La Cicatriz
Tercera parte: La fábrica de brújulas » 20
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Días cortos, incómodamente calurosos y noches sudorosas e interminables. La luz diurna iba durando más conforme pasaban las semanas pero a pesar de ello, las prolongadas y pegajosas noches de verano le absorbían a la ciudad su fuerza.
En las intersecciones entre paseos se producían peleas poco entusiastas. Un grupo de matones de Anguilagua que había salido a emborracharse podía terminar en el mismo bar que unos cuantos habitantes de Otoño Seco. Al principio no habría más que unos pocos murmullos malhumorados: los de Anguilagua farfullarían algo sobre amantes de sanguijuelas o chaperos de demonios. Los de Otoño Seco contarían en voz alta uno o dos chistes sobre pervertidos al timón y se reirían de más haciendo bromas sobre gente con cicatrices.
Una pocas copas o rayas o caladas más tarde empezarían los puñetazos, pero por alguna razón, las energías de los camorristas no solían parecer empeñadas del todo en la pelea. Hacían lo que se esperaba de ellos, poco más.
A medianoche las calles empezaban a vaciarse y hacia las dos o las tres estaban vacías casi por completo.
El zumbido de los barcos circundantes no cesaba nunca. Había fábricas y talleres en diversos distritos industriales, apestosas factorías humeantes situadas en la parte trasera de viejos barcos, que nunca paraban. Las patrullas nocturnas, cada paseo con sus propios colores, se movían entre las sombras de la ciudad.
Armada no era como Nueva Crobuzón. No existía una economía alternativa de basura, miseria y supervivencia: los bajos de los edificios vacíos no albergaban una masa de mendigos y pobres de solemnidad. No había basureros que saquear: los desperdicios de la ciudad eran reciclados hasta que no se podía sacar nada más de ellos y el resto era arrojado al mar junto con los cadáveres, como un rastro que se iba disolviendo a medida que se hundía.
Había barrios de chabolas que cubrían por completo balandros y fragatas, casuchas ocupadas que enmohecían en el aire salado y caliente mientras sudaban materia sobre sus habitantes. Los trabajadores cactos de Jhour dormían apelotonados en caserones baratos. Pero los que provenían de Nueva Crobuzón podían ver la diferencia. Aquí la pobreza mataba menos. Las peleas se debían más a la bebida que a la desesperación. Aquí era más fácil encontrar un techo, aunque fuese uno del que lloviese yeso. No había vagabundos acurrucados en los ángulos de la arquitectura observando a los paseantes nocturnos.
De modo que a altas horas de la noche, nadie se percató de la presencia de un hombre que se dirigía al Grande Oriente.
Caminaba sin prisas por las callejuelas menos salubres de Anguilagua. La calle Aguja y la calle Blodmead y el laberinto Wattlandaub, en el Insurgente; el Trama de Hebra, una barcaza que empezaba a adquirir una decoración de camuflaje gracias a la acción de los hongos; y luego el sumergible Pleno. Atravesó las trampillas abiertas en su parte superior, cuidándose de permanecer en todo momento bajo la sombra que proyectaba la torre del periscopio cubierta de ampollas.
A su espalda podía ver la plataforma Sorghum, su torre iluminada entre las agujas y los mástiles.
El costado del Grande Oriente se elevaba desde la cubierta del Pleno como la pared de un cañón. Desde sus profundidades, más allá de la piel de metal, llegaban las vibraciones de una industria incansable. Había árboles en la superficie del sumergible, cuyas raíces se aferraban al hierro como dedos nudosos. El hombre caminaba entre sus sombras y escuchaba el sonido rasposo y acelerado de los murciélagos sobre su cabeza.
Había diez o quince metros de mar entre el submarino y el acantilado metálico que era el costado del vapor. El hombre veía las luces y sombras de los dirigibles que recorrían el cielo a altas horas de la noche y los débiles y temblorosos rayos de luz que proyectaban sobre el pretil las antorchas de los alguaciles que patrullaban por la cubierta.
Frente a él se encontraba la enorme y acusada curva de la rueda de estribor del Grande Oriente, la protección de las palas. Desde el fondo de la cubierta en forma de campana emergían como los pliegues de una falda los listones del gran mecanismo.
El hombre abandonó las sombras de los raquíticos árboles. Se quitó los zapatos y se los ató al cinturón. Al ver que no venía nadie y que no se oía nada, caminó hasta el extremo curvo del Pleno y se zambulló en la fría agua con apenas un sonido casi inaudible. Sólo mediaba un corto trecho a nado hasta el flanco del Grande Oriente y la sombra de la rueda.
