La Cicatriz

La Cicatriz


Tercera parte: La fábrica de brújulas » 16

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Utilizando atlas y monografías escritas por exploradores, Bellis y Silas dibujaron mapas de Gnurr Kett y el Cymek y la Bahía de Hierro. Trataron de trazar una ruta de regreso a casa.

La isla de los anophelii no figuraba en ninguna parte pero, interpretando las historias de los mercaderes cactos, supusieron que se encontrarían a unas pocas decenas de kilómetros de la punta sur de Gnurr Kett y a unos mil quinientos kilómetros de las civilizadas costas septentrionales de la isla. Y desde el extremo septentrional había casi otros tres mil kilómetros hasta Nueva Crobuzón.

Bellis sabía lo raro que era ver barcos Kettai arribando a los muelles de Arboleda, en Nueva Crobuzón. Rebuscó en libros de economía política y trazó las rutas que seguían las mercancías desde Dreer Samher a Gnurr Kett, a Shankell, a las Islas Mandragora, Perrick y Myrshock y finalmente, con suerte, siguiendo una tortuosa ruta u otra, a Nueva Crobuzón.

—Desde la isla de los mosquitos estaríamos casi tan lejos de la ciudad como si hubiéramos ido a las malditas colonias —dijo Bellis con amargura—. Miles de kilómetros de aguas desconocidas y lugares que no figuran en las cartas y rumores y otras mierdas. Justo al otro extremo de una larga, larga cadena de rutas comerciales.

Pasaban todos sus ratos libres así, acurrucados en la habitación cilíndrica de Bellis, ignorando los ruidos y la luz del día o la luz de las lámparas en el exterior, ella fumando furiosamente y maldiciendo el asqueroso tabaco de Armada y los dos tomando notas sin descanso y revisando viejos libros con la voracidad de sendos cazadores. Tratando de sacarle algún partido a lo que habían descubierto. Tratando de encontrar una forma de escapar.

Les había costado mucho arrebatarle su secreto a la ciudad. Y ahora que lo tenían, se cernía lentamente sobre ellos la certeza de que a pesar de todo, incluso ahora, incluso con ese conocimiento, era posible que no lograsen regresar a su hogar, y eso los aterrorizaba.

Si pudiéramos descubrir adónde nos dirigimos… pensaba Bellis en ocasiones y entonces se apoderaba de ella la incómoda idea de que no iba a ser como si toda la maldita ciudad recalara en Kohnid o fuera a pasar junto a ella, a la vista de todos. Y aunque lo hiciera, seguiría teniendo que llegar desde la ciudad a la costa, a los muelles, a un barco, tendría que cruzar de nuevo el mar, antes de llegar a casa. Y no había modo de lograr que todo eso ocurriera.

Llévame a la costa, pensaba. Si lograra llegar a la costa, es posible que consiguiera persuadir a alguien para que me ayudara o podría robar un barco o podría embarcar o… algo…

Pero no podía llegar a la costa. Y si llegara a hacerlo, era posible que todas esas ideas resultasen vanas y ella lo sabía.

—Shekel ha venido a verme hoy —dijo—. Ha pasado casi una semana desde que me dio el libro, Silas. Me ha preguntado lo que era, si era lo que Tintinnabulum andaba buscando. Le dije que muy pronto lo sabría con toda certeza. No tardará mucho —prosiguió con tono ominoso—. No tardará mucho en superar su vergüenza y contárselo a alguien. Es amigo de un hombre del puerto que trabaja para los Amantes. Es el sirviente del puto Tintinnabulum, por el amor de Jabber. Tenemos que ponernos en marcha, Silas. Tenemos que tomar una decisión. Tenemos que decidir lo que vamos a hacer. Cuando le cuente a sus amigos que ha encontrado un libro de Krüach Aum, los alguaciles no tardarán ni un minuto en presentarse aquí. Y entonces, no sólo tendrán el libro, sino que sabrán que hemos intentado evitar que cayera en sus manos. Y los dioses saben que no quiero conocer las cárceles de Armada por dentro.

