La Cicatriz
Tercera parte: La fábrica de brújulas » 15
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—Van a despertar a un avanc.
El rostro de Silas era una mezcla confusa de perplejidad, de negación, toda una gama de incredulidades.
—Eso no es posible —dijo con voz queda mientras negaba con la cabeza.
Bellis torció la boca.
—¿Porque los avancs son criaturas de leyenda? —le espetó con dureza—. ¿Extintas? ¿Cuentos de niños? —frunció los labios y agitó el libro de Krüach Aum—. Quienquiera que guardó este libro hace veinte años, pensó que no era más que un cuento de niños, Silas. Yo sé leer el Kettai Alto —su voz estaba llena de urgencia—. Éste no es un libro para niños.
El día estaba terminando y el murmullo de la ciudad continuaba en el exterior. Bellis miró por la ventana y contempló cómo moría la luz formando películas de colores espectaculares. Le tendió a Silas el libro y volvió a hablar.
—No he hecho mucho más durante los dos últimos días. He estado vagando por la biblioteca como un maldito eidolón, leyendo el libro de Aum. —Silas estaba pasando las páginas una por una, cuidadosamente, escudriñando el texto como si fuera capaz de comprenderlo, aunque Bellis sabía que no era así.
—Está en Kettai Alto —le dijo—. Pero no proviene de Gnurr Kett ni es antiguo. Krüach Aum era un anophelii.
Silas levantó la mirada, horrorizado. Hubo un largo silencio.
—Créeme —dijo Bellis. Estaba exhausta y su tono de voz lo demostraba—. Sé cómo suena. He pasado dos días tratando de averiguar todo cuanto podía. Yo también creía que habían muerto, pero sólo están agonizando, Silas. Llevan más de dos mil años agonizando. Cuando el Reino Malarial se desplomó, fueron erradicados de Shoteka, Rohagi y de la mayor parte de los Fragmentos. Pero lograron sobrevivir… en un pequeño pedazo de roca situado al sur de Gnurr Kett. Y lo creas o no, incluso después de la caída del Reino, sigue habiendo gente que comercia con ellos —asintió con aire sombrío—. Han firmado un acuerdo con Dreer Samher o Gnurr Kett o los dos o algo parecido. Eso no he podido discernirlo. Y escriben libros, por lo que parece —señaló el volumen—. Sólo los dioses saben por qué en Kettai Alto, precisamente. Puede que sea la lengua que hablan ahora… Serían los únicos en el mundo. No lo sé. Maldita sea, Silas, puede que todo esto no sea más que una estupidez —soltó con repentina irritación—. Puede que todo el asunto sea una farsa o una mentira o, sí, un cuento para niños. Pero Tintinnabulum me ha pedido que buscara cualquier obra de Krüach Aum así que no creo que el tema de este libro sea una simple coincidencia.
—¿Qué dice? —preguntó él.
Bellis recuperó el libro y tradujo lentamente las primeras líneas.
—«Mentiría si dijera que escribo esto sin orgullo. Estoy ahíto de orgullo porque he… encontrado una historia que contar, una historia sobre lo que no había sido hecho desde los tiempos del Imperio de los Espectrocéfalos y fue logrado de nuevo, hace mil años. Uno de nuestros ancestros, después de que nuestras reinas murieran y viniéramos a este lugar a escondernos… usando… máquinas y taumaturgia… caminó sobre las aguas… hasta llegar a un lugar oscuro… y lanzó hechizos sobre la boca del agua y tras veintiún días de calor, sed y hambre… convocó una cosa grande y misteriosa» —levantó la mirada hacia Silas y concluyó—. «La montaña que nada, el dios ballena, la mayor bestia que jamás haya visitado nuestro mundo, el avanc».
Cerró el libro con suavidad.
—Convocó un avanc, Silas.
—¿Qué ocurrió? —dijo éste—. Tú lo has leído, ¿qué ocurrió?
Bellis suspiró.
