estaba inmóvil. En calma, duro.
—¿Está preparado el barco? —preguntó y Doul asintió.
Caminaron juntos, sin ser molestados pero observados por todos los piratas, hacia el costado de babor del Grande Oriente y luego hacia la maraña de calles que recorría una densa costra de embarcaciones y llegaba hasta Puerto Basilio.
Bellis no apartaba la mirada de la puerta. Esperaba que apareciera el Amante, que llamara a su amante, o que corriera tras ella y le dijera que iba con ella, que nada los separaría, pero no lo hizo.
Nunca habían sido el otro. Nunca habían estado haciendo lo mismo. Quizá sólo por azar habían viajado juntos hasta tan lejos.
Al llegar al extremo del Grande Oriente, la Amante detuvo a Uther Doul y se volvió para lanzar una última mirada al barco. El sol no había salido aún, pero el cielo estaba iluminado y Bellis pudo ver su rostro con claridad.
A su través, corriendo desde el cuero cabelludo, sobre la mejilla derecha y hasta la mandíbula, había una nueva herida. Estaba cubierta por una fina capa de ungüento que la hacía brillar como si fuera barniz. Era profunda y de un intenso color rojo y atravesaba varias de las viejas cicatrices, como si quisiera apartarlas.
Bellis nunca escuchó historias sobre aquella última marcha, lo que era muy extraño. En todos los días y semanas que siguieron, cuando alguien hablaba de la noche del motín, nunca oyó hablar sobre la Amante y Uther Doul caminado con parsimonia a través de una ciudad cansada y embriagada por su propia rebelión.
Pero podía imaginarse la escena. Los veía avanzar, como sedados, la Amante triste y pensativa, mirando a su alrededor, memorizando los detalles de la ciudad que había ayudado a gobernar durante tanto tiempo. Cargando con su equipaje, sintiendo el peso de todos los libros de ciencia arcana, los tratados sobre minería de posibilidades que Doul le había dado.
Doul a su lado, la mano apoyada sobre la espada, para protegerla en sus últimos minutos a bordo de Armada. ¿Era necesario? ¿Tenía que acompañarla? Bellis no escuchó ninguna historia en la que se dijera que había luchado contra sus conciudadanos.
¿Y estaba la Amante de veras sola?
Parecía difícil de creer que tras tantos años de presencia allí no hubiera nadie dispuesto a seguirla. Su lógica narrativa no era el mercantilismo brutal que impulsaba a Armada pero ¿era posible que le fuera ajena a todos los ciudadanos? Ella no hubiera podido manejar un barco, ni siquiera uno pequeño, por sí sola. A Bellis no le costaba imaginar que, mientras caminaba por la ciudad, atraía a su lado a ciertos hombres y mujeres que abandonaban sus escondites, que sentían su paso y acudían. Alienados por sus vecinos, impelidos por otras motivaciones, una pequeña muchedumbre reunida gota a gota tras la Amante y Uther Doul, caminando a su mismo paso, también cargando con sus equipajes y preparados para abandonar la ciudad.
Románticos, narradores de cuentos, inadaptados, los suicidas y los locos. Bellis se los imaginaba tras la Amante.
No podía sino pensar que había una pequeña tripulación de ellos cuando por fin la Amante emergió bajo los aleros y atravesó los almacenes desiertos de los muelles. Se imaginó que debían de haberse unido a ella en la cubierta del barco preparado y que la habrían ayudado a encender y atizar los motores antes de partir, antes de decir adiós.
Pero Bellis no lo sabía. Puede que la Amante se hubiese marchado sola.
Lo único que sabía era que al cabo de casi una hora, mientras el sol estaba aún muy bajo y vertía una luz muy densa, un velero atravesó sin que nadie lo molestara la estrecha entrada de Puerto Basilio y salió al mar. No era grande. Su cubierta estaba equipada con pequeñas grúas y cabrestantes, toda clase de motores y calderas cuyos propósitos Bellis ignoraba por completo. Parecía bien preparado y limpio.
Bellis no podía verlo con claridad. Su mirada sobrevolaba los contornos irregulares de los tejados de Armada, planos y en vertiente, rojos y grises, de pizarra, de hormigón, de hierro y apenas alcanzaba a distinguir el progreso del navío bajo la luz oleosa del sol de la mañana, junto a los demás navíos amarrados cuidadosamente en el puerto, a través de la abertura en la materia de barcos que constituía la ciudad. Podía ver el humo de madera que expulsaba mientras las fuertes y extrañas corrientes del Océano Oculto se lo llevaba.
A poca distancia de Bellis, el Amante estaba observando.
Sus ojos estaban tan inundados de lágrimas que parecía que se los hubiera frotado con tierra. Y, por supuesto, en su mejilla sólo se veían las viejas cicatrices.
El barco aceleró. Se movió con una velocidad firme y determinada que Bellis nunca había presenciado en el Océano Oculto. Sin alharacas, sin salvas de artillería o fuegos artificiales, tomó rumbo norte, en sentido contrario a la ciudad, en medio de su estela y hacia el horizonte, hacia la Cicatriz.
Mucho tiempo después de que hubiera desaparecido de la vista, Uther Doul regresó al Grande Oriente, solo.
Doul estaba de pie bajo el mástil en el que habían crucificado al Brucolaco, cuyos débiles chillidos daban comienzo como de costumbre con la mañana.
—Bajadlo —dijo con autoridad a un grupo de hombre y mujeres próximos. Levantaron la mirada, sobresaltados, pero no hicieron ninguna pregunta—. Bajadlo y llevadlo a su casa.
Y en aquella mañana extraordinaria, mientras la ciudad se abría camino a tientas hacia unas reglas nuevas y nadie sabía lo que era permisible o normal o aceptable o correcto, la piadosa orden de Uther Doul fue obedecida.
Ya no eres el Amante, pensó Bellis de repente. Volvió la vista hacia la línea del horizonte, donde el pequeño velero había desaparecido. Pensó en la discusión de los Amantes y en la nueva herida, una cicatriz recién nacida que desgarraba el rostro de la Amante, que la volvía a crear, separada de él. Ya no eres el Amante.
Trató de concebirla de nuevo, allí, al timón de su nave, de camino al lugar más extraordinario del mundo. Trató de pensar en ella de otro modo, de ser clara, de otorgarle crédito o culpa de acuerdo a sus merecimientos, de pensar en aquella mujer, pilotando un navío perdido hacia el fin del mundo, sin seguir más planes o deseos que los propios.
Pero seguía pensando en ella como Amante Amante Amante, a pesar de que trataba de no hacerlo.
No conocía el nombre de la mujer.