Era imposible determinar con exactitud cuánto sabían los Amantes sobre el proceso de invocación de un avanc. Debían de saber algo: la localización de las fosas, la escala de la taumaturgia y los motores necesarios, quizá parte de los conocimientos científicos requeridos. Pero estaban buscando el libro de Krüach Aum en particular.

La única descripción de un intento de convocar y capturar a un avanc coronado por el éxito, pensó Bellis. Saben dónde tienen que ir pero me apuesto lo que sea a que hay mucho que desconocen. Deben de pensar que pueden llegar a deducirlo y posiblemente lo logren con el tiempo pero seguro que esto les facilita enormemente las cosas.

Y luchaba con ideas estúpidas, como demandar su libertad a cambio del libro, sabiendo miserablemente que nunca funcionaría. La esperanza se le estaba escapando poco a poco y eso la dejaba helada.

Con una especie de descuido desesperado, habló sobre la fuga con Carrianne. Envolviendo todas sus ideas y preguntas en un tono hipotético, absurdo y en absoluto convincente, le preguntó si alguna vez pensaba en abandonar la ciudad.

Carrianne le sonrió con crueldad amistosa.

—Nunca se me pasa por la imaginación —dijo.

Se encontraban en un pub de Otoño Seco y Carrianne miró ostentosamente a su alrededor antes de volverse de nuevo hacia Bellis y decir, en voz más baja:

—Por supuesto. Pero ¿qué razones tendría yo para regresar, Bellis? ¿Por qué me iba a arriesgar a hacer algo así? Cada pocos años hay algún intento, ¿sabes? Roban una pequeña embarcación o lo que sea. Y siempre, siempre, los cogen.

Sólo a los que llegan hasta tus oídos, pensó Bellis.

—¿Y qué les pasa?

Carrianne miró su bebida un rato y entonces levantó la vista de nuevo hacia Bellis con una sonrisa dura en los labios.

—Ésa es casi la única cosa en la que todos los señores de Armada están de acuerdo —dijo—, los Amantes, el Brucolaco, el rey Federico y Braginod y el Consejo y todos los demás. Armada no puede permitirse el lujo de ser encontrada. Por supuesto, existen marineros que saben que estamos aquí fuera y comunidades con las que podemos comerciar, como Dreer Samher. Pero ¿dejarnos encontrar por una gran potencia… como Nueva Crobuzón? ¿Alguien que quisiera sacarnos de los mares? A quienes tratan de escapar se les para, Bellis. No son detenidos, ¿comprendes? Se les para.

Le dio unas palmaditas en la espalda.

—¡Por los dioses, alegra esa cara! —dijo cordialmente—. No me digas que te sorprende. ¿Sabes lo que pasaría si lograran llegar a casa y contaran lo que saben y la gente de allí se apoderara de Armada? Tú pregúntale a cualquiera de los Rehechos que sacamos de los barcos esclavistas de Nueva Crobuzón, a ver cuánta lealtad sienten hacia la marina crobuzoniana. Pregúntale a cualquiera que haya estado en Nova Esperium y haya visto lo que les pasó a los nativos. O a cualquiera de los marineros que ha caído prisionero de los filibusteros de Nueva Crobuzón con sus malditas patentes de corso. ¿Crees que nosotros somos los piratas, Bellis? ¡Tómate una copa y calla la boca!

Aquella noche, por vez primera, Bellis especuló en voz alta sobre lo que Silas y ella harían si no lograban volver a casa. Sacó el tema como una mera hipótesis de debate.

Pero entonces una especie de horror calmado se apoderó de ella y se dio cuenta de que su propia fuga no era la única consideración. ¿Y si no logramos escapar?, pensó con frialdad. ¿Es el fin del asunto? ¿La última palabra?

Silas la estaba observando con el rostro ojeroso y cansado. Al mirarlo, Bellis vio los chapiteles y los mercados y los nidos de grajos de su ciudad natal con repentina y severa claridad. Recordó a sus amigos. Volvió a pensar en Nueva Crobuzón. El olor de la savia en primavera; fría e intrincada al cabo del año; iluminada, engalanada de banderolas y lámparas, abarrotada de multitudes cantarinas, los trenes decorados con pías libreas durante el festival de la Mañana de Jabber. A medianoche, a la luz de las farolas, cualquier día del año.