Allí, empapado y tenaz, el hombre se encaramó a las palas de aquella rueda de veinte metros de anchura y se sumergió en las sombras. Se movía tan silenciosamente como era posible en aquel lugar. Trepó hasta el extremo del enorme cigüeñal de la rueda y desde allí alcanzó una escotilla de servicio, olvidada tiempo atrás, cuyo emplazamiento él conocía.
Fueron necesarios varios minutos de esfuerzo para arrancar la costra con que el tiempo había cubierto la escotilla pero finalmente el hombre logró abrirla e introducirse a rastras en un estrecho pasillo hasta llegar a una enorme y silenciosa sala de máquinas abandonada al polvo mucho tiempo atrás.
Se arrastró entre cilindros de treinta toneladas y enormes motores olvidados. La cámara era un laberinto de plataformas y pistones monolíticos, una espesura de ruedas y engranajes tan enmarañada como una selva.
No había luces ni se levantaba polvo. Era como si el tiempo lo hubiese secado y abandonado. El hombre forzó la cerradura y a continuación esperó sin hacer movimiento alguno, con la mano en la manija. Recordaba el mapa del barco. Sabía adónde se dirigía: más allá de los guardias.
Por su profesión conocía algunos hechizos: pases que hacían dormir a los perros; palabras que lograban que se pegara a las sombras; pequeños trucos y brujerías. Pero dudaba mucho que pudieran protegerlo en aquel lugar.
Con un suspiro, alargó la mano hacia el fardo envuelto en trapos que llevaba atado al cinturón. Sintió una ráfaga de aprensión.
Y también un tembloroso entusiasmo.
Mientras desenvolvía la pesada cosa, pensó con nerviosismo que si de verdad comprendiera su funcionamiento, abrir la escotilla exterior o ahorrarse el desagradable baño nocturno hubiera sido cosa de niños. Seguía siendo un torpe ignorante.
Quitó el último de los trapos y levantó la estatuilla.
Era más grande que su puño y estaba hecha de una piedra resbaladiza que parecía negra, gris o verde. Era fea. Se enroscaba alrededor de sí misma como un feto, cubierta de líneas y volutas que sugerían aletas o tentáculos o pliegues de piel. La factura era diestra pero resultaba desagradable a la vista y parecía concebida para hacer que las miradas se apartaran. La estatua observaba al hombre con su ojo abierto, media esfera perfecta de color negro sobre una boca redonda jalonada de dientes de pequeño tamaño, como la de una lamprea. Estaba entreabierta y en su interior sólo se veía oscuridad.
Enroscada en la espalda de la figurilla, curvada adelante y atrás en capas, los pliegues dispuestos unos encima de otros, había una capa de piel delgada y negra. Una lonja de tejido. Una aleta.
Se hundía en la piedra. El hombre la recorrió con el dedo. Su rostro se arrugó, asqueado, pero sabía lo que tenía que hacer.
Colocó los labios cerca de la cabeza de la estatua y empezó a susurrar en una lengua siseante. Las sibilantes palabras resonaron con un tenue eco en la gran sala y se enroscaron entre la maquinaria muerta.
El hombre recitó versos de poder a la estatua mientras la acariciaba describiendo patrones prescritos. Sus dedos empezaron a entumecerse, como si algo le estuviese siendo absorbido.
Por último, tragó saliva y volvió la estatua de manera que quedase encarada con él. La acercó, titubeó un instante y por fin, inclinando la cabeza ligeramente en una horrenda parodia de pasión, empezó a besarla en la boca.
Abrió los labios e introdujo la lengua en las fauces de la estatua. Sintió las frías púas de los dientes y siguió sumergiéndose. La boca de la figurilla era cavernosa y la lengua del hombre pareció llegar al centro de la pequeña pieza. Estaba muy fría. Tuvo que hacer un esfuerzo para no vomitar al sentir su sabor, mohoso y salado, como el de un pez.
Y entonces, mientras la lengua del hombre se enroscaba en el interior de la garganta de piedra, algo le devolvió el beso.
Lo había esperado… lo había deseado, dependía de ello. Pero a pesar de todo llegó como una sacudida de nausea y sorpresa. Algo diminuto y tembloroso que le besaba la lengua. Frío y húmedo y asquerosamente orgánico, como si un grueso gusano morara en el interior de la estatua.