—No dice cómo ni dónde, pero parece ser que Aum encontró un puñado de manuscritos antiguos, una vieja leyenda. Y los reunió y los comprendió y volvió a contar la historia. La historia de un anophelius cuyo nombre no menciona. Hace siglos. Hay diez páginas sobre sus preparativos. El hombre ayuna, investiga, mira el mar durante mucho tiempo, reúne las cosas que necesita: barriles, licor, máquinas antiguas que han estado reuniendo polvo sobre la playa. Sale al mar. Solo. Tratando de gobernar un barco demasiado grande para un solo tripulante pero nadie osaría acompañarlo. Está buscando un lugar en particular, una especie de… fosa muy muy profunda, una sima en el lecho del océano. Allí es donde emprende su caza. Allí es donde lanza sus hechizos. Allí es donde quiere que… acuda el avanc desde el lugar en el que moran normalmente los de su raza. Luego siguen veinte páginas bastante aburridas sobre las privaciones del mar. Hambre, sed, calor, humedad… ese tipo de cosas. Sabe que está en el lugar correcto. Está seguro de que su anzuelo se está… internando en otro lugar. Atravesando la celosía del mundo. Pero no logra atraer al avanc. No existe un anzuelo tan largo. Entonces, al tercer día, cuando está totalmente exhausto y su barco está siendo arrastrado por extrañas corrientes, el cielo se oscurece. Se acerca una tormenta eléctrica. Y él decide que no basta con estar en el lugar correcto: necesita poder para atrapar a la cosa. La lluvia y el viento lo están zarandeando y el mar se está volviendo loco. El barco salta entre olas enormes y cruje como si estuviera a punto de hacerse añicos.
Silas la estaba escuchando con los ojos muy abiertos y Bellis tuvo de repente una imagen ridícula de sí misma como una profesora contándole un cuento a un niño.
—Conforme el epicentro de la tormenta se acerca más y más, coloca un rollo de alambre en lo alto del palo mayor, lo pasa alrededor de los aparejos y lo conecta a una especie de generador. Entonces… —suspiró—. La verdad es que no he logrado entender lo que pasó entonces. Utiliza alguna forma de taumaturgia. Creo que estaba tratando de invocar fulminis, elementales de electricidad, o sacrificarlos o algo así pero no está del todo claro. Bueno… —Se encogió de hombros—. Tuviera éxito o no, fuera porque un elemental respondiera o simplemente como resultado de un cable de cobre enroscado alrededor de treinta metros de mástil en medio de una tormenta eléctrica, el caso es que un rayo cayó sobre el conductor.
Abrió el libro para mostrarle la ilustración relevante: la silueta del barco, dibujada con trazos blancos, mientras un rayo bastante grueso y con un trazado geométrico se clavaba como una sierra en lo alto del mástil.
—Una masiva descarga de energía recorre los motores. Los controles taumatúrgicos que ha improvisado para tratar de atraer y controlar al avanc son sacudidos de repente por espasmos de potencia sobrecargada y al instante se consumen. Y su barco se estremece y las grúas y cabrestantes que sujetaban el anzuelo se doblan de repente y algo se alza desde las profundidades. Pescó un avanc, dice Aum. Y el avanc emergió.
Bellis se quedó callada. Pasó las páginas y leyó las palabras de Aum para sus adentros.
El océano vibró con un aullido, ocho kilómetros más abajo y las aguas se alzaron y se estremecieron y fueron desplazadas en grandes cantidades y las olas murieron mientras las mareas eran suplantadas por una gran acometida procedente de las profundidades y el agua arrojó al barco por los aires como si fuera una mota de polvo y el horizonte desapareció cuando el avanc emergió a la superficie.
Eso era todo. Ninguna descripción de la criatura. La página de la derecha, la que hubiera debido contener una ilustración, estaba en blanco.
—Lo ve —dijo en voz baja—. Cuando contempla su tamaño se da cuenta que con sus anzuelos y hechizos no ha conseguido más que atraerlo. Había creído que podría sacarlo a la superficie como un pescador… Algo imposible. El avanc rompe las cadenas sin esfuerzo. Y entonces vuelve a sumergirse y el mar queda vacío. Y él vuelve a estar solo y tiene que prepararse para regresar a casa.
Bellis se imaginaba la escena y la conmovía. Podía imaginarse a la figura quebrantada, empapada, en medio de una tormenta que aún seguía arreciendo, podía imaginar cómo se ponía en pie y se arrastraba por la cubierta de su barco mal preparado. Cómo volvía a poner en marcha los agonizantes motores, cómo regresaba a trancas y barrancas, hambriento y exhausto y, por encima de todo, solo.
—¿Tú crees que es cierto? —dijo Silas.
Bellis abrió el libro por su última sección y lo sostuvo frente a él para que pudiera verlo. Las páginas estaban abarrotadas de notaciones matemáticas de apariencia extraña.