En guerra; en una sangrienta guerra contra Las Gengris.

—Tenemos que hacerles llegar un mensaje —dijo con voz pausada—. Eso es lo más importante. Logremos o no regresar, tenemos que avisarles.

Con esas palabras, se libró de lo que no podía conseguir. Y, por muy miserable que le hiciera sentir, algo en su interior se volvió un poco menos frenético. Los planes que empezó a sugerir con cautela eran ahora más sensatos, más sistemáticos y tenían más posibilidades de salir adelante.

Bellis se dio cuenta de que Hedrigall era la clave.

Se contaban muchas historias sobre el gran hombre-cacto, aquel narrador y aeronauta de Samher. Una nube de rumores, verdades y mentiras. Y entre las cosas que Shekel le había contado casi sin aliento, una se había grabado en la memoria de Bellis: Hedrigall había estado en la isla de los hombres-mosquito.

Puede que fuera verdad. Había sido mercader-pirata de Dreer Samher, que era la única comunidad de la que podía asegurarse que comerciase regularmente con los anophelii. Por sus venas no corría sangre sino savia: no podían bebérselos. Podían negociar sin temor.

Y puede que recordase algo.

El día era nuboso y cálido y Bellis empezó a sudar desde el momento en que salió de su habitación para ir al trabajo. A pesar de que era una mujer muy delgada, al final del día se sentía como si le pesase un exceso de carne. El humo de sus cigarrillos parecía resguardarla como un sombrero apestoso y ni siquiera los perennes vientos de Armada lograban llevárselo del todo.

Silas la esperaba a la entrada de sus habitaciones.

—Es cierto —le dijo, con sombrío regocijo—. Hedrigall ha estado allí. Lo recuerda. Ya sé cómo operan los mercaderes de Dreer Samher.

Su mapa podía hacerse más preciso, su conocimiento de la isla, menos tenue.

—Es un tío leal —dijo Silas—, así que tendré que tener cuidado. Esté de acuerdo o no con lo que se le ordena, sigue siendo un hombre de Anguilagua. Pero puedo sacarle información. Es mi trabajo.

Incluso con lo que lograron sonsacarle a Hedrigall, no estaban armados más que con una colección de hechos aislados. Los revolvieron y volvieron a revolverlos, los arrojaron al suelo como tabas y vieron cómo caían. Y, habiéndose librado de aquella desesperación irreal por su propia libertad, Bellis empezó a ver el orden que se escondía tras el patrón de los hechos.

Hasta que tuvieron un plan.

Era tan impreciso, tan nebuloso que costaba admitir que era lo único que tenían.

Estaban sentados en un silencio incómodo. Bellis escuchaba el recurrente murmullo de las olas, observaba cómo se desenrollaba el humo del cigarrillo frente a la ventana, ocultando el cielo nocturno. Su vida se había reducido a una sucesión de noches, cigarrillos y bosquejos de ideas. Pero ahora algo había cambiado.

Puede que fuera la última noche que tenía que hacer aquello.

—Lo odio —dijo Silas al fin—. Lo odio, joder, odio no poder… Pero ¿podrás hacerlo? Gran parte depende de ti.

—Tendré que poder —contestó ella—. Tú no conoces el Kettai Alto. ¿Existe algún otro modo de que pudieras convencerlos para que te llevaran?

Silas apretó los dientes y negó con la cabeza.

—Pero ¿qué hay de ti? —dijo—. Tu amigo Johannes sabe que no eres lo que se dice un modelo de armadana leal, ¿no?

—Puedo convencerlo —dijo Bellis—. Seguro que en Armada no hay muchas personas capaces de leer el Kettai. Pero tienes razón, él es el único obstáculo real —guardó silencio por algún tiempo y entonces continuó, con voz reflexiva—. No creo que me haya mencionado. Si hubiera querido ponerme las cosas difíciles, si sospechase que soy… peligrosa, a estas alturas ya me habría enterado. Creo que tiene una especie de sentido del… honor… o algo semejante, que le impide hablar de mí.