El sabor se hizo más intenso. El hombre sintió que sus nauseas iban en aumento y se le revolvía el estómago, pero contuvo las arcadas. La estatua lo besaba con lascivia imbécil y él se aferró a su deber con todas sus fuerzas. Le había pedido su favor y ella lo había agraciado con un beso.
Sintió cómo fluía la saliva de sus labios, cómo, de forma abominable, regresaba a él tras pasar por la boca de la estatua. La lengua se le entumeció al sentir su resbaladizo contacto y la sensación de frío fue retrocediendo hacia sus dientes. Pasaron unos segundos y dejó de sentir su propia boca casi por completo. Un hormigueo atravesó su cuerpo como una droga extendiéndose desde el fondo de su garganta.
La estatua dejó de besarlo. La pequeña lengua se retrajo.
El hombre sacó su propia lengua demasiado deprisa y se cortó con los dientes de obsidiana. No lo notó, no se dio cuenta hasta que vio gotear la sangre sobre su mano.
Volvió a guardar la estatua con cuidado y a continuación se irguió y esperó a que el beso hiciera efecto. Sus percepciones trepidaron, se rasgaron. Esbozó una sonrisa inestable y abrió la puerta.
Podía ver cómo, a ambos lados, retrocedían en perspectiva los retratos y los heliotipos mohosos. Podía sentir cómo se le acercaba una patrulla de alguaciles con perros.
Sonrió. Alzó los brazos, hacia arriba y hacia delante y se dejó caer lentamente, como si le hubiesen cortado las rodillas. Podía sentir su propia sangre y la podredumbre con sabor a sal de la estatua le llenaba la boca y la lengua. No chocó contra el suelo.
Se movía de una forma nueva.
Veía con la visión de la estatua, la que le había otorgado con su beso y se deslizaba y rezumaba por los espacios como la estatua soñaba con hacer. Cuestionaba las esquinas de los pasillos, las reconfiguraba.
El hombre no caminaba ni nadaba. Se insinuaba por grietas en los espacios posibles y pasaba, algunas veces sin esfuerzo, otras con él, siguiendo canales que ahora podía ver. Cuando vio aproximarse a dos alguaciles con sus mastines, su camino estuvo claro.
No era invisible ni cruzó a otro plano. En vez de ello, se acercó a la pared y escudriñó su textura, miró su escala de nuevo, vio las motas de polvo tan de cerca que le llenaron todo el campo de visión y entonces se deslizó silenciosamente tras ellas, se ocultó allí y la patrulla pasó a su lado sin verlo.
Al final del pasillo había un giro a la derecha. El hombre lo observó con la mirada entornada después de que la patrulla hubiera desaparecido y lo utilizó sin apenas esfuerzo para girar a la izquierda.
Recorrió del mismo modo el Grande Oriente, recordando los mapas que había visto. Cuando se topaba con patrullas volvía en su contra la propia arquitectura del barco por diversos medios y los eludía con facilidad. Cuando se veía atrapado por ellos, al final de un largo pasillo o tras un giro errado, podía evitarlos mirándolos con recelo y extendiendo los brazos, sujetándose a la pared más lejana y tirando de sí mismo para doblar el recodo con rapidez. Giraba de manera que las puertas estuviesen debajo de sí y se dejaba caer, impelido por la gravedad, para poder recorrer a toda velocidad los corredores.
Mareado, presa de una especie de vértigo que le provocaban sus nuevos movimientos, el hombre avanzaba rápida e inexorablemente hacia popa, hacia las profundidades del barco.
Hacia la fábrica de brújulas.
La seguridad era muy estricta. Estaba rodeada de guardias armados con mosquetes. El hombre tuvo que deslizarse lenta y cuidadosamente a través de capas de puntos de vista y perspectiva para alcanzar la puerta. Se escondió cerca de los guardias, demasiado grande y demasiado próximo para que pudieran verlo, erguido sobre ellos donde sus ojos no podían verlo y se inclinó por encima de sus cabezas y se asomó por el ojo de la cerradura y contempló aquellas ruedas intrincadas que lo empequeñecían.
Las conquistó y estuvo dentro.
La sala estaba desierta. Había mesas y bancos dispuestos en filas. Había máquinas, cuyos motores y correas estaban inmóviles.
En algunos lugares había cubiertas de cobre y latón, como grandes leontinas. En otros, láminas de cristal y máquinas para esmerilarlas. Había manos, cadenas, agujas de grabar de intrincado diseño y resortes entrelazados. Y cientos de miles de engranajes. De tamaños que variaban entre lo minúsculo y lo simplemente pequeño, como una representación a tamaño atómico de las ruedas de una sala de máquinas. Estaban tiradas por todas partes, como monedas o escamas de pescado o motas de polvo.
