La Cicatriz
Tercera parte: La fábrica de brújulas » Cuarto interludio: en otro lugar
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Cuarto interludio: en otro lugar
Adelante vamos adelante.
El agua es como sudor y a nuestras ballenas no les gusta.
Sin embargo.
Al sur.
El rastro es claro.
Hacia aguas templadas y luego aguas cálidas.
El paisaje submarino era dramático en aquel lugar, grietas y hendiduras en la corteza del mundo. Atolones y arrecifes que se alzaban desde las profundidades en un tumulto de intensos colores. El agua estaba fertilizada por hojas de palma y lotos putrefactos y por los cadáveres de criaturas únicas. Cosas anfibias que nadaban en el barro, peces que respiraban aire y murciélagos acuáticos.
En cada isla existían docenas de nichos ecológicos y para cada oportunidad diferente existía una bestia. Algunas veces había dos o más, empeñadas en una lucha por la supremacía.
Los cazadores se llegaron hasta los bajíos, hasta los lagos salados y las cuevas y devoraron lo que encontraron allí.
Las ballenas gimieron y mugieron y suplicaron que las dejaran regresar a las aguas frías y sus amos las ignoraron o las castigaron y volvieron a decirles lo que estaban buscando.
Los cazadores hablaron entre sí de la temperatura del agua y de la nueva cualidad de la luz y de los colores cristalinos de los peces que los rodeaban pero no se quejaron. Hubiera sido impensable para ellos quejarse por esas pequeñeces mientras su presa seguía libre.
Al sur, ordenaron e incluso cuando las ballenas empezaron a morir, una tras otra, víctimas sus colosales cuerpos de los extraños virus que moraban en las aguas cálidas y empezaron a descomponerse y su piel empezó a ponerse gris y a pudrirse y la carne se les llenó de gas y emergieron a la superficie, hediondas y llenas de pústulas para ser devoradas por aves carroñeras hasta que no quedó de ellas más que los huesos y sus restos se hundieron en el agua cada vez más negra, sus amos no vacilaron.
Al sur, dijeron, y siguieron el rastro hacia aguas tropicales.