No es eso lo que pasa, pensó al mismo tiempo que hablaba. Ya sabes por qué no ha informado sobre ti.

Te guste o no, a pesar de que lo abandonaras, pienses lo que pienses de él, te sigue considerando una amiga.

—Cuando lean esto —dijo Silas— y se den cuenta de que Krüach Aum no es de Kohnid y que puede que siga vivo, es muy probable que emprendan su búsqueda. Pero… ¿y si no lo hacen? Tenemos que llevarlos a esa isla, Bellis. Si no lo logramos, no tendremos nada. Lo que queremos hacer no es ninguna minucia. Ya sabes qué lugar es ése. Ya sabes lo que hay allí. Puedes dejar que yo haga el resto… Puedo reunir lo que necesitamos. Tengo el sello, así que puedo escribir los mensajes. Puedo hacer todo esto. Pero, maldita sea, no puedo hacer nada más. —Parecía amargado—. Y si no conseguimos que quieran ir a la maldita isla, no tenemos nada de nada.

Recogió el libro de Krüach Aum y empezó a pasar sus páginas con lentitud. Cuando llegó al apéndice de datos, se lo mostró a Bellis.

—Lo has traducido, ¿verdad? —preguntó.

—Lo que he podido.

—No esperan encontrar el libro pero a pesar de ello creen que tal vez logren convocar al avanc. Si les damos esto… —lo agitó y las páginas batieron como alas—, puede que sea todo cuanto necesitan. Puede que lean estas páginas y las descifren y les encuentren sentido, utilizándote a ti y a los demás traductores y científicos del Liceo y el Grande Oriente… Puede que todo lo que les falta para llamar al avanc se encuentre aquí. Podríamos estarles dando la última pieza que necesitan.

Tenía razón. Si las palabras de Aum eran ciertas, todos los datos que había utilizado, toda la información, todas las configuraciones se encontraban en aquellas páginas.

—Pero sin este libro —continuó Silas— no tenemos nada. Nada para venderte a ellos, nada para convencerlos de que vayan a la isla. Seguirán con el plan preestablecido y harán lo que tengan que hacer y puede que convoquen al avanc de todos modos. Si no tuvieran nada, tendrían que hacerlo. Pero si les damos una parte de lo que quieren, querrán conseguirlo todo. Tenemos que convertir este regalo… en un cebo.

Y, después de un momento, Bellis comprendió. Frunció los labios y asintió rápidamente.

—Sí —dijo—. Dámelo.

Hojeó el apéndice de datos mientras se preguntaba cómo empezar.

Al cabo de un rato se encogió de hombros y arrancó sin más un puñado de hojas.

Después del inicial y extrañamente eufórico momento, procedió con más cuidado. Tenía que parecer creíble. Buscó otros libros mutilados que había visto y elaboró un catálogo mental de las calamidades que podían afectar a un libro. ¿Agua y fuego? ¿Moho? Imposible.

Un golpe, entonces.

Colocó el apéndice abierto sobre un clavo del suelo, estratégicamente dispuesto, puso el pie encima y le dio una patada con todas sus fuerzas. El clavo se hundió en las ecuaciones y notas a pie de página, las arrancó y quedaron tendidas en un montón arrugado.

Era perfecto. Quedaban las tres primeras páginas del apéndice, en las que se discutían y definían los términos y luego las hojas siguientes estaban arrancadas de cuajo. Sólo quedaban los bordes desgarrados, pequeños trozos de palabras erradicadas a medias. Parecía el resultado de un accidente fortuito y estúpido.

Quemaron el apéndice, cuchicheando como niños castigados.

Las páginas no tardaron mucho en quedar reducidas a humo y partículas que sobrevolaron el cielo de Armada, donde el viento las atrapó y las disipó.

Mañana haremos nuestro movimiento, pensó Bellis. Mañana empezamos.

