La Cicatriz
Tercera parte: La fábrica de brújulas » 17
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En aquellas aguas cálidas, las luces nocturnas y el sonido del oleaje contra los flancos de la ciudad eran más suaves, como si el mar se hubiese vuelto más manso y el sol más tenue: el agua y la iluminación perdieron parte de su severa crudeza. Armada se acurrucaba en la alargada y fragante oscuridad de lo que ya era, incuestionablemente, un verano.
De noche, en los jardines-pub que lindaban con los parques de Armada, con sus terrenos, con las praderas que florecían sobre los castilletes y las cubiertas, se escuchaba el canto de las cigarras por encima del rumor del oleaje y la trepidación de los motores de los remolcadores. Habían aparecido abejas y abejorros y moscas. Se agolpaban en las ventanas de Bellis y se arrojaban contra ellas hasta morir.
Los armadanos no eran un pueblo de clima frío ni caliente ni templado como el de Nueva Crobuzón. En cualquier otro lugar Bellis podría haber utilizado estereotipos climáticos (el estoico habitante de latitudes frías, el emotivo sureño) pero no en Armada. En aquella ciudad vagabunda, tales factores eran irregulares y desafiaban toda generalización. Lo único que podía decirse era que en aquel verano, en aquella conjunción de lugar y momento, la ciudad parecía suavizarse.
En las calles había gente durante más tiempo y el mosaico fonético que era el sal se escuchaba por todas partes. Parecía que iba a ser una estación tumultuosa.
En una sala del Castor, el barco de Tintinnabulum, se estaba celebrando una reunión.
No era una sala grande. A duras penas bastaba para albergar a todos los que se encontraban en ella. Se sentaban con incómoda formalidad en sillas rígidas dispuestas alrededor de una mesa destartalada. Tintinnabulum y sus compañeros, Johannes y sus colegas, biomatemáticos y taumaturgos y otras cosas, humanos en su mayor parte, pero no sólo humanos.
Y los Amantes. Tras ellos, Uther Doul esperaba junto a la puerta, con los brazos cruzados.
Johannes, titubeante y nervioso, llevaba hablando un buen rato. Al llegar al clímax de su historia, hizo una pausa ostensible y depositó con un fuerte golpe el libro de Krüach Aum sobre la mesa. Y después de esa pausa, en el punto álgido de la primera oleada de jadeos, hizo lo propio con la traducción de Bellis.
—Ahora comprenderán —dijo con voz temblorosa— por qué pedí que se celebrara esta reunión extraordinaria.
La Amante cogió ambos documentos y los comparó minuciosamente. Johannes la observaba en silencio. Tenía la boca fruncida a causa de la concentración y las cicatrices de su rostro se enrollaban tratando de contener su expresión. En el lado derecho de su barbilla se veía la carne ampollada y la costra de una nueva herida. Johannes miró por un instante a su amante, situado a su derecha, y vio que tenía una herida semejante bajo la boca, en el lado izquierdo.
Volvió a sentir la misma incomodidad que lo asaltaba siempre que estaba ante ellos. Por muchas veces que viera a los Amantes, su proximidad le causaba un nerviosismo que no se atenuaba. Poseían una presencia extraordinaria.
Quizá sea autoridad, pensó Johannes. Quizá la autoridad sea esto.
—¿Quién habla Kettai aquí? —dijo la Amante.
Un llorgiss que se sentaba frente a ella levantó la mano.
—Turgan —lo saludó ella.
—Yo lo hablo un poco —dijo éste con tono entrecortado—. Base, sobre todo, y un poco de Alto. Pero esta mujer es mucho más experta que yo. He examinado el manuscrito y gran parte del original superaba con mucho mi capacidad.
—No olviden —dijo Johannes mientras levantaba una mano— que el libro de Gelvino, Gramatología del Kettai Alto es una obra de referencia. No existen demasiados libros de texto sobre el Kettai Alto… —negó con la cabeza—. Es un idioma extraño, difícil. Pero de los pocos que hay, el de Gelvino es uno de los mejores. Si ella no hubiera estado a bordo, si Turgan o cualquier otro hubiera traducido esto, posiblemente hubieran tenido que recurrir a su libro de todos modos.