—Las últimas veinte páginas están llenas de ecuaciones, notas taumatúrgicas y referencias para sus colegas. Aum las llama un apéndice de datos. Resulta casi imposible traducirlas. No las entiendo… es teoría avanzada, cripto-álgebra y cosas así. Pero está realizada con increíble cuidado. Si se trata de una falsificación, es innecesariamente compleja. Lo que ha hecho… Aum ha verificado los detalles, de las fechas, de las técnicas, la taumaturgia y la ciencia… ha descubierto cómo lo hizo el otro. Estas últimas páginas… son una exposición, un tratado científico, que explica cómo se debe proceder. Cómo puede convocarse a un avanc. Silas, este libro fue escrito e impreso en el último Año Vulfinch de Kettai. Eso fue hace veintitrés años. Lo que significa, entre otras cosas, que Tintinnabulum y sus seguidores están equivocados: él creía que Aum había vivido el siglo pasado. Fue impreso en Kohnid, Gnurr Kett, por la editorial Sabiduría Temblorosa. En esta biblioteca no hay demasiadas obras en Kettai, como era de esperar. Y de las que hay, la gran mayoría están escritas en Kettai Base. Pero hay también unas pocas en Kettai Alto y las he examinado todas. Temblorosa Sabiduría publica en Kettai Alto: filosofía, ciencia y textos antiguos, mecanomía gnóstica y cosas así. Obviamente, Temblorosa Sabiduría considera que este libro es merecedor de su atención, Silas. Si es un fraude, ha conseguido engañar a toda una editorial científica… así como, maldita sea, a las mejores mentes de la puta Armada. ¿Qué más están leyendo los científicos de los Amantes, Silas? La Teoría de la Megafauna, de mi amigo Johannes. Otro suyo, sobre la vida trasplanar. Teorías radicales sobre la naturaleza del agua, libros sobre ecología marina. Y se están volviendo locos tratando de dar con este libro, probablemente porque Tintinnabulum y sus cazadores han encontrado algunas referencias a él y no logran hallarlo. Por el amor de Jabber, ¿qué crees que significa todo eso? Silas, he leído esta cosa —lo obligó a mirarla a los ojos—. Es real. Éste es un libro que enseña cómo convocar a un avanc. Y cómo controlarlo. El anophelius sobre el que Aum escribió… el avanc logró librarse de su influjo con facilidad. —Se inclinó hacia delante—. Pero él era sólo un hombre. Armada es una ciudad. Él tuvo que utilizar motores a vapor de desecho. Armada tiene barrios industriales enteros. Hay cadenas gigantes bajo la ciudad… ¿Lo sabías? ¿Qué crees que planean hacer con ellas? Y Armada cuenta además con la Sorghum —Dejó que sus palabras calaran hondo y vio que los ojos de su amigo cambiaban ligeramente—. Esta ciudad posee centenares de litros de maldita leche de roca, Silas, y pretende conseguir varios centenares más. Sólo Jabber sabe qué taumaturgia podrían alimentar con toda esa mierda. Los Amantes creen que pueden tener éxito donde el hombre de Aum falló —dijo simplemente—. Se dirigen a la fosa abisal para convocar a un avanc. Lo enjaezarán a la ciudad. Y lo controlarán.
—¿Quién más sabe que este libro existe? —dijo Silas y Bellis negó con la cabeza.
—Nadie —respondió—. Sólo el muchacho, Shekel, y él no tiene la menor idea de lo que es o lo que significa.
Has hecho lo que debías al traérmelo, le había dicho Bellis. Averiguaré de qué se trata y se lo entregaré a Tintinnabulum en cuanto haya descubierto si sirve de algo.
Recordaba la inquietud de Shekel, su miedo. Visitaba el barco de Tintinnabulum, el Castor, a menudo, para verse con Angevine. Bellis se dio cuenta, con una punzada de lástima, que no había llevado el libro directamente allí porque tenía miedo de cometer un error. Todavía era inexperto con la lectura y al encontrar algo aparentemente tan importante, su confianza lo había abandonado y se había quedado mirando la pequeña combinación de letras que rezaba Aum y había mirado el nombre que copiara del papel de Tintinnabulum y se había dado cuenta de que eran iguales pero, a pesar de todo, a pesar de todo…
Pero a pesar de todo, no estaba del todo seguro. No quería parecer un idiota ni hacerle perder a la gente su tiempo. Se lo había llevado a Bellis, su amiga, su maestra, para que lo comprobase, para estar seguro. Y, despiadada, ella se lo había quitado, sabiendo que le daría poder.
Los Amantes los estaban llevando en dirección sur en busca de una fisura en el lecho marino desde la que podrían convocar a un avanc. Habían reunido cuanto les hacía falta: los científicos que necesitaban, una plataforma de perforación para alimentar los hechizos… y ahora se encaminaban hacia su meta, al mismo tiempo que sus expertos trabajaban hombro con hombro para completar los cálculos, para resolver el enigma de la invocación.
Y en el mismo instante en que Silas y Bellis comprendieron todo esto, tan pronto como se percataron de que habían conseguido lo que querían, de que conocían el plan de los Amantes, que podían imaginar hacia dónde se dirigía la ciudad, empezaron a hablar de forma frenética sobre la manera de utilizar este conocimiento para escapar.
