La Cicatriz
Tercera parte: La fábrica de brújulas » 19
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Un encargo extraordinario había llegado a los grandes talleres del paseo de Jhour.
Uno de los pilares de la economía del paseo era la construcción de aeronaves. Para los dirigibles rígidos, semirrígidos y no-rígidos, para los aeróstatos y los motores, las factorías de Jhour suponían una garantía de calidad.
El Arrogancia era la embarcación más grande del cielo de Armada. Había sido capturado décadas atrás, herido de muerte tras alguna batalla ya olvidada y se conservaba como una extravagancia y para utilizarlo como torre de vigilancia. Los aeróstatos móviles de la ciudad no alcanzaban ni la mitad de su tamaño. Los mayores de ellos apenas llegaban a los sesenta metros de longitud. Recorrían el perímetro de la ciudad con sus sedados zumbidos, con nombres completamente inadecuados como Barracuda. Los ingenieros aerostáticos tenían problemas de espacio: en Armada no había lugar donde pudieran fabricarse vehículos como las más grandes aeronaves de Nueva Crobuzón o los exploradores y lanzaderas de Myrshock, doscientos cincuenta metros de metal y cuero. Y, en todo caso, Armada no tenía necesidad de contar con vehículos como aquéllos.
Hasta ahora, parecía.
La mañana siguiente al lanzamiento de los panfletos, la plantilla completa de Construcciones Aeronáuticas, situada en el Custodia —tejedores, ingenieros, diseñadores, metalúrgicos e incontables otros— fue convocada por un capataz pálido de incredulidad. Por todo el remozado vapor que albergaba la fábrica, los esqueletos de diversos dirigibles yacían sin que nadie trabajara en ellos mientras el hombre les explicaba, con voz vacilante, el encargo.
Tenían dos semanas.
Silas estaba en lo cierto, pensó Bellis. Él nunca hubiera podido ser incluido en la lista de quienes viajarían a la isla. Hasta ella, aislada como estaba de los escándalos y las intrigas de la ciudad, empezaba a oír hablar de Simon Fench con creciente regularidad.
Naturalmente, por el momento no eran más que vagos rumores. Carrianne había mencionado algo sobre alguien que tenía dudas con respecto a la Invocación, que había leído un panfleto de un tal Fink o Fitch o Fench. Shekel le comentó que pensaba que la Invocación era una excelente idea pero que había oído que alguien llamado Fench decía que los Amantes se estaban buscando problemas.
Bellis seguía asombrada por la habilidad de Silas de infiltrarse bajo la epidermis de la ciudad. ¿No estaba en peligro?, se preguntaba. ¿Acaso no lo estaban buscando los Amantes?
Sonrió al pensar en Shekel. No habían podido seguir con sus lecciones desde hacía algún tiempo pero la última vez que la había visitado, recientemente, había aprovechado unos pocos minutos para demostrarle, lleno de orgullo, que ya no necesitaba su ayuda.
Había venido para preguntarle por el libro de Krüach Aum. Shekel no era ningún estúpido. Se había dado cuenta de que aquello debía de estar relacionado con los inesperados y tumultuosos acontecimientos de la última semana: la lluvia de panfletos, el extraordinario proyecto, el nuevo puesto de Tanner.
—Tenías razón —le dijo ella—. Me llevó algún tiempo traducir el libro pero cuando supe lo que era… la descripción de un experimento…
—Llamaron a un avanc —la interrumpió Shekel y ella asintió.
—Cuando me di cuenta de lo que era —prosiguió—, me aseguré de que Tintinnabulum y los Amantes lo vieran. Es algo que necesitaban, parte de su proyecto…
—El libro que yo encontré —había dicho Shekel, y empezó a sonreír.
En Construcciones Aeronáuticas Custodia se estaba dando forma a una inmensa estructura de alambre y vigas.
En una esquina de la enorme sala había una pesada nube de cuero color ante. Un centenar de hombres y mujeres se sentaba alrededor de sus bordes, armados con una aguja del grosor de un dedo en cada mano y cosían con ambas. Había tinas de productos químicos, resina y gutapercha para sellar el enorme globo. Estructuras de madera y metal incandescente recién salido de las forjas empezaban a tomar las formas de góndolas de observación y control.
El taller del Custodia, por muy grande que fuera, no podría contener el encargo en su forma final. En vez de ello, una vez que todos los componentes estuvieran terminados, serían transportados hasta la cubierta del Grande Oriente, donde se insertarían los globos, se unirían con remaches las secciones del esqueleto y se colocaría y cosería el revestimiento de cuero.