Sus manos se estremecían con movimientos agresivos, agitados.
—Lo ha traducido al ragamol, evidentemente —dijo—, pero no será difícil pasar su texto al sal. Pero miren, la traducción no es lo más interesante. Puede que no me haya expresado con claridad… Aum no es un Kettai. No podríamos visitar a un científico Kettai, evidentemente. Kohnid está muy lejos de nuestra ruta y Armada no estaría a salvo en esos mares… pero Krüach Aum no es de Kohnid. Es un anophelius. Su isla está mil quinientos kilómetros más al sur. Y cabe la posibilidad de que siga con vida.
Todos se callaron al instante.
Johannes asintió con lentitud.
—Lo que tenemos aquí —continuó— es algo de valor incalculable. Tenemos una descripción del proceso, de sus efectos, tenemos la confirmación del área… todo eso. Pero, desgraciadamente, faltan las notas a pie de página y los cálculos de Aum… como ya les he dicho, el libro está en muy mal estado. De modo que lo que tenemos es sólo… la descripción textual. Falta la parte científica. Nos dirigimos hacia una fosa abisal situada a cierta distancia de la costa meridional de Gnurr Kett. Ahora bien, he hablado con un par de cactos nativos de Dreer Samher, que han comerciado con los anophelii: el lugar al que vamos se encuentra sólo a unos trescientos kilómetros de la isla de los anophelii. —Hizo una pausa, consciente de que estaba hablando demasiado deprisa por culpa de la excitación—. Evidentemente —prosiguió, con más calma—, podríamos continuar con lo planeado. En cuyo caso sabríamos, aproximadamente, adónde nos dirigimos, más o menos la clase de potencia necesaria para la invocación, tendríamos alguna idea de la taumaturgia implicada… y podríamos arriesgarnos. Pero también podríamos ir a la isla. Un grupo podría desembarcar en ella. Tintinnabulum, algunos de nuestros científicos, uno de ustedes o los dos. —Miró a los Amantes—. Necesitamos a Bellis para que haga de intérprete —continuó—. Los cactos que estuvieron allí no pueden ayudarnos. Cuando visitaban la isla se comunican sólo con gestos de las manos y la cabeza pero es evidente que algunos de los anophelii hablan Kettai Alto. Necesitaríamos guardias… e ingenieros porque vamos a tener que empezar a pensar en el sistema de contención para el avanc. Y… si encontramos a Aum…
Se reclinó en su asiento, consciente de que la cosa no era ni por asomo tan sencilla como la estaba presentando pero no menos entusiasmado por ello.
—En el peor de los casos —dijo— Aum estará muerto. En cuyo caso no habremos perdido nada. Quizá haya otros allí que lo recuerden y que puedan ayudarnos.
—Ése no es el peor de los casos —dijo Uther Doul. La atmósfera cambió: todos los cuchicheos pararon y todos cuantos se encontraban en la habitación se volvieron para mirarlo… a excepción de los Amantes que siguieron escuchando con aire grave y sin volverse—. Está hablando —continuó hablando deprisa con su voz de barítono— como si fuera un lugar cualquiera. No lo es. No sabe lo que está diciendo. ¿No entiende lo que ha descubierto? ¿Lo que significa la raza de Aum? Ésa es la isla de los hombres-mosquito. En el peor de los casos, las mujeres anophelii caerán sobre nosotros en la playa y nos chuparán hasta la última gota de sangre, dejando nuestros cadáveres para que se pudran allí. En el peor de los casos, todos seremos masacrados nada más desembarcar.
Hubo un silencio.
—Yo no —dijo alguien. Johannes esbozó media sonrisa. Era Breyatt, el matemático cacto. Johannes lo miró a los ojos. Bien dicho, pensó.