Era una factoría artesanal. Cada puesto era propiedad de un experto, un artesano de exquisita habilidad que pasaba al siguiente la pieza tras haber terminado con su parte. El intruso sabía lo especializado que era cada trabajo, lo raros que eran los minerales que habían de utilizarse, la precisión de la taumaturgia necesaria. Cada uno de los artículos terminados valía varias veces su peso en oro.
Y allí estaban, tiradas en una cámara cerrada con llave como la de un joyero, tras una mesa, al fondo de la alargada habitación. Las brújulas.
El hombre tardó varios minutos en abrir la puerta. Los dones de la estatua seguían siendo intensos y se adaptaba bien a sus nuevas percepciones, pero a pesar de ello le costó bastante tiempo.
Cada una de las piezas era diferente. Extrajo con mano temblorosa una de las más pequeñas, un modelo sencillo, austero, cuyos bordes estaban decorados con madera barnizada. La abrió. El interior, tallado en hueso, mostraba varios diales concéntricos, algunos de ellos numerados, otros marcados con signos de oscuro significado. Una sencilla mano negra giraba con desenvoltura alrededor del centro.
En la parte trasera de la brújula había un número de serie. El hombre lo copió con cuidado y empezó la parte más importante de su misión. Buscó todos los registros referentes a la existencia de aquella brújula. En el libro de registros que había tras la vitrina de muestra, en la lista elaborada por el artesano que había terminado el revestimiento de metal. En listas parciales de piezas y repuestos defectuosos.
Fue muy exhaustivo y al cabo de media hora había encontrado todas las referencias. Colocó la brújula delante de sí y comprobó si funcionaba correctamente.
Había sido completada hacía año y medio y no había sido aún asignada a ningún barco. El hombre esbozó una sonrisa comedida.
Encontró plumas y tinta y examinó con más detenimiento el libro de registros principal. La falsificación era pan comido para él. Empezó a realizar algunas adiciones muy cuidadosas a los detalles de su brújula. En la columna «Asignado a», añadió una fecha, un año atrás (tras hacer un rápido cálculo en cuartos armadanos) y el nombre Amenaza de Magda.
Si alguien, por alguna razón, decidía buscar información sobre la brújula CTM4E, ahora la encontraría. Descubriría que un año atrás había sido asignada a la pobre Amenaza de Magda, un barco que se había ido a pique hacía un mes, con toda su tripulación y su cargamento a bordo, en aguas situadas a mil millas náuticas de distancia.
Una vez que lo hubo dejado todo como estaba, no le quedaba más que una cosa que hacer.
Abrió la brújula y contempló con reverencia la complejidad del mecanismo adaptado de un diseño khepri robado siglos atrás. Se concentró en la diminuta lasca de piedra empapada de taumaturgia homeotrópica que sabía que ocultaban sus entrañas. Sus manos se movieron hacia el eje.
Con diez rápidos giros, le dio cuerda.
La acercó a su oído y escuchó el tenue, casi inaudible tictac. La examinó. Con un espasmo brusco, los diales adoptaron nuevas posiciones.
La mano giró de forma violenta y entonces se frenó en seco, señalando en dirección a proa, hacia el centro del Grande Oriente.
No era una brújula convencional, por supuesto, la mano no señalaba al norte.
Aquella mano señalaba a un pedazo de roca, taumaturgia pura, que se escondía en un revestimiento de cristal o una puerta de hierro, dependiendo del rumor al que uno diera crédito. Había caído del cielo, era un pedazo del sol, provenía del mismo infierno.
Durante años, hasta que el mecanismo se parase, apuntaría con precisión hacia el corazón de la ciudad, la roca divina escondida en alguna parte de las entrañas del Grande Oriente.
El hombre envolvió cuidadosamente la brújula en una tela engrasada, luego en un pedazo de cuero y entonces se la guardó en el bolsillo.
Debía de estar a punto de amanecer. Estaba exhausto. Cada vez le resultaba más difícil ver la habitación y sus ángulos y planos, sus paredes, sus materiales y sus dimensiones de manera diferente a la habitual. Suspiró y se le puso el corazón en un puño. Estaba perdiendo los poderes de la estatua, pero todavía tenía que salir de allí.
Así que, tras humedecerse los labios y flexionar la lengua, rodeado de guardias armados que lo matarían sólo por conocer la existencia de la fábrica, el hombre empezó a desenvolver de nuevo su estatua.