El Grande Oriente era el único barco de Armada lo bastante grande para ello.
Era Día de la Cadena 20, o Dicielo 7 de Halconeras: a Bellis ya no le importaba. Llevaba cuatro días sin ver a Silas.
Hacía calor y los cantos de los pájaros inundaban el aire. Bellis tuvo un ataque de claustrofobia en su casa, pero cuando salió a la calle a pasear la sensación no se aminoró. Las casas y los flancos de los barcos parecían sudar bajo aquel calor marino. La opinión de Bellis sobre el mar no había cambiado: su tamaño y su monotonía seguían agrediéndola. Pero aquella mañana sentía la inesperada y urgente necesidad de abandonar el abrigo de la ciudad.
Se reprochaba las horas que había esperado a Silas. No sabía lo que le había ocurrido pero la sensación de estar sola, de que era posible que él no regresara, la había endurecido rápidamente. Se dio cuenta de lo vulnerable que se había vuelto y volvió a erigir una muralla a su alrededor, como un hueso. Sentada y esperando como una niña de mierda, pensaba enfurecida.
Los alguaciles venían a buscarla todos los días, la llevaban a presencia de los Amantes y Tintinnabulum y los cazadores del Castor y frente a comités cuya relación con la Invocación ella no entendía. Su traducción fue sometida a escrutinio y desmenuzada: tuvo que vérselas con un hombre que conocía el Kettai Alto, aunque no tan bien como ella. Le había demandado detalles muy precisos: por qué había elegido aquel tiempo, este fragmento de diálogo, por qué había retorcido así aquella palabra. Se comportaba de manera belicosa y ella obtuvo un pequeño placer derribando sus argumentos.
—Y esta página de aquí —le había espetado él en una de tantas discusiones—, ¿por qué ha traducido la palabra morghol por «dispuesto»? ¡Significa lo contrario!
—A causa de la voz y el tiempo —había respondido ella sin emoción aparente—. Toda la oración está en irónico continuo. —Había estado a punto de añadir Es fácil confundirlo con el pluscuamperfecto, pero se había contenido.
Ignoraba lo que significaba tanto interrogatorio. Se sentía como si la estuviesen absorbiendo hasta dejarla seca. Sentía un orgullo cauto por lo que estaba haciendo. Se había mostrado entusiasmada con respecto al proyecto y la isla y enseguida se había refrenado, como si estuviera teniendo lugar una confrontación entre un deseo creciente y la típica reacción arisca y malhumorada de los que llevaban poco tiempo en la ciudad y estaban allí en contra de su voluntad.
Pero nadie le había dicho aún si iría con ellos a la isla y ésa era la piedra angular de todo el plan. Se preguntaba si algo habría salido mal. Y, además, Silas había desaparecido. Quizá fuera hora, se dijo con frialdad, de urdir un nuevo plan. Si no funcionaba, si la dejaban atrás por otro intérprete, les contaría la verdad, decidió. Suplicaría clemencia para Nueva Crobuzón, les revelaría lo del ataque de los grindilú para que pudieran enviar el mensaje por ella.
Pero, con una punzada de miedo desagradable, recordó las palabras pronunciadas por Uther Doul justo antes de volarle la cabeza al capitán Myzovic. A la potencia que represento no le importa en absoluto Nueva Crobuzón, había dicho. En absoluto.
Cruzó el Puente Whiskey desde el Grosero, una barcaza situada en el extremo Menor de Anguilagua y subió a la amplia cubierta del clíper Preocupación de Darioch.
Las calles de Sombras le parecían más desiertas que las de Anguilagua, más denudadas. Las fachadas, cuando las había, eran más sencillas. La madera estaba trabajada en patrones toscos y repetitivos. La Vía Pompa era un mercado encajado entre Anguilagua y la Espuela del Reloj y el pavimento estaba lleno de carromatos y animales y gente que visitaba las tiendas: khepris, humanos y de otras razas, mezclados con los costrados que formaban la mitad de la población del paseo.
Bellis podía reconocer ahora a los costrados aun sin su armadura, a causa de su distintiva fisonomía corpulenta y su tez cenicienta. Pasó junto a un templo cuyos cuernos estaban en silencio y cuyos guardias se ornamentaban con placas de coágulos. Más allá había un herbolario, con hojas secas de astringentes que en aquel calor despedían fuertes aromas. Había sacos de la distintiva sanguina amarilla, que se hervía para preparar la infusión anticoagulante. Podía ver hombres y mujeres bebiéndola de un caldero. Se tomaba para prevenir ataques de embolia: los costrados eran susceptibles a una coagulación brusca y total de la sangre de las venas que transformaba a quien la experimentaba en una estatua retorcida.