Los Amantes estaban asintiendo.
—Tus objeciones están claras, Uther —dijo el Amante. Se atusó el pequeño bigote—. Pero no… exageremos. Siempre hay maneras de solventar los problemas, como señala este caballero…
—Este caballero es un cacto —dijo Doul—. Para aquellos de nosotros que tenemos sangre en las venas, el problema sigue existiendo.
—Empero —dijo el Amante con autoridad—, creo que sería una necedad sugerir que no hay manera de hacerlo. No es así como nosotros actuamos. Empezamos evaluando con qué ventajas contamos, cuál es el mejor plan… y entonces buscamos la manera de evitar los problemas. Si nos parece que las mayores probabilidades de éxito radican en esa isla, allí es donde iremos.
Doul no se movió. Parecía impasible. No había nada en su comportamiento que sugiriese que su análisis hubiera sido desechado.
—¡Por el amor de los dioses! —exclamó Johannes con frustración, y todos los presentes se volvieron hacia él. Parecía sorprendido por su propio estallido, pero siguió adelante sin perder impulso—. Por supuesto que existen problemas y dificultades —dijo con apasionamiento—. Por supuesto que requerirá organización; hará falta mucho trabajo y esfuerzo y… y puede que necesitemos protección y podemos llevar guerreros cactos con nosotros, o constructos, o yo que sé el qué… ¿Pero qué está pasando aquí? ¿Están en la misma habitación que yo?
Cogió el libro de Aum y lo sostuvo en alto de forma reverente, como si fuera una reliquia.
—Tenemos el libro. Tenemos un traductor. Éste es el testimonio de alguien que sabe cómo convocar a un avanc. Esto lo cambia todo… ¿De veras importa dónde vive? De modo que su hogar es un lugar poco hospitalario —miró a los Amantes—. ¿Acaso hay algún lugar al que no iríamos para conseguir esto? No creo que podamos siquiera considerar la posibilidad de no ir.
Cuando se separaron, los Amantes hablaban como si no hubiera ocurrido nada. Pero ahora todo era diferente y Johannes sabía que no era el único en saberlo.
—Puede que haya llegado el momento de anunciar nuestras intenciones —dijo la Amante mientras reunían sus notas.
La habitación estaba llena de gente educada en una cultura del secreto. La sugerencia los dejó conmocionados. Pero Johannes se dio cuenta de que tenía sentido.
—Siempre hemos sabido que algún día habría que divulgarlo —continuó. Su Amante asintió.
Había científicos de Jhour y Sombras y la Espuela del Reloj que tomaban parte en el intento de convocar el avanc y los gobernantes de aquellos paseos habían sido consultados por una cuestión de cortesía. Pero quienes formaban el círculo interno eran todos hombres de Anguilagua: a quienes no lo habían sido originariamente, los Amantes los habían persuadido, en una ruptura abierta de la tradición, para que desertaran. La información sobre el proyecto estaba limitada a un círculo muy restringido.
Pero un plan de semejante magnitud no podía mantenerse oculto para siempre.
—La Sorghum es nuestra —dijo la Amante—, así que nosotros decidimos adónde vamos todos. Pero ¿qué pensará el resto de la ciudad mientras esperan de manos cruzadas en algún punto del océano a que nuestro grupo regrese? ¿Qué pensarán cuando lleguemos a la fosa abisal y convoquemos al maldito avanc? Sus gobernantes no hablarán: nuestros aliados nos respaldan y nuestros enemigos no quieren que esto se sepa públicamente. Temen la reacción de su gente. Quizá —concluyó lentamente— sea hora de atraer a los ciudadanos a nuestro lado. Entusiasmarlos…
Miró a su compañero. Como siempre, parecían comunicarse en silencio.
—Necesitamos listas —dijo— con los nombres de todos los que deberían ir a la isla. Debemos revisar a los que han llegado hace poco. Puede haber expertos que hayamos pasado por alto. Y necesitamos protocolos de seguridad para todos los candidatos. Y todos los paseos tienen que estar representados. —Sonrió, y al hacerlo las cicatrices marcaron los contornos de su cara, mientras recogía la traducción de Bellis.