¿Qué estamos haciendo?, pensaba Bellis en silencio. Otra noche sentados en la sala de estar de mi estúpida vivienda redonda, diciéndonos oh dioses, oh dioses, porque hemos levantado una capa del misterio y debajo hay aún más mierda, aún más problemas sobre los que no podemos hacer nada. Estaba tan exhausta que tenía ganas de gemir. No quiero seguir pensando lo que voy a hacer, se dijo. Sólo quiero hacer algo.
Sus dedos tamborileaban sobre el texto del libro. Un texto que sólo ella y unos pocos más podían leer.
Al mirar la arcana lengua, una sensación vaga y desagradable se apoderó de ella. Volvió a sentirse como aquella noche en el restaurante, cuando Johannes le había dicho que los Amantes estaban utilizando sus libros.
El machacón traqueteo de la flotilla de remolcadores y demás barcos que arrastraba la ciudad se había convertido en un ruido de fondo. Pero, inadvertida y olvidada, seguía con su labor. No había un solo momento del día o de la noche en que Armada no se desplazara un poco más en dirección sur. El esfuerzo era prodigioso y el ritmo al que progresaba, ridículo. La ciudad se movía más despacio que un humano reptando.
Pero los días seguían pasando a ese ritmo tortuoso y la ciudad se movía. La gente guardaba los chaquetones y pantalones de lana. Los días seguían siendo cortos pero, sin alharacas ni proclamas, Armada había penetrado en la zona templada del océano. Y continuaba su marcha hacia aguas más cálidas.
Las plantas de la ciudad —cosechas de trigo y cebada, la hierba de las cubiertas superiores, los regimientos de maleza que reclamaban la piedra y el metal antiguos— sintieron el cambio. Prisioneros de una constante necesidad de calor, extrajeron sustancia del fortuito cambio de estación y rápidamente empezaron a crecer, a florecer. El aroma de los parques se hizo más intenso, el verde empezó a verse interrumpido por pequeñas y resistentes florecillas.
Cada día se veían más pájaros en el cielo. Los barcos piratas navegaban sobre nuevos y coloridos peces de aguas cálidas. En la multitud de pequeños templos con que contaba Armada se celebraban oficios para dar la bienvenida a la última de las irregulares y contingentes primaveras de la ciudad.
Tanner había visto las cadenas y, habiéndolas visto, no tardó mucho en comprender lo que le esperaba a la ciudad.
Por supuesto, no podía conocer los detalles. Pero recordaba lo que había visto a pesar de la conmoción, el miedo y el frío que se habían estado apoderando de él mientras se elevaba por el agua. Había nadado por debajo de uno de los barcos prohibidos, en pleno corazón de un encantamiento de ocultación. La escala de lo que había encontrado allí lo había confundido en un principio pero entonces todo había cobrado sentido y se había dado cuenta de que era el eslabón de una cadena, de casi veinte metros de longitud.
El Grande Oriente se extendía sobre él como una nube ominosa. En su parte exterior, el metal estaba ribeteado con antiguos remaches más grandes que un hombre. A través de los siglos de sedimentos que cubrían el casco del barco, Tanner se dio cuenta de que otro eslabón se unía al primero, un resplandor recortado contra la quilla del vapor. Más allá, la maleza acuática y el agua encantada oscurecían su visión.
Había grandes cadenas bajo la ciudad y, sabiéndolo, no tardó mucho en imaginar lo que estaban planeando. Con una sorpresa casi arrepentida, Tanner Sack se dio cuenta de que por fin conocía el secreto que siempre parecía rondar en las márgenes de las conversaciones de los muelles. La fuente de la inquietud, de los guiños y las miradas de complicidad, el proyecto del que nadie hablaba pero que daba forma a todos sus esfuerzos.
Vamos a sacar algo del mar, pensó con calma. ¿Un monstruo? ¿Vamos a atrapar a una serpiente marina o un calamar gigante o Jabber sabe qué y… entonces qué? ¿Lo pondrán a tirar de Armada? ¿Como hacen las sierpes de mar con los barcos-carroza?
Eso tendría sentido, pensó, asombrado por la escala de la cosa, fuera lo que fuese, pero no asustado ni decepcionado.
¿Por qué se lo ocultarían a alguien como yo?, pensó. Como si no fuera leal.
Tardó varios días en recuperarse del ataque del dinichtys. Dormía mal; despertaba empapado en sudor. Recordaba la sensación de las entrañas reventadas del hombre en su mano y aunque ya antes se había enfrentado a la muerte y había soportado su presencia, había una sombra de terror en los ojos del cadáver que aún seguía intranquilizándolo días más tarde. No podía quitarse de encima el recuerdo del ictihueso abalanzándose sobre él, tan implacable como un acontecimiento geológico.
Sus compañeros de trabajo lo trataban con respeto.