Bellis se encontraba entre los surcos de unas ruedas, enfrente de un almacén. Se apartó del camino de una bestia de tiro, una especie de caballo pigmeo de raza mestiza, que arrastraba un carromato en su dirección y subió a una insegura plataforma que conducía a una parte más tranquila de la ciudad.
Parada entre dos barcos, Bellis se volvió a mirar el agua. Podía ver la mole desgarbada de un barco-carroza, las curvas de un voluminoso vapor de palas. Y más allá de ellos había otros. Cada barco inserto en una red de puentes, suspendida por pasarelas que se balanceaban con suavidad.
Había un constante tráfico de personas sobre ellas. Bellis se sintió sola.
El Jardín de las Esculturas ocupaba la parte delantera de una corbeta de setenta metros. Le habían quitado los cañones hacía tiempo y sus mástiles y sombreretes habían sido reciclados.
Una pequeña plaza llena de cafés y bares se introducía en el jardín, como una playa en el mar. Bellis sintió que sus pasos cambiaban al pasar de los caminos de madera y grava a la blanda tierra de los jardines.
Sólo tenía una fracción de la extensión del Parque Crum, era una franja de árboles jóvenes y césped bien cuidado que enmarcaba varias décadas de trabajo en esculturas de diferentes estilos y materiales. Había bancos de hierro de intrincado diseño entre los árboles y las estatuas. Y en un extremo del parque, sobre una pequeña plataforma baja, se encontraba el mar.
A Bellis se le entrecortó el aliento al verlo. No pudo evitarlo.
Había hombres y mujeres sentados en mesillas, tomando té y licores, o caminando por el parque. Parecían brillantes y chillones bajo el sol. Al observar cómo paseaban en calma o daban sorbitos a sus bebidas, Bellis casi tuvo que negar con la cabeza para recordar que eran piratas: hombres duros, marcados, que vivían del saqueo. Todos ellos eran piratas.
Miró sus esculturas favoritas al pasar junto a ellas: El Rossignol Amenazante; Muñeca y Diente.
Se detuvo y miró más allá de La Proposición, un bloque de jade sin desbastar y parecido a una lápida, por encima de una pared de madera, al mar: a los vapores y remolcadores que arrastraban pesadamente la ciudad. Se veían dos cañoneras y un aeróstato artillado sobre ellas, avanzando con aire protector por las aguas limítrofes de Armada.
Un bergantín pirata estaba rodeando la ciudad en dirección norte, presto para partir. Observó cómo emprendía su viaje de dos, tres o cuatro meses de duración, una travesía de depredación. ¿Por voluntad de su capitán? ¿Por causa de algún gran proyecto pergeñado por los gobernantes del paseo?
Al otro extremo del mar, a kilómetros de distancia, Bellis divisó la silueta de un vapor que se dirigía a la ciudad. Estaba claro que era un barco de Armada, o quizá un mercante al que se dispensaba un trato especial. Puede que llegase desde miles de kilómetros de distancia, pensó. Era posible que Armada estuviera en otro mar en el momento de su partida. Y a pesar de ello, concluido su cometido —sus robos, sus saqueos— regresaba a su casa con infalible navegación. Aquél era uno de los mayores misterios de Armada.
Una bandada de pájaros rompió a gritar tras ella. No tenía la menor idea de qué especie se trataba y tampoco le importaba pero los escuchó con ignorante placer. Y entonces, como anunciado por la fanfarria de aves, apareció Silas caminando en silencio hacia ella.
Empezó a levantarse pero él no se detuvo al llegar a su lado.
—Siéntate —le dijo con voz seca, mientras se paraba junto a la barandilla y se inclinaba por la borda. Ella se quedó helada y esperó.
Él se quedó allí, sin mirarla, a cierta distancia. Permanecieron así un buen rato.
—Han estado vigilando tu casa —dijo al fin—. Por eso no he ido. Por eso he estado fuera.
—¿Me están siguiendo? —dijo Bellis. El tono idiota de sus palabras le pareció detestable.
—Éste es mi trabajo, Bellis —dijo Silas—. Soy yo el que sabe cómo se hace. Las entrevistas sólo revelan cosas hasta un punto. Tenían que comprobarlo todo. No deberías estar sorprendida.
—Y… ¿nos están vigilando ahora?
Silas se encogió ligeramente de hombros.