Cuando Johannes llegó a la puerta, los Amantes lo llamaron por su nombre.
—Ven con nosotros —dijo el Amante, y a Johannes se le encogió el estómago de incomodidad.
Oh, Jabber, pensó. ¿Y ahora qué? Ya he soportado bastante vuestra compañía.
—Ven a hablar con nosotros —continuó el Amante y esperó a que su compañera terminara la frase.
—Queremos hablarte de esa mujer, Gelvino —le dijo.
Pasada la medianoche, unos golpes en la puerta despertaron a Bellis. Levantó la mirada, pensando que sería Silas, hasta que lo vio, tendido, inmóvil y despierto a su lado.
Era Johannes. Ella se apartó el pelo de la cara y lo miró parpadeando desde la puerta.
—Creo que van a seguir adelante —dijo él. Bellis soltó un entrecortado jadeo.
—Escucha, Bellis. Estaban… vaya, intrigados por ti. Lo que han oído sugiere que… vaya, que no eres uno de los suyos. No mala, ¿sabes? —parecía ansioso por tranquilizarla—. No, ya sabes, peligrosa… pero tampoco una simpatizante, como si dijéramos. Como muchos de los capturados: es mejor dejarlos a bordo a toda costa. Normalmente pasan años antes de que los recién llegados consigan un salvoconducto.
¿Era eso todo?, pensó Bellis lentamente. La miseria y la soledad, la nostalgia de Nueva Crobuzón que le hacía sentir como si se la hubiesen arrancado… ¿No era más que un síntoma cotidiano, compartido por miles como ella? ¿Era algo tan banal?
—Pero… bueno, les conté todo lo que me habías dicho —dijo Johannes y sonrió—. Y no puedo prometerte nada pero… yo creo que serías la persona más indicada y así se lo dije.
Silas parecía estar durmiendo cuando ella regresó a la cama pero algo en la ligereza de su respiración le reveló que no era así. Se inclinó sobre él como si fuera a darle un gran beso, acercó sus labios a su oreja y susurró:
—Ha funcionado.
Vinieron a buscarla a la mañana siguiente.
Fue después de que Silas se hubiera marchado para seguir con sus opacas e ilegales actividades en los bajos fondos de Armada. Al trabajo que lo mantenía oculto bajo la epidermis de la ciudad y que hacía que hasta el mero intento de conseguir que lo llevaran a la isla de los anophelii fuera demasiado peligroso.
Dos alguaciles de Anguilagua, pistola al cinto, la llevaron hasta un aerotaxi. El Cromolito no estaba muy lejos del Grande Oriente. La masa del enorme vapor se extendía sobre la ciudad. Sus seis mástiles colosales, sus chimeneas, sus cubiertas desnudas y libres de casas o torres.
El cielo estaba lleno de aeronaves. Decenas de pequeños taxis que revoloteaban como abejas en un panal; extravagantes aeróstatos de transporte que trasladaban bienes pesados entre los paseos; los peculiares y pequeños globos monoplaza con sus pasajeros parecidos a péndulos. A cierta distancia se veían naves de guerra, elípticos cañones voladores. Y por encima de todos ellos, el enorme y mutilado Arrogancia.
Avanzaron serpenteando por el cielo de Armada, a menor altitud de lo que Bellis estaba acostumbrada, remontándose y descendiendo en concordancia con la topografía de tejados y aparejos. Laberintos de ladrillo semejantes a los barrios bajos de Nueva Crobuzón pasaron por debajo de ellos. Construidos sobre los atestados espacios de las cubiertas, parecían precarios: sus paredes exteriores estaban demasiado próximas al agua y las callejuelas que discurrían entre ellos parecían demasiado estrechas.
Más allá de la neblina que flotaba sobre el Gigue, cuya proa era un distrito industrial de fundiciones y plantas químicas, el Grande Oriente se estaba aproximando.