—Al menos lo intentaste, Tanner, tío —le decían.
Transcurridos dos días, regresó al estanque entre Anguilagua y Jhour para darse un baño y aliviar la quemazón de su piel agrietada. Observó a los hombres y mujeres que había en el agua; con la mejora de las temperaturas, su número había aumentado un poco. Otros ciudadanos piratas observaban desde el borde, maravillados por la esotérica habilidad de la natación.
Tanner vio las gotas temblorosas que levantaba el inexperto chapoteo de brazos y piernas y la superficie fracturada del agua y se dio cuenta de que se revolvía, inquieto, cada vez que un nadador se sumergía a su lado y desaparecía en las aguas profundas. No podía verlos ni podía ver lo que había debajo de ellos. Se adelantaba, se preparaba para saltar y sentía que el estómago se le encogía.
Tenía miedo.
Demasiado tarde, se decía a sí mismo con un atisbo de histeria. ¡Ahora es demasiado tarde, tío! ¡Te han Rehecho para esto! Vives en el agua, maldita sea, y nunca podrás cambiarlo.
Se sentía doblemente asustado: por causa del mar y de su propio miedo, que amenazaba con dejarlo varado en tierra firme, convertido en un monstruo de feria, con branquias y membranas pero terrestre, cuya piel se iba pelando y cuyas agallas se iban secando dolorosamente, cuyos tentáculos se iban pudriendo mientras él estaba demasiado asustado para nadar. Así que se obligó a sumergirse y la sal lo alivió y le proporcionó algo de paz.
Fue terriblemente duro, obligarse a abrir los ojos y a fijar la mirada en la difusa oscuridad teñida de azul por los rayos de sol que se abría bajo sus pies, sabiendo que era muy posible que no volviera jamás a ver roca bajo el agua, sino sólo aquel interminable abismo en el que los depredadores daban latigazos con la cola y se escabullían fuera de la vista de todos.
Fue espantosamente difícil, pero nadó y se sintió mejor al hacerlo.
Para acallar la insistencia de Shekel, Angevine dejó que Tanner revolviese en sus entrañas metálicas. Todavía no se sentía muy cómoda con ello. Para que pudiera hacerlo, tenía que quitarle el motor, lo que la dejaba inmovilizada. Era la primera vez desde hacía años que permitía que tal cosa ocurriera. Vivía presa del temor a que el fuego se apagara.
La revisó como hubiera hecho con cualquier máquina, dando golpecitos a las tuberías y manejando la llave inglesa sin contemplaciones hasta que levantó la mirada y vio que los nudillos de ella estaban blancos mientras se aferraba a la mano de Shekel.
La última vez que alguien le había puesto las manos encima de aquella manera, se dio cuenta Tanner, debía de haber sido cuando la convirtieron en Rehecha. A partir de entonces fue más cuidadoso.
Como había esperado, el motor que la impulsaba era viejo e ineficiente. Necesitaba una reconstrucción y, tras una seca advertencia a Angevine y haciendo oídos sordos a los horrorizados chillidos de ésta, empezó a desmontarlo.
Al cabo de un rato, ella terminó por calmarse (en cualquier caso era demasiado tarde para echarse atrás, le explicó con cierta rudeza: si la dejaba así nunca volvería a moverse). Y cuando, tras varias horas de trabajo, hubo terminado y salió de debajo de ella, sudando y cubierto de aceite de motor y empezó a encender el combustible en su caldera reconfigurada, ella notó la diferencia de inmediato.
Los dos estaban cansados y avergonzados. Cuando la presión se hubo formado en el motor y Angevine empezó a moverse, a sentir las nuevas reservas de energía que él le había proporcionado, a comprobar el estado del fuego y darse cuenta de lo mucho que duraba ahora el coque, reconoció cuánto había hecho por ella. Pero Tanner no se sentía más cómodo aceptando sus agradecimientos que ella ofreciéndoselos, de modo que hubo poco más que murmullos atropellados por ambas partes.
Más tarde, Tanner se metió en su bañera de agua salada y pensó en lo que había hecho. Ella ya no tendría que andar mendigando combustible a todas horas. Su mente se había liberado: ya no tendría que estar pensando constantemente en la caldera, ya no tendría que despertarse en mitad de la noche para alimentar su fuego.
Sonrió.
Al levantarse, había reparado en una muesca que le había hecho en el chasis con la punta de la llave o el destornillador. Le había hecho una herida en el hierro manchado. Angevine siempre se esforzaba por mantener limpias sus partes metálicas así que la marca de Tanner saltaba a la vista. Se había agitado, incómodo.