—No lo creo —se volvió poco a poco—. No lo creo pero no podemos estar seguros —apenas movía la boca al hablar—. Han estado en el exterior de la casa los cuatro últimos días. Te siguieron por lo menos hasta los exteriores de Sombras. Creo que allí perdieron el interés pero no quiero arriesgarme. Si nos relacionan, si se dan cuenta de que su intérprete y Simon Fench se conocen… estaremos jodidos.
—Silas —Bellis habló con fría resignación—. No soy su intérprete. No me han pedido que vaya con ellos. Deben de tener otra persona.
—Mañana —dijo él—. Te lo van a pedir mañana.
—¿Estás seguro? —dijo Bellis con voz calmada. Sus entrañas, sin embargo, estaban temblando, de excitación o presentimiento o algo así. Se controló para no preguntar ¿De qué estás hablando? o ¿Cómo lo sabes?
—Mañana —repitió él—, créeme.
Lo hizo. Y al instante se sintió casi enferma de ver cómo penetraba él las capas de intriga sin esfuerzo aparente. Sus tentáculos de influencia e información alcanzaban gran profundidad, era como una especie de parásito que se alimentaba de secretos y los succionaba desde debajo de la piel de la ciudad. Bellis lo miró con cauto respeto.
—Vendrán a verte mañana —continuó Silas—. Estarás en el grupo que irá a la isla. El plan prosigue como discutimos. Piensan pasar dos semanas en la isla, así que tienes quince días para hacer llegar la información a un barco de Dreer Samher. Tendrás todo lo que necesites para convencerlos de que la lleven a Nueva Crobuzón. Yo te lo daré.
—¿De verdad crees que puedes convencerlos? —dijo Bellis—. No suelen aventurarse al norte de Shankell… Nueva Crobuzón está casi mil kilómetros alejada de su ruta.
—Por Jabber, Bellis… —Silas seguía hablando en voz baja—. No, no podré convencerlos. Yo no estaré allí. Tú tendrás que hacerlo.
Bellis chasqueó la lengua, irritada con él, pero no dijo nada.
—Te daré lo que necesites —le dijo el hombre—. Una carta en sal y en ragamol. Sellos, documentos oficiales y pruebas. Lo necesario para convencer a los mercaderes cactos de que se atrevan a viajar al norte por nosotros. Y lo suficiente para convencer al gobierno de Nueva Crobuzón de lo que está ocurriendo. Lo suficiente para protegerlos.
El parque se balanceaba con las olas. Las esculturas crujían cuando corregían su posición. Silas y Bellis guardaron silencio. Durante un rato no hubo más sonido que el ruido de las olas y los pájaros.
Sabrán que estamos vivos, pensó Bellis. Al menos sabrán que él está vivo.
Frenó ese pensamiento, rápidamente.
—Podemos hacerlo —dijo con voz decidida.
—Tendrás que encontrar el modo —dijo Silas—. ¿Eres consciente de lo que está en juego?
No me trates como a una puta imbécil, pensó con furia pero él la miró a los ojos un segundo y no le pareció que estuviera avergonzado.
—¿Te das cuenta —repitió— de lo que tendrás que hacer? Habrá guardias, guardias armadanos. Tendrás que darles esquinazo. Tendrás que escapar de los anophelii, por el amor de Jabber. ¿Puedes hacerlo?
—Lo conseguiré —dijo Bellis con voz fría y él asintió lentamente. Silas empezó a hablar de nuevo y, durante una fracción de segundo, pareció no saber muy bien qué decir.
—No tendré… no tendré ocasión de verte —dijo con voz lenta—. Será mejor que me quite de en medio.
—Por supuesto —dijo Bellis—. Ahora no podemos correr el menor riesgo.
El rostro de Silas reveló por un instante una especie de infelicidad, algo que había quedado sin completar. Bellis apretó los labios.
—Lo siento y también siento… —dijo Silas. Se encogió de hombros y apartó la mirada—. Cuando regreses y todo haya acabado, quizá podamos… —su voz se apagó.
Bellis sintió una leve sorpresa por su tristeza. Ella no sentía nada. Ni siquiera se sentía decepcionada. Habían buscado y encontrado algo el uno en el otro y habían hecho negocios juntos (una forma completamente absurda de describir su proyecto), pero eso era todo. No albergaba ninguna clase de malos sentimientos hacia él. Hasta sentía un residuo de afecto y gratitud, como una película de grasa. Pero nada más que eso. Su tono vacilante, su pena y sus disculpas y el atisbo de unos sentimientos más profundos la sorprendieron.