Bellis estaba inquieta. Nunca había estado en el interior del Grande Oriente.
Su arquitectura era austera: paneles de madera de arboscuro, litografías y heliotipos, cristales tintados. Un poco ajadas por la edad pero bien cuidadas, sus entrañas formaban un laberinto de pasillos y salones. Hicieron esperar a Bellis en una pequeña cámara. La puerta estaba cerrada.
Se acercó a una ventana con marco de hierro y contempló por ella los barcos de Armada. En la lejanía podía distinguir el verde del parque Crum, extendido como una enfermedad sobre los cuerpos de varios barcos. La habitación en la que esperaba se encontraba a mucha mayor altura que cualquiera de los barcos circundantes y sus paredes exteriores descendían hasta una gran distancia. A la altura de sus ojos se veían varios dirigibles y una masa de finos mástiles.
—Éste es un barco de Nueva Crobuzón, ¿sabes?
Antes incluso de volverse, reconoció la voz. Era el hombre de las cicatrices, el Amante, y se encontraba junto a la puerta, solo.
Bellis estaba asombrada. Había sabido que habría interrogatorios e investigaciones pero no había esperado esto: enfrentarse a él. Yo traduje el libro, pensó. Me merezco un tratamiento especial.
El Amante cerró la puerta tras de sí.
—Fue construido hace más de dos siglos y medio, durante los últimos Años de Bonanza —siguió diciendo. Hablaba en ragamol, con sólo un poco de acento. Se sentó y le indicó a ella que hiciera lo mismo—. De hecho, se ha dicho que fue la construcción del Grande Oriente lo que puso fin a los Años de Bonanza. Obviamente —continuó sin expresión alguna— es una afirmación ridícula. Pero resulta una útil coincidencia simbólica. La decadencia estaba empezando a comienzos del 1400 y ¿qué mejor símbolo del fracaso de la ciencia que este barco? En un esfuerzo por demostrar que Nueva Crobuzón seguía en su edad de oro, construyeron esta cosa. Es un diseño muy pobre, ¿sabes? Un intento por combinar la potencia de impulsión de esas estúpidas y gigantescas palas rotatorias con un motor de hélice. —Negó con la cabeza sin apartar los ojos de Bellis—. No se puede impulsar algo de este tamaño con unas palas. Así que se quedaron ahí, inútiles, como tumores, arruinando la línea del barco y actuando como frenos. Lo que significa que la hélice tampoco funcionaba correctamente y que no podía navegar. ¿No es irónico? Pero hay una cosa que sí hicieron bien. Se empeñaron en construir el barco más grande que haya visto el mundo. Tuvieron que botarlo de costado, en el estuario de la Bahía de Hierro. Y durante unos pocos años navegó lo mejor que pudo por allí. Trataron de utilizarlo durante la Segunda Guerra Pirata, pero no podía más que moverse pesadamente como un rinoceronte blindado hasta arriba mientras las naves de Suroc y Jhesull bailaban a su alrededor. Y entonces, según se dice, fue hundido. Pero por supuesto no lo fue. Nosotros nos lo llevamos. Fueron años maravillosos para Armada, los de las Guerras Piratas. Toda esa carnicería, barcos que desaparecían a diario; cargamentos perdidos, marineros y soldados enfrentados a la guerra y la muerte, ansiosos por escapar. Robamos barcos y tecnología y personas. Crecimos y crecimos. Nos llevamos el Grande Oriente porque podíamos. Fue entonces cuando Anguilagua se hizo con el control y desde entonces no lo ha perdido. Este barco es nuestro corazón. Nuestra factoría, nuestro palacio. Era una pésima embarcación pero es una fortaleza superlativa. Aquélla fue la última… gran edad para Armada.
Hubo silencio durante largo rato.
—Hasta ahora —dijo y la sonrió. Y el interrogatorio dio comienzo.