Cuando ella la había visto, el rostro y la boca se le habían tensado de cólera. Pero conforme pasaban los minutos y empezaba a balancearse al sentir el vapor, su expresión había cambiado. Y al marcharse, mientras Shekel la esperaba en la puerta, se había dado la vuelta y le había hablado en voz baja.
—No te preocupes por el arañazo, ¿eh? —le había dicho—. Has hecho un gran trabajo, Tanner. Y esa marca… bueno, forma parte de la reconstrucción, ¿eh? Parte de lo nuevo —había esbozado una sonrisa fugaz y se había marchado sin mirar atrás.
—Oh, de nada, de nada, por el amor de Jabber —murmuró Tanner en voz alta al recordarlo, complacido y avergonzado. Se reclinó en la bañera—. Lo he hecho por el muchacho, en realidad. Por el bien del muchacho.
Sólo diez embarcaciones de diferentes tamaños formaban el barrio maldito de Armada, encajonado en el extremo de babor de la ciudad y lindante con Otoño Seco y el Vos y los Vuestros del Rey Federico.
Los súbditos del violento gobierno mercantil de Federico ignoraban en su mayor parte las espeluznantes formas de los barcos que se unían con su paseo y preferían concentrarse en sus bazares, sus circos y sus prestamistas. En Otoño seco, sin embargo, la funesta influencia del barrio maldito reptaba sobre la pequeña franja de mar que hacía las veces de frontera y mancillaba el paseo del Brucolaco. Allí donde Otoño Seco lindaba con los barcos desiertos, sus propias embarcaciones parecían acobardadas e incómodas.
Quizá era la presencia del Brucolaco y sus lugartenientes vampiros en el propio Otoño Seco la que afinaba la sensibilidad de sus habitantes frente a los muertos y los casi-muertos. Quizá ésa era la razón de que, a diferencia de lo que ocurría en Vos y los Vuestros, los ciudadanos de Otoño Seco no pudieran ignorar la proximidad del temible barrio maldito.
Extraños sonidos emanaban de su interior: murmullos que arrastraba el viento; el tenue traqueteo de los motores; cosas que chirriaban contra otras. Algunos aseguraban que los sonidos eran ilusorios, producto del viento y de la extraña arquitectura de los antiquísimos barcos. Muy pocos lo creían. Algunas veces, un grupo de insensatos (formado invariablemente por recién llegados) se aventuraba en aquellas embarcaciones… y regresaban varias horas más tarde, con la boca cerrada, pálidos y sin querer hablar. Y en ocasiones, por supuesto, no regresaban.
Según aseguraban los rumores, se había llevado a cabo toda clase de intentos por separar los barcos de la ciudad, por hundirlos y por borrar el barrio maldito del mapa de Armada y todos ellos habían fracasado de manera alarmante. La mayoría de los ciudadanos se mostraba muy supersticiosa frente a aquel lugar silencioso: por mucho que los aterrara, se hubieran opuesto resueltamente a cualquier intento por eliminarla.
Los pájaros no se posaban sobre los barcos encantados. Su horizonte de mástiles y tocones de viejos mástiles, sus carcasas bituminosas y cubiertas de moho y sus velas desgarradas estaban desiertas.
La frontera entre Otoño Seco y el barrio maldito era el lugar al que uno debía ir si no quería que lo molestaran.
Dos hombres se encontraban allí, bajo la fría llovizna de la noche. Estaban a solas sobre la cubierta de un clíper.
Frente a ellos, a diez metros de distancia, había un navío alargado y esbelto, una vieja goleta, vacía y a oscuras, que crujía bajo el viento y el incesante balanceo de Armada. Los puentes que la comunicaban con el clíper estaban medio podridos y bloqueados por cadenas. Era el primer barco del barrio encantado.
Desde detrás de los hombres se alzaban los ruidos del centro de la ciudad, los irregulares soportales ocupados por tiendas que serpenteaban entre los cuerpos de diferentes barcos, las casas de juego y los salones de baile. En cambio, el clíper estaba en silencio. La fila de viviendas que ocupaba su cubierta estaba deshabitada en su mayor parte. Los pocos que moraban allí habían reconocido a los dos hombres que se habían reunido en la cubierta y se habían quitado de en medio con todo cuidado.
—Estoy perplejo —dijo el Brucolaco en voz baja, sin mirar a su acompañante. Su voz apacible y áspera resultaba apenas audible. El viento y la lluvia le apartaron el enmarañado cabello de la cara mientras se volvía para contemplar el negro mar por encima de la galera—. Explícamelo —se volvió y enarcó las cejas, en un gesto de templada preocupación dirigido a Uther Doul.
Sin guardaespaldas, sin funcionarios o espectadores que pudieran presenciar su interacción, la resplandeciente tensión que caracterizaba las confrontaciones públicas de los dos hombres estaba ausente. Su lenguaje corporal era sólo un poco cauto, como si fueran dos personas que acabaran de conocerse.