Descubrió, con floreciente interés, que no estaba del todo convencida. No creía sus insinuaciones. No sabía si él mismo las creía pero supo en aquel instante que ella no.
Eso la calmó. Siguió sentada allí, sin moverse, después de que él se hubiera ido, con las manos juntas, el pálido rostro azotado por el viento.
Vinieron y le dijeron que necesitaban sus habilidades como lingüista, que iba a formar parte de una expedición científica.
En el interior del Grande Oriente, desde una de las pequeñas habitaciones que se apiñaban uno o dos pisos por encima de la cubierta, Bellis contemplaba los barcos circundantes de Anguilagua y el bauprés del Grande Oriente sobre ellos. Las chimeneas del barco estaban limpias; sus mástiles sobresalían setenta, cien metros, como árboles muertos y denudados cuyos troncos se hundían profundamente entre capa tras capa de salones y entresuelos.
Tendidas a lo largo de la cubierta, como los restos de un fósil roto, se encontraban las entrañas de una enorme aeronave; curvas de metal semejantes a listones de barril o costillas; propelentes con sus respectivos motores; enormes globos fláccidos. Se extendían a lo largo de los centenares de metros de la cubierta del Grande Oriente, rodeando la base de los mástiles. Cuadrillas de ingenieros las estaban montando, construyendo la enorme máquina a segmentos. Los ruidos y el resplandor del metal al rojo le llegaban a Bellis a través de las ventanas.
Llegaron los Amantes y la reunión dio comienzo.
Aquella noche, Bellis tuvo insomnio. Al cabo de un rato dejó de tratar de dormir y, con cierta indecisión, se puso de nuevo a escribir su carta.
Se sentía como si todo aquello le estuviera ocurriendo a otra persona. Cada día la llevaban hasta el Grande Oriente. Unos treinta y cinco hombres y mujeres se reunían en aquella sala. Algunos de ellos eran Rehechos. Uno o dos, de eso estaba segura, provenían del Terpsícore. Reconoció al compañero de Shekel, Tanner Sack, y vio que también él la reconocía.
El calor había llegado muy deprisa. La ciudad había entrado, a paso de tortuga, en una nueva franja de los mares del mundo. El aire era seco y la temperatura superaba a diario la de los veranos más calurosos de Nueva Crobuzón. Ella contemplaba aquel cielo nuevo y duro y sentía que menguaba bajo su influencia. Sudaba, fumaba menos y llevaba ropa más liviana.
En las calles, la gente caminaba desnuda de cintura para arriba y el cielo estaba lleno de ruidosas aves estivales. El agua que rodeaba a la ciudad era más clara y se veían bancos de peces de colores nadando en la superficie. Las plataformas de Anguilagua empezaron a oler.
Los informes se los daban Hedrigall y otros como él: cactos capturados que habían trabajado antiguamente como mercaderes para Dreer Samher. Hedrigall era un orador brillante y su experiencia como narrador de fábulas hacía que sus descripciones y explicaciones fueran historias completamente apasionantes. Aquél era un rasgo peligroso.
Le habló a Bellis y a sus nuevos compañeros sobre la isla de los anophelii. Y, mientras escuchaba sus historias, Bellis empezó a preguntarse si no habría aceptado una tarea que le sería imposible completar.
Tintinnabulum participaba algunas veces en las reuniones. Al menos uno de los Amantes estaba siempre presente. Y algunas veces, cosa que hacía que Bellis se sintiera inquieta, Uther Doul esperaba en segundo plano, reclinado contra la pared, con la mano apoyada en la espada.
No podía evitar mirarlo.
En el exterior, la aeronave empezaba a tomar una forma parecida a la de una ballena de contornos imprecisos. Bellis vio que se disponían escalerillas en su interior. Estaban construyendo camarotes de aspecto poco sólido. El cuero, empapado de alquitrán o de savia, comenzaba a colocarse en su lugar.
Había sido un montón de partes y luego un cuerpo segmentado y más tarde un trabajo en marcha y ahora estaba empezando a convertirse en una vasta aeronave. Estaba inclinado sobre la cubierta. Era como un insecto recién salido de su crisálida: demasiado débil para volar, pero cuya forma era ya claramente discernible.
Bellis pasaba las calientes noches a solas, sentada en su cama, sudando y fumando, terriblemente asustada por lo que tenía que hacer pero casi temblando de entusiasmo. Algunas veces se levantaba y paseaba sólo para oír el ruido de sus pasos sobre el suelo, disfrutando del hecho de que era la única cosa en la habitación que hacía ruido.