Cuando todo hubo terminado y ella volvió a salir con los ojos cansados, aquella tarde, descubrió que le era difícil recordar las preguntas con exactitud.
Le había preguntado muchas cosas sobre la traducción. ¿Le había resultado difícil? ¿Había encontrado algo que no tuviera sentido? ¿Sabía hablar el Kettai Alto o sólo leerlo? Y así sucesivamente.
Algunas preguntas habían estado destinadas a calibrar su estado mental, su relación con la ciudad. Ella había respondido con cautela: caminaba por una línea imprecisa entre la verdad y la mentira. No trató de esconder toda su desconfianza, su frustración por lo que le habían hecho, su resentimiento. Pero logró acallarlas en parte, contenerlas, convertirlas en algo que no la amenazaba.
Trató de conseguir que no pareciera que estaba tratando de conseguir algo.
Nadie la esperaba fuera, por supuesto, y eso la alegró, de una forma opaca. Cruzó las empinadas plataformas que descendían desde el Grande Oriente hacia los barcos que lo rodeaban.
Regresó a su casa por algunas de las pasarelas y callejuelas más intrincadas. Pasó bajo arcos de ladrillo que rezumaban la omnipresente humedad salada de Armada; junto a grupos de niños que jugaban a variantes del tira-el-estíver y el pilla-pilla, juegos que recordaba de las calles de su hogar, como si existiese una profunda gramática lúdica compartida por los niños de todo el mundo; junto a pequeños cafés abiertos a la sombra de los elevados castilletes, donde sus padres jugaban a sus propios juegos, el backgammon y el chatarang.
Las gaviotas sobrevolaban la ciudad, defecaban. Las calles traseras se mecían y balanceaban siguiendo a la superficie del mar.
Bellis disfrutaba de su soledad. Sabía que si Silas hubiera estado con ella, la sensación de complicidad hubiera resultado empalagosa.
Hacía mucho tiempo que no dormían juntos. En realidad, sólo había ocurrido dos veces.
Después de aquéllas, habían compartido su cama y se habían desnudado juntos sin vergüenza ni vacilación. Pero ninguno de los dos, parecía, había tenido ganas de follar. Era como si tras haber utilizado el sexo para conectarse y abrirse el uno al otro y ahora que el canal estaba en su lugar, el acto en sí mismo fuera superfluo.
No era que no sintiera deseo. Las dos o tres últimas noches que habían estado juntos, ella había esperado a que se quedara dormido y luego se había masturbado en silencio. A menudo le ocultaba sus pensamientos y sólo compartía con él lo necesario para trazar sus planes.
No le tenía excesivo cariño, comprendió con cierta sorpresa.
Le estaba agradecida, lo encontraba interesante e impresionante, aunque no tan encantador como él creía. Compartían algo: secretos extraordinarios, planes que no debían fracasar. Eran camaradas en eso. A ella no le importaba que compartiera su cama; puede incluso que volviera a fornicar con él, pensó con una sonrisa involuntaria. Pero no estaban próximos.
Teniendo en cuenta lo que habían compartido, parecía un poco extraño, pero sabía que era así.
A la mañana siguiente, antes de las seis, mientras el cielo seguía a oscuras, varios hombres y mujeres reunieron una flota de dirigibles a bordo del Grande Oriente. Transportaban entre todos varias cajas de folletos toscamente impresos. Los subieron a los aeróstatos, discutieron sobre rutas y consultaron mapas. Dividieron Armada en cuadrantes.
La luz del día empezaba a llenar la ciudad mientras despegaban a cámara lenta.
Los estibadores, los trabajadores de las fábricas, los alguaciles y miles de personas más levantaron la vista desde las ventanas de los edificios de ladrillo y madera que rodeaban al Grande Oriente: desde la intrincada concatenación de embarcaciones del Mercado de Invercaña, desde las torres de Libreros y Jhour y Vos y los Vuestros, todos miraron por encima de los aparejos de la ciudad. Vieron la primera oleada de dirigibles que remontaba el vuelo y se desperdigaba por toda la ciudad, por todos sus paseos.