El viento venía del sur. Los dedos de humo de las chimeneas de Armada apuntaban en la dirección por la que habían venido.

De pie en la cubierta del Desollador de Sombras y mirando al horizonte, con la ciudad a sus espaldas, Bellis podía fingir que se encontraba a bordo de un barco normal.

El clíper formaba parte de los suburbios de Anguilagua: la gente vivía bajo cubierta, en los antiguos camarotes. No se había construido ninguna casa sobre el barco. El Desollador de Sombras estaba hecho de madera con ribetes de bronce, cabos y tela vieja. No tenía tabernas ni cafés ni almacenes y había muy poca gente en su cubierta. Bellis estaba contemplando el océano, como un pasajero cualquiera a bordo de un clíper en el mar.

Estuvo sola mucho rato.

El mar resplandecía bajo las luces de gas.

Por fin, un poco después de las nueve de la noche, escuchó unos pasos apresurados.

Johannes Lacrimosco se encontraba frente a ella, con una expresión inescrutable en el rostro. Ella asintió, despacio, y pronunció su nombre.

—Bellis, siento mucho llegar tarde —dijo—. Tu mensaje… me llegó con poca antelación y no he podido cambiar todos mis planes. He venido tan deprisa como he podido.

¿Es eso cierto?, pensó Bellis con frialdad. ¿O llegas casi una hora tarde para castigarme?

Pero se dio cuenta de que la voz del hombre sonaba contrita de veras: de que su sonrisa era insegura pero no fría.

Caminaron por la cubierta sin destino concreto, primero hacia la proa cada vez más estrecha y luego de regreso. Hablaban sin desenvoltura, como si el recuerdo de la discusión les pesase todavía.

—¿Cómo va tu investigación, Johannes? —dijo Bellis al fin—. ¿Estamos cerca de… dondequiera que vayamos?

—Bellis… —alzó los hombros con irritación—. Pensé que quizá hubieras… Maldita sea, me has hecho venir hasta aquí sólo para… —ella lo interrumpió con las manos.

Hubo un largo silencio y Bellis cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, su rostro y su voz se habían suavizado.

—Lo siento —le dijo—. Lo siento. El hecho es, Johannes, que lo que me dijiste me dolió. Porque sé que tenías razón —su rostro estaba comedido mientras obligaba a las palabras a salir—. No me malinterpretes —se apresuró a añadir—. Este lugar no será nunca mi hogar. Me trajeron aquí en contra de mi voluntad, Johannes. Me raptaron. Pero… pero tenías razón en que… en que me había aislado. No sabía nada sobre la ciudad y eso me avergonzaba. —Él hizo ademán de interrumpirla pero no se lo permitió—. Y, por encima de todo, he comprendido… que fue una casualidad. —Hablaba con voz desapasionada. Lo que decía sonaba como una retahíla de verdades incómodas—. Aquí he visto cosas, he aprendido cosas… Nueva Crobuzón sigue siendo mi hogar, pero tenías razón en que lo único que me ha encadenado a este lugar es la casualidad. He abandonado la esperanza de regresar a casa, Johannes —dijo, y al instante se le encogió el estómago porque casi era verdad—, y eso ha hecho que me diera cuenta de que aquí hay cosas que merece la pena hacer.

Algo parecía estar ocurriendo en el interior de Johannes, una expresión empezaba a florecer en su semblante. Bellis sospechaba que era alegría y la interrumpió rápidamente.

—No esperes que me enamore de este maldito lugar, ¿vale? Pero… pero para la mayor parte de quienes viajaban a bordo del Terpsícore, para los Rehechos, aquella captura fue lo mejor que podría haber ocurrido. Y para el resto de nosotros… bueno, es justo que tengamos que vivir con ello. Tú me ayudaste a comprenderlo, Johannes. Y quería darte las gracias.

El rostro de Bellis estaba impasible, las palabras le sabían a leche agria (a pesar de que se daba cuenta de que no eran del todo falsas).