—Tú y yo nos conocemos, Uther —dijo el Brucolaco—. Hemos luchado juntos. Confío en ti, sinceramente. Confío en tu instinto. Sé cómo piensas. Y los dos sabemos que sólo es cosa… de puta suerte… que seas uno de los suyos… en vez de uno de los míos —había pesar en su voz, un leve tono de pesar.
El Brucolaco miró fijamente a Uther Doul con sus ojos pálidos. Su larga lengua bífida paladeó el aire y entonces volvió a hablar.
—Cuéntamelo, colega. Cuéntame lo que está pasando. Por las tetas de la luna, no puedes apoyar esa estúpida idea. Te sientes culpable, ¿no es eso? Por haber sido tú el que les dio la idea. Porque nunca se les hubiera ocurrido de no haberlo mencionado tú —se inclinó ligeramente hacia él mientras hablaba—. No es por el poder, Uther. Ya lo sabes. Me importa el pito de un marinero quién gobierne Armada. Otoño Seco es lo único que yo quiero. Anguilagua siempre ha sido el paseo más importante y por mí puede seguir siéndolo. Y tampoco es por el puto avanc. Mierda, si pensase que podría funcionar, estaría a tu lado. No soy uno de esos gilipollas de Raleas que se pasan todo el día farfullando sobre lo que va «contra natura» y sobre «jugar con fuerzas letales» y chorradas de ésas. Mierda, Uther, si yo pensara que pactar con daemonios daría más fuerza a la ciudad, ¿no crees que lo haría?
Uther Doul lo miró de soslayo y, por vez primera su rostro se movió para contener un arrebato de risa.
—Eres un a-muerto, Brucolaco —dijo con su voz de barítono—. Sabes que muchos piensan que ya has hecho tratos con los sicarios del Infierno.
El Brucolaco ignoró el comentario y continuó.
—Me opongo a esto porque los dos sabemos que no acabará cuando tengamos al avanc. —Hablaba con voz fría. Doul apartó la mirada. Aquella noche no había estrellas en el horizonte: el mar y el cielo se fundían como sendas manchas de tinta—. Y los demás no tardarán mucho en darse cuenta. Puede que Sombras haga lo que se le diga hasta que el puto mar hierva, pero ¿de veras crees que Jhour y Libreros seguirán del lado de los Amantes cuando comprendan lo que pretende realmente el plan? Uther, os encamináis a un motín.
—Muertohombre… —empezó a decir Doul e hizo una pausa pesada. Doul era el único habitante de la ciudad que utilizaba aquel título honorífico extranjero. Provenía de su tierra natal—. Muertohombre Brucolaco. Soy hombre de los Amantes. Tú lo sabes y sabes también el porqué. Y sí, quizá podría haber sido de otra manera, pero no lo es. Soy un soldado, Brucolaco. Un buen soldado. Si no creyera que pueden conseguirlo… si no creyera que va a funcionar… entonces no lo apoyaría.
—Mierda —la voz del Brucolaco brotó dura y áspera—. Que los dioses te jodan y te maldigan, Uther, eso… es mentira. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas por lo menos de cómo descubrí lo que querían hacer con el avanc?
—Espías —dijo Doul con tono neutro, al tiempo que volvía a mirarlo a los ojos.
El Brucolaco hizo un gesto desdeñoso.
—Los espías sólo conseguían pistas e insinuaciones. No te mientas. Lo sé porque me lo dijiste tú.
La mirada de Doul adquirió un brillo frío y acerado.
—Eso es una calumnia y no quiero que vuelvas a repetirla… —dijo, pero el Brucolaco lo interrumpió con una carcajada.
—Pero mírate —le conminó, incrédulo—. ¿Con quién te piensas que estás hablando? Deja de ser tan pomposo, coño. Ya sabes lo que quiero decir. Por supuesto que no me diste la información voluntariamente y, por supuesto, jamás lo admitirías. Pero, mierda, Uther, hablé contigo y te conté mis sospechas y tú… bueno, eres demasiado profesional como para revelar nada que pudiera causarte problemas más tarde, pero si hubieras querido engañarme o hacerme pensar que estaba equivocado, podrías haberlo hecho. No lo hiciste. Y te lo agradezco. Y, bueno, si quieres jugar a este estúpido juego en el que no admites lo que ambos sabemos que pasa ni confirmas mis sospechas pero tampoco las niegas, me parece… me parece muy bien. Tú sigue guardando silencio. El hecho sigue siendo, Uther… —el Brucolaco le arrancaba astillas a la barandilla de madera con aire ausente y las dejaba caer en la oscuridad—. El hecho sigue siendo que has dejado que lo supiera. Y tú sabes que los líderes de los demás paseos no me creerán si se lo cuento. Me has dado algo que tengo que llevar yo solo. Y creo que lo has hecho porque piensas que es un plan estúpido y peligroso y no sabes lo que hacer con ese conocimiento y querías un aliado.