Y desde puntos estratégicos situados contra el viento, los aeróstatos empezaron a soltar papeles.
Como confeti, como las flores que empezaban a crecer en los resistentes árboles de Armada, los folletos descendieron dando vueltas y se desperdigaron en grandes nubes. El aire resonaba con su música, un susurro del frotar de papeles con papeles y con las gaviotas y los gorriones que, confundidos, se cruzaban con ellos. Los armadanos levantaban la mirada, se protegían los ojos contra el sol naciente y veían las nubes presurosas y el cielo claro y azul y, en descenso por debajo de éstos, las hojas de papel que batían sus alas por el aire.
Algunas de ellas caían dentro de chimeneas. Centenares más acabaron en el agua. Se deslizaron entre los barcos y se posaron sobre el mar. Las olas las balancearon mientras se iban saturando y la tinta se corría hasta volverse ilegible, los peces las mordisqueaban y la sal empapaba sus fibras y se hundían. Había bajo la superficie una nube de papel que se desintegraba a toda prisa. Pero muchos miles aterrizaron sobre las cubiertas de los barcos de Armada.
Una vez tras otra los dirigibles sobrevolaron el espacio aéreo de la ciudad, recorrieron cada uno de los paseos encontrando caminos entre las torres y mástiles más altos para poder desperdigar sus folletos. Curiosos y encantados, los ciudadanos los recogían aun antes de que cayeran al suelo. En una ciudad en la que el papel era un bien de lujo, aquella extravagancia resultaba extraordinaria.
El rumor se extendió con rapidez. Cuando Bellis bajó a la cubierta del Cromolito, tapada ahora por una capa de panfletos arrugados que parecía piel muerta, se escuchaban discusiones por todas partes. La gente había salido a las puertas de sus tiendas y casas y se gritaba o murmuraba o se reía, al tiempo que agitaba los panfletos en el aire con las manos manchadas de tinta.
Bellis levantó la mirada y vio uno de los dirigibles más antiguos a proa, alejándose de ella sobre Jhour, mientras otra nube agitada de papeles descendía tras él. Recogió uno de los que había a sus pies.
Ciudadanos de Armada, rezaba. Tras largos y cuidadosos estudios, estamos en condiciones de lograr algo que hubiera asombrado a nuestros abuelos. Una nueva era está a punto de comenzar. Vamos a cambiar el movimiento de nuestra ciudad para siempre.
Su mirada recorrió la página con rapidez, ignorando la explicación propagandística y se detuvo al llegar a la palabra clave, resaltada en negrita.
Avanc…
Bellis sintió una mezcolanza de emociones confusas. Esto es obra mía, pensó presa de un extraño orgullo. Yo lo puse en marcha.
—Es un trabajo de primera calidad —dijo Tintinnabulum con aire meditabundo.
Estaba arrodillado frente a Angevine, con la cara y las manos metidas en sus partes metálicas. Ella, impasible y paciente, inclinaba su torso humano hacia atrás.
Durante varios días, Tintinnabulum había venido notando un cambio en su sirvienta, una diferencia del ruido de su motor. Se movía más deprisa y con mayor precisión, giraba trazando abruptos arcos y se detenía sin el habitual sonido resollante. Le resultaba más fácil cruzar las inestables plataformas de Armada. Parte de su ansiedad había desaparecido: su constante preocupación, la rapiña de madera y carbón sobrantes, había cesado.
—¿Qué le ha pasado a tu motor, Angevine? —le había preguntado. Y ella, con una sonrisa de inmenso y avergonzado placer, se lo había mostrado.
El hombre revolvió entre sus tuberías, se quemó estoicamente las manos en su caldera mientras examinaba sus reconfiguradas vísceras metálicas.
Tintinnabulum sabía que en Armada la ciencia era una práctica mestiza. Era tan pirata como la economía y la política de la ciudad, el producto del robo y la casualidad: igual de variada y de inconsistente. Los ingenieros y taumaturgos aprendían con equipos estropeados o anticuados o con artefactos robados de un diseño tan sofisticado que resultaban casi incomprensibles. Su tecnología era una labor de retazos.
—Ese hombre —murmuró mientras, con el brazo metido hasta el codo en el motor de Angevine, tocaba un interruptor de tres posiciones situado al fondo de su chasis— puede que sólo sea un mecánico pero… éste es un trabajo de primera calidad. No hay mucha gente en Armada capaz de hacer algo parecido. ¿Por qué lo ha hecho? —le preguntó.
Ella sólo pudo ofrecerle respuestas vagas.
—¿Es de fiar? —dijo Tintinnabulum.
Tintinnabulum y su tripulación no eran nativos de Armada pero su lealtad hacia Anguilagua era incuestionable. Circulaban muchas historias sobre el modo en que se habían unido a la ciudad: los Amantes los habían encontrado con medios esotéricos y los habían persuadido para que trabajaran para la ciudad con promesas que nadie conocía. Para acogerlos, se habían separado los cabos y cadenas que mantenían unido el tejido de Anguilagua. El propio paseo se había abierto para dejar que Tintinnabulum entrara y se implantara en el corazón mismo de la ciudad, que había vuelto a cerrarse tras él.
Aquella mañana, también Angevine había recogido uno de los folletos que de repente inundaban las calles de la ciudad y había descubierto la naturaleza del proyecto de Anguilagua. La había excitado pero enseguida se había dado cuenta de que no representaba una verdadera sorpresa. Llevaba mucho tiempo en las márgenes de los secretos, había visto los libros que quedaban sobre la mesa de Tintinnabulum, había entrevisto los bosquejos de diagramas y los cálculos a medio terminar. En cuanto descubrió qué era lo que Anguilagua pretendía, sintió que ya lo sabía desde mucho antes. Al fin y al cabo, ¿acaso no trabajaba para Tintinnabulum? ¿Y qué era este sino un cazador?
Su habitación estaba llena de evidencias. Libros (los únicos que ella había visto fuera de la biblioteca), grabados, colmillos tallados, arpones rotos. Huesos y cuernos y pieles. En los años que llevaba trabajando para él, Tintinnabulum y sus siete colaboradores habían compartido sus conocimientos con Anguilagua. Tiburones cornudos, ballenas y cetáceos; ictihuesos; caparazorcas: los había capturado y arponeado a todos, por su carne, para defenderse, por deporte.
Algunas veces, cuando los ocho se reunían, Angevine apoyaba la oreja en la madera y esperaba pero sólo conseguía escuchar algún sonido ocasional. Lo bastante para descubrir ciertas cosas tentadoras.
Oía al loco del barco, Argentarius, al que nadie veía nunca, oía cómo les gritaba y les decía que tenía miedo. Una antigua presa le había hecho aquello años atrás, descubrió ella después de algún tiempo. Eso había galvanizado a sus camaradas. Pretendían afirmar su autoridad sobre las profundidades marinas, imponerse a aquel reino terrible.
Cuando los oía hablar de caza, sólo parecían interesados por las presas más grandes: el leviatán, el lahamu, el dios sepia.
¿Por qué no el avanc?
No era ninguna sorpresa, pensó Angevine.
—¿Es de fiar? —repitió Tintinnabulum.
—Sí —dijo Angevine—. Es un buen hombre. Está muy agradecido por haber sido rescatado de las colonias y odia a Nueva Crobuzón. Solicitó ser Rehecho para poder nadar mejor, para poder trabajar mejor en el puerto… ahora es una criatura marina. Yo diría que es tan leal como cualquier nativo de Anguilagua.
Tintinnabulum se puso en pie y apagó la caldera de Angevine. Fruncía los labios en un gesto reflexivo. Se volvió hacia una larga lista manuscrita que descansaba sobre su escritorio.
—¿Cómo se llama? —dijo.
Asintió, se inclinó y añadió con letra cuidadosa: Tanner Sack.