Durante algún tiempo, había considerado la posibilidad de contarle a Johannes la verdad sobre la amenaza que acechaba a Nueva Crobuzón. Pero todavía seguía aturdida por la rapidez con la que se había aliado con Armada y Anguilagua. Era evidente que no albergaba demasiado amor por su ciudad natal. Pero a pesar de ello, pensó, no podía (seguro) ser neutral en el caso de Las Gengris, ¿verdad? Debía de tener amigos, familia, en Nueva Crobuzón. La amenaza no podía serle indiferente. ¿Verdad?

Pero ¿y si no la creía? Si no lo hacía, si pensaba que no era más que un intento enrevesado por escapar, si la llevaba a ella y a sus aseveraciones frente a los Amantes, quienes no darían un céntimo por el destino de Nueva Crobuzón, entonces habría arruinado su única posibilidad de hacer llegar un mensaje a la ciudad.

¿Y por qué iba a importarles a los señores de Armada lo que un estado le hiciera a otro a medio mundo de distancia? Quizá hasta le dieran la bienvenida a los planes de los grindilú. Nueva Crobuzón poseía una marina poderosa. Bellis no sabía hasta donde se extendía la nueva lealtad de Johannes. No podía arriesgarse a contarle la verdad.

Esperó cuidadosamente en la cubierta del Desollador de Sombras, mientras sentía el comedido deleite de Johannes.

—¿Crees que podéis conseguirlo? —dijo al cabo de un rato.

Él frunció el ceño.

—¿Conseguir el qué?

—¿Crees que podéis convocar al avanc?

Johannes se quedó perplejo. Ella vio cómo lo recorrían los pensamientos a toda velocidad. Incredulidad, cólera y miedo. Vio que consideraba la posibilidad de mentir durante una fracción de segundo, no sabe de qué estás hablando, pero la tentación refluyó y se llevó consigo las demás emociones.

Recobró la compostura en cuestión de segundos.

—Supongo que no debería estar sorprendido —dijo con voz calmada—. Es absurdo creer que algo como eso podría mantenerse en secreto —sus dedos tamborileaban sobre la barandilla—. Si he de ser sincero, para mí es una fuente de constante asombro la poca gente que está al corriente. Es como si los que no lo saben estuvieran conspirando con los demás para mantener el secreto. ¿Cómo lo has sabido? No hay precauciones ni taumaturgias que puedan mantener en secreto un plan de esta magnitud, supongo. Pronto tendrá que salir a la luz: demasiada gente lo sabe ya.

—¿Por qué lo estáis haciendo? —dijo Bellis.

—Por lo que significará para la ciudad —dijo él—. Por eso lo están haciendo los Amantes —le dio una patada desdeñosa a la borda y señaló con el pulgar a los remolcadores y vapores que había a estribor, amontonados al otro extremo de las cadenas, arrastrándolos en dirección sur—. Mira cómo se mueve esta maldita cosa. ¿A dos kilómetros por hora? ¿Tres con vientos fuertes? Es absurdo. Y un esfuerzo de esta magnitud consume tal cantidad de combustible que se hace sólo muy raras veces. La mayoría del tiempo este lugar no hace más que vagar sin rumbo, dando vueltas al océano. Pero piensa en cómo podrían cambiar las cosas si lograran atrapar a ese ser. Entonces podrían viajar a donde quisieran. Piensa en el poder. Serían los dueños y señores del mar. Ya se intentó una vez. —Miró en otra dirección mientras se frotaba la barbilla—. Eso creen ellos. Hay evidencias bajo la ciudad. Cadenas. Ocultas por encantamientos de siglos de antigüedad. Los Amantes… no son como cualquier otro gobernante que haya tenido este lugar. En especial ella. Y algo cambió cuando Uther Doul se convirtió en su guardián, hace más de una década. Desde entonces han estado trabajando para esto.