Doul sonrió.
—¿Tan arrogante eres? —dijo con tono liviano—. ¿Tan seguro estás de ti mismo, de que puedes encontrarle un sentido a cualquier conversación, cualquier malentendido?
—¿Te acuerdas de los golems navaja? —dijo el Brucolaco de repente y Uther Doul guardó silencio—. ¿De la llanura del vapor hirviente? —continuó el Brucolaco—. ¿Te acuerdas de ese lugar? ¿De las cosas que vimos? La ciudad está en deuda con nosotros, Uther. Nosotros fuimos quienes la salvamos, lo admitan o no los demás, lo sepan o no. ¿Dónde estaban entonces los malditos Amantes? Sólo éramos tú… y yo.
El grito de las gaviotas. El sonido del viento entre los barcos, el crujido del barrio maldito.
—Aprendí algunas cosas en aquellos tiempos, Uther —dijo el Brucolaco con voz tranquila—. Aprendí a leer en ti. Te conozco.
—¡Maldita sea! —Uther Doul se encaró con él—. ¿Cómo te atreves a jugar a los soldados veteranos conmigo? ¡No estoy de tu lado, Brucolaco! ¡No estamos de acuerdo! ¿Lo entiendes? Tenemos nuestra historia, es cierto y Khyriad sabe que no te daría la espalda de buen grado, Muertohombre, pero… eso es todo. Yo soy un lugarteniente y tú nunca fuiste mi capitán. He venido esta noche porque me lo pediste, por cortesía, nada más.
El Brucolaco se llevó una mano a la boca y miró a Doul. Su larga lengua se deslizó como un latigazo sobre sus dedos. Cuando bajó la mano, parecía triste.
—La Cicatriz no existe —dijo. Siguió un silencio—. La Cicatriz no existe —repitió—, y si por algún azar los astrónomos están equivocados y sí que existe, no la encontraremos. Y si por algún puto milagro logramos encontrarla, entonces tú, precisamente tú, Uther, debes de saber que eso significará nuestras muertes.
Señaló con un ademán breve la espada envainada que Doul llevaba al costado izquierdo. Movió su dedo para señalar la manga derecha de su compañero, jalonada de alambres retorcidos como venas.
—Lo sabes, Uther —dijo el Brucolaco—. Tú sabes qué clase de fuerzas desencadenaría algo así. Sabes que no tendríamos ninguna posibilidad de plantarles cara. Tú lo sabes mejor que nadie, por mucho que crean haber aprendido esos estúpidos de ti. Significaría el fin para todos nosotros.
Uther Doul bajó la mirada hacia su espada.
—No nuestras muertes —dijo, e inesperadamente esbozó una sonrisa hermosa—. Nada tan sencillo.
El Brucolaco negó con la cabeza.
—Eres el hombre más valiente que conozco, Doul, en más aspectos de los que puedo contar —hablaba con tono apesadumbrado, nostálgico—. Y por eso no puedo comprender este aspecto tuyo. Este aspecto básico, pusilánime, cobarde, temeroso, servil. —Doul no se movió ni reaccionó, pero es que la voz del Brucolaco no sonaba como si lo estuviera insultando—. ¿Es que has llegado a convencerte de que lo más valiente es cumplir con tu deber, aceptar lo que venga, Uther?
Negó con la cabeza. Sus ojos brillaban de incredulidad.
—¿Acaso eres masoquista, Uther Doul? ¿Es eso? ¿Te la pone dura humillarte de este modo? ¿Tienes una erección cuando esos capullos te dan órdenes que sabes que son estúpidas? ¿Te corres, te frotas el cuerpo cuando las obedeces a pesar de todo? Bueno, pues en ese caso ahora mismo debes de tenerla como una barra de hierro, porque son las órdenes más absurdas que jamás hayas obedecido y tú lo sabes. Y no permitiré que lo hagas.
Doul observó sin moverse cómo le daba la espalda el Brucolaco y se alejaba.
El vampiro se envolvió en una capa de sombras y se desvaneció rápidamente en una neblina encantada; sus pasos se fueron apagando a medida que desaparecía. Sonó un crujido en el aire y en lo alto, sobre la cubierta, los viejos aparejos se estremecieron por un segundo como si algo los agitara un instante antes de desaparecer. Doul siguió los ruidos con la mirada. Sólo cuando todo volvió a estar en calma a su alrededor se volvió de nuevo hacia el mar y el barrio maldito, con la mano apoyada sobre el pomo de la espada.