Enviaron mensajes a Tinnabol y sus hombres. Los mejores cazadores que hay. No sólo rápidos con el arpón: son científicos, biólogos marinos, coordinadores. No hay nada que no sepan sobre trampas. Si alguien había intentado algo semejante alguna vez, ellos debían de haber oído historias. Por supuesto, por si solos jamás podrían capturar un avanc. Pero poseen más información sobre ellos que nadie en el mundo. ¿Te imaginas lo que sería para un cazador conseguir esto? Por eso lo están haciendo los Amantes y por eso lo está haciendo Tintinnabulum. —Reparó en la mirada de Bellis y una sonrisa asomó a sus labios.

—¿Y yo? —dijo—. ¡Yo lo hago, Bellis, porque es un avanc!

Su entusiasmo fue tan brusco, irritante e infeccioso como el de un niño. La pasión que sentía por aquel trabajo era del todo sincera.

—Tengo que ser honesta contigo —dijo Bellis cuidadosamente—. Nunca hubiera creído que diría o pensaría esto pero… pero lo entiendo —ella lo miró directamente—. A decir verdad, es parte del cambio de mi visión sobre este lugar. Cuando descubrí lo que estaba pasando, cuando conocí el plan del avanc, me abrumó tanto que me sentí aterrorizada —negó con la cabeza mientras trataba de encontrar palabras—. Pero eso cambió. Es el proyecto más… es el proyecto más extraordinario que uno pueda imaginarse, Johannes. Y me di cuenta de que quería que tuviera éxito.

Era consciente de que lo estaba haciendo bien.

—Me preocupa, Johannes. Nunca pensé que daría un estíver por nada que ocurriera en este lugar, pero la escala de esto, el orgullo… y la idea de que podría contribuir… —Johannes Lacrimosco la observaba con cauto regocijo—. Por el modo en que he descubierto la verdad. Por eso te pedí que vinieras aquí, Johannes. Tengo algo para ti.

Metió la mano en su bolso y le entregó el libro.

El pobre Johannes está sufriendo muchas sorpresas esta noche, pensó Bellis de forma vaga, una tras otra. La sorpresa de su mensaje, la sorpresa de verla, la del aparente cambio de su manera de pensar sobre la ciudad; el hecho de que supiera lo del avanc; y ahora esto.

No pronunció palabra en medio de la boquiabierta incredulidad de Johannes, de sus jadeos y de su alegría ahogada.

Finalmente, la miró.

—¿Dónde has encontrado esto? —A duras penas podía hablar.

Ella le habló de Shekel y de su fervor por la sección infantil. Alargó las manos con delicadeza hacia el libro y pasó sus páginas.

—Mira las ilustraciones —le dijo—. No es de extrañar que estuviera en la sección equivocada. Dudo que haya mucha gente a bordo que sepa leer el Kettai Alto. Esto fue lo que hizo que se me metiera dentro. Esto —se detuvo al llegar al dibujo del ojo gigantesco bajo el bote. Incluso ahora, en medio de su farsa, a pesar de haber visto el dibujo docenas de veces, sentía aún un pequeño acceso de asombro al contemplarlo—. No sólo fueron los dibujos los que me revelaron lo que estaba pasando, Johannes —sacó del bolso un puñado de papeles garabateados con su abigarrada letra—. Yo leo el Kettai Alto —dijo—. Incluso he escrito un libro sobre él. —Y, de nuevo, aquel hecho despertó una sensación desagradable en su interior. La ignoró y agitó el manuscrito frente a sus ojos—. He traducido a Aum.

Y ésa fue una nueva sorpresa para Johannes, que reaccionó con los mismos sonidos y el mismo fervor de antes.

Ésa es la última, dijo Bellis, calculando. Miró cómo bailaba de felicidad sobre la cubierta vacía. Es el fin de las sorpresas. Cuando hubo terminado con aquella estúpida jiga, empezó a llevarlo de regreso a la ciudad. Hacia los bares. Vamos a sentarnos y a pensar un poco sobre esto, reflexionó con total frialdad. Vamos a emborracharnos juntos, ¿eh? Mírate, tan feliz de que haya regresado a tu lado. Tan contento por haber recuperado a tu amiga. Vamos a hablar de lo que hay que hacer, tú y yo.

Vamos a ayudarte a caer en mi